viernes, 31 de agosto de 2018

LAS IDEOLOGÍAS



LAS IDEOLOGÍAS


            Quizá el rasgo más característico de toda ideología sea que todo gira en torno a un núcleo sagrado; por sagrado entiendo lo que no se puede tocar, ni criticar, lo que es absoluto e incuestionable, lo que escapa, por tanto, al poder de la razón. Ser sagrado es lo mismo que ser tabú: ni se toca ni se habla de ello, a veces ni siquiera para dorarlo; lo innombrable, lo prohibido. La revolución. La raza. La nación. Dios. Una ideología es una construcción de sensaciones, sentimientos, razones y palabras, que se levanta para apuntalar un sentimiento supremo que le da sentido a todo. Si quitamos ese sentimiento (que está más allá de toda duda) se desmorona todo.
            Una ideología es el retrato de un mundo ideal al que aspiramos. Su punto de partida es el análisis del mundo real, en el que vivimos, y la identificación de lo que queremos que cambie para convertirlo en un mundo mejor. Su meta, el retrato de ese mundo mejor al que queremos llegar. Entre ambos mundos hay un camino que tenemos que trazar para saber cómo llegar del uno al otro. Estas tres facetas de la ideología, que son como sus tres caras, son, respectivamente, la realidad, el ideal y la estrategia. La realidad se estudia mediante la razón que produce deseos, iluminada ella misma por el deseo. El ideal se construye mediante el deseo iluminando a la razón. Y la estrategia puede ser razonable (si la razón le marca el camino al deseo) o delirante (si es el deseo el que conduce a la razón hasta ahogarla).
            Así, una ideología tiene un cuerpo racional obedeciendo a un sentimiento intocable. Es una cabeza al servicio de un corazón, hoy diríamos que un córtex esclavizado por un sistema límbico. El cuerpo racional es la doctrina. El ideal es la luz que la ilumina. Si la doctrina fuera un barco, el ideal sería el faro que lo guía; y si la doctrina fuera filosofía o ciencia, el ideal sería el mito: un mundo crítico sosteniendo a una realidad incuestionable, la ciencia y la técnica al servicio de la magia y el rito, el intelectual obedeciendo al sacerdote, los doctores de la ciencia escuchando a los doctores de la Iglesia, una escuela racional dando cobertura a la escuela de la fe: ambas juntas configuran una escolástica, un entramado de mentalidades y razones al que Kuhn ha llamado paradigma.


            Tomemos, como ejemplo, un  comunismo de ideología marxista: los dioses incuestionables son los grandes apóstoles de la doctrina (Marx, Engels y Lenin o Mao, según venga al caso); el ideal es la revolución socialista, la diosa suprema, dogmáticamente caracterizada por esos apóstoles; la realidad es la sociedad capitalista, que ellos analizaron y criticaron; y la estrategia sería, según los resultados de ese análisis, la alianza de la clase obrera con el campesinado, o bien el campesinado solo: arrancando en las ciudades o batiendo las ciudades desde el campo, según se trate de Lenin o Mao; y en todo caso por la violencia, después de haber comprobado que la vía pacífica siempre es ahogada en sangre por los capitalistas. Una vez conquistado el triunfo, el poder se erige en sacerdote de la diosa, y se limita a glosar la doctrina de los apóstoles con sus intelectuales orgánicos; los otros intelectuales tienen una línea roja que no deben traspasar con la crítica: la que marca la escolástica revolucionaria. Y así, la crítica es buena si sirve para apuntalar los dogmas fundacionales; en caso contrario será perseguida por desviacionista, porque nadie puede desviarse de los principios; por revisionista, porque nadie tiene derecho a revisar esos principios, que deben ser acatados con fe ciega; y por herejía, porque nadie puede salirse de la ortodoxia. Ya lo decían los filósofos en la edad Media: la razón debe estar al servicio de la fe.
            Esa estructura es el retrato robot de todas las ideologías; el esqueleto que todas tienen en común, algo así como el patrón compartido por todas. Lo que varía es la carne que le ponemos a ese esqueleto. La cara que le ponemos a esa calavera, lo particular y accesorio, el folklore; un folklore que puede mostrar grandes diferencias de unos a otros (desde el culto a la vida hasta el culto a la muerte, tal y como lo vemos en la Unión Soviética o en el Estado Islámico); pero todos comparten el mismo culto a la personalidad (en unos casos, del amado líder; en otros, del dios todopoderoso e inagotable). Regímenes como el de Stalin, Franco o Kim Il Sung son del primer tipo; movimientos como la ETA o el independentismo catalán lo son del segundo; en unos casos se adora al caudillo, en otros al dios que está por encima de todos los caudillos.
            Lo propio de la ideología es que persigue, en una primera fase, a la razón que se rebela contra los ídolos, pero en una fase ulterior acaba persiguiendo cualquier manifestación de la razón misma. La ideología se parece mucho a la paranoia: el paranoico puede tener una lucidez asombrosa, pero sus razonamientos giran en torno a una idea delirante y obsesiva, en eso estriba su locura; y es más peligroso cuanta más inteligencia tiene, todo el mundo sabe que el peor enemigo de todos es el más listo. Ahora bien, el paranoico es listo en sus razones y tonto en su delirio: como dice lapidariamente un conocido refrán, el paranoico es listo de la cabeza y tonto del culo. En este sentido las ideologías (laicas o religiosas) son paranoias; y lo más grave es que las razones sirven para justificar los delirios, y en los delirios, junto con los ideales y las ilusiones, está la realidad de las maldades, las crueldades, los atropellos y los abusos; una ideología es una coartada para justificar la violación de los derechos humanos: del derecho natural, como se decía en los tiempos antiguos. Cualquier dolor infligido a un semejante, aunque sea con ardor sádico, si es por la causa, está perdonado, no ya permitido.


            De modo que una ideología es como una mercancía que queremos vender: bella por fuera, fea por dentro. Como una tentación, como el canto de las sirenas, que detrás de la fascinación nos reserva la muerte. O como una medalla o una moneda, que detrás de su cara tiene su cruz. Lo malo de las ideologías es que su núcleo sagrado deslumbra de tal manera que borra en los adeptos la capacidad de razonar, y los lleva al fanatismo;  no es que no sepan pensar, es que no pueden pensar de otro modo: porque el magnetismo los ciega. Y no todos son tontos de la cabeza, pero sí son tontos del culo.
            Sin embargo las ideologías son necesarias. Son el motor de la historia, nada habría sucedido en el mundo sin una ideología que lo sustentara. El científico, el filósofo, estudian la realidad, y cuando proyectan en ella sus deseos siempre son deseos controlados por la razón: ellos ayudan a avanzar los ideales, pero desgraciadamente nadie los escucha. Sólo cuando la ciencia o la filosofía caen en manos de un ideólogo las ideas se encarnan en la sociedad y se ponen en movimiento. De modo que si no hubiera ideologías los científicos y filósofos se escucharían sólo entre ellos, y con reservas, y aparte de ellos no los escucharía nadie; la sociedad se dividiría en una minoría ilustrada y una mayoría embrutecida, la primera que tiene cosas que decir y la segunda que no quiere escucharlas: porque no pueda; porque su fe le ciega el sentimiento. Gracias a la ideología, el embrutecimiento se vuelve ilustrado y la sociedad avanza, por una sucesión de ideologías, desde las más abyectas a las más humanas: no habría habido revolución francesa si no hubiera habido atrocidades ilustradas; el ser humano no habría salido de las cavernas de no saber retrocedido las glaciaciones… y avanzado las ideologías.
            Pero las ideas tienen efectos perversos además de ser sueños bonitos. El más bondadoso de los ideales acaba produciendo crueldad sin límites (durante unos siglos también le pasó al cristianismo): pero también es cierto que del mismo tronco del que salió Torquemada salieron San Francisco, los mercedarios y el propio Jesucristo. Y si las ideologías son necesarias, será preciso limar sus asperezas, ablandarlas en lo que tienen de duro, cuidar las rosas y quitar espinas. No faltará quien diga que las espinas están para proteger a las  rosas, pero si nos atrevemos a quitar cada vez más espinas (no todas de golpe, por supuesto), llegará un momento en que cada vez haya también menos enemigos de los que protegerlas. Dijo Adriano: si quieres la paz, prepárate para la guerra. Quizás haya que decir más bien: si quieres la paz, aleja de la guerra a tu enemigo. Y aunque siga habiendo ejércitos, cada vez serán menos numerosos y agresivos.  Bosnia Herzegovina se desarmó en señal de paz: y se la comieron sus vecinos, que estaban armados hasta los dientes; por eso quizá no sea sensato desarmarse unilateralmente; el desarme debe ser concertado y realista, y hay que ir sentando las bases para ponerse de acuerdo. Pero, como un antídoto, lo que sí tenemos que hacer es ir desarmando las ideologías. Eso se consigue con la clarificación ideológica. En ella deben intervenir la ciencia y la filosofía. “Guardaos de los falsos profetas”, dice Jesús; para saber si un profeta es falso hay que usar la razón, no el fanatismo; y la fe debe ser racional, no una fe ciega; en síntesis, el propio Jesús viene a decirnos que para que nadie hable falsedades en su nombre hay que pensar las cosas desde una fe amorosa, y creer amorosamente desde la razón, no predicar la fe desde el odio ni extender el odio atizándolo racionalmente: que la propia Iglesia puede ser invadida por sus impostores y atacar a los infieles con la espada, cuando el propio Jesús le quitó a San Pedro la misma espada con la que San Pedro le iba a defender. No a la guerra para defender la religión, ése es su mensaje. El verdadero mensaje de Cristo no es matar a los infieles, sino amar a tus enemigos. Y lo que haya que combatir, lo haremos siempre con la razón; y con la fe; pero ambas guiadas por el amor (razón amorosa y fe amorosa, y amor razonable y fiel, en las antípodas del amor ciego: que amar apasionadamente no es lo mismo que cerrar los ojos para amar).


            ¿Y cómo combatiremos con la razón? Sometiendo a su dictamen al núcleo duro de las ideologías. Claro, hay un núcleo duro en esta ideología que estoy planteando: ese núcleo es el amor. Pero la razón tiene argumentos para defenderlo. Y entonces será ya un ideal, no un dogma de fe: lo propio del ideal es que nos anima y entusiasma; lo propio del dogma, que nos obliga con miedo. Necesitamos menos dogmas y más ideales. Hay que dejar que la razón entre en el templo de los ideales. Del mismo modo que en Einstein todo era relativo menos la velocidad de la luz, en la crítica ideológica todo se puede cambiar menos el amor; porque su cordura resiste bien a la crítica y sale siempre airosa de sus ataques, a diferencia del odio, que sale mal parado; como el egoísmo. Imaginemos a un maestro que enseña que cualquier arma es válida con tal de conquistar el poder; entonces su discípulo, siguiendo sus enseñanzas, lo matará para quitarle el poder cuando haya aprendido: éste es el destino de los maestros sith a manos de sus aprendices; de sus padawan. Pero si enseña que el amor es la fuente del poder, crearemos una sociedad donde la gente conquiste cada vez más poder sin necesitad de matar a quien lo detenta: la razón se lo aumentará a unos y se lo disminuirá a otros, y lo hará siempre mediante el diálogo. Una sociedad donde todos se matan acabará destruyéndose a sí misma en una guerra de todos contra todos. Pero una sociedad donde todos se aman se reforzará cada vez más, pues el amor a las personas se reforzará con el amor a la razón: con la crítica.
            Nos hacen falta ideologías, sí. Que analicen la realidad con la cordura, con el auxilio de la razón, con la lucidez del análisis. Y que sepan querer con amor y no con odio, rechazar las crueldades. Y que construyan utopías donde el suelo empírico, que se resquebraja en las visiones del futuro, se refuerce con el ideal de la razón, alimento de los otros ideales. Y que los ideales no se vuelvan dogmas y se puedan discutir. Y que no haya guardianes de la ortodoxia sino vigilantes de su coherencia, para corregirla todas las veces que haga falta. Donde no se llame traición a la crítica ni debilidad al amor, y donde todas las fuerzas sean vitales y no violencias ciegas, que conducen a la muerte, a la que adoran sin pensar: porque sean fuerzas irracionales; brutales y suicidas, y primitivas, sí, y aunque los instintos primitivos son buenos, sólo se desvirtúan si se alejan de la razón, que los vigila. Vigilancia, sí: pero no para meter preso a nadie sino para ser libres. Nuestros únicos ideales, que son el amor y la razón, están en el corazón y en la cabeza, en nuestro córtex y en nuestro sistema límbico. Y, lo mismo que la energía nuclear, las ideologías pueden servir para curar o para hacer bombas, y sólo la razón amorosa puede alejarnos de las bombas y pensar sólo en curarnos: aunque para eso las ideologías deben estar siempre vigilantes, vigilarse a sí mismas para asegurarse de que no se apartan nunca de la razón, que avanza, ni del amor, que, como un faro, las alumbra en el camino. Hacen falta ideologías, sí, pero más falta nos hace la crítica ideológica: para protegernos de los accidentes y de las desgracias.





viernes, 24 de agosto de 2018

POEMAS



POEMAS



PIENSO

   Oigo. Me encuentro solo.
Quieto, guardo la resaca
de querer pensarlo todo.
No hay nadie. Mi destino
se pierde en la existencia
difusa de los destinos.
Y leo y pienso y quiero
una respuesta a la duda:
pero nunca la consigo.
Entre las letras del libro
pierdo esencias que no encuentro.
Pienso. Pero, oculto el lobo
de la psiquis que me come,
quedo sin él. Pienso sólo.


SE HA ROTO

   Cuando un hombre y una mujer se han dejado
se quedan solos.
Cuando un hombre y una mujer se encuentran
sólo hay miedo.
Cuando ya un hombre y una mujer no andan juntos
es que se ha roto
una vez más una estrella en el firmamento.
Es que ya el firmamento mismo se ha roto.
Cuando un hombre y una mujer se quedan solos.



A LOS POETAS ELEGIDOS

   Si escucháis por la noche en el otoño
esa brisa que os devuelve la esperanza.
Si escucháis… ¿A qué miraros? Hay
en el cielo gris de la pereza
mil suspiros entregados a la nada.


NADA

Escuchad los ruidos de la noche
cuando no dice nada.
Escuchad los ecos de las nubes
cuando están lloviendo.
Escuchad los ruidos del silencio
cuando está llorando.
Nada queda ya en la noche.
Yo, que de puro pobre, me he hecho viejo.




viernes, 17 de agosto de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA SER DE IZQUIERDA?




¿QUÉ SIGNIFICA SER DE IZQUIERDA?  


             Durante mucho tiempo hemos creído que ser de izquierdas era preocuparse por el pueblo. Y muchas veces, afirmando pertenecer al pueblo de izquierdas, hemos admitido sin darnos cuenta que también existía un pueblo de derechas; con lo que tenemos que concluir, si queremos ser consecuentes, que ser de izquierdas es preocuparse por el pueblo de izquierda y por el de derecha.
            Todo está en saber qué entendemos por pueblo: y ahí empiezan los problemas; en el imaginario popular el pueblo son los pobres; pero en sentido amplio somos todos; podemos decir que la palabra “pueblo” se refiere al conjunto de la población pero connota pobreza; de esa distorsión en su significado arrastra la teoría muchos problemas. Ser de izquierdas puede significar dos cosas: ocuparse de los pobres y ocuparse de todos.

1. El populismo.

            Empecemos por la primera acepción. El sueño de una persona de izquierda sería que desapareciera la pobreza; y si no es un ideal, por lo menos podemos considerarlo como su meta. ¿Cómo se llega a ella? Hay muchos caminos para llegar a un mismo lugar. Sucede con frecuencia que un líder que se dice de izquierda sea una persona provocadora, despreciativa, altanera y chulesca: ahí tenemos el caso de Hugo Chávez, por ejemplo; peor aún, su sucesor en la autoproclamada revolución bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, parece salido literalmente de un concurso de payasos.
            Sus manifestaciones verbales no tienen desperdicio. En cierta ocasión Hugo Chávez interrumpía constantemente al presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y el rey Juan Carlos le tuvo que decir: “¿por qué no te callas?” Lo que quería el rey era que se respetara su turno de palabra. Lo que dijo Chávez que el rey pretendía era mandar callar a la joven república venezolana, en un gesto imperialista que pretendía ningunear a su antigua colonia. Nada que ver con la realidad. Es como si yo te pregunto si tienes agua y tú me acusas de querer quitarte el agua del río.
            Otro ejemplo: Nicolás maduro dijo una vez que iba a ganar las elecciones de España porque, según él, salía más en la televisión española que Rajoy. Una respuesta que denota megalomanía (creerse más que nadie); reduccionismo (presuponer que salir en la televisión es suficiente para ganar una elecciones); y desprecio (les hablaba a sus conciudadanos como si fuesen tontos). Podría haber sido una broma graciosa, nos habríamos reído un poco, pero suele suceder que los déspotas no tienen sentido del humor; el caso es que lo decía completamente en serio; y en todo caso era una broma de mal gusto, como todas bromas que buscan reírse a costa de los demás.
            Lo que vale para políticos de izquierda también vale para quienes se presentan como defensores del pueblo; ésos que utilizan al pueblo de comparsa para jalearlos en lugar de hablar en serio con él. Chulerías y payasadas las encontramos en todos los populismos: Donald Trump, Berlusconi, Musolini, Yirinovski. La primera tarea sería entonces separar el izquierdismo del populismo: ser populista es pretender defender un objetivo popular a cualquier precio; ser de izquierdas es, por el contrario, un ideal: un sueño y un talante (no se puede buscar el bien sin ser bueno); el populismo se preocupa por la pobreza como motor para las masas; la izquierda, porque es injusta. El problema es encontrar un solo movimiento de izquierda que no sea populista (y en el punto de mira está Pablo iglesias, el rutilante líder de “Podemos”).
            Marx lo había dicho hace unos cuantos años: los extremos se tocan. Trump se preocupa por el pueblo desde la derecha más extrema; Marine Le Pen dice querer salvar a Francia desde la extrema derecha; Trump y Berlusconi tienen en común su desprecio por las mujeres (que no debería  ser, en principio, un valor de la izquierda); Lenin y Estalin dieron el poder al pueblo para quedarse con él, desde la izquierda revolucionaria; una entrega nominal que servía de tapadera para concentrar todo el poder en una única persona; se llegó al culto a la personalidad, cuya expresión más patética es el último dictador de Corea del Norte. Incluso Fidel Castro, que fue tomado en serio durante mucho tiempo, obligaba a las multitudes a soportar discursos de cuatro o cinco horas: una extraña y soporífera verborrea.


2. La democracia aristocrática.

            Vayamos a la segunda acepción de la palabra: ser de izquierda sería preocuparse por el bienestar de todo el pueblo, no sólo de los pobres. Esta izquierda no basaría su razón de ser en enfrentar a una parte de la sociedad contra la otra, sino en buscar la justicia sin ignorar a nadie, contando con todos. Dicho de otro modo: sería una izquierda democrática. En democracia hay que preocuparse más por los que más necesitan, y por consiguiente tendría que trabajar necesariamente por sacar a los pobres de su pobreza. Ahora bien, esto puede hacerse de muchos modos; se puede hacer con prisas o con paciencia (siempre que la paciencia no sea una excusa para olvidarse del problema). Imaginemos una reforma agraria: la tierra para quien la trabaja; bien. En Portugal, durante la revolución de los claveles, así se hizo; y los campesinos, que pasaban hambre, se comieron las vacas y la cosecha y después ni quedaban vacas ni se supo hacer la siembra; como se suele decir algunas veces: fue pan para hoy y hambre para mañana.
            Podría haberse hecho de otro modo. Formar a los campesinos para que aprendieran a administrar sus tierras, a cultivarlas racionalmente: a planificar y sopesar los medios, garantía de que el trabajo seguiría siendo eficaz en el futuro. Para eso habría que haber aplazado la privatización; o haberla convertido en cooperativa donde pudiesen seguir trabajando los ingenieros, a ser posible; y evitar que sucedieran cosas que sucedieron en el Perú del general Velasco, donde se nacionalizaron las minas y sus propietarios se llevaron los planos. Se trata de buscar la colaboración y no la confrontación. Y si esto no es posible porque un de las partes no quiere, ir despacito y con pies de plomo. Nelson Mandela quiso hablar, cuando tomó el poder, con la mismísima extrema derecha afrikáner; y se lograron contener las iras de todos.
            Las soluciones radicales no suelen ser buenas. Por “radical” solemos entender inmediato; lo queremos todo, ahora, ya; lo queremos todo, no una parte; y nos olvidamos de que nunca se consiguen las cosas de golpe, sino siempre trabajándolas poco a poco. Recuerdo una piscina que fue privatizada en beneficio del pueblo: antes servía para el descanso de los ricos, después dejó de servir para el descanso de los pobres (porque, precisamente, ¡curiosa paradoja!, ahora podían descansar también los pobres); el caso es que los ricos se fueron y los pobres se desentendieron de su mantenimiento; en poco tiempo tenía las aguas sucias, los desagües atascados, los trampolines rotos, los bordes sin pintar y las paredes desconchadas. Se la habían quitado a los ricos, pero no se la habían dado a los pobres; porque dar no significa sólo entregar, sino preparar a quienes la van a recibir para que quieren, puedan y sepan cuidarla. Nacionalizar no es sólo dárselo a los pobres, sino que los pobres estén preparados para seguirlo cuidando; porque ahora el cuidado no tiene que ser de todos para unos pocos, sino de todos para todos. El problema es que nadie, ni los pobres ni los ricos, quiere ya cuidar de lo que posee con los demás, sino solamente de lo que posee él solo. No sentimos como nuestra la propiedad comunal; sólo cuidamos como propia nuestra propiedad privada.


3. Conclusión.

            Ser de izquierdas no es quitárselo a los ricos para dárselo a los pobres: es acostumbrar a los ricos  a querer compartirlo con los pobres. Si quitamos a los ricos y los pobres no lo cuidan después, es como si hubiéramos roto el juguete del rico para dárselo al niño pobre: el resultado no es que el pobre juega, sino que ahora el rico tampoco puede jugar (pues nadie juega con un juguete roto). Lo mismo pasa con las tierras, el ganado, las granjas y las fábricas.
            Lo popular es contar el dinero de los ricos, dividirlo entre los pobres y repartirlo: a eso lo llaman ser de izquierdas. Pero si alguien dice que repartir dinero no es incentivar las inversiones lo critican como si fuera de derechas; preparar hoy el beneficio de mañana es menos popular que gastar hoy lo que producíamos ayer; perdida en esa confusión o en esa negativa a ver el dinamismo de las cosas, la izquierda pierde el norte; y acabamos confundiendo la política con el bandolerismo romántico.
            Pongamos un ejemplo: un hombre ha puesto una tienda que le reporta unos pingües beneficios; al mismo tiempo a sus empleados les paga unos sueldos de miseria. Llega un gobierno de izquierda y dice: le vamos a quitar la tienda al dueño; ahora los beneficios los vamos a repartir entre todos. Muy bien. ¿Y luego, qué? ¿De quién era la iniciativa de invertir, de rentabilizar la tienda, de emprender mejoras? ¿De quién eran las ideas? ¿De quién era el interés, la ilusión, el empeño? Ahora la tienda no es de nadie. Bueno, sí, es de todos, pero ninguno la siente como suya. No pasará mucho tiempo antes de que la veamos abandonada.


            El mundo es un complejo de materia y energía. La materia es energía almacenada y, por tanto, paralizada; y el movimiento es energía desplegada, activa, materia transformándose. Si decimos: aquí está el dinero, vamos a quitárselo a los ricos, queremos entregárselo a los pobres; si hacemos eso, lo único que hacemos es cambiar de manos unos billetes para que sus nuevos propietarios compren cosas con ellos; y el dinero se gasta: habremos transferido materia destruyendo las energías. Si, por el contrario, buscamos energías para mover ese dinero y crear riqueza, después entregaremos dinero para poner en marcha esas energías y consensuar cómo se va a repartir después. En el primer caso se reparten las existencias. En el segundo los beneficios. Lo primero produce un efecto teatral, muy vistoso por cierto, muy aparatoso, como un teatro que tiene su público y actúa para recibir los aplausos. Lo segundo no se exhibe, sino que trabaja muchas veces lejos de la vista del público y nadie aplaude. ¿Es mejor repartir la riqueza que tenemos o crear riqueza para seguir repartiéndola después? En el primer caso es regalar un pez; en el segundo, enseñar a pescar. En el segundo caso es seguir haciendo pan, y en el primero es pan para hoy y hambre para mañana. También en el segundo caso habría que apañárselas para que mañana siguiera habiendo peces que pescar.
            La gente confunde ser de izquierdas con repartir la riqueza: la tierra para quien la trabaja. Pero la verdadera izquierda tendría que hacer el reparto pensando en que mañana tiene que seguir habiendo riqueza para repartir. A cada uno según sus necesidades; de cada uno según sus capacidades (se dice desde la órbita de Marx). Y Aristóteles, que estaba de acuerdo con ello, añadía también: a cada uno según sus méritos; ése es el tema del que el viejo marxismo se había olvidado; por eso no funcionó; entre las necesidades humanas no está solamente la supervivencia, sino también el éxito y, con los debidos controles y contrapesos, el poder. La izquierda bien entendida no puede identificarse con una dictadura.
            Sucede  que se quiere vencer antes que convencer: lo mismo en la izquierda como en la derecha. La izquierda quiere repartir sin preocuparse tanto por la producción; la derecha quiere producir para ganar, no para repartir; en el término medio estaría la solución; habría que repartir sin dejar de producir, y merecer nuestros beneficios sin olvidarse del reparto. La riqueza de bienes crecería junto a la riqueza de méritos y habría que vigilar las riquezas coyunturales, inmerecidas: sujetarlas, pero no prohibirlas.
            Es difícil. El pueblo quiere soluciones fáciles, vistosas, teatrales, no sabe si eficaces: ése es su ideal. Pero el ideal verdadero es pensar en el mañana, que no se ve, no sólo en el hoy, que tenemos a la vista. El pueblo votaría teatralidad y no cosas reales, y el ideal crecería a costa del talante. Así, tendría líderes presumidos, vistosos, chulos hasta la náusea; y la democracia se convertiría en demagogia olvidándose de que el mismo esfuerzo que exige tenacidad, también requiere paciencia; porque no basta con empeñarse en sembrar para que crezcan las patatas: hace falta también esperar a que crezcan, que cada semilla tiene su ritmo y uno lo puede forzar sin quitarle su poder, sin desnaturalizarla.
            Ser de izquierdas debería ser tener talante para luchar por un ideal, no buscar el ideal a costa del talante: que un ideal sin honradez siempre acaba dejando de ser ideal para convertirse en pesadilla. ¿Fue Jesús de izquierdas, lo fue Sócrates, Salvador Allende, Nelson Mandela o el Mahatma Gandhi? ¿Lo fue Nicolás Maduro, lo fue Hugo Chávez? Cuando se pierde la decencia ya no hay diferencia entre derechas e izquierdas; y lo mismo da Vladimir Putin, Silvio Berlusconi, Donald Trump, Pablo Iglesias (el de la coleta), Fidel Castro o Hugo Chávez. O Esperanza Aguirre o Margarett Thatcher. Cuando perdemos el talante no pasará mucho tiempo entres de que se diluyan las diferencias. 





viernes, 10 de agosto de 2018

¿QUÉ QUIERE DECIR EDUCAR?




¿QUÉ QUIERE DECIR EDUCAR?  
  

            Muchas veces nos hemos preguntado qué es la educación. Sabemos que esta palabra procede del verbo “duco”, que en latín significa “guiar”, “conducir”; es el mismo significado que encontramos en la palabra “pedagogía”: de “paidos” (niño) y “agogé” (conducir). Si la educación, como la pedagogía, es el arte de guiar a los niños, la pregunta es: ¿hacia dónde los guiamos? ¿Cómo los llevamos, con qué objetivo?
            Con el mismo verbo se forma la palabra “demagogia”: el arte de guiar al pueblo; demagogia es conseguir que se vote democráticamente lo que tú querías que se votara, y para eso hay que seducir, maravillar a tu público, a veces embaucarlo; la demagogia es una desviación de la democracia donde el pueblo no vota lo que quiere sino lo que le da la gana; y le da la gana cuando se siente arrastrado por el verbo irresistible de un orador, que, como un corderillo, lleva al pueblo adonde quiere y hace creer que vota cuando la verdad es que se siente atraído como un imán: hacia ti, que eres el guía del pueblo. Guía, de “duco”, se dice “duce” en italiano, así llamaban en Italia a Musolini; Ceaucescu se hacía llamar “conducator”. ¿Es el educador un guía como Ceaucescu y Musolini, entendidos respectivamente como conducator y como duce? ¿Adónde conduce a los niños? ¿Qué tipo de guía es para ellos?
            Se conduce el coche para ir a algún sitio. Por ejemplo, yo quiero ir al museo del Prado. Pero James Mason también condujo a sus adeptos al suicidio. Hay sectas en las que se va adonde nos lleva el lider, y se hace lo que el lider quiere. ¿Es la educación un viaje en el que se va adonde nos lleva el educador? ¿Adónde nos quiere llevar? ¿En qué tipo de coche se emplea como conductor?
            La pregunta es: ¿de dónde salimos para realizar ese viaje? Si salimos de la escuela lo lógico es que se vaya a sitios como el museo del Prado. Si salimos de un entrenamiento es lógico que vayamos a jugar un partido. Si salimos del niño es lógico que vayamos adonde nos lleve la naturaleza del niño. Y ¿qué es un niño? La semilla de un adulto. Y ¿qué hay en esa semilla? Inteligencia, sensibilidad, hay un ser sociable, un cuerpo que crece, y voluntad. La educación no debe consistir en llevar al niño adonde nosotros queremos que vaya,  sino adonde su naturaleza quiere ir; que no suele coincidir con lo que el niño quiere. Un niño quiere grasa, pero su cuerpo pide verdura; quiere un móvil, pero su mente pide un libro; quiere lo que tienen los demás, pero su corazón le pide sólo lo que es suyo. Cuando le das a alguien lo que pide es demagogia; cuando le das lo que necesita (es decir, lo que le pide su naturaleza), aun en contra de su voluntad, entonces lo educas; educar es alimentar el espíritu como criar es darle alimento a su cuerpo.


            Sigamos con el símil de la democracia. En una verdadera democracia el pueblo no debería votar lo que quiere, sino lo que necesita; en caso contrario no sería democracia sino demagogia: y el pueblo, en lugar de ir adonde lo lleva su libertad, iría adonde lo llevan los políticos. Los niños todavía no saben hacer uso de su libertad, son menores de edad, no saben conducirse. Por eso necesitan un conductor, que es el maestro; el maestro no tiene por misión hacer a los niños a su imagen y semejanza, sino a imagen y semejanza de sí mismos. El maestro no es un cristal donde el niño tiene el modelo de lo que tiene que ser, sino un espejo donde él mismo se refleja. El buen maestro no te hace como él quiere que seas, sino que te deja crecer como tú eres.
            Hay maestros, y padres, que quieren que sus hijos sean unos cerebritos, y desarrollarán su mente olvidando que tienen cuerpo, y harán de ellos unos ordenadores, unos robots, unos sabios que no sabrán moverse, unos cuerpos paralíticos. Otros querrán convertirlos en atletas y desarrollarán su cuerpo, pero serán brutos. ¿Para qué lo desarrollarán? ¿Para ser felices, o para ganar títulos? ¿Se puede perder la infancia por culpa de una disciplina férrea que nos haga, como Nadia Comanechi, atletas de primer nivel? También los cerebritos participan en concursos, competiciones, olimpiadas del conocimiento. También ellos ganan títulos. ¿Para qué? ¿De qué te sirve la biblia en verso si te falta asertividad, empatía, inteligencia emocional, saber estar en tu saber ser?
            La semilla de los instintos éticos tiene que desarrollarse con ayuda del maestro. Y la autonomía, el niño tiene que aprender a estudiar solo a medida que vaya creciendo. También necesita desarrollarse en la sociedad: conocer el mundo en el que vive, saber adaptarse sin que el mundo se coma su libertad; hay que plegarse a la realidad que nos rodea porque si nos empeñamos en vivir en otra época distinta de la nuestra  la realidad se encargará de hacernos morder el polvo; pero también, como don Quijote, tenemos que aprender a luchar contra el mundo cuando el mundo te exige que dejes de ser libre y te impide el normal desarrollo de tu capacidad: que hay que luchar contra el mundo sin dejar de tener los pies en él, buscar en la tierra el suelo más favorable para nuestra semilla y que allí podamos plantarnos.
            Desarrollar nuestra inteligencia, no imitar el pensamiento de los otros (aunque lo podemos usar como modelo).  Desarrollar nuestro cuerpo, no hacerlo esclavo de objetivos contrarios a la naturaleza (aunque el mundo puede plantearnos nuevos retos). Desarrollar nuestro corazón, no inflar nuestro cerebro a costa de él: que seamos capaces de sentir pensando y de pensar sintiendo, y de creer en las cosas del corazón aunque a veces no las pueda explicar nuestra cabeza. Debemos desarrollar la inteligencia alimentándola con nuestro cuerpo, con nuestros sentidos, con la sensualidad, la piedad de la empatía, la seguridad en sí mismo, la firmeza: una mente bien asegurada está en un cuerpo bien completo; y no usa el ejercicio para combatir la masturbación, como se hacía antes, sino para equilibrar nuestros deseos; porque la educación, lejos de reprimir el desarrollo, lo que debe hacer es desarrollar lo que tenemos dentro.
            Y eso es, en definitiva, la educación: un viaje al interior de nosotros mismos, un camino donde alimentamos, para que crezca, la semilla de lo que somos. El mundo puede tirar de nosotros para que nos plantemos en él, y eso es bueno. El maestro debe ayudarnos a encontrar el camino cuando nos perdemos, llevarnos fuera para desarrollar nuestro ser: sacándolo fuera, sí, pero sacándolo de dentro. Educar es salir de sí para reencontrarse y hacer lo que nos recomendaba Nietzsche: ¡conviértete en lo que eres!








viernes, 3 de agosto de 2018

EL CASI NADA



EL CASI NADA


             Algunas veces me acuerdo de Vladimir Jankelévitch. Se inventó dos conceptos que conocía todo el mundo y que eran una banalidad, pero había que inventarlos: uno de ellos era el casi nada; el otro era el yo no sé qué; quiero hablar hoy del casi nada.
             Los químicos conocen bien el concepto de energía de activación. Supongamos (dicen ellos) que queremos tirar un saco por la ventana; lo primero que tenemos que hacer es levantarlo la altura de la ventana y puede ocurrir que lo consigamos casi, o que nos falte un milímetro…; por un solo milímetro el trabajo que hemos hecho, por grande que sea, se queda en nada; puede suceder que mi compañero lo levante un milímetro más que yo y, con esa diferencia (casi insignificante), consigue sacar el saco; dejarlo caer, luego, sobre el basculante del camión, lo puede hacer cualquiera. Una mínima diferencia puede hacernos, a unos, personas de éxito, a otros, fracasados; una diferencia insignificante; no es nada; es algo, pero es casi nada; es una insignificancia.
            Alguien me está molestando y hace crecer el mal humor que tengo dentro; yo aguanto y callo. Mientras me aguanto conservo la naturalidad, conservo la calma. Pero si traspasa (aunque sólo sea por un milisegundo) la barrera de mis límites, me hará estallar de cólera, y en ese preciso momento dejaré de ser el que era; soy como el cráter de un volcán donde la lava pugna por salir; en el momento en que rompe la corteza se desata la destrucción; el volcán lo arrasará todo a su paso, y si antes de la expresión todo era contenido, después ya todo se ha desatado; entre la subida de la presión y el estallido sólo mediaba un punto de ruptura, apenas un grado más, que es un casi nada.
            Tanto el Barça como el Madrid perdían por 3 a 0 las semifinales de la Champions; en el partido de vuelta, el Barça acabó siendo eliminado y el Madrid, en cambio, cuando al partido le faltaba apenas un suspiro, transformó un penalty y ese suspiro fue lo que separó la apoteosis de la catástrofe; fue sólo un suspiro; casi nada.
            Entre el héroe y el villano muchas veces no hay casi nada.  Entre el héroe y el perdedor. De no ser por ese suspiro, esa minucia, esa insignificancia, la épica triunfal de una batalla se habría quedado en trágica derrota; la gloria habría sido ignominia, el éxito habría sido catástrofe, el triunfo habría sido fracaso. Una diferencia microscópica separa, cuántas veces, al bueno del malo, al guapo del feo, al justo del crápula.
            A veces lo que marca la diferencia es el tiempo a escala humana. La reina Isabel, de haber muerto antes, habría pasado a la historia como la protectora de los judíos, no como la que los expulsó.
            Los momentos decisivos pueden ser lapsos o suspiros. Un puente, lo mismo que un lapso de tiempo, puede ser largo o corto, puede tardar más o menos en llevarnos de una orilla a la otra, pero un suspiro es fugaz como el rayo; un suspiro es, como dice la voz popular, el morro de un piojo; entonces decimos: “le faltó esto” (señalando con una uña el borde del dedo); o decimos también: “no le faltó nada”, que es lo mismo que decir que “le faltó una minucia”, por culpa de lo cual “casi lo logra”: pero no lo logró, ése es el caso.
            No nos precipitemos en juzgar a la gente a la primera de cambio; que entre el bien y el mal, el éxito o el fracaso, la gloria o la vergüenza, hay menos distancia que en un suspiro, que sin ser nada se convierte en todo; y, significándolo todo, es una insignificancia: un suspiro es efímero como un destello, como la oscuridad rasgada `por un fogonazo, rápido como la velocidad de la luz, apenas el ser: es un casi nada.





viernes, 27 de julio de 2018

SOLIPSISMO





SOLIPSISMO


             Hay media Cataluña que quiere la segregación de la otra media. Pero lo curioso es que hace un par de años sólo una pequeña minoría quería segregarse; y aunque fuesen algunos más quienes la querían, sólo unos pocos pugnaban por ella; la defendían como principio, no como opción realista de gobierno; como sueño, no como realidad; ya sabemos lo que sucede cuando confundimos las realidades con los sueños.
            Hay una minoría exaltada que se ha atrevido a prender la mecha. La mecha ha prendido porque había gasolina. La gasolina es la mentalidad pacientemente construida por unos cuantos ideólogos; falseando la historia propia, ignorando la ajena, construyendo pacientemente al enemigo e identificándolo con el resto de España, y catapultando todas esas visiones desde la radio y la televisión catalanas; logrando que sus oyentes se nieguen a escuchar las radios ajenas, a ver televisiones ajenas y a leer (esto ya menos, porque la gente no lee) otra prensa y otra literatura que no sean las que se producen en casa; de esta manera se ignora lo ajeno y se desprecia lo que se ignora: bien lo decía Machado. ¿Cómo se ha conseguido cegar a las masas para que no vean lo que tienen delante? ¿Para que sólo crean lo que les enseñan? ¿Y para que sólo vean lo que creen? Muy sencillo: tomando algunos ejemplos de castellanos malos y catalanes buenos (que siempre los hay) y generalizando en una colosal falacia: todos los castellanos son malos; todos los catalanes son buenos. Y como, además, todos los catalanes sufren de la crisis, ya hemos resuelto la cuadratura del círculo: la culpa la tienen los castellanos; o sea, España; y como ellos son buenos y los españoles malos, pues ellos no son españoles. El silogismo es perfecto. Es verdad que los otros españoles también sufren, pero para enterarse de ello los catalanes tendrían que escucharlos; y no los escuchan, porque de ellos no hablan la radio y la televisión catalanas; o si hablan, es de otra manera; retratándolos, no como a personas que sufren y ríen, sino como enemigos malos; y como son malos hay que combatirlos; hostigarlos, dividirlos, castigarlos.
            Una vez que sólo se escucha lo que se dice en casa, ya no sirve de nada la libertad de opinión, la libertad de expresión, la libertad de conciencia. ¿De qué me sirve que haya otros periódicos, otros canales de televisión, otros libros?  De todas formas no los voy a leer. Pueden vender las librerías mil libros de fuera y uno de casa: yo sólo compro el de casa; a veces, hasta lo leo. Estamos en la forma más sibilina de censura. En lugar de que el gobierno prohíba que se publiquen cosas, cada uno se prohíbe a sí mismo leer lo que publican otros. Si soy del Madrid leo el Marca. Si soy del Barça leo el Sport. Y así, todos contentos. Cada cual se regodea con lo suyo y menosprecia lo ajeno. Es la dictadura perfecta. La que no necesita policías, porque cada uno es su propio policía. Y acabamos, como decía Unamuno, teniendo la inquisición en la cabeza. Ya no necesitamos hogueras. Cada mente es una hoguera donde se queman sus propias ideas. Y sólo nos quedan las creencias.


            Esto en filosofía se llama solipsismo. Creer que sólo existe uno mismo. Creer que todo lo que nos pasa existe sólo en nuestra cabeza. En psicología lo llamamos autismo. Hundirse uno dentro de sí, ser incapaz de comunicar. Pues bien: Cataluña es una realidad comunicadora y cosmopolita (Serrat, Barral, Gil de Biedma, García Márquez); pero el catalanismo es una forma de autismo; por lo menos este catalanismo; no el de Joan Maragall, Gaudí o Guimerá; sino el de Oriol Junqueras, Marta Rovira o los Jordis; el de Puigdemont.
            Cansa repetir una y otra vez lo que se han retorcido las palabras; llaman exilio a la fuga; a la desobediencia la llaman patriotismo; al imperio de la ley, opresión; los prisioneros se convierten en presos políticos. Jesús fue condenado como malhechor; si hubieran condenado a Barrabás lo habrían convertido en preso político. Al ataque contra la democracia lo llaman democracia (con lo que democracia es dictadura: os acordáis de las consignas de Orwell: “la  verdad es la mentira”). A la le defensa de la ley la llaman franquismo. Pasean su desgracia por los pasillos de Europa, ellos, que son los perseguidores de media Cataluña, dándoselas de perseguidos; quienes menospreciaron a los charnegos en su día reclaman su derecho a seguirlos menospreciando. (¿Recordáis? Juan Marsé: Últimas tardes con Teresa. Preguntadle a cualquier andaluz, murciano o castellano que haya tenido que emigrar a Cataluña). Donde más caso les hacen en Europa es en los cenáculos del populismo, de la segregación, de la xenofobia. Y en España, la izquierda que defiende a los pobres también los defiende a ellos; esa izquierda se ha alineado con los ricos de Cataluña para que sigan molestando a los charnegos; por ricos hay que entender también a los pobres de Cataluña, que son menos pobres que los de fuera; y que se han alineado con los ricos de casa para burlarse de los pobres que no son de ellos.
            Entonces me acuerdo de Moustaki. Georges Moustaki, que le cantó a la libertad en la figura del charnego: del meteco; del que no es de aquí, pero se siente de aquí. Y ha abrazado, besado y llorado sin ser de fuera pero sin que le dejaran tampoco ser de dentro. Holandés errante, ser sin patria que pertenece a todas las patrias: cosmopolita, ciudadano del mundo. Que no se enorgullece de su boina, sino de su cabeza. Ni del espetec que hacen en casa, sino de todas las comidas. Ni confunde tampoco a su país con una bandera, ni abofetea a su vecino para colgar un trapo, ni expulsa a los músicos de casa porque para música ya le basta con una canción, la que le hicieron escuchar toda la vida. También me acuerdo de John Lennon: imagine. Y de Martin Luther King: I’ve got a dream. Y de Jesucristo: mi reino no es de este mundo. Nuestra tierra es de todos, aunque, como es lógico, cada uno tenga en ella su casa. Bien lo dice un antiguo refrán castellano: cada uno en su casa y dios en la de todos; lo que quiere decir que mi hogar es mío, pero no a costa de expulsar al vecino ni de confundir su casa con la mía: porque tengo la obligación de ayudarle a construir su propia casa para que no tenga necesidad de invadirme la mía. Nada humano me es ajeno: bien lo decía Terencio. Si confundimos la defensa de mi hogar con la expulsión del extranjero, es que no hemos entendido nada de nada. Mear fuera del orinal, desbaratarlo todo. Frente a los de la independencia yo defiendo a los charnegos; a los metecos; porque ellos también han ayudado a construir Cataluña. El día en que los catalanes abran los brazos y dejen de construir alambradas y muros, ideológicos o reales, los que fueron charnegos, no me cabe duda, abrirán también sus brazos y gritarán: ¡Visca Catalunya!
  



viernes, 20 de julio de 2018

LA MUDANZA




LA MUDANZA
  

            Introdujo la llave. Giró, no abría. La sacó un poco de la cerradura, volvió a girar. Lo volvió a intentar sacándola más, pero tuvo que introducirla de nuevo. Giró varias veces y otras tantas se atrancaba. Hasta que bruscamente, inesperadamente, se abrió. Dentro se respiraba silencio. Se detuvo, respiró el vacío, miró hacia la escalera, levantó la vista, la retuvo, allí, acurrucándose en el aire, flotando en el espacio, esfumándose en el silencio. La puerta se había cerrado y en sus cristales, transparentes, había ecos de vida.
            En aquel momento se sintió flotar. Era como si las cosas se hubieran detenido y estuvieran suspendidas; un lugar, fuera del espacio, donde no tuvieran sitio para descansar; un sitio que, en el tiempo, se encontrara flotando entre las cosas, como la isla envuelta entre aguas que permanece inmóvil mientras todo pasa. Aquel flotar fuera del tiempo y del espacio, rodeado de espacio y tiempo, era un ser sin carne, un lugar de la memoria, una isla sin río, envuelta en ríos sin erosión, una sensación de no ser nada: una memoria sin recuerdo.
            Fue un instante. Luego volvió en sí y sus ojos regresaron del país donde la mirada se nubla, donde el alma se expande, donde los pensamientos se detienen. Su corazón regresaba de un sentir sin sangre, de un querer sin sentido, de un ensueño sin objeto. Miró. Escaleras arriba, subiendo pocos peldaños, descansaba el edificio. Miró al buzón. Sobresalía un cuaderno arrugado de tapas blandas, de cartón con espiral, de bordes aplastados y deshechos.
            Lo sacó. Tuvo que forcejar con el buzón, metálico, y logró sacarlo arañando los bordes. Su mano derecha lo acarició mientras lo sujetaba su mano izquierda. Una nube de polvo le hizo estornudar. Lo abrió. Había un dibujo infantil, unos garabatos apenas, rellenos de lápices de colores mientras un letrero, mal hecho, encabezaba una redacción que se asomaba a las ventanas del dibujo. Eran líneas inseguras, mal orientadas, apretadas como aprietan el lápiz los niños cuando aprenden. En las hojas viejas, levantadas de tanto escribir, agarrándose a las letras, había un olor a escuela y a tiempo.
            Su mente soñadora se volvió a abstraer. Se olvidó del buzón, del cuaderno, del polvo, de las escaleras y del timbre. Y entonces volvió a la realidad. Levantó la vista hacia la baranda, guardó el cuaderno en la palma doblada, y sus pies maquinales ascendieron por la escalera. Su mano sopesó las llaves y las volvió a introducir hasta que dio con ella. Se abrió la puerta crujiendo levemente y se abrieron ante él, como dos fantasmas, las cortinas de la niebla. Tanteando a ciegas encontró la luz. La apretó, pero el interruptor no funcionaba. Entonces fue al salón, descorrió las cortinas, abrió los batientes y entró a raudales la luz del día. Sus pies pisaron algo. Fue una cosa alargada, metálica, como una pinza.


            La recogió. Al agacharse sus sentidos olieron a viejo. Sus aletas se movieron, olfateando. Estornudó. Su mano movía en el aire aquella pinza antigua, y la analizaba al trasluz; pero no al trasluz del espacio, sino del tiempo. Aquella pinza pertenecía a un niño que sujetaba los pantalones para que no se engancharan en la bicicleta. Aquel niño había ido, seguramente, con su padre a montar en bicicleta. Y el tiempo, que es el bisturí del espacio, la había dejado lejos de la corriente, del río de la vida donde navega todo, y cuando naufragan las cosas las arrastra, como cadáveres, en el flujo sin fin donde vagan las cosas y se convierten en huellas.
            Sopesó el cuaderno. En su pasta colocó la pinza. Los miraba, como huellas naufragadas, y miró la casa donde tenía que mudarse. De repente esa casa estaba llena de huellas. Quiso adivinar quién era aquel niño, adivinar quizás qué había hecho aquel día, cómo había salido al campo con su padre, como había peleado, cómo había corrido por la carretera. Así, así corre la vida, se nos escapa; y no tiene freno, se nos lleva sin que podamos pararla, por la carretera. Así él había sido niño y ahora, que el tiempo había pasado, sus ojos miraban el otoño, con la cadena. Adivinó que aquella cadena tenía los platos oxidados, los piñones secos, sin engranajes donde pasar, sin grasa. El niño. Aquel niño que vivía en la casa donde tendría que mudarse, porque la había alquilado. Sintió en el estómago un revuelo, un malestar, una náusea.
            Sacó de su bolsillo una pequeña linterna. Tenía una manivela que giró, durante un minuto, hasta que salió la luz para perforar la niebla. La enfocó hacia las paredes y la paseó, escalándolas, por la oscuridad; y vio que las paredes tenían polvo en el espacio, pero también en sus entrañas había, contenido en el misterio, polvo de tiempo. Y se detuvo en un armario. La luz de la linterna enfocaba, como un río de fuego, la madera vieja; un armario empotrado tenía los batientes desgastados  y en el pomo redondo, pulido como el cristal, había una mancha de grasa. En el pomo había restos de un brillo que en tiempos había sido transparente; pero ahora, ensuciado entre manchas y golpes, se había vuelto traslúcido. Examinó aquella mancha y le pareció grasa; una grasa que en su día resbaló, pastosa, pero ahora estaba seca. Su imaginación, imparable, le mostraba al niño cansado, apoyándose en las paredes con sus manos manchadas, mientras su padre cargaba, escaleras arriba, una tras otra, las dos bicicletas. Seguramente se fue a cambiar y el niño, antes de que le regañara su madre, agarró el pomo. Se bañó y comió y se puso el pijama.


            Un viento glacial le recorrió el corazón y sonó un ruido. Su oído se aguzó; un portazo. Volvió la vista. Regresó por el pasillo y su corazón agitado se le paró dentro. Miró, asustado, abriendo los ojos a un lado y a otro por desvelar el misterio. Llegó a la cocina. La puerta bailaba aferrada a sus goznes, y golpeaba el marco una vez y otra, con las bofetadas del viento. En seguida vio que era la ventana de la cocina y la cerró. Se le cayó la linterna al suelo. Se dio cuenta, de pronto, de lo absurdo que era necesitar linterna para tener una luz con la que poder buscar la linterna. Buscó a ciegas. Y su mano izquierda se agarró al borde de la mesa mientras con la derecha, agachándose, la buscaba. Su mano izquierda: la que sujetaba como un tesoro, para no perderlo, el cuaderno.
            Era frío. O miedo. Como un fantasma: había sentido un fantasma metérsele en su interior. Suspiró, contuvo el aliento. Sus dedos se paralizaron hasta que se levantó, decidido, a cerrar la ventana. Y cuando lo hizo con su pie tocó la linterna. Se volvió a agachar y la encendió de nuevo. Iluminó la mesa y sobre ella yacía, como un cadáver minúsculo, el objeto; aquel objeto que tocó los dedos, segundos antes, paralizándole el alma; una cuchara pequeña que venía del pasado; una cucharilla, silenciosa y cubierta de polvo, que extendía el miedo. Como ondas que emanaban de lejos, inundándolo todo como una crecida, el río de la vida. El que destruye el corazón y los movimientos y los convierte en huellas.
            Sin saber por qué, dejó de sentir miedo. De repente se llenó de una profunda tristeza, una pasión de amor, una melancolía. Veía al niño y se le partía el alma; y quería adivinar el rostro de aquella cara infantil, pero no la veía. Sus facciones se esfumaban en el polvo como la marca del tiempo. Como se esfuman los cadáveres incorruptos que han sido desenterrados muchos años después, al tocarlos. Aquel niño desayunó, al día siguiente, y se fue al colegio. En la cartera llevaba, seguramente, aquel mismo cuaderno. El cuaderno que él ahora tenía agarrado en el hueco de la mano.
            ¿Quién sería? Las casas tienen vida. Las alquilamos, las poseemos, instalamos en ellas la vida de nuestro corazón, los pensamientos que hay en el alma, la razón de nuestras manos. Lo llenamos todo de vida, se llenan las paredes de recuerdos, depositamos en ellas las vibraciones de la conciencia, nuestros sobresaltos inconscientes, nuestros amores, las vivencias que tenemos, nuestros deseos. Pero las casas tienen debajo la huella de otras vidas. Antes de instalarte tú vivió allí un niño. Antes de que tú desayunases ese niño había desayunado. Y ahora estás aquí, y el niño se ha ido. Y no sabes qué fue de él, por qué se fue de casa, qué padres ha tenido, qué deseos animaron sus pensamientos. Y ahora respiran las paredes y en ellas hueles su espíritu. Paredes que no son tuyas, porque en ellas están sus recuerdos; sus recuerdos, sus vivencias, las penas, las alegrías, sus silencios y sus gritos, paredes llenas de juegos, de presencias, de espíritus, de grasa de bicicleta y de niños antiguos, de sus padres, de los miedos.
            Tú estás aquí, pues has venido. En tus manos tienes las llaves, y en tus sienes una pregunta: ¿por qué se han ido? Aquí voy a vivir yo, pero aquí vivieron ellos: ¿por qué se han ido? Como una exhalación el río de la vida, en vez de llevarnos, nos arrastra: ¿por qué ahora, si ayer fuimos su tiempo, nos abandona? ¿Por qué ya no están en casa? ¿Por qué?
            Sus manos buscaron las huellas. Tocaron las paredes, quisieron sentir sus dedos, la huella de ellos. Él no podía instalarse porque estaban ellos. Esa casa no sería la suya, porque estaban ellos. La poblaban, la habitaban, sus cuerpos no estaban allí, y estaban sus recuerdos. Él lo sabía. Los sentía, los palpaba, y no los tocaban sus manos, pero los tocaba su aliento. En el armario, tirando del pomo de grasa, había un cartel. Un cartel rojo, desvencijado con los años, con una esquina hecha jirones, restos de una pancarta: “no pasarán”. Lo leyó en letras rojas, orondas, enormes letras de pulpa como una naranja: “no pasarán”. En las huellas estaba la historia de esa casa.


            Volvió al pasillo, desesperado. Una angustia le subía golpeándolo desde el vientre. No pasarán. Buscó a tientas la cerradura de la puerta. Agarró el pomo, abrió, salió para respirar. Una bocanada de aire le llenó los pulmones porque le faltaba aliento. Amarró el borde de la puerta para cerrar y se clavó las astillas. Tocó aquellos bordes con cuidado y estaban astillados. Los iluminó con la linterna y vio los golpes en la puerta. Las huellas. Las huellas del tiempo. La historia que asomaba a su puerta transportada por las huellas. La presencia. Los fantasmas.
            Quiso bajar y tocó barro con las suelas. Enfocó la linterna y había sangre. Y pasos en la sangre. Restos de huida que un día rompió el tiempo. ¡Dios mío! El niño. ¿Por qué huiría? ¿Qué le pasaría? ¿Tan abandonada estaba aquella casa que había alquilado? ¿Tantos años deshabitada? ¿Qué misterios se escondían allí? Avanzaba y cada paso era una huella de aquella historia. Restos de ropa deshilachada en los goznes. El buzón lleno de cartas sin abrir. Buscó la llave. Lo abrió. Entre folletos manchados y arrugados sobres, un papel de periódico. Lo abrió.
            Una casa desahuciada. Una familia en la miseria. El niño, con el cuaderno en la mano, iba al colegio. El  banco se lo había llevado todo. La bicicleta. La casa llena de vecinos. Los vecinos retratados con una pancarta: “no pasarán”. Las ventanas cerradas a cal y canto. Barricadas en las puertas. La policía. Alambradas cortadas con las cizallas. Golpes de martillos en la puerta. Astilladuras. Restos de sangre en el vestíbulo. Los vecinos corriendo, aporreados. Los zapatos manchándose en la sangre. El niño corriendo, tapándose la cabeza, junto a sus padres. Y la casa que se quedaba sin habitantes.
            Se paró. De repente su espíritu se llenó de una tranquilidad extraña. Porque los misterios, cuando se transforman en historias, se hacen cálidos vaciándose de miedo. Él estaba allí, abatido: pero sin miedo. Sabía que aquella casa era de ese niño. Del niño al que habían robado la bicicleta. Y supo que no podría estar allí. Porque aquella cara tenía su dueño. Sus paredes eran del niño, sus armarios, sus cucharas, el rincón donde guardaba la bicicleta. La vida interrumpida porque los bancos se llevaban su casa. Porque los padres, que no podían pagar, estaban sin trabajo. Fueron desahuciados como miles de padres eran desahuciados en España. Porque se perdían las casas a millares. ¿Adónde irían esos padres, esos niños? ¿En qué colegio estudiarían? ¿Acaso vivirían sin bicicletas?
            Mientras tanto, él, encaramado a la puerta, iba a mudarse a aquella casa. Y supo que sufriría pues sus paredes, sus armarios, sus ventanas, le recordarían continuamente la presencia de los niños; esos niños que estaban siendo desahuciados. Sus labios, entumecidos, se entristecían sin quererlo. Las paredes de la luz se harían blancas. Y en sus rayos estaría la derrota. Y sus ojos, desde la niebla, se encaramarían a la luz; unos ojos con el brillo de una lágrima.