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viernes, 21 de mayo de 2021

EL TÚNEL DEL TIEMPO

 

 

EL TÚNEL DEL TIEMPO

(En el instituto Mariano Quintanilla, de Segovia)

 


            -Mirad, antes de ir a la biblioteca os voy a enseñar el aula Machado. 

            Los dos chicos esperaban, expectantes. Ignacio pidió la llave en conserjería. Luego abrió y apartándose, con un gesto del brazo, los invitó a entrar. Estaba oscuro. Buscó a tientas en la pared pero no encontró el interruptor: fue Íñigo el que alargó su brazo, como si lo conociera, y encendió. Las ventanas estaban cerradas. Unos altos ventanales decimonónicos.

            Apareció un espacio lleno de mesas, unas detrás de otras, que descendían sobre unas gradas. Era como un teatro griego, sólo que rectangular. Abajo, en el lugar de los actores, había un armario, una pantalla, y en la esquina al fondo, junto a la ventana, una mesa con sillas.

            -Aquí es donde daba clase Antonio Machado… -Señaló una foto que había en la pared-. Ahí lo tenéis. Y aquí también, entre el claustro de profesores. –Señaló otra foto que había, en la pared lateral, con caras apostólicas y un rancio color decimonónico-. Hoy se hacen aquí los claustros. ¿Queréis que os haga una foto? ¿Aquí, donde estuvo Machado? Venga, colocaos, que os la saco.

            Sacó su cámara de la mochila y disparó. El aparato tardó una enormidad en soltar el fogonazo; y en ese esfuerzo se consumió toda la pila.

            -¡Vaya, hombre! ¡Y yo que me había hecho ilusiones de hacernos unas cuantas fotos aquí!

            -No te preocupes, papá –dijo Íñigo-. Te la saco con el móvil.

            Ignacio posó y quedó contento. Devolvió la llave, recorrieron el pasillo camino de la biblioteca y entonces Íñigo reclamó su café con leche.

            -Si no me lo tomo me duermo. Lo necesito para despejarme; lo hago siempre en la facultad.

            -Bueno, si quieres podemos ir a la cafetería. O, si lo prefieres, vamos a un bar; hay varios al lado.

-Lo que sea. Sólo quiero un café.

Cruzaron el patio de cristales. En un extremo estaba el salón de actos. Más allá, el gimnasio. Tomaron pasillo adelante y se internaron en el aulario. Giraron a la izquierda y entraron en la cafetería. Había dos profesoras charlando en una de las mesas, sobre las que humeaban las tazas. Al fondo, en una mesa junto al mostrador, estaba Lorenzo: rodeado de papeles llenos de garabatos y siempre absorto.

-Cuidado, que trabajar mata.

Ignacio le dio un golpecito en el hombro y Lorenzo sonrió levantando la vista. Luego se dirigió al mostrador: allí estaba Antonio, con su rostro enjuto, de expresión seria, pero afable, y en su cara de múltiples cortes afloraban, cansadas, las arrugas de los años.

-Antonio, ¿qué tal va eso?

Se estrecharon las manos. Un saludo cordial después del verano y una sonrisa, unas palabras cálidas, un ademán de bienvenida. Íñigo pidió un café con leche; Antonio le cobró uno treinta.

-¡Vaya precios! –comentó Íñigo-. En la facultad esto no pasaría de ochenta céntimos; quizá setenta.

-Por eso no hará nunca negocio; le falta generosidad y ambición.

Se sentaron en la mesa de la esquina; junto a la ventana. A través del cristal se veía otro edificio, al otro lado de la carretera. 




-Es el Ezequiel González; otro instituto.

-¿Dos institutos juntos? –exclamó Iria.

            -Sí. Aquél era de formación profesional; éste, de bachillerato. Mira, en esas ventanas de abajo está el taller de madera; más allá está el de peluquería; también se puede estudiar para auxiliar de clínica; y técnico de laboratorio.

-¡Pero si los alumnos de los dos edificios casi se pueden dar la mano!

-¡Y que lo digas! –replicó Ignacio-. En el piso de arriba he dado clase muchas veces. De vez en cuando oía: “clic”. Y los alumnos me decían: “¡nos están tirando tizas desde enfrente!” Yo les contestaba que no tenían que hacerles caso, pero cuando me daba la vuelta para escribir en la pizarra oía ruidos y era que mis alumnos les estaban devolviendo las tizas.

-¡Hala, qué guay! –contestó Iria-. ¡Estaban haciendo guerra de tizas!  

Ignacio sonrió, feliz.

-Ya está -dijo Íñigo.

Había terminado de tomar el café. Salieron al pasillo y su padre le indicó una puerta donde había escrito “EOI”.

-Es la Escuela Oficial de Idiomas. Mira, ¿ves esos paneles allí al fondo?

Íñigo asintió con la cabeza.

-Pues allí era donde ponía yo los carteles del rugby; junto a la puerta. Y también los ponía junto a la puerta principal, por donde hemos entrado.

-¡Qué guay! –exclamó Iria-. En mi instituto no teníamos ni laboratorio; sólo tres sillas cagonas con una mesa donde no podíamos hacer nada. Un día fui a una casquería y me llevé unas vísceras; ese día me lo pasé pipa: abríamos las vísceras, inflábamos pulmones y vejigas, nos lo pasábamos estupendamente; pero tuve que hacerlo yo, porque nunca hacíamos prácticas.

-Un día –replicó Ignacio- me llamó la profesora de biología para que entrara con ellos; yo tenía una guardia y no faltaba nadie; así que me llevó al laboratorio y diseccionamos el corazón de un ternero.

-Qué bien, cuántas cosas hay, ¿no? Este instituto es bien bonito; y es muy grande.

-Eso dio a Ignacio alas para seguírselo enseñando; entre tanto, proseguían su conversación.

-Otro día –prosiguió- asistí a una vivisección.

Iria arrugó la nariz y puso mezcla de pena y de asco.

-No te preocupes –le aclaró él-. Les acercaron un paño con cloroformo y se quedaron dormidas: eran unas ranas.

-¡Ay, qué pena! ¿Y para qué hacen eso?

-Para ver cómo se mueven los órganos. Al animal lo rajan vivo, y lo anestesian para que no sufra. ¿Cómo, si no, iban a aprender el funcionamiento del cuerpo? Mira, aquí está el laboratorio de idiomas: en él cada pupitre tiene su ordenador. Más allá está el de biología. Y allá al fondo –señaló con el brazo- el de física. –Luego subieron las escaleras hasta arriba-. Ésta es el aula de dibujo.

El último pasillo estaba oscuro. Y parecía que tenía el techo vencido, roto en su estructura como una buhardilla.

-Aquí están los departamentos: éste es el de historia; el de matemáticas. –Avanzaron hasta el final, allí donde el pasillo se desplomaba nuevamente escaleras abajo. Allí señaló con el dedo a la última puerta (negra, arrugada por la pintura, de factura rancia); allí, sobre el dintel, había un letrero encima de otro; en el primero decía “departamento de latín y griego”; y en el segundo: “departamento de filosofía”-. Atenea –dijo; y hurgó en su bolsillo buscando las llaves. Tardó un poco en sortear cartera, lápices y llaves que obstruían el bolsillo. 




Entraron. Era un recinto largo y estrecho que se perdía en un armario con libros. A la derecha había mesas adosadas a la pared, con ordenadores. A la izquierda había unos armarios que les llegaban a la altura del pecho. Había una puerta con un cartel: “del mismo amor de dios brota el manantial del amor al prójimo”; y había un río que descendía por una cascada cristalina, y en ella se fragmentaba en riachuelos pequeños.

-¡Huy! –exclamó-. ¡Qué pena que esté cerrada! Si no, os hubiera enseñado una parte del legado de Ezequiel González.

-¿Y eso qué es?

-Un prócer segoviano de finales del siglo XIX. Al morir le regaló al instituto todas esas estatuas de inspiración clásica que vimos al principio; y también el pavo real y la foca monge; y una colección de fauna, flora y mineralogía repartida por los pasillos de la parte vieja. Y un fondo bibliográfico que todavía está sin catalogar; hay libros muy viejos, algún incunable y primeras ediciones, no sé si de Newton o de Darwin, por ejemplo. El departamento de literatura lo está desempolvando e intenta poner orden en esos fondos.

Tiró de la puerta y ésta se abrió.

-¡Hombre, no está cerrada! Pasad.

Acertó a tientas a encender el interruptor. Al otro lado había un pasillo estrecho; las vigas de madera estaban bajas y había que caminar agachado; la otra pared bajaba oblicuamente, como si encima estuviera una de las dos vertientes del tejado. Y dentro, en una oscuridad mortecina, con aquella luz de penumbra, las paredes guardaban sus tesoros: animales disecados de todas clases y tamaños (mamíferos, reptiles, peces, pájaros). Los chicos lanzaron exclamaciones admirativas. Un suspiro empezó a correr por sus venas. Y el corazón, presa de misterio y entusiasmo, empezaba a martillear y lo sentían latir.

Íñigo estornudó. También estornudaba Iria. Recorrieron los cuerpos embalsamados, como diminutos faraones de paja, armadillos, pangolines, frailecillos, cornejas, un oso hormiguero; el caparazón de una tortuga yacía solitario en un rincón, vacío, hueco, con una de las patas traseras que sobresalía, diminuta y seca.

-En realidad –dijo Íñigo cogiéndolo entre sus manos- no es un esqueleto, aunque lo parece; este caparazón es una secreción de quitina que recubre los verdaderos huesos, que están dentro. –Levantó la vista para mirar a su padre, que escuchaba sus explicaciones-. Es como si hubiera desarrollado un exoesqueleto.

Se internó por la boca de la izquierda mientras Iria, por la derecha, se entretenía entre los animales disecados.

-¡Hala!

La vehemencia de aquella exclamación hizo girarse a Ignacio. Íñigo se había parado ante una caja. Sobre ella había una enorme cornamenta. La depositó en el suelo y la abrió. En ella descubrió…

-¡Cráneos! ¡Varios cráneos humanos! ¡Cráneos de verdad! ¿Cómo es posible? Mira, papá. –Íñigo le enseñó un cráneo partido limpiamente con una sierra-. Éste es artificial. Se nota mucho, está hecho de pasta. Pero los otros son auténticos.

Un viento de fascinación empezó a recorrer el cuerpo del muchacho. El viento de la historia. De repente se vio a sí mismo –fue un instante fugaz, un flash momentáneo- con un cráneo de antecessor en el yacimiento de Atapuerca. El pelo se le erizó de la emoción, y en sus ojos ardió un brillo extraño.

El muchacho miraba un cráneo en sus manos, como un Hamlet de la ciencia. Su espíritu había retrocedido miles de años atrás, y se imaginaba a sí mismo en las tierras castellanas, retrocediendo glaciación tras glaciación, en un paisaje horadado por los dientes de sable, los rinocerontes lanudos, un enorme mamut, el oso cavernario. Y a intervalos veía, como la corriente alterna, paisajes prehistóricos y yacimientos contemporáneos donde habían ido a parar los restos de la prehistoria. Era paleontólogo, y en sus manos tenía un cráneo mil veces buscado y nunca encontrado, una importantísima novedad, un hallazgo. La notoriedad de su nombre inundando la prensa daba paso a su fantasía desbocada, hundida en los misterios de la poesía en la naturaleza, desatada en las inextricadas galerías, perdida y hallada en el túnel del tiempo, desentrañando enigmas inexplicados, devorando él, él en persona, qué privilegio, los arcanos insondables que nadie había explorado. 




La fiebre de sus ojos volvió a la realidad. El brillo que los traspasaba se detenía en aquel cráneo, Hamlet súbito e inesperado, que lo llamaba desde las llanuras prosaicas de la realidad; y en la realidad había poesía. Miraba y miraba con curiosidad, giraba el cráneo en sus manos, escrutando en el temporal el hueco del oído (delgado agujero que penetraba en el hueso como queriéndole hablar). Miraba las protuberancias de la nuca, se tocaba detrás de las orejas e identificaba relieves que veía en el cráneo, y observaba: el cornete torcido, las suturas del cartílago nasal, el arco cigomático, el vómer; tocaba el pómulo y descubrió, levantando el cráneo, que en la boca desdentada se le habían torcido, sin llegar a salir, las muelas del juicio. Únicas muelas que le quedaban. Estornudó. Miró en la caja y cogió tres mandíbulas. Las fue poniendo en el cráneo hasta dar con la que encajaba. Luego llamó a su chica.

-¡Iria!

La joven acudió, prendada por su llamada. Íñigo accionaba cráneo y mandíbula como si fuera una tijera.

-Mira, papá; prognatismo.

Y señaló la barbilla, que sobresalía de una manera un tanto exagerada. Ignacio señaló a los arcos ciliares. 

-Eso también es prognatismo –contestó Íñigo, adivinando la pregunta.

Y tosió otra vez. A Ignacio le picaban los ojos. Y salió de aquel cuartucho, buscando un lugar donde no hubiera tanto polvo. Ácaros. Íñigo tenía alergia. Pero su pasión curiosa le absorbía los cinco sentidos olvidándose de lo demás. Ignacio, fuera del cuartucho, leía un cartel que había pegado a la pared, sobre los ordenadores. “Artículo 26: todo niño tiene derecho a la educación, a desarrollar su personalidad”, etcétera, etcétera. “Un derecho para el individuo, un deber para la sociedad”. Íñigo no venía. Y volvió a entrar a la cueva de los misterios.

Íñigo todavía miraba los cráneos sin sentir el paso del tiempo. Iria, con un pañuelo, se limpiaba la nariz. En el silencio oscuro se oía ruido de mocos. Resfriado… ¿alergia? ¡Hala!” No supo cuánto tiempo había pasado, pero lo volvió a oír. Íñigo había abierto una caja grande. De ella había extraído un cráneo enorme, y una enorme quijada.

-¡Un caballo!

Los huesos estaban lisos, perfectamente pulidos, de un color blanco que brillaba. Estudió sus dientes (incisivos, molares, pero no caninos). Los comparó con un cráneo mucho más pequeño (un gamo, acaso una cabra) y descubrió las mismas funciones. Luego cogió una mandíbula que parecía pertenecer a un perro… ¿quizá un lobo? Su mente soñaba nuevamente en la noche de los tiempos.

-Este es carnívoro, papá; mira la diferencia.

Ignacio abrió los ojos impulsado por la sorpresa. Eran cosas que ya sabían, pero ahora hacían más que saberlas: ¡ahora las veían! Y no era lo mismo. Ver las cosas te mete en el corazón de ellas como no lo hace la mente que aprende las cosas sin haberlas visto nunca. Volvió a estornudar. Ignacio recordó, al hilo del estornudo, que los ojos le picaban mucho. 




-Vamos –dijo.

-Sí, papá –y en ese mismo instante volvió a exclamar-. ¡Hala!

Ignacio, que se dirigía a la puerta, volvió la vista. También se les acercó Iria. Y allí, todos reunidos, contemplaron el hallazgo de Íñigo.

-Mira –dijo-. El armario está ante nosotros. Sólo hay que abrirlo.

Y en el armario abierto aparecían tarros de diversos colores y tamaños. Tarros alargados. Tarros cilíndricos. Contenían serpientes enrolladas guardadas en formol. En uno había un lagarto. Serpientes de varios tamaños, grandes y pequeñas. Había una que, enroscada, ocupaba sólo la tercera parte del tarro, a diferencia de las otras, que lo ocupaban todo; y era que no tenía formol; estaba seca.

Salieron. Ignacio, en un montoncito de papeles sobre el armario, levantó una carpeta y descubrió un calendario. En él había fotos de su equipo de rugby: el de geo. Doce fotos. Evocando en su pose doce títulos de películas. El calendario estaba abierto por la página de “Los trescientos”. Provistos de grandes escudos redondos que tapaban su desnudez, enarbolando agudas lanzas, estaban los espartanos.

-No está abierta por el sitio adecuado –dijo Iñigo.

-Sí –dijo Ignacio: y señaló su fotografía.

-Pero ésta está mejor. 

Íñigo abrió el calendario y corrió las páginas hasta dar con la que le gustaba.

-Braveheart. Yo soy el protagonista.

Íñigo gritaba en primer término enarbolando una lanza, con el torso desnudo sobre la falda escocesa. Su pecho varonil se enredaba en una espesa mata de pelo, y su rostro, detrás de la boca abierta con la agresividad del guerrero, tenía ternura; era el rostro de una persona cariñosa, justiciera, afable, generosa y sobre todo buena.

Por fin cerraron la puerta de los animales. Para ellos había sido la entrada de Alicia, porque los había llevado a la cueva de las maravillas; y ahora esa boca misteriosa (la entrada de la cueva) se cerraba nuevamente. Ignacio cerró la puerta del departamento. La de la diosa de la sabiduría. Atenea.

Se detuvieron en el servicio para lavarse la cara y desprenderse de los ácaros: que no pudieron. Regresaron por un dédalo de pasillos y penetraron en el patio de cristales. Se entretuvieron a mirar la foca monge: grande, fusiforme, oronda.

-¡Jo, qué pena! -dijo Iria. Iria no podía soportar el sufrimiento de los animales.

-No seas tonta.-dijo Íñigo-. Está muerta.

-Ya, pero igual…

-Los muertos no sufren.

-Vamos –dijo Ignacio.

Y entraron en la biblioteca. Allí estuvieron estudiando durante dos horas y media. Y cuando salieron, perseguidos por el tiempo, tuvieron que apretar el paso. Juan se quedó sin enseñarles la torre y la campana. Una torre vetusta, de tablas carcomidas, ruinosas, que daba a la azotea. Desde allí se veía, por un lado, el patio de cristales; por otro, Segovia. Una inmensa fachada se extendía generosa ante sus ojos de poeta. Como una sombra del pasado los ojos del acueducto, mirando, les sonreían. Y su andar sinuoso, desde la Albuera hasta el azoguejo, retorcía su esqueleto sin apenas abrazar la academia de artillería; como un ofidio fuera de su tarro, estirado en formol, recordando a la ciudad los arcanos de su pasado. 



           


viernes, 27 de julio de 2018

SOLIPSISMO





SOLIPSISMO


             Hay media Cataluña que quiere la segregación de la otra media. Pero lo curioso es que hace un par de años sólo una pequeña minoría quería segregarse; y aunque fuesen algunos más quienes la querían, sólo unos pocos pugnaban por ella; la defendían como principio, no como opción realista de gobierno; como sueño, no como realidad; ya sabemos lo que sucede cuando confundimos las realidades con los sueños.
            Hay una minoría exaltada que se ha atrevido a prender la mecha. La mecha ha prendido porque había gasolina. La gasolina es la mentalidad pacientemente construida por unos cuantos ideólogos; falseando la historia propia, ignorando la ajena, construyendo pacientemente al enemigo e identificándolo con el resto de España, y catapultando todas esas visiones desde la radio y la televisión catalanas; logrando que sus oyentes se nieguen a escuchar las radios ajenas, a ver televisiones ajenas y a leer (esto ya menos, porque la gente no lee) otra prensa y otra literatura que no sean las que se producen en casa; de esta manera se ignora lo ajeno y se desprecia lo que se ignora: bien lo decía Machado. ¿Cómo se ha conseguido cegar a las masas para que no vean lo que tienen delante? ¿Para que sólo crean lo que les enseñan? ¿Y para que sólo vean lo que creen? Muy sencillo: tomando algunos ejemplos de castellanos malos y catalanes buenos (que siempre los hay) y generalizando en una colosal falacia: todos los castellanos son malos; todos los catalanes son buenos. Y como, además, todos los catalanes sufren de la crisis, ya hemos resuelto la cuadratura del círculo: la culpa la tienen los castellanos; o sea, España; y como ellos son buenos y los españoles malos, pues ellos no son españoles. El silogismo es perfecto. Es verdad que los otros españoles también sufren, pero para enterarse de ello los catalanes tendrían que escucharlos; y no los escuchan, porque de ellos no hablan la radio y la televisión catalanas; o si hablan, es de otra manera; retratándolos, no como a personas que sufren y ríen, sino como enemigos malos; y como son malos hay que combatirlos; hostigarlos, dividirlos, castigarlos.
            Una vez que sólo se escucha lo que se dice en casa, ya no sirve de nada la libertad de opinión, la libertad de expresión, la libertad de conciencia. ¿De qué me sirve que haya otros periódicos, otros canales de televisión, otros libros?  De todas formas no los voy a leer. Pueden vender las librerías mil libros de fuera y uno de casa: yo sólo compro el de casa; a veces, hasta lo leo. Estamos en la forma más sibilina de censura. En lugar de que el gobierno prohíba que se publiquen cosas, cada uno se prohíbe a sí mismo leer lo que publican otros. Si soy del Madrid leo el Marca. Si soy del Barça leo el Sport. Y así, todos contentos. Cada cual se regodea con lo suyo y menosprecia lo ajeno. Es la dictadura perfecta. La que no necesita policías, porque cada uno es su propio policía. Y acabamos, como decía Unamuno, teniendo la inquisición en la cabeza. Ya no necesitamos hogueras. Cada mente es una hoguera donde se queman sus propias ideas. Y sólo nos quedan las creencias.


            Esto en filosofía se llama solipsismo. Creer que sólo existe uno mismo. Creer que todo lo que nos pasa existe sólo en nuestra cabeza. En psicología lo llamamos autismo. Hundirse uno dentro de sí, ser incapaz de comunicar. Pues bien: Cataluña es una realidad comunicadora y cosmopolita (Serrat, Barral, Gil de Biedma, García Márquez); pero el catalanismo es una forma de autismo; por lo menos este catalanismo; no el de Joan Maragall, Gaudí o Guimerá; sino el de Oriol Junqueras, Marta Rovira o los Jordis; el de Puigdemont.
            Cansa repetir una y otra vez lo que se han retorcido las palabras; llaman exilio a la fuga; a la desobediencia la llaman patriotismo; al imperio de la ley, opresión; los prisioneros se convierten en presos políticos. Jesús fue condenado como malhechor; si hubieran condenado a Barrabás lo habrían convertido en preso político. Al ataque contra la democracia lo llaman democracia (con lo que democracia es dictadura: os acordáis de las consignas de Orwell: “la  verdad es la mentira”). A la le defensa de la ley la llaman franquismo. Pasean su desgracia por los pasillos de Europa, ellos, que son los perseguidores de media Cataluña, dándoselas de perseguidos; quienes menospreciaron a los charnegos en su día reclaman su derecho a seguirlos menospreciando. (¿Recordáis? Juan Marsé: Últimas tardes con Teresa. Preguntadle a cualquier andaluz, murciano o castellano que haya tenido que emigrar a Cataluña). Donde más caso les hacen en Europa es en los cenáculos del populismo, de la segregación, de la xenofobia. Y en España, la izquierda que defiende a los pobres también los defiende a ellos; esa izquierda se ha alineado con los ricos de Cataluña para que sigan molestando a los charnegos; por ricos hay que entender también a los pobres de Cataluña, que son menos pobres que los de fuera; y que se han alineado con los ricos de casa para burlarse de los pobres que no son de ellos.
            Entonces me acuerdo de Moustaki. Georges Moustaki, que le cantó a la libertad en la figura del charnego: del meteco; del que no es de aquí, pero se siente de aquí. Y ha abrazado, besado y llorado sin ser de fuera pero sin que le dejaran tampoco ser de dentro. Holandés errante, ser sin patria que pertenece a todas las patrias: cosmopolita, ciudadano del mundo. Que no se enorgullece de su boina, sino de su cabeza. Ni del espetec que hacen en casa, sino de todas las comidas. Ni confunde tampoco a su país con una bandera, ni abofetea a su vecino para colgar un trapo, ni expulsa a los músicos de casa porque para música ya le basta con una canción, la que le hicieron escuchar toda la vida. También me acuerdo de John Lennon: imagine. Y de Martin Luther King: I’ve got a dream. Y de Jesucristo: mi reino no es de este mundo. Nuestra tierra es de todos, aunque, como es lógico, cada uno tenga en ella su casa. Bien lo dice un antiguo refrán castellano: cada uno en su casa y dios en la de todos; lo que quiere decir que mi hogar es mío, pero no a costa de expulsar al vecino ni de confundir su casa con la mía: porque tengo la obligación de ayudarle a construir su propia casa para que no tenga necesidad de invadirme la mía. Nada humano me es ajeno: bien lo decía Terencio. Si confundimos la defensa de mi hogar con la expulsión del extranjero, es que no hemos entendido nada de nada. Mear fuera del orinal, desbaratarlo todo. Frente a los de la independencia yo defiendo a los charnegos; a los metecos; porque ellos también han ayudado a construir Cataluña. El día en que los catalanes abran los brazos y dejen de construir alambradas y muros, ideológicos o reales, los que fueron charnegos, no me cabe duda, abrirán también sus brazos y gritarán: ¡Visca Catalunya!