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viernes, 16 de abril de 2021

EL SABER

 


EL SABER

 


            “Saber”, en latín, se dice “ciencia”: “scientia”. En griego utilizamos la palabra “logos”. Y aunque originalmente significaron más o menos lo mismo, hoy llamamos lógica al estudio de las leyes del pensamiento y ciencia al de las leyes de la naturaleza. La misma lógica es una ciencia, la ciencia del pensamiento; la ciencia de la naturaleza se preocupa por saber cómo es el mundo, y como el mundo tiene muchas capas, lo mismo que si fuera una cebolla, cada capa es estudiada por una ciencia distinta; así aparecieron la física, la química, la biología… de modo que no podemos hablar de ciencia natural en singular, sino de una pluralidad de ciencias de la naturaleza. Y cuando queremos estudiar la naturaleza humana aparecen las ciencias humanas, que son ciencias naturales en su origen, pero luego acaban siendo otra cosa.

            Cada ciencia tiene su método. “Método” es una palabra que viene del griego “odos”, que significa “camino”: un método es un camino que recorremos para llegar a algún sitio, y el sitio al que quiere llegar la ciencia es el descubrimiento de la verdad. La ciencia de la lógica, de donde surgen las matemáticas, utiliza el método axiomático. Si la lógica estudia las leyes del pensamiento, podríamos decir que se ocupa de esa parte de nuestra experiencia mental que es nuestra forma de pensar, no los pensamientos que tenemos. Nuestros pensamientos surgen de la experiencia exterior: “experiencia” se dice en griego “empiría”, que significa sensación, o más bien percepción, y que se guarda en la memoria; por eso a las ciencias que estudian la realidad se las llama empíricas. Las cosas que observamos sólo se convierten en ciencia si las guardamos en la memoria; si olvidáramos lo que nos pasa tendríamos sensaciones, pero no recuerdos, y sin recuerdos no es posible estudiar nada; los libros son almacenes donde vamos apuntando, como si fueran memorias de papel, todo lo que descubrimos.

            Pues bien, si la lógica y las matemáticas utilizan el método axiomático, las ciencias de la naturaleza utilizan el método hipotético-deductivo. Pero hay otra clase de ciencias empíricas que son las ciencias humanas: las ciencias humanas pueden utilizar el método axiomático, como hacen también las ciencias de la naturaleza; pueden utilizar incluso el método hipotético-deductivo; pero lo más propio de ellas es el método hermenéutico: que es la interpretación de los textos; podemos buscar en los restos arqueológicos las causas de lo que ha ocurrido, pero sólo comprendemos de verdad cuando comprendemos los pensamientos de las personas: y en la historia, el derecho o la religión los pensamientos están contenidos en los textos que se han conservado a lo largo de los siglos.

            El método hipotético-deductivo es el que utilizan las ciencias naturales. Si el científico fuera un gato, el método sería comparable a un suelo desde el que saltamos para llegar cada vez más alto antes de volver al suelo, y caer nuevamente sobre nuestras cuatro patas; cuanto más alto saltemos mayor será el alcance de nuestra mirada; es más, con cada salto vemos construyendo nuevos balcones desde donde mirar para ver mejor y más ampliamente nuestro mundo

            El suelo desde el que saltamos es la realidad que estamos observando; y el suelo al que volvemos es la realidad a la que estamos probando; si observar es analizar, estudiar, desmenuzar nuestra experiencia, probar es provocar, tentar, obligar a la experiencia a que responda a nuestras preguntas; lo que empieza siendo una experiencia acaba siendo un experimento; es como si la realidad fuera un amigo al que estamos probando continuamente para asegurarnos de su amistad. 


            Pero nosotros no observamos las cosas así porque así; nos interesamos por ellas cada vez que tenemos un problema. Podemos pasar por una calle sin fijarnos en lo que tenemos alrededor; pero si hemos perdido las llaves la volveremos a recorrer prestando atención al suelo para ver si las encontramos; o si nos dicen que en esa calle hay un cine la recorreremos de nuevo fijándonos en los escaparates para ver si encontramos el cine; estudiar no es ver inconscientemente sin darnos cuenta de lo que vemos; sino mirar con atención para ve si encontramos lo que buscamos.

            Así, pues, nuestra experiencia debe ser consciente. Las cosas se guardan en nuestra memoria sólo si las tenemos en la conciencia; nuestra experiencia inconsciente no nos permite hacer ciencia. De modo que si tenemos un problema y nos damos cuenta de que lo tenemos, vamos a estudiar la manera de resolverlo. Yo veo un gato; me doy cuenta de que su piel, sedosa, tiene pelo. Otro día voy a casa de mi amigo y su perro, que me conoce, salta sobre mí y lo acaricio también. En el bosque veo ardillas, nutrias y ratones y todos esos animales tienen pelo. De repente tengo un flash: una luz que se enciende en mi interior y me hace ver lo que tenía delante y no me daba cuenta de que lo veía porque no lo estaba mirando: que todos esos animales amamantan a sus crías; todos son mamíferos; y todos esos mamíferos tienen pelo.

            Entonces me vienen a la mente dos preguntas, una exclusiva y otra inclusiva. Pregunta exclusiva: ¿hay animales que, aunque no sean mamíferos, también tengan pelo? Busco y encuentro: sí, las moscas tienen pelo. Pregunta inclusiva: ¿hay mamíferos que no tengan pelo? Entonces tengo que buscar entre los mamíferos más exóticos, los más alejados de mi experiencia, y comprobarlo. Busco entre los elefantes y los cetáceos, delfines, rorcuales, orcas y ballenas; y descubro que tienen pelo. Entonces se va afianzando poco a poco mi intuición anterior Y cada vez estoy más seguro de mi descubrimiento.

            Rebobinemos la película para ver cómo ha empezado todo. Primero vi, sin mirar (es decir sin observar), el pelo de un gato, un perro, una ardilla y un ratón. Luego descubrí, sin buscar, que aquellos animales peludos tenían mamas: fue un descubrimiento súbito, un flash, una sorpresa, una iluminación; solemos decir vulgarmente que se nos encendió la bombilla; el faro de la atención; a partir de entonces empezamos a fijarnos en las cosas que hemos estado viendo. Esa luz se ha encendido cuando, sin querer, hemos conectado dos hechos que antes percibíamos por separado: el pelo con las mamas; y se nos ha ocurrido la idea de que los animales que tienen mamas también tienen pelo; esos dos hechos se han conectado lo mismo que si hubiéramos conectado dos cables que salen de un generador; al unirse, han creado una corriente y se ha encendido la bombilla; y al unirse el pelo con las mamas se ha encendido una idea que teníamos en la mente, pero sin verla: que todos los mamíferos tienen pelo.

            Esa idea es una hipótesis: algo que sucede con unos cuantos mamíferos que hemos visto, pero no sabemos si sucede con todos; algo probable, pero no probado. La hipótesis, que ha surgido por iluminación, ha sido como una aparición, una revelación, un descubrimiento; y ha surgido en el momento en que hemos unido dos cosas que antes percibíamos por separado: el pelo en la piel y las mamas en la parte inferior (delantera, en el caso de la especie humana) del cuerpo.

            Antes de ocurrírsenos esa idea (esa que llamamos hipótesis) estábamos explorando, viviendo una experiencia (en el ejemplo que nos ocupa, todo ha sucedido casi sin darnos cuenta, pero en muchos otros casos la observación es consciente y premeditada). Pues bien, cuando estamos observando las cosas las separamos para verlas más detenidamente. Ese separar las cosas para verlas mejor de manera aislada, cada una por su lado, es el análisis; lo mismo que en un análisis de sangre separamos las plaquetas, los glóbulos y el plasma para verlos (y estudiarlos) cada uno por su lado. Analizar las cosas es mirarlas con un zoom hacia adelante, para aumentar el tamaño de su imagen y distinguirlas mejor una por una. 



            Pero la hipótesis es otra cosa. Imaginar una hipótesis es como echarnos hacia atrás y mirar las cosas una al lado de otra buscando, entre todas ellas, cuáles podemos juntar: a eso lo llamamos síntesis, es decir unión; si en el análisis separábamos las cosas para ver mejor el detalle, en la síntesis volvemos a juntarlas para ver mejor el conjunto; y el problema de la mente es, basándonos en lo que tenemos almacenado en nuestra experiencia anterior, cuáles son las cosas que deben ir juntas; no olvidemos que la experiencia es la memoria de las cosas que hemos vivido antes, las que hemos percibido y sentido, las que se han acumulado a lo largo de nuestros años. Ya no se trata de inducción, y mucho menos de deducción, se trata ahora de costumbre; de la costumbre de ver las cosas de una manera y no de otra; para dar saltos entre todas las posibilidades, y elegir, entre tantas variables posibles, cuáles son las que tendríamos que conectar, nos resulta muy útil la imaginación; la imaginación, muchas veces auxiliada por la lógica, o al revés; la experiencia anterior, sirviéndonos de modelo para las nuevas experiencias, puede descubrirnos la estructura antigua en la que podemos calcar los nuevos datos; por ejemplo, cuando la fórmula de Newton para la gravedad fue transformada por Coulomb para convertirla en la nueva fórmula que estudiaba el campo eléctrico.

            Y si el análisis de la realidad (es decir de los datos) funcionaba antes como un zoom hacia delante, la síntesis de la hipótesis funciona, ahora, como un zoom hacia atrás. La exploración termina en descubrimiento. Ese descubrimiento, al trabajar como un faro, lo podemos enfocar en direcciones distintas para encontrar nuevas conexiones y ahora no sólo con el dato inicial, sino sobre todo, también, con la hipótesis que hemos encontrado. Es como si la hipótesis abriera un radio de acción que contiene multitud de fenómenos compatibles con ella; entre todos hay que buscar los que, además de ser compatibles, son dependientes de ella; aquellos que son sus efectos, y que tienen, por lo tanto, a la hipótesis como causa. Lo que estamos buscando ahora son nuevos descubrimientos que puedan predecirse a partir de la hipótesis.

            Estos fenómenos pueden corresponder a la parte no visible de la hipótesis (como si estuviéramos viajando a la cara oculta de la luna). Volviendo a nuestro ejemplo: a la hipótesis de que todos los mamíferos tienen pelo hemos llegado a partir de unos cuantos mamíferos (perros gatos, ardillas, ratones) que forman parte de nuestra experiencia; se trata ahora de llegar a mamíferos ignotos: mamíferos extraños que no forman parte de nuestra experiencia; por ejemplo las ballenas; no hemos tocado nunca una ballena, no sabemos si su piel de mamífero tiene algún tipo de pelo. El razonamiento se expondría así:

 

            Si todos los mamíferos tienen pelo (hipótesis)…

            … también las ballenas, que son mamíferos, deberían tenerlo (predicción).

 

            En este ejemplo predecimos cómo deberían ser las características de algunos animales: pero también se pueden predecir acontecimientos nuevos; por ejemplo si se forman arco iris cuando llueve y hace sol (hipótesis), también podríamos construir fuentes donde la luz produjera arco iris (predicción): este descubrimiento se lo debemos a Descartes.

            Una vez que se ha predicho un fenómeno enfocándolo con la hipótesis sólo nos queda cotejarlo con los hechos: y es cuando el gato, que ha saltado desde el suelo, vuelve a él aterrizando sobre sus cuatro patas; como cuando se cae desde las alturas y, aunque tenga que hacer piruetas, se coloca sobre sus patas para caer al suelo sin hacerse daño. Una buena hipótesis produce predicciones que son como piruetas que nos devuelven al suelo sin rompernos ningún hueso; porque cuando eso sucede es porque la hipótesis, o sus predicciones, no eran buenas.

            Este método se desenvuelve, por consiguiente, en cuatro pasos: exploración, iluminación, enfoque y cotejo; o como se dice en la literatura científica: observación, hipótesis, consecuencias y contrastación.  



            Observación: es la exploración de una parte de la realidad; explorar es buscar cosas, o también buscar caminos para llegar a las cosas que nos interesan; cuando exploramos nos vamos acercando a las cosas para verlas bien en sus detalles, y acercarse a algo es como separar sus partes; yo veo una mosca y sus pelos parecen tupidos, pero si la miro con una lupa sus pelos se agrandarán, y también el espacio que hay entre ellos; y el efecto conseguido es como si los pelos se separaran. La observación, o exploración, es como una separación, una división: un análisis.

            Hipótesis: es la iluminación, la fusión de dos realidades (las mamas y el pelo) que parecían separadas pero que ahora descubrimos que van juntas; en esa conexión la realidad que estaba oculta se nos revela; conocíamos las mamas y el pelo, pero no conocíamos la relación que había entre ellos: y es como si apareciera una nueva realidad ante nosotros. Descubrir la unión de dos cosas que antes creíamos separadas es hacer una síntesis entre datos. Y para unir dos cosas tenemos que echarnos hacia atrás para ampliar el campo de visión, para ver el conjunto del que habíamos separado los detalles. Si en el análisis alcanzábamos primeros planos, con la síntesis miramos planos de conjunto.

            Consecuencias: las conseguimos variando el enfoque que damos a la hipótesis según lo que queremos mirar; enfoques que unas veces se hacen al azar y otras son guiadas por la costumbre (auxiliada, según los casos, por la imaginación o la lógica o por las dos a la vez). Si al enfocar en la dirección adecuada descubrimos consecuencias que se derivan de la hipótesis, entonces es como si una realidad (una predicción) se revelara dentro de otra (la hipótesis); como si dentro del bizcocho apareciera el relleno, o como si debajo de las ruinas de Troya aparecieran las ruinas de otra ciudad que era la misma Troya muchos años antes. El descubrimiento de nuevas predicciones se hace analizando la hipótesis y viendo cuáles son sus predicciones; frente a la observación, que es un análisis empírico, la búsqueda de predicciones (o lo que es lo mismo de consecuencias) es un análisis conceptual; pero un análisis conceptual que se inspira en las analogías de la hipótesis con otras experiencias distintas, y por eso su enfoque es una combinación de análisis de ideas (es el territorio de la lógica aplicada a los hechos) y de síntesis de fenómenos ya conocidos en otros lugares de la experiencia (y es aquí el lugar de la analogía).

            Contrastación: es el cotejo de las predicciones con la realidad, el experimento propiamente dicho. Se trata de comprobar si un producto de nuestra mente (la hipótesis), construido con materiales lógicos y analógicos que se añaden a las observaciones de la realidad (los datos), sigue perteneciendo a la realidad o se aleja de ella. Las hipótesis y sus consecuencias contienen una parte observada y otra parte inventada; si la parte inventada también es observada en la realidad, es porque nuestra hipótesis es atinada, acertada, y conforma a los hechos; en caso contrario no habremos tenido acierto. La hipótesis, y sus consecuencias, contienen al mismo tiempo especulaciones y datos; si la parte especulativa es mucho mayor que la parte empírica, las conjeturas serán menos realistas y más fantásticas, menos científicas y más artísticas; eso sólo se puede descubrir probando la hipótesis en el mismo sentido en que hablamos de probar una comida; demostrar una hipótesis, a diferencia de demostrar un teorema, es mucho más que someterla a la lógica, es confrontarla con la realidad: eso es lo que llamamos someterla a prueba.

            La parte del método que se ciñe a la realidad son el punto de partida (la exploración) y el punto de llegada (la prueba). La hipótesis y la deducción de consecuencias que hacemos a partir de ella son la parte especulativa: por eso a este método lo llamamos hipotético-deductivo. Pero habría que advertir que a las consecuencias se llega pensando, y no sólo pensamos deductivamente, sino también por hábito y por analogía; hipotético-racional sería una denominación más acertada. El método contiene, pues, un suelo empírico (la observación y la prueba) y un techo especulativo (constituido por la hipótesis y sus consecuencias).

            Lo que llamamos observación es una exploración de la realidad que se puede desencadenar, espontáneamente o motivada por algún problema que necesita resolverse. Espontáneamente: como el descubrimiento, inesperado, de que los mamíferos tienen pelo (y hasta por accidente, como cuando Fleming descubrió a penicilina). A causa de un problema: como cuando una epidemia obliga a buscar una vacuna. Pero hay una tercera causa que nos impulsa a observar las cosas: la curiosidad. Ya lo decía Aristóteles, la filosofía surge del asombro, de la curiosidad de ver cosas inexplicables que tenemos la necesidad de explicar. Espontaneidad, problema y curiosidad: tales son las motivaciones que nos proyectan hacia el mundo del saber.

 


 

jueves, 6 de diciembre de 2018

KUHN





KUHN  


             Los estudiosos de la ciencia se han centrado siempre en las teorías. ¿Qué es la verdad? ¿Qué es la certeza? ¿Qué diferencia hay entre comprobar y refutar? ¿Puede ser deductiva una ciencia? ¿O debe conformarse con trabajar por inducción? ¿Cómo se produce el progreso científico? ¿Cuáles son los mecanismos de control?
            Desde Kuhn nos hemos acostumbrado también a introducir las ideologías y mentalidades. Una de las razones que se esgrimieron contra la teoría heliocéntrica fue que Josué le pidió a dios que detuviera el curso del sol (lo que significa que era el sol el que se movía, no la tierra). Contra la pluralidad de los mundos jugaba el hecho de considerar que el ser humano era el rey de la creación, y por lo tanto tenía que ocupar un lugar central en el universo (no vivir en la periferia); y contra las técnicas para aliviar el dolor en el parto se erguía el bíblico “parirás con dolor”, que excluía cualquier forma no dolorosa de parir. Sean cuales fueran las teorías y las técnicas empleadas, en la ciencia también influían las ideologías y mentalidades. Se podrían hacer observaciones que apuntaran a la esfericidad de la tierra, pero si la religión dice que la tierra es plana  esas observaciones no se tomarán en cuenta.
            Los epistemólogos, que hacen filosofía de la ciencia, se dividen en dos grandes categorías: quienes estudian la influencia de las mentalidades en las teorías y quienes estudian sólo las teorías; a los primeros se los descalifica diciendo que hacen sociología de la ciencia, no epistemología; y los segundos presumen de ser, a diferencia de los primeros, serios, meticulosos y rigurosos.
            O sea que quienes no hacen experimentos con matemáticas y lógica pasan por charlatanes. Ahora bien, desde el rigor científico se ha demostrado que no es posible el rigor total; el principio de Heisenberg nos enseñaba que la observación tiene sus límites, y el teorema de Gödel nos dice que el pensamiento y el cálculo también los tienen (pues arroja serias dudas sobre las posibilidades de la lógica y la matemática); ya demostró Kant que la filosofía, cuando se aleja de lo observable, se vuelve absurda y con ese absurdo nos topamos todos en el estudio del infinito.
            El rigor científico funciona, pues, a medias. Hay un mar de misterio que la ciencia no puede explorar; sobre ese mar hay islotes de realidades inteligibles; pero también hay islotes de pensamientos erráticos, y entre ellos, muchas mentalidades e ideologías (aunque no todas). Hay un mundo que conocemos y otro que no podemos conocer. El mundo que conocemos está hecho de observaciones y de hipótesis; y nuestras hipótesis, como son conjeturas verosímiles, cuando se demuestra que son verdaderas no dejan de ser creencias; puestos a creer cosas, ¿qué diferencia hay entre una explicación provisional, aunque sea científica, y una explicación ideológica, y hasta mitológica, si ninguna de las dos ha sido demostrada? La diferencia está en que la ciencia acepta las críticas; las ideologías y los mitos, no. Pero es una diferencia de talante, de actitud, no de método. Dicho de otro modo: los epistemólogos rigurosos tienen que admitir en la ciencia la misma presencia de mentalidades que en un principio rechazaban. Kuhn tendría razón: la ciencia no sería sólo una cuestión de experimentación y matemática, sino también de mentalidad.





viernes, 16 de junio de 2017

LA CIENCIA Y LA TÉCNICA



 




LA CIENCIA Y LA TÉCNICA[i]
 

1. El método científico.

            -Vamos a trabajar de modo parecido a como trabajan los científicos –dijo Juan-. Vamos a ver. Lo primero es encontrarse ante un problema que necesitemos resolver. O sentir curiosidad por algún fenómeno que nos llama la atención. Por ejemplo, la lluvia. ¿Por qué creéis vosotros que llueve?
            Nadie dijo nada, porque todos esperaban que se lo dieran resuelto. Juan insistió.
            -A ver, ¿qué es lo que produce la lluvia?
            Tuvo que insistir de nuevo.
            -¿Por qué llueve?
            Al fin, Jonathan, que era el más ingenuo, contestó:
            -Por la condensación del agua de las nubes.
            -¡Ah, no, me parece que haces trampa! Tú contestas con lo que ya sabes, y os he pedido que contestarais como si no lo supierais.
            Pero Jonathan se mantenía en sus trece.
            -Es por la condensación del agua que se evapora.
            -No entiendo. ¿Se condensa o se evapora? ¿De qué agua estás hablando?
            -Del agua de los ríos.
            -¿De modo que el agua de los ríos se evapora?
            -Sí.
            -¿Y por qué?
            -Por el calor.
            -¿Qué calor?
            -El del sol. El agua se calienta y sube en forma de nube; luego se enfría y se convierte en lluvia.
            -Ya veo... Es como cuando te duchas. El agua sale caliente y llena la ducha de vapor. Luego se enfría y se deposita en las paredes en forma de gotitas.
            El rostro de Jonathan, y el de Estrella, y el de Mario, se iluminaron. Pero Juan se encargó de apagarlo con sus preguntas.
            -¿Y cómo es que se enfrían las nubes?
            -Es igual que el aire –dijo Manuel-. El aire caliente pesa poco y asciende. Luego se enfría y vuelve a bajar, porque el aire frío pesa.
            -Y... ¿cómo es que el aire de las nubes se puede enfriar? Las nubes están más cerca del sol; por eso están más calientes.
            -No entiendo lo que dices –dijo Manuel. Juan contestó:
            -A ver: cuando vosotros encendéis un fuego, la llama quema por arriba, pero no por los lados. Si colocáis la mano cerca de la llama sentiréis más calor que si la ponéis lejos, ¿no?
            -Sí.
            -Pues el agua de las nubes debería estar más caliente que la del río, porque está más cerca del sol. Las nubes, pues, no pueden condensarse.
            Entre los chicos había murmullos de perplejidad. Era una perplejidad incrédula. Sabían que no era verdad lo que estaba diciendo, pero no podían decir por qué. 


            -Vamos a ver –prosiguió Juan-. El sol no se cae porque está enganchado al cielo. El cielo es como una cúpula cristalina que rodea a la tierra, y a ella están sujetos el sol, los demás astros y las estrellas. De hecho hay tantas cúpulas como tipos de astros flotan en el espacio.
            Los chicos tenían cara de incredulidad. No sabían qué decir.
            -Si el sol –prosiguió Juan- está enganchado al cielo, está más cerca de las nubes que de los ríos, y las calienta más; el agua de las nubes se debería evaporar, y la de los ríos, que está más fría, debería condensarse.
            -Pero es al revés –contestó Manuel-. El agua de los ríos se evapora, y la de las nubes se condensa.
            -¿Y por qué?
            -No sé.
            -Estáis contestando con cosas que habéis aprendido sin entenderlas de verdad. Estáis perplejos porque comprendéis que mis objeciones son fundadas, y sin embargo estáis acostumbrados a creer lo que me habéis dicho. Mis objeciones chocan con vuestras creencias. Es más, vuestras creencias chocan con la lógica. Comprendéis que mis razonamientos son correctos, y os negáis a admitirlos. ¿Por qué rechazáis las evidencias?
            Se encogieron de hombros. Evidentemente no sabían responder.
            -Es más, voy a sacar consecuencias de lo que os digo. Seguramente conocéis los invernaderos: los tenéis en Encinillas, sin ir más lejos. Un invernadero es una huerta cubierta con una lona de plástico. Los rayos del sol pasan a través de ella, pero luego el plástico no los deja salir; al rebotar sobre el suelo, la tierra se calienta: es el efecto invernadero. Pues bien, si hubiera bóvedas celestes sobre nuestras cabezas, en las que pudieran sujetarse los astros, se comportarían como los plásticos de los invernaderos; y la temperatura de la tierra se calentaría.
            Permanecían mudos.
            -Sin embargo, las cosas no son así.
            Mario, exasperado, se atrevió a objetar:
            -¡Es que lo enredas todo! Dices unas cosas que ya..., ya.
            -Mario, no hay ningún enredo. No hago más que razonar. Lo que pasa es que no estáis acostumbrados a emplear la razón, y estáis demasiado aferrados a vuestros prejuicios; cuando la razón las refuta lo lógico sería que cambiarais de creencias... y sin embargo lo que sucede es que desconfiáis de la razón.
            Los alumnos se retorcían en sus asientos.
            -¿Y bien?
            Silencio.
            -Dais más crédito a la costumbre que a la razón. La reflexión no puede neutralizar vuestras costumbres. Sois tercos, automáticos e intransigentes. Y os creéis razonables. ¿Veis? La idea de que la razón guía vuestros pensamientos es también una creencia. Pensáis sin razonar. Y esta evidencia que he descubierto ante vosotros no puede derribar el muro de lo que os han hecho creer. Somos dogmáticos, no racionales. Vuestras creencias, vuestras costumbres, pueden más que la fuerza de la razón y que la evidencia de los hechos. Y lo curioso es que vuestros prejuicios están en lo cierto; son mis afirmaciones las que son erróneas, pero vosotros no podéis demostrar por qué. 


            Ahora estaban más dispuestos a escuchar, aunque los velaba el fantasma de la desconfianza; de la duda. Un psicólogo diría que los había puesto en conflicto cognitivo. Había cuestionado sus prejuicios con razones y con hechos; los prejuicios, que son creencias o costumbres, son obstáculos al conocimiento; resistencia al cambio. Sus mentes, sacudidas por la perplejidad, lucharían contra las razones, hasta que la claridad racional diera al traste con sus creencias; entonces cambiarían de hábitos; se acostumbrarían a tomar en cuenta las objeciones de la razón, y acabarían aprendiendo. Aprender es remover nuestros prejuicios para sustituirlos por razones; y por hechos.
            -¿Os rendís ante la fuerza de los hechos?
            Querían decir que sí, pero los posos racionales que latían en su mente los ponían en guardia. Algo extraño había en las razones de Juan; algo que requería más razonamiento; quizá buscar nuevos ejemplos, nuevos argumentos con los que refutar los argumentos de Juan. Juan los ayudó, orientando sus palabras en el sentido que requería la prudencia.
            -¿Vosotros creéis que arriba, en el cielo, hay cúpulas cristalinas?
            -¡No! –dijeron algunos, aunque lo pensaban todos.
            -No hacen falta: hoy sabemos que los astros se sujetan de otra forma. Pero sin entrar en esos detalles, os voy a resumir nuestra conversación. Primero fue la curiosidad sobre el origen de la lluvia. Luego fue la primera hipótesis: la condensación del agua de los ríos. Y la refutación: la proximidad del sol al cielo hace que las nubes, y no los ríos, se evaporen. Lo conectamos luego con otra idea que teníamos admitida (bueno, más bien que admitieron los antiguos; nosotros ya no): y era que en el cielo hay bóvedas en las que están enganchados los astros. Y dedujimos una consecuencia: si así fuera, el clima de la tierra sufriría un efecto invernadero. Luego lo contrastamos con la realidad: no ocurre así. Por lo tanto había que cambiar de hipótesis. Pregunta. Respuesta (toda respuesta al porqué de las cosas es una suposición, una afirmación provisional, una hipótesis). Consecuencia. Contrastación. Cambio de hipótesis. Hay que abandonar la idea de que las nubes se evaporan y no los ríos, porque no resiste la comparación con los hechos. Lo mismo le sucede a la idea del efecto invernadero. ¿Os dais cuenta? Hemos razonado punto por punto como razonan los científicos.
            Y eso era lo que les quería mostrar: por eso terminó aquí su charla y se dio por satisfecho. Al día siguiente les hablaría del método científico, cuestionando nuevamente la verdad de sus creencias. Ya lo decía Unamuno: el filósofo debe ser un agitador de conciencias. Y él era filósofo: con eso estaba todo dicho.



2. El pis de los angelitos.

            -Ahora –dijo Juan- voy a dar una explicación posible; la lluvia es el pis de los angelitos.
            Se rieron todos. Juan los provocó.
            -¿Pensáis que no es una explicación científica?
            -¡Noooo! –dijeron Mario, y Estrella, y Laura, y Manuel, y Jonathan, y todos los demás. Y no paraban de reír.
            -Me parece que sois un saco de prejuicios –terció Juan-. ¿Qué es una explicación científica?
            Claro, no lo sabían. La sonrisa se les congeló en los labios.
            -Una explicación científica es algo que se puede contrastar. Y vosotros creéis que es toda idea que no contiene las palabras “ángeles”, “espíritus”, “poderes”, y cosas así.
            Evidentemente, era lo que todos creían. Pero no se atrevieron a asentir porque no sabían por dónde les iba a salir Juan.
            -¿No pensáis que la enfermedad es un espíritu que se mete en el organismo sano, volviéndolo enfermo? Como los endemoniados de la Biblia.
            Ahí ya recuperaron la sonrisa. Estaban seguros de tener razón, y de que su razón era irrefutable. Lo negaron.
            -Y sin embargo, es verdad –aseguró Juan.
            Un murmullo de desaprobación general se levantó de la clase. Juan sabía que tendría que buscar argumentos demasiado contundentes para poder vencer. Pero no le costó nada.
            -Así lo afirmaban los iatroquímicos en el siglo XVII. Y en el siglo XIX lo confirmó Pasteur. Sólo que Pasteur, en vez de llamarlos espíritus, los llamó microbios.
            Era gracioso ver cómo la clase se quedaba congelada cada vez que Juan daba un golpe de efecto.
            -Vuestros prejuicios no os dejan ver la realidad. Os dejáis cuadricular por las palabras. Creéis que admitir la existencia de espíritus es superstición, mientras que la de los microbios no lo es. Y no sabéis mirar la realidad detrás de las apariencias. Lo que importa es la idea, no las palabras. La idea es que la enfermedad está causada por la intromisión de un ser extraño en nuestro cuerpo; cómo lo llamemos es secundario. Podemos llamarlo espíritu o microbio, da igual. Es sólo cuestión de palabras. Vuestro rechazo a admitir ciertas palabras en el lenguaje científico os incapacita para comprender el avance de la ciencia.
            Sólo Sara se atrevió a decir:
            -Lo que dices es verdad, Juan. Pero debes reconocer que nosotros no estamos acostumbrados a ver las cosas de esa manera.
            -Claro. Y para eso estoy yo: para agitar las conciencias. (Eso no lo digo yo, lo decía Unamuno). La misión del profesor es combatir las supersticiones; y una superstición engañosa es desterrar ideas que se expresan con palabras que consideramos supersticiosas, sólo porque nos fijamos en ellas y no en sus significados. Cuando un científico descubre una realidad nueva no tiene palabras para nombrarla; unas veces se inventa una palabra nueva, y nos parece científica (todos los neologismos nos lo parecen); pero otras veces recurren a palabras ya existentes, y las utilizan dándoles un significado distinto; pero si esas palabras ya estaban teñidas de sentido religioso, tenderemos a rechazarlas; porque nos fijamos en el significado antiguo, no en el nuevo. Estoy de acuerdo en que los sabios son torpes muchas veces, al usar términos ambiguos para nombrar realidades científicas. Pero hay que tener en cuenta también que el avance de la ciencia está unido a una controversia religiosa. Las palabras les podían servir de camuflaje.
            Álvaro reconoció que tenía razón. Pero ellos no estaban entrenados en estas lides para superar una batalla dialéctica.
            -Volvamos a nuestro ejemplo –continuó Juan-. Una idea científica no es la que no contiene términos religiosos, sino la que se puede contrastar. Que la lluvia es el pis de los angelitos será una idea científica si se puede contrastar; aunque contenga la palabra “angelitos”. ¿Cómo la contrastaremos? 


            Se dirigió a los alumnos en busca de respuesta. Después, ante la falta de respuesta, cambió aquella pregunta silenciosa por una pregunta con palabras. En lugar de limitarse a levantar ligeramente el mentón arqueando las cejas, ahora dijo:
            -¿A quién se le ocurre un experimento para comprobar si nuestra hipótesis es verdadera?
            El primero que habló fue Mario.
            -Bastaría con subir en avión hasta las nubes y buscar angelitos mientras llueve.
            -Mm... No está mal. Y si no los encontramos será que la hipótesis no era correcta.
            -Claro –dijo Mario.
            Pero Álvaro criticó esta conclusión.
            -Podría ser que los ángeles fueran invisibles. O que no fueran perceptibles con nuestros habituales métodos de observación.
            -Sí, Álvaro, pero inventar uno nuevo sería quizá más difícil que resolver el problema de la naturaleza de la lluvia. La ciencia no avanza planteando problemas difíciles para resolver problemas sencillos.
            Así estuvieron un momento. Ante la falta de alternativas Juan propuso, por fin, la suya.
            -He aquí un posible experimento: recogemos gotas de lluvia y las analizamos en el laboratorio. Si encontramos amoniaco es que la lluvia es orín. Todavía quedaría por saber si el autor del orín es un ángel o cualquier otro ser desconocido, pero eso es secundario; lo mismo nos da llamarle ángel que microbio, o partícula, u organismo. Da igual. No nos vamos a dejar asustar ni engañar por las palabras.
            Álvaro hizo una objeción interesante.
            -Podría ser que el orín de los ángeles no contuviera amoniaco. Quizá los ángeles, como son más puros que nosotros, tengan una composición distinta. –Y aclaró acto seguido: -suponiendo que tengan cuerpo.
            -Por supuesto. Pero eso no nos hace avanzar, antes al contrario: nos paraliza. Suponemos que la composición de los orines celestiales es distinta, y eso nos abre todas las posibilidades del mundo; nos abre muchos caminos y no sabemos cuál tomar. Necesitamos una hipótesis que nos oriente hacia uno de ellos. Porque no podemos investigar a ciegas. El científico tantea el mundo con sus hipótesis, y las hipótesis lo van guiando; lo que no hace es dar palos al azar a ver si sale algo.
            -Sí, supongo –dijo Álvaro-. ¿Cómo procederíamos?
            -Verás: si después de haber analizado la lluvia encontramos amoniaco, es que es el pis de... de alguien; por ejemplo, los angelitos.
            -No necesariamente. El amoniaco puede proceder de las emisiones de alguna fábrica, que las haya vertido en forma de gas o en forma líquida.
            -Cierto: de modo que hay que descartar esas posibilidades hasta que sólo queden los ángeles como única explicación plausible.
            -Pero eso no es posible, Juan. Siempre que descartemos una posibilidad será posible imaginar otra. Nunca acabaríamos de idear explicaciones plausibles.
            -Así es: el número de hipótesis puede ser infinito; por eso una idea nunca está probada de manera definitiva; cada prueba que le hagamos pasar la corroborará más y más, y cuantas más pruebas supere será más plausible, pero nunca será segura a cien por cien; siempre nos quedará la posibilidad de que un día alguien diseñe un experimento que la refute.
            -¿Entonces, las leyes científicas no son seguras? 


            -No. Sólo lo son las creencias religiosas, pero la seguridad que dan no es racional, sino afectiva. Y la ciencia no puede avanzar con el corazón: avanza con la cabeza.
            -Pero si yo tengo una canica blanca en una caja y saco todas las canicas menos una y ninguna de las que he sacado es blanca, entonces tengo la seguridad de que la única canica que queda es la blanca; aunque no la haya visto.
            -Sí, porque la caja de canicas contiene un número finito de elementos; la seguridad desaparece en cuanto trabajamos con conjuntos infinitos: como en el estudio de la lluvia; el número de hipótesis que pueden explicar su naturaleza es potencialmente infinito.
            -Es verdad...
            -Cuando lees un prospecto farmacéutico siempre hay un apartado que dice “efectos adversos”: fijaos que nunca se dice que no los haya; suele decir casi siempre: “hasta ahora no se han descrito”; lo que no quiere decir que no los haya; tú puedes ser el primero en experimentarlos.
            Álvaro escuchaba pensativo. Mientras tanto Estrella, que también estaba concentrada, hizo una pregunta.
            -Perdona, pero me cuesta admitir que la ciencia no sea segura.
            -¿Ves? Ése es otro prejuicio. Creéis en la infalibilidad de la ciencia como antaño se creía en la del papa. Si Newton hubiera sido infalible no habría sido corregido por Einstein.
            -Quizá...
            -Cuantas más canicas negras saco de mi caja mayor es la probabilidad de que la próxima vez saque la blanca; pero puede que la próxima vez salga otra negra; que una cosa sea más probable no quiere decir que sea segura.
            -Sí... –Álvaro vacilaba.
            -Las hipótesis científicas son explicaciones que podemos comprobar; pero su comprobación nunca es definitiva porque el fenómeno observado en el experimento puede ser explicado por hipótesis alternativas. Cada experimento es como un asalto, y la hipótesis es una muralla que se protege con toda suerte de defensas, incluso con hipótesis auxiliares; cuantos más asaltos resista más fortalecida saldrá, pero nunca sabremos si al siguiente asalto empezará a desmoronarse. Las explicaciones científicas siempre son provisionales; aunque una explicación que ha resistido numerosas pruebas nos puede dar una seguridad moral, si no científica.
            -¿Entonces la gente de ciencia nunca puede decir taxativamente: esto es así?
            -No. La gente de ciencia es muy cauta. Dirá que es muy probable que esto sea así, o que hay evidencias de que difícilmente será de otro modo... pero será prudente a la hora de comunicar sus resultados. Cuando un científico es dogmático se vuelve doctrinario, y entonces habla de la ciencia como si fuera una religión, seguro de que no puede fallar, y él es el sacerdote del laboratorio.
            Los alumnos sonrieron. Entonces Juan puso una canción de Violeta Parra. En su estribillo hablaba de “Valentina”. La melodía tenía brío, y su voz refutaba la existencia de dios con mucha garra. Juan estaba convencido de que se trataba de Valentina Tereshkova: la primera mujer astronauta. Ella, que surcó los cielos, podría decirnos si había visto a dios.
            -Pero no lo había visto. Dios no estaba en el cielo y aquélla era la prueba definitiva.
            -No estoy de acuerdo –gruñó Estrella-. Acabas de decirnos que una idea no está nunca totalmente comprobada cuando se la compara con los hechos. Y ahora nos dices que la demostración de que dios no está en el cielo es un hecho definitivo. ¿En qué quedamos?
            Sara metió baza y argumentó lo siguiente:
            -Valentino Tereshkova viajó en una nave espacial. Surcó el cosmos. Pero no vio todo el cielo. Sólo la parte del cielo que está más próxima a la tierra. ¡Quién sabe si dios no estaba en las regiones más profundas del espacio!
            -En efecto –respondió Juan-. Y por muy lejos que navegue, nunca se podrá llegar al final del cielo. El cosmos no tiene fin. Aunque nos pasáramos cien años viajando y aunque tuviéramos combustible para tanto tiempo, nos moriríamos antes de haber surcado el espacio mucho menos de un año luz. Y si no podemos llegar al centro del cielo, mucho menos podremos contar en el cosmódromo lo que hemos visto: hacer llegar allí nuestra voz requeriría casi tanto tiempo como el que habríamos tardado en llegar. De modo que el concepto de cielo es muy vago, potencialmente infinito e impracticable a escala humana. La naturaleza del cielo no es observable, y mucho menos la presencia de dios en él. Dios y el cielo no son conceptos empíricos; la existencia de dios, como hipótesis, no es una idea científica, sino una creencia religiosa.
            -¿Entonces, la idea de que la lluvia es el pis de los angelitos tampoco es científica? –preguntó Manuel.
            -Me temo que no –contestó Juan-. Mientras no definamos con exactitud la composición de su orina no la podremos contrastar. Si admitimos que los orines de los ángeles tienen la misma composición que los nuestros, la idea será contrastable: luego será científica; si se descarta como resultado del experimento será una hipótesis fallida, pero hipótesis al fin y al cabo.
            -Perdona, Juan –dijo Estrella-. Me parece que no está clara la diferencia entre lo que es científico y lo que no lo es.
            -Me temo que no –concedió Juan-. Es científico lo que admite contrastaciones sucesivas, y la existencia de dios no las admite. Tomemos el ejemplo de una vacuna: si se ha administrado con éxito a un millón de pacientes su grado de corroboración será elevado; pero bastaría con un solo caso en que no funcionase para que pudiéramos cuestionarla. Como se dice en la literatura científica: viendo un millón de cuervos negros no se comprueba que todos los cuervos sean negros; pero basta con que uno solo sea blanco para que esta afirmación quede descartada. En otras palabras: el éxito nunca es definitivo, pero el fracaso sí.
            -¡Qué cosas! –dijo Álvaro mirando unos cuervos por la ventana.



3.  La ciencia y la técnica.

            Recapitulando: la hipótesis del pis de los ángeles es una idea científica, porque se puede comprobar. Pero cuando, para salvar la hipótesis, definimos la orina angelical de tal manera que la convertimos en inobservable, pierde ya todo carácter científico. Lo mismo le pasa a la existencia de dios: si definimos el espacio dotándole de características inobservables, tal espacio deja de ser un ente científico; y si definimos a dios como ser invisible, lo sacamos ipso facto del ámbito de la ciencia. Lo mismo les pasa a las supercuerdas; para muchos físicos las supercuerdas son objetos metafísicos, no son científicos; a menos que un día las caractericemos de tal manera que se puedan observar.
            El trabajo del médico, el mecánico y el detective, siguen las pautas del trabajo científico. Pero la ciencia estudia proposiciones generales; el médico, el mecánico y el detective se interesan por proposiciones individuales. ¿Qué les pasa a los enfermos cuando sube el nivel de glucosa en la sangre? Eso es trabajo científico. ¿Qué le pasa a este enfermo cuando viene a contarme sus síntomas? Éste es el trabajo del médico. El médico, el mecánico y el detective son artesanos de la ciencia; técnicos más que científicos. La técnica, hoy en día, es imposible sin la ciencia, pero la ciencia en sí misma se desentiende de las aplicaciones de la teoría; y para que la ciencia sea posible, debe haberse desarrollado la técnica para construir los instrumentos de medida que necesita. El médico tiene un repertorio de instrumentos e ideas para curar a los enfermos: el científico va llenando ese repertorio con las ideas que descubre; y con los instrumentos inventados al calor de las ideas.
            Ya estaba dicho todo. La clase estaba madura para que sonase el timbre.




[i] Una parte de este trabajo ha sido publicada anteriormente con el título de “El pis de los angelitos”.