viernes, 22 de octubre de 2021

LOS CAMINOS DE LA FILOSOFÍA

 

 

 

LOS CAMINOS DE LA FILOSOFÍA 

 


            A la filosofía se llega por dos caminos: pensando con la cabeza o pensando con el cuerpo. Con la cabeza piensan Sócrates, Platón, Parménides, San Agustín, San Anselmo o Descartes; con el cuerpo piensan Aristóteles, Demócrito, Santo Tomás, Occam, Locke, Hume, Carnap o Wittgenstein. Hay, por supuesto, variantes e incluso intentos de conciliación para que andar por un camino no tenga por qué significar renunciar al otro; pero si tuviéramos que simplificar al máximo podríamos decir que toda la filosofía no es más que un diálogo entre esas dos voces; una disputa entre esos dos puntos de vista.

 

            Pensar con la cabeza. Perménides, Sócrates y Platón desconfiaban de todo lo que podemos conocer con el cuerpo. El lápiz que aparece torcido dentro del agua está derecho, las sombras chinescas parecen cocodrilos o conejos sin serlo, un helado puede saber a fresa sin tener fresa (porque tiene potenciadores del sabor), a los amputados les duele el brazo que no tienen y hasta los daltónicos ven los colores cambiados: ¿cómo fiarnos de nuestras sensaciones? La única forma de conocer cómo son de verdad las cosas es la inteligencia; el sol se ve como un disco pequeño, pero razonando puedo descubrir que en realidad es una esfera muy grande; desde lo alto veo a la gente muy pequeña, pero sé, aplicando la inteligencia, que es un efecto de la perspectiva; y sé de sobra que yo no soy capaz de soportar el peso de un coche, pero lo levanto con una grúa que he construido aplicando el principio de Pascal. En resumen: todo lo que podemos conocer con el cuerpo (la vista, el oído, mis músculos, el tacto, la lengua) es engañoso; sólo podemos fiarnos de lo que podemos descubrir por la razón.

            Por eso hay que desconfiar de nuestros conocimientos. Sócrates no enseñaba cosas (“yo sólo sé que no sé nada”), sólo enseñaba a pensar. Platón pensaba que la inteligencia es una luz atrapada entre las mentiras del cuerpo (“el cuerpo es la cárcel del alma”). Parménides enseñaba a prescindir de la observación de las cosas y a fijarnos sólo en el pensamiento (dos segmentos que parecen distintos resulta que tienen la misma longitud, como se comprueba en el experimento, o ilusión, de Müller-Lyer). San Agustín enseñaba que no estamos seguros de nada pero que si nos engañamos, existimos, y por lo tanto tenemos al menos esa seguridad. Descartes, en la misma línea, dudaba de todo lo que podemos captar con los sentidos pero no de que existo, porque no podría pensar si no existiera; y la razón contradice a la experiencia, porque los cuerpos son inertes aunque parezcan moverse (eso le hizo descubrir el principio de la inercia); otro platónico famoso, Galileo, descubrió que, en contra de la experiencia, un trozo de hierro tarda en caer al suelo lo mismo que tarda una pluma (eliminando, en el vacío, la resistencia del aire). Y hasta Leibniz, otro famoso cartesiano, descubrió los infinitésimos y que en un intervalo infinitesimal una curva se puede confundir con su derivada.

            A la costumbre de fiarse sólo de la inteligencia (o sea, de pensar sólo con la cabeza) se la conoce  como platonismo, intelectualismo, realismo exagerado y racionalismo o pensamiento a priori.

 


            Pensar con el cuerpo. Aristóteles aseguraba que lo único de lo que podemos estar seguros es de la experiencia, nuestra cabeza sólo puede pensar sobre lo que observamos; y así, por mucho que le hablemos a un ciego de las longitudes de onda que tienen los colores, nunca conocerá el color rojo si no lo ha visto antes. También Demócrito pensaba que sólo podemos conocer las cosas gracias a las sensaciones; para el empirismo, si naciéramos ciegos, sordos, mudos, sin ningún tipo de sensibilidad y hasta sin poder movernos, nuestra mente estaría vacía y no podríamos conocer nada. Descartes, que casi no hacía experimentos porque desconfiaba de la experiencia, se equivocó en casi todo y Newton, que no paraba de experimentar, casi siempre acertaba. Todo está lleno de signos, de sensaciones (Decía Guillermo de Occam), y sólo tenemos que estar atentos a lo que nos rodea (Guillermo de Occam es Sean Connery en El nombre de la rosa y en esa película se muestra siempre atento y observador). Santo Tomás afirmaba que sólo se podía demostrar la existencia de dios a través de sus criaturas, dicho de otro modo: sólo podemos conocer al creador a través de su creación. Carnap, como Francis Bacon, sólo admitía el conocimiento inductivo (experimental) y Wittgenstein decía tajantemente: vale más no hablar de lo que no podemos decir con palabras.

            En efecto: un marciano que no hubiera estado nunca en la tierra no podría conocer cómo es la naturaleza de la tierra, no la podría sacar sólo de su pensamiento. No podemos saber cómo el peso puede hacer que nos duelan los músculos si no hemos ido a un gimnasio. Ni sabrá cómo duele el corte de un cuchillo quien no se haya cortado. El adolescente inexperto no conocerá lo que es la sexualidad mientras no haya estado con una mujer. Y no sabremos cómo es la tierra desde el espacio hasta que no hayamos viajado en una nave espacial. Nadie sabrá de verdad lo que es la gravedad si no la experimenta en carne propia, y si no ha ido a la luna o no se sumerge en el mar, no sabrá tampoco lo que es una gravedad disminuida. En realidad no pensamos con el cuerpo, sino desde él; el órgano del pensamiento no deja de ser la cabeza.

            Pero el pensamiento abstracto nos deja vacíos y por eso algunos pensadores, como Nietzsche o Heidegger, creyeron que la vida debía ser el eje de la filosofía y no la razón: vitalismo y no racionalismo. Ya Hume había dicho desde el empirismo que no existen las ideas innatas pero sí los sentimientos innatos; por eso el empirismo puede ser considerado como uno de los precursores del romanticismo. Luego Freud nos recordará que el inconsciente puede ser más importante que la conciencia y que el noventa por ciento de nuestra vida escapa al control racional.

            A la costumbre ce observar las cosas para conocerlas la llamamos aristotelismo o empirismo; en una de sus variantes es también nominalismo, y otros hablan de sensualismo y pensamiento a posteriori.

 


            Hay quien ha intentado conciliar estas dos posturas pensando que cada una por sí sola se queda coja, y es incompleta; así Kant, que era racionalista, quiso criticar a la tazón para demostrar que sólo podíamos pensar a partir de la experiencia (lo de Kant es un pensamiento crítico). También Ortega y Gasset pensaba que la razón sin la vida es poca cosa, lo mismo que es poca cosa la vida sin la razón: por eso las puso a las dos juntas inventándose aquello de la razón vital; pera él, la vida era historia y para María Zambrano, que era discípula suya, poesía; por eso Ortega es el padre de la razón histórica y Zambrano la madre de la razón poética; Ortega quiso juntar a Descartes con Nietzsche, a Platón con Aristóteles, a San Agustín con Santo Tomás de Aquino.

            Quien quiera acercarse a la filosofía se verá abocado a elegir entre racionalismo o empirismo; o a permanecer entre ellos, como hiciera un su día Ortega y Gasset; aunque el verdadero genio que quiso conciliar estas dos posturas fue, desde una postura grandiosa, junto a Platón y Aristóteles, un verdadero monstruo de la filosofía: estamos hablando de Immanuel Kant.

 


 

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