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viernes, 14 de septiembre de 2018

EL MÉTODO CARTESIANO



La impertinencia de la lechuza.
            Hoy toca corregir a los clásicos… O por lo menos darles un toque de atención.


EL MÉTODO CARTESIANO
  

 1. El problema del método.

            Todos podemos pensar, todos tenemos inteligencia, todos somos capaces de razonar. La razón (“el buen sentido”) es la capacidad de juzgar bien; juzgar es poner un sujeto delante de un predicado (“Juan tiene hambre”, “el perro tiene cinco patas”); juzgar bien es distinguir lo verdadero de lo falso (ningún perro tienen cinco patas, lo sé por experiencia; en cuanto a si Juan tiene hambre, tengo que fijarme o preguntarle a él).
            Todos somos capaces de entender las cosas, pero no todos sabemos utilizar nuestro entendimiento; hay que ir por el camino recto, utilizar un método adecuado, y es preferible no correr porque es fácil que nos equivoquemos por el camino y no lleguemos adonde queríamos ir. Es mejor ir despacio  y fijarse bien en lo que hacemos.

1.1. Duda.

            Lo primero es no creer con los ojos cerrados nada de lo que vemos. Vemos un cuaderno rojo, pero quizá es verde y soy daltónico; veo un sol pequeño, pero seguramente su tamaño es enorme; este bocado sabe a fresa, pero quizá sea otra fruta y le hayan puesto un aditivo, un saborizante; huelo a canela, pero quizá es un perfume que se ha puesto una mujer; hay infinidad de estímulos equívocos que producen en nosotros sensaciones erróneas, y lo único que puedo hacer es dudar de ellos, dudar por principio, dudar por método: por lo menos hasta que tengamos una certeza de la que no podamos dudar.


1.2. Evidencia.

            Lo cierto es que ahora estoy pensando. Y como no pueden hacer nada las cosas que no existen, como un dragón inexistente no puede comer (precisamente porque no está en ningún sitio), así tampoco podría pensar yo si no existiera; puedo existir sin pensar, sí, pero entonces no sabría que existo; pero si pienso, aun sin darme cuenta de si existo o no, no puedo dudar de que, verdaderamente, existo. Si pienso es porque soy un ser que piensa y si soy un ser que piensa es porque soy un ser, y si soy un ser soy, entonces, simplemente, existo (es el principio de cercenamiento). Pienso, luego existo. No puedo saber si el aspecto que tengo existe en mi cuerpo ni tampoco si mi cuerpo existe también, pero sí puedo saber que existo como ser que piensa, y que por lo tanto los pensamientos que tengo existen conmigo.
            Pienso, luego existo. Démosle la vuelta a la proposición: existo, luego pienso. Es a todas luces falso. Una piedra, aunque exista, no piensa. Pero lo contrario siempre es verdadero: algo que piensa necesariamente tiene que existir. Podemos decir, por contraposición, que si algo no existe desde luego que no piensa, pero no que si algo existe tiene necesariamente que pensar.
            ¿Qué tengo yo en el pensamiento? Ahora pienso en un ser sin límites, un ser inmenso. Ahora bien, yo soy un ser limitado porque me doy cuenta de que hay muchas cosas que no puedo hacer (volar, por ejemplo), y hay muchas cosas que no caben en mí (un árbol, por ejemplo). ¿Cómo ese ser limitado puede caber dentro de mí? Es como si un libro cupiera dentro der un verso, como si una muchacha (a decir de Vázquez Montalbán) pudiera meterse dentro de su útero, como si una estrella se metiera dentro de un átomo: lo grande no cabe dentro de lo pequeño a menos que disminuya de tamaño, lo que no tiene límites no cabe dentro de ningún límite, la idea de un ser infinito no cabe dentro de mi pequeñez, no puedo haberla metido yo mismo en mi cabeza, ¿de dónde viene esa idea, pues? Una idea enorme sólo puede proceder de un ser enorme, sólo dios, ser inmensamente grande, ha podido meter su idea de ser enorme dentro de mi pequeñez: por lo tanto dios existe.
            Y si dios existe como ser infinitamente grande y si ser bueno es más grande que ser malo, entonces dios tiene que ser necesariamente bueno; y si es bueno no puede engañarme cuando investigo en la naturaleza: por lo tanto puedo fiarme de lo que veo en mis experimentos, puedo entregarme razonablemente a la experimentación aunque dude de mis sentidos, pero las observaciones deben ser guiadas por la inteligencia.
            ¿Y cómo son las cosas que observo? No estoy seguro de su color, de su olor su forma, todo eso que Galileo, siguiendo a Epicuro, llamó cualidades secundarias: las que son subjetivas; donde para unos hace frío para otros hace calor y no nos podemos poner de acuerdo en ello. Pero sí nos podemos poner de acuerdo en las cualidades primarias, las que son objetivas, cuantificables y medibles; la temperatura que marca el termómetro será siempre la misma para quien tiene calor y para quien tiene frío; los segundos que tarda un cuerpo en caer serán los mismos para todos los que tengan un cronómetro que funcione; y la distancia que hay entre dos puntos será siempre la misma pata todas las personas que puedan medirla con un metro. Una vela cambia de forma cuando arde, cambia de color, de olor, pero de lo que no cambia nunca es de tamaño, tenga la forma que tenga: y, como la materia es extensión puesto que toda materia ocupa un lugar en el espacio, puedo utilizar un sistema de coordenadas para medirla en todo momento; las que inventó Descartes se llaman, en su nombre, coordenadas cartesianas, como llamamos galileanas a las que inventó Galileo. La física, pues, debe estudiarse experimentando y observando,  pero siempre en un sistema de coordenadas dentro del que podamos situar los objetos, para medir y calcular.


            Empezamos a estudiar con las cosas de las que estamos completamente seguros: que yo tengo pensamientos y que la materia es extensión son cosas que me van a servir para la física; que existe Dios es algo que me podrá servir en metafísica: para la física no. Aparte de estas dos ideas (el pensamiento y la extensión) ¿de qué otras cosas puedo estar seguro? ¿Del teorema de Pitágoras, de la ley de los vasos comunicantes, de que el cielo tiene oxígeno? No mientras no lo compruebe. Empecé por la duda metódica y he desembocado en la evidencia; es evidente aquello que yo entiendo con claridad (está claro que la materia ocupa un lugar en el espacio) y que sé distinguir de lo que no es (sé distinguir muy bien entre un cuerpo material y una idea, sin lugar a dudas). Supongamos, ahora, que tengo que resolver un problema: descifrar el sentido que tiene un conocido pareado, o sea averiguar si tiene algún sentido o si está enunciando un absurdo. El pareado es el siguiente:
   ¿Qué será, y parece cosa extraña,
comer un conejo hoy y matarlo mañana?

1.3. Análisis.

            A primera vista parece imposible: ¿cómo nos vamos a comer hoy el conejo que vamos a matar mañana? Para deshacer la paradoja hay que dividir este problema complejo en partes más sencillas; analicemos, pues; el sujeto del verbo “comer” es “nosotros”; el de “matar”, también: pero no tiene sentido. ¿Quizá es que no lo hemos hecho bien? ¿De qué otra forma lo podríamos analizar? Busquemos.
            Al final caemos en la cuenta de que el sujeto del verbo “comer” también puede ser el sustantivo “conejo”. ¿Cuál de las dos interpretaciones es la mejor?

1.4. Síntesis.

            Para eso es preciso juntar las distintas palabras que hemos separado por el análisis  ver qué sentido crean conjuntamente. En el primer caso se nos dice que nosotros nos comemos hoy el mismo conejo que vamos a matar mañana, y eso es imposible. En el segundo el conejo come hoy y nosotros lo matamos mañana, y eso ya tiene sentido. Hemos resuelto el problema.

1.5. Enumeración.

            Ahora voy a repasarlo todo para estar seguro de que no me he olvidado de nada: miro las palabras, compruebo que todas están analizadas, no queda ningún cabo suelto, todo está bien; he terminado.


2. Algunos ejemplos.
2.1. El ejemplo de Parménides.

            Vamos a resolver otro problema siguiendo el mismo procedimiento: ¿se mueve el ser?
 1. Empezaremos poniendo en duda todo lo que no está en el problema: nosotros hemos visto moverse a muchos seres vivos, pero, aunque hemos visto muchos que son así o asá, no hemos visto ningún ser a secas; ningún ser que sea de una manera o de otra, sino sólo que tenga la característica de ser: sin precisiones, sin adjetivos: sólo ser. Un ser así no es accesible por los sentidos, puesto que no tiene ni forma, ni color, ni olor, ni sabor; sólo podemos captarlo por la razón; por el entendimiento que concibe cosas que somos incapaces de imaginar.
2. Después pasamos a buscar evidencias, y encontramos dos: la primera es que el ser es; la segunda, que el no-ser no es; son cosas tan claras, tan evidentes, que nos parece hasta absurdo pensarlas, de claras que son; sería absurdo dudar de ellas.
3. Ahora vamos al análisis. Descompongamos el significado de la palabra “moverse”: moverse significa salir de donde se está; por lo tanto si el ser se moviera saldría fuera del ser. ¿Y adónde iría?
4. Hacia el no-ser: aquí empieza la síntesis; pero ya sabemos que el no-ser no existe (lo habíamos presentado como una evidencia de la que no se puede dudar): por lo tanto el ser no se mueve; lo acabamos de demostrar.
5.  Mientras razonábamos hemos ido enumerando los pasos que íbamos dando, y el procedimiento ha quedado así:
Evidencias:
(1)   El ser es.
(2)   El no-ser no es.
Análisis:
(3)   Si el ser se moviera saldría fuera de sí (iría fuera del ser).
Síntesis:
(4)   Pero fuera de sí no hay nada: lo que hay fuera del ser es el no-ser.
(5)   Y el no-ser no existe.
(6)   Luego el ser no se puede mover (l.q.q.d.).
Por lo tanto no nos hemos equivocado, y el método de Descartes ha funcionado: hemos demostrado lo que queríamos demostrar.


2.2. El ejemplo de Galileo.

            El ejemplo que acabamos de examinar procede de Parménides. Veamos ahora cómo procedería Galileo. A la hora de estudiar la caída de los cuerpos lo primero que hace es desdeñar las cualidades secundarias: cosas como el calor, el color o el olor son totalmente subjetivas, y por lo tanto dudosas; para salir de la duda sólo las cualidades primarias (el lugar, el tiempo, la masa) pueden aportarnos evidencia, porque tienen que ver con una de las evidencias básicas de Descartes: que la materia es extensión.
            Analicemos la caída de los cuerpos. Dividámosla en sus partes más sencillas: nos quedarán precisamente esas variables, lugar, tiempo, masa. Esto que Descartes llamaba análisis lo llamaba Galileo “resolución”; separar, aislándolas, las distintas variables es resolver un problema en sus partes más sencillas, algo así como tener todas las piezas de un puzle; para el investigador es tener piezas que nos valen y piezas que no, como si estuvieran mezcladas las piezas de varios puzles y nosotros sólo tuviéramos que seleccionar las que nos sirven; Galileo se quedó con el espacio y el tiempo, pero despreció la masa. ¿Cómo lo hizo? Tirando desde la torre de Pisa objetos de varios tamaños y pesos, o haciéndolos rodar sobre un plano inclinado; hasta que comprobó que la masa no influía en la velocidad de la caída de los cuerpos.
            Una vez que ha separado las piezas que le sirven las tiene que juntar, y debe descubrir qué operaciones necesita para unirlas: síntesis. Galileo lo llamaba “composición”. ¿Cómo debemos componer, o ensamblar, esas variables para que nos den la fórmula que buscamos? ¿Sumándolas? ¿Restándolas? ¿Dividiéndolas? Galileo descubrió, experimentando, que se trataba de una división si lo que buscamos es la fórmula de la velocidad, o de un producto si se trata de movimientos uniformemente acelerados:
Velocidad = espacio / tiempo
            Al hacer todas esas cosas que iba haciendo, para poderlo repasar todo varias veces y asegurarse de que no se había olvidado de nada: enumeración. Ya está. El método de Galileo es, en el fondo, el mismo método que utilizaba Descartes; sólo que al análisis y la síntesis Descartes añadía dos pasos que Galileo hacía también pero de manera implícita: la duda y la evidencia.


2.3. El ejemplo del mecánico.

            El coche no funciona: tengo que llevarlo al taller. Si supiera lo que le pasa se lo diría al mecánico y entonces el mecánico sabría por dónde tiene que empezar, pero no lo sé. De modo que el mecánico tiene que desmontarlo hasta dar con algo que no esté como debe estar. Y cuando da con una pieza defectuosa la cambiará y luego lo montará todo de nuevo. Desde que empezó hasta que terminó debió anotar todos los pasos que iba dando para evitar que al montarlo todo le sobrara ni le faltara ninguna de las piezas que tenía. Desmontar (análisis), montar (síntesis), apuntar (enumeración): aquí tenemos los pasos del método cartesiano.
            Pero en realidad las cosas no suceden así. Los mecánicos no desmontan a ciegas hasta que aparezca la avería. Desmontan ya con una idea preconcebida que les va orientando sobre qué partes deben desmontar y cuáles no. ¿Se me apagan las luces del coche? Voy a mirar las bombillas; o si no la batería, o el alternador, por ese orden: de lo más fácil a lo más difícil, de lo sencillo a lo complejo. ¿Pierde agua? Voy a mirar en los manguitos, y si no está ahí el problema desmontaré la junta de la culata. ¿Suelta demasiados humos? Voy a ver el tubo de escape, o si no miraré las revoluciones del contador. Si el cliente le da una pista, el mecánico desmontará por donde le dicen; si no le da ninguna tendrá que hacer el mecánico algunos tests para saber por dónde puede empezar; pero lo que no va a hacer el mecánico es desmontar a ciegas; desmontarlo todo y ver pieza por pieza cuál está averiada.
            Hempel insiste en ese detalle: el investigador sólo hace análisis y síntesis a partir de una hipótesis, de una idea probable acerca de lo que pasa; recopilar datos a ciegas, como parece proponer Francis Bacon, es gastar demasiadas energías para poca cosa; la recopilación se guía, y eso la hace más económica, por las hipótesis que manejamos. No buscamos en los datos la idea que solucionará el problema, sino que buscamos primero una idea que nos orientará en la búsqueda de los datos.

2.4. La iglesia de Segovia.

            Había en un pueblo de Segovia una iglesia románica que gustó mucho a un norteamericano. La compró. Para llevársela a su país tuvo que desmontarla, piedra por piedra, embarcarla y volverla a montar. Ésta era la tarea:
            Primero desmontar.
            Segundo, numerar cuidadosamente las piedras para saber cuál era el sitio exacto que debía ocupar cada una.
            Tercero, montarlas de nuevo.


3. Crítica.
3.1. La iglesia.

            Desmontar: análisis. Montar: síntesis. Y enumeración. Pero el montaje de las piedras en América no juega aquí el mismo papel que jugaba la composición de Galileo; en Galileo se trataba de crear una fórmula uniendo, pegando literalmente, cada una de sus partes; en el ejemplo de la iglesia esa síntesis correspondería al plano del edificio; el montaje de las piezas sería más bien lo que Galileo llamaba “comprobación”; comprobar algo es asegurarse de que la realización corresponde a lo proyectado, que el edificio construido es un calco del que hay idealizado en el plano.
            La enumeración no es sólo identificar cada una de las piedras que hemos desmontado para volverlas a montar después; es contar los pasos que hemos ido dando para hacerlo y distribuir las piedras clasificadas en los montones para que podamos montarlas. De modo que aquí la síntesis está al principio y hay una doble síntesis: el templo real y el templo ideal. El análisis (el desmantelamiento) viene después. Este desmantelamiento debe hacerse anotando cada piedra con el mismo número que tenía en el plano para poder localizar después el sitio exacto donde la debemos montar.
            El ejemplo de la iglesia no sirve para ilustrar el método cartesiano: la síntesis no viene aquí después del análisis sino antes; y la síntesis inicial, que sirve de mapa o guía, no debe confundirse con la síntesis final, que es la propia iglesia edificada de nuevo.

3.2. Parménides y Galileo.

El ejemplo de Parménides contiene exactamente los mismos pasos que el de Descartes, pero el de Galileo contiene uno más: la comprobación. Galileo, después de descubrir la fórmula que buscaba, necesita comprobar que la realidad es así; y para eso necesita deducir conclusiones que permitan predecir situaciones nuevas en las que poder observar si se realiza la hipótesis; por ejemplo, si velocidad es igual a espacio partido por tiempo, dividiendo el espacio recorrido por el tiempo tardado en recorrerlo en distintos medios (al aire, el agua, el vacío) deberíamos obtener diferencias en la velocidad; y si un cuerpo se mueve  a 10 kilómetros por hora, si ha recorrido cien kilómetros en dos horas, al reducirlo a la unidad debería darnos la misma velocidad; y no es el caso en el ejemplo elegido, luego tiene que haber un error en alguna parte. Y si Galileo hubiera podido medir velocidades astronómicas, habría comprobado que dos velocidades que se añaden no siempre dan por resultado una velocidad que es la suma de las velocidades iniciales, como comprobó Einstein con la velocidad de la luz.
El método de Descartes, a diferencia del de Galileo, carece de comprobación, y ése es su gran fallo; por eso se equivocó tantas veces mientras Newton acertaba. El error no está en imaginar hipótesis; el error está en no comprobarlas.



3.3. Galileo y el mecánico.

            Normalmente no analizamos las cosas para ver qué hay en ellas; cuando las analizamos suele ser porque buscamos algo. “Sólo se busca lo que se conoce”, decía la policía francesa, y puede parecer paradójico; pero eso no significa que conozcamos lo que buscamos antes de buscarlo, sino que conocemos qué es lo que queremos buscar: conocemos el problema que hay que resolver, no la solución; para descubrir la solución tenemos que aplicar un método, el método que estamos buscando.
            Por lo tanto antes del análisis hay que plantear un problema (o de lo contrario caeremos en la búsqueda ciega que le reprochábamos a Bacon). Llevamos el coche al mecánico y le decimos qué es lo que falla. O vamos al médico y le decimos qué es lo que nos pasa: él buscará hipótesis para dar con la causa.
            En otras palabras, antes del análisis tiene que plantearse un problema, y después de la síntesis tiene que haber una comprobación.

4. Conclusión.

            No parece que el método de Descartes funcione demasiado bien. Pienso que, como él plantea, toda búsqueda debe empezar por unas evidencias que guíen nuestra búsqueda, pero evidencias empíricas, físicas, no metafísicas; las evidencias de Descartes son como el marco de un cuadro, que siempre debe estar ahí para que el cuadro destaque; pero cada investigación es un cuadro distinto y debe hacer su propia pintura; y, con el mismo marco, debe tener un contenido diferente: de ahí que junto a las evidencias cartesianas deba haber otras evidencias que funcionen como axiomas en cada ciencia, en cada rama del saber, en cada problema concreto; y dentro de ellas debe haber dudas que cristalicen en hipótesis.
            Y tenemos que empezar por un problema; si no planteamos problemas descubriremos cosas por casualidad, y eso también sucede: pero no debe ser la norma. Cuando tenemos un problema lo primero que tenemos que hacer es analizarlo; y si a lo largo de la tarea logramos unir algunos de los elementos que hemos separado para formar una hipótesis, nuestra búsqueda dispondrá de un faro más potente que la pregunta o problema de donde arrancábamos. No es lo mismo decir “¿por qué llueve?” que decir “¿es la condensación de las nubes la causa de las lluvias?” La primera pregunta (el planteamiento del problema) es un faro mucho más tenue que la segunda (formulación de una hipótesis).


            Conviene, eso sí, anotar los pasos que vamos dando; enumerarlos; por pura precaución. Y después hay que extraer de las hipótesis consecuencias que nos permitan predecir fenómenos inobservados; y someterlos a contrastación.
            De modo que los pasos del método ideal deberían ser éstos: duda; evidencias-marco; planteamiento del problema; análisis; enumeración; síntesis (hipótesis); predicciones; comprobación.
            Hay dos tipos de problemas: de comprensión y de generalización. No es lo mismo estudiar un fenómeno que estudiar si ese fenómeno se produce siempre. Veamos algunos ejemplos.
            He observado que hay animales con pelo: perros, gatos, liebres, sí, pero también moscas, mariposas y arañas. Me fijo en que los perros y los gatos tienen tetas y las moscas no; entonces digo que todos los mamíferos tienen pelo, y me desentiendo de los insectos y las arañas. Los observo bien, me acerco a sus cuerpos, los analizo al detalle; podemos decir que analizar dignifica aquí mirar con una lupa; o, como se dice comúnmente, enfocarlos con el zoom. Ya no se trata de dividir las cosas en partes, cortarlas en trozos y separar esos trozos para poderlos estudiar aisladamente; se trata de separar con la mirada acercándome a ellos, no separar con el bisturí para verlos a simple vista sin acercarme. De todas formas la palabra “analizar” significa lo mismo en todos los casos: separar, aislar un plano de detalle del conjunto. Podemos separar las cosas físicamente (desarmándolas) o sensorialmente (acercando los conjuntos para ver sus partes); o incluso mentalmente (separando las ideas que dependen unas de otras).
            Yo veo una mosca: y tiene pelo. Ahora veo un gato: también tiene pelo. Puedo analizar la composición del pelo del gato y de la mosca para ver si es el mismo; paralelamente observo también que el gato es mamífero y la mosca no: lo observo en la presencia o ausencia de tetas. La siguiente pregunta es: ¿en todos los mamíferos es igual? Observo y analizo otras especies de mamíferos y concluyo que sí: es la fase inductiva. De modo que muchas veces para comprender un fenómeno tengo que generalizar a partir de lo que observo; o sea que el análisis va de la mano de la inducción muchas veces.
            Todas estas cosas no las encontramos en Descartes. Su método carece de contrastación sistemática, lo que le impide controlar bien las hipótesis; y no puede discernir bien lo que es una explicación del fenómeno que se estudia de las metáforas científicas. Por eso Newton tuvo que recordarle que debía tener cuidado con las fantasías, que la ciencia no es literatura; “yo no imagino hipótesis”, le dijo: “hypotheses non fingo”. El científico debe tocar tierra cada vez que levanta el vuelo; al revés que el poeta; al revés que el filósofo.
            El método de Descartes es correcto: pero insuficiente. Hay que analizar y crear, pero también comprobar. El análisis es una colecta de datos motivada por un problema; y cuando llega a un grado mayor de complejidad se convierte en una colecta de datos guiada por una hipótesis. Descartes incurre en varios errores:
El primero, no avisar de que el análisis debe ser precedido por el planteamiento de un problema.
El segundo, no advertir de que, cuando el análisis tropieza, hay que sintetizar una hipótesis para poder proseguir con él.
El tercero, no avisar tampoco de que al análisis suele revestirse de inducción; el primero nos desvela una estructura, el segundo nos advierte de si la estructura es compartida o no por un grupo de individuos.
Esas imprecisiones hacen que el método cartesiano empiece siendo riguroso y acabe encallando en la fantasía; que es falta de rigor, no lo olvidemos, y confunda las ideas con la realidad, el mundo con la ficción; y se acabe convirtiendo la ciencia en ideología.
  










viernes, 13 de octubre de 2017

DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (3)



DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (3)


5. El instinto. 

            -En cualquier momento va a sonar el timbre. No tengo idea de cuánto tiempo llevamos hablando, pero las clases no duran más de cincuenta minutos –se miró al reloj-. Volvamos atrás y recordemos cómo os he empezado a hablar de Nietzsche; con vosotros. Vuestra generación, acostumbrada a tener de todo, no valora nada; todo parece que os lo deben, como si hubierais nacido mereciéndolo. Lo tenéis todo y no vivís nada. Llamáis vivir a las borracheras, a las drogas, al derroche, al desperdicio. Sois borregos incapaces de vivir fuera del rebaño.
            -¡Bueno, bueno, menos lobos!- interrumpió Raúl.
            -¡Tampoco te pases! –se quejó Antonio.
            Y concluyó Roberto:
            -Vosotros, los viejos, disfrutáis despreciando a la juventud.
            Pero Adriana era más cuerda y más incisiva. Cuando apuntaba disparaba a matar. Ella no usaba balas de fogueo. Con muy buen criterio, Adriana dijo:
            -Supongamos que sea cierto lo que acabas de decir; en todo caso no sería más que cumplir el programa de Nietzsche. ¿No has dicho que hay que olvidarse todos en uno, perdiéndose fuera de la razón y la conciencia? ¡Eso es la borrachera! Y la gente se emborracha. Por otro lado Nietzsche ensalza la libertad, renunciando a vivir en el rebaño: porque libertad es liberarse del espíritu gregario. Y sin embargo hay que fundirse todos en uno perdiendo la razón, como en un rebaño. Nietzsche se contradice, ¿no crees?
            -¡Bien! –dijeron todos al unísono, aplaudiendo como si un misterioso resorte los hubiera puesto de acuerdo, los hubiera puesto en hora, los hubiera comunicado. ¡Eso era sentirse todos en comunión! Roberto, el más gallito, dijo en tono de reto.
            -¡A ver cómo sales de ésta!
            Juan Luis recogió el guante:
            -Nietzsche escribió en lenguaje poético. No hay que entender al pie de la letra lo que nos dice, sino que hay que captar el espíritu. Y el espíritu no se pierde en el detalle; emana de la visión de conjunto. A continuación hay que recordar que se entienden las cosas sintiéndolas, no entendiendo los conceptos separados de la sensibilidad. Cuando Nietzsche habla de la ebriedad quiere retratar el instinto, el impulso vital, que emerge de nuestro ser con ímpetu arrollador: la fuerza de sentir el movimiento, moviéndose. Pero la borrachera nos debilita; un borracho, a diferencia del espíritu apasionado de Nietzsche, pierde fuerza, se funde con los demás en el desfallecimiento, no en el poderío. Sentir al unísono es saberse fuertes, sentir la borrachera es ponerse flojos. El vino, como imagen de la ebriedad, es una metáfora; y Dionysos, como dios del vino, no debe ser tomado al pie de la letra. Dionysos es la fuerza vital, que, como un torrente, fluye incontenible.


            La clase se calló, sorprendida.
            -Cuando te emborrachas te pierdes la fiesta. Te quedas vomitando, ahí solo, en un rincón, olvidado de todos. Cuando te emborrachas renuncias a la vida; te duermes. Como la virtud. La virtud es para los moralistas amodorrarse en las bondades soporíferas: así hablaba Zaratustra; “la sabiduría consistía en dormir”.De modo que la virtud es la borrachera del alma, y el vino la borrachera del cuerpo.
            Nuevamente desenroscó la botella, bebió unos tragos y la volvió a enroscar.
            -Además, la vida es lucha. Y el borracho no lucha. Ignoro si, al decir esto, estoy interpretando correctamente a Nietzsche; lo que sí sé es que estoy llevando su pensamiento hasta las últimas consecuencias. Vivir contemplando es aceptar las cosas tal y como son, renunciando a cambiarlas; y como el mundo es cruel nos refugiamos en otro mundo; un mundo ensueño donde todo acaba bien, como en los cuentos de hadas, como en la novela rosa, como en las películas de Hollywood: el happy end. La vida, sin embargo, no tiene siempre un final feliz. Y la vida es impredecible, nunca se sabe cómo va a acabar; por eso es misterio, y en tanto que misterio, reto; como todo reto, tiene riesgos, y asumir esos riesgos es verdaderamente vivir. Quien se duerme soñando renuncia a arriesgarse. Quien vive despierto acepta el reto y, por el contrario, su vida no es la debilidad de renunciar, sino la fuerza de combatir; no es sentir remordimientos, sino llenarse de alegría; no es sentirse cobarde, sino embriagarse de valor; y no es resentimiento y envidia, sino fortaleza y plenitud. No es malo tener un cuerpo débil (Nietzsche, de hecho, lo tenía); lo malo es tener debilidad en el carácter, lo malo es la debilidad de renunciar, de no atreverse a asumir las riendas de nuestro destino, lo malo es negarse a luchar.
            El silencio, voz de expectativa, en algunos se estaba convirtiendo en cansancio, y aquellos espíritus flojos consultaban el reloj. Pero los espíritus fuertes, como Adriana, mantenían la expectación.
            -Unos se ponen a hacer cosas, otros miran a quienes las hacen. Unos son activos, otros se ahogan en la pasividad. Pero la vida es pasión. –Juan Luis miró un instante, como cuando estaba inspirado, al vacío. Y siguió hablando tras aquel silencio-. El romanticismo se ha fijado en dos formas de vivir. Y sus dos estilos extremos de vida son el soñador y el impulsivo. Como todos los extremos, son sólo cabezas visibles de todos los matices que hay en medio. Son dos formas opuestas de dejarse llevar por el instinto. Una consiste en una descarga rápida de energía; la otra es una descarga lenta. Bécquer y Espronceda, el tierno y el bruto, el flojo y el enérgico. Pero Bécquer, cuya poesía es un ensueño, se deja llevar por la fuerza bruta.
                                   ¡Llevadme, por piedad, adonde el viento
                                   con la razón me arranque la memoria!
Y en seguida se ve que su sufrimiento no es fuerte:
                                    ¡Tengo miedo de quedarme
                                   con mi dolor a solas!
Espronceda, que brama de ímpetu al oír la cabalgata de los cosacos, siente las ensoñaciones del estudiante de Salamanca, o entre las nieblas melancólicas de Ossian. Sin embargo no es vida dejarse llevar por el ímpetu, sino que ese arrebato te llene las ganas de vivir, rebosen las fuerzas de la vida. Y yo diría, interpretando a Nietzsche, que si el ensueño te llena de fuerzas hasta hacer estallar tus ilusiones, el ensueño es bueno. Por encima de las palabras de Nietzsche, porque el ensueño también nos embriaga; y no lo hace siempre como el vino, que nos quita fuerzas, sino como las voces en el coro, que las multiplica.


            Juan Luis estalló al nombrar al músico.
            -¡Wagner! ¡Los nibelungos! El canto a las fuerzas primitivas, a los instintos aún no descastados por la sociedad, a la naturaleza no debilitada por la cultura. Las walkirias son unas diosas terribles, las hijas de Odín. El Walhalla es la batalla permanente, la borrachera de la noche, la fuerza en el combate, los golpes poderosos, la lucha por el día. No es extraño que los vikingos rechazaran el cielo, porque los cristianos renunciaban a la fuerza y se pasaban el día llorando; a los curas les encantaba prohibir y “la vida sin ellos era mucho más divertida”[1]; no se trataba de trocar libertad por piedad, impulso por atonía, ánimo por depresión, fortaleza por anemia. ¿Por qué se fijaba Nietzsche en Wagner? Porque en Wagner todo era un canto a las fuerzas más profundas de la vida. Sin embargo, yo siento la necesidad de pararle los pies a Nietzsche. El canto a la fuerza no tiene que ser un canto bruto a la violencia. Y en Nietzsche las dos cosas parece que se identifican. Mas no es así. El propio Nietzsche nos recuerda que la fuerza produce amor y generosidad, no muerte y violencia; pero no por compasión, sino por “una necesidad imperiosa de dar lo que se tiene”[2], cuando se desborda; “una demostración de plenitud y poder”: así lo resume lapidariamente Nicéforo Tejedor. La fuente no renuncia a una parte de su agua para dársela al río, sino que su agua, que no cabe en la fuente, se desborda y fluye sobre la tierra creando el río. La fuerza de la voluntad crea el río de Heráclito en cuyas aguas no podemos bañarnos dos veces seguidas. Pero las metáforas de Nietzsche son excesivas. No hay que tomarlas al pie de la letra y admitir que el fuerte tiene derecho a matar al débil. Lo que sucede es que el espíritu fuerte mata al débil, que no quiere decir que mata al espíritu; mata su debilidad, restituyéndole la fuerza. Si recordamos, además, que la debilidad reprobable no es la del cuerpo, sino la del carácter, entenderemos cabalmente a Nietzsche. Sus palabras no son patente de corso para que los ejércitos maten, torturan, despedacen; y mucho menos para que se ensañen con los débiles (los débiles siempre son los viejos, las mujeres y los niños; y, en general, los que están desarmados y no han aprendido a manejar las armas: ya se sabe que en las guerras los que mueren son casi siempre los civiles, mucho más que los militares).
            Mirando al reloj que anunciaba ya la hora, Juan Luis apuró sus últimos minutos.
            -Recordad lo que antes os he dicho; para Nietzsche no se trata de negarnos en nombre del prójimo, pero lógicamente tampoco hay que negar al prójimo en beneficio nuestro; lo que significaría que la vida no puede ser identificada con la muerte, ni la fuerza con la violencia, ni el castigo con la crueldad, ni la firmeza con el ensañamiento. Por último, hay quien ha querido asociar a Nietzsche con el nazismo: craso error; para Nietzsche la vida es el triunfo de la voluntad, pero el nazismo es el triunfo de la obediencia; porque la fuerza, la arrogancia, el desprecio, no es para el nazi la vida libre, sino un someterse embriagado, emborrachado por las palabras, a la voluntad del führer. La embriaguez no es buena cuando no transporta en sus entrañas las fuerzas de la vida, sino los hilos de la muerte: no lo olvidéis nunca.


6. La razón. 

            Llegó otra mañana y sonó otro toque de timbre. El velo del alba había sido rasgado por el día. Era el momento en que uno se siente descansado y fresco, y por la mente fluyen, relajadas y tranquilas, las ideas. Juan Luis quiso hacer unos comentarios más o menos libres sobre la obra de Nietzsche.
            -Hay un par de cuestiones que han quedado en el aire –dijo-. Veréis. El espíritu apolíneo, si lo recordáis, representa para Nietzsche el ensueño, la retirada de la vida; es el momento en que uno prefiere pensar en las cosas antes que vivirlas. Representarse el mundo antes que estar en él. Evadirse para no hacer acto de presencia. Es como si la vida fuera para nosotros una película de evasión, nos refugiamos en las novelas, en el juego, en el deporte, nos refugiamos en mundos felices para no tener que enfrentarnos a nuestros problemas; porque los problemas nos hacen pensar, nos obligan a asumir retos, a estar en tensión. Y, claro, siempre es más fácil contemplar la lucha de los otros que sumergirnos en nuestra propia lucha.
            Había legañas en los ojos dormidos; telarañas en las mentes cansadas. Muchos de aquellos chicos se acostaban tarde y se levantaban con sueño; y muchos, también, se iban a clase sin desayunar.
            -Abrid bien vuestros ojitos cerrados. Afinad los oídos. Sacudid vuestras entendederas. Atentos a lo que voy a decir. Atentos. Apolo, relacionado con Helios, es el dios de la luz. Y la luz es la razón. El siglo de las luces: ¿os dice algo? Frente a él está la ignorancia, el oscurantismo, la inquisición; frente a él está la Edad Media, que representa para los ilustrados todo lo que hay que combatir. Y aquí es donde viene el problema: la razón es fría; y los sueños, cálidos; la razón es descarnada y el ensueño es entrañable. ¿Cómo es que dos cosas tan diferentes, la razón y la ensoñaciones, vienen a ser lo mismo? El mismo espíritu, el espíritu apolíneo, parece identificar a la razón y los sueños, como si fueran una misma realidad. ¿Cómo es posible?
            La bruma de la perplejidad se extendió sobre los chicos. Habían venido dormidos a clase, pero Juan Luis los había despertado. Sin embargo, no sabían qué contestar.
            -La razón neoclásica –prosiguió Juan Luis-. Hay quien piensa que Nietzsche se rebeló contra su frialdad. Y, sin duda, está en lo cierto. Las reglas frías, el equilibrio. Recordad que para Nietzsche la vida no puede estar equilibrada, porque la tensión de vivir es impredecible, y tan pronto se queda corta como conduce a los excesos. Lo único equilibrado es la muerte. Lo único predecible. Todos sabemos cómo se va a comportar un cadáver; sin embargo, es imposible adivinar lo que hará un ser vivo. Nietzsche no puede aceptar el equilibrio. Un álbum de fotos puede ordenarse, porque representa la vida cuando ésta ya ha pasado. En un álbum siempre sabemos qué lugar debe ocupar cada foto, cuál es el sitio que le corresponde. Pero la vida no puede ordenarse. Si la ordenamos la matamos. Vivir es partir en busca de un orden y toda búsqueda es desordenada. Vivir es como rodar una película; siempre tenemos un guión previo, pero la película definitiva se aparta muchas veces del guión. Si tenemos que rodar una tempestad y resulta que no llueve, y pasan los días esperando y no logramos encontrar las condiciones de luz y movimiento que queremos filmar, entonces nos apartamos del guión; lo cambiamos; porque el productor no nos da más tiempo para seguir buscando las imágenes que queremos. Vivir es cambiar continuamente el guión. El guión es el ideal que buscamos, pero sólo nos sirve como referencia; no es algo que se pueda, ni convenga, alcanzar. La búsqueda de la perfección de los griegos clásicos parte de que la vida es un guión que tenemos que realizar con nuestro esfuerzo; pero no contempla que tengamos que apartarnos de él. En ese apartarse de los caminos trazados para abrir nuevos caminos está la aventura de vivir. Está lo imprevisible. Muy bien lo supo decir Machado:
                                   Caminante, no hay camino.
                                   Se hace camino al andar.


Todos los profesores preparamos las clases. Pero lo más normal es que las clases no salgan como las habíamos programado. Porque las clases están vivas. Porque un día –dirigiéndose a Raúl- me haces una pregunta que me obliga a contaros cosas que no estaban en el guión, y yo me aparto del guión. O un día matan a Miguel Ángel Blanco y yo no puedo seguir dando la clase como si nada hubiera pasado, algo tendré que decir de ética, de política, aunque la programación fuese de metafísica. Pero hay profesores que se niegan a hablar de lo que no está en el programa; con esos profesores, las clases están muertas, son insensibles a lo que ocurre, insensibles a la vida; les falta pulso y no vibran, y… claro, no pueden transmitir al alumno sus vibraciones; porque no las tienen. Yo diría más; no es que esos profesores sean inflexibles en sus programaciones, es que no programan; su único programa es el libro, tema tal, página cual, epígrafe tal y cual; aquí lo hemos dejado; aquí seguiremos mañana; haga sol o caigan chuzos de punta. Es como la planificación de la Unión Soviética: si se ha previsto regar los campos tal día y tal día llueve, ese día se riega. Y nos quedamos tan oreados.
            Una pausa para el descanso. Que fue aprovechada por Roberto para preguntar:
            -¿Todos los profesores programan? ¿Y tú programas siempre tus clases?
            -Tengo un calendario en el que establezco, de principio a fin de curso, cuánto tiempo me va a llevar cada tema. Pero las clases tienen vida propia, ya lo sabéis; no sería la primera vez que tenía previstas seis sesiones para un tema y luego me ha llevado catorce; o al revés. En cuanto a los profesores en general, sucede lo que le pasa a la moral de Nietzsche: unos hacen sus propias programaciones, y son ellos los que mandan; otros se limitan a seguir el libro de texto, y son esclavos del libro. Ser libre cuesta más, porque te obliga a trabajar en el guión. Lo más fácil es ser esclavo, porque te dan el guión ya hecho. Para emplear un símil de informática: la gente libre trabaja a nivel de programación, la gente esclava lo hace a nivel de usuario. Vosotros vivís con vuestros padres y lo tenéis todo resuelto, pero se hace la voluntad de los padres. Podréis emanciparos y se hará vuestra voluntad, pero ya no lo tendréis todo resuelto. Ser señor cuesta trabajo, pero nos hace felices; y ser esclavo es más fácil, pero nos da pocas alegrías. Todos tenemos que trabajar ejecutando proyectos; pero unos se ponen el guión, y a otros se lo imponen. ¿Qué preferís ser vosotros: libres o esclavos?
            -Yo, libre –dijo Roberto.
            -¡Yo, señor! –añadió Antonio.
            -¡Y yo! –siguió Raúl haciendo eco; aunque en broma.
            -¿Y tú? –preguntó Juan Luis a Adriana.
            -Señora, por supuesto.
            -Yo no.
            Todos miraron hacia él. Era David, el as de los vagos.
            -Yo prefiero hacer lo mínimo, que me lo den todo hecho.
            Tuvo que contestar a las miradas que lo asaeteaban.
            -Se vive mejor.
            -Obedeciendo –advirtió Juan Luis.
            -Claro. Es que si todos mandaran no quedaría nadie para obedecer.
            -...Bueno, Nietzsche también dijo algo parecido.
            Era Juan Luis. Y cortó aquel intermedio porque quería reanudar lo que estaba diciendo. No quería que los comentarios y los ejemplos le hicieran perder el hilo.
            -Vamos a ver, la pregunta de esta mañana tenía que ver con el espíritu apolíneo: ¿qué tienen que ver los sueños con la razón? Ya en Heráclito aprendemos a distinguirlos; los sueños son pensamientos privados, y con ellos es imposible ponerse de acuerdo; porque cada uno tiene sus propios sueños y cada uno vive, así, cosas diferentes. Pero la razón nos une a todos cuando no estamos dormidos; la razón nos pone de acuerdo porque sus conclusiones son inapelables, infalibles; la razón siempre está despierta, ya lo dijo Goya: el sueño de la razón produce monstruos. ¿Cómo van a estar juntos en Apolo la normalidad y los monstruos, como si fuesen lo mismo?


            Juan Luis lanzó una mirada inquisitiva sobre los pupitres. Sabía que el reto era difícil y que no sabrían contestar; Adriana tampoco. Consciente de que aquélla era una pausa retórica, se contestó a sí mismo:
            -Yo creo que la clave está en Platón. La otra clave es la vida. Si la razón es lo predecible y la vida es, por esencia, imprevisible, está claro que la razón no es vida. La razón resbala sobre la vida como el agua resbala por la mano y se escurre entre los dedos; no puede penetrar en ella; y a falta de meterse en sus entrañas, la razón se ve condenada a dar vueltas sobre la superficie de la vida. La razón, lo previsible, es incapaz de penetrar el misterio. Por eso Nietzsche no amaba la Grecia clásica; la del equilibrio, la de la luz, la de la mesura. Nietzsche prefería la Grecia arcaica, y allí encontró a Dionysos; con la borrachera, la desmesura, con su desaforado instinto sexual (Dionysos, insaciable sátiro, perseguidor de las ninfas). Dionysos emergió de las profundidades de la noche. Su instinto indómito, imparable y misterioso, es una borrachera de fuerzas en la oscuridad; fuerzas irracionales, porque pierde fuerza todo lo que se somete a la razón; la razón contiene las cosas, y el instinto es incontenible. Quizá sea ese un primer motivo en la respuesta que buscamos; tal vez los sueños no tengan mucho que ver con la razón, pero como el instinto es irracional, y el instinto es lo contrario del ensueño (fuerza incontenible el uno, contenido sin fuerza el otro), se concluye por simple simetría que el ensueño es lo mismo que la razón.
            Adriana estaba cavilando, dándole vueltas a la simetría.
            -La razón es la luz. Y la razón anula la vida. Luego la luz tampoco es vida. Sin embargo este silogismo no está de acuerdo con los principios básicos de la biología; hoy sabemos que la vida es luz capturada en las hojas por la clorofila; y la clorofila es verde; por eso la vida es, a decir de Vernadsky, el fuego verde. Primera contradicción, las fuerzas poderosas de la naturaleza, en Nietzsche, emergen de la oscuridad. Sin embargo la oscuridad genera vida mortecina, mirad en las cuevas: alejadas de los vivificantes rayos del sol, sus galerías, a medida que se hacen más profundas, contienen formas de vida (animales, o plantas) cada vez más apagadas, más lentas, con menos energía. El viaje de la luz a las sombras es un viaje de la fuerza a la inercia; de la energía propia al peso; las cosas, cuando pierden fuerza, se someten a la atracción de otras fuerzas y se hacen más pesadas.


            Adriana había entrado en un mundo que antes era insospechado; y el recorrido de sus salas era una aventura en las sombras, una búsqueda de luz en la oscuridad, un derroche de pasión y maravillas. Y escuchaba a Juan Luis.
            -La luz es vida y para Nietzsche es muerte. La oscuridad es inercia y para Nietzsche es la fuente de las fuerzas, no de la debilidad inmóvil, de la materia inerte. La luz se despliega en el espacio; la pintura, la escultura, son las artes del espacio que paralizan y embelesan, haciendo de la vida una contemplación, un espejo de ensueño. Pero la noche, sumida en la oscuridad, cabalga a lomos del tiempo, que corre con ímpetu desplegando las fuerzas de a vida, el impulso, el instinto, no se detiene a contemplar, vive; corre, danza, rompe, vive. Vive sacando impulsos de las artes del tiempo: la danza; la música; las que nos hacen vibrar; las que nos hacen sentir la fuerza y su sentir el ritmo. El ímpetu de vivir, no el revivir apagado de las cosas muertas; el frenesí que agita, no el encanto que paraliza; la música dinámica y no la estática pintura; no es la pintura, sino la danza; no el espacio, sino el tiempo. Del tiempo surgen las voces ancestrales que nos arrastran, desplegadas sin ataduras, lanzamiento sin tensión.
            Y llegó Juan Luis adonde quería.
            -Platón. Del equívoco de Nietzsche tiene Platón la culpa. Platón atrapó la vida en una cueva, y en su oscuridad la dejó prisionera. Y la razón, que es un ingrediente de la vida, la sacó de este mundo y se la llevó a otro: al mundo de la luz. Así, la luz fue para Platón señal de vida y la oscuridad la asoció a la muerte. Pero el mundo de la luz platónica era el de Parménides; donde nada se movía, todo estaba quieto, y las cosas, perfectas, eran un cuadro congelado. El de las sombras fue para Platón el mundo de Heráclito: el del movimiento. La luz inmóvil era buena; la oscuridad en movimiento era mala. La luz era el alma; las sombras el cuerpo. Y Nietzsche, que le dio la vuelta a todo, cambió el adjetivo, pero no las definiciones. Dijo que la oscuridad en movimiento era buena, pero se olvidó de que el movimiento no surge de la oscuridad. El big bang fue un estallido de luz que lo puso todo en movimiento. Antes del estallido, en la terrible oscuridad, no se movía nada; todo era tiniebla en un grano inerte en el que se concentraba toda la materia del universo. Como veis, Nietzsche hizo bien el trabajo, pero lo hizo a medias; rescató la música de las entrañas del ser, y las entrañas son oscuras; y se olvidó de rescatar la luz de la prisión del mundo de la luz; porque la vida (fuego verde) es luz atrapada en los árboles, sol capturado por la tierra, energía transportada al cuerpo, luz, calor y movimiento. ¿Qué es calor? Agitación molecular. El movimiento no puede existir sin luz.
            Y llegó Juan Luis al meollo del pensamiento.
            -Los dos mundos platónicos los ha copiado el cristianismo: las ideas pasaron a ser el cielo; los cuerpos quedaron presos en la tierra. Nuestro mundo, la tierra, receptáculo de vida, fue existencia proyectada más allá: más allá de este mundo; se despreciaban las cosas terrenas para pensar sólo en las celestes. Como decía Nietzsche por boca de Zaratustra, el alma despreciaba al cuerpo y por eso prefería un cuerpo flaco, repugnante y esquelético; y trataba de evadirse del cuerpo y de la tierra. Nietzsche también desprecia a la gente que no ve más allá de sus narices. El hombre debe superar sus posibilidades, debe ir más allá: al superhombre; porque es un puente tendido entre el animal y el superhombre. Pero el más allá no está en otro mundo: está en éste. El bien no está en el cielo, sino en la tierra. Y en esto se resume la filosofía de Nietzsche: una invitación a vivir.
            El sonido del timbre fue, tiempo después, una invitación a vivir. Pero Adriana no salía. Se quedaba dentro. Prefirió embelesarse dentro de clase con la agitación de las ideas, vivas, como el agua de un torrente, chisporroteantes, como una botella de champán, y se negó a salir al otro mundo: a ese que los atraía a todos con la perfección de sus ideas engañosas; al patio, en quien los chicos acababan por ver no un torrente de vida, sino un bálsamo de pureza: la parálisis del ser.
            Y comprendió que el desprecio a la razón surgió del desprecio a las ideas; redondas, hermosas, perfectas; brillantes como una bola de cristal. Las ideas, intocables piezas de museo de la exposición de las perfecciones, estaban muertas; y por eso Nietzsche entendió que las mató la razón. Y lo que sucedió fue al revés. La razón, que estaba llena de vida, fue asesinada por aquellas ideas que engendró. Y murió porque se había olvidado del cuerpo. La razón, al alejarse de la cueva, se durmió. Soñó y sucumbió a sus propios monstruos, ya lo decía Goya: los monstruos de la razón; las ideas en que la razón se hunde y deja de funcionar.






           







[1] Cornwell, pp. 27, 64, 134.
[2] Nicéforo Tejedor, p. 201.