Mostrando entradas con la etiqueta evidencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta evidencia. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de septiembre de 2018

EL MÉTODO CARTESIANO



La impertinencia de la lechuza.
            Hoy toca corregir a los clásicos… O por lo menos darles un toque de atención.


EL MÉTODO CARTESIANO
  

 1. El problema del método.

            Todos podemos pensar, todos tenemos inteligencia, todos somos capaces de razonar. La razón (“el buen sentido”) es la capacidad de juzgar bien; juzgar es poner un sujeto delante de un predicado (“Juan tiene hambre”, “el perro tiene cinco patas”); juzgar bien es distinguir lo verdadero de lo falso (ningún perro tienen cinco patas, lo sé por experiencia; en cuanto a si Juan tiene hambre, tengo que fijarme o preguntarle a él).
            Todos somos capaces de entender las cosas, pero no todos sabemos utilizar nuestro entendimiento; hay que ir por el camino recto, utilizar un método adecuado, y es preferible no correr porque es fácil que nos equivoquemos por el camino y no lleguemos adonde queríamos ir. Es mejor ir despacio  y fijarse bien en lo que hacemos.

1.1. Duda.

            Lo primero es no creer con los ojos cerrados nada de lo que vemos. Vemos un cuaderno rojo, pero quizá es verde y soy daltónico; veo un sol pequeño, pero seguramente su tamaño es enorme; este bocado sabe a fresa, pero quizá sea otra fruta y le hayan puesto un aditivo, un saborizante; huelo a canela, pero quizá es un perfume que se ha puesto una mujer; hay infinidad de estímulos equívocos que producen en nosotros sensaciones erróneas, y lo único que puedo hacer es dudar de ellos, dudar por principio, dudar por método: por lo menos hasta que tengamos una certeza de la que no podamos dudar.


1.2. Evidencia.

            Lo cierto es que ahora estoy pensando. Y como no pueden hacer nada las cosas que no existen, como un dragón inexistente no puede comer (precisamente porque no está en ningún sitio), así tampoco podría pensar yo si no existiera; puedo existir sin pensar, sí, pero entonces no sabría que existo; pero si pienso, aun sin darme cuenta de si existo o no, no puedo dudar de que, verdaderamente, existo. Si pienso es porque soy un ser que piensa y si soy un ser que piensa es porque soy un ser, y si soy un ser soy, entonces, simplemente, existo (es el principio de cercenamiento). Pienso, luego existo. No puedo saber si el aspecto que tengo existe en mi cuerpo ni tampoco si mi cuerpo existe también, pero sí puedo saber que existo como ser que piensa, y que por lo tanto los pensamientos que tengo existen conmigo.
            Pienso, luego existo. Démosle la vuelta a la proposición: existo, luego pienso. Es a todas luces falso. Una piedra, aunque exista, no piensa. Pero lo contrario siempre es verdadero: algo que piensa necesariamente tiene que existir. Podemos decir, por contraposición, que si algo no existe desde luego que no piensa, pero no que si algo existe tiene necesariamente que pensar.
            ¿Qué tengo yo en el pensamiento? Ahora pienso en un ser sin límites, un ser inmenso. Ahora bien, yo soy un ser limitado porque me doy cuenta de que hay muchas cosas que no puedo hacer (volar, por ejemplo), y hay muchas cosas que no caben en mí (un árbol, por ejemplo). ¿Cómo ese ser limitado puede caber dentro de mí? Es como si un libro cupiera dentro der un verso, como si una muchacha (a decir de Vázquez Montalbán) pudiera meterse dentro de su útero, como si una estrella se metiera dentro de un átomo: lo grande no cabe dentro de lo pequeño a menos que disminuya de tamaño, lo que no tiene límites no cabe dentro de ningún límite, la idea de un ser infinito no cabe dentro de mi pequeñez, no puedo haberla metido yo mismo en mi cabeza, ¿de dónde viene esa idea, pues? Una idea enorme sólo puede proceder de un ser enorme, sólo dios, ser inmensamente grande, ha podido meter su idea de ser enorme dentro de mi pequeñez: por lo tanto dios existe.
            Y si dios existe como ser infinitamente grande y si ser bueno es más grande que ser malo, entonces dios tiene que ser necesariamente bueno; y si es bueno no puede engañarme cuando investigo en la naturaleza: por lo tanto puedo fiarme de lo que veo en mis experimentos, puedo entregarme razonablemente a la experimentación aunque dude de mis sentidos, pero las observaciones deben ser guiadas por la inteligencia.
            ¿Y cómo son las cosas que observo? No estoy seguro de su color, de su olor su forma, todo eso que Galileo, siguiendo a Epicuro, llamó cualidades secundarias: las que son subjetivas; donde para unos hace frío para otros hace calor y no nos podemos poner de acuerdo en ello. Pero sí nos podemos poner de acuerdo en las cualidades primarias, las que son objetivas, cuantificables y medibles; la temperatura que marca el termómetro será siempre la misma para quien tiene calor y para quien tiene frío; los segundos que tarda un cuerpo en caer serán los mismos para todos los que tengan un cronómetro que funcione; y la distancia que hay entre dos puntos será siempre la misma pata todas las personas que puedan medirla con un metro. Una vela cambia de forma cuando arde, cambia de color, de olor, pero de lo que no cambia nunca es de tamaño, tenga la forma que tenga: y, como la materia es extensión puesto que toda materia ocupa un lugar en el espacio, puedo utilizar un sistema de coordenadas para medirla en todo momento; las que inventó Descartes se llaman, en su nombre, coordenadas cartesianas, como llamamos galileanas a las que inventó Galileo. La física, pues, debe estudiarse experimentando y observando,  pero siempre en un sistema de coordenadas dentro del que podamos situar los objetos, para medir y calcular.


            Empezamos a estudiar con las cosas de las que estamos completamente seguros: que yo tengo pensamientos y que la materia es extensión son cosas que me van a servir para la física; que existe Dios es algo que me podrá servir en metafísica: para la física no. Aparte de estas dos ideas (el pensamiento y la extensión) ¿de qué otras cosas puedo estar seguro? ¿Del teorema de Pitágoras, de la ley de los vasos comunicantes, de que el cielo tiene oxígeno? No mientras no lo compruebe. Empecé por la duda metódica y he desembocado en la evidencia; es evidente aquello que yo entiendo con claridad (está claro que la materia ocupa un lugar en el espacio) y que sé distinguir de lo que no es (sé distinguir muy bien entre un cuerpo material y una idea, sin lugar a dudas). Supongamos, ahora, que tengo que resolver un problema: descifrar el sentido que tiene un conocido pareado, o sea averiguar si tiene algún sentido o si está enunciando un absurdo. El pareado es el siguiente:
   ¿Qué será, y parece cosa extraña,
comer un conejo hoy y matarlo mañana?

1.3. Análisis.

            A primera vista parece imposible: ¿cómo nos vamos a comer hoy el conejo que vamos a matar mañana? Para deshacer la paradoja hay que dividir este problema complejo en partes más sencillas; analicemos, pues; el sujeto del verbo “comer” es “nosotros”; el de “matar”, también: pero no tiene sentido. ¿Quizá es que no lo hemos hecho bien? ¿De qué otra forma lo podríamos analizar? Busquemos.
            Al final caemos en la cuenta de que el sujeto del verbo “comer” también puede ser el sustantivo “conejo”. ¿Cuál de las dos interpretaciones es la mejor?

1.4. Síntesis.

            Para eso es preciso juntar las distintas palabras que hemos separado por el análisis  ver qué sentido crean conjuntamente. En el primer caso se nos dice que nosotros nos comemos hoy el mismo conejo que vamos a matar mañana, y eso es imposible. En el segundo el conejo come hoy y nosotros lo matamos mañana, y eso ya tiene sentido. Hemos resuelto el problema.

1.5. Enumeración.

            Ahora voy a repasarlo todo para estar seguro de que no me he olvidado de nada: miro las palabras, compruebo que todas están analizadas, no queda ningún cabo suelto, todo está bien; he terminado.


2. Algunos ejemplos.
2.1. El ejemplo de Parménides.

            Vamos a resolver otro problema siguiendo el mismo procedimiento: ¿se mueve el ser?
 1. Empezaremos poniendo en duda todo lo que no está en el problema: nosotros hemos visto moverse a muchos seres vivos, pero, aunque hemos visto muchos que son así o asá, no hemos visto ningún ser a secas; ningún ser que sea de una manera o de otra, sino sólo que tenga la característica de ser: sin precisiones, sin adjetivos: sólo ser. Un ser así no es accesible por los sentidos, puesto que no tiene ni forma, ni color, ni olor, ni sabor; sólo podemos captarlo por la razón; por el entendimiento que concibe cosas que somos incapaces de imaginar.
2. Después pasamos a buscar evidencias, y encontramos dos: la primera es que el ser es; la segunda, que el no-ser no es; son cosas tan claras, tan evidentes, que nos parece hasta absurdo pensarlas, de claras que son; sería absurdo dudar de ellas.
3. Ahora vamos al análisis. Descompongamos el significado de la palabra “moverse”: moverse significa salir de donde se está; por lo tanto si el ser se moviera saldría fuera del ser. ¿Y adónde iría?
4. Hacia el no-ser: aquí empieza la síntesis; pero ya sabemos que el no-ser no existe (lo habíamos presentado como una evidencia de la que no se puede dudar): por lo tanto el ser no se mueve; lo acabamos de demostrar.
5.  Mientras razonábamos hemos ido enumerando los pasos que íbamos dando, y el procedimiento ha quedado así:
Evidencias:
(1)   El ser es.
(2)   El no-ser no es.
Análisis:
(3)   Si el ser se moviera saldría fuera de sí (iría fuera del ser).
Síntesis:
(4)   Pero fuera de sí no hay nada: lo que hay fuera del ser es el no-ser.
(5)   Y el no-ser no existe.
(6)   Luego el ser no se puede mover (l.q.q.d.).
Por lo tanto no nos hemos equivocado, y el método de Descartes ha funcionado: hemos demostrado lo que queríamos demostrar.


2.2. El ejemplo de Galileo.

            El ejemplo que acabamos de examinar procede de Parménides. Veamos ahora cómo procedería Galileo. A la hora de estudiar la caída de los cuerpos lo primero que hace es desdeñar las cualidades secundarias: cosas como el calor, el color o el olor son totalmente subjetivas, y por lo tanto dudosas; para salir de la duda sólo las cualidades primarias (el lugar, el tiempo, la masa) pueden aportarnos evidencia, porque tienen que ver con una de las evidencias básicas de Descartes: que la materia es extensión.
            Analicemos la caída de los cuerpos. Dividámosla en sus partes más sencillas: nos quedarán precisamente esas variables, lugar, tiempo, masa. Esto que Descartes llamaba análisis lo llamaba Galileo “resolución”; separar, aislándolas, las distintas variables es resolver un problema en sus partes más sencillas, algo así como tener todas las piezas de un puzle; para el investigador es tener piezas que nos valen y piezas que no, como si estuvieran mezcladas las piezas de varios puzles y nosotros sólo tuviéramos que seleccionar las que nos sirven; Galileo se quedó con el espacio y el tiempo, pero despreció la masa. ¿Cómo lo hizo? Tirando desde la torre de Pisa objetos de varios tamaños y pesos, o haciéndolos rodar sobre un plano inclinado; hasta que comprobó que la masa no influía en la velocidad de la caída de los cuerpos.
            Una vez que ha separado las piezas que le sirven las tiene que juntar, y debe descubrir qué operaciones necesita para unirlas: síntesis. Galileo lo llamaba “composición”. ¿Cómo debemos componer, o ensamblar, esas variables para que nos den la fórmula que buscamos? ¿Sumándolas? ¿Restándolas? ¿Dividiéndolas? Galileo descubrió, experimentando, que se trataba de una división si lo que buscamos es la fórmula de la velocidad, o de un producto si se trata de movimientos uniformemente acelerados:
Velocidad = espacio / tiempo
            Al hacer todas esas cosas que iba haciendo, para poderlo repasar todo varias veces y asegurarse de que no se había olvidado de nada: enumeración. Ya está. El método de Galileo es, en el fondo, el mismo método que utilizaba Descartes; sólo que al análisis y la síntesis Descartes añadía dos pasos que Galileo hacía también pero de manera implícita: la duda y la evidencia.


2.3. El ejemplo del mecánico.

            El coche no funciona: tengo que llevarlo al taller. Si supiera lo que le pasa se lo diría al mecánico y entonces el mecánico sabría por dónde tiene que empezar, pero no lo sé. De modo que el mecánico tiene que desmontarlo hasta dar con algo que no esté como debe estar. Y cuando da con una pieza defectuosa la cambiará y luego lo montará todo de nuevo. Desde que empezó hasta que terminó debió anotar todos los pasos que iba dando para evitar que al montarlo todo le sobrara ni le faltara ninguna de las piezas que tenía. Desmontar (análisis), montar (síntesis), apuntar (enumeración): aquí tenemos los pasos del método cartesiano.
            Pero en realidad las cosas no suceden así. Los mecánicos no desmontan a ciegas hasta que aparezca la avería. Desmontan ya con una idea preconcebida que les va orientando sobre qué partes deben desmontar y cuáles no. ¿Se me apagan las luces del coche? Voy a mirar las bombillas; o si no la batería, o el alternador, por ese orden: de lo más fácil a lo más difícil, de lo sencillo a lo complejo. ¿Pierde agua? Voy a mirar en los manguitos, y si no está ahí el problema desmontaré la junta de la culata. ¿Suelta demasiados humos? Voy a ver el tubo de escape, o si no miraré las revoluciones del contador. Si el cliente le da una pista, el mecánico desmontará por donde le dicen; si no le da ninguna tendrá que hacer el mecánico algunos tests para saber por dónde puede empezar; pero lo que no va a hacer el mecánico es desmontar a ciegas; desmontarlo todo y ver pieza por pieza cuál está averiada.
            Hempel insiste en ese detalle: el investigador sólo hace análisis y síntesis a partir de una hipótesis, de una idea probable acerca de lo que pasa; recopilar datos a ciegas, como parece proponer Francis Bacon, es gastar demasiadas energías para poca cosa; la recopilación se guía, y eso la hace más económica, por las hipótesis que manejamos. No buscamos en los datos la idea que solucionará el problema, sino que buscamos primero una idea que nos orientará en la búsqueda de los datos.

2.4. La iglesia de Segovia.

            Había en un pueblo de Segovia una iglesia románica que gustó mucho a un norteamericano. La compró. Para llevársela a su país tuvo que desmontarla, piedra por piedra, embarcarla y volverla a montar. Ésta era la tarea:
            Primero desmontar.
            Segundo, numerar cuidadosamente las piedras para saber cuál era el sitio exacto que debía ocupar cada una.
            Tercero, montarlas de nuevo.


3. Crítica.
3.1. La iglesia.

            Desmontar: análisis. Montar: síntesis. Y enumeración. Pero el montaje de las piedras en América no juega aquí el mismo papel que jugaba la composición de Galileo; en Galileo se trataba de crear una fórmula uniendo, pegando literalmente, cada una de sus partes; en el ejemplo de la iglesia esa síntesis correspondería al plano del edificio; el montaje de las piezas sería más bien lo que Galileo llamaba “comprobación”; comprobar algo es asegurarse de que la realización corresponde a lo proyectado, que el edificio construido es un calco del que hay idealizado en el plano.
            La enumeración no es sólo identificar cada una de las piedras que hemos desmontado para volverlas a montar después; es contar los pasos que hemos ido dando para hacerlo y distribuir las piedras clasificadas en los montones para que podamos montarlas. De modo que aquí la síntesis está al principio y hay una doble síntesis: el templo real y el templo ideal. El análisis (el desmantelamiento) viene después. Este desmantelamiento debe hacerse anotando cada piedra con el mismo número que tenía en el plano para poder localizar después el sitio exacto donde la debemos montar.
            El ejemplo de la iglesia no sirve para ilustrar el método cartesiano: la síntesis no viene aquí después del análisis sino antes; y la síntesis inicial, que sirve de mapa o guía, no debe confundirse con la síntesis final, que es la propia iglesia edificada de nuevo.

3.2. Parménides y Galileo.

El ejemplo de Parménides contiene exactamente los mismos pasos que el de Descartes, pero el de Galileo contiene uno más: la comprobación. Galileo, después de descubrir la fórmula que buscaba, necesita comprobar que la realidad es así; y para eso necesita deducir conclusiones que permitan predecir situaciones nuevas en las que poder observar si se realiza la hipótesis; por ejemplo, si velocidad es igual a espacio partido por tiempo, dividiendo el espacio recorrido por el tiempo tardado en recorrerlo en distintos medios (al aire, el agua, el vacío) deberíamos obtener diferencias en la velocidad; y si un cuerpo se mueve  a 10 kilómetros por hora, si ha recorrido cien kilómetros en dos horas, al reducirlo a la unidad debería darnos la misma velocidad; y no es el caso en el ejemplo elegido, luego tiene que haber un error en alguna parte. Y si Galileo hubiera podido medir velocidades astronómicas, habría comprobado que dos velocidades que se añaden no siempre dan por resultado una velocidad que es la suma de las velocidades iniciales, como comprobó Einstein con la velocidad de la luz.
El método de Descartes, a diferencia del de Galileo, carece de comprobación, y ése es su gran fallo; por eso se equivocó tantas veces mientras Newton acertaba. El error no está en imaginar hipótesis; el error está en no comprobarlas.



3.3. Galileo y el mecánico.

            Normalmente no analizamos las cosas para ver qué hay en ellas; cuando las analizamos suele ser porque buscamos algo. “Sólo se busca lo que se conoce”, decía la policía francesa, y puede parecer paradójico; pero eso no significa que conozcamos lo que buscamos antes de buscarlo, sino que conocemos qué es lo que queremos buscar: conocemos el problema que hay que resolver, no la solución; para descubrir la solución tenemos que aplicar un método, el método que estamos buscando.
            Por lo tanto antes del análisis hay que plantear un problema (o de lo contrario caeremos en la búsqueda ciega que le reprochábamos a Bacon). Llevamos el coche al mecánico y le decimos qué es lo que falla. O vamos al médico y le decimos qué es lo que nos pasa: él buscará hipótesis para dar con la causa.
            En otras palabras, antes del análisis tiene que plantearse un problema, y después de la síntesis tiene que haber una comprobación.

4. Conclusión.

            No parece que el método de Descartes funcione demasiado bien. Pienso que, como él plantea, toda búsqueda debe empezar por unas evidencias que guíen nuestra búsqueda, pero evidencias empíricas, físicas, no metafísicas; las evidencias de Descartes son como el marco de un cuadro, que siempre debe estar ahí para que el cuadro destaque; pero cada investigación es un cuadro distinto y debe hacer su propia pintura; y, con el mismo marco, debe tener un contenido diferente: de ahí que junto a las evidencias cartesianas deba haber otras evidencias que funcionen como axiomas en cada ciencia, en cada rama del saber, en cada problema concreto; y dentro de ellas debe haber dudas que cristalicen en hipótesis.
            Y tenemos que empezar por un problema; si no planteamos problemas descubriremos cosas por casualidad, y eso también sucede: pero no debe ser la norma. Cuando tenemos un problema lo primero que tenemos que hacer es analizarlo; y si a lo largo de la tarea logramos unir algunos de los elementos que hemos separado para formar una hipótesis, nuestra búsqueda dispondrá de un faro más potente que la pregunta o problema de donde arrancábamos. No es lo mismo decir “¿por qué llueve?” que decir “¿es la condensación de las nubes la causa de las lluvias?” La primera pregunta (el planteamiento del problema) es un faro mucho más tenue que la segunda (formulación de una hipótesis).


            Conviene, eso sí, anotar los pasos que vamos dando; enumerarlos; por pura precaución. Y después hay que extraer de las hipótesis consecuencias que nos permitan predecir fenómenos inobservados; y someterlos a contrastación.
            De modo que los pasos del método ideal deberían ser éstos: duda; evidencias-marco; planteamiento del problema; análisis; enumeración; síntesis (hipótesis); predicciones; comprobación.
            Hay dos tipos de problemas: de comprensión y de generalización. No es lo mismo estudiar un fenómeno que estudiar si ese fenómeno se produce siempre. Veamos algunos ejemplos.
            He observado que hay animales con pelo: perros, gatos, liebres, sí, pero también moscas, mariposas y arañas. Me fijo en que los perros y los gatos tienen tetas y las moscas no; entonces digo que todos los mamíferos tienen pelo, y me desentiendo de los insectos y las arañas. Los observo bien, me acerco a sus cuerpos, los analizo al detalle; podemos decir que analizar dignifica aquí mirar con una lupa; o, como se dice comúnmente, enfocarlos con el zoom. Ya no se trata de dividir las cosas en partes, cortarlas en trozos y separar esos trozos para poderlos estudiar aisladamente; se trata de separar con la mirada acercándome a ellos, no separar con el bisturí para verlos a simple vista sin acercarme. De todas formas la palabra “analizar” significa lo mismo en todos los casos: separar, aislar un plano de detalle del conjunto. Podemos separar las cosas físicamente (desarmándolas) o sensorialmente (acercando los conjuntos para ver sus partes); o incluso mentalmente (separando las ideas que dependen unas de otras).
            Yo veo una mosca: y tiene pelo. Ahora veo un gato: también tiene pelo. Puedo analizar la composición del pelo del gato y de la mosca para ver si es el mismo; paralelamente observo también que el gato es mamífero y la mosca no: lo observo en la presencia o ausencia de tetas. La siguiente pregunta es: ¿en todos los mamíferos es igual? Observo y analizo otras especies de mamíferos y concluyo que sí: es la fase inductiva. De modo que muchas veces para comprender un fenómeno tengo que generalizar a partir de lo que observo; o sea que el análisis va de la mano de la inducción muchas veces.
            Todas estas cosas no las encontramos en Descartes. Su método carece de contrastación sistemática, lo que le impide controlar bien las hipótesis; y no puede discernir bien lo que es una explicación del fenómeno que se estudia de las metáforas científicas. Por eso Newton tuvo que recordarle que debía tener cuidado con las fantasías, que la ciencia no es literatura; “yo no imagino hipótesis”, le dijo: “hypotheses non fingo”. El científico debe tocar tierra cada vez que levanta el vuelo; al revés que el poeta; al revés que el filósofo.
            El método de Descartes es correcto: pero insuficiente. Hay que analizar y crear, pero también comprobar. El análisis es una colecta de datos motivada por un problema; y cuando llega a un grado mayor de complejidad se convierte en una colecta de datos guiada por una hipótesis. Descartes incurre en varios errores:
El primero, no avisar de que el análisis debe ser precedido por el planteamiento de un problema.
El segundo, no advertir de que, cuando el análisis tropieza, hay que sintetizar una hipótesis para poder proseguir con él.
El tercero, no avisar tampoco de que al análisis suele revestirse de inducción; el primero nos desvela una estructura, el segundo nos advierte de si la estructura es compartida o no por un grupo de individuos.
Esas imprecisiones hacen que el método cartesiano empiece siendo riguroso y acabe encallando en la fantasía; que es falta de rigor, no lo olvidemos, y confunda las ideas con la realidad, el mundo con la ficción; y se acabe convirtiendo la ciencia en ideología.
  










viernes, 14 de julio de 2017

EL MÉTODO AXIOMÁTICO






            Un día escribí algo sobre el método científico y mi amigo Eloy me hizo darles más vueltas a las cosas; ampliar la perspectiva con la que yo las había enfocado en un principio; las líneas que siguen son producto de esa incitación a pensar que viene de él, y  por eso se las dedico con todo cariño, rogándole que no deje nunca de criticar; la crítica es la única arma que tiene la razón.
 

 
EL MÉTODO AXIOMÁTICO
  
            Las ciencias formales (fundamentalmente lógica y matemáticas), a diferencia de las empíricas, utilizan el método axiomático: plantean unas cuantas verdades básicas (tienen que ser muy pocas), y a partir de ellas deducen teoremas; a esas verdades las solemos llamar axiomas (es decir afirmaciones que se admiten sin discusión; que son tan evidentes que no hace falta demostrarlas). A partir de unos pocos axiomas, pues, mediante cadenas deductivas, podemos deducir toda la geometría de Euclides; dentro de ella encontramos el teorema de Pitágoras, el teorema de Tales, el teorema del cateto y un largo etcétera.
            Para entenderlo bien vamos a ilustrarlo con un ejemplo; uno que es gráfico y sencillo: la filosofía de Parménides; filosofía axiomática donde las haya (aunque tengamos que esperar hasta Aristóteles para que se popularice el término “axioma”). Parménides parte de dos principios: primero, que el ser es; y segundo, que el no-ser no es; estos dos axiomas son tan evidentes que a cualquiera le parece una estupidez preocuparse por ellos; son tan claros que a nuestra mente le parece una pérdida de tiempo pensarlos: y es lo que nosotros vamos a hacer ahora; pensemos en ellos; nos sorprenderá que de lo que no se puede dudar se pueden desprender consecuencias dudosas; y asombrosas.
            Para ello baste con preguntarnos cuántos seres hay. Intentemos responder a esa pregunta: si hubiera más de uno, ambos estarían separados; y ¿qué es lo que puede separar a dos trozos de ser? Un trozo de no-ser, por supuesto. Pero el no-ser no existe: por lo tanto el ser no puede estar fragmentado en trozos, ser sólo hay uno; aunque la experiencia nos diga que el mundo está hecho de múltiples seres que nos rodean. El primer teorema de la axiomática de Parménides, que ser sólo hay uno, contradice a la evidencia sensorial, pero concuerda con la evidencia racional: la experiencia y el pensamiento van por caminos distintos; junto a las cosas que pensamos y que están conformes con la realidad, tenemos que admitir que hay pensamientos que contradicen a la experiencia. ¿A quién debemos creer? ¿A la experiencia o a la razón? La experiencia me indica que el sol gira alrededor de la tierra, pero la razón nos dice que es al revés.
 

             Prosigamos. Hagámonos ahora otra pregunta: ¿el ser se mueve? Intentemos responder; y hagámoslo, como antes, partiendo del único sitio del que estamos autorizados a partir; de nuestros dos axiomas. Si el ser se moviera ¿hacia dónde iría? Hacia el no-ser. Pero el no-ser no existe; luego el ser no se mueve. Nuevamente la experiencia nos muestra que casi todo es movimiento a nuestro alrededor; pero la razón nos dice que nada se mueve. ¿A quién creemos? Vivimos en un mundo de apariencias que no siempre corresponden a la realidad; y tenemos dos guías, uno que nos lleva por la apariencia y otro que, traspasando el velo de lo aparente, nos lleva a la lógica de lo real; veo que la cuchara parece que está doblada cuando la meto en un vaso de agua: ¿me debo fiar de lo que veo, o de lo que pienso? Veo que el sol es del tamaño de una naranja, pero la razón me dice que es mucho mayor que la tierra. Y veo que el mismo objeto que es pequeño cuando lo miro de lejos se vuelve grande cuando lo veo de cerca, pero la lógica me dice que, esté lejos o cerca, su tamaño no cambia. También pruebo una fresa y veo que sabe a fresa, pero a veces siento sabor a fresa y lo que como no es una fresa: es un caramelo con saborizante.
            La razón nos dice que de las apariencias sólo podemos fiarnos cuando concuerdan con ella, y su lógica es el método axiomático. Partiendo de dos axiomas (el ser es y el no-ser no es) hemos llegado a dos teoremas: que no hay pluralidad de cosas en el mundo y que nada se mueve. Lo hemos descubierto razonando. Un razonamiento es una operación mediante la cual sacamos una conclusión de unos argumentos; a esos argumentos los llamamos premisas, porque vienen antes de la conclusión (literalmente, “lo que ponemos antes”: ése es su significado en latín). Las premisas de cualquier razonamiento son conclusiones de un razonamiento anterior; las cuales, a su vez, lo son de otro que alguien ha hecho antes, y así sucesivamente. Remontando hasta el final en esta cadena deductiva encontraremos premisas que no son conclusiones de nada: ésos son los axiomas. Los axiomas pueden ser evidencias que no necesitan ser demostradas (como que cinco minutos antes de morir todavía estaré vivo) o convenios más o menos arbitrarios. En el lenguaje común a las evidencias las llamamos verdades de Perogrullo o, simplemente, perogrulladas: imaginemos la cara que pondrían los padres de un alumno cuando se enteran de que en clase de filosofía (o de matemáticas) aprenden cosas tan interesantes como que si la luz está encendida es porque no está apagada.
            Prosigamos. Con el ejemplo de Parménides nos hemos acercado a axiomas evidentes, que eran los que usaban los griegos (volvamos a Euclides: el todo es mayor que la parte; o a Aristóteles: entre la verdad y la falsedad no hay nada). Hoy la ciencia utiliza axiomas que no tienen por qué ser evidentes, y que se definen de manera operativa o son el resultado de un convenio. Para entenderlo podemos pensar en un juego: por ejemplo el ajedrez. El que lo inventó pensó que su funcionamiento se regulaba por varios axiomas; citemos uno de ellos:
(p → d) ˄ ¬(p → ¬d) ˄ (d’ → ¬d) ˄ ((p ˄ c) → d’)
            Vayamos por partes: (p → d) significa que los peones se mueven hacia adelante; ¬(p → ¬d), que ningún peón se mueve en ninguna dirección que no sea hacia adelante; (d’ → ¬d), que la diagonal forma parte de las direcciones que no van hacia delante; y ((p ˄ c) → d’), que si un peón come, es siempre en diagonal.
            Hay tantos axiomas como figuras en el ajedrez. Si un jugador mueve una pieza sin respetar las instrucciones de los axiomas, está jugando mal. Podrá hacer que todas las fichas se muevan en diagonal, pero entonces ya no tendrá sentido que tengan formas diferentes; y con el cambio de morfología sólo habrá dos figuras básicas: la blanca y la negra; habrán cambiado los axiomas y con ellos las figuras, y entonces ya no estaremos jugando al ajedrez, sino a las damas. Del mismo modo una teoría científica es un juego de axiomas del que se desprende una multitud de teoremas; si alguno de los teoremas contradice a alguno de los axiomas, nos habremos metido en una teoría bien distinta, aunque creamos que no nos hemos salido de la misma; como aquel jugador que, en pleno partido, coge la pelota con la mano; si sigues jugando al fútbol el árbitro pitará falta, y si  no pita, es que ya no estás jugando al fútbol, sino al rugby. Del mismo modo la teoría de la gravitación de Newton reposa sobre tres axiomas: el principio de la inercia, la definición de la fuerza como producto de la masa por la aceleración, y el principio de acción y reacción. De estos axiomas se deriva la consecuencia de que dos velocidades que se suman (por ejemplo un viajero que anda dentro de un tren en marcha) dan como resultado una velocidad mayor. Si al calcular movimientos en el espacio encontramos velocidades que se suman sin que el resultado sea mayor que los sumandos, es que ya no estamos en la teoría de la gravitación, sino en la de la relatividad; y no estaremos en el juego de Newton, sino en el de Einstein; y, una de dos, o han cambiado los axiomas, o hemos añadido uno que nos faltaba.
 

             Hagamos, en este punto, un pequeño inciso. Cada científico descubre sus propias leyes usando el método hipotético-deductivo (ya sabes, el del pis de los angelitos). Galileo descubrió la ley del péndulo, y la de la caída de los cuerpos; Kepler, la de las órbitas elípticas y la relación de la distancia con el período; Descartes, la de la cantidad de movimiento; y así sucesivamente. Cada ley es como un juguete, y el niño, cuando juega con ellos, no los guarda siempre en los mismos cajones (los cajones que les corresponden). El científico que descubre leyes es como el niño que juega con juguetes; y el que descubre teorías es como la madre que los coloca todos después de haber jugado con ellos. El método hipotético-deductivo nos permite descubrir cosas sobre la realidad; el método axiomático nos ayuda a ordenarlas; Newton axiomatizó la ciencia de su época: matematizándola más allá de donde llegaba Galileo. Euclides axiomatizó (ordenó) la geometría, Peano hizo lo mismo con la aritmética, Russell y Hilbert con la lógica… Pero toda axiomatización (es decir toda teoría) es una colocación provisional de la ciencia; siempre podemos descubrir un armario que nos venga mejor que el que estábamos utilizando: la relatividad mejoró la gravitación, las geometrías no-euclídeas mejoraron a Euclides, Hilbert mejoró a Russell y las lógicas paraconsistentes (como en Lesniewski o Newton da Costa) mejoraron la lógica bivalente que hemos heredado de Aristóteles. Y si alguien se atreve a decir que una teoría vale para siempre estará metiendo la pata: como Kant cuando dijo que la lógica había salido ya completamente acabada de la cabeza de Aristóteles (y lo dijo un poco antes de que Peirce, Morgan y Boole empezaran a matematizar la lógica).
            Lewis Carroll[i] hace decir a Alicia, desde el otro lado del espejo, que la cuestión es saber quién tiene razón; y le contesta Humpty Dumpty que la cuestión es saber quién manda. (El primer Wittgenstein seguiría luego la lógica de Alicia, y el segundo la de Humpty Dumpty; la sintaxis y la semántica se transformarán, con él, en pragmática). Creemos que nos asiste la razón cuando hacemos ciencia, y lo que llamamos razón es sólo una parte de la razón; Aristóteles creía enunciar una razón universal cuando afirmaba que entre lo verdadero y lo falso no había posibilidades intermedias: hoy sabemos que sí las hay, y que la verdad es borrosa; la bivalencia aristotélica nos ha permitido construir ordenadores, pero necesitamos una lógica difusa para construir sistemas expertos (que en un futuro se convertirán en androides). La ciencia, buscando leyes, es libertad; pero ordenándolas (y ahí está el método axiomático) parece perderla: no es así; cada nueva teoría tendrá que dejar paso a una más nueva porque, como nunca paran de crecer, siempre necesitarán armarios; como el niño que un día se ahoga en la cuna y empieza a necesitar una cama; y, corriendo los años, la cama de matrimonio sustituirá a su vieja cama de soltero y después, un poco más tarde, ya no le bastará cambiar de cama sino que tendrá, también, que cambiar de casa. La ciencia siempre se está cambiando de casa. Y es que no puede parar. 




[i] Lewis Carroll, A través del espejo, Ediciones del Sur, Córdoba, Argentina, capítulo VI, p. 88.

sábado, 6 de agosto de 2016

El pensamiento y sus evidencias




EL PENSAMIENTO Y SUS EVIDENCIAS  

 

I.
PREÁMBULO.
(Recuento de algunas cosas que nos sabemos ya).

1. El pensamiento y la razón.
            El pensamiento es el ejercicio de la razón sobre la experiencia. La razón es la capacidad de sacar conocimientos nuevos a partir de conocimientos viejos. Los conocimientos viejos son la experiencia acumulada que llamamos cultura, y es conciencia muchas veces latente en el subconsciente; los conocimientos nuevos son contenidos implícitos de la cultura, que sabemos sin saber que los sabemos, porque todavía no los hemos buscado en el inconsciente; son, por lo tanto, latidos ocultos de la cultura, que todavía no hemos llevado a la conciencia. Los contenidos de la cultura que empleamos en los razonamientos son premisas, porque los ponemos por delante; y a los que sacamos de las premisas los llamamos conclusiones. La razón es la capacidad de sacar conclusiones de las premisas. El razonamiento es el ejercicio de la razón.

2. La intuición y el razonamiento.
            La intuición es un razonamiento inconsciente; una conclusión que sentimos aparecer en nuestro conocimiento sin conocer las premisas de donde ha salido. Las conclusiones que aparecen en nuestra conciencia a partir de premisas de las que también somos conscientes proceden de eso que en adelante llamaremos razonamiento: a secas; y que pueden ser lógicos y analógicos; los primeros pueden ser, a su vez, inductivos y deductivos. Las dos formas de la razón son, por lo tanto, la intuición y el razonamiento.

3. Las evidencias o los aprioris.
            Pero hay otra forma de intuición que es luz inteligente que alumbra conocimientos sin sacarlos de ninguna premisa. Podemos considerarla conocimiento a priori, y hay dos tipos de aprioris: los de la naturaleza y los de la cultura. Los aprioris culturales son evidencias adquiridas que nosotros solemos creer innatas: el principio de contradicción puede ser una de ellas; en las lógicas no aristotélicas se acepta la contradicción, que Aristóteles rechazaba; las lógicas de Lorenzo Peña, Lesniewski o Newton da Costa reposan sobre un a priori cultural no aristotélico: la contradictorialiedad y el rechazo de la bivalencia; son lógicas paraconsistentes, producto del siglo XX y no de la antigüedad clásica.
            El principio de identidad también se ha confundido siempre con un a priori natural, cuando la realidad es que sólo procedía de la cultura. La observación más sencilla me muestra que yo, a los sesenta años, y más aún a los noventa, no soy el mismo que era a los dos meses, aunque me empeñe en inventar un fondo común que concibo como la misma persona que varía a lo largo del tiempo. ¿Qué es lo más natural? ¿Pensar que soy el mismo o pensar que he cambiado? La historia se ha agarrado al primer pensamiento, pero el segundo no es menos natural que el primero. El principio de no contradicción se ha impuesto como un universal de la naturaleza, excluyendo al de contradicción, que no es tampoco menos universal; si el uno no se hubiera impuesto a costa del otro habría sido, seguramente, un a priori de la naturaleza; pero como lo ha excluido no ha pasado de ser un a priori de la cultura; un a priori histórico.
            ¿Existen los aprioris de la naturaleza? ¿Aquellos que son tan universales que ninguna cultura puede poner en duda? ¡Quién sabe! En el conocimiento del ser se pueden postular esas evidencias. De momento podemos admitir que existen las evidencias naturales; aquellas intuiciones que no se nos ocurren porque nos parecen incuestionables, y ese prejuicio latente nos prohíbe ponerlas en duda. Quizá existan tales evidencias en el terreno moral. En el terreno teórico hay que buscarlas. Y en el de la belleza es muy posible que sean culturales los cánones estéticos que siempre hemos creído naturales; las diversas culturas no tienen el mismo sentido de la belleza.

4. La inteligencia.
            La inteligencia sería el conjunto de la razón y la evidencia. Si existieran las evidencias naturales seríamos aristotélicos, platónicos o cartesianos. Si no existieran no le quedaría más remedio a nuestro pensamiento que ser hipotético-deductivo. Pero siempre cabe la posibilidad de descubrir, un día, que existe el pensamiento categórico-deductivo; que nuestras deducciones reposan sobre evidencias de la naturaleza. 

 

5. La conciencia y el inconsciente de la cultura.
            Mientras no aparezcan tales evidencias (que podemos llamar universales del pensamiento, trascendentes a toda cultura), podemos considerar que la razón es lo mismo que la inteligencia; las intuiciones serían razonamientos inconscientes, y la inteligencia, razonamientos de la conciencia. Pero si un día aparecen tendríamos que distinguirlas: la inteligencia sería la razón emanando de la evidencia, y la razón se escindiría en intuición e inteligencia. De momento, mientras no se descubran esas evidencias de la razón (que serán evidencias prerracionales, no irracionales: requisitos previos a toda razón); mientras no se descubran, pues, tendremos que admitir que las evidencias son contenidos de la cultura que han podido colocarse en el punto de partida de la razón (axiomas); frente a esos otros contenidos (teoremas) que son los eslabones de la cadena deductiva, y que un día fueron puntos de llegada de anteriores deducciones, de anteriores cadenas.

6. Lógica y experiencia.
            El pensamiento abarca la lógica, la experiencia, la ética y la estética. En lógica utilizamos evidencias culturales (los primeros principios de los que ya hemos hablado). Nuestra experiencia utiliza evidencias que están cambiando (antes parecía natural distinguir entre materia y energía, ahora hablamos de campo; Aristóteles hablaba de seres, y los estoicos, y después el propio Einstein, de sucesos; las sustancias se van convirtiendo en los accidentes; como decía Mach, la materia desaparece).

7. Estética y moral.
            Las evidencias estéticas son los cánones de belleza; que, lejos de ser universales, ya vamos sospechando que cada cultura tiene las suyas. Y las primeras evidencias éticas son las intuiciones del bien y de la justicia: cada sociedad, y dentro de cada sociedad, cada clase, y por encima de todas las clases, cada persona, y dentro del paso del tiempo, cada época, tiene las suyas. ¿Existe un sentimiento del bien, más que una idea, que podamos decir que trasciende a todas las sociedades y todas las épocas? Probablemente sí; pero de existir ¿sería una evidencia universal, o solamente un postulado de nuestra época? 


 
 
II.
LAS INTUICIONES.

1. La intuición intelectual. (Acerca de si es posible estar seguro de la verdad: las evidencias intelectuales).
            Evidencia es lo que se ve sin necesidad de dar explicaciones; se ve por sí solo, sin intermediarios, como el amor a primera vista. Un intermediario es una razón o argumento, pues bien: es evidente lo que se entiende sin argumentar. Nadie me tiene que explicar por qué la puerta abierta no está cerrada, por qué la distancia más corta entre dos puntos es la recta ni por qué el rojo despierta pasión.
            La razón funciona por evidencia y por demostración. La evidencia es una iluminación (San Agustín), una bombilla que se enciende (metáfora del cómic), un Eureka (Arquímedes), una comprensión súbita (psicología de la Gestalt). Y una demostración es una búsqueda de intermediarios para comprender lo que a primera vista no hemos entendido. Ejemplo de evidencia: que cinco minutos antes de morir todavía estaré vivo. Ejemplo de demostración: que si los mamíferos tienen pelo y las ballenas son mamíferos, entonces las ballenas tienen que tener pelo. Siempre me he preguntado si el cogito cartesiano del “pienso, luego existo” es una evidencia o una demostración.
            La razón piensa en la demostración, pero siente en la evidencia; por eso son tan racionales el pensar como el sentir. (A menudo las evidencias son corazonadas, certezas, presentimientos; siento que fulanito está en lo cierto, pero no sé decir por qué; y siento que puede ponerse a llover de un momento a otro por razones evidentes que no me han llegado a la conciencia, pero mi inconsciente lo sabe y no sabe por qué; sin embargo no siento que sea verdad el teorema de Pitágoras: me lo tienen que demostrar). 

 
 2. La intuición artística. (Acerca de si son posibles las evidencias estéticas).
            Intuir es leer dentro de las cosas como inteligir es leer entre ellas. Captar de un plumazo la realidad. Son las luces de la razón convertidas en sentimiento, que no otra cosa es la intuición; la evidencia. ¿Existen evidencias estéticas? ¿Hay un concepto universal de belleza? Los griegos creían que sí: cuando sentían armonía en las cosas las analizaban y resulta que encontraban ángulos rectos, el canon de Policleto, la sección áurea. ¿Por qué es armonioso el Partenón? Por su geometría; y la geometría es universal; un ángulo recto es recto para todos.
            Pero no siempre ha sido así. Yo veo una mujer guapa: para otro es fea. A mí me gusta por ser rubia: él la prefiere morena. A mí me gusta la piel pálida: a otro le gusta bronceada. ¿Existe una belleza universal? ¿Que sea bella para todos? No: los latinos las prefieren morenas, los anglosajones de piel clara. Tenemos una idea de lo que es bello y creemos que es la misma para todos, pero cada pueblo, cada sociedad, cada época tiene sus modelos; sus modelos y sus modas; y cada uno cree que lo suyo es lo perfecto y los demás han elegido lo imperfecto; o sea lo feo, y a eso lo llamamos mal gusto: ¿el mal gusto es una bofetada a la belleza o es una belleza distinta de la que me gusta a mí?
            Si hubiera una belleza universal sería la misma para todos; y al coincidir todos en el mismo gusto sería un a priori de la razón, una intuición estética. Pero si cada uno tenemos nuestro gusto particular y al mismo tiempo todos apreciamos lo que compartimos con los demás, será que compartimos los mismos aprioris sociales, que son las costumbres comunes que nos han inculcado desde que nacimos; y así, a unos les gustan las chilabas y a otros las americanas y a otros los chándals y las deportivas. Esos gustos ya no son racionales, porque no nos ponemos de acuerdo en ellos, porque no los podemos compartir de manera incondicional. El gusto universal es un a priori de la razón, una evidencia estética. ¿Existe? ¿No es un ideal que buscamos detrás de las costumbres de nuestro pueblo, un ideal inalcanzable, una utopía? 

 
 3. La intuición moral. (Acerca de si son posibles las evidencias morales).
            ¿Intuimos todos lo que está bien y lo que está mal? ¿Podemos ponernos de acuerdo en ello? ¿Hay evidencia de lo bueno en los corazones de todo el mundo? Las evidencias de la moral, iguales para todas las personas y para todos los pueblos, serían evidencias de la razón. Pero si cada uno cree buenas cosas diferentes unas de otras, dependiendo de la educación que le hayan dado en el país donde ha nacido, entonces la moral no procede de la razón, sino de la costumbre; y eso no se puede aceptar (David Hume lo llamaba falacia naturalista).
            Si yo creo que es bueno someter a las mujeres es porque el pueblo donde nací lo considera normal; un ideal de conducta, vamos. Si tú crees que las mujeres deben vivir libres porque así es como te han educado, tampoco será un ideal de todos: sino solamente de tu pueblo. ¿Cuál de los dos ideales es preferible? ¿Hay algún concepto de bien, algún ideal de justicia, que sea preferible a todos los demás?
            El ideal moral, que es lo que entendemos por bien, no procede de la razón, dice Hume: sino del sentimiento. Pero hemos visto que la razón ve las cosas sintiendo o las ve pensando: a lo primero lo llamábamos intuición; a lo segundo, argumento. El bien moral probablemente no es algo que se pueda argumentar, pero lo intuimos sin excepción, o sea que lo sentimos de la misma forma todos los seres humanos: es una convicción profunda, no una demostración rmediada. El bien moral es una intuición de la razón; como el ideal de belleza; como las evidencias lógicas.
            Descartes no consiguió encontrar ninguna evidencia moral que pudiera fundamentar nuestras acciones; por eso se contentó con una moral provisional. Pero Kant sí lo consiguió: la encontró en el imperativo categórico, que es algo así como el principio de empatía intelectual. Y también la encontró Sócrates: la encontró en el intelectualismo moral. Así, cuando defendemos la libertad de las mujeres frente a aquellos que creen natural y lógico que vivan sometidas, no estamos imponiendo los valores europeos frente a los valores del islam (por poner un ejemplo); no estamos imponiendo los valores de una cultura sobre los valores de otra (lo que sería etnocentrismo); sino que imponemos, lisa y llanamente, a la visión estrecha de una cultura, la visión amplia, universal y necesaria, de toda la humanidad.

III.
CONCLUSIÓN.
            El relativismo moral no sería aceptable. ¿Lo sería el relativismo estético? ¿Lo sería el relativismo intelectual? ¿Existe una verdad para todos, o cada pueblo tiene su propia verdad? Que el corazón hable: frente a los argumentos racionales, compartimos todos las mismas intuiciones de la misma racionalidad. Podemos equivocarnos al pensar con razones; pero al sentirlas, no.