sábado, 11 de febrero de 2017

El escritor y sus lectores





EL ESCRITOR Y SUS LECTORES

 

      El escritor se sienta ante la mesa y busca las palabras. Sabe lo que quiere escribir, pero no sabe cómo: ni los sentimientos se dicen, ni las sensaciones tampoco. Puedo decir lo que es un color rojo pero eso no despertará mi sensibilidad ante el rojo; puedo hablar de su longitud de onda, de su lugar en el espectro electromagnético, justo antes del infrarrojo: y me quedaré frío. Pero si hablo del color intenso de la sangre; del hondo latir del corazón; del estallido de las amapolas en el campo; de la sandía abierta en una tarde de verano, palpitando con las pepitas clavadas como balas; si me inundo en las metáforas hasta que flote mi sensibilidad, arrancándola al vacío, y hundo en ella una borrachera de sensaciones: entonces podré sentir las cosas. No con el concepto, sino con la metáfora. No diciendo, sino mostrando. Decir las cosas es evocar su nombre sin su presencia, como cuando hablo de un color sin sentirlo, nombro un sabor sin que me tiemblen las papilas o designo los olores sin que se estremezca mi pituitaria. El científico habla de las cosas sin que sus nombres lo conmuevan; pero el artista saca las cosas de la carcasa de sus nombres y nos las trae aquí, en su pura presencia, nos las mete por los sentidos, por los poros de la piel, por el cuerpo, las saca de la corteza, las mete en el tálamo, en la amígdala,  nos deja a solas con ellas para que floten desnudas, sin ropa, sin palabras ni conceptos, y lleguemos a flotar con ellas; hasta que se metan dentro de nosotros como el hilo se mete en la aguja, como el agua se mete en la esponja, como el frío se mete en la frente, por la nariz, buscando los rincones íntimos donde se cuela en las entrañas.
      Las palabras del escritor no sirven para nombrar las cosas: sirven para despertarlas. Como el canto del gallo nos saca del sueño sin que nuestro oído tenga que entender. Tan sólo sentirlo. Como el rugido del volcán nos mete el volcán en el cuerpo hundiendo en nosotros los mismos temblores que hay hundidos en él, desde el corazón de la tierra. Una palabra es un sonido que ponemos en lugar de una cosa sin que se le parezca en nada. Pero el escritor busca parecidos entre las cosas y las palabras, y ya no son conceptos sino referencias, no son cosas designadas; sus palabras son fotos de las cosas, presencias de las cosas, las palabras del artista no dicen nada sobre las cosas, sino que se limitan a mostrarlas, a sentirlas, a hacerlas vivir en nosotros, a expresarlas; porque si en la denotación ponemos significados en los signos, en la connotación ponemos su referencia, sus realidades; y así el escritor, que no dice nada sino que se expresa, cambia las representaciones por presencias; el mundo, que está muy lejos de los conceptos, se mete dentro de nosotros en las metáforas.
      El escritor está solo ante su mesa. Solo ante el papel. Su mano sostiene la pluma y quiere escribir, pero las palabras no salen. El científico busca las palabras en su diccionario y sabe que un insecto tiene seis patas, un mamífero tiene pelo y un átomo tiene electrones; pero ni ha experimentado nunca lo que es andar con seis patas ni ver con ojos poliédricos ni ha sentido las escamas del reptil, ni siente la luz del electrón en su desnuda realidad, cuando da saltos; la luz del electrón puede quemar, pero la palabra electrón no emite luces que queman; y ni siquiera el escritor, que es mamífero, sabe lo que es el pelo del mamífero con sólo nombrarlo, si no se mete en la piel de una ballena, en la coraza de un rinoceronte, en el cuerpo de un gorila, en el pellejo de un elefante. 

 

      El ingeniero, el periodista, el cocinero que escribe recetas, artículos, tratados, no ven las cosas por dentro, no las sienten; tan sólo las nombran sintiéndolas desde lejos, que es lo mismo que no sentirlas. Pero el escritor se mete en ellas. No le basta con decir que los insectos se ahogan en la superficie del lago, sino que busca sentir lo que siente el insecto cuando se está ahogando. Kafka se metió en la piel de un insecto. Escribir es un acto de simpatía universal: meterse dentro de las cosas, sentirlas como si fuéramos ellas, sentir sus vibraciones, temblar con sus temblores, meterse los colores en los ojos y meterse uno mismo en los colores, sentir con el que sufre, gozar con el que goza, llorar con el que llora; porque escribir, en suma, no es hablar de la realidad, sino vivirla a través de las palabras. A diferencia de las metáforas, los retruécanos, las silepsis, las antítesis, las paradojas, el concepto no te hace sentir lo que te nombra. Diríase que el concepto surge de la experiencia, pero es una goma que borra en nosotros la experiencia de la que surge. La metáfora, en cambio, es un líquido que se mete en la esponja que tenemos dentro, un cuchillo que se clava en nuestra carne, un aliento que se mete en la pituitaria; y no sólo hunde la experiencia en el fondo de nosotros sino que la funde con nuestro ser, transformándola en vivencia; la diferencia entre vivencia y experiencia quizá esté en la profundidad con que la vivimos; en la intensidad con que se nos mete en el sentimiento.
      El escritor sujeta la pluma. Está desafiando esa hoja de papel. Desafiado por ella. Quiere escribir, tiene mucho que decir, pero no tiene cómo expresarlo. Como se suele decir, tiene la mente en blanco. Si fuerza las palabras las palabras dirán mucho, pero no dirán nada; no le saldrán versos, sino métrica; no le saldrán rimas, sino ripios; y no será poeta, sino poetastro. El poeta no puede escribir mientras las palabras no salgan. Y es que (a diferencia del científico) el dramaturgo, el novelista, el poeta (el artista) no es dueño de sus palabras; se pone a escribir, forzándose a sí mismo, sin que el verbo fluya; y cuando eso pasa no siente el placer de la escritura. Hasta que, a fuerza de escribir sin entusiasmo, siente de repente que el verbo fluye. Ha habido un clic, un momento a partir del cual las palabras salen solas; escribir sin inspiración es como arrancar un coche en el invierno frío; hay que saber torear el frío para calentar su mecanismo, preparar el motor para que arranque, mantener el arranque sin que se ahogue, y luego acelerar sin dejar que cale; el escritor debe arrancar el verbo y sacarlo del silencio en el que duerme; para eso utiliza las palabras; las palabras (sus herramientas) son los materiales de su oficio, como el albañil usa ladrillos y el cocinero usa patatas; pero no basta con el oficio de escritor, como no basta con tener ladrillos para saber construir una casa; el escritor debe sentir lo que escribe; una señal muy clara es el sentimiento de felicidad que experimenta cuando ha conseguido desatascar el verbo dormido.
      De modo que el escritor busca las palabras sin encontrarlas, como un nadador se mueve en un río sin agua; pero el nadador no conseguirá que fluya el agua obstinándose en nadar en el cauce seco; el escritor sí: el escritor conseguirá que fluya el verbo a fuerza de llamarlo con sus palabras. A veces no. A veces escribirá sin éxito y tendrá que tirar las páginas estériles. Otras veces el verbo fluirá solo, y casi sin querer se sentirá traspasado por él y, más que escribir, se dejará “escribir” por él: dejará que se mueva sola la pluma, casi sin que la muevan sus dedos, como si se le hubiera metido una fuerza extraña que guiara su pluma sin apenas tener que esforzarse por guiarla. Los antiguos usaron unas cuantas metáforas para expresar esa actividad febril, ese sentimiento creador que se apodera de nosotros: los griegos decían que era la musa, que se metía en ellos y por eso la invocaban al empezar a escribir; los hebreos decían que era dios el que escribía la Biblia usando a los escritores como instrumentos; el verbo que fluye como un río, a veces como un torrente, potente, incontenible, inagotable, era la inspiración de los románticos; los psicólogos lo llaman estado de flujo. Escribir bajo los efectos de la inspiración es como una borrachera, la inspiración es como una droga, un narcótico, un éxtasis, un rapto, esa manía creadora que nos riega de felicidad mientras creamos, de ella hablaba Platón: como un sueño embriagador que tienes sin buscarlo, y que para los griegos era la visita de un dios que te arranca de la atonía, de la nada de dormir, que fructifica como una tierra fértil cuando estás soñando. 

 

      No es escritor el que busca las palabras, sino el que las encuentra. Y las encuentra quien es capaz de sentir, pero no siente cuando quiere, como el enamorado no puede amar a la fuerza a una joven que no le atrae, aunque busque esa atracción. La búsqueda unas veces se ve coronada por el éxito y otras no. A veces el roce hace el cariño, como la búsqueda de palabras acaba provocando la inspiración; otras veces el empeño será estéril; y muchas veces vendrá la inspiración sin buscarla: gratuitamente, como un don que se te da sin apenas merecerlo. Bienaventurados aquellos que se han visto tocados por el dedo de la gracia.
      El lector busca despertar en las palabras los mismos sentimientos que se despertaron en el escritor cuando las escribía. Si lo consigue, habrá conectado con el libro. Hay libros que no nos dicen nada, y es porque no lo hemos conseguido aún, o porque esos libros están mal escritos. A veces no sentimos cosas que la moda no tiene antenas para sentir; y como el gusto estético tiene una parte innata y otra adquirida, la sensibilidad de nuestra época muchas veces borra en nuestra sensibilidad la capacidad de sentir cosas para las que no está preparada nuestra época; el tiempo que nos ha tocado vivir; así, Wagner fue rechazado en un principio y poco a poco su música fue entrando en el gusto de la gente. Sentir, disfrutar una obra de arte, es conectar con los sentimientos universales que hay en ella; que son los mismos sentimientos que recorren el alma humana a través de los tiempos; por eso, casi tres mil años después, somos capaces de disfrutar de Sófocles y Eurípides. Si no somos capaces de disfrutar de un libro puede ser porque no estemos abiertos a otros cánones distintos de los cánones de nuestra época; o porque no estemos familiarizados con la escritura; o porque no tengamos sensibilidad; o porque el libro sea malo.
      Los cánones de una época son las formas de sensibilidad que han sido seleccionadas por cada tiempo. Cada época tiene su forma particular de sentir: podemos llamarlas formas a priori de la sensibilidad histórica; formas, porque son cauces expresivos (no todos los ríos circulan por los mismos cauces); a priori, porque se incrustan en nosotros antes de que tengamos conciencia de ellos; de nuestra sensibilidad, porque forman parte de nuestra naturaleza; y de nuestra sensibilidad histórica, porque, de toda la amplia gama de sentimientos que caben en nosotros, sólo una parte ha sido seleccionada por la época que nos ha tocado vivir; y son, por tanto, aprioris de nuestra historia, no de nuestra naturaleza; cauces estéticos que conforman nuestra sensibilidad después de nacer (serían a posteriori), pero antes de poder hacer uso de nuestros sentimientos (por eso son aprioris de la sociedad, aunque sean a priori según nuestra naturaleza). 

 

      La familiaridad con la escritura se desarrolla con el hábito. Hay gente que no disfruta leyendo y es porque no lee. Como hay gente que no disfruta con una sinfonía y es porque no la entiende; y no la entiende porque no se ha puesto a escucharla; y no la escucha porque vive en una época acostumbrada a escuchar rock, pero no música clásica. Apreciar una obra significa salir de tu época e intentar ponerte en el pellejo del escritor y de la suya. Para eso es necesario disfrutar. Casi todo el mundo sabe leer, pero a muy pocos les gusta la lectura. Se han acostumbrado a los móviles, los ordenadores, los videos, la literatura fácil, los entretenimientos de consumo rápido, el disfrute que no da que pensar, porque “eso raya”. La imagen ha sustituido a la palabra. Y más la imagen que dice que la imagen que muestra; o la imagen que muestra sin decir nada. Hay que obligarse a abrir un libro: al principio quizá nos aburra, pero si hablamos de él y compartiremos nuestras experiencias de lectura, opinaremos sobre él y opinarán otros; habrá un tiempo en que seguiremos sin disfrutarlo, nos costará leer; pero hay que pasar página, no cerrar el libro; y llegará un momento en que, de repente, disfrutaremos leyendo. Todos los tesoros valiosos cuestan esfuerzo. Y la lectura es un tesoro.
      Hay gente que no tiene sensibilidad para algunas cosas. A muchos la poesía les deja fríos, y por eso los poetas no tienen un gran público. Hoy gustan los libros trepidantes, los libros de acción, los que te mantienen en vilo: de ellos unos son de calidad y pasarán la criba del tiempo; otros no lo resistirán y caerán en el olvido; pasarán los que son pura técnica y quedarán los que te ponen en estado de flujo, los que son técnica inspirada. Los cánones de nuestro tiempo no están abiertos a las obras descriptivas, disfrutan sólo con lo narrativo. Aprecian la acción, el verbo, no la sensación y el adjetivo. El tiempo que pasa, no el tiempo detenido. Las cosas que pasan en el tiempo, no las que quedan y permanecen en todos los tiempos, en todos los lugares, en todas las épocas y en todos los mundos. La calidad no está reñida con el entretenimiento, pero hoy se busca entretenimiento barato y de consumo rápido: que no cueste entrar en él, que nos salga gratis, que no nos aburra; y se confunde la calidad con el aburrimiento; el entretenimiento con la pereza; la plenitud con el vacío.
      Hay una novela que nos habla del tiempo. Se llama Momo. En ella aparecen los que viven en el tiempo y otros, señores serios, córvidos y siniestros, que lo devoran. Vivir el tiempo es jugar con los niños, cuidar a los enfermos, disfrutar del arte, deleitarse en la amistad, amar, conversar con los ancianos. Devorarlo es hacer cosas útiles nada más: trabajar, ganar dinero, ejecutar proyectos, ser máquinas eficaces que funcionan a piñón fijo. Pues bien: la diversión se ha convertido en devoradora de tiempo; ya no pensamos en detener el tiempo sino en pasar el rato; divertirse, entretenerse, es matar el tiempo; no llenarlo de vida y empaparse de él, y disfrutarlo. El público ya no lee libros: los devora. Entre un debate de literatura y un programa de cotilleos, del corazón, del pulmón o del hígado, el público prefiere lo segundo. La literatura no sigue los cauces de la oferta y la demanda. No si lo que se busca es pasar el tiempo. Pero los seguirá si usamos, como criterio, el privilegio de llenarlo. Hoy muy poca gente quiere llenarlo. Tiene abandonada su sensibilidad. Se ha olvidado de ella. Y vive, con el hígado plantado en el tedio, la maldición de disfrutar del aburrimiento.
      Pero si una obra no se ajusta a los cánones del momento; si no despierta la necesidad de leer, cuando invertimos nuestro esfuerzo en acostumbrarnos a la lectura; y si no despierta la sensibilidad que duerme en nosotros: entonces es que el libro es malo; y no tendremos más remedio que tirarlo a la basura y olvidarnos de su autor. Que en este mundo tenemos mucho que hacer cuando no tiramos el tiempo. Cuando disfrutamos de las cosas, cuando nos empapamos de ellas en vez de limitarnos a usarlas; así, el tiempo se alarga cuando está lleno, nosotros que somos mortales, y entonces somos capaces de vivir toda una eternidad.

 






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