viernes, 1 de mayo de 2020

HELA



HELA  
  

En tiempo de coronavirus mucha gente se ha acostumbrado a querer a los médicos, hombres y mujeres; a las enfermeras, mujeres y hombres; a los encargados de la limpieza, a los celadores, a quienes están en las oficinas, a quienes trabajan en los laboratorios, a todos. Todos trabajan en los hospitales Y todos, en la difícil tarea de curarnos, se exponen a quedar infectados. Ya han muerto varias mujeres que abrazaron la medicina; varios hombres; enfermeras, muchas; como si de una guerra se tratara, ellos están en primera línea; cubiertos de disfraces, máscaras, guantes, y por más aislantes que se pongan, el virus se cuela por las rendijas; por las rendijas más inverosímiles. Por eso todas las tardes, cuando llegan las ocho, la gente sale por las ventanas y comienza a aplaudir; en señal de agradecimiento; para quererlos.
Suena también la canción del Dúo Dinámico, ésa que se ha convertido en símbolo de resistencia; “Resistiré”. Son unas palmas que se oyen al principio. A esas palmas se unen otras. El aplauso se va volviendo más intenso y es un clamor que hace temblar las calles con sus golpes cantarines. Después de un buen rato, suena una sirena. Todas las tardes se oye la ambulancia y entonces los aplausos redoblan en intensidad. Antes de que el aplauso se extinga suena, a veces, el himno de la legión. El novio de la muerte. Muchas veces me he preguntado qué pinta el canto a la muerte en una explosión de vida. 


Pero los médicos tienen casas. Los hombres y mujeres que se han dedicado a la medicina. Los enfermeros y enfermeras. En sus casas, manos anónimas deslizan papeles por debajo de las puertas Y de los dependientes y cajeros que trabajan todos los días en las tiendas. “Estás infectado. Estás haciendo una buena labor, pero a tu lado todos los vecinos corren peligro. Por favor, vete de casa. No vuelvas. Hay dormitorios que pone el ayuntamiento para la gente, vete allí, duerme allí fuera, déjanos vivir tranquilos. Luego, cuando todo haya pasado, puedes volver pero ahora no, por favor, que no queremos morir por tu culpa”. Algunos papeles están subidos de tono, con el miedo convertido en desconfianza, la desconfianza en recelo, y el recelo en odio. Aquella médica que bajó al garaje se encontró escrito en su coche, con letras bien grandes, unas palabras infamantes: “rata infectada”.
Muchas veces me pregunto si quienes escriben eso son los mismos que aplauden. Creo que no. O puede que sí. La sociedad se parece a Hela, la diosa escandinava de los infiernos, que tenía la cara partida en dos mitades: en una tenía pintada la noche; en otra, el resplandor del sol; como si los mismos corazones estuvieran bañados por el bien y por el mal; o dos caras, como Hermes; los dos lobos. “Siento que hay dos lobos dentro de mí”, decía el joven indio, “uno bueno y otro malo: ¿cuál de ellos vencerá?”; el viejo le contestó: “el que tú alimentes”. Dos lobos yacen en el fondo de la sociedad. En el corazón de cada uno. Uno aúlla y está dispuesto para las dentelladas. Otro se conmueve con la ternura de los lobeznos. ¿Cuál de ellos somos nosotros? Nosotros somos los dos.
Hay gente que destila desconfianza y mira con recelo. Y gente llena de fe: rezuma generosidad. La gente que cree se llena de esperanza, la que no, se baña en la desesperación. Muy pocos quieren mal, muy pocos tienen odio; pero hay muchos que, por miedo, son capaces de odiar y son crueles; la violencia es un arrebato de amor a la propia vida que, asustada, es capaz de anular a quienes supongan peligro; aunque sea para querernos. El amor, como el odio, también tiene dos caras, y en una se presta a salvarnos; mas para salvar al enfermo tiene que ponerse cerca de él y puede que se contagie; el médico infectado se pone en peligro para curar a quien está en peligro y, para que no suponga una amenaza (ni para sí ni para el otro) se pone máscara y coraza, se protege con las ropas, se aísla; y no toca a quien necesita que lo abracen porque el peligro acecha. 


Es muy fácil ser bueno desde lejos. Escribir en las cartulinas palabras como “solidaridad”, “paz”, “amor”, poner citas de gente famosa y cantar himnos contra la guerra. Todo eso queda bien, pero es muy fácil; demasiado fácil. Lo difícil es meterse en la realidad, mezclarse con la gente, tomar riesgos y, en medio del peligro, seguir siendo buenos. Alguien dijo que mezclarse con las cosas se dice, en latín, “inter esse”: de ahí viene la palabra “interés”, pero también “interesante”; uno puede hacer campaña contra el tabaco siempre que su padre no trabaje en una fábrica de tabaco, porque ahí lo interesante choca con nuestros intereses; porque si conseguimos que prohíban el tabaco y que cierren la fábrica, mi padre puede perder el empleo. Es muy fácil ser bueno desde la distancia; pero cuando las cosas buenas tienen consecuencias malas, entonces nos pensamos dos veces si nos conviene ser buenos; ahí se encierra todo el meollo de la educación moral.
Es muy fácil defender a los judíos cuando no se vive en la Alemania nazi. Preocuparse por los negros cuando no tienes cerca al Ku-Kux-Klan. Proteger a los armenios cuando no vives en la Turquía de la persecución. Mirar por los que señalan como brujos cuando no sientes en tu aliento la amenaza de la Inquisición. Preocuparse por los perseguidos desde lejos es bien fácil, no cuesta asentir en la iglesia cuando se dicen las bienaventuranzas de quienes padecen persecución por la justicia. Hacer el bien es cosa fácil desde lejos: lo difícil es mojarse; entonces queremos lavarnos las manos, como Pilatos.
Lavarse las manos. Dejar que triunfe el mal, pero desentenderse de él. No hacer nada por evitarlo porque tenemos miedo. Yo lo entiendo. Hay que ser valiente para enfrentarse con el peligro, no es fácil arriesgarse. Pero si hemos de vivir y la vida es estar mezclados entre las cosas, y si no basta con escribir palabras fáciles en los murales y regarlas con canciones, si vivir es estar entre las cosas, entonces no tenemos más remedio que comprometernos. Pero hay que ser comprensivos y aceptar que se puede comprometer uno de varias maneras, y no tenemos derecho a imponerle a nadie su grado de compromiso. Unos se atreverán a arriesgar su vida para proteger a los demás, para luchar contra la injusticia: no todos pueden. Otros podrán, en cambio, acompañar las buenas acciones sin hacer nada para fomentarlas, pero sin impedirlas tampoco: ésas también son personas buenas aunque los domine el miedo. Hacer proclamas en el vacío es muy fácil; bueno, tampoco hace daño. Pero lo que no se puede hacer es hacerlas por el día y desmentirlas con el gesto  por la noche. Y aquí es donde vuelven las gentes que trabajan en el hospital.
Está bien aplaudir a los médicos por el día y demostrarles nuestro cariño; pero no está bien deslizar papeles bajo sus puertas cuando nadie nos ve. Hacer a solas lo contrario de lo que hacemos a la luz pública es hipocresía, y permitir que unos discriminen a los médicos mientras otros les aplauden es vivir en una sociedad hipócrita. Ni las personas ni la sociedad deberían tener dos caras. La que se muestra es alegre, bondadosa, radiante y a menudo valiente. La que se esconde no sólo es cobarde sino también triste, y la domina el miedo. Las dos caras de Hela, la diosa de los infiernos. Las dos caras de Hermes. Los dos lobos. Es muy fácil aplaudir a los médicos cuando eso está bien visto; lo difícil es enfrentarse a los desaprensivos y seguir haciéndolo. Lo difícil es nadar contra la corriente. Y hay que sentir que nuestro mundo no debería ser un infierno.


viernes, 24 de abril de 2020

COMPOSTELA




COMPOSTELA
           

                                                                       I.
   He viajado muchas veces en este tren.
He venido muchas veces por esta vía.
Por las noches lucen, si salimos de Ciudad Real,
las dulces luciérnagas que la noche olvida.
Mas no es en el cielo, en llegando a Puertollano,
no es en el cielo donde las estrellas brillan,
sino en la tierra: la faz del minero,
el sol del vagón, la negra orilla
de las vetas de polvo que en el rostro lucen,
negras como el carbón que brilla;
no es en el cielo donde hay luciérnagas,
millones de estrellas, millones de vidas:
es en la tierra; esas estrellas son
las luces de la fábrica, la luz de los muertos
rota en mil pedazos, muerta en vida:
eco de los mineros
que murieron en los brazos del grisú,
eco de los obreros
enterrados en los túneles de abajo,
allí donde la tierra monta en cólera
porque hurgaron en su vientre con pico y mina;
y allí, en el vientre de la madre,
donde los gases de una mala digestión
se juntan, allí explotan,
inflamándose en la luz del casco,
y aventan con su furia roca rota,
y alejan el carbón a trozos llenos  
cuajados de aristas: la explosión los fulmina;
y allá en el pueblo, a la luz del juego,
rompen a llorar, la desgracia grita,
el hijo, la mujer, la madre, el padre,
cuando cuenta el compañero las noticias:
ha habido una explosión (les dicen)
que lo ha enterrado en la galería
(y la cara es negra,
y los labios negros
llenos de carbón en la tierra mía,
tragando polvo mientras hablan,
escupiendo tierra si respiran,
y los ojos, blancos como una estrella
apagada,
lucen en la cara negra ya sin brillo,
y la falta de luz es la luz del compañero
que se acaba de apagar allí, en la mina.


                                                                       II.
   He llegado a Puertollano
arrastrándome en el tren de las lejanas vías,  
y allí, en el campo inmenso, sin hierba y sin olivos,
he visto las luces de la fábrica
como estrellas que brillaban en el suelo
mientras sobre el tren, sobre mi cabeza,
en el cielo, no he visto estrellas que lucían.
Un cielo sin estrellas es Puertollano,
un suelo estrellado bajo las ruedas vibra.
El campo inmenso en el traqueteo insomne
el campo de las estrellas parecía,
y una catedral, altar de peregrinos,
la torre más alta de la fábrica hundida.

                                                                       III.
   Campo de estrellas es mi pueblo,
lugar donde va la gente pobre
a respirar los humos  de la chimenea
(gas sulfúrico que hace llorar
los ojos de la gente que no la olvida):
ellos están, sentados y hablando, con los vecinos
que salen por la noche a buscar la fresca
y crujen sus pasos porque el suelo, forrado de costras,
es peregrinar de cucarachas;
los hombres charlan, las mujeres sientan
al niño sobre la silla por que él también lo sepa;
vete a jugar (le dicen), mas no te alejes,
que estamos respirando en la noche negra
y vienen los gases, picantes y traicioneros,
a picar los ojos y a cortar el pecho.



                                                                       IV.
   He venido a Puertollano: las luces de la fábrica
llegan hasta el tren con las bombillas,
y titilan, a lo lejos, como estrellas,
como un cielo que en la fábrica bajo el suelo entierra.
Quiero llegar. Quiero volver
al pueblo donde está mi infancia entera,
allí donde viví, calle Mestanza,
abierta en canal por la plazoleta.
Allí donde recuerdo a la cigarra
que cantaba en el árbol para la siesta,
allí donde arrullaron secretos grillos
el sueño de la noche que envolvió mis penas
(el rincón de la cal, la esquina de la Lucila,
las casas blancas que pintó la brocha
de día, cuando no había estrellas que lucieran).

                                                                       V.
   Hoy he vuelto a Puertollano. El rugir de las máquinas
en la calle en que jugaba no se oía;
Puertollano; un cielo de luces en el suelo
y en el cielo un suelo sin estrellas que dormía.
He pensado en los mineros
y en las chimeneas negras,
los obreros de oídos sordos que rompen las máquinas,
los mineros que la tierra cubre cuando el grisú crepita.
Y se me ha ocurrido que allí debajo,
donde la tierra se hunde porque los picos surcan,
abriéndole el intestino, las galerías:
he pensado que duermen los titanes
por debajo de ese mundo que está bajo el mundo;
y un día, si los dioses no lo remedian,
despertarán sus cadenas y temblarán de ira:
y no habrá quien recuerde que la noche, abajo,
alimentó al sol que nos iluminaba arriba.






viernes, 17 de abril de 2020

HABLEMOS DE ESTRATEGIA



 HABLEMOS DE ESTRATEGIA 


AITOR         

Juan llevaba un rato hablando. La clase, envuelta en el aroma de la hora de comer, esperaba con impaciencia que sonara el timbre. Y esa impaciencia eran mentes desconectadas, chicos distraídos, jóvenes adolescentes cansados en cuerpo y alma: en cuerpo, porque el culo no aguantaba más la enésima hora de estar pegado a la silla; en alma, porque la fatiga anulaba el entendimiento y vencía a la voluntad, seguramente porque las neuronas, acurrucadas en el cerebro, perdían fuerza, elasticidad y lozanía.
            Aitor estaba sentado al final de la clase, junto a la ventana. No paraba de mirar afuera y perseguía a las hojas, a los árboles y a los pájaros con la vista. Sus pupilas destilaban un tedio neblinoso; sus manos, certeras, enredaban en las carteras y sus brazos revolvían todo lo que podían revolver. Acertó a pasar por allí el jefe de estudios. Aitor se acercó al cristal, gesticulando hiperbólicamente, para revolverlo todo sin interesarse por nada. En el fondo era sólo una pose; la pose del guerrero que, desencantado y cretino, provocaba a la gente y la distraía de su aburrimiento.
            -¡Aitor! –exclamó Juan-. ¡Estate atento!
            Aitor se removió en su asiento. Su mirada, de cejas levantadas, tenía en su insolencia una cierta dulzura; algo había en él que parecía tierno como si buscara abrigo. Aitor, simulando un interés que no tenía, se removía con insolencia y miraba por la ventada, lleno de hastío.
            -¡Aitor! ¡Que te estoy hablando!
Desprecio en su mirada; la misma mirada que, expresando ternura, destilaba odio; indiferencia.
            -¡Aitor! ¿Me oyes?
            El desprecio grabado en su cara se estiraba; su cara desdeñosa provocaba ira; sus facciones, sin embargo, rezumaban tranquilidad aunque su mirada arisca, apagada en las mejillas, estaban enrojecidas por el sentimiento; y aparentaba no sentir: desbordando provocación absurda, deliberada y necia. Juan lo sentía, pero no se daba cuenta. Su exaltación, contenida como un volcán, rezumaba lava y las lágrimas de fuego anunciaban explosión entre fumarolas. Quizá el propio Juan tuviera el rostro rojo como el de su alumno. Quizá sus mejillas, excedidas por la impaciencia, tuvieran también ardientes tonos que encendieron un color rosado anunciador de la pasión, la desesperación y la ruina.
            -Si sigues así te voy a poner un cero.
            Aitor levantó las cejas y lanzó chispas; y puso también asco en la mirada. Su voz exhumaba rabia al contestar.
            -Sí, pon un cero, y otro, los que quieras…
            Juan acusó el golpe y eso lo paralizó; se repuso en seguida, consciente de que ganar o perder dependía de la rapidez con que reaccionara. Su mente volvió a estar lúcida.
            -No tengo interés en suspenderte, pero créeme que no me temblará la mano si me obligas a hacerlo. Mira –levantó la vista mientras escribía-: ya te he puesto un cero.
            -Tú sigue –contestó Aitor con insolencia, sin abandonar su expresión desdeñosa.
            -¿Perdón?
            Juan estaba desarmado; lo último que esperaba era que a Aitor le importara un pito suspender.
            -Suma, suma y sigue –persistió en su desafío-. Pon un cero y otro, colecciónalos; haz lo que quieras con ellos.
            El nihilismo de sus palabras concordaba con sus ojos vacíos, su ademán irredento y su indiferencia aparente; había una falta de ilusión en aquella mirada; una ausencia de horizontes que se escondía tras de su agresividad.
            -Suma, suma y suma –insistía vengativo-: pon todos los ceros que quieras; haz una colección y luego enséñalos en la sala de profesores: así serás feliz.
            Aquello era más de lo que Juan podía tolerar. De repente se cuadró ante él, puso los brazos en jarras y lo retó con la mirada. Aitor acusó el golpe; se sintió desarmado y esperó el contraataque.
            -¡Oye, guapo! –exclamó; y sus ojos lanzaban ira-. ¿Acaso te he faltado yo al respeto? Entonces ¿por qué me faltas tú? Por más que me ataques no encontrarás odio, por más que me insultas no te insultaré nunca; lamento decirte que, si lo que buscas es que sea injusto, no lo seré; querrás que te derrumben porque en el fondo sientes que eres un desecho, y quieres ocultarlo haciéndonos desechos a los demás: no lo conseguirás; cuanto peor me trates menos conseguirás que te trate mal, y te respetaré mientras tú te hundes en el cieno; serás incapaz de respetar y te sentirás perdido; impotente y atado a la rabia, mascullando tu odio y aguantándote la ira.
            Juan dijo aquellas palabras con determinación, con toda su razón y su energía; y el corazón que puso en ellas acabó desarmándolo por completo. Enmudeció repentinamente, tuvo que envainársela y lo miró con recelo; en su mirada, ahora, las chispas ya no eran de odio; eran de desesperación, de cólera; le hubiera clavado las uñas pero no podía; no se odia a quien, por más que lo retes, está resuelto a no faltarte aunque tú le faltes al respeto.
            Juan supo que había vencido. Y el pobre Aitor, cuando se desvaneció de su rostro la insolencia, se sintió desnudo; su corazón salvaje, atrapado en su propia trampa, se le encogió y se hizo un nudo; pareció de repente un vagabundo roto, sin comida y sin abrigo: sin verdaderos amigos; se sintió solo y tuvo frío. Juan sintió algo en su telepática mirada. Y los dos supieron que los había unido un lazo invisible, aunque Juan tuviera que castigar y el joven siguiera mereciéndose el castigo.
  

GUERRA Y PAZ

            Apenas sabía quién era Aitor. Lo había tenido en clase cuando no sabía quiénes eran todos. Pero, mientras se familiarizaba con los rostros, Aitor desaparecía. Hasta que fue sancionado por absentismo; y se dio la paradoja de que lo expulsaron de clase precisamente por faltar a clase. Y luego siguió faltando. Le enviaron notas a su padre, que nunca hizo caso de ellas. Aitor, como quien va a un lugar que no le va a servir de nada, huía del instituto.
            Luego se encaraba con los profesores que le reñían. Corría la voz de que se había enfrentado con Paredes; también se decía que había insultado a Elisa, y a León, y a Ángel. A Elisa le había dicho que era una desgraciada, que estaba histérica y llena de frustraciones; a Ángel le había llamado inútil; a Paredes, amargada; y que se fuera con su fulano, el ratón de Roma; lo volvieron a sancionar. Primero fueron amonestaciones, después faltas leves y después faltas graves: por acumulación de faltas leves. Eurico habría querido empapelarlo por la vía directa, pero no se atrevía; Radón no tenía más arrestos que los de su propia pusilanimidad; pero al final, las faenas de Aitor eran tantas y tan gordas, que no tuvieron más remedio que actuar con contundencia.
            Entre faltas y sanciones, en el mes de noviembre apenas le habían visto el pelo. Que era lo que él quería. Para Juan, prácticamente era un desconocido. Y cuando se lo encontró en clase, ya con aura de conflictivo, lo descubrió su mirada y ya no se le olvidó nunca. Tenía un ojo caído, como Rambo; su mirada triste no parecía violenta: como la de Rambo. Sin embargo, apenas empezaba a hablar, su rencor se derramaba en tristeza. Parecía un chico bueno y era el alma de Satanás. Cuando tocaba el timbre, que se levantaba para ir al pasillo, se veía su hombro caído; y su silueta, como Gary Cooper, era inconfundible.
            Se lo encontró en clase con su mirada desvalida. Con la apariencia sumisa. Con el ademán pacífico. Sin embargo no se podía estar quieto. Algo en su interior lo impulsaba a mirar por la ventana, a increpar a quien pasaba, a empujar al de al lado con el codo, a doblarle el cuaderno, a cerrarle el libro, a pintar en la mesa, a tirarle de la manga…
            -Saca el libro, Aitor –había dicho Juan.
            -No tengo.
            -¿No lo has comprado?
            -Sí, pero lo tengo en casa.
            Y lo decía con una tranquilidad pasmosa. Y de cuando le dijo que los libros no se compran para tenerlos en casa, Aitor le miraba sin ni siquiera encogerse de hombros. Juan, entonces, lo ignoraba. Ignorancia era lo que quería Aitor. Y que le dejasen campar a sus anchas. En los recreos, por el pasillo, tenía fama de amedrentar a sus compañeros. Ilse había sufrido sus burlas. Pedro sus empujones, además de sus insultos. Y con los pequeños de la ESO las voces que corrían eran peores.
            Juan estaba resuelto a no dejarle cruzar las líneas rojas. No lo hostigaría, pero tampoco le permitiría romper el orden necesario para la convivencia. En su corazón sensato, Juan sabía que la paz no puede cimentarse sin anular las amenazas de guerra: eso implicaba problemas; porque la paz, por desgracia, es una lucha contra los tiempos difíciles; no se puede vivir siempre en un idilio porque a veces, simplemente, los otros no te dejan. Pero Juan sabía que resistir pacíficamente es lo contrario de fomentar la guerra. A lo mejor esto no lo tenía claro su padre.
            Ni Radón. Ni Ángel. Ni león. Ni Elisa. Ni Eurico. Ni Paredes.


EL ARTE DE LA GUERRA       

Se acercaba la hora de salir; Juan miró en su reloj y faltaban cinco minutos. La clase era ruidosa, la hora era la última y era, más que el hambre, el cansancio. Acababa de hacer una pausa y los alumnos estaban revueltos; sabía que no podía parar en una clase, y menos cuando acababa la hora, y mucho menos aún cuando era la última hora de la mañana: Juan falló, por descuido, en empezar inmediatamente otra actividad después de la pausa, y aquel día dejó correr medio minuto antes de buscar en sus papeles; aquel descuido le resultó fatal.
Porque empezaron todos a ponerse las chaquetas y Juan, haciéndose el ofendido, puso una cara muy seria.
-¿Qué pasa? –dijo.
Nadie dijo nada. Juan esperó un rato, y al ver la callada por respuesta sin que por ello se hiciera el silencio los retó de nuevo.
-¿Que qué pasa, digo? ¿Por qué os estáis poniendo las chaquetas?
Juan, evidentemente, ya conocía la respuesta; pero los miraba de hito en hito y tuvo que salir el más inocente para sacar de apuros a los sobreros.
-Es que va a sonar el timbre.
Juan lo miró, volcando en aquel reto la ironía del que muestra que está agotándosele la paciencia.
-Ya, ya lo sé. ¿Y qué?
Silencio. Se oirían las moscas y no habrían sentido respirar si hubiera sido verano; pero ahora, en otoño, se le oía echar el aire por la nariz.
-¿Cuánto falta para que suene el timbre? 
Miró a Maia, que se incomodaba con su insistencia.
-Cinco minutos -contestó.
-Muy bien. Si no me falla la memoria, en cinco minutos hay trescientos segundos; hay que contar hasta trescientos para que suene el timbre; y en trescientos segundos se pueden hacer todavía cosas.
Los miró con exasperación. Permaneció algunos segundos clavándoles las pupilas y luego, cansado de desafiarlos, aparentó rendirse.
-Está bien; quitaos las chaquetas.
De momento hacían oídos sordos; nadie se las quitaba.
-¡Que os las quitéis! –gritó; y entonces todos los chicos se las quitaron.
Todos menos uno. Aitor permaneció con la chaqueta puesta, sin ira pero sin ganas, dispuesto al reto.
-¿Aitor?
-Qué –se hizo el desentendido.
A Juan le exasperaba aquel cinismo.
-¡Que te quites la chaqueta!
Aitor lo miraba, impasible. Seguía sin enfadarse pero estaba dispuesto a tocarle las pelotas. Juan, ahora sí, le clavó la mirada. De aquel reto saldría ganando o perdería plumas; y no le quedaba otra que recoger el guante, so pena de perder su autoridad y su prestigio.
La suerte estaba echada: Aitor lo había puesto entre las cuerdas. Si Juan no luchaba, quedaría por cobarde: si peleaba sin medir sus fuerzas, quedaría por bruto; y si peleaba con nobleza, ganaría: entonces importaba menos quién se llevara el gato al agua; pero tenía que ser el profesor. Un profesor cobarde no se impone; un profesor bruto pierde el respeto; y un profesor noble no sólo es respetado, sino querido; si un profesor noble, delicado y decidido gana la batalla, es un profesor aceptado por sus alumnos; si gana el alumno, en la misma victoria tendría su fracaso, porque un alumno innoble y bruto no pesa nada con su valentía ante un profesor noble, delicado y valiente. Aunque haya perdido. La victoria es importante, pero lo más importante no es haber llegado: lo más importante es el camino.
Juan oyó entre brumas la voz insolente del alumno.
-¿Dónde está escrito que me la tenga que quitar?
Y Juan, con sus cinco sentidos puestos, consciente de que ante los chulos no perder la cara no significa sólo no perder la razón sino no parecerlo, se resignó a aceptar que aquella lucha se había convertido en espectáculo. La clase no era una clase, era la arena de un circo; una cancha de juego, un cine, era el recinto de un teatro. Y en ese circo empezó a jugar su papel, poniendo en juego su persona, haciendo de la labor callada un grito. No tenía que actuar para el alumno, sino para el público. Y eso enrarecía el ambiente; ser profesor no es exhibirse sino hacer una labor callada, aunque todo profesor sea, aunque no lo quiera, un actor expuesto a las miradas del público.
Así que Aitor no quería quitarse la chaqueta. La pelota estaba en su tejado: tenía un segundo,
dos como mucho, para darle la vuelta a la situación y recuperar la voz cantante. Con su pregunta Aitor lo había tumbado, inmovilizándolo en el suelo; con su respuesta Juan tenía que recuperar la iniciativa: el arte de la guerra se cifra en sorprender,
conservar la libertad de acción y ser el más fuerte en el punto decisivo.


Sorpresa. En una fracción de segundo le vino a la mente una idea para crear un golpe de efecto.
-De modo que no está escrito en ningún sitio que tengas que quitarte la chaqueta.

Un silencio expectante. Entonces le lanzó la granada.
–Cuando vas al váter tú usas papel higiénico, ¿no?
-Sí.

¿Y ahora, por dónde me va a salir éste? Aitor estaba desconcertado. Había perdido la libertad de acción.
-¿Y dónde dice que tengas que usarlo?
Zas. En la boca. Había sido el más fuerte en el punto decisivo. Había perdido una batalla cuando Aitor lo puso en ridículo, pero acababa de ganar la guerra.
Se quedó mirándolo intensamente. Al cabo de un rato empezó a quitarse la chaqueta.
Había vencido. Aquel quitarse la chaqueta con parsimonia le parecía eterno. Juan, después de aprovechar los minutos, respiraba, aliviado internamente; y, mientras guardaba los libros en la cartera, se dijo a sí mismo que aquella mañana se había ganado el respeto. Y había ganado un amigo.





viernes, 10 de abril de 2020

PITÁGORAS




PITÁGORAS

             
            -Pitágoras nació a principios del siglo VI antes de Cristo en la isla de Samos, cerca de Mileto, en lo que hoy es la costa turca. Seguramente observaría que nuestra experiencia está llena de objetos que se presentan como unidades: un caballo, veinte casas, cien estrellas... Cuando partimos las unidades en trozos iguales las hacemos racionales: una torta cortada por la mitad son 2/2 de torta, y si cogemos una de ellas tenemos ½. Las unidades son números enteros, porque representan objetos enteros. Y los números racionales representan objetos partidos, o repartidos a partes iguales; por ejemplo, un objeto partido en cinco trozos son 5/5: o sea, que lo partimos en cinco trozos, como dice el número de arriba (al que llamamos numerador) y cada trozo es una quinta parte del total (como dice el número de abajo, al que llamamos denominador). El numerador nos dice la cantidad de trozos que tenemos; y el denominador expresa el tamaño relativo de cada trozo. Lo mismo pasa en música: un compás de 4/4 indica que lo dividimos en 4 partes (denominador) y cada parte (cada tiempo o pulso que medimos) ocupa la cuarta parte del compás. El compás de 3/8 indica que en él caben tres tiempos, y que cada tiempo ocupa la octava parte del compás de referencia. El compás que sirve de referencia para todos es el de cuatro cuartos (4/4); cada trozo de ese compás, como dice el denominador, vale un tiempo (o, como se dice también, un pulso): representa la unidad, y a esa nota unitaria la llamamos negra. Pues bien, un compás de 3/8 tiene tres notas de medio tiempo (8 es la mitad de 4): a esa nota que vale media negra la llamamos corchea.
            Maia hablaba con Ilsa en un rumor persistente, como un moscardoneo. Cristal, que estaba cerca de ellas, las mandaba callar. Pedro miraba, obediente, sin entender demasiado. Hans persistía en su concentración profunda. Y los demás escuchaban, unos más, otros menos.
            -Pitágoras, como os digo, observó que todo lo que había en el mundo eran o cosas enteras o cosas partidas; o cosas o trozos de cosas. Los únicos trozos que le interesaron fueron los que se forman al cortar un objeto en partes iguales: él los representaba mediante números racionales; los llamaba racionales porque salían de la razón de un numerador con un denominador; razón, para Pitágoras, quiere decir división, cociente. Así, 2/4 es un número racional, porque el resultado de dividir 2 entre 4 es 0’5. Y 7/8 también lo es, porque 7 entre 8 da 0’875. Y lo es 1/6, que da 0’15. Hay divisiones que dan un resultado con un número infinito de decimales, como 1/3; el cociente de dividir 1 entre 3 es 3’333... la cantidad de treses que hay no se termina nunca: también es un número racional, porque sabemos en todo momento qué número va a aparecer: el 3. 


            Juan cogió un plato de plástico que había llevado. Con la cinta métrica midió su borde.
            -Son 48’24 centímetros: es lo que mide esta circunferencia.
            Después midió el diámetro.
            El diámetro es la línea que parte este disco en dos partes iguales. Éste mide 15 centímetros.
            Soltó el metro en la mesa y, con una tiza, se puso a escribir en la pizarra.
            - 48’24 entre 15 nos da... –Juan guardó silencio los breves segundos que tardó en hacer la división. Durante ese tiempo sólo se oía el repiqueteo de la tiza sobre la pizarra-. Nos da 3’1416. El cociente de la circunferencia por el diámetro nos da 3’1416... Pitágoras lo llamaba pi (se escribe “p” en griego). Pues bien, el número p tiene una cantidad infinita de decimales, como pasaba con 1/3; pero a diferencia de 1/3, los decimales van cambiando continuamente; no se puede predecir, cuando estamos ante el último decimal, qué número aparecerá después. Y como eso era incontrolable, Pitágoras dijo que p era un número irracional.
            Juan se volvió hacia el público y dejó la tiza sobre la mesa.
            -Pero antes de descubrir los números irracionales, Pitágoras creía que todo podía ser expresado por algún número racional. Creía que el universo estaba hecho de números. Que los números expresaban armonía, equilibrio. Y que la armonía sensorial que contemplamos en la figura del Partenón corresponde a una armonía numérica. Pitágoras veía en la aritmética un universo extraño, tan ordenado como maravilloso, y se enfrascó en el misticismo de los números enteros. Supuso que había números triangulares y números cuadrados. Un número triangular es el que formamos con puntos con los que podemos dibujar un triángulo, por ejemplo con tres –cogió tiza y volvió a dibujar en el encerado. Pero él dibujaba cruces en vez de puntos: eran más fáciles de trazar. Marcó dos y sobre ellas, en la vertical del espacio que las separaba, hizo otra; las unió con líneas y formó un triángulo-. Aquí tenéis –dijo-; es el número 3.
            Después, sobre el lado derecho de ese triángulo, dibujó otro lado mayor poniendo cruces a la altura de los huecos que había entre las cruces del lado original: le salieron tres cruces por lado, y Juan las contó todas, punteando con la tiza en el encerado, con un tableteo característico.
            -Seis. El número 6 también es triangular.
            Y siguió ampliando el triángulo inicial con un lado nuevo, y le salió el número 10: que también era triangular. Y así sucesivamente.
            Después puso cuatro cruces y le salió la figura de un cuadrado; para que resultara más visible lo materializó uniendo la cruces con líneas; las cruces eran los vértices del cuadrado.
            -El 4 no es un número triangular: es un número cuadrado.
            Juan dejó la tiza y se volvió hacia ellos.
            -3, 6, 10 son números triangulares; 4, 9, 16 son números cuadrados. Esta clasificación aparece en música, donde hay compases binarios (el 4/4, el 2/4, el 2/8) y compases ternarios (como el 3/8, el 6/8, el 2/3). Pitágoras descubrió en la música la revelación de la magia de los números. Experimentó golpeando con una varilla vasos de distintos tamaños llenos de agua; el vaso más grande producía un sonido más grave; el más agudo lo producía el vaso más pequeño. También experimentó pulsando cuerdas de distintas longitudes, y comprobó que las más largas eran también las más graves. Supuso, así, que la música se podría expresar mediante números racionales. Y calculó que los tres acordes se podían expresar mediante los números 2/1, 3/2 y 4/3, que eran relaciones muy sencillas.
            Juan los había escrito en el encerado mientras habló. Luego dibujó círculos concéntricos y dijo:
            -Suponed que yo dibujo estos círculos midiéndolos con exactitud. Imaginad que la longitud de este primero es equivalente a 2/1; la del segundo, a 3/2; y la del tercero, a 4/3. Estos círculos corresponden a los tres acordes fundamentales. Suponed ahora que esto no son círculos, sino circunferencias; y que representan las órbitas que describen los planetas sobre sus esferas concéntricas. Pitágoras creía que el espacio estaba lleno de aire. Pues bien, las esferas del cielo, al moverse, serían rozadas por el aire y producirían música celestial. Una música que no oímos, pero que a veces sí podemos escuchar durante las noches muy serenas. 


            Juan dejó la tiza y se sacudió la mano. En el encerado había dibujado unas esferas metidas dentro de otras como capas de cebolla; y lo había hecho cortando imaginariamente la cebolla del mundo por la mitad, como se corta una sandía; para que, lo mismo que en la superficie cortada de la sandía podemos ver las pipas, en la cebolla celeste podamos ver los astros: como pipas en el cielo.
            En el centro estaba la tierra, que era la esfera más pequeña. Sobre ella estaba la que contenía a la luna, y la luna era como una única pipa en esa capa. Más que una sandía partida, aquel corte se parecía a un árbol cortado, con su tronco afeitado transversalmente; en él se ven las capas concéntricas, y las separaciones entre capas representaban muy bien las órbitas de los astros. Detrás de la luna, en capas superpuestas, estaban sucesivamente Venus, Mercurio, el Sol, Marte, Júpiter, Saturno y la capa de las estrellas.
            Ése era el universo de Pitágoras. Y sonaba en el aire como una orquesta. Las notas producidas por los astros, al desplazarse en el espacio, eran la música de las esferas celestes. Un concierto producido por las circunferencias de las esferas, cuyas longitudes estaban relacionadas entre sí como las cuerdas de una lira. Al pulsarla, rozándolas, el aire producía la música del universo; que era un concierto extraño, maravilloso y sorprendente.




viernes, 3 de abril de 2020

LA MADRE




LA MADRE


 Una madre es una mano que te acaricia, un pecho que te alimenta, un cuerpo que te da calor, una voz que te arrulla, un olor que se te mete dentro, una imagen que no se ve pero que sientes cuando estás ciego, y una sensación que te envuelve, una razón de ser, un ser que no entiende, ese ser sin entender es una presencia.
 Una madre, antes de ser madre, fue una niña. Y no siempre vivió el tiempo de las manos que acariciaban, el pecho que alimentaba, el cuerpo que protegía, la voz que arrullaba, aunque era un ser sin entender y una presencia del olvido. Aquella voz, en vez de arrullar, gritaba. Aquella mano, en vez de acariciar, lanzaba la zapatilla. Aquel pecho, en lugar de alimentar, la mandaba a buscar comida. Y eran los días caminando kilómetros para cambiar pan por aceite, azúcar por harina, hambre por hambre. Era la cartilla de racionamiento, la guardia civil que te lo quitaba todo, la leña que no ardía y que tenías que esconder, tirándola loma abajo, si te la veían. Eran los días del hambre, del frío, de las penas, de la soledad, cuando los caminos eran hostiles y se llenaban de alimañas, y días de volver de vacío cuando te quitaban la hogaza que habías conseguido.
Esa niña después fue madre. Y dio el calor que no le habían dado, el arrullo que le habían robado, la caricia que nunca tuvo, el calor del invierno frío. Y cuando iba con su madre a cambiar comida, sus hermanas pequeñas, como marionetas, balanceándose hacia adelante, todo el día solas, no paraban de salmodiar: “¡madre! ¿Cuándo vienes? Ven pronto. ¡Danos de comer…!” Mientras tanto el frío se clavaba en las carnes, se helaban en la cara los algodones del invierno, la soledad se hacía presente en la alcoba, y todo el día, una hora tras otra, todos los tiempos y todas las horas, desde que amanecía hasta que anochecía, todo el día solas, hasta que llegaban, con una hogaza y la metían en el arcón pero primero le arrancaban un trozo y se comían ese mendrugo, maquinal, obsesivamente, no sabía si les pesaba más el hambre o la soledad.


            Fueron tiempos difíciles. De estar sentada en una piedra junto al acueducto. De ser un pan enterrado en la nieve y un ansia de llevarlo a la boca, empapado en agua, líquido, hambriento, sin tiempo para pensar si estaba bueno o malo, ganas de comer. Gachas de pito, cocido sin carne, sopa sin sustancia, tiempos de posguerra, de coger papeles por la calle, de venderlos al chatarrero, de buscar en el mercado la fruta estropeada, tiempo de sufrir. Criar un cerdo para todo el año y luego, en tiempo de matanza, aparecer bajo las piedras toda la familia que no tenías, invitarse sin invitarla, y el cerdo que se acababa, todos a comer. Y en junio, cuando venía Aniceto de Extremadura, os traía una oveja ya criada y os la dejaba, y los parientes, que crecían bajo las piedras como champiñones, llegaban y se invitaban solos, y todavía, cuando les preguntaban, parecía que contestaban con contrición: “¿adónde vais?” “¡Anda, hijo, a cumplir, qué le vamos a hacer, a cumplir!”
            Mi madre crió niños siendo niña. Vendió helados y todos los días su tío, viniendo del mercado donde tenía el puesto, iba a que le invitara al único helado al que tenía derecho ella: y se privaba ella por dárselo; pero luego en el mercado no le daban una triste fruta aunque estuviese pocha. Un día, cuidando a sus primos, dijo su tía a su madre: “Josefa, a Elvira le gusta coser. Me mira cuando coso y es que se le queda la boca abierta”. Entonces la puso en una academia y se hizo costurera. Y fue montar en la borriquilla y se iba a Orejana, a Muñoveros, a la Nava; iba a casa de sus tías y les cosía la ropa. Y les hacía vestidos, y abrigos, y todo; y le daban la comida y un sitio donde dormir, y luego, cuando volvía a Segovia, traía una hogaza y le hacían una fiesta, una hogaza era llevar a casa algo de comer.
            Y cuando iba a los pueblos bailaba la jota, y dice que reía, y a mí me parecía increíble porque pocas veces, desde que era yo niño, la he visto reír. Luego he crecido y la he visto crecer delgada, con anemia, sin fuerzas, hacía vestidos de novia y cuando venía la chica a casa, a probárselos, llegaba yo a cuatro patas, que era un niño travieso, y me tiraba un pedo y entonces ella se avergonzaba y decía: “¿niño…!” Eran los tiempos de la burra de la leche. Y venía la burra del pan, y el churrero, con la cesta tapada, y el cobrador de la luz, me parece, que llevaba gorra y visera y vestía como un militar, aunque fuera pobre.
            Así crecí yo. Y crecieron mis hermanas, y mi madre era la misma figura dulce de Blancanieves y de todos los cuentos. Luego, eso sí, mis hermanas sufrieron la injusticia de ayudar en casa mientras yo no tenía que hacer nada, por ser niño. Eran los tiempos en que no comíamos jamón porque era de ricos. Por las tardes, pan con chocolate y a jugar a la calle, era la hora del serial. Ya no era Segovia, era Puertollano, las monjas nos reñían por vestir bien y no sabían que mi madre era costurera, y esas ropas ella no nos las compraba, sino que nos las hacía de otra ropa vieja que teníamos en casa. Yo iba con mi cazadora, con mi pasamontañas, mis hermanas iban con su vestido a cuadros y había gente que creía que éramos ricos porque vestíamos bien.


            Luego fue Francia, y fue Reus, Segovia otra vez. Fue vagar por la vida porque la vida nos echaba, hasta que nosotros la atamos y nos hicimos dueños de ella, y fue poco a poco mandar en nuestro destino, no que el destino nos mandara; y nosotros nos casamos, vinieron los nietos, y fue entonces el tiempo, mientras nos dejaba su resaca, el tiempo empezó a cansarse de pasar.
            Mi padre murió hace catorce años. Todavía recuerdo cuando lo miraba en su lecho de muerte, en aquella habitación del hospital. Todavía me sorprendo a mí mismo recordando cómo mi voz silenciosa, sin articularse ni mover los labios, decía: “¡papá!” Y sin darme cuenta de repente me oí decir: “¡hijo mío!” Ya ves; mi padre se había convertido en mi hijo. Y ahora que se ha ido mi madre las cosas se han vuelto al revés. Ella que nos alimentó veía que nos preocupábamos por alimentarla. Ella que nos cambió pañales vio cómo los pañales se los cambiábamos. Ella que nos cantó las nanas oyó como nosotros se las cantábamos. Y ella se reía, como una niña. Cuántas veces he paseado con ella por las tardes de primavera. Íbamos por la pradera, yo la empujaba de la silla, y unas veces la llevé a palacio, otras la bajé por el puente, al pie del pico de la Atalaya, y cuántas paseábamos por la acera, junto a la fábrica de vidrio, o nos sentábamos en un banco, a veces, en verano, a comer un helado y yo miraba la torre y le decía:
            -¡La cigüeña!
            Entonces ella sonreía y se volvía niña; y, como si volviera a vivir los años al revés, se ponía a cantar:

La cigüeña está en la torre,
la tenemos que matar,
el pico pal señor cura
y lo demás pal sacristán.

            Dónde vas, Alfonso XII. María de la O. Tápame. Y una canción que le gustaba repetirme muchas veces:

La luna me miró
y yo le respondí,
me dijo que tu amor
no me iba a hacer feliz,
que me ibas a dejar
porque tú eras así.


            Eran los tiempos de Raquel Meller. Del cuplé. De las tonadilleras. Yo aprendía y aprendía de mi madre al mismo tiempo que ella aprendía de mí. Luego venía la judiada de San Luis y les llevaban los judiones a la residencia. Y venía el alcalde y les decía unas palabras a los viejos. Y había buen ambiente y todos se reían. Y fueron, si alguna vez los tuviéramos que calificar, algunos de los años más felices de su vida. Esa alegría no me abandonará nunca. Las veces que nos hemos reído juntos, las tardes que hemos pasado en primavera, algún helado en verano, de cuando en cuando, los días de invierno ayudándola en el aseo, o leyéndole cuentos, o con una revista, ella que era medio ciega y ya no podía leer; le gustaban los romances del Tuerto Pirón, el taxista poeta, las leyendas de Segovia, los cuentos de Calleja, le gustaban tantas cosas… Pasaron los días en que se rompió la cadera y yo, empeñado en que se curara, la llevaba todas las tardes al gimnasio, con las paralelas, las espalderas, los movimientos de piernas y brazos, las escaleras, la rampa: hasta que se curó; siempre iba con su andador, a pesar de que podía prescindir de él, y los días de paseo, para no cansarse, le ponía su mantita y la sacaba en su silla de ruedas.
            Y ahora ha venido un mal bicho y se la ha llevado. Todos apostábamos porque sería centenaria pero ha venido el coronavirus, sigilosamente, como un ladrón, sin avisar; en una mañana ha venido y en una mañana se la ha llevado. Y la hemos tenido que enterrar casi en la clandestinidad, para no poner en peligro a los vivos mientras nos ocupábamos de los muertos. Y ha sido, ¡maldita sea su estampa!, truncar una vida que reía, cantaba, le gustaba pasear, aunque hubiera que obligarla y que ha vivido, en la residencia, estoy seguro de ello porque lo hemos compartido juntos, algunos de los momentos más felices de su vida. La gente dice que en las residencias nos olvidamos de los ancianos y quien lo dice es porque lo hace. En mi caso no es así. La residencia ha sido el lugar donde le daban de comer, y de dormir, y la limpiaban y la lavaban, y la quitaban de cuidados y preocupaciones, para que yo por las tardes, o mis hermanas, o algunas veces sus nietos, y sus hermanas y alguna vez su hermano, alguna sobrina de vez en cuando, llenásemos las horas de recuerdos y palabras y lecturas y de risas… y a veces, en verano, con un helado.


            Las tardes de mi madre han sido de las más apacibles y hermosas que recordar se pueden. Los castaños, entre los bancos, surcando el cielo. Las margaritas en la hierba (“chiviritas”, decía ella). Las mariposas. La gente que se sentaba a nuestro alrededor, algunas guirnaldas entre árbol y árbol de niños que celebraban su cumpleaños. La Granja. Una señora de la residencia, casi centenaria, jugaba cuando era niña con la infanta chata; porque su madre, que trabajaba en palacio, era criada. De allí nos quedan recuerdos entrañables: Teresita, la Antonia, la Felipa, Maruja, cuántos y cuántos… Momentos y personas de la vida de mi madre, tardes de plenitud. Pero todo lo que algún día empieza viene un día y se acaba.


            Mi madre. Que un día me protegió y luego la protegí yo a ella. Que un día me dio de comer y luego me preocupé de que comiera. Que un día me acarició y luego la alegré con mis caricias. Que un día me lavó y luego me preocupé de que se lavara. Que un día me contaba cuentos y luego se los contaba yo, en las tardes apacibles del invierno, mientras ella sonreía y le entraban ganas de cantar, y entonces, cantándole yo la primera estrofa, ella la terminaba. Mi madre. El mundo se vuelve al revés y nos hacemos pequeños al hacernos mayores, y ellas, que cuidaron de nosotros, necesitan ahora que las cuidemos a ellas. Mi madre. Dónde está ahora, no lo sé. Sólo sé que en el momento en que se cambian las cosas yo algún día me haré pequeño y me acordaré, cuando vuelven los árboles del otoño, de mi madre.





viernes, 27 de marzo de 2020




CRÓNICA DEL CORONAVIRUS   


1.

            Nunca dejó de escribirnos el instituto. Desde el primer momento abrieron una carpeta en la página web. Su nombre era “planificación del coronavirus”, para que metiéramos en ella orientaciones para los alumnos; unos tenían aulas virtuales, otros pusieron las páginas del libro que debían estudiar cada día y lo ejercicios que tenían que hacer, otros subieron pdf con los resúmenes de los temas, otros grabaron sus explicaciones como si estuvieran dando la clases… Días más tarde escribieron los padres diciéndonos que no pusiéramos tantas tareas que sus hijos se iban a volver locos… Y había quien decía, incluso, que los chicos no tenían ordenador para seguir la marcha de las clases; en fin, que nos pedían que se lo pusiéramos fácil. Lo que de verdad se ponía de manifiesto es que los chicos no podían estudiar solos; que muy pocos tenían esa competencia que se llama “aprender a aprender” que les reconocemos de oficio en el momento en que aprueban; como si el éxito en los resultados fuera la garantía de que tienen éxito en el proceso.

2.

            Las ondas de la laguna. Un segoviano para Europa. Vida y obra de Andrés Laguna. Tal es la audioserie que estábamos grabando y que constituía el relato de un drama científico. La emisora de radio de Segovia, que pertenece a la cadena SER, nos había prestado sus estudios y ya habíamos grabado tres capítulos; el técnico de sonido había hecho una labor magnífica. El tercer capítulo hablaba de la peste, de cómo Andrés Laguna combatió la epidemia en la ciudad de Metz, y de cómo, entre remedios de dudosa eficacia que probaban su validez a salto de mata, Andrés Laguna había hecho de la higiene su nudo gordiano. Lavarse las manos. Rehuir el contacto físico. No compartir los alientos. Ropas limpias, hierbas aromáticas… Por la radio habíamos oído decir machaconamente: “y sobre todo lavarse las manos”. Era la pandemia. La crisis del coronavirus, que está enseñoreándose del mundo como en el siglo XVI se enseñoreaba la peste. Como le pasaba a Andrés Laguna, los médicos probaban a ciegas remedios de dudosa eficacia. Sólo quedaba uno que todos recomendaban a la vez: la higiene; si no sabíamos curar, sí podíamos al menos evitar el contagio. Y así fue como empezó el confinamiento. Prohibido salir a la calle salvo para ir a la farmacia, tirar las basuras o hacer la compra. La grabación de nuestra serie se interrumpió. Todo quedaba suspendido, el trabajo, las clases, los paseos, los bares, las oficinas, todo cerró menos las tiendas que vendían productos de primera necesidad. Las salas de fiestas. Los hoteles. Las librerías. Las ferreterías, todo… Ahora teníamos que quedarnos encerrados en casa. El gobierno dijo que por quince días y la gente se lo creyó. Luego vieron que en la primera semana los casos no se habían frenado, sino que se habían cuadruplicado, y la idea de un largo encierro en casa fue metiéndose en el ánimo de todos.

3.

            Me he levantado a las ocho. He ido a la ducha, he desayunado, luego he cogido mis libros, mis apuntes, me he trazado un plan de trabajo y me he llevado el ordenador a la habitación del fondo. He cerrado la puerta para que no entrara el ruido y he enchufado el micrófono. He estado grabando clases durante tres horas y luego he vuelto a la cocina; tenía la cabeza hecha un bombo. Marinanda me ha pedido que pelara patatas y eso me ha relajado. Rodrigo estaba leyendo a Platón. Luego ha guardado el libro y se ha puesto con el móvil.
            -¿Qué haces? –le he preguntado.
            -Estoy con los de geo. (Los de geo son el equipo de rugby de geológicas, en la universidad complutense). Están lanzando retos para entretenerse mientras dura el encierro. El reto era beberse una lata de cerveza de un tirón; mira, éste lo acaba de hacer y ahora me ha nombrado a mí.
            Entonces va a La nevera a coger una lata y se la bebe de un queco. Queda constancia grabada de que ha superado el reto. Entonces él tiene que nominar a otro, para que siga la cadena.


4.

            Voy a ponerme el termómetro.
            -¿Tienes fiebre? –dice Marinanda.
            -No sé. Me siento la cabeza caliente, como si tuviera algo de calentura.
            Me pongo el termómetro. Nada. No llego a 36 y medio. Pero me duele el cuerpo, bueno, dolerme no es la palabra, me siento pesado, cansado sin haberme movido, una especie de torpor que me llena todo. Me duele un poco la frente. ¿Será porque no he salido?
            -Mira, ¿por qué no vas a la compra? Y te traes lo que hay en esta lista.
            Me pongo la mascarilla. Ayer estuvimos en la farmacia. En una dijeron que todas las mascarillas se las habían dado al hospital. En otra nos vendieron cuatro que valían para no contagiar a los demás, no para no contagiarse uno mismo. La farmacéutica tenía una distinta.
            -¿Ésa sí vale para protegerse?
            -Ésta sí.
            -¿Y esta otra? –dijo Marinanda, mostrando la suya, que la había encontrado en un armario.
            -Ésa sí. Pero la mía es de fuerza 3; la suya sólo es de fuerza uno.
            En fin, que me puse la mascarilla y salí con el carrito a la calle. A la entrada de la tienda había rayas separadas por un metro para que mantuviéramos la distancia de seguridad. Luego había jabón y toallas de papel.
            No se moleste –dijo el guardia, que también tenía la mascarilla puesta-. Ya no queda jabón.
            Entonces corté dos trozos de toalla para ponerlos en la barra del carrito y que mis manos no la tocaran. El coronavirus también se transmite mediante el tacto. Puede que caigan gotitas de una tos, un estornudo, nosotros ponemos la mano y luego nos la llevamos a la cara, o nos rascamos los ojos, las orejas…. Y ya está el contagio.
            No había ni un solo rollo de papel higiénico. Yo pensaba en la maldad de la gente, que se obsesiona en acapararlo todo sin pensar en los demás, que también lo necesitan para limpiarse el culo. Uno no mira más que por uno mismo, no mira por los otros… Eso sí, luego le gusta retratarse en esas estadísticas que hablan de solidaridad.

5.

            He vuelto a casa. He descargado el carrito con mucho cuidado lavándome primero las manos. Después de guardarlo me las he vuelto a lavar y he dejado la mascarilla encima de mi mesa. Le he preguntado a Rodrigo:
            -¿Qué haces?
            -Es un reto –me ha dicho-. Estamos jugando al rummikub y yo acabo de ganar mi primera partida.
            Me tumbo en la cama. Estoy muy cansado. No tengo fiebre (me he puesto el termómetro otra vez) y me he limpiado la nariz: parece que tengo moquillo, pero muy poco. Así, tumbado, me siento descansar, pero no duermo. Habré estado así una media hora hasta que oigo que me llaman para comer.
            Como sin muchas ganas. Marinanda hace tres días que ha perdido los olores, y los sabores, y ya no disfruta de la comida. Tiene un dolor en la espalda que la fastidia mucho. Le ha empezado en la cadera, como si fuera un lumbago, una ciática. Ha estado chateando con Mariano que le ha dicho:
            -Necesitas un masaje, así, así…
            Se lo ha explicado todo. He intentado seguir las instrucciones y la ha aliviado mucho. Al otro día las he seguido otra vez con menor fortuna.
            -¿Te echas un ajedrez? –me ha dicho Rodrigo.
            Jugar al ajedrez con él es ir a una muerte segura. Él es muy bueno en estrategia, pero es que además yo cometo unos errores garrafales. Me ha vencido. Luego he vuelto a la cama a estirarme un poco y esa relajación me ha producido una sensación de bienestar. No me he dormido, pero cerrar los ojos me hace mucho bien. Rodrigo ha vuelto a dar un paseo literario de la mano de Platón.


6.

            Son las siete de la tarde. ¿No hay basuras que tirar?, dice Rodrigo, que acaba de derrotar a otro amigo en una partida de rummikub. ¿Vienes, papá? Vale. Entre los dos nos repartimos las bolsas y luego las repartimos en los distintos contenedores. Le damos la vuelta a la manzana y estamos en casa otra vez.

7.

            Oímos el ruido de palmas en la calle. Miro al reloj: son las ocho. A esa hora todos los días la gente se asoma a las ventanas para aplaudir a los médicos y sanitarios que se están dejando la piel por nosotros. Marinanda ha abierto la ventana. Proyecta sus aplausos hacia el exterior y parece que sirven de llamada para que otros vecinos aplaudan a su vez. Yo salgo al balcón para unirme a ellos. Y es un concierto de palmas que rebotan en las calles con un sonido alegre que se convierte en eco de otros ecos.

8.

            -Mira, papá –dice Rodrigo-, mira lo que ha puesto mi hermano.
            Me enseña la pantalla de su móvil y hay un retrato donde estoy yo entre Mariano y mi madre. Hay un letrero que dice: “tú siempre estás cuidando de los tuyos, de tus hijos… y de tu madre. Por eso estoy orgulloso de ti, papá”. Entonces me acuerdo de que es el 19 de marzo. Día del padre. Para entonces mis ojos ya están velados por las lágrimas. Entonces cojo el teclado y le contesto: “estoy orgulloso de ti con ese pedazo de corazón que tienes… ¿cómo no te voy a querer?” En seguida él me contesta con el dibujo de una carita en la que salen dos corazones por los ojos.

9.

            -¿Jugamos al mastermind? –dice Rodrigo.
            Jugamos. Él resuelve el primer reto en cinco jugadas, yo en once. Luego resuelve el segundo en cuatro, yo en diez. Y lo dejamos. Hemos tenido que pensar mucho. Tengo la mente cansada. En algún momento de la tarde he grabado alguna clase más, ahora estoy cansado. Hemos cenado. Rodrigo está viendo una serie; nosotros nos unimos a él: no está mal; Gotham; entretenida, tiene buen ritmo; está bien hecha.

10.

            Marinanda se ha ido a la cama. Un poco más tarde me he ido yo. Cuando me he dormido Rodrigo todavía estaba levantado. Me he despertado tres veces esta noche. Cada dos o tres horas, más o menos. He ido al váter y me he vuelto a dormir. He tenido un sueño pesado. Al levantarme he sentido como si el mundo me pesara encima, siento calentura siempre desmentida por el termómetro, y cuando salgo de lavarme el pelo me siento un poco más ligero, pero no del todo. He desayunado mientras consultaba el periódico electrónico y los infectados y muertos no paran de subir. Cada día hay 100 ó 150 muertos más, y los infectados han pasado e 7000 a 10000 en cuatro días. Esto no tiene pinta de parar. ¿Hasta cuándo? Italia acaba de superar a China en número de muertos. En Estados Unidos van a aislar a Nueva York, Perú, Brasil, Méjico… Alemania también tiene sus infectados. Y los tiene Inglaterra, que acaba de salir de la unión. ¿Cuándo acabará todo? Estamos en el punto álgido de la pandemia, ni siquiera sabemos cuántos infectados hay realmente porque los que apareen en las estadísticas son los casos declarados y hay una realidad oculta que nadie cuenta; pero bueno, todo lo que sube baja, y todas las infecciones y las muertes algún día tendrán que parar, digo yo.


11.

            He ido con Rodrigo al hospital. Tiene una férula en la mano y le dijeron que volviera. Cuando ya estábamos llegando nos ha parado la policía.
            -¿Adónde van ustedes?
            -Al hospital –hemos contestado; entonces nos han sonreído amablemente y se ha alejado el coche patrulla.
            Eso fue anteayer. Todavía no habíamos comprado las mascarillas y nos pusimos unas viejas que hemos encontrado en el armario. Comprobamos que en recepción nos levantaron la voz, antes de que tuviéramos tiempo de entrar, para que nos quedáramos detrás de la raya, que estaba pintada en el suelo a casi dos metros del mostrador. Luego el médico comprobó que a Rodrigo todavía le dolía el dedo, que la fisura todavía no estaba soldada, y que tendría que estar dos semanas más con la escayola puesta. Una escayola para la férula.

12.

            De vuelta a casa. ¿Cuántos días llevamos sin salir? Bueno, saliendo para las urgencias. Una semana. Estoy cansado. He estado tres horas grabando las clases y luego las he subido a la página web. A la planificación del coronavirus. Tengo la cabeza caliente. Trabajar me cansa. Me siento débil, el termómetro desmiente la fiebre, me sueno la nariz, pero no mucho, y me duele un poco la frente. En la cabeza me noto un poco de pesadez. En la cocina he estado con Marinanda, he servido de pinche y eso me ha relajado, hemos hablado, hemos bromeado, luego ha venido Jet, que ha hecho la ensalada, y nos hemos puesto a comer.
            -Ahora tengo tiempo –me ha dicho-. Si me das el texto de Andrés Laguna podemos hacer la maquetación.
            A él también le ha afectado la pandemia. En el trabajo. También en el curso que estaba haciendo. Se ha interrumpido todo. Todo se ha metido en un largo paréntesis: hemos abierto el paréntesis pero aún no sabe nadie cuándo lo cerraremos, así que aprovechamos ahora… ¡A maquetar! Yo he escrito un epílogo y he terminado el prólogo. Ahora está todo listo. Falta suprimir algunas indicaciones escénicas, las voces de la narración, pero eso lo haremos cuando llegue Carmen.

13.

            Hemos estado un rato de sobremesa. Rodrigo me ha dicho: ¿por qué no jugamos al ping-pong? Marinanda se ha tomado una pastilla para el lumbago, o la ciática, o lo que sea que tenga. Rodrigo ha colocado la mesa del comedor, la ha abierto y ha puesto la red en medio. Hemos empezado a pelotear. Después, hemos jugado partidas; y a pesar de que le sostengo durante mucho tiempo el peloteo, Rodrigo siempre me acaba ganando los puntos. De repente me siento un poco caliente. Luego siento el sudor. Y cuando ya hemos terminado la partida, tengo que pasar por la ducha. Me queda una tensión en el cuerpo que no es de agujetas, pero por la noche tengo una pesadez en los músculos que no me deja dormir. El sueño se hace pesado. Otro día jugaremos más: a ver si para entonces mi cuerpo, que no está acostumbrado al esfuerzo, resiste mejor.

14.

            He leído en el periódico que los norteamericanos están comprando armas. Muchas armas. Por lo visto piensan que cuando salgamos de la crisis del coronavirus habremos entrado en una depresión económica de tal magnitud, que las legiones de parados se echarán a la calle a ganarse la vida como puedan. Robarán. Matarán. Nadie estará seguro y entonces será bueno recurrir a las armas para defenderse. Por lo visto esos cristianos de acequia en lugar de dar de comer al hambriento le darán plomo, a pesar de que eso no lo dice el evangelio.


15.

            Esta noche ha querido Marinanda que veamos Cinema Paradisio. Rodrigo se ha quedado sin serie, pero no ha querido verla. Son casi tres horas. Y al final vino una nostalgia infinita de lo que pudo haber sido y no fue, unos amores imposibles, el tiempo que no da marcha atrás para empezar de nuevo, y cómo el arte sirve de consuelo para darle sentido a una vida que lo perdió, por esas cosas que pasan, y se queda el corazón encogido para siempre. Un hombre y una mujer. Se querían. Cuando quedan para fugarse de los padres de ella, que quieren casarla con otro, ella no acude. Y él, lleno de despecho, golpea los papeles que tenía pinchados en la pared y los desbarata. Veinte años después se encuentran de nuevo. Descubre, y el mundo se le viene encima, que ella fue a la cita pero llegó tarde; ser había peleado con sus padres y estaba dispuesta a irse con él, pero él, creyendo que no vendría, se había dejado llevar por la ceguera; ella pinchó un papel en el clavo de la pared donde él acostumbraba a dejar sus notas; en ese papel le daba una dirección, la dirección de una amiga donde podría él escribirle a ella para marcharse juntos a ponerse el mundo por montera. Pero la cólera de él arrasó con todo y tiró los papeles y los mezcló todos. Y así fue como las cosas más hermosas de la vida penden de un hilo frágil que puede romperse; y quedan los ojos nublados, las lágrimas que los hacen brillar sin que lleguen a volcarse en llanto, la cara triste, el gesto adusto, el tiempo que está pasando de largo. Y yo me quedé con el hilo de la pandemia del que está pendiente el mundo, que casi puede romperse, pero no se romperá, estoy seguro.

16.

            Un día más. Sensación de calentura desmentida nuevamente por el termómetro. Desayunar sin ganas, solamente por sentido del deber. Tres horas para grabar las clases. De vuelta a la cocina, a relajarse haciendo de comer, con Marinanda mientras charlamos. Rodrigo leyendo a Platón, o a Aristóteles, o la historia de la música antigua. Tiene ganas de tocar, pero la férula no le deja coger la guitarra; ahora faltan nueve días para que se la quiten. Le pica la mano, siente el sudor bajo la escayola, el algodón se desmenuza, le pica más, siente que huele muy mal, le huele a vinagrillo, no ve las horas de que le quiten a escayola, la venda y la férula. Llega Jet. Comemos. Comentamos los bulos del coronavirus. Luego llega la siesta, y una partida de ajedrez, o de mastermind, o de ping-pong, o de rummikub, o de lo que sea. Pasar por la ducha, cenar, ver una serie, dormir y esperar a levantarse para que todos los días se parezcan. Pero antes hemos salido a la ventana. Hemos salido a aplaudir para animar a los médicos y enfermeros. Por la calle he visto un coche con una médica haciendo pruebas. Y así un día tras otro, todos los días igual, idénticos en su monotonía, sin un proyecto de futuro, como un eterno presente. Encerrados en nuestras casas, repitiendo los mismos giros, como una rueda. El hastío. El ansia de estar sin saber para qué, estar ahí, esperando que un día no suba el número de enfermos y de muertos. Ese día llegará. Y entonces el círculo se volverá flecha, se dispararán otra vez los arcos, el cielo se llenará de proyectos, todo tendrá un sentido y ya no será el mismo presente repetido, idéntico a sí mismo, machacón en su eterna identidad, estar sin ser, no vivir, sobrevivir, no salir a la calle, vigilados por la policía en sus coches patrulla, por el ejército. Llegará el tiempo en que termine todo. Y ese día en que la monotonía no tenga futuro, todo volverá a empezar. Respiraremos otra vez, como antaño. Levantaremos la economía y será la alegría de vivir. Y habremos vencido al bicho, habremos frenado su espiral, habrá llegado el fin de la pandemia. Luego inventaremos una vacuna, habremos dado con el tratamiento y todo será bonito, todo tendrá ilusión, volverá de nuevo la magia del deseo. Sentiremos palpitar el corazón. Y sólo dejará un sabor amargo la retahíla de mensajes de odio que difundieron los odiosos en sus wasap, cuando más falta nos hacían las palabras de aliento, y ellos difundieron el miedo. Esa herida en el corazón de saber lo mezquino que somos dejará una marca indeleble, que nunca, por mucho que nos esforcemos, ya nunca acabará de cicatrizar.