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viernes, 22 de abril de 2022

 

 

DESDE LA PANDEMIA

 


            Tenemos en nuestras manos un libro escrito por la filósofa, ensayista y poeta Mercedes Gómez Blesa. Un ensayo corto pero denso que en cien páginas se hace eco de buena parte del pensamiento actual para desenmarañar los enredos de la modernidad, la posmodernidad y el llamado pensamiento póstumo; lo hace intentando construir una explicación de los cambios que nuestra sociedad ha experimentado en los tiempos de la última pandemia. Se titula Estéticas de la ausencia.

            En él nos habla de la “necropolítica”; y la autora expone aquí el pensamiento del filósofo camerunés Achille Mbembe, que la define como “capacidad de los estados para decidir quién vive” (p. 33), basándose en el principio de biolegitimidad de Didier Fassin: “el estado se siente legitimado para decidir sobre la vida de los otros” (p. 26); todo lo cual plantea el problema de la “gestión de la eliminación de miles de cadáveres improvisando grandes morgues (p. 41). En la base de esta cuestión está la “reificación” (Vázquez Montalbán hablaba de “cosificación”), que Mbembe define, refiriéndose al esclavo, como la concepción del ser humano convertido en “instrumento al servicio de la producción económica” (p. 34); es la vieja alienación en sentido marxista. El neoliberalismo se convierte en necroliberalismo (p. 35) y el utilitarismo humanitario de Mill adquiere tintes sombríos.

            Todo esto se pone de manifiesto en el sacrificio de los ancianos durante el coronavirus: el cual no se caracteriza aquí como eugenesia (como en el colonialismo y el nazismo) sino como una forma de utilitarismo (porque se basa en la “capacidad productiva de los individuos”: p. 36); y se desmantela el servicio público de salud reduciendo camas y médicos en los hospitales y, cómo no, no poniendo “respiradores en los hospitales a las personas de mayor edad” según el criterio de Stuart Mill de “maximizar beneficios” (p. 38). El velo del falso respeto (prohibiendo difundir imágenes de cuerpos sin vida”) se da de puñetazos con el morbo del abandono (“imágenes morbosas que nos llegaban del abandono de cadáveres en las calles” de América). Aparece el drama de la “dificultad para hacer el duelo ante la extrañeza de la ausencia del cuerpo de la persona amada” (P. 41). Todo ello desemboca en lo que podríamos llamar paradoja de la seguridad: “con la excusa de la salud, se administra la muerte” (p. 43).

            En “Securizar la incertidumbre” (capítulo 4) se analizan los tiempos moderno, posmoderno y póstumo. La modernidad, concebida como progreso, es (cita la autora a Marina Garcés) el “futuro como tiempo de la promesa, el desarrollo y el crecimiento” (p. 46); Edgar Cabanas y Eva Illouz lo caracterizan como “happycracia” (p. 45) o estado de bienestar. Le ha sucedido la posmodernidad concebida como un presente eterno sin nostalgia del pasado ni posibilidad de futuro y, por tanto, como un tiempo interminable (p. 47). Pero ese tiempo posmoderno termina con el derrumbe de las torres gemelas y la crisis de 2008, y le sucede lo que Marina Garcés llama el tiempo póstumo (p. 50).

            El ideal ilustrado, buscando humanizar la vida con ayuda de la ciencia y de la técnica, la ha deshumanizado (p. 54). Después ha venido la idea del apocalipsis, “la historia como pendiente inclinada al vacío” (p. 46); de ahí que la happycracia o gobierno de la felicidad se haya transformado en tanatofobia: miedo a la muerte. Entre el progreso y el apocalipsis se ha abierto la vida en suspenso, porque “nuestras expectativas están en stand by” (p. 46). 



            Aparece entonces lo que Harmut Rosa llama una “conexión entre aceleración y alienación” (p. 50). “El no future de la nueva condición póstuma no tiene que ver con el liberador y desenfadado no future posmoderno” (p. 51); el presente eterno de feliz hiperconsumo (p. 47) se ha transformado en un presente sin futuro donde ya “hemos iniciado la cuenta atrás del tiempo que nos queda” (p. 51). Y se produce (p. 52) un retorno al pasado, a la edad feliz, en nuestro caso antepandémica; pero al dar la espalda a las utopías, y entre ellas a la del progreso, el futuro se convierte en  “un lugar vacío y tenebroso” (p. 53).

            “Anachoresis” es el título de otro de los capítulos. Uno de los efectos de la pandemia ha sido el confinamiento, la necesidad de aislarse para protegerse unos de otros: lo que, para la mayoría, ha sido angustioso. Pero hay una minoría que lo ha vivido como anachoresis, como retiro del mundo y encuentro con uno mismo (p. 57). Mercedes Gómez Blesa cita a Barthes para situar al anacoreta entre el eremita (“monachós”: el que vive solo) y el cenobita (de “koinobiosis”: el que hace vida en común: p. 58); y la autora habla de una “anachoresis laica” en la que incluye a Heráclito, Abelardo y los solitarios de Port-Royal (p. 59); y a Spinoza, que buscaba una comunidad de ateos cultos (p. 60: Spinoza practicaba una ética de la lejanía, de lectores solitarios que se acompañan en una respetuosa lejanía; él se retiró al final de su vida a Voorburg, cerca de La Haya, y sólo abandonaba su cuarto para disertar con sus anfitriones).

            Otro anacoreta famoso, Thoreau, llevó una vida apartada cerca del lago Walden (p. 61). Se empieza a hablar de los filósofos de la cabaña. Heidegger busca en la cabaña un adentramiento en el “claro de lo abierto”, espacio donde se desvela el ser de cada ente (p. 63); de ahí brota la poesía concebida como “instauración del ser con la palabra” (p. 64). En esa estela busca María Zambrano un modo de habitar poético en “la choza” (“la ferme”) donde vivió; allí nació Claros del bosque.

            La anachoresis produce “nadificación”, que no tiene nada que ver con la “cosificación”; aquí se trata de despojarse “de todo lo circunstancial para quedar reducido a su ser esencial” (p. 65). Eso se produce gracias a lo que Jacques Lacarrière llama “idiorritmia” (p. 58): un “ritmo propio, más allá de (…) la disciplina del convento” (la cual se califica de “heterorritmia”: p. 66), que se manifiesta como autonomía o gobierno de sí mismo. La idiorritmia convierte a los anacoretas en auténticos “hombres-islas” (p. 68).

            Ahora bien, si la modernidad se presenta como mundanidad, la anachoresis no puede ser más que una enfermedad. Y si la mundanidad es hoy el “vecindario global” de la telefonía móvil (p. 54) manifestándose en “ideoscapes” (p. 49: “paisajes ideológicos de las pantallas de ordenador”), incluso con la vida tras la pantalla despidiéndose para morir (p. 40); si, a pesar de los innegables beneficios, estar en red viene a ser estar “en-redados” (p. 69), “los nuevos anacoretas reivindicamos apagar el botón”. Hace falta recuperar el silencio como espacio de recogimiento; hace falta una “filosofía de la lentitud”. 



            “Noli me tangere”: capítulo 6. No me toques. La autora utiliza esta cita del Evangelio para teorizar sobre un “pathos de la distancia” (p. 71). Cita también a Elías Canetti para recordar que “todas las distancias “que hemos creado “han surgido de este temor a ser tocado” (p. 72). La cuarentena impuesta por la pandemia subdivide el territorio en compartimentos estancos; por un lado es una “desglobalización de los cuerpos” sobre una “globalización virtual a través de las pantallas”; por otro lado “nuestra identidad se ‘burkaniza’ (nadie te reconoce en la calle) y nos diluimos en la masa” (p. 73).

            Mercedes Gómez Blesa concluye caracterizando el “credo neoliberal” como “enfermedad autoinmune” (p. 86), puesto que invita a la derrota aceptando lo dado e inhibiendo el ideal. El “mundo global” está “fragmentado en nacionalidades” y “creencias que fomentan el miedo el otro” (p. 85); si apuramos, cada fragmento se sigue fragmentando hasta llegar al individuo, un ser autosuficiente y solipsista que no existe en realidad (p. 87); la cultura individualista no se sostiene porque todos “somos dependientes”, porque “necesitamos del cuidado del otro”; y no sólo necesitamos diálogo cultural sino sobre todo corporal; “mi cuerpo se extiende en otro cuerpo, con quien traza una unión basada, no sólo en necesidades de subsistencia, sino sobre todo en lazos afectivos que nos protegen de (…) la soledad”. Pero para evitar esa “forma de esclavismo para la mujer” que supone la “feminización de los cuidados” hace falta una “responsabilidad estatal”.

            Hay un nosotros excluyente e identitario. También un nosotros inclusivo (“sentirnos responsables de aquellos que (…) no pertenecen a nuestro grupo”: p. 88). Tenemos obligaciones con los otros y eso no es ni un “buenismo ingenuo” ni un “altruismo naif” ni una “lastimera compasión”, sino una “coimplicación”. Heidegger habla de “coexistir”, puesto que el “existente” es “un ente abierto a los otros” (p. 91). Para Merleau-Ponty “la percepción corporal” precede al pensamiento (al cogito) en la autoconciencia (p. 92), definiendo la percepción del otro no como un yo “y” otro sino como un “quiasmo·” o “entrelazamiento”, como “dos hilos que se entrecruzan sin que podamos decir exactamente dónde empieza el uno y acaba el otro” (p. 93).

            Este texto de Mercedes Gómez Blesa es un ensayo bien construido. Excelentemente documentado. Centrado en la pandemia del coronavirus sin reducirse a ella, pues no es la pandemia la que genera la reflexión sino una antropología filosófica de múltiples enfoques la que se desarrolla a través de la pandemia; la actualidad espolea la reflexión para trascender las inquietudes del momento.

            El análisis  es desolador pero la autora mantiene un conato de esperanza. Un conato que se desvanece si los comportamientos que le hemos visto criticar no son producto del liberalismo sino de la propia condición humana. Si fuera lo primero, sería posible escapar a ellos cambiando de sistema; y si es lo segundo, cualquier antropología que se intente tendrá necesariamente un sesgo pesimista. Las fotografías de Natividad Navalón, que enmarcan cada capítulo, son de una calidad inquietante y de una extraña belleza; y lo que es más, contribuyen a reforzar esta impresión desoladora. Pesimismo. A al conseguir este efecto podemos decir que el arte ha dialogado perfectamente con el texto.

 

Mercedes Gómez Blesa. Estéticas de la ausencia. Madrid, ediciones Huso y Cumbres, colección Palabras Hilanderas, 9: 2021.

 


            (El texto íntegro de esta reseña puede consultarse en El Cuaderno Digital de Cultura).

 

 

viernes, 11 de septiembre de 2020

LAS CUERDAS DE SU GUITARRA




LAS CUERDAS DE SU GUITARRA


            Sentí un aire que me cruzaba el pecho. Un aire que no soplaba, indefinible y extraño, era, más que aire, la sensación de una presencia; una presencia inmaterial, aire que no sacudía, sensación que no sentía, soplo que no tenía cuerpo: era, ingrávida y sutil, la sensación de una nostalgia. La sentí cuando me acercaba a la verja. Cuando vi a los viejos plantados en la acera de enfrente, esperando sin esperar, más bien sintiendo pasar el tiempo, con la mascarilla puesta. Rodrigo estaba junto a mí, me daba calor en el alma y me producía tranquilidad, con él me sentía acompañado. Me acerqué a la verja y vi que había dos o tres personas, como si estuvieran en la cárcel, hablando con otras dos o tres que estaban al otro lado. Toqué el timbre. Y mientras esperaba se juntaron en mí ecos de recuerdos que no tenían forma.
            Me habían llamado a casa. Podía ir a recoger la ropa de mamá. La idea de recibir objetos que yo no imaginaba separados de la persona que los llevaba me resultó extraña. Y fue cuando me sentí flotar sobre la realidad, como si estuviera en un lugar en el que no estaba, viviendo en una nube en donde la vida estaba suspendida: fue un suspiro; apenas un momento y luego volví al mundo real; sí, mamá no estaba; mi presencia en aquel lugar sólo tenía sentido para visitarla, pero ahora que yo estaba allí y ella no estaba, ¿para qué estaba entonces? Una iglesia sin altar, un jardín sin flores, un árbol sin hojas, eso era todo aquello; en primavera ya crecían las hojas en los enormes castaños, aquellos gigantes que surcaban el cielo, pero era como si sus ramas estuviesen desnudas; unas ramas robustas y nudosas, como manos abiertas con sus dedos retorcidos: yo no los vi; no me fijé en los árboles y no vi si estaban desnudos o frondosos, pero sé que tenían hojas; lo supe porque me lo decía la lógica, aunque no lo vieran mis ojos, ni lo sintiera mi cara, insensible al aire, volcada en mi mundo interior: en ese mundo donde no hay aire que sopla y vive fuera de las sensaciones, con la sensación rara de no sentir, mis sentidos abiertos al mundo pero cerrados al exterior, no sé, una ausencia de la materia que yo sabía que estaba a mi alrededor pero estaba sin estar; como si los sentidos estuviesen dormidos y el espíritu no se hubiese despertado aún; una sensación extraña, ausente para lo que tenía fuera pero no sensible aún a lo que tenía dentro; esa sensación de estar suspendido, pero no en el aire, sino en un espacio sin aire, se esfumó cuando vino la chica, vestida de blanco, y me habló sin abrir la verja, deteniéndose a cierta distancia sobre mí, yo en la calle y ella al otro lado; en una silla de ruedas había una viejecita ausente, que yo había visto pasearse el alma mientras paseaba yo, en cuerpo y alma, con mi madre; una mujer a la que paseaban sus hijos y yo no sabía hasta qué punto podían hablar con ella, tan fuera estaba de la realidad; sus ojos veían sin mirar, porque quizá tuvieran las mientes volcadas hacia adentro y lo que veían afuera era lo mismo que sus oídos sentían, sensaciones sin forma, pinceladas deshilachadas como esos cuadros que parecen manchas de colores; de colores sin formas o con formas que para nosotros no tienen ningún significado.
            -Date la vuelta detrás de la esquina y espera a la puerta de la lavandería. 


            Le di las gracias y miré a Rodrigo. Rodrigo lo miraba todo como si estuviera en un lugar extraño. Había venido unas cuantas veces a ver a mi madre, conocía el patio, la verja, conocía el salón donde la visitábamos, conocía las otras estancias, la capilla, las sillas de ruedas; los lugares donde se apostaban los viejos a ver pasar el tiempo, silenciosos, mirando por los ventanales como quien mira pasar los aviones en el aeropuerto; veía pasar las cuidadoras, las  enfermeras, por la tarde no estaba la médica, a veces venía la fisio, que iba de mesa en mesa jugando con los viejos para sacarles las risas, contándoles bromas; Rodrigo sentía la capilla, fría, impersonal y austera, con el altar donde unos curas cantaban mientras otros pontificaban; y podría imaginar el salón donde había tocado para la abuela, dedicándole todas las canciones de su guitarra, pero no había micrófono y las cuerdas no se oían en condiciones, y los viejos miraban, unos ausentes, otros presentes, unos sonriendo y otros bendiciendo. Rodrigo fue feliz el día que tocó para su abuela, y su abuela reía, contenta, feliz, presumiendo de nieto, sin comprenderlo del todo pero encantada de que su nieto tocara para ella; Rodrigo recordaba a su abuela, siempre sonriente, excepto cuando el cuerpo le dolía y le jugaba una mala pasada y entonces protestaba y se volvía quejosa. Más allá estaba el comedor, Rodrigo se acordaba bien; y se imaginaba los miradores donde, sentados en los sillones, ante la enorme cristalera, habían pasado alguna tarde celebrando su cumpleaños; y veía en su mente las mesas de la biblioteca donde, con la televisión apagada, habían partido el pastel y habían tomado chocolate; todo bien caliente: se habían gastado bromas y habían roto el tiempo celebrando cosas que normalmente no se celebraban. Sí, Rodrigo lo recordaba todo, pero no recordaba dónde estaba la lavandería.
            Ante su puerta llevábamos un rato hasta que se abrió y apareció María José empujando una silla de ruedas: era la silla de mi madre; sobre ella había un par de bolsas y pude ver que eran los retratos, los pañuelos, las dos mantitas que mi madre quería tanto, las que ella había dado a Mari Jose y a Rodrigo cuando eran pequeños; y que era la que le gustaba que le pusiera en las piernas, para sacarla a pasear, los días de primavera y de otoño; cuando todavía hacía frío pero ya se podía salir al jardín, a la pradera, y perderse en las casas del pueblo, y a veces sentarse en un banco a contar muchas cosas o a cantar canciones, mientras las cigüeñas, con su tableteo, animaban los nidos que había en el tejado de la fábrica; la real fábrica de vidrio, que antaño fabricaba las arañas de palacio, entre las casas a dos aguas de La Granja. 


            Cogí la silla y al tocarla me invadió una sensación indefinible, como si estuviera tocando una realidad que no era mía, y era la nostalgia que la embargaba. Tenía que devolver la silla al centro de salud. Y conservaríamos los pañuelos que Mariano le había traído, del Perú y de Argentina, con los que a ella le gustaba presumir, llenos de colorido que eran la envidia de las mujeres. Y nosotros, y María José, con las mascarillas puestas, a distancia unos de otros, nos contábamos cómo estábamos pasando la pandemia. Que había viejos con muchas enfermedades que, milagrosamente, la habían superado. Que otros, que anunciaban firmeza, habían caído, como mi madre, de manera fulminante, en unas cuantas horas. Que habían pasado momentos muy duros, pero ahora empezaban a levantar cabeza como si todo lo gordo hubiera pasado. Que les habían hecho las pruebas y unos habían sufrido el virus y otros no lo tenían, y otros, en fin, habían sido asintomáticos. Y que se habían hecho los fuertes porque si ellas se hundían ¿quién iba a cuidar de los viejos? Los habían aislado para protegerlos, hacía dos meses que no los podíamos visitar para evitar que les pasáramos la infección, esperando y desesperando, en caso de que la tuviéramos. Y ahora temía el momento en que iba a terminar todo porque entonces sentiría que vendrían juntas todas las lágrimas que no habían llorado. Se me hizo un nudo en la garganta y me fui, sintiendo no poderle dar un beso y un abrazo. Rodrigo me miraba, o estaba observándolo todo, y fuimos a dejar las cosas en el coche y después fuimos a pasear para sentir la libertad que flotaba sobre los montes, allí por donde la epidemia había pasado. Y tuve en el recuerdo a aquella señora de Toledo que cantaba canciones de lagarteranas y cantaba también la fuente del avellano; y a aquel otro señor que gruñía, en su silla de ruedas, cuando alguien se ponía delante y no le dejaba ver la televisión; y parecía muy serio pero se le escapaban sonrisas, socarronas y cándidas, pero socarronas, cuando menos te lo esperabas; tuve en mi mente a la señora que ya había perdido el juicio, y que me apretaba las manos y me las besaba porque me confundía con su hijo, que también tenía barba; y aquella otra señora, cariñosa hasta la médula, que me sonreía y me quería, mucho lo sentía yo, y le gustaba que me acercase a ella y le hablase y entonces me contaba cosas y me enseñaba su lupa, que sus ojos estaban manchados por la mácula; todos habían muerto, y no quise pensar más, porque tantos viejos se habían hecho amigos míos que los tenía dentro de mí y me dolía el corazón cuando los recordaba. 


            Caminamos hacia la salida del pueblo. Dejamos atrás el campo de fútbol, la pradera, las casas de la ciudad, señalé con mi mano al cerro que había ante nosotros, pelado, terroso, con una antena puesta en la cima, donde habían volado los buitres sobre el cuerpo de una vaca, o de una oveja, ¿te acuerdas, Rodrigo, lo reconoces? No, decía él, y entonces yo le decía: el pico de la Atalaya. Entonces abría los ojos y se acordaba de cuando lo había subido con su hermano, y allí, a dos palmos de la cima, tuvieron que darse la vuelta porque él era niño y ya se había cansado.
            -¿Cuántos años tenías entonces?
            -No sé… ¿Ocho, quizá?
            -Puede que ocho.
            Le señalé un peñasco que se asomaba al pueblo por otro lado. Había una roca que parecía una  atalaya, un cuadrado que sobresalía, y yo le dije: ¿sabes lo que es eso? Él negó con la cabeza. Yo le dije que no estaba seguro, pero creía que era el diente del diablo; y le conté la historia de Tomás Segura, y de la cueva del monje, leyendas, todas ellas, que daban nombre a los lugares en los que Rodrigo había estado; y seguimos hablando de los Asientos, y del pinar de Valsaín, donde habíamos ido tantas veces, siendo él niño, y del cerro Matabueyes, el pico de la Gallega, la Boca del Asno; que venía del Montón de Trigo donde nacía el Eresma, y más allá, poblado de lagunas, estaba, entre neveros y riscos, el paraje de Peñalara.
            -Mira, Rodrigo, por aquí he traído a la abuela unas cuantas veces.
            Y le enseñaba un camino, silvestre y pedregoso, que baja por una cuesta hasta un puente bajo el que corría un riachuelo de aguas transparentes; y venía de algún lugar que se perdía, tierra arriba, junto al pico de la Atalaya.
            -¡Hala! ¿La has traído por aquí?
            Asentí con la cabeza.
            -Sudaba la gota gorda con la silla de ruedas. Cuando bajaba la tenía que frenar y cuando volvía a subir chorreaba literalmente de sudor; mira, ¿ves esta cuesta? Por aquí la traía.
            Rodrigo se hacía cruces.
            -¡Pues sí que has paseado con la abuela saliéndote del pueblo!
            -Sí. –Yo señalaba con la mano, a distancia de nosotros-. ¿Ves aquellas casas que hay a lo lejos? La llevaba detrás de ellas y salíamos al campo, allí, por el camino de las Calderas, y luego, volviendo por ese otro lado, regresábamos a la residencia; y cuando llegábamos ya era la hora de tomar el autobús. Otras veces la he llevado allí, hasta los jardines de palacio, y subir por esas cuestas me costaba sudar tinta.
            -¿Empujando la silla de ruedas?
            -Empujando la silla de ruedas.
            Rodrigo hizo un gesto de admiración.
            -La abuela no se puede quejar. ¡Por cuántos sitios la has traído, cuántos paseos habéis dado!
            -Sí –dije sonriendo, satisfecho de haber compartido tantos momentos con mi madre-. Y la fábrica de vidrios, y las cosas de la feria, y los bosques que se abren detrás de la residencia, y que nos llevan directamente al pantano.
            -¿Hasta allí habéis ido? 


            -Hasta allí. Bueno, la mayoría de los días los hemos pasado en la pradera, o allí, en la explanada de la fábrica, junto al estanque, en la fuerte del infante, paseando, sentados en aquellos bancos, o bien tomando un helado; y de vez en cuando la llevaba de excursión. He pasado muchas tardes con la abuela, hemos hablado mucho, hemos recordado canciones, también las hemos cantado. 


            -¿Hablabais de muchas cosas?
            -De cosas de su infancia, sí. De Segovia, del acueducto, de cuando iba a los pueblos en burra, de cuando cosía, de los tiempos del estraperlo, de la parada de caballos… En los últimos años se olvidaba de las cosas y no me podía contar ya las mismas cosas que en otro tiempo me había contado. Se le olvidaron los lugares, las personas, a mí me confundía con mi padre, y a mi padre con el suyo, y a la perra Chuli con Toni, que era el perro que habíamos tenido en Puertollano.
            Rodrigo escuchaba todo lo que le decía. Disfrutaba del sol de la tarde, pues aquél era un día entre lluvias, y luego, señalando encima del palacio, decía:
            -Esa mancha parda y negra ¿es el incendio del año pasado?
            Sí. Habían ardido los árboles que había encima de palacio. Muy cerca de las últimas casas del pueblo. Los vecinos, con las llamas prácticamente a la puerta, debieron estar asustados. El espectáculo debía ser dantesco.
            La tarde declinaba y el sol, en el ocaso, pintaba rayones azules y rojos en el cielo. Rodrigo quiso que fuéramos por el bosque, detrás de la residencia por donde había ido con la abuela al pantano.
            -Ahora no se puede –dije-. Está prohibido.
            -Sí –dijo él-, veo el letrero de refilón.
            -Pero no importa: te llevaré hasta el pantano y después, cuando lleguemos al camino, tomaremos la desviación y llegaremos nuevamente a la residencia; de ahí, luego, volveremos a casa.
            Y así lo hicimos. Rodrigo supo adónde iba ese camino que salía desde la carretera y por el que tantas veces se había peguntado. Y enfilamos luego, dejando el pantano atrás, por las tierras de Robledo, que se perdían por la Mujer Muerta, y luego llegaba la estepa, la tierra estéril, sin árboles, y el cielo tinto en sangre, y el espacio que nos separaba de la ciudad. Fue un hermoso día para mí. La nostalgia de mi madre se unió al placer de estar con mi hijo, la presencia de lo ausente en el calor de su abrazo se hizo presencia, y fui tremendamente feliz: como si hubiera transitado por el camino donde los vivos se juntan con los muertos; donde los tiempos que fueron se prolongan en los que son, y serán, y donde la semilla de aquellos que pasaron crece en los frutos de los que están pasando ahora: mi hijo, cuyo cariño remueve hasta el tuétano las cuerdas que hay al fondo de mis entrañas, las hace vibrar como un violín: que es mi hijo mayor y que tengo ganas de verlo; y en este hijo pequeño que ya se ha hecho grande vibran también, con la misma intensidad y el mismo brío, que no ceja en sus ganas de vivir, unas veces ensueño y otras pasión, saliendo de las otras cuerdas a las que Rodrigo hace hablar cuando las toca: las cuerdas de su guitarra. 




viernes, 27 de marzo de 2020




CRÓNICA DEL CORONAVIRUS   


1.

            Nunca dejó de escribirnos el instituto. Desde el primer momento abrieron una carpeta en la página web. Su nombre era “planificación del coronavirus”, para que metiéramos en ella orientaciones para los alumnos; unos tenían aulas virtuales, otros pusieron las páginas del libro que debían estudiar cada día y lo ejercicios que tenían que hacer, otros subieron pdf con los resúmenes de los temas, otros grabaron sus explicaciones como si estuvieran dando la clases… Días más tarde escribieron los padres diciéndonos que no pusiéramos tantas tareas que sus hijos se iban a volver locos… Y había quien decía, incluso, que los chicos no tenían ordenador para seguir la marcha de las clases; en fin, que nos pedían que se lo pusiéramos fácil. Lo que de verdad se ponía de manifiesto es que los chicos no podían estudiar solos; que muy pocos tenían esa competencia que se llama “aprender a aprender” que les reconocemos de oficio en el momento en que aprueban; como si el éxito en los resultados fuera la garantía de que tienen éxito en el proceso.

2.

            Las ondas de la laguna. Un segoviano para Europa. Vida y obra de Andrés Laguna. Tal es la audioserie que estábamos grabando y que constituía el relato de un drama científico. La emisora de radio de Segovia, que pertenece a la cadena SER, nos había prestado sus estudios y ya habíamos grabado tres capítulos; el técnico de sonido había hecho una labor magnífica. El tercer capítulo hablaba de la peste, de cómo Andrés Laguna combatió la epidemia en la ciudad de Metz, y de cómo, entre remedios de dudosa eficacia que probaban su validez a salto de mata, Andrés Laguna había hecho de la higiene su nudo gordiano. Lavarse las manos. Rehuir el contacto físico. No compartir los alientos. Ropas limpias, hierbas aromáticas… Por la radio habíamos oído decir machaconamente: “y sobre todo lavarse las manos”. Era la pandemia. La crisis del coronavirus, que está enseñoreándose del mundo como en el siglo XVI se enseñoreaba la peste. Como le pasaba a Andrés Laguna, los médicos probaban a ciegas remedios de dudosa eficacia. Sólo quedaba uno que todos recomendaban a la vez: la higiene; si no sabíamos curar, sí podíamos al menos evitar el contagio. Y así fue como empezó el confinamiento. Prohibido salir a la calle salvo para ir a la farmacia, tirar las basuras o hacer la compra. La grabación de nuestra serie se interrumpió. Todo quedaba suspendido, el trabajo, las clases, los paseos, los bares, las oficinas, todo cerró menos las tiendas que vendían productos de primera necesidad. Las salas de fiestas. Los hoteles. Las librerías. Las ferreterías, todo… Ahora teníamos que quedarnos encerrados en casa. El gobierno dijo que por quince días y la gente se lo creyó. Luego vieron que en la primera semana los casos no se habían frenado, sino que se habían cuadruplicado, y la idea de un largo encierro en casa fue metiéndose en el ánimo de todos.

3.

            Me he levantado a las ocho. He ido a la ducha, he desayunado, luego he cogido mis libros, mis apuntes, me he trazado un plan de trabajo y me he llevado el ordenador a la habitación del fondo. He cerrado la puerta para que no entrara el ruido y he enchufado el micrófono. He estado grabando clases durante tres horas y luego he vuelto a la cocina; tenía la cabeza hecha un bombo. Marinanda me ha pedido que pelara patatas y eso me ha relajado. Rodrigo estaba leyendo a Platón. Luego ha guardado el libro y se ha puesto con el móvil.
            -¿Qué haces? –le he preguntado.
            -Estoy con los de geo. (Los de geo son el equipo de rugby de geológicas, en la universidad complutense). Están lanzando retos para entretenerse mientras dura el encierro. El reto era beberse una lata de cerveza de un tirón; mira, éste lo acaba de hacer y ahora me ha nombrado a mí.
            Entonces va a La nevera a coger una lata y se la bebe de un queco. Queda constancia grabada de que ha superado el reto. Entonces él tiene que nominar a otro, para que siga la cadena.


4.

            Voy a ponerme el termómetro.
            -¿Tienes fiebre? –dice Marinanda.
            -No sé. Me siento la cabeza caliente, como si tuviera algo de calentura.
            Me pongo el termómetro. Nada. No llego a 36 y medio. Pero me duele el cuerpo, bueno, dolerme no es la palabra, me siento pesado, cansado sin haberme movido, una especie de torpor que me llena todo. Me duele un poco la frente. ¿Será porque no he salido?
            -Mira, ¿por qué no vas a la compra? Y te traes lo que hay en esta lista.
            Me pongo la mascarilla. Ayer estuvimos en la farmacia. En una dijeron que todas las mascarillas se las habían dado al hospital. En otra nos vendieron cuatro que valían para no contagiar a los demás, no para no contagiarse uno mismo. La farmacéutica tenía una distinta.
            -¿Ésa sí vale para protegerse?
            -Ésta sí.
            -¿Y esta otra? –dijo Marinanda, mostrando la suya, que la había encontrado en un armario.
            -Ésa sí. Pero la mía es de fuerza 3; la suya sólo es de fuerza uno.
            En fin, que me puse la mascarilla y salí con el carrito a la calle. A la entrada de la tienda había rayas separadas por un metro para que mantuviéramos la distancia de seguridad. Luego había jabón y toallas de papel.
            No se moleste –dijo el guardia, que también tenía la mascarilla puesta-. Ya no queda jabón.
            Entonces corté dos trozos de toalla para ponerlos en la barra del carrito y que mis manos no la tocaran. El coronavirus también se transmite mediante el tacto. Puede que caigan gotitas de una tos, un estornudo, nosotros ponemos la mano y luego nos la llevamos a la cara, o nos rascamos los ojos, las orejas…. Y ya está el contagio.
            No había ni un solo rollo de papel higiénico. Yo pensaba en la maldad de la gente, que se obsesiona en acapararlo todo sin pensar en los demás, que también lo necesitan para limpiarse el culo. Uno no mira más que por uno mismo, no mira por los otros… Eso sí, luego le gusta retratarse en esas estadísticas que hablan de solidaridad.

5.

            He vuelto a casa. He descargado el carrito con mucho cuidado lavándome primero las manos. Después de guardarlo me las he vuelto a lavar y he dejado la mascarilla encima de mi mesa. Le he preguntado a Rodrigo:
            -¿Qué haces?
            -Es un reto –me ha dicho-. Estamos jugando al rummikub y yo acabo de ganar mi primera partida.
            Me tumbo en la cama. Estoy muy cansado. No tengo fiebre (me he puesto el termómetro otra vez) y me he limpiado la nariz: parece que tengo moquillo, pero muy poco. Así, tumbado, me siento descansar, pero no duermo. Habré estado así una media hora hasta que oigo que me llaman para comer.
            Como sin muchas ganas. Marinanda hace tres días que ha perdido los olores, y los sabores, y ya no disfruta de la comida. Tiene un dolor en la espalda que la fastidia mucho. Le ha empezado en la cadera, como si fuera un lumbago, una ciática. Ha estado chateando con Mariano que le ha dicho:
            -Necesitas un masaje, así, así…
            Se lo ha explicado todo. He intentado seguir las instrucciones y la ha aliviado mucho. Al otro día las he seguido otra vez con menor fortuna.
            -¿Te echas un ajedrez? –me ha dicho Rodrigo.
            Jugar al ajedrez con él es ir a una muerte segura. Él es muy bueno en estrategia, pero es que además yo cometo unos errores garrafales. Me ha vencido. Luego he vuelto a la cama a estirarme un poco y esa relajación me ha producido una sensación de bienestar. No me he dormido, pero cerrar los ojos me hace mucho bien. Rodrigo ha vuelto a dar un paseo literario de la mano de Platón.


6.

            Son las siete de la tarde. ¿No hay basuras que tirar?, dice Rodrigo, que acaba de derrotar a otro amigo en una partida de rummikub. ¿Vienes, papá? Vale. Entre los dos nos repartimos las bolsas y luego las repartimos en los distintos contenedores. Le damos la vuelta a la manzana y estamos en casa otra vez.

7.

            Oímos el ruido de palmas en la calle. Miro al reloj: son las ocho. A esa hora todos los días la gente se asoma a las ventanas para aplaudir a los médicos y sanitarios que se están dejando la piel por nosotros. Marinanda ha abierto la ventana. Proyecta sus aplausos hacia el exterior y parece que sirven de llamada para que otros vecinos aplaudan a su vez. Yo salgo al balcón para unirme a ellos. Y es un concierto de palmas que rebotan en las calles con un sonido alegre que se convierte en eco de otros ecos.

8.

            -Mira, papá –dice Rodrigo-, mira lo que ha puesto mi hermano.
            Me enseña la pantalla de su móvil y hay un retrato donde estoy yo entre Mariano y mi madre. Hay un letrero que dice: “tú siempre estás cuidando de los tuyos, de tus hijos… y de tu madre. Por eso estoy orgulloso de ti, papá”. Entonces me acuerdo de que es el 19 de marzo. Día del padre. Para entonces mis ojos ya están velados por las lágrimas. Entonces cojo el teclado y le contesto: “estoy orgulloso de ti con ese pedazo de corazón que tienes… ¿cómo no te voy a querer?” En seguida él me contesta con el dibujo de una carita en la que salen dos corazones por los ojos.

9.

            -¿Jugamos al mastermind? –dice Rodrigo.
            Jugamos. Él resuelve el primer reto en cinco jugadas, yo en once. Luego resuelve el segundo en cuatro, yo en diez. Y lo dejamos. Hemos tenido que pensar mucho. Tengo la mente cansada. En algún momento de la tarde he grabado alguna clase más, ahora estoy cansado. Hemos cenado. Rodrigo está viendo una serie; nosotros nos unimos a él: no está mal; Gotham; entretenida, tiene buen ritmo; está bien hecha.

10.

            Marinanda se ha ido a la cama. Un poco más tarde me he ido yo. Cuando me he dormido Rodrigo todavía estaba levantado. Me he despertado tres veces esta noche. Cada dos o tres horas, más o menos. He ido al váter y me he vuelto a dormir. He tenido un sueño pesado. Al levantarme he sentido como si el mundo me pesara encima, siento calentura siempre desmentida por el termómetro, y cuando salgo de lavarme el pelo me siento un poco más ligero, pero no del todo. He desayunado mientras consultaba el periódico electrónico y los infectados y muertos no paran de subir. Cada día hay 100 ó 150 muertos más, y los infectados han pasado e 7000 a 10000 en cuatro días. Esto no tiene pinta de parar. ¿Hasta cuándo? Italia acaba de superar a China en número de muertos. En Estados Unidos van a aislar a Nueva York, Perú, Brasil, Méjico… Alemania también tiene sus infectados. Y los tiene Inglaterra, que acaba de salir de la unión. ¿Cuándo acabará todo? Estamos en el punto álgido de la pandemia, ni siquiera sabemos cuántos infectados hay realmente porque los que apareen en las estadísticas son los casos declarados y hay una realidad oculta que nadie cuenta; pero bueno, todo lo que sube baja, y todas las infecciones y las muertes algún día tendrán que parar, digo yo.


11.

            He ido con Rodrigo al hospital. Tiene una férula en la mano y le dijeron que volviera. Cuando ya estábamos llegando nos ha parado la policía.
            -¿Adónde van ustedes?
            -Al hospital –hemos contestado; entonces nos han sonreído amablemente y se ha alejado el coche patrulla.
            Eso fue anteayer. Todavía no habíamos comprado las mascarillas y nos pusimos unas viejas que hemos encontrado en el armario. Comprobamos que en recepción nos levantaron la voz, antes de que tuviéramos tiempo de entrar, para que nos quedáramos detrás de la raya, que estaba pintada en el suelo a casi dos metros del mostrador. Luego el médico comprobó que a Rodrigo todavía le dolía el dedo, que la fisura todavía no estaba soldada, y que tendría que estar dos semanas más con la escayola puesta. Una escayola para la férula.

12.

            De vuelta a casa. ¿Cuántos días llevamos sin salir? Bueno, saliendo para las urgencias. Una semana. Estoy cansado. He estado tres horas grabando las clases y luego las he subido a la página web. A la planificación del coronavirus. Tengo la cabeza caliente. Trabajar me cansa. Me siento débil, el termómetro desmiente la fiebre, me sueno la nariz, pero no mucho, y me duele un poco la frente. En la cabeza me noto un poco de pesadez. En la cocina he estado con Marinanda, he servido de pinche y eso me ha relajado, hemos hablado, hemos bromeado, luego ha venido Jet, que ha hecho la ensalada, y nos hemos puesto a comer.
            -Ahora tengo tiempo –me ha dicho-. Si me das el texto de Andrés Laguna podemos hacer la maquetación.
            A él también le ha afectado la pandemia. En el trabajo. También en el curso que estaba haciendo. Se ha interrumpido todo. Todo se ha metido en un largo paréntesis: hemos abierto el paréntesis pero aún no sabe nadie cuándo lo cerraremos, así que aprovechamos ahora… ¡A maquetar! Yo he escrito un epílogo y he terminado el prólogo. Ahora está todo listo. Falta suprimir algunas indicaciones escénicas, las voces de la narración, pero eso lo haremos cuando llegue Carmen.

13.

            Hemos estado un rato de sobremesa. Rodrigo me ha dicho: ¿por qué no jugamos al ping-pong? Marinanda se ha tomado una pastilla para el lumbago, o la ciática, o lo que sea que tenga. Rodrigo ha colocado la mesa del comedor, la ha abierto y ha puesto la red en medio. Hemos empezado a pelotear. Después, hemos jugado partidas; y a pesar de que le sostengo durante mucho tiempo el peloteo, Rodrigo siempre me acaba ganando los puntos. De repente me siento un poco caliente. Luego siento el sudor. Y cuando ya hemos terminado la partida, tengo que pasar por la ducha. Me queda una tensión en el cuerpo que no es de agujetas, pero por la noche tengo una pesadez en los músculos que no me deja dormir. El sueño se hace pesado. Otro día jugaremos más: a ver si para entonces mi cuerpo, que no está acostumbrado al esfuerzo, resiste mejor.

14.

            He leído en el periódico que los norteamericanos están comprando armas. Muchas armas. Por lo visto piensan que cuando salgamos de la crisis del coronavirus habremos entrado en una depresión económica de tal magnitud, que las legiones de parados se echarán a la calle a ganarse la vida como puedan. Robarán. Matarán. Nadie estará seguro y entonces será bueno recurrir a las armas para defenderse. Por lo visto esos cristianos de acequia en lugar de dar de comer al hambriento le darán plomo, a pesar de que eso no lo dice el evangelio.


15.

            Esta noche ha querido Marinanda que veamos Cinema Paradisio. Rodrigo se ha quedado sin serie, pero no ha querido verla. Son casi tres horas. Y al final vino una nostalgia infinita de lo que pudo haber sido y no fue, unos amores imposibles, el tiempo que no da marcha atrás para empezar de nuevo, y cómo el arte sirve de consuelo para darle sentido a una vida que lo perdió, por esas cosas que pasan, y se queda el corazón encogido para siempre. Un hombre y una mujer. Se querían. Cuando quedan para fugarse de los padres de ella, que quieren casarla con otro, ella no acude. Y él, lleno de despecho, golpea los papeles que tenía pinchados en la pared y los desbarata. Veinte años después se encuentran de nuevo. Descubre, y el mundo se le viene encima, que ella fue a la cita pero llegó tarde; ser había peleado con sus padres y estaba dispuesta a irse con él, pero él, creyendo que no vendría, se había dejado llevar por la ceguera; ella pinchó un papel en el clavo de la pared donde él acostumbraba a dejar sus notas; en ese papel le daba una dirección, la dirección de una amiga donde podría él escribirle a ella para marcharse juntos a ponerse el mundo por montera. Pero la cólera de él arrasó con todo y tiró los papeles y los mezcló todos. Y así fue como las cosas más hermosas de la vida penden de un hilo frágil que puede romperse; y quedan los ojos nublados, las lágrimas que los hacen brillar sin que lleguen a volcarse en llanto, la cara triste, el gesto adusto, el tiempo que está pasando de largo. Y yo me quedé con el hilo de la pandemia del que está pendiente el mundo, que casi puede romperse, pero no se romperá, estoy seguro.

16.

            Un día más. Sensación de calentura desmentida nuevamente por el termómetro. Desayunar sin ganas, solamente por sentido del deber. Tres horas para grabar las clases. De vuelta a la cocina, a relajarse haciendo de comer, con Marinanda mientras charlamos. Rodrigo leyendo a Platón, o a Aristóteles, o la historia de la música antigua. Tiene ganas de tocar, pero la férula no le deja coger la guitarra; ahora faltan nueve días para que se la quiten. Le pica la mano, siente el sudor bajo la escayola, el algodón se desmenuza, le pica más, siente que huele muy mal, le huele a vinagrillo, no ve las horas de que le quiten a escayola, la venda y la férula. Llega Jet. Comemos. Comentamos los bulos del coronavirus. Luego llega la siesta, y una partida de ajedrez, o de mastermind, o de ping-pong, o de rummikub, o de lo que sea. Pasar por la ducha, cenar, ver una serie, dormir y esperar a levantarse para que todos los días se parezcan. Pero antes hemos salido a la ventana. Hemos salido a aplaudir para animar a los médicos y enfermeros. Por la calle he visto un coche con una médica haciendo pruebas. Y así un día tras otro, todos los días igual, idénticos en su monotonía, sin un proyecto de futuro, como un eterno presente. Encerrados en nuestras casas, repitiendo los mismos giros, como una rueda. El hastío. El ansia de estar sin saber para qué, estar ahí, esperando que un día no suba el número de enfermos y de muertos. Ese día llegará. Y entonces el círculo se volverá flecha, se dispararán otra vez los arcos, el cielo se llenará de proyectos, todo tendrá un sentido y ya no será el mismo presente repetido, idéntico a sí mismo, machacón en su eterna identidad, estar sin ser, no vivir, sobrevivir, no salir a la calle, vigilados por la policía en sus coches patrulla, por el ejército. Llegará el tiempo en que termine todo. Y ese día en que la monotonía no tenga futuro, todo volverá a empezar. Respiraremos otra vez, como antaño. Levantaremos la economía y será la alegría de vivir. Y habremos vencido al bicho, habremos frenado su espiral, habrá llegado el fin de la pandemia. Luego inventaremos una vacuna, habremos dado con el tratamiento y todo será bonito, todo tendrá ilusión, volverá de nuevo la magia del deseo. Sentiremos palpitar el corazón. Y sólo dejará un sabor amargo la retahíla de mensajes de odio que difundieron los odiosos en sus wasap, cuando más falta nos hacían las palabras de aliento, y ellos difundieron el miedo. Esa herida en el corazón de saber lo mezquino que somos dejará una marca indeleble, que nunca, por mucho que nos esforcemos, ya nunca acabará de cicatrizar.