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sábado, 24 de septiembre de 2016

La matrioschka del método "cocer" (3) Respetar




LA MATRIOSCHKA DEL MÉTODO “COCER” (3):
RESPETAR

 
 
            La necesidad es lo fatal, lo imprescindible, lo inexorable; cuando es independiente de nuestro pensamiento es la descripción del ser de las cosas, y se presenta como ley de la naturaleza; pero cuando depende de nuestras decisiones es un deber, una obligación, y se manifiesta entonces como ley moral; estas últimas son de dos tipos:
            a) Obligaciones esenciales. Proceden de nuestra naturaleza, y vienen a ser los derechos humanos que conforman, como se ha dicho muchas veces, el derecho natural; faltamos a los deberes esenciales cuando engañamos al tendero, cuando no cumplimos una promesa, o cuando acosamos a la gente privándola de su libertad. El respeto es una de nuestras obligaciones esenciales: es fruto de una decisión vivencial.
            b) Obligaciones existenciales. Proceden del entorno, de nuestra historia, de nuestros compromisos, y son todas las acciones que queremos llevar a cabo (fruto, en este caso, de alguna decisión circunstancial). Dar dinero para que me den fruta es una obligación existencial, que no depende de mi naturaleza moral (aunque la implique), sino de la forma como están regulados en un momento dado los intercambios comerciales; y depende de la decisión (circunstancial) de comprar fruta en vez de gastarme el dinero en ir al cine, por ejemplo. Ayudar al necesitado es una obligación esencial; pagar impuestos (que sirve más o menos para lo mismo) es una obligación existencial, pues depende de la legislación de cada país en cada momento de su historia; lo primero es fruto de una decisión vivencial; lo segundo, de una o varias decisiones circunstanciales.
            Actuamos siempre comparando lo que sucede con la experiencia, lo que nos pasa con lo que nos ha pasado. Ya hemos visto que en nuestra mente hay un conjunto ordenado de recuerdos que constituyen nuestra cultura; y cuando conocemos cosas nuevas (es decir cuando descubrimos algo investigando de manera fortuita, y cuando aprendemos), lo que hacemos es siempre cotejar nuestras sensaciones nuevas con esa cultura. Pues bien, también tenemos acumulada en nuestra mente una forma de actuar, que son los sentimientos que hemos cultivado, los valores que hemos asumido; es como una fuente de donde mana nuestro comportamiento; unos impulsos nos vienen del corazón, otros de las tripas: nosotros hemos elegido cómo queremos ser (aunque a veces son las circunstancias las que eligen por nosotros): es nuestro carácter, la manera de ser que ha resultado de la interacción de nuestra naturaleza con nuestra historia.
            Será nuestra naturaleza el conjunto de impulsos esenciales, innatos, que son nuestros instintos; ésa es la fuente de nuestra personalidad, la fuente desde la que se construye nuestro ser (siempre sobre la realidad histórica en la que nos ha tocado vivir): de ella se escapan nuestras decisiones como las burbujas que brotan del champán y luego, al estallar, vuelven a él. Son las decisiones circunstanciales; las que tomamos para actuar en los casos concretos, guiados por nuestras decisiones vivenciales, que forjan la manera como queremos ser; y las decisiones circunstanciales realimentan las mismas decisiones vivenciales de las que previamente se han alimentado.


            Para elegir cómo queremos ser nos fijamos en cómo han sido otros; imitamos a algunas personas que nos sirven de modelo, y que suelen atraernos por su forma de ser y de comportarse (pues el ser se manifiesta siempre por el estar). De entre todos los modelos que tenemos a mano, nuestra mente compara y toma los que más le gustan, y unas veces se deja llevar por los instintos naturales (que son buenos) y otras por los instintos sociales o históricos (que pueden ser malos). El resultado depende de que nuestra naturaleza no haya sido tapiada, o cegada, por la sociedad, y de que tengamos suficientes ejemplos donde elegir. Los instintos naturales son reflejos innatos (entre ellos están los reflejos físicos y los morales); pero los instintos históricos son los que hemos aprendido, y son, frente a los reflejos naturales, reflejos condicionados.
            Los modelos que marcan nuestro ser forman parte de nuestra cultura; y aunque todos tengamos los mismos instintos morales (esenciales), cada sociedad selecciona los que más se adaptan a ella según el repertorio de ejemplos que hay en su cultura; los caracteres verdaderamente grandes son los que se forjan tomando distancia de la cultura en la que están inmersos, como un líquido amniótico; y, rompiendo la cáscara de su historia, se sumergen en otro líquido amniótico más auténtico: el de su naturaleza; en el que flotaba, sin mezclarse, la cáscara en la que se aislaba la cultura como otro líquido subalterno en el que flotábamos al nacer. Hay que distinguir, frente a la cultura, la naturaleza de nuestro ser, que algunas veces sale a la luz sin necesidad de ejemplos que la guíen; y que, las más de las veces, emerge sólo parcialmente seleccionando aquellos aspectos compatibles con nuestra cultura: éste es el carácter que muy bien podemos considerar nuestra naturaleza histórica: fruto, en primera instancia, de nuestra cultura colectiva, que es donde cristaliza nuestra historia colectiva; y fruto, también, de nuestra historia personal.
            Ya hemos visto que el respeto, que es una de nuestras obligaciones esenciales, es fruto de una decisión vivencial. El respeto es la aceptación de la naturaleza de las cosas: no de su historia; la historia se acepta como un hecho, no como un derecho; como una verdad, con como un deseo; yo puedo aceptar la verdad del fanatismo almohade sin aceptar que esa forma de vida sea un modelo deseable. Pues bien: respetar a las personas, lo mismo que respetar la realidad, es aceptarlas como son, no como actúan; sólo podemos aceptar su conducta cuando está en consonancia con su ser, porque la naturaleza no puede ser violada por la cultura, no debe, es una interferencia que no se puede aceptar.
            Así pues, el respeto no puede ser ciego: respetar una situación es conocerla primero, después comprenderla y sentirla en su ser; sólo entonces podemos elegir la manera de comportarnos con ella. Centrémonos en el respeto a las personas: ¿cómo las podremos conocer? No se trata de conocer su historia, sino solamente su naturaleza: que es la misma que la nuestra; con vernos a nosotros ya estamos viendo a los demás. Ahora bien: ¿cómo juzgaremos lo que ha hecho otra persona en una situación determinada, en un caso concreto? Tenemos que ponernos en su lugar. Necesitamos ver desde la perspectiva de los otros para comprenderlos bien; y estamos demasiado acostumbrados a verlo todo sólo desde nuestro punto de vista. Es como cuando nos miramos en un espejo: en el espejo nos vemos como los otros nos ven: es la empatía; Kant la expresó de otra manera: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti; haz las cosas  como a ti te gustaría que te las hicieran: tendremos que mirarnos en el espejo de los demás. Y eso significa que tenemos que sacar enseñanzas de la experiencia; y de la experiencia ajena; fijarse en los otros,  guiarse por el ejemplo, buscar entre los ejemplos de nuestra cultura; y como cada cultura selecciona sólo los ejemplos que le convienen, tendremos que buscar entre los ejemplos de todas las culturas para tener una visión de conjunto; de ahí la necesidad del cosmopolitismo.


            Ya hemos visto que para comprender las cosas es útil la metáfora; ahora vemos que para saber cómo actuar también es útil el ejemplo; el ejemplo y la metáfora tienen en común que no consisten en ser algo o hacer algo, sino en ser como algo y hacer como alguien. Cuando quiero resistir las tentaciones intento hacer como Ulises; cuando quiero vivir la vida procuro ser como Aristipo (que controlaba los placeres), no como su hijo (que acabó siendo víctima de ellos); cuando quiero resistir a la adversidad me gustaría ser como el Cid, y si deseo que mis pasiones no me destruyan me fijaré en el ejemplo de Hércules; Nietzsche  me enseñará que la vida también contiene dolor, me acordaré del flautista de Hamelín cada vez que quieran arrastrarme adonde no quiero, seré como Cristiano cuando busque la constancia en el esfuerzo, pero no me fijaré en él si lo que busco es humildad y respeto; cada personaje que haya sido famoso será para mí un héroe al que puedo imitar; o un villano del que más me valdría apartarme.
            La metáfora reina en el mundo de la ciencia. El ejemplo reina en el mundo de la ética. Son como dos brazos articulados en torno a un eje central: aprender razonando. La metáfora nos enseña a pensar, el ejemplo nos enseña a vivir; y hay que aprender a pensar para saber vivir. Aprender sintiendo con el alma, desmitificando, viviendo, ése es el mundo del ejemplo; y razonar a partir de lo que el alma siente, ése es el mundo de la crítica. Te dicen que buscan el desarrollo de tu personalidad, y te preparan para trabajar cuando el trabajo en nuestro mundo es lo contrario. ¿Vivir para trabajar o trabajar para vivir? ¿El trabajo al servicio de la persona o la persona al servicio del trabajo? También te dicen que cooperes y te preparan para competir: para ganar una carrera, para aprobar selectividad o para sacar unas oposiciones. El mundo está lleno de aprendizajes paradójicos; y la crítica es la única arma que tenemos para sobrevivir.
            La crítica: si respetamos a una persona es porque la conocemos, la comprendemos y hemos elegido aceptarla con sus virtudes y sus defectos; si elegimos hacer una cosa en vez de otra es porque hemos sopesado los pros y los contras de cada opción. Criticar es buscar si las cosas son verdaderas, bellas o buenas;  y justas. En el primer caso se trata de una crítica científica; en el segundo, de una valoración estética; y en el tercero, de una crítica moral o ideológica. Comparamos los conocimientos con el mundo, y sabemos si son verdad; con el gusto, y sabemos si son bellos; con el alma profunda, y sabemos si son buenos. Los conocimientos son imágenes o visiones, y sentimientos y pensamientos.
            Criticar es valorar. Valorar es dar valor a las cosas. La verdad, la belleza y la bondad son valores. Los valores son como el líquido elemento, el agua que nos envuelve para que podamos flotar; el medio en el que avanzamos después de aprender a nadar. Los valores son las creencias que nos guían en nuestro camino, el horizonte hacia el que avanzamos, y a la vez el medio en el que nos movemos; y también el faro que nos guía. Son nuestras convicciones profundas, las raíces vitales de nuestra fe: los ideales. 

 

            La palabra “valorar” puede usarse en dos sentidos: como valoración lógica está buscando coherencia; como valoración espiritual está buscando bondad: separar lo bueno de lo  malo, elegir caminos de vida. La lógica busca razonamientos válidos; por lo tanto, conclusiones válidas. Pero la sensibilidad busca sentimientos valiosos, y los acompaña con pensamientos válidos; la sensibilidad intuye las cosas, pero también discurre sobre ellas; piensa con palabras y sin ellas.
            La experiencia es conocimiento. Cuando lo llenamos de coherencias se convierte en comprensión. La memoria lo almacena todo y lo convierte en recuerdo; y la palabra se lo comunica a los demás. Hasta ahí se extiende el primer peldaño de la crítica, el que abarca la verdad y la coherencia; el de la ciencia. Luego ascendemos por un segundo escalón, que contiene las valoraciones de la sensibilidad: lo bueno y lo malo, convertido en placer, belleza, vitalidad y justicia; y estamos en el terreno de la moral. Los dos escalones juntos contienen la vida.
            El amor es la primera niebla que emana de la sensibilidad. Lo envuelve todo. Y cuando se disipan los primeros vapores se convierte en ideales como la cromátida se convierte en cromosoma. El respeto es el primer vaho que procede del amor.
            Sentimiento. Amor. Respeto. ¿Comprendemos cuando sentimos o cuando entendemos? Supongamos que debemos elegir entre dos sentimientos: el placer de irse de paseo o el placer de aprobar un examen. ¿Elegimos entre dos sentimientos? ¿Entre un sentimiento que nos atrae y una consecuencia que tememos? Razón o sentimiento: ¿qué es lo que nos impulsa a actuar?
            Dos sentimientos incompatibles: ¿vencer o disfrutar?
            Un sentimiento y una razón: ¿amar o justificar?
            Un sentimiento y su consecuencia: ¿pasear o suspender?
            Si paseo hoy no estudio, y por lo tanto suspenderé mañana; a veces es preferible renunciar a un placer en beneficio de una molestia que nos dará mañana un placer mayor: si paseo hoy (lo que me da placer) suspenderé mañana (lo que me producirá un disgusto); y si estudio hoy (lo que me desagrada) apruebo mañana (que me gustará); tengo que sopesar dos cosas: cuál de los dos placeres (pasear o aprobar) me conviene más; y cuál de los dos inconvenientes (suspender o estudiar) me conviene menos; al final desembocamos en un cálculo de los placeres, como pensaban Epicuro y Stuart Mill.
            Para conocer el mundo recurrimos a la experiencia. La experiencia son las sensaciones alojadas en la memoria, y los seres que identificamos en esas sensaciones; y el placer y el dolor, que son un sentir sensorial. Pero las vivencias brotan de un sentimiento íntimo que oye las voces del corazón. Es un sentir cordial. Y hasta Sócrates, que pensaba que había que conocer para obrar bien (y no se puede conocer sin pensar), intuía que se trataba de una razón afectiva; porque conocer el bien para él era como sentirlo, escuchar la voz de la conciencia. A la ética de Sócrates la llamamos intelectualismo moral, porque obrar el bien era lo mismo que conocerlo (¿conocer es obrar? ¿O en el obrar hay algo más que en el conocer?). San Agustín practicaba lo que podríamos llamar un sentimentalismo moral: ¿quién siente el bien y no lo busca? ¿Es posible hacer, y querer, lo contrario de lo que sentimos? Pero Sócrates, en realidad, lo que practica es un presentimentalismo moral: a veces conocemos el bien y no lo hacemos (cuando conocemos los efectos del tabaco y no por eso dejamos de fumar); otras veces lo sentimos pero eso no nos impulsa a hacerlo (como cuando sentimos remordimientos por no estudiar pero el sentimiento puede menos que la pereza, la fuerza de arranque es menos que nuestra inercia, y no alcanzamos la energía de activación); pero cuando tenemos el presentimiento, el gusanillo, la corazonada de lo que debemos hacer, lo hacemos. Ni el sentimiento, ni el conocimiento, ni la razón, nos mueven a actuar; sólo el presentimiento; la intuición; la voz de la conciencia. El demonio de Sócrates (la voz de su corazón) puede más que la inteligencia.
            Lo primero es saber lo que conviene hacer, razonando; y esas razones necesariamente coinciden con nuestra vocación interior, como si el corazón nos estuviera hablando desde dentro y la inteligencia fuera el eco de su voz. Es como si para saber cómo hay que comportarse pudiéramos encontrar la respuesta por dos caminos: el de la inteligencia y el del corazón; los dos van al mismo sitio, y por eso coinciden sus voces, la razón se vuelve poética; el cerebro late al ritmo del corazón; sin dejar de ser cerebro; sin dejar de pensar.
            El corazón descansa sobre un colchón que contiene nuestros instintos primarios: lo llamaremos, coloquialmente, las tripas. Y el corazón siente al unísono con el cerebro. Pues bien, si las fuerzas del corazón ahogan a las de las tripas, ahogaremos nuestra naturaleza en nuestra cultura; y si son las tripas las que ahogan al corazón, viviremos en un mundo salvaje y despiadado; pero educar es despertar la alegría que subyace detrás de los goces; y enseñar es, a la postre, educar para la vida: eso ya es vivir. Lo decía Jesús con una de sus metáforas: yo soy la luz, la meta, pero también soy el camino que conduce a ella, el fin no justifica los medios aunque le pese a Maquiavelo; si para ir a la felicidad hay que pasar por un camino de espinas, no será porque nosotros lo busquemos; será porque las espinas estaban ahí y no nos quedaba más remedio que combatirlas: para gozar muchas veces hay que luchar. 

 

sábado, 25 de junio de 2016

Pueblo y democracia




PUEBLO Y DEMOCRACIA  

 

            Si recapituláramos el concepto de democracia, encontraríamos que hay por lo menos dos ámbitos en los que puede manifestarse: el estudio y la política. Para que el estudio sea eficaz la investigación debe conjugar dos modalidades de acción: la cátedra y la investigación; el estudioso imparte cátedra: cuenta lo que sabe; pero también participa en seminarios (reuniones donde cada uno aporta sus ideas): el seminario es una auténtica democracia intelectual; democracia porque es una formación entre iguales; intelectual porque su objeto no es decidir, sino conocer; estudiar y no actuar.
            La democracia política se expresa a través de elecciones o a través del diálogo. El diálogo produce una democracia deliberativa. Ésta puede ser de tres clases:
a)      Deliberación lógica: son los debates fríos y desalmados, propios de los expertos.
b)      Deliberación visceral: son diálogos de sordos que no tienen ni pies ni cabeza: vacíos de razones; y se habla en ellos con las tripas antes que con el corazón.
c)      Deliberación cordial: los diálogos están llenos de razones vitales.
Cuando el diálogo es cordial suele haber consenso; pero los consensos son imposibles cuando se habla a ciegas, y entonces es necesario votar para llegar a acuerdos: acuerdos que no se respetarán casi nunca, porque la misma ceguera que ha provocado las elecciones provocará seguramente que lo que se elija, si no corresponde a nuestros intereses, sea papel mojado.
Las elecciones (o democracia electiva) son una situación donde, aunque a veces votemos sobre cuestiones en torno a las cuales no hay consenso, muchas veces votamos desconociendo lo que votamos; dejándonos llevar por la corriente, la propaganda, las encuestas. Unas veces votamos con la cabeza (atendiendo a razones); otras con el corazón (dejándonos llevar por los ideales); y otras con las tripas (y nos mueven entonces los intereses). Puede haber intereses a secas, ideales que nos interesen y razones contenidas en los ideales; el círculo de los intereses contiene al de los ideales, que contiene, a su vez, al de las razones; y eso significa que hay intereses que no son ideales y también que hay intereses e ideales irracionales.
Los intereses, los ideales y las razones viven en la democracia deliberativa. En los diálogos fríos sólo hay razones; en los viscerales, si son ciegos, sólo hay intereses, y en los cordiales se juntan la razón, el ideal y los intereses. Los primeros transforman la deliberación en una tecnocracia; los segundos son demagogia y los últimos, por fin, democracia verdadera. Es muy fácil construir tecnocracias y demagogias; lo verdaderamente difícil pero terriblemente enriquecedor y creativo, es construir democracias.
Centrémonos ahora en lo que ha dado en llamarse “voz del pueblo”: ¿qué es? A falta de saber lo que es el pueblo hablaremos de “la gente”. No es lo mismo un consejo de accionistas, un mitin, una reunión de militantes, un partido de fútbol, un grupo de borrachos, unas turbas encolerizadas que una clase de geografía. ¿Cuál de esos grupos representa más al pueblo? Por ponerlo de otra manera: ¿no son “pueblo” todos esos grupos de personas tan variopintas? ¿Cómo tienen que estar reunidas para poder llamarse “pueblo”? Es más: cualquier individuo de cualquiera de esos grupos, cuando está solo en su casa, ¿sigue siendo parte del pueblo? ¿En qué medida? Los ricos y los pobres ¿son todos el mismo pueblo? ¿No llamamos pueblo a la gran mayoría de personas desfavorecidas, por oposición a los pocos ricos afortunados y poderosos? La misma persona que, en la manifestación, grita en contra de la discriminación de los extranjeros, puede que a sus hijos los aparte de los extranjeros en la escuela. Los mismos votantes de izquierda que pedían antes igualdad y solidaridad, ahora votan a la extrema derecha, que no se siente solidaria de los extranjeros y exige que no se les trate igual que a los nacionales. ¿Cuál de esas versiones de la gente es el pueblo? 

 

Hay gente que atiende a razones y gente que vive entre sueños. Cuando hablamos de razones pensamos más bien en la lógica, y llamamos logos al razonamiento que se comporta como una razón descarnada y fría; y vive en un mundo donde lo real queda reducido a lo pragmático, a intereses materiales y tangibles, ajenos a toda sensibilidad humana. Es el mundo de los curas y barberos que aparece en don Quijote.
Otra gente vive inmersa en sus sueños; y busca, más que razones, relatos: historias embriagadoras, quimeras y desvaríos; es el reino del mito. No son razón descarnada como la que animaba a los pragmáticos sino carne irracional: reacción espontánea, reflejo encendido, impulso ciego. Es el mundo del mythos frente al logos, mundo del relato supersticioso, de la credulidad y el sometimiento: del fanatismo.
Y hay, también, gente que vive entre relatos traspasados por la lógica. Ni son razón sin carne ni carne irracional, son razón encarnada (encardinada más bien, para no confundir esa palabra con el color encarnado). Viven de ilusión, de utopía. La ilusión tiene la cordura que le falta al fanático, pero también el corazón que le falta al lógico; y es corazón soñando mundos posibles, no imposibles mundos incompatibles con la justicia: monstruosas quimeras. Hace falta que las razones creen sueños; que de los sueños salgan razones; y que la realidad sembrada de sueños no dé a luz terribles monstruos, sino ideales hermosos. 

 

Pero eso no nos aclara sobre lo que debemos entender por pueblo. Es una abstracción, una idea trascendental, un concepto que posiblemente no se refiera a nada. El pueblo no es una suma de individuos en el mismo sentido en que el bosque es una suma de árboles; lo mismo que, más allá de los árboles que se suman, el bosque es un ecosistema creado por el vivir juntos que comparten todos, también el pueblo es, más allá de los individuos que lo integran, un ecosistema de convivencia. Llamamos pueblo al espíritu de convivencia que hay en cada individuo; no formamos pueblo cuando nos unimos a los demás, sino que somos pueblo cuando nacemos individualmente; somos animales sociales; somos seres racionales, y por tanto razonables, dialogantes y justos; seres cordiales, y el corazón se nos disuelve en cordura; que es el  maridaje de la razón con el sentimiento, lógica atada al corazón, conectando con sus nervios y sus vasos, bebiendo de sus fuentes. El pueblo es el equivalente colectivo de la humanidad; humanidad que echa sus raíces en un territorio, donde la energía y la cordura se funden en un abrazo.
Pero mucha gente cree que el pueblo es el que sufre. La masa de los pobres, los solitarios, los desheredados y parados, los perseguidos, los abandonados, los olvidados en las escuelas y hospitales, los que no tienen casa, los desprotegidos, son el pueblo: eso no es verdad, porque bastaría con encontrar protección para dejar de serlo; si esto fuera así el estado del bienestar construiría ciudadanos y acabaría con el pueblo; tener reconocidos nuestros derechos y atendidas nuestras necesidades acabaría con nuestras calamidades y ya no seríamos pueblo (si es que seguimos pensando que el pueblo es el que sufre).
Un pobre es parte del pueblo; pero si se asocia con otros pobres para atacar a otros más pobres que él ¿seguiría siendo pueblo? Un trabajador que está en paro, y que ataca e incluso mata a otros trabajadores en paro como él que sólo son culpables de haber nacido en otro país, ¿seguiría siendo pueblo? Una persona sin techo que sale de la pobreza y, cuando tiene casa, pisotea a quienes no la tienen sin acordarse de que él no la tuvo un día ¿seguiría siendo pueblo? Un retornado que les niega sus derechos a los inmigrantes sin acordarse de que él también fue emigrante un día ¿seguiría siendo pueblo? Un hombre o una mujer que fueron acosados y se volvieron acosadores cuando salieron del acoso ¿seguirían siendo pueblo? ¿Sería pueblo quien, sumido en la indigencia, gana millones a la lotería y se le endurece el corazón y se niega a compartir con los indigentes la milésima parte de lo que ha ganado? Parece que estamos de acuerdo en que los inversores voraces que se enriquecen en bolsa a costa de los recortes de la gente humilde, que pierde médicos, maestros, escuelas, ambulancias, autobuses y tantos derechos sociales: ésos que se enriquecen a su costa, no serían pueblo; porque el pueblo es un estado de ánimo más que una condición social, es una sensibilidad ética, un espíritu de solidaridad, una disposición a apiadarse en lugar de condenar, un alegrarse por la suerte de los otros, un no despreciar la felicidad ajena si nos falta a nosotros, un interés por no sentir que te quitan lo que le dan a él también en lugar de dártelo a ti solo: quienes sienten y piensan así serían verdaderamente pueblo; por eso el pueblo siempre brilla por su ausencia aunque haya mucha gente junta: que no es lo mismo la gente, que la muchedumbre, que el pueblo. Ha desaparecido el pueblo: sólo queda la masa. 
  
 



Los mismos que hoy agitan la frialdad de la lógica llamando tontos a quienes no la dominan: esos mismos fueron pobres un día, y a falta de cabeza pensaron con el estómago. Llamaron logos a la fría razón, mito a la sinrazón ardiente: y así, la filosofía nació cuando el esqueleto de la razón acabó con el esqueleto de la vida.
Pero el logos es algo más que razón sin cuerpo: es, sobre todo, razón hecha carne; surgió la filosofía cuando la sinrazón, en lugar de combatir a la razón, se unió con ella; cuando la vida primitiva y cruel se fue civilizando con los relatos de la vida; y esos relatos contenían razones escondidas en los poros por donde habían entrado, y la lógica aún no se había vuelto contra la vida. Primero fue la violencia y luego la palabra. Y la palabra contenía lógica pero también música, y se hizo filósofa al tiempo que poeta, hasta que los filósofos decidieron prescindir de la música y separaron a la filosofía de la vida: así también ocurrió con la democracia. Una democracia deliberativa, con cerebro donde tuvo el corazón, es razón sin vida y esqueleto sin carne: si a eso lo llamamos dialogar entonces el diálogo es el fin de la democracia; no resucitará hasta que el corazón vuelva al cerebro, y sea su sombra, y el sentimiento se cargue de razones, y la razón no piense como las máquinas, y las muchedumbres, las masas, no sean la gente confundida con las piedras, y la palabra feliz salga por fin de los labios del pueblo, y la humanidad recobre las raíces éticas que latían subterráneas: sólo entonces se esfumarán la demagogia y la tecnocracia; y las razones volverán, plantadas en la vida; y los clamores del pueblos serán entonces verdadera democracia.