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viernes, 27 de abril de 2018

EN LA NOCHE DE LOS TIEMPOS



EN LA NOCHE DE LOS TIEMPOS


 1. Las cavernas de la mente.

            Si remontamos el tiempo como remonta las aguas el salmón, encontraremos imágenes de leyenda; mundos e historias que a nadie le es dado contemplar. El mundo son los ropajes del tiempo, y el tiempo, honda sustancia que se vierte, como los ríos, en el mar. Las aguas fluyen turbulentas en su cauce alto, y se serenan, en los tranquilos valles, próximas a morir. Las aguas no remontan nunca el río, su único destino es la mar; pero se evaporan, como emanaciones del cielo, las nubes que se precipitan en nuevas lluvias que alimentarán su nacimiento; aunque a veces la fuente se encuentra también en las entrañas de la tierra.
            Así es la historia: tiempo que corre y renacer continuo. Pero el tiempo sólo corre hacia abajo, y las nubes que renacen no son más que sus imágenes. La historia se repite, pero con actores nuevos. Mundos diferentes que pasan por los mismos avatares, pero con distintos trajes; con distintos nombres; el tiempo de sus venas recorre los mismos sitios, pero con distintas aguas. La revolución parió un tirano que se comió a su pueblo, pero fue primero en Grecia, luego en Roma, llegó a Rusia, aunque antes hubiera estado en Francia; la historia del tiempo fue siempre la misma, pero la del mundo siempre fue nueva; siempre con nuevos decorados, siempre con páginas blancas: el futuro, aunque los cauces sean los mismos, siempre está por escribir.
            Tiene el tiempo sus meandros y sus filtros, su suelo de decantaciones, su relieve labrándose en tierra, sus caminos subterráneos, sus honduras, sus cavernas. Las cavernas del tiempo son la memoria de su paso por el mundo, y son columnas en penumbra, sus lágrimas estalactitas, estalagmitas que se levantan para apoyar el techo buscándolo en la cueva sin luz. La memoria de la gente es también una caverna, labrada en su cabeza, como en los sótanos del mundo donde había labrado grutas el río del tiempo. Y son dendritas tejiendo telas de araña por doquiera, cuerpos eléctricos labrando paredes en el cerebro, laberintos de locura: cilindroejes tejiendo caminos sin fin. El cerebro conforma la mente y tiene estalactitas y estalagmitas, y columnas que sujetan el techo rocoso para que el pasado no se derrumbe. También tiene lagunas, sus cascadas espumosas, sus torrentes; y tiene ríos serenos que surcan sus valles cobrizos de parte a parte; los oídos y los ojos, el olor, la lengua y el tacto, ventanas donde se vierten los recuerdos en el mar; la memoria que no tiene ventanas se duerme en el olvido.
            Allí, en las cavernas del tiempo, late la noche. Noches negras y estrelladas, noches llenas de niebla, noches heladas, noches de lluvia. Copos que se derraman sobre un cielo algodonoso volviéndolo cálido en su belleza. Allí, latiendo en profundidades insondables, duerme el sueño más profundo en la noche de los tiempos. De allí emerge a la superficie de muy distintas maneras. Lo puede despertar un recuerdo más triste, un golpe duro, un traumatismo; o lo puede despertar el ensueño más dulce en las hermosas pasiones con las que sueña el alma; o el abrupto estado de embriaguez, el que precede al sueño, que a veces antes de soñar remueve rocas y precipita aludes. De muy diversas maneras pueden despertarse leyendas en las simas del recuerdo. De muy diversas formas surcan la luz, hurgando en la noche de los tiempos.


2. Los celtas.

            Hay un camino santo que trazaron los druidas. Un puente frío, alzado sobre lomas de acuarela, flotando entre la niebla, cargado de humedad. La costa de la muerte. Por sus piedras centenarias sube un frío de siglos que se cuela por los pies del antiguo guerrero, sandalias que se funden en la oscuridad. Son unos pantalones atados con correas que serpentean en las piernas, como metálicos reptiles. Una espada colgada en la cintura, y un collar claveteado rodeando el cuello, entre vestidos. La capa roja recoge el guerrero sobre el antebrazo, y le cae por la espalda, como una sombra legendaria de sí mismo, hasta los gemelos. El casco es una amenaza de metal en la sombra que apenas brilla.
            Los celtas. Un pueblo que se diseminaba por Europa al alba de su historia. Los celtas. Guerreros temibles enfrentados con los iberos. Los celtas. Parientes de germanos y escandinavos, de los arios y los indos, parientes de los dorios, de los hiksos. Y primos lejanos de las tribus germánicas que se desbordaron sobre el imperio romano, siglos después. Vinieron los suevos, los vándalos, los alanos. Vinieron esos bestias que no eran más brutos que los romanos que los combatieron. ¿Más cultos? ¡Quién sabe! Quizá de una racionalidad menos tecnologizada, pero llena de historias y leyendas. La brutalidad, desde luego, sólo la da la necesidad, no la densidad de su cultura.
            El conde Fernán González y los repobladores de Sepúlveda eran descendientes de los visigodos. En su memoria latían recuerdos del pasado, aunque el último suelo que pisaban fuese el de Cristo. La noche de los tiempos de los germanos vibraba en su mente, cabalgando corceles que con sus cascos arañaban la hierba, clavaban su herradura, surcaban los mares de leyendas que el cristianismo no había dejado del todo en el olvido. Y allí estaban los ríos brumosos de Europa central, los bosques umbríos del norte y los fiordos y lagos de Escandinavia. Aguas plateadas dormían bajo la bruma en la noche de los tiempos. Aguas serenas que reflejaban la luna en su espejo de metal. 


            Y allí, en aquel imaginario, en aquel inconsciente colectivo, estaba el horrendo abismo. Hielo y fuego. Y un extranjero misterioso llamando a las puertas, embozado y polvoriento, como un trotamundos. La noche del tiempo helaba como sólo hiela el cielo raso en la noche de los fríos.
            -¿Quién eres? ¿Qué buscas?
            En aquel depósito de sueños se abrió el manantial de las leyendas. Fue remontarse muy lejos, hasta donde sólo la imaginación puede responder a la esterilidad de la ciencia. Donde el tiempo no tenía ropajes, donde palpitaba desnuda la esencia, cuando no existía ni siquiera la sombra del mundo. Un caos lo bañaba todo, como niebla ocupando la nada, y de él surgió un abismo: se llamaba Ginungagap[1]. Una boca entreabierta como un fantástico bostezo[2]. Bajo él, en el caos que flotaba al sur, se formaba una lengua de fuego[3], un lugar que todavía no era mundo, una región del espacio ocupada sólo por fuego; un caos ígneo cuyas lenguas sombrías de luz eran verdaderamente un lugar extraño: el Muspel; lo habitaba el primer ser de la existencia, un ser extraño que se llamaba Surt, y tenía una espada flamígera.
            Después, al otro lado del abismo, más al norte apareció el país del frío: era Niflheim. La región helada, el mundo de las nieblas; de ella se alimentaban doce ríos que surcaban el espacio, al norte del gigantesco abismo que los separaba del fuego[4]; y del fuego brotaban también siniestras corrientes de aguas ponzoñosas[5]. Los ríos del Niflheim fueron llenando aquel gélido Ginungagap, donde sus aguas se helaron. Pero cerca del Muspel el calor hacía que se levantaran grandes chorros de vapor, que caían en forma de escarcha[6]: eran vapores que erraban por el espacio, salidos de los ríos venenosos, que se condensaron. La escarcha cayó al abismo. Y las chispas que saltaban de la región del fuego fundieron el hielo, de sus gotas nació el gigante progenitor de todos los gigantes: el inquietante Ymir. Y luego surgió el mundo. Todo empezó cuando se mezclaron los ríos helados con la ponzoña del fuego[7]; cuando se juntaron el hielo del norte con el fuego del sur[8]. Y así todo es mezcla, todo es contradicción. El mundo que surgió de allí era orden y estaba poblado por su contrario, el caos que lo originó.
            ¡Vasto abismo del tiempo antes del tiempo, Ginungagap! Era el caos un bostezo entre el cielo ígneo y la tierra por fecundar, que decían los griegos; pero los germanos decían que entre el frío del norte y el fuego del sur. El caos, la boca entreabierta, fue un crisol donde se mezclaron los elementos del universo; en ellos se miraba la tierra. La gran abertura fue una estrella original, y somos nosotros polvo de estrellas. Vasto abismo del tiempo antes del tiempo, Ginungagap. El tiempo antes de nacer era caos. Savia universal que todo lo ocupaba, sustancia elemental que todo lo contenía. Un día se derramó y desde entonces se metió en el cuerpo de los seres que nacieron, y ya no pudieron volver a la fuente original, ya no fue posible remontar el río. Y formó sus leyes, cambió sus ropas, creó sus cavernas cavando el cielo, surcando el viento y horadando el suelo. El cielo cristalizó luego en la memoria. Y la memoria surca el pasado para ver, en las noches de tormenta y de locura, el bálsamo que puede curarnos con la caricia original; en la noche helada de los tiempos; aunque no siempre la nostalgia corona con éxito la dulce empresa, dolorosa y sublime, de regresar.
  





[1] Velasco, M. Breve historia de los vikingos. Madrid, 2005: Nowtilus; p. 108.
[2] Barrera, A. “Mitologías nórdicas y germánicas”, en Muy especial: mitología de hoy y de siempre, nº 70, verano 2005, p. 56.
[3] Velasco, M. Ibídem, p. 108.
[4] Muy especial, nº 70, p. 56.
[5] Manuel Velasco, ibídem, p. 108.
[6] Las mejores leyendas mitológicas, recopiladas por José Repollés. Barcelona, 1972: Editorial Bruguera; p. 249.
[7] Muy especial, nº 70, p. 56.
[8] Velasco, M, ibídem, p. 108.

viernes, 30 de marzo de 2018

EL OJO DE DIOS



         A una distancia de años luz, en algún lugar del espacio, existe una nebulosa extraña; los astrónomos la llaman “el ojo de dios”. Parece que nos está mirando.
         En homenaje a Stephen Hawking.
  


EL OJO DE DIOS

 

¡Cantad, musas, la cáscara del cielo! ¡Cantad las bóvedas oscuras que envuelven nuestra nuez! Un día estallaron en la mente de los pueblos y se abrió el mundo. Penetró la vista en los abismos del cielo y se hundió en las tinieblas; se llenó todo de explosiones de historia, de poesía, fue carne preñada de verbo. ¡Calíope, Euterpe, cantad para mí! ¡Arrancad la música escondida en el espacio y traedla a mis oídos, donde vendrá la palabra, arrancada de los pozos del universo, preñada de tiempo en la placenta de la eternidad! Allá en el espacio mira, desde un fondo sin límite, la pupila celeste y extraña; la mirada rodeada de colores; el polvo perdido en el espacio; el ojo de dios.
¿Es nube de historia o corazón de galaxia? ¿Poética sin fondo o palabra sin decir? ¿Es música, es voz en el insondable silencio? ¿Es vida, es cuerpo, espíritu sin carne, o es carne sin cuerpo? ¿Es la voz de la carne o es la carne de un silencio? ¿El tremendo silencio del espacio en el que brilla, como un globo, la mirada de dios? ¿Es voz sin palabra la insondable nebulosa, es música, es aire, una mancha variopinta plantada en un ojo del universo, un hueco del espacio en los espacios del tiempo, un pozo del ser? En sus confines late como un poema la música del caos, los albores del tiempo, la cuna del espacio, Ginungagap.
Cantad, musas, la tremenda historia brotada en el seno de la poesía. Cantad los albores del tiempo, los orígenes del ritmo y el canto, la voz que fue vida y mientras lo era ya era palabra; de ella salimos todos, y cuando no habíamos nacido aún no estábamos allí para oírla, pero ya era, ya estaba, y estaba fuera del tiempo, ya existía. En las tinieblas brilla con bellos colores la mítica galaxia, la nebulosa misteriosa, la voz inefable y la extraña presencia, el ojo de dios.
El ojo de dios es una nebulosa que flota en el espacio en uno de sus confines. En uno de sus agujeros, en un universo sin límites, en un patio sin esquinas, sin arriba ni abajo ni superficie ni profundidad. Allí, en ese espacio negro, brotan como miles de flores los agujeros del tiempo, los extraños huecos del espacio, como agujeros negros, los pozos del ser. Son miles de fuentes de historia y poesía, y de ellas salen millones de gusanos, vientos erigidos como túneles del tiempo, música silenciosa, porque no estábamos nosotros para oír. Allí, en el ojo de dios, está la palabra. Y en millones de manantiales que brotan de nubes de espuma más allá de la cáscara del cielo, más allá de los confines del mundo, donde la bóveda duerme con su luz celeste, una cápsula en las tinieblas, nuestro planeta enquistado en el mundo, el sistema solar.
¡Cantad los violines del universo! ¡Cantad las cuerdas que vibran y en su vibrar construyen los átomos, los puntos de materia surgidos del espacio, electrones y bosones, los gluones, los quarks! ¡Ahí, ahí estamos nosotros envueltos de cielo! ¡Allí encapsulados, dormidos en la cáscara, aislados en el mundo, insensibles al dolor! Incapaces de sentir vibraciones, pero vibrando y sintiendo aún como cuerdas, no como seres humanos; dormidos en el tiempo, perdidos en el espacio, antes de nacer.
Cantad, musas, la fuente de poesía donde brotó la historia. El mundo sin espacio, el mundo sin tiempo, la vida y la palabra, el huevo del cosmos, el caos sin forma: Ginungagap. Cantad el tiempo donde no vive el tiempo, la vida sin cuerpo que fue cuerpo vivo antes de ser; la carne del verbo donde brotará todo, un cuerpo de música, pero cuerpo sin cuerpo, cantad a la vida: ¡cantad!




viernes, 21 de julio de 2017

EL FUERO DE SEPÚLVEDA








EL FUERO DE SEPÚLVEDA
 

  1.  
            El abuelo Víctor murió cuando florecía la primavera. Volvía cargado de ovejas, con la voluntad grabada en la frente, con la hombría regada en las venas; y tuvo que ser la fatalidad, las cosas del destino, la mala suerte. De allá a lo lejos volvía, entre polvareda de rebaños regresando para casa. En el río Tozo se había visto reflejado como en un espejo. En sus aguas, gélidas y transparentes, había galápagos montados en las piedras. El Tozo, el Marinejo, el Montes. El alma de Extremadura cincelada en las rocas, en los cantos rodados de los cauces, en las polvaredas. Día a día cambiaba el paisaje a medida que llegaba a casa. Allí se quedaba el suelo recién segado. Después empezaban a dorarse las espigas, el suelo verde... Al llegar a Segovia, empezaban a espigar las cosechas.
            Y allí fue, un día aciago de primavera, cuando moría el abuelo Víctor. Su nieto Mariano no lo llegó a conocer. Su nieto Mariano, como todos los nietos, no había nacido aún cuando en la fuente del chorro él bebía. Su hija Marcelina, huérfana de tres meses, tampoco lo conoció. El abuelo Víctor murió cuando volvía con sus rebaños en el mes de junio, y volvió a finales de mayo. Ya espigaban las cosechas cuando, a la vuelta de Extremadura, dejaba las ovejas en Navafría. Hacía calor y tenía sed. De caminar por los altos de Guadarrama sudaba el abuelo Víctor. Iba a la Revilla. La abuela Facunda, “la madre de mi madre” –recordaría un día Mariano-, solía dejarle las llaves de casa debajo de una piedra. El abuelo era mayoral. Pero se le olvidó dejárselas aquel desgraciado día. El abuelo Víctor, que estaba muerto de sed, bebió para revivir y conoció la muerte, en la fuente fría. No pasaron cuatro días cuando dejaba huérfana y viuda. Víctor, al que nada había podido domar, forjado en los campos de mayo y curtido bajo el sol de invierno, con la piel cuarteada por el viento, murió, ironías que tiene la suerte, de una pulmonía.



2.

            Y el tiempo de Víctor se perdió en un remolino. Se perdió como los remolinos de otoño, que envuelven en polvo la hojarasca y el espino. Como los remolinos del alma, que depositan nostalgia en las praderas del sentimiento. El tiempo es un remolino agitado por el sentimiento. Un abismo donde las cosas pierden forma, sumidas en lo más profundo de las entrañas, y en el palpitar más puro de los corazones que no existen. En el murmullo del viento, una presencia caótica y cuántica de melodía y ritmo; donde las nubes presienten infinitos que se depositan en el espacio como gotitas de rocío. Vasto abismo del tiempo antes del tiempo, Ginungagap. Vértigo y remolino donde late el infinito: el sentir doloroso de las fibras del ser, vibrando como violines en las cuerdas del universo, que aún no puede existir.
            Los remolinos giran como galaxias en los sumideros del tiempo: y emergen por las cañerías del espacio, depositando espirales (y entre luceros, polvo de estrellas). En algún rincón del tiempo, penetrando en lo más hondo de sí mismo, yace dormido el mundo de Víctor en el regazo de Ginungagap: un ser profundo donde vamos todos después de existir, porque allí éramos semilla sembrada por el viento antes de nacer.
            En esos remolinos se perdió el tiempo de Víctor. Se quedó envuelto en una nebulosa de nostalgia. En ella se formó Mariano, hijo de Casto, esposo de Marcelina, hija de Víctor, el desgraciado mayoral. Su esposa Facunda tuvo que volver a casarse, porque en aquellos tiempos la mujer no era nada y sólo tenía existencia a través del marido. Casó, pues, Facunda con Esteban, que era pastor. Para entonces su hija Marcelina tuvo como tutor a su tío Alejandro, en un tiempo en que Víctor les dejó de todo en la casa de la Revilla. Pero aquella herencia se esfumó, nunca se supo si por la excesiva bondad de Alejandro o por la picaresca inteligente de los otros. Fue el caso que, al casarse, Marcelina no tenía ni un colchón donde dormir.
            La hija del tío Alejandro se llamaba Josefa. Josefa y Marcelina eran primas. De Josefa nació Elvira, y de Marcelina Mariano; siendo primos segundos, vivieron sin conocerse; porque Mariano vivió en Orejana y Elvira había emigrado a Segovia. Josefa se había casado con un jirón arrinconado de la nobleza, Ángel Isabel de Santiago, hidalgo del tres al cuarto descendiente de los marqueses de Santa Cruz. Pero Marcelina no estaba casada con la nobleza de sangre, aunque sólo fuera de la que estaba condenada a la pobreza material. Marcelina, pobre y desprotegida como su prima Josefa, se había casado con la nobleza de carácter; su marido se llamaba Casto Martín: Martín, hijo de Marte, esforzado y luchador, de la casta bravía de quienes no agachan la frente.
            Casto era un castellano viejo de tierra de Segovia, como él decía. Y de Orejana, por más señas. Del partido de Sepúlveda. Donde nunca les pisó ni el mismísimo rey Almanzor. Donde reinaban la libertad y la dignidad de las personas, y la igualdad de la sociedad se enseñoreaba con el autogobierno, en democracia. Tierra de frontera en los extremos del Duero, tierras de Segovia: la Extremadura de abajo. Tierra donde se afirma con más fuerza el carácter democrático del pueblo castellano. En el fuero de Extremadura, manado de la costumbre, la nobleza es una clase abierta a todos; al valor y al mérito de cada uno, con sólo tener las armas y un caballo. La población, el concejo, la asamblea vecinal tiene todos los poderes; el concejo son todos los hombres y mujeres, de él emana el juez y emanan los alcaldes, de todos los pobladores, “ricos y pobres, poderosos y humildes, infanzones y villanos”. Cada vecino es dueño de su casa y de las tierras que trabaja, pero las tierras vecinales son colectivas; los bosques, las aguas, los prados, las dehesas; los montes que invadían la entrañable llanura castellana. Por eso la gente se siente vecina de su concejo, y el concejo es el alma que llena el nombre de su tierra; hombre de Sepúlveda, como era y se sentía la nobleza de Casto, que tenía sus raíces en el fuero: en el derecho de la Extremadura castellana. En los territorios reconquistados al sur del Duero (la Extremadura, la tierra de frontera), donde no podía sino surgir un derecho fronterizo. Pero la frontera tiene un destino que no es el de seguir siendo frontera eternamente; su destino es el mestizaje.
            A Sepúlveda la repobló el conde Fernán González. La misma Sepúlveda que, en el declive de la época visigoda, tuvo a San Frutos por patrón porque no había en aquella tierra más que pastores y ermitaños. Luego vino Almanzor. Vino Abú-Amir, que se dio a sí mismo el sobrenombre de Victorioso (eso sí, con la ayuda de dios: Almanzor, singular mezcolanza de orgullo y humildad fingida). Su ambición no tenía límites. Cerrando los ojos a la corrupción, se llenó de aliados y amigos; y se granjeó la aprobación del clero saqueando la biblioteca de Córdoba, quemando libros; y detuvo el avance de los cristianos del norte organizando un poderoso ejército. Nadie le discutía sus dotes militares, pero ¿a qué intereses servía? No a los fueros y libertades de Sepúlveda, sino a su desmesurada ambición que le calmaba la sed bebiendo sangre. Convertido en un auténtico dictador, Abú-Amir, antes de ser Almanzor, atravesó la tierra de frontera. Le pareció que Madrid ardía porque su muralla de pedernal brillaba como una hoguera cuando le daba el sol. Lo arrasaba todo a sangre y fuego, aniquilando a quien le presentaba batalla. Saqueó Zamora, fortaleza inexpugnable de Castilla, pasando a cuchillo a toda la guarnición. Arrasó Barcelona. Penetró hasta los confines de la cristiandad, el mismísimo brazo de la galaxia, el campo de estrellas, Compostela: las campanas se llevaba a hombros de agotados prisioneros, agachando la cerviz, la población esclavizada. Y tuvo tiempo antes del año mil de asolar la Extremadura castellana, Sepúlveda la del fuero libre, la tierra de Fernán González.
            Casto, que se casó con la pobre Marcelina, vio cuán triste es el destino de las gentes que no se defienden. De quienes no tienen padres desde que fueron niños. El coraje le atizaba el corazón diciéndole, en el pequeño barrio de Orejana al que llamaban la Revilla (allí, donde ellos habían nacido), que defendería a su familia con todas las fuerzas de su ser, apoyado en la tierra en que se hundía. Con la fuerza del brazo apoyándose en el derecho, pues era ésa la índole de los descendientes de Hércules: como un castellano viejo de la tierra de Sepúlveda. Como un castellano viejo.
 

3.

            La victoria debe suceder al esfuerzo, pero en el caso de Casto fue al revés; y así, su primera hija se llamó Victoria: Casto fue su benjamín. A Victoria le sucedió Mariano, pero al pobre Marianín se lo llevó la difteria. Al tercer hijo también lo llamaron Mariano. Y Mariano heredó la casta de la tierra de Sepúlveda, aunque la tiñó el destino con un halo de testarudez. Mariano fue de la estirpe de los martines: austero, recio, bravo, dispuesto a afrontar el hado a pecho descubierto; impetuoso, valiente, luchador. Pero la suerte, que a todos nos amarra, le deparó a él el más triste de los destinos. Severas estaban las moiras cuando tejieron los hilos con el mismo material del que hicieron a su padre. Y en el fondo nació afortunado, pero lo pusieron en un piélago de ira. Desde siempre su destino fue luchar. Sobre la estela de su padre, la estela de los hombres libres, hay un camino de Santiago que nos lleva a la independencia. La alegría, el respeto, la igualdad. Pero la alegría para él fue sólo una meta; con nostalgia lo forjaron desde que nació, un recio día de febrero, cuando ardían las candelas en la ruta de las moiras.
            La nostalgia lo abrazó por los prados de Valdenavarre. Empezó segando en verano, un día, en Los Rancajales. Se habían quedado sin agua y su madre tenía que preparar el avío del día siguiente para comer: y se llevó en la burra a sus dos hermanos, porque eran pequeños; y como no cabía Mariano, tuvo que quedarse a dormir con su padre en aquellos campos de dios. Fue la primera vez que conoció la nostalgia. Ya no era la sed, era la nostalgia de ver que se iba su madre con sus hermanos y él se quedaba solo.
            -¡Madre! ¡Madre!
            Sus seis años en un puño se llenaron de pena a medida que la veía partir. Tenía sed y su padre le daba leche de cabra, pero él no quería beber. ¡Cuántas veces su madre, oyéndolo en la lejanía, lo sentía hundirse en el silencio de la noche y a ella se le ponía un nudo en la garganta!
            Seis años. Sus seis años no le tenían apego a su padre, porque se iba a ganar el pan y pasaba largas temporadas fuera de casa. Sólo estaba cuatro meses en verano, cuando se hacía la recolección de la mies; el resto del tiempo estaba fuera, y mientras tanto su madre araba, cavaba, cortaba leña, segaba, trillaba, limpiaba el grano, tenía que cuidar a los animales y tenía que cuidar de sus hijos. Y por eso los niños, que vivían bajo sus faldas, estaban con el padre como quien está con un extraño; la tierra no daba para más y vomitaba a sus hijos para buscarse la vida; los vomitaba para alimentar el hogar que se quedaba solo sin ellos, arrancándole el corazón como única forma de llenar el vientre; que era la disyuntiva o tener padre y no tener que comer, o tener comida y no tener padre. Por eso los seis años de Mariano gemían de pena en la noche dura y su corazón, apretado en el silencio, parece que decía:
            -Madre...
            Era pequeño y se quedó dormido con la fresca de la madrugada.
            Desde muy pequeño le gustaron la lectura y la escritura. Por la noche, cuando regresaba de guardar las vacas, escribía con un trozo de tiza en unos delantales o zajones de cuero, y se inventaba una carta a su padre; eran las largas temporadas de invierno que pasaba fuera de casa, trabajando en diversas ocupaciones o dedicándose al pastoreo. Y por el día, se ponía a leer en voz alta para que le oyesen los mayores.
            Cuando empezó a ir con las vacas por el monte de Valdenavarre tenía sólo cinco años. Iba a aquel dichoso monte a pasar frío y a mojarse con la lluvia, y a llorar y a rabiar viendo que las vacas parecía que tenían conocimiento; que se reían de él por lo pequeño que era y por no poder correr como quería para ir detrás de ellas. Un día, pasando por el barrio de la Revilla camino de Valdenavarre, tuvo ganas de hacer de vientre y el frío no le dejó desabrocharse los pantalones; y se ensució. Y cuando levantó el día, a hurtadillas para que no le viesen los vaqueros, se lavó la ropa y la tendió sobre unos matorrales. Allí encontró un periódico y lo leyó, en las piedras y a escondidas de los otros vaqueros, mientras se secaba la ropa; pudo el pequeño Mariano (corría por entonces el año mil novecientos treinta) conocer en unas fotografías la extraña silueta de los aeroplanos.
            Quizá fuera la escuela la liberación de las penurias. Un día don Roque, el maestro, mandó decir a los padres que si los niños no iban todos los días a clase, no los dejaría entrar; que nunca aprenderían nada si iban un día sí y otro no. Marcelina, sinceramente compungida, fue a explicarle a don Roque que necesitaba a su hijo para ir con las vacas al monte; era imposible mandarle a la escuela, aunque ella quería que aprendiera las letras. Don Roque, comprensivo, le dijo:
            -No, mujer, yo no le he dicho nada a tu chico. Sólo lo he dicho para los otros. Conozco vuestra situación y sé que Mariano, aunque no venga a la escuela, lee.
            Como tan pequeño tuvo que salir a trabajar, el chico aprendió a ser astuto. El maestro les daba a todos un libro para leer durante el verano, menos a Mariano. Y él se lo dijo a su madre para que hablara con el maestro, y el maestro le dijo:
            -A él no le he dado libros porque sé que tiene los suyos, y lee. Y sé que lee demasiado y no es bueno que lea tanto para su corta edad; que tan dañino es andar lo mucho como lo poco.
            Pero él no quería ser menos que los demás y se vengaba poniéndose a leer en voz alta junto a las paredes de las casas, para que lo oyesen.
            Sin embargo, era un niño. Y como todos los niños, travieso. ¿O era que las condiciones en que se desarrolló lo hicieron así? Los padres eran serios, los niños aprendían a golpes, fue el tiempo que le tocó vivir. No es fácil decir si las condiciones de vida eran brutales o es que eran brutales las personas. Sola, sin el consejo del padre, sin el apoyo del marido, su madre algunas veces llegaba a la desesperación. Fue un día de invierno. Marcelina, en días en que no podía salir al campo, se juntaba con las vecinas y se daban compañía cosiendo trapos. Como los niños les daban guerra, los mandaron a jugar al pajar. Y jugaron. Jugaron a los carniceros y se emplearon con las gallinas; mientras unos las cogían y otros las sujetaban el pescuezo sobre un tajo de madera, Mariano, con un hacha, se lo cortaba: sólo se escapó el gallo. Y envolvió entonces el pajar un silencio misterioso que empezó a preocupar a Marcelina; al ver luego la carnicería, ella se quedó de piedra. Le dio unos buenos latigazos, pero más miedo le dio su padre, que estaba en casa por aquel entonces trabajando en el campo. Cuando llegó, Mariano no quería entrar en la cocina. Él le exigió que se acercase y el niño, asustado, se arrimaba a una esquina sin atreverse a llegar a él; y Casto, apenado y, en su fuero interno, enternecido, no le hizo nada; se limitó a mandarle a la cama sin cenar.
            La nostalgia. La mayor enemiga que tuvo aquel niño. La más dura. La que más combatió durante toda su vida y la reconoció como su sino, porque en su frente la tendría marcada para siempre. El hambre, el frío, los padecimientos pasan, pero la nostalgia queda. Fue una existencia llena de rigores en Orejana, en el barrio de la Revilla, en las frías tierras donde pastaban las vacas; en el monte que se erguía a la salida de El Arenal, pasado el desgraciado cruce de la Muñeca, por los prados de Valdenavarre. Las letras, en la escuela, siempre fueron un refugio contra el frío: donde se escribe no hay que cuidar las vacas. Y era tan grande la calamidad que el buen Casto un día, esperando mejorar su suerte, los llevó a Chozas de la Sierra. Fue el catorce de abril de mil novecientos treinta y dos. Mariano, en su esperanza, tenía la ilusión de ir a la escuela para dejar aquel calvario. Ni su madre ni su hermana tendrían que ir detrás de las vacas, ni arar: allí todo era más moderno; su hermana Victoria podría vestirse con ropas menos viejas que las del Arenal, sí: Chozas parecía la tierra prometida. Don Roque, apenado, le dijo a Casto:
            -Deja al chico conmigo: podemos sacar algo de él. Mira a los otros chicos, Manolín, sin ir más lejos; le pregunto cosas y agacha la cabeza, y no hay manera de hacerle hablar. Pero Mariano tiene madera; te digo yo que podemos sacar algo de él.
            -¿Y cómo –dijo Casto-, cómo voy a dejarlo aquí si es mi hijo mayor? En él tengo puestas todas mis esperanzas.
            Dos años exactamente después de que se proclamara la república, un primero de abril, partieron para Chozas. El último día que fue con las vacas, Mariano, al salir del monte, volvió la vista atrás y se dijo a sí mismo: “adiós, Valdenavarre, ¡ojalá no te vuelva a ver!” En Chozas había una dehesa cerrada y no tendría que ir con las vacas, como en Orejana: iría a la escuela todos los días. Atrás quedaban los zajones que le hizo su tío Nicolás de unos  viejos de su padre, para que no tuviera frío. Atrás las piedras de la pared del prado del Hoyo, donde se machacó un dedo y se lo tuvo que lavar con vinagre y salmuera. Atrás las apreturas, las soledades, las calamidades sin cuento. Cuando subieron a la camioneta con las vacas y los enseres, en la mente de todos estaba, con la claridad de la aurora, la esperanza de una vida nueva.