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viernes, 30 de marzo de 2018

EL OJO DE DIOS



         A una distancia de años luz, en algún lugar del espacio, existe una nebulosa extraña; los astrónomos la llaman “el ojo de dios”. Parece que nos está mirando.
         En homenaje a Stephen Hawking.
  


EL OJO DE DIOS

 

¡Cantad, musas, la cáscara del cielo! ¡Cantad las bóvedas oscuras que envuelven nuestra nuez! Un día estallaron en la mente de los pueblos y se abrió el mundo. Penetró la vista en los abismos del cielo y se hundió en las tinieblas; se llenó todo de explosiones de historia, de poesía, fue carne preñada de verbo. ¡Calíope, Euterpe, cantad para mí! ¡Arrancad la música escondida en el espacio y traedla a mis oídos, donde vendrá la palabra, arrancada de los pozos del universo, preñada de tiempo en la placenta de la eternidad! Allá en el espacio mira, desde un fondo sin límite, la pupila celeste y extraña; la mirada rodeada de colores; el polvo perdido en el espacio; el ojo de dios.
¿Es nube de historia o corazón de galaxia? ¿Poética sin fondo o palabra sin decir? ¿Es música, es voz en el insondable silencio? ¿Es vida, es cuerpo, espíritu sin carne, o es carne sin cuerpo? ¿Es la voz de la carne o es la carne de un silencio? ¿El tremendo silencio del espacio en el que brilla, como un globo, la mirada de dios? ¿Es voz sin palabra la insondable nebulosa, es música, es aire, una mancha variopinta plantada en un ojo del universo, un hueco del espacio en los espacios del tiempo, un pozo del ser? En sus confines late como un poema la música del caos, los albores del tiempo, la cuna del espacio, Ginungagap.
Cantad, musas, la tremenda historia brotada en el seno de la poesía. Cantad los albores del tiempo, los orígenes del ritmo y el canto, la voz que fue vida y mientras lo era ya era palabra; de ella salimos todos, y cuando no habíamos nacido aún no estábamos allí para oírla, pero ya era, ya estaba, y estaba fuera del tiempo, ya existía. En las tinieblas brilla con bellos colores la mítica galaxia, la nebulosa misteriosa, la voz inefable y la extraña presencia, el ojo de dios.
El ojo de dios es una nebulosa que flota en el espacio en uno de sus confines. En uno de sus agujeros, en un universo sin límites, en un patio sin esquinas, sin arriba ni abajo ni superficie ni profundidad. Allí, en ese espacio negro, brotan como miles de flores los agujeros del tiempo, los extraños huecos del espacio, como agujeros negros, los pozos del ser. Son miles de fuentes de historia y poesía, y de ellas salen millones de gusanos, vientos erigidos como túneles del tiempo, música silenciosa, porque no estábamos nosotros para oír. Allí, en el ojo de dios, está la palabra. Y en millones de manantiales que brotan de nubes de espuma más allá de la cáscara del cielo, más allá de los confines del mundo, donde la bóveda duerme con su luz celeste, una cápsula en las tinieblas, nuestro planeta enquistado en el mundo, el sistema solar.
¡Cantad los violines del universo! ¡Cantad las cuerdas que vibran y en su vibrar construyen los átomos, los puntos de materia surgidos del espacio, electrones y bosones, los gluones, los quarks! ¡Ahí, ahí estamos nosotros envueltos de cielo! ¡Allí encapsulados, dormidos en la cáscara, aislados en el mundo, insensibles al dolor! Incapaces de sentir vibraciones, pero vibrando y sintiendo aún como cuerdas, no como seres humanos; dormidos en el tiempo, perdidos en el espacio, antes de nacer.
Cantad, musas, la fuente de poesía donde brotó la historia. El mundo sin espacio, el mundo sin tiempo, la vida y la palabra, el huevo del cosmos, el caos sin forma: Ginungagap. Cantad el tiempo donde no vive el tiempo, la vida sin cuerpo que fue cuerpo vivo antes de ser; la carne del verbo donde brotará todo, un cuerpo de música, pero cuerpo sin cuerpo, cantad a la vida: ¡cantad!




sábado, 12 de noviembre de 2016

En el principio




EN EL PRINCIPIO

 
 
       En el principio era la música. Y la música era ritmo. Y del ritmo era el pensamiento; la idea, el verbo, la palabra. El universo era pulsación eterna desde los confines del espacio. Expansiones y contracciones alternándose hasta el fin de los tiempos. El universo late como late nuestro corazón, ritmo frenético cambiando de compás, y sobre esos compases se dibujan todas las melodías de la existencia. También el corazón es pulsación en cuyo espejo se reflejan las pulsaciones del mundo: sístole, diástole. ¿Cuál de estos movimientos empezó primero? Sería imposible decirlo. Como es imposible adivinar si el universo empezó con una expansión o empezó con una contracción. Ritmo frenético o intercambios lentos, suaves melodías o endiablados espasmos, en el universo caben todas las creaciones de todas las sinfonías que hay en un humilde pentagrama.
       Al principio fueron las tinieblas que estaban congeladas en el cosmos; eran tinieblas, el cosmos no existía pues que no existía el orden. O era la luz que invadía con su presencia todos los confines del espacio: chorros y chorros de calor, billones y billones de grados expandiéndose entre la negrura total que se hallaba congelada en el cero absoluto. Luz y calor infinitos transmitiéndose por un tremendo espacio congelado. Muspelsheim invadiendo Nifflheim. Fue primero una bola de luz que anunciaba la creación del universo. La música de repente lo invadió todo.

 

       La gran explosión empezó con un ritmo frenético. Fuerzas tremendas surgieron del abismo de la nada. Un magnetismo sensible después todo lo invadía. Y vino luego la materia. Una energía titánica rápidamente cuajando en un magma que se solidifica. Pero el punto primigenio de la gran explosión fue una bola de luz que, en un calor inconcebible, hizo vibrar desnudas las innúmeras cuerdas del universo. No había aún materia ni magnetismo: era la gravedad cuántica en la que bailaban y bailaban las cuerdas del espacio. Duró apenas unas brevísimas millonésimas de segundo,  suspiro de encanto cuando el universo pudo oír cantar a las cuerdas que bailaban. Como una exhalación, las fuerzas formidables dieron paso a magnéticas atracciones y en cien segundos se formaron los primeros átomos; hidrógeno y helio tardarían cientos  de miles de años en dar origen a los primeros átomos pesados. El calor fantástico se hacía más frío sin dejar de ser fantástico, y el medio ultradiluido que era casi vacío se iba condensando en pequeñísimos cuerpos.
       Era el periodo radiativo. Incontables partículas fulgían, nadando en la luz, invadiendo los confines del espacio. Pero lo que nadie sabe es que en ellas se hallaban empaquetadas las primitivas cuerdas cuya música ya era imposible de escuchar. El mundo se fue haciendo insensible a la música. El mundo se iba haciendo cada vez más pesado. Las estrellas, gigantescas bolas de fuego cuajadas de hidrógeno, se calentaban por dentro y allí, lejos de la mirada de todos, en sus entrañas, nacían pesadísimos elementos. Hasta que la estrella explotaba y eran arrojados al espacio, esparciendo sus pobres restos, y atravesando distancias cósmicas acabarían formando nuevas estrellas y planetas; así, cada nueva generación de estrellas se construía con las cenizas de la anterior; somos polvo y ceniza de estrellas: de gigantescos hornos en los que, como crisoles, los cuerpos ligeros se transforman en pesadísimos cuerpos. El hierro, el cobre, el uranio, no viajarían por el espacio si no hubieran sido fabricados en el seno de esos formidables crisoles estelares[1].
       Así también Surt, desde el Muspel, vivía en el fuego extremo que despedía luz y calor; algunas chispas se trasladaron al cielo y formaron el sol, cuyo calor atenuado fue dando vida al Mídgard. Sólo que el Muspel, en el que creían los vikingos, no estaba debajo del universo, compartiendo vida con Hel. Cada mundo es su propio centro y ya no hay ni arriba ni abajo, sino unas extensiones inmensas de incalculables distancias al cabo de las cuales se hallaban estrellas explotando, flamígeros Muspels cósmicos dispuestos a lanzar, a lo lejos, chispas de estrellas para formar otras lunas y otros soles, y otras estrellas en celestes bóvedas que contemplaban ojos helados mirando en Babia. El cielo, sí, el sol es polvo de estrellas. Fuego ardiendo con medida, como pensaba el oscuro, que sintió también las pulsaciones antes de poderlas ver. 

 

       En el principio fue la música. En el principio manó el ritmo y en el ritmo estaba  el pulso de la vida. Los ritmos del espacio son diversos. Ritmo fugaz moviendo los cimientos del mundo en aquel rapidísimo primer suspiro. Ritmos sucesivos, cada vez más pesados, cada vez más lentos, formando escalas y compases en el cósmico pentagrama. Escalas misteriosas o de ensueño, marciales y reposadas, escalas de entusiasmo. Ciclos rápidos y lentos que eran ecos graves emanados del averno, o agudos ciclos esfumándose en el tiempo. Líneas de voces o voces onduladas, trémulas o tibias, íntimas o expansivas, alegres o tristes. Era el vibrar extático pulsando, en soñadora contemplación o en frenético arrebato, el entusiasmo; ese entusiasmo que, contenido o desencadenado (íntimo o expansivo), une místicamente nuestro corazón con el corazón del mundo.
        Son ciclos binarios y ternarios. Textos luminosos o sombríos. Voces que hacen eco a otras voces que nacen de ellas; infinitas variaciones, hasta lanzar su potencial de aria triste y solitaria: entonces vino la palabra. En el principio no era el verbo, sino la música; el mundo era armonía, entonación y ritmo. Antes de hablar sentíamos: que si hablas antes de sentir te convertirás en sombra, cuerpo  sin alma, ser ausente que pena por los abismos de Hel, en el mundo del Hades. Las sombras pierden el pensamiento y la memoria, pero antes perdieron la capacidad de sentir; antes de perder la voz perdieron la música; perdieron el arpa, perdieron el ritmo, perdieron el grito.
En la música, cuando nos embriaga, sentimos vibrar las cuerdas que latieron aquel único segundo del universo: cuando empezó todo. Luego esa música fue encerrada en los cuerpos, y en ellos duerme hasta que sepamos tocarla, si sabemos hacerlo. Tocarla para que vibren las cuerdas del corazón de otro. Tocarla en el arpa melodiosa de la naturaleza toda. Basta sentir la música para volver a los orígenes, dejando flotar la mente en el abrazo de la noche; en ella sentiremos ecos de voces, golpes de canto, nubes de tiempo; en ella despertará la melodía que perdimos al principio de los tiempos. 

 







[1] Véanse entre otros, a este respecto: “Los primeros microsegundos”, Investigación y ciencia, julio de 2006, pp. 8-9. “Comment est née la matière”, Science et vie, nº 723, dic. 1977, pp. 46-53. Preston Cloud, El cosmos, la tierra y el hombre, Madrid, 1981, Alianza, pp.39-41. Roland Omnès, L’univers et ses métamorphoses, Paris, 1973, Hermann, pp. 91-93.