sábado, 28 de febrero de 2015

Lo que es la ciencia para Kant.






LO QUE ES LA CIENCIA PARA KANT


            -Recordaréis que toda la filosofía se resume para Kant en tres preguntas: qué puedo saber, qué debo hacer y qué me cabe esperar; empecemos por la primera.
            Juan se pasó los dedos por las comisuras de los labios mirando por la ventana. Esos silencios en él equivalían a un punto y aparte. Era como terminar un párrafo y empezar el siguiente. Más que un párrafo, una parte de un capítulo; una sección.
            -¿Qué puedo saber? En la biblioteca de Hume había libros de física y era bueno guardarlos. También nos podrían ser útiles los libros de matemáticas. Pero los de metafísica (sugería Hume) había que arrojarlos al fuego, porque no hacen más que sembrar en nuestras cabezas enredo y confusión. Sin embargo Kant quería salvar la metafísica. Él la consideraba la parte más noble del saber, y para salvarla había que demostrar que era digna de confianza. De modo que la pregunta estaba lanzada: ¿es la metafísica una ciencia?
            Ése era el gran reto. Y mientras miraba al aire de la habitación deteniéndose en un punto del espacio, sin llevar su mirada hasta la pared, hilvanó sus cavilaciones.
            -Para eso tendríamos que saber lo que es la ciencia. Todo lo que podemos decir lo expresamos en forma de oraciones; o como decía Kant, usando una palabra de Aristóteles: de juicios. Un juicio es la unión de un sujeto y un predicado; por ejemplo “yo como”. Y un predicado es un verbo acompañado de complementos; por ejemplo, “como pan”. Pues bien, los juicios de la ciencia ¿son de fiar? Hay que pensar que sí, porque si no, no nos habríamos fiado de lo que dicen los científicos. Normalmente nos creemos lo que dicen los astrónomos, pero no  siempre creemos a los astrólogos, adivinos y charlatanes; solemos creer a los médicos más que a los curanderos, y a los técnicos más que a los magos. ¿Por qué? ¿Qué hay en las palabras de un astrónomo, un médico y un técnico que no haya en las de un astrólogo, un curandero y un mago? ¿Por qué la palabra de unos tiene más crédito que la de otros? Respondemos habitualmente que por boca de unos habla la ciencia, y por la de otros no. Pero ¿qué tiene la ciencia para inspirarnos tanta confianza?
            Juan se detuvo un momento para respirar.
            -Kant pensaba en la ciencia como la garantía máxima del saber. Podríamos creer a un científico más que a un cura. Porque por boca de uno habla la razón y por boca de otro habla la fe, y para Kant todas nuestras creencias deben ser razonables. De acuerdo con la religión, sí, pero no a costa de la razón.
            Los alumnos escuchaban concentrados.
            -¿Y cómo habla la ciencia? ¿Cómo están hechos sus juicios, sus afirmaciones y negaciones, cómo separan con acierto lo verdadero de lo falso? Dicho de otro modo: los juicios de la ciencia deben ser infalibles; infalible quiere decir universal y necesario. Universal. Que valga siempre y en todas partes; ¿os imagináis que la ley de la gravedad funcionara en mi casa y no en la del vecino? Y necesario: que no puede ser de otro modo. ¿Os imaginéis que los cuerpos cayeran hacia arriba en lugar de caer hacia abajo? Si así fuera flotaríamos en el espacio hasta salir de la atmósfera, a lugares donde no habría oxígeno y no podríamos respirar.
            Carraspeó.
            -En tiempos de Kant todos estaban sorprendidos por la física de Newton. Les parecía que ningún conocimiento podría tener un grado mayor de perfección. ¿Y cómo es la física de Newton? ¿Cómo están hechas sus afirmaciones? Sus afirmaciones (sus juicios) son, ya lo hemos visto, universales y necesarios. Os voy a dar un ejemplo de juicio universal y necesario: “cinco minutos antes de morir todavía estaré vivo”.
            Helga, Cristina y Julián se rieron a destajo.
            -Claro, tenéis razón en reíros. Suponed que llegáis a casa y vuestros padres os preguntan qué habéis aprendido en clase. Y vosotros contestáis que cinco minutos antes de morir todavía estaréis vivos. Y entonces, después de reírse en vuestras narices, os dirán: ¿y para eso vais a la escuela? No les faltará razón. Porque los juicios infalibles, aunque sean universales y necesarios, no nos enseñan nada que no sepamos ya. No amplían nuestro conocimiento. No nos sirven para aprender.
            Juan hizo de nuevo una pausa didáctica.
            -Pero resulta que los juicios de la ciencia son infalibles sin ser vanos. A los juicios vanos los llamamos verdades de perogrullo. Que un hombre viudo es un hombre cuya mujer ha muerto, que las dos menos cuarto es la una cuarenta y cinco o que cinco minutos antes de morir todavía estaré vivo, son perogrulladas. Se ríen de nosotros cuando hablamos así. Pero que las plantas se alimentan por fotosíntesis, que Demóstenes resistió a Filipo o que la torre Eiffel está en París: eso sí que son conocimientos que amplían nuestra cultura. Pero tienen un inconveniente: no son seguros; no son infalibles, no son universales y necesarios. La torre Eiffel está en París hoy, pero no lo estaba hace doscientos años; y además podría no estarlo; podría haber ocurrido que no le hubieran encargado a Eiffel que la construyera. Demóstenes también podría haber nacido en otro sitio, y no habría combatido la invasión de Filipo. Y las plantas también podrían haberse alimentado sin fotosíntesis: por fermentación, por ejemplo.
            Juan miró al reloj y se tapó la boca. Después prosiguió su explicación abriendo los brazos. 


             -Ése es el dilema: o aprendemos cosas nuevas que no son seguras, o cosas seguras que no son nuevas. Suponed que sois antropólogos y vais al Amazonas. Entrevistáis a los indios y anotáis todo lo que os cuentan. ¿Vais a volver a la universidad, escribir un libro y contar todo lo que os han dicho? ¿Cómo sabéis que no os han engañado? ¿O que no se han equivocado en lo que os decían? Para que os tomen en serio en la universidad es necesario que lo que digáis cumpla dos requisitos. El primero es que sean cosas nuevas, que nadie las conozca: a nadie se le va a ocurrir inventar ahora la dinamita; y el segundo es que esas novedades sean de fiar, o sea que podáis estar seguros de ellas. Pero, como ya hemos visto, si nuestros conocimientos son seguros no nos enseñan nada nuevo, y si son novedosos no tenemos la garantía de que sean seguros. Da la impresión de que la ciencia es imposible.
            Juan carraspeó un poco. Se le estaba secando la boca. Y tenía que abreviar, porque se le acababa el tiempo. Volvió a mirar el reloj.
            -Kant lo resolvió con una varita mágica: los juicios de la ciencia son novedosos y seguros; no son afirmaciones hechas a la ligera. Ahora vamos a ver lo que significan estas dos palabras.
            Abrió los brazos mientras hacía otra pausa didáctica.
            -Algo es novedoso cuando el predicado no está incluido en el sujeto. Helga –señaló hacia ella con el dedo-, tu jersey es rojo. Pero en la naturaleza de Helga no está el jersey rojo; mañana quizá venga vestida de azul y seguirá siendo Helga. Cuando pensamos en ella pensamos necesariamente en un ser bípedo, inteligente y de sexo femenino, pero no necesariamente en una chica vestida de rojo. “Helga viste de rojo” es un juicio: su predicado no expresa una característica de Helga, sino que es algo que se le añade, que no forma parte de ella; ese juicio es la síntesis de un sujeto (Helga) y un predicado (su ropa roja): es un juicio sintético.
            Todos escuchaban con atención; pero ninguno tomaba apuntes. Juan proseguía.
            -Los juicios sintéticos aportan informaciones novedosas, pero no son seguros. Si yo digo que Helga viste de rojo y vosotros la habéis visto ayer, ¿pensaréis que digo la verdad? Puede que sí. O puede que no. Que Helga vista hoy de rojo no es seguro. Es sólo probable.
            Juan levantó el dedo para proseguir.
            -Ahora fijaos en los juicios infalibles. Por ejemplo, que antes de morir todavía estaré vivo. El predicado (estar vivo) forma parte de la naturaleza del sujeto (yo antes de mi muerte). No se le añade, sino que está ahí. Para ver si es verdad no hay necesidad de verme, bastará con analizar el sujeto y dentro de él encontraremos el predicado: es un juicio analítico. Los juicios analíticos son seguros, pero no nos enseñan nada. No hay nada en ellos que nos aporte experiencias nuevas, y en realidad nos quedamos como estábamos.
            Juan bajó las manos para apoyarlas sobre la mesa.
            -Los juicios analíticos son seguros, pero están vacíos; suelen ser juicios a priori, porque no necesitamos recurrir a la experiencia para conocer lo que dicen; no son fruto de la observación, sino que los sabemos de nacimiento. Son conocimientos innatos.
            Nueva pausa didáctica.
            -Los juicios sintéticos nos hablan de lo que vamos aprendiendo en nuestra experiencia cotidiana, ya sea porque no paramos de observar lo que nos rodea, o porque nos lo cuentan otros que lo han visto: eso quiere decir que son juicios a posteriori, fruto de nuestra experiencia. Pero los juicios a posteriori no son seguros.
            Juan se detuvo un momento para encadenar estas dos ideas.
            -Kant sostiene que hay juicios que son seguros y nos enseñan cosas: son los juicios de la ciencia; unos juicios sintéticos a priori. Amplían nuestro conocimiento (por eso son sintéticos), pero al mismo tiempo son seguros (por eso son a priori). La ley de la inercia es un juicio sintético, porque antes de que nos la enseñaran no la conocíamos; y es a priori porque nunca falla; por eso es un juicio científico.
            Ahora daba vueltas de una pared a otra, de la puerta a la ventana; estaba la pizarra a su lado, y tenía las manos en los bolsillos.
            -Los juicios a priori proceden de nuestra naturaleza. Tienen una estructura lógica, contienen el arte de pensar: por eso son innatos; nosotros venimos al mundo con las leyes lógicas en la cabeza, y esas leyes son verdaderas aunque no las apliquemos. Otras especies animales no tienen una estructura de pensamiento racional como la nuestra. Un perro, por ejemplo, no puede poner un molde lógico a las representaciones que tiene de la realidad. Pero nosotros sí. Cada ser vivo tienen sus esquemas mentales, que son como moldes de magdalenas; la realidad es una masa de magdalenas y la misma masa la vemos unos y otros de forma distinta, según sea la forma de los moldes que le ponemos. El conocimiento tiene dos partes: la realidad en sí misma, que viene a ser como una masa amorfa; y la jaula en la que la atrapamos, que tiene forma predeterminada y, al darle forma, la moldea. Lo que la realidad pone es el contenido: las cosas que aprendemos, el contenido sintético. Y lo que ponemos nosotros es el recipiente para recogerlo, que es a un priori porque no procede de la experiencia; es el cubo con el que vamos a recoger los datos de la experiencia, igual que cuando cogemos con un cubo el agua de lluvia. Si nadie tiene cubos y vasos, será muy difícil que recoja agua del cielo.
            Juan había ido calculando lo que faltaba para que sonase el timbre. Faltaba poco. Los últimos minutos de clase los empleó en explicar cómo encadenaría el próximo día la epistemología kantiana con lo que les acababa de explicar. Y como una espada de Damocles, cuando tenía que sonar el timbre, sonó.
 

domingo, 22 de febrero de 2015

Carnaval.








CARNAVAL


            Un abigarrado mundo de gentes multicolores. Hombres vendiéndoles globos a los niños: globos de múltiples formas –aros, gorros, rosquillas, espadas-; globos alargados como tripas de chorizo; globos de todos los tamaños, pero siempre con el mismo grosor; globos estrangulados por múltiples partes, doblados mil veces sobre sí mismos, haciendo volúmenes de la línea, porque eran líneas que tenían grosor. Manos anónimas se las daban a los niños, como miles de apéndices que surcaban aire; y cuando los niños los cogían, crédulos en su pura candidez, se veía una figura que se pegaba a los padres y una voz sin timbre que decía:
         -Son cien pesetas.
         Y los padres se volvían y se volvía el niño, que no entendía nada, aprendiendo la diferencia que había entre un regalo y una  tentación que terminaba en venta; y en un momento su inocencia recibía una sacudida; y debía recibir muchas sacudidas más para que se rompiera la inocencia y emergiera, tras su caparazón de huevo roto, el nuevo niño cerrado a la fe, abriendo los ojos a las imágenes de la realidad.
         Había hombres pintados de negro inmóviles como estatuas; y estatuas centenarias en la plaza que tampoco parecían hombres. Había una almeja, toda de colores, que se abría cuando alguien arrojaba una moneda; y entre sus valvas emergía, como un sueño, una chinita de ojos rasgados y labios pintados de rojo, surgiendo como un arco iris en su pequeñez.
         Había un cuerpo tapado con una capa que parecía de esparto. Y sobre la capa, en un lugar que podía ser el pecho, una cabeza pequeñita, de un esparto anómalo que daba miedo –miedo y curiosidad, porque era fantasía-; y entre sus hombros, que parecían sin cabeza, costaba ahora adivinar la cabeza mezquina disimulada bajo la capa.
         Había una fauna de seres variopintos, disfrazados para atraer al público, camuflados para encantar a la gente, utilizando, allí, telas negras; acá, caras blancas; acullá, tules de colores; telas variadas, pieles de retales, superficies toscas y finas y oscuras y brillantes. Manos que surcaban el aire en todos los sentidos, caras que se ocultaban en la sombra disimulando ser caras, cuerpos que querían ser la silueta de otros cuerpos. Y cintas de colores surcando el espacio sobre la cabeza de todos, diábolos que escapaban desde la atmósfera impulsados por sus cuerdas, bastones en forma de botella que siempre caían sobre manos malabaristas; la fe de niños y mayores, el hechizo, el sortilegio, el rápido accionar de los prestidigitadores.
         Así era la plaza en los días de fiesta. Así se vestían las tiendas, se encendían las paredes, se engalanaban las calles. La azotea de Santa Columba sostenía estoicamente la mirada del acueducto. Y corría por sus arcos, hilvanando aromas y leyendas, el desfile abigarrado de alegrías y tristezas: invisible y tangible a la vez, respirable y milenario, atropellado y sereno; el curso lento pero nunca detenido, el torrente de primavera, el arroyuelo de verano, el río de invierno; el curso: el inevitable curso de los tiempos.



sábado, 14 de febrero de 2015

La Gesta de la Formación Profesional.





LA GESTA DE LA FORMACIÓN PROFESIONAL.


             El aire entra por las juntas de las ventanas, ha llegado el tiempo de las zarzas: las zarzas vuelan azotadas por el viento, que se llena de montañas de espino mientras remueve las aristas de las almas. Pero en las almas pacíficas se cuela por los ventanales del cerebro. Sopla en la memoria y se pierde en sus innumerables dédalos topándose con escenas antiguas que le salen al paso. Allí, allí están los días de Fresneda.
            Allí está Conchi, sentada en una silla pequeña con el cuaderno sobre una mesa enana. Allí está Pepi, terminando con sus garabatos una tensa cuenta de dividir. Allí medita Alfredo, suspendida la conciencia en la oscuridad de la calle, mientras una lluvia de hojarasca y ruido recorre pesadamente las casas del pueblo.
            Juan Luis, de pie con una hoja en la mano, lee un texto mientras ellos, echando mano a sus cosas, lo buscan en su carpeta. Las hojas que se arrastran por el suelo llevan rumores y aromas de leyenda. Hemos regresado al pasado. Hace mil años, en el remoto solar castellano, las mesnadas recorren los campos, los montes, los valles, y se dispersan como hojas de otoño por la naturaleza. Son soldados de fortuna. Hombres sin futuro que buscan, en su andar errante, una vida mejor.
            -Imaginad la península ibérica allá por el año novecientos, el año mil. España no existía todavía. Era una exhuberancia de montes, prados y bosques que lo empapaba todo. Toda la tierra se poblaba de árboles. Se ha dicho que una ardilla podía recorrer la península de norte a sur sin tocar el suelo. Sólo saltando de árbol en árbol, de copa en copa, de rama en rama.
            Por un momento el paso de las hojas parecía representar el desfile de los años. Las lágrimas de otoño, de calle en calle, de puerta en puerta, escribían la leyenda de los siglos. El aire podía ser un poeta que arrastraba los recuerdos por las calles del tiempo, y sus plumas bien podían ser los rabos de las hojas que volaban.
            -Imaginaos Castilla. Imaginad la tierra incendiada, hollada por las armas, y sembrada de guerreros que la espoleaban bajo las patas de sus caballos. ¿De dónde salen tantos guerreros?
            Pepi ya no miraba con los ojos de la escuela. Miraba con los ojos de la noche, que se abrían tanto que empezaban a ver la realidad borrada en una nube; y dentro de aquella realidad borrosa emergía, como en un fundido encadenado, la fantasía y la leyenda despertadas por la lámpara de Aladino. Que eran las palabras del maestro, las páginas del historiador, el fulgor de la ciencia.
            Enfrente tenían al maestro, que leía y leía. Y Juan Luis, sabiéndose partícipe de aquel momento mágico, se transportaba.
            -Castilla era un erial. En el norte de la península se cultivaba la tierra de una forma primitiva y rudimentaria; podía decirse que el mundo cristiano era una economía del hambre. Enfrente tenían al sur próspero, poblado de musulmanes, cuya vida floreciente descansaba sobre un mayor progreso y una técnica agrícola más avanzada.
            Y el maestro los miró con un silencio:
            -Siempre ocurre que la gente pobre va buscando los sitios donde hay riqueza. Así también los castellanos, atraídos por la prosperidad del sur, se trasladaron a las tierras musulmanas para medrar. Las aventuras de estos hombres atrevidos circularon de pueblo en pueblo convertidas en cantares de gesta. El Cid fue uno de ellos. Rodrigo Díaz de Vivar. El que fue modelo de virtudes en el imaginario colectivo y no fue, en realidad, más que un guerrero animado por la búsqueda de riqueza, por el deseo de mejorar su estatus social. Y como aquellos cristianos no tenían oficio, carentes de lo que hoy llamaríamos una formación profesional, tuvieron que ganarse la vida con las armas. Sobre aquel caldo de cultivo crecieron, como crece el hongo en la humedad, las grandes gestas guerreras, las heroicas hazañas de un puñado de valientes, el destino trágico de unos desterrados en su angustioso peregrinar.
            El maestro respiró de nuevo.
            -Porque en el cantar del Cid está el destierro. Pero la vida de aquellos soldados era en sí un destierro, pues habían nacido en una tierra que nada les podía ofrecer.
El maestro se acordó de cuando esta misma clase la dio en Cuéllar. En el turno de la noche, donde iban los trabajadores sin título y los rebotados de la escuela. Unos (electricistas, carpinteros, fontaneros), porque llevaban veinte años de oficio sin una titulación que los respaldara; otros (adolescentes, vagos, pendencieros), porque huían de la disciplina del estudio. Unos no tuvieron oportunidades y otros desaprovechaban las que tenían. Juan Luis se acordaba del potreras; un chaval desbocado que vivía la vida sin detenerse, de una manera irreflexiva, puro nervio, como una exhalación.
            El solar castellano se estaba poblando otra vez de mesnadas que pululaban carentes de formación profesional. Abandonados a su destino, enarbolando nuevas virtudes guerreras e interrumpiendo vidas pacíficas que conocían la prosperidad. Allí estaba la figura del maestro (se decía Juan Luis). Para evitar que aquellas virtudes florecieran a costa de derramamientos desangre; a costa del llanto desconsolado de sus madres, y del desvarío vital de unos corazones a quienes la falta de cultura empujaba por duros. El maestro podía evitar que los jóvenes sufrieran como había sufrido el Cid Campeador. 



sábado, 7 de febrero de 2015

Recordando a Charlie.




RECORDANDO A CHARLIE


 El mes de enero del año 2015 será, para siempre, el mes en que unos desalmados mataron a sangre fría a unos dibujantes.

1. El extravío.

Los jóvenes rechazados buscan calor en las islas de las sirenas; que convierten el calor en fuego y se abrasan mientras abrasan a los que abrazan.
Es el rapto del alma; parece un impulso del corazón y es arrebato de las tripas: así tu odio parece bondad y crees que construyes al destruir, y te destruyes a ti mismo en el heroísmo donde tú crees que te salvas.

2. El cielo y el infierno.

            El colmo del engaño es hacer del heroísmo una máscara con la que disfrazas la vileza, la bajeza, lo despreciable, lo nauseabundo y lo repugnante. Tu peor castigo es llamar al cielo y que no te abra dios: te estará esperando el infierno donde se retuerce el remordimiento de tu alma. Y tu vida, la verdad, será tan sólo esperpento; un horrible despertar cuando mires la verdad desengañada.

3. Los asesinos.

            Eres culpable, grandísimo héroe de la espada de Alá. El propio Alá te desprecia. Mahoma, a quien vengaste, no querrá saber nada de ti; se avergonzará de ti y pedirá perdón por lo que hiciste en su nombre, porque el ser vengado no quería que lo vengaras: ni lo quería, ni lo necesitaba.

4. Los predicadores.

            Y también son culpables los que te empujaron a hacerlo. Los que te enseñaron el odio de un dios que necesitaba amor, aunque lo dijera en el Corán con palabras exageradas. Los maldecirá Alá y los maldecirá Mahoma y querrán, para volver con ellos, que os desprendáis de la espada.

5. Los fariseos.

            Porque también era culpable la sociedad que os arrojó a la marginación. La que engordó a los ricos quitándoselo a los pobres, disfrazándose de crisis. Esa sociedad que maltrataba a los mismos que vosotros elegisteis para maltratarlos. Entre unas víctimas que mueren y otras víctimas que matan ¿dónde están los culpables? No hay duda: los culpables siempre son los que matan; aunque unos maten con la bolsa y otros maten con las balas.

6. Los redentores.

            Todas las sociedades tienen sus pobres, sus parados, sus desesperados, sus enfermos, sus excluidos; esa masa de personas que vive en los márgenes está más o menos atendida en las sociedades sanas; y en las sociedades enfermas viven abandonadas a su suerte, a la merced de cualquier aventurero que venga a sacar de ellas su capacidad de hacer daño. Lo hizo el partido nazi, lo hizo el partido fascista, lo hicieron Atila y Gengis Khan, lo hacen los predicadores de la yihad. 

 
            Otras veces vienen a rescatarlos del abandono del Estado las gentes buenas: lo hizo Jesucristo, lo hizo Gandhi, lo hizo Mandela, lo haría Mahoma; lo hizo, quizá en sus primeros tiempos, el partido bolchevique; pero muchas veces los movimientos se convierten en sus contrarios, el bolchevismo se vuelve estalinista y el cristianismo se vuelve inquisitorial; y todo se desbarata.

7. La pobreza.

            Hay que atender a los que sufren para que dejen de sufrir (y, accesoriamente, para que no hagan sufrir a otros). El sufrimiento tiene un límite y cuando traspasa ese límite se convierte en maldad; no todos los que sufren son malvados, pero todos los malvados empezaron sufriendo alguna vez. Le sucedió a Hitler. Le sucedió a Franco. Le sucedió a Saddam Husein. Ser pobre no es ser malo, pero ser malo es haber sido pobre algún día. Haber tenido carencias. Haberle faltado a uno (durante mucho tiempo) lo más básico y elemental; muchos palestinos, cansados de sufrir sin esperanza, han abrazado la causa de la venganza, y han empezado a votar a Hamás.

8. El sufrimiento.

            Las gentes que sufren mucho necesitan solidaridad. Pero si no les ayuda nadie dejan de ser pobres indefensos; a poco que vengan a arrollarlos las fuerzas de la maldad: gentes que prediquen el odio, gentes que les den armas, gentes que les enseñen las formas de hacer daño. La gente que sufre con los ojos cerrados da pena, pero cuando los abre también puede dar miedo: porque el mundo ha puesto en sus retinas la semilla del odio y eso es lo único que ven; la falta de humanidad.

9. La locura.

            El idealista tiene esa locura que podríamos llamar generosa; la que puede sacrificar su vida, si es preciso, por los demás; pero no por sacrificar tu vida tienes por qué ser idealista, a lo mejor eres depresivo, demencialmente crédulo, o desesperado. Un mártir es el que muere por la fe, no el que mata por ella (aunque a consecuencia de sus crímenes también él mismo muera).

            Que se lo pregunten a Erasmo, a don Quijote; hay locuras de daño y locuras de sentimiento: sólo las primeras alimentan la vida, volviéndola apasionada, poniéndole entusiasmo: ilusión; pero las primeras sólo buscan hacer daño, o suprimir el propio sufrimiento en el abrazo de la muerte; llevándose por delante, muchas veces, a toda esa gente que quiere vivir y no le dejan. 


10. Los infieles.

            Es inhumana toda doctrina que levanta a dios, o a la patria, contra la humanidad. Porque al ser humano ¿quién lo hizo? Dios. Volverse dios contra la humanidad es volverse contra sí mismo; contra su propia obra; y llamar a la muerte de los infieles es matarse a sí mismo porque un solo hombre que muere es como si dios muriera. ¿Cómo va a querer volverse contra los suyos, contra los seres que ha creado, sólo porque unos crean y otros no? Dios se mata también cuando los mata.

11. Los mártires.

            Inmolarse para ganar el cielo es querer vivir, y matar a otros para conseguirlo es el supremo acto de egoísmo: privar a otros de vida para que vivas tú. Aunque sea en la otra vida. Morir para vivir matando es mezquindad; hacerlo en nombre de dios es volver mezquino a dios; y dios es sumamente bueno; lo dicen todas las religiones: no se puede matar mezquinamente en nombre de dios.

12. Las imágenes.

            Todavía hay ciegos que ven la letra y no el espíritu. La letra es lo que se ve con los ojos del cuerpo: las señales, los dibujos, las palabras. El espíritu es lo que se ve con los ojos del alma: el sentido, el fondo, la intención. Hubo una caricatura que representaba a Mahoma y el único espíritu de esa imagen era el perdón. Los ciegos, los que sólo ven con el cuerpo, se quedan con el dibujo y se ofenden y matan; pero los verdaderos musulmanes son los que saben ver con el alma.
            Jesús les dijo a los que le acusaban de no cumplir la ley al pie de la letra: el sábado se ha hecho para el hombre, no el hombre para el sábado. A veces la mejor manera de honrara  dios es ayudar a tus semejantes; aunque esa ayuda tenga que darse en los días de fiesta. 


13. La risa.

            -Reírse es ver las cosas desde lejos; la risa es poner distancia entre nosotros y lo que nos pasa; tú te das un tropezón y te duele el dedo gordo, pero te paras, te ríes y entonces parece que te duele menos.
            -Pues por eso precisamente, si la risa es buena y las religiones quieren lo mejor, deberían hacer que la gente riera.
            -Pero hay una diferencia: las religiones buscan el bien… en la otra vida; el goce es aplazado al más allá y aquí sólo nos queda sufrir para merecerlo.
            -La vida es un valle de lágrimas.
            -Eso es. La religión es poner distancia entre nosotros y el placer, puesto que el placer se aplaza para cuando estemos muertos. En cambio la risa es poner distancia entre nosotros y el sufrimiento.

14. La yihad.

            La yihad es un esfuerzo por matar dentro de sí las fuerzas que se oponen a la vida, no por matar las fuerzas vivas que tenemos alrededor.

15. El respeto.

            -Vuelvo a lo del principio: ¿por qué es la risa una falta de respeto?
            -No tiene por qué serlo. Respetar a una persona es aceptarla tal y como es; si nos reímos de que una persona es bajita, estamos negando las cualidades que le ha dado la naturaleza; estamos atentando contra su vida, estamos rechazándola. La burla es poner distancia entre los otros y el placer de vivir.
            -¿O sea, que cuando nos burlamos de alguien es para que sufra?
            -Eso es.
            -Igual que hace la religión.
            Silencio. Tiempo para salir de la perplejidad.
            -Parece… Pero hay una diferencia: hay religiones que quieren que suframos para ganarnos el derecho a gozar después de la muerte; la burla nos hace sufrir sin darnos nada a cambio, sin prometernos ninguna salvación para más tarde.
            -Entiendo. Y las caricaturas de Mahoma ¿hacen sufrir a Mahoma?
            -No. Hacen sufrir a quienes lo adoran.
            -¿Por qué?
            -Se sienten ofendidos.
            -¿Por qué?
            -Porque no saben que dios disfruta cuando nos ve disfrutar. Para ellos la risa es un pecado.

16. La piedad.

            Hay dos cosas que necesitamos: ver las cosas con distancia para no sufrir con lo malo, y verlas desde cerca para sentir el sufrimiento ajeno: esta cercanía, esta identificación, nos mueve a evitarles a los demás el dolor que no queremos para nosotros; es la empatía; empatía es sentir y pensar lo que los otros sienten y piensan, y no desear para ellos lo que no nos gustaría que nos hicieran: ése es el verdadero respeto; aceptarlos como son sin castigarlos por culpas y pecados que sólo están en nuestra imaginación. La gente no es como tú la ves, y quien no sabe reír no le rinde culto a la vida, sino a la muerte. 


17. Los márgenes.

            Dos clases de sociedades hay: las que tienen sus márgenes llenas de excluidos y las que los tienen vacíos. La Francia republicana ha pugnado por dar cabida a todos, pero lo que los ideales hacían se desmoronaba soterradamente a causa de sus realidades.

18. La marginación.

            Cuando una sociedad enferma, empieza a segregar cada vez más gente hacia sus márgenes; gentes sin trabajo; sin salud; sin escuela; sin alimento; gentes in identidad, es decir sin hogar, sin un lugar donde sentirse acogidas, sin cariño, sin calor, y sin cobijo. En Ayacucho había indios que iban a estudiar a la ciudad, junto a los blancos; y no se querían sentir indios porque como indios se sentían disminuidos; pero tampoco eran aceptados por los blancos, y en ninguna de las dos culturas se sentían acogidos; una cultura es una casa donde se acurruca el espíritu, como el hogar es esa casa donde se resguarda nuestro cuerpo. Escucharon la prédica maoísta, encontraron un esquema donde arrullar su mente, unos amigos donde encontrar afectos, y engrosaron las filas de Sendero Luminoso: la guerrilla más sanguinaria de América latina.

19. Francia.

            Muchos argelinos se instalaron en Francia después de la guerra. Allí vivieron. Allí encontraron casa, escuelas, sanidad, protección a la familia, protección de desempleo. Pero lo que Francia les daba era un mundo material. Casa, trabajo, dinero, profesores y médicos. El universo espiritual de Francia se les escapaba. Despreciados en el trabajo, ignorados por muchos alumnos, por algunos profesores también, y con el dinero dividido entre Francia y Argelia, su casa se convirtió, a fin de cuentas, en una pequeña Argelia; vivían en Francia y, dentro de Francia, había miles de pequeñas Argelias. Se les llamaba ratones. “Árabe” era una palabra peyorativa. “¿Tienes tu carnet de identidad?”, les decían en la calle. “¿No? ¡Pues te callas!” Y así, en lugar de hacer una Francia llena de franceses de Argelia, sembraron millones de Argelias en Francia. Francia se llenó de agujeros.  Como un queso gruyère. Hasta que estalló una insurrección que hizo temblar las ciudades francesas.  
Un día se dieron cuenta de que esos argelinos que no querían ser tenían vedada esa Francia que los rechazaba; una Francia de realidades que empezaban a minar sus ideales; libertad, igualdad, fraternidad: sólo palabras. Y ocurrió que poco a poco se fueron impregnando del calor de los conversos; de esa casa espiritual que estaba sembrando en ellos la yihad islámica; sus sacerdotes predicaban el odio, y ellos se reconocieron en él. El mismo odio que habían estado recibiendo en sus vidas, el mismo que empezaron a sentir cuando la crisis les quitó las ventajas materiales. Sin un hogar espiritual, huérfanos de Francia y Argelia, ahora se encontraban también sin casa y sin empleo; los asesinos de Charlie Hebdo vivían, curiosamente, de la asistencia francesa; como si escupieran en la mano que les daba de comer, si no fuera porque esa misma mano, no siempre, pero algunas veces, había escupido antes sobre ellos.  
Los periodistas de Charlie, después de haber perdido bajo las balas a doce de los suyos, sacaron a la luz esa otra Francia que estaba oculta: la que respondía al odio con amor; la misma que vivía de los ideales que en muchos otros franceses eran cartón piedra y palabras huecas, la que dibujó a Mahoma con una lágrima triste y un letrero que decía: “ya os he perdonado”; porque eran las propias víctimas las que perdonaban a sus asesinos; identificándose con Mahoma: con el mismo Mahoma que, cuando ellos se reían con sus caricaturas, también se reía con ellos. Esa Francia grande, esa enorme Francia que quería sembrar el país de franceses de Argelia y no de Argelias desoladas y muertas; de miles de Argelias que, como un virus, minaban su salud y la ponían en peligro. Detrás de las tristes realidades encarnadas en millones de franceses, estaban los hermosos ideales encarnados en muchos más millones todavía.
            Y detrás de algunos miles de musulmanes que viven la realidad del odio hay muchos millones que rechazan el odio que los domina. 


 20. El fatalismo.

            El vacío espiritual de los marginados crece ahora con un vacío material, con la crisis económica; y sucede como le sucedía a Bécquer que, entre quien le había envenenado el cuerpo y quien le había envenenado el alma, sentía que era inocente.”¿Por qué acusarme? ¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?”

21. La libertad.

            Sí. Libertad es lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros. Lo había dicho Sartre. No toda la culpa la tiene la historia, en el fondo de nosotros, aunque sea negro, muchas veces (aunque no todas) puede haber destellos de esperanza. Que se lo pregunten a Nelson Mandela. 

 

sábado, 31 de enero de 2015

Covalanas.




            Covalanas es una cueva de Cantabria. Sus piedras todavía conservan las huellas de nuestros antepasados.



COVALANAS



1.     

            Era una cueva de paredes secas, de esas que cuando las tocas las sientes frías, pero no mojadas. Es verdad que confundimos a veces lo mojado con lo frío. Millones de años atrás aquellas tierras habían estado inundadas por un mar cretácico; incrustada en la piedra, la huella de una fauna marina era el fantasma mudo de las presencias del pasado: conchas (almejas, mejillones, lapas), y quizá un rastro de lo que otrora fuera caballito de mar. La costa de Laredo estaba cinco kilómetros tierra adentro. Aquella cueva, millones de años después (en el terciario), se vio atravesada por un furioso torrente, cual ímpetu ciclópeo de la naturaleza, que corría por las entrañas de la tierra y fue excavando pacientemente aquella galería: por eso sus paredes eran lisas, redondeadas, y sus grietas las arrugas de una piel vieja, cansada de trabajar, y cuarteada por el sol.
            Aquella cueva se descubrió en el año tres del siglo veinte. Por aquel entonces no había camino ni puerta de acceso; había que subir por la ladera y en aquella cuesta empinada era fácil echarse a rodar. La entrada actual no era así; ha sido excavada, liberada de tierra, y las paredes tienen esa línea de demarcación que separa dos épocas; por encima, la cueva original; por abajo, el suelo de ahora. El suelo que pisaban era antes un metro más alto. Los primeros exploradores tenían que agacharse, si no arrastrarse, entre aquel suelo elevado y el cercano techo para llegar allí.
            -Las pinturas que vamos a ver son de hace veinte mil años. Se han fechado con el carbono 14 y algunas son de la edad media; otras, del siglo dieciocho. Es normal: éste es un lugar de abrigo desde donde se divisa todo el valle, pero desde el valle no es posible ver lo que hay aquí. Se cree que esta cueva no fue habitada. Abajo, al pie de la roca, hay una cueva donde sí vivieron los hombres del paleolítico; allí son frecuentes las viseras, formaciones rocosas que dejan pasar la luz pero protegen del sol.
            La guía bajó la lámpara que tenía en la mano.
            -Se piensa que la gente vivía en la cueva de abajo, y aquí, por alguna razón, sólo vino el artista a pintar. No se han encontrado restos humanos.
            Fernando se imaginaba al hombre primitivo haciendo fuego, caminando por aquel suelo con una antorcha y llenando las paredes de hollín. La guía, como si adivinara sus pensamientos, se adelantó a ellos.
            -¿Cómo te llamas?
            -Fernando.
            -Mira, Fernando, por aquí no podía pasar el ser humano con una antorcha porque se llenaría todo de humo y acabaría asfixiándose. Esta galería es pequeña y no tiene buena ventilación. Aquí hay una temperatura de trece grados. ¿Tú sabes cómo se calentaban, Fernando?
            Fernando negó con la cabeza. Entonces la chica le dio un trozo de piedra. Parecía teja, una piedra llana pero ligeramente hueca.
            -¿Sabes para qué era eso?
            Fernando se encogió de hombros. No tenía la menor idea de lo que pudiera ser.
            -Existe una forma de iluminarse sin producir humo: con grasa. En esta piedra echaban un poco de grasa que sacaban del tuétano de los huesos y le prendían fuego. La llamita ardía entonces durante bastante tiempo, iluminando estas paredes para que el artista pudiera pintarlas.
            Entonces a Ignacio se le escapó una exclamación.
            -¡Un candil!
            -Exactamente. Con esta piedra hueca y un poco de grasa ya tenían un candil. Mirad.
            La guía iluminaba las paredes y se veían líneas gruesas de color rojo. Pinturas rupestres. Dibujos. Después acercaba la lámpara a un lugar donde la piedra caliza adquiría tonos rojos.
            -Eso es óxido de hierro. Lo rascaban, lo mezclaban con agua y grasa y ya tenían un pigmento. La grasa apelmazaba la pintura, le daba consistencia y así era como fabricaban sus pinturas.
            Íñigo pisaba el suelo, el mismo suelo que había pisado el artista primitivo. Y sentía por momentos, en la penumbra excavada por la débil claridad de la lámpara, que él era un artista del paleolítico. La emoción le embargaba cuando sentía que aquella misma tierra tenía pisadas de los hombres antiguos. Y como si aquella confluencia de huellas de distintas épocas le imprimiera la fuerza de los tiempos pasados, sentía los vientos del tiempo transportarlo en el limbo: volando para atrás.


2.


            La lámpara iluminó una columna caliza. Una estalactita, besando a una estalagmita, ya no podía crecer ni para arriba ni para abajo, y ahora crecía a lo ancho. Sus paredes circulares, con abultamientos irregulares de piedra reumática, producían irisaciones a la luz de la lámpara y el brillo metálico, casi fantasmal, de la piedra pulida, parecía cobrar vida. Una vida extraña, espectral y telúrica. El velo de la piedra, levantándose pesadamente como una bóveda de ultratumba, se apoyaba por un lado en aquella rudimentaria columna, y por otro… en otra columna idéntica a la primera. La naturaleza había hecho, por puro capricho, un tosco tímpano con la roca, y de repente aquella bóveda pareció convertirse en la fachada de un templo; en un santuario.
            Siguiendo piedra adentro avanzarían por las imágenes sobrenaturales. Y al fondo de la cueva llegarían, en lo más recóndito de las sombras, a la morada prohibida: el santo de los santos.


3.

            La luz enfocaba a la derecha, siguiendo los contornos rojos. Nada de pintar con sangre, como nos enseñaban en las escuelas; las líneas rojas no habrían durado miles de años. Y sin embargo allí estaban. Claras y borrosas como fantasmas, a la luz insegura de la lámpara. La lámpara las recorría como un puntero. El lomo. La cola. Más abajo las patas. Al otro extremo, el morro puntiagudo. Y esas dos líneas que sobresalían no eran los cuernos, eran dos orejas; exageradas. Era una cierva.
            -¡Mirad esta otra!
            La guía siguió acariciando con la luz las líneas firmes de la cierva. Pero luego, furtivamente, la cierva doblaba la cabeza y miraba hacia atrás, con el cuerpo hacia delante.
            -¡La perspectiva! Esto no lo ha inventado Leonardo. En el románico no conocían la perspectiva, en el gótico apenas un poco. Los egipcios sólo sabían dibujar las figuras de perfil, con el ojo de frente. Pero de pronto, hace veinte mil años, ya teníamos la perspectiva. Miradlo bien, mirad.
            -¡Qué dominio del espacio!
            La exclamación se le había escapado a Ignacio. Transportado por la admiración, flotando entre dos limbos, no podía creer que en una superficie plana el artista del paleolítico hubiese podido representar el relieve. ¡Hacía veinte mil años!
            ¡Qué capacidad de abstracción tuvo aquella mente primitiva! ¡Qué líneas profundas llegó a encajar en una superficie plana! Indudablemente, aquella mente tuvo que proyectar en su imaginación el dibujo mucho antes de pintarlo. Y antes de dibujarla, tenerla en la mente entera; como el escritor sabe, en el momento de empezar una historia, sabe ya cómo va a terminar. Metafísicamente la realidad que va a ser creada ya estaba de toda eternidad en la mente de dios.
Mortales que aún no vivís
y ya en mi concepto estáis.
Así lo plasmaba Calderón de la Barca.
            La guía señaló otra cervatilla junto a las dos primeras. Y las tres miraban en la misma dirección. ¿Qué era lo que veían? ¿Un peligro del que había que huir? ¿Otro ciervo que las llamaba? ¿Otra fuerza… sobrenatural?
            -Fijaos que había otros animales por aquí. Bueyes, caballos, reses…, osos. Sin embargo aquí sólo hay ciervos. Con una única excepción. ¿Por qué? Se han intentado dar varias explicaciones. Una de ellas habla de la identidad de grupo.
            -Totem.
            Esta vez se le escapó a Íñigo.
            La guía, sorprendida, empezó a sentir que había un flujo magnético en la comunicación. Transportada ella también por el flujo, empezó a mover la lámpara sobre las figuras. La piedra se encendía y apagaba, como las llamas vuelven balbucientes las figuras  animándolas, dotándolas de vida… Llenándolas de fascinación.
            Y al ir y venir de la lámpara las figuras parecía que se movían. Flotaban en el aire, las patas se desdoblaban en sus sombras, el brillo del lomo irisaba las paredes, las orejas se agitaban en aquellos contornos dinámicos… Sí. Los artistas primitivos habían conseguido pintar el movimiento. Picasso, cuando vio Altamira, declaró que en el paleolítico ya estaba todo inventado. Las perspectivas ya habían empezado a cruzarse, a combinarse, a fecundarse, a crear perspectivas nuevas, a poblar nuevas regiones del espacio. Y aquello sólo podía tener un nombre: ¡era magia! La magia, que movía la imaginación y creaba espacios. La maravilloso, lo insólito, lo que sólo el artista puede ver, cuando hay ritmo en su sangre. Fantasía desenfrenada, como el ímpetu del agua que excavó, acariciándolas apenas, aquellas galerías. La fuerza de la vida. El torrente que vibra con las palpitaciones de la llama, con las vibraciones del fuego, con los temblores del espacio y el despertar del tiempo. El viento. El viento que ulula y las ventanas misteriosas, lo maravilloso y sobrenatural, lo extraordinario que hay en las cosas ordinarias, las fuerzas profundas del fondo del alma…
            Sólo las pudo captar el viento. La imaginación del poeta, que son ideas sacudidas por el viento. La excentricidad del artista, que son imágenes sacadas de la representación pura y son pura presencia, respiración viva de las cosas que han muerto, resurrección cruda, devolución del aliento a los cadáveres que lo perdieron, creación desnuda con las manos vacías, con la mente plena, con las ansias borrachas, la desnudez del artista. Sólo el artista sabe crear vida. Y la creó con los instrumentos más pobres que tenía el más pobre de los hombres: óxido de hierro, agua, el tuétano de los huesos, una mísera llama, una piedra y un candil… los más modestos útiles del paleolítico.


4.

            La lámpara señalaba otra cierva. En la pared de enfrente. Esta vez su vientre estaba caído, como si su grosor monstruoso estuviera tocando el suelo… Las orejas, pequeñas, caían sobre la frente. El totem. La tribu de abajo era la tribu de los ciervos. En la cueva de abajo, en cuya entrada encendían el fuego, vivían todos. Pero sólo uno se había atrevido a vivir aquí, en la cueva de arriba, en Covalanas. Sólo uno se había atrevido a quedarse solo. El más loco, el artista. Aquel cuya locura no consistía en quitar la vida, sino en darla. Y ahora, en esos muros, había dibujado una cierva preñada. Como el artista, las hembras son las únicas que pueden dar la vida. Los cazadores, con piedras, flechas y lanzas, son los otros locos. Y su locura no consiste en dar la vida, sino en quitarla.


5.

            Con aquellas figuras el artista quería contar una historia. Como en las catedrales. Las catedrales son biblias donde se cuenta la historia del pueblo elegido, escena por escena. Como en la capilla Sixtina. Íñigo pensó, de repente, que aquellos dibujos, aquellos trozos de piedra, se sucedían unos a otros contando escena tras escena: como las viñetas de un cómic; pero un cómic tan bien hecho que cada dibujo, siendo parte de una historia, era al mismo tiempo una perspectiva de la totalidad del mundo. Así también los átomos, parte del universo, son un universo infinitamente más complejo que el universo del que forman parte. Newton, magnificado en la relatividad, es también una mota de polvo en los misterios de la física cuántica.
            Vieron un caballo. Un único caballo dibujado en los tapices del santuario. Sus patas, desposando los relieves de la roca, despedían una loca carrera y arrebataban la figura en un dinamismo arrollador. Aquellas crines, enormemente largas, como cortinas lanzadas al viento, eran el esqueleto del vértigo y su cabeza adelantada pugnaba por romper el viento: como un animal aerodinámico. Y su quijada... ¡qué quijada! Las sombras del hueso que creaban el relieve y ponían, sobre un cuerpo en movimiento (una exhalación, un humo, una bala), una cara que tenía profundidad y claroscuro. Un cuerpo hecho de líneas y una cabeza en relieve. Y una pared que lo sujetaba, como cuerpo reteniendo su espíritu, y en ese gesto las líneas a la pared le inyectaban la vida; porque el dibujo era la vida de la cueva. Era su alma... El espíritu.
            De repente, sin saber por qué, Ignacio tuvo la sensación de que habían llegado al final de la cueva. No hubiera sabido explicarlo: lo sabía; lo sentía. La guía los llevó a la última de las paredes. Todas las figuras que habían visto estaban a los dos lados de la galería; y la galería era como una nave con entrantes y salientes que había nacido en el tímpano pétreo, liso y abovedado, que se abría como una puerta, a unos metros de la entrada, sobre las dos columnas. Dos columnas de metro o metro y medio, aproximadamente. Y ahora, Ignacio lo presentía, iban a llegar al corazón de la cueva.
            El corazón estaba en un trozo de pared. Pero allí la piedra estaba hueca. Y como en una capilla que esconde sus tesoros, tuvieron que entrar en la concavidad para volverse, dentro, de espaldas a la pared, y ver una especie de friso abovedado donde el pintor había colocado su pintura. Allí, como una maravilla, se desposó su ingenio, fundiendo el alma de la línea con el alma de la piedra, completándose la agilidad de la figura con el relieve del soporte, aquel lomo alado con la piel de los huesos, fundiéndose movimiento y quietud, línea y relieve, ligereza y peso. Y era tal el genio de aquella construcción (pura geometría estética), que cuando la lámpara oscilaba dentro de la capilla el animal temblaba sobre la roca, se movía, se agitaba, hasta que arrancó... y corrió. Corrió y corrió por la pared sin moverse de ella, y la figura escapaba, lanzada al galope, en una cabalgata frenética que parecía arrastrarnos con su ímpetu... Pero el animal no se movía de la piedra. Los ojos de Iñigo se abrían, se alargaban y se salían de sus órbitas, y entró en ese trance teñido de locura con el que llegamos a otra realidad más allá de la nuestra, a un mundo más real que el nuestro, a una vida en otra vida porque la caverna era el santuario del misterio: la resurrección, la vida, más allá de la vida; tocar con un dedo el más allá porque la figura, abriendo las alas de la fantasía, se despegaba de la roca de este mundo para ir a los cielos de otro. Sus ojos, desorbitados, volvieron en sí y hallaron la causa de sus visiones. ¡Era que el dibujo, templado en el movimiento de la lámpara, temblaba saltando entre dos imágenes como dos saltos cuánticos; como esas fotos en dos dimensiones que, cuando las mueves, saltas bruscamente de una figura a la otra y sus irisaciones se clavan en la retina sembrando magnetismo!
            ¡Había llegado al santo de los santos! ¡El santísimo! Aquella gruta dentro de la gruta, aquel templo dentro del templo, la capilla, tenía la densidad mágica capaz de transportar al creyente a las etéreas regiones del más allá. O a las etéreas regiones de este mundo, para aquel otro que no es creyente; donde la superficie de la vida se torna vida por dentro y gira, desde las vertiginosas profundidades de nuestro ser, por las insondables travesuras cuánticas donde atraviesa, si se le mira por dentro, este miserable ser de Newton. Polvo si se le mira por fuera, oro cuando se mira por dentro.


6.

  
            Fue todo. Salir de la gruta fue, primero, atravesar el tímpano bajo las dos columnas y alcanzar después, tras ese lugar sagrado, la segunda puerta que da entrada a la cueva: la de la existencia profana. Iñigo, e Ignacio, que era, como él, un poco poeta, comprobaron en carne propia los dos niveles del paleolítico. Hay una puerta profana que da acceso a las maravillas de los cuerpos. Y una puerta sagrada que, transfigurándolo todo, saca del cuerpo el dinamismo del espíritu. Todo eso habían logrado los artistas del paleolítico. Hace la friolera de veinte mil años. Y sólo tenían agua, grasa, un trozo de piedra y óxido de hierro.