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viernes, 27 de octubre de 2017

A VUELTAS CON LA EDUCACIÓN




A VUELTAS CON LA EDUCACIÓN
  


         Vivimos en sociedad. Irremediablemente. La sociedad es una mesa que descansa sobre varias patas: una de ellas es la educación. Que en veinticinco años España haya conocido cuatro reformas educativas es indicativo de lo mucho que valoramos la educación; de lo contrario nadie se preocuparía por ella. Otro indicio es que todo el que puede levanta su voz para criticarla; generalmente es una voz airada. Si nos atenemos a estos hechos, todo el mundo se preocupa por la educación.      
         El dato negativo es que cualquiera se arroga el derecho de hablar sobre el tema. Sepan o no sepan. No hay escritor que se precie que no haya escrito su preceptiva columna. Ni artista. Ni abogado. Ni ingeniero. Ni maestro. Ni político. Ni la gente de la calle. Todos, si tuvieran oportunidad, escribirían en el periódico sobre los desastres de la educación. Todos hablan de lo mismo: el informe Pisa, el Pasa y el Pesa; lo poco que saben los jóvenes; el desorden que se vive en las aulas; no sólo el bajo rendimiento, preocupa la convivencia, la mala educación, el acoso, lo poco que respetan a los profesores. Y todo el mundo levanta airado el dedo con gesto acusador. Uno se pregunta si interesa la educación, o si la educación es una moneda de cambio para meterse con el gobierno.
         Un tío mío, que es aviador, me contaba un día que todo el problema del manejo de un avión se resumía en la regla de las tres emes: man, milieu, machine. Se me ocurre que podríamos aplicarlo a la educación. La educación puede fallar por problemas humanos, por el medio en que se desenvuelve o por problemas técnicos: vamos a examinarlos uno por uno.
         Empecemos por los problemas técnicos. Las leyes de educación. Las sucesivas maquinarias que hemos ido poniendo al frente del vehículo para que empiece a andar. La LOGSE, la LOCE, la LOE y la LOMCE. La segunda se preocupa por la calidad de enseñanza, como si hubiera inventado la pólvora; olvidamos que la calidad ya estaba incluida, como uno de sus epígrafes importante, en la LOGSE. La última va más allá: quiere mejorar la calidad de enseñanza; supone, implícitamente, que nuestra enseñanza ya tiene calidad, pero quiere mejorarla; y quiere hacerlo con menos dinero: resolviendo, de un plumazo, el nudo gordiano.
         Las otras dos leyes son más modestas en el nombre que reciben: ninguna alardea de calidad, como Sócrates, que, sabiendo más que los sofistas, no presumía de ello. La LOE se llama a sí misma, modestamente, ley de educación. Pero la primera de todas, la LOGSE, declara explícitamente su voluntad de ordenar el sistema educativo; y que ese orden sea general, para todo. ¿Por qué? ¿Es que nuestro sistema de educación estaba desordenado? Pues sí. Resulta que los chicos terminaban la EGB con catorce años, pero no podían trabajar hasta los dieciséis: para sacarlos de ese limbo en donde ni estudiaban ni trabajaban (ya veis, los chicos eran “ninis” mucho antes de la crisis), se alargó dos años la educación obligatoria; y dejaba de ser primaria sin dejar de ser general (ya sabemos que la EGB era educación general básica); así, pues, como era obligatoria, era una deuda que el Estado tenía con la sociedad.
         La intención era buena. Lo que fallaba eran los métodos. Porque muchos alumnos que no querían estudiar se vieron obligados a estudiar hasta los dieciséis años; con posibilidad de estar hasta los dieciocho: estaban desmotivados. La desmotivación tiene, primero, raíces sociales; familiares; uno lleva a la escuela los prejuicios que trae de su casa; y de la calle; el edificio educativo, desde el inicio, estaba minado por la sociedad; que se quejaba luego de que el edificio no funcionase cuando las paredes se resquebrajaban. Luego estaban los profesores, que intentaban motivarlos; pero ¿qué puede hacer una cucharada de azúcar cuando en casa le han puesto tres cucharadas de sal? ¿Acaso eso endulzará el pastel? El resultado fue que se dispararon los índices del fracaso. Pero confesémonos todos, con el corazón en la mano: ¿fue el fracaso escolar obra del sistema educativo? ¿O el sistema sólo sacó a la luz ese fracaso social (esos ninis que estaban fuera de la escuela) que estaba sumergido y que  nadie quería ver? Si admitimos estos extremos, nos podremos preguntar: de toda la población fracasada que pululaba fuera del sistema educativo ¿consiguió la escuela rescatar a algunos? Si la respuesta es positiva, el sistema ha triunfado, aunque los datos oficiales hablen de tremendo fracaso. Hemos rescatado a una parte de la indigencia educativa. Sólo que los datos de partida incluían sectores de la población ajenos a la escuela; y a la escuela se los endosaban como fracaso aunque fueran otras instancias las que habían fracasado.


         Esto no excluye que tengamos un problema con esa población que ya se ha escolarizado. Antes los padres no llevaban a sus hijos a la escuela; como eran una boca más, los ponían a trabajar (¿cuántos niños trabajaban antes, incluso antes, de cumplir los diez años?) Hoy están obligados a llevarlos al instituto o al colegio; y como no quieren, les han contagiado el virus del no querer; y ¿cómo puede rendir en las aulas una mente que viene ya infectada de su casa? ¿Cómo consigues tú hacer arrancar un motor oxidado, y más aún si no tiene gasolina, por muy maestro que seas y por mucha teoría educativa que hayas aprendido cuando te formabas? Vistas así las cosas, sólo puede haber dos soluciones: o trabajar con las familias o desentenderte de los que no quieren estudiar; o pones a rendir los consejos escolares, los centros de profesores y otras instancias sociales, o los echas a la calle; o les enseñas a todos o enseñas sólo a unos pocos; la primera solución ha sido elegida por los gobiernos de izquierda; la segunda, por los de la derecha; comprensividad frente a selección; el problema de la comprensividad es que los alumnos aventajados son formados con la rémora de la desmotivación de sus compañeros; la ventaja, que algunos jóvenes destinados al fracaso consiguen rehabilitarse; el problema de la selección es que los sucesivos filtros o reválidas van echando a la calle a quienes creen que no quieren pero no saben que quieren o que les conviene; y la ventaja, que al quedar en clase sólo los convencidos (o los privilegiados), avanzan más rápido. Quienes claman airados por que cambie el sistema deberían tener bien presente que sólo hay estas dos opciones: o abres la escuela a todo el mundo o trabajas para unos pocos; la segunda opción creará unas élites bien formadas, pero probablemente deshumanizadas; la segunda les dará oportunidades a todos, y aunque al principio parezca que retrocedes, nada impedirá que después avances más rápido.
         La LOGSE también se planteó el objetivo de dignificar la enseñanza: antes, los listos iban al instituto, y los tontos a la escuela de maestría; ahora había que hacer que los institutos fueran también escuelas de maestría; y se convirtieron en centros donde se enseñaba a la vez el bachillerato y la formación profesional. Con una ventaja añadida: los antiguos oficios requerían destrezas profesionales, pero no necesitaban que los trabajadores tuvieran una cultura general que les permitiera leer y escribir correctamente; ahora, alargando la formación obligatoria, se pretendía que ningún trabajador fuera analfabeto. El intento ha fallado. Porque, como un efecto dominó, le ha caído encima la ficha de la que hablábamos antes: la desmotivación que los chicos traían de casa y el desprecio de los padres por la escuela.


         Y un tercer factor muy importante: la primera finalidad de la LOGSE era el pleno desarrollo de la personalidad del alumno, y sólo después, pero siguiéndole muy de cerca, estaba la formación para el trabajo; la última de las reformas hace caso omiso de la primera y se centra sólo en la segunda. Como consecuencia de ello la LOGSE sustituía el conductismo por el aprendizaje significativo. Y ¿qué ganábamos cambiando a Skinner por Ausubel? Que ya no memorizábamos de paporreta. El sistema anterior tenía, como columna vertebral, los objetivos operativos: aquellos que se pueden observar, evaluar y medir; ahora bien, los objetivos operativos valen para aprendizajes mecánicos como aprender a escribir a máquina (se trata de escribir tantas pulsaciones por minuto con un máximo de tantas faltas tipográficas); pero ¿cómo evalúas un comentario de texto con objetivos operativos? Como es evidente que eso no es posible, los pedagogos los sustituyeron por objetivos didácticos: que son evaluables, pero no medibles; e introducen en la evaluación factores de subjetividad, pero permiten ver aspectos educativos inmensamente más ricos que los que podíamos observar con los objetivos operativos. El reto era interesante. Prometedor.
         Muchas cosas se pueden decir sobre la maquinaria educativa. Pero vamos a pasar al factor humano por no entretenernos más; al fin y al cabo esto es un simple artículo, no un tratado de pedagogía. El factor humano está en los profesores. Uno de los excesos de la reforma (y no el menor) ha sido introducir en las programaciones una inflación burocrática que ha pesado como una losa. Proyecto educativo, proyecto curricular, programación de aula, duplicidad entre claustro y consejo, entre claustro y comisiones, confusión entre objetivos y contenidos, necesidad de contextualizar, de secuenciar, complejidad de las evaluaciones, inserción de los temas transversales, necesidad de separar los contenidos cognitivos, procedimentales y actitudinales, confusión entre contenidos actitudinales y objetivos actitudinales… mira, tú: que lo hagan ellos. Eso es lo que les oíamos decir. Y luego estaban los asesores, que venían, cuando querían, a tocarles las narices. Todavía me acuerdo de lo que decía una postal de navidad con la que bromeaba un sindicato; tenía la imagen de un profesor con el lápiz en la mano, escribiendo a los reyes; rostro abstraído con ademán pensativo: “¿qué qué quiero que me traigan?”, decía más o menos el texto, y continuaba más o menos así: “que dejen de asesorarme, que no vengan a ayudarme… que se olviden de mí”.
         Y era verdad. Un profesor no era un doctor en pedagogía, que programen los pedagogos. Claro, un pedagogo no lo podía hacer porque, según la ley, él diseña el mismo currículo para todos, pero cada cual lo tiene que adaptar a su contexto; la contextualización es cosa del profesor, no del técnico; pero tampoco le han enseñado sociología. El profesor sentía que tenía que ser menos profesor y más psico-socio-epistemo-pedagogo, y eso le daba inseguridad, se sentía incompetente. ¿Cómo se arregla eso? Estimulando la formación del profesorado: y como la universidad estaba encerrada en la torre de marfil de las grandes teorías científicas, se crearon los centros de profesores, con asesores sacados de las escuelas que acercaban la formación a la práctica del aula; esto, probablemente, fue un acierto, pero había que limarla de enchufados, pícaros y advenedizos; y por qué no decirlo, también de incompetentes; gente buena había: buena y preparada; pero también había de los otros. Los centros de profesores se centraban en las didácticas; los maestros se preocupaban por las metodologías; los profesores, por los contenidos (en el instituto presumían de especialistas, no de pedagogos); el resultado fue que los profesores desertaron de los centros de profesores y casi sólo acudían los maestros; pero muchas veces para conseguir sexenios calentando el asiento, menospreciando, con envidia, a aquellos otros maestros que, por haber conseguido ser asesores, se convertían en su imaginario en vagos y “desertores de la tiza”.


         En fin, que ya vamos viendo cómo se manejaba el factor humano: por arriba se sentían maltratados; por abajo, maltrataban a sus iguales cuando se convertían en asesores; y por en medio (es decir, en la médula misma del oficio de enseñar) despreciaban el oficio; ya ves, maestros que menospreciaban el arte de enseñar. No estaban motivados. Y no era sólo porque les exigieran demasiado los políticos: también porque no tenían vocación de maestros; había demasiados profesores de oficio y muy pocos de vocación; que rechazaban cualquier actividad que desbordase mínimamente su horario; sólo entendían de incentivos, si no económicos (que no los había), sí al menos de prestigio y, sobre todo, que puntuaran a efectos del concurso de traslados. ¡Cuántas veces se ha tratado a los alumnos como tornillos! Como engranajes de una máquina. Porque muchos profesores, en su inmensa mayoría, no creían en la enseñanza. Pero había unos cuantos idealistas que se batían el cobre para mejorarla.
         Hablemos ahora del contexto. De las tres emes que había (personas, contextos y máquinas: man, milieu, machine), faltaba la de en medio. Cuando tenían que contextualizar, los maestros confundían realidad circundante con folklore; no me extrañaría que los de Segovia se hubieran dado al paloteo, los de Valencia hubiesen estudiado las fallas y los de Huelva se hubieran quedado en el Rocío… que no le interesa a nadie; a nadie más que a los turistas. En lugar de construir ciudadanos universales hemos estado construyendo ciudadanos de nuestro pueblo; y claro, luego pasa lo que pasa; todavía recuerdo nutridas manifestaciones de padres protestando contra el traslado de sus hijos: porque los habían cambiado de colegio, dos manzanas más abajo; o porque, cuando iban al instituto, tenían que dejar la escuela para ir al centro de la comarca, y les parecía intolerable el autobús (que les salía gratis); muchos lo consiguieron: y prefirieron dejar a sus hijos en escuelas donde no había laboratorios de física, ni de biología, ni aulas de informática, ni nada de nada; pero estaban cerca de casa; que era lo único que importaba. Uno se queda, soñador, pensando en esa Edad Media (que tanto hemos asociado con el oscurantismo) construyendo universidades (escuelas universales); y donde  los chicos aprendían latín para viajar sin problemas por todas las universidades de Europa; y sus padres, tan contentos, ni se les ocurría protestar, ¡qué va! Al contrario. Umberto Eco lo plasma muy bien el El nombre de la rosa: en una abadía italiana se encuentra un joven alemán (Adso de Melk) acompañado de un profesor inglés (Guillermo de Baskerville) para encontrarse con gentes de toda Europa (Jorge de Burgos, por ejemplo). Hoy, que estamos más avanzados que en la Edad Media, aborrecemos de la universalidad encerrándonos en el marco estrecho de nuestro localismo. Menos mal que por lo menos hemos inventado las becas Erasmus. Pero también queremos olvidarnos de Europa para no salir de nuestro pueblo; todavía me acuerdo de aquel agricultor que tenía tierras llenas de nogales; yo fui allí de joven a recoger nueces, y el hombre, que andaba bien nutrido de dinero, tenía una hija que no conocía más mundo que la escuela donde iba, a diez kilómetros de los nogales.


         Sigamos hablando del contexto. Un día se puso de moda que los maestros sólo estaban para instruir; para educar ya estaban los padres. Y se montaron en defensa de esa tesis manifestaciones multitudinarias. Yo estaba perplejo y nunca pude resolver, al amparo de esta tesis, el primer ejemplo que me vino a la mente: tengo un alumno cuyos padres son yonquis y están más perdidos que un pulpo en un garaje. ¿Tengo que limitarme a enseñarle cosas? ¿Tendré que reservar la educación como coto privado para sus padres? La única respuesta la encontré en la declaración universal de los derechos humanos: que reconoce, en su artículo 26, la libertad de educación, pero la supedita, en sus artículos 29 y 22, al derecho de los niños a ser educados en el pleno desarrollo de su personalidad; como premisa insoslayable y axioma básico.
         En fin, para concluir, porque ya va siendo hora de ir concluyendo, la educación (y no sólo la instrucción) es un pilar de la convivencia. Si nos preocupamos por ella, aunque sea enfadándonos, estaremos reclamando soluciones, y eso es bueno: muy sano. Pero sólo hay dos salidas; la inclusiva y la exclusiva, la solidaria y la discriminatoria. No olvidemos que los que no saben acabarán trabajando para los que saben (y si no, nos irá mal, seguramente); y los que saben no siempre tendrán educación además de estar formados, como quería Sócrates, por ejemplo; o como quería el mismísimo Jesús (que, además de acoger al hijo pródigo, nos animaba a pensar, guardándonos “de los falsos profetas”). Saber es poder, como decía Bacon, y los que renuncian a saber están labrando desde hoy su propia impotencia: creo que debemos ayudarles. Porque la cuestión es saber si la educación es sólo pedagogía o tiene también una función social. Vale la pena pensar, entonces, cómo tiene que ser en camino por el que andamos.





sábado, 14 de febrero de 2015

La Gesta de la Formación Profesional.





LA GESTA DE LA FORMACIÓN PROFESIONAL.


             El aire entra por las juntas de las ventanas, ha llegado el tiempo de las zarzas: las zarzas vuelan azotadas por el viento, que se llena de montañas de espino mientras remueve las aristas de las almas. Pero en las almas pacíficas se cuela por los ventanales del cerebro. Sopla en la memoria y se pierde en sus innumerables dédalos topándose con escenas antiguas que le salen al paso. Allí, allí están los días de Fresneda.
            Allí está Conchi, sentada en una silla pequeña con el cuaderno sobre una mesa enana. Allí está Pepi, terminando con sus garabatos una tensa cuenta de dividir. Allí medita Alfredo, suspendida la conciencia en la oscuridad de la calle, mientras una lluvia de hojarasca y ruido recorre pesadamente las casas del pueblo.
            Juan Luis, de pie con una hoja en la mano, lee un texto mientras ellos, echando mano a sus cosas, lo buscan en su carpeta. Las hojas que se arrastran por el suelo llevan rumores y aromas de leyenda. Hemos regresado al pasado. Hace mil años, en el remoto solar castellano, las mesnadas recorren los campos, los montes, los valles, y se dispersan como hojas de otoño por la naturaleza. Son soldados de fortuna. Hombres sin futuro que buscan, en su andar errante, una vida mejor.
            -Imaginad la península ibérica allá por el año novecientos, el año mil. España no existía todavía. Era una exhuberancia de montes, prados y bosques que lo empapaba todo. Toda la tierra se poblaba de árboles. Se ha dicho que una ardilla podía recorrer la península de norte a sur sin tocar el suelo. Sólo saltando de árbol en árbol, de copa en copa, de rama en rama.
            Por un momento el paso de las hojas parecía representar el desfile de los años. Las lágrimas de otoño, de calle en calle, de puerta en puerta, escribían la leyenda de los siglos. El aire podía ser un poeta que arrastraba los recuerdos por las calles del tiempo, y sus plumas bien podían ser los rabos de las hojas que volaban.
            -Imaginaos Castilla. Imaginad la tierra incendiada, hollada por las armas, y sembrada de guerreros que la espoleaban bajo las patas de sus caballos. ¿De dónde salen tantos guerreros?
            Pepi ya no miraba con los ojos de la escuela. Miraba con los ojos de la noche, que se abrían tanto que empezaban a ver la realidad borrada en una nube; y dentro de aquella realidad borrosa emergía, como en un fundido encadenado, la fantasía y la leyenda despertadas por la lámpara de Aladino. Que eran las palabras del maestro, las páginas del historiador, el fulgor de la ciencia.
            Enfrente tenían al maestro, que leía y leía. Y Juan Luis, sabiéndose partícipe de aquel momento mágico, se transportaba.
            -Castilla era un erial. En el norte de la península se cultivaba la tierra de una forma primitiva y rudimentaria; podía decirse que el mundo cristiano era una economía del hambre. Enfrente tenían al sur próspero, poblado de musulmanes, cuya vida floreciente descansaba sobre un mayor progreso y una técnica agrícola más avanzada.
            Y el maestro los miró con un silencio:
            -Siempre ocurre que la gente pobre va buscando los sitios donde hay riqueza. Así también los castellanos, atraídos por la prosperidad del sur, se trasladaron a las tierras musulmanas para medrar. Las aventuras de estos hombres atrevidos circularon de pueblo en pueblo convertidas en cantares de gesta. El Cid fue uno de ellos. Rodrigo Díaz de Vivar. El que fue modelo de virtudes en el imaginario colectivo y no fue, en realidad, más que un guerrero animado por la búsqueda de riqueza, por el deseo de mejorar su estatus social. Y como aquellos cristianos no tenían oficio, carentes de lo que hoy llamaríamos una formación profesional, tuvieron que ganarse la vida con las armas. Sobre aquel caldo de cultivo crecieron, como crece el hongo en la humedad, las grandes gestas guerreras, las heroicas hazañas de un puñado de valientes, el destino trágico de unos desterrados en su angustioso peregrinar.
            El maestro respiró de nuevo.
            -Porque en el cantar del Cid está el destierro. Pero la vida de aquellos soldados era en sí un destierro, pues habían nacido en una tierra que nada les podía ofrecer.
El maestro se acordó de cuando esta misma clase la dio en Cuéllar. En el turno de la noche, donde iban los trabajadores sin título y los rebotados de la escuela. Unos (electricistas, carpinteros, fontaneros), porque llevaban veinte años de oficio sin una titulación que los respaldara; otros (adolescentes, vagos, pendencieros), porque huían de la disciplina del estudio. Unos no tuvieron oportunidades y otros desaprovechaban las que tenían. Juan Luis se acordaba del potreras; un chaval desbocado que vivía la vida sin detenerse, de una manera irreflexiva, puro nervio, como una exhalación.
            El solar castellano se estaba poblando otra vez de mesnadas que pululaban carentes de formación profesional. Abandonados a su destino, enarbolando nuevas virtudes guerreras e interrumpiendo vidas pacíficas que conocían la prosperidad. Allí estaba la figura del maestro (se decía Juan Luis). Para evitar que aquellas virtudes florecieran a costa de derramamientos desangre; a costa del llanto desconsolado de sus madres, y del desvarío vital de unos corazones a quienes la falta de cultura empujaba por duros. El maestro podía evitar que los jóvenes sufrieran como había sufrido el Cid Campeador.