sábado, 10 de enero de 2015

Nacionalismo.






NACIONALISMO


            Se ha separado la península de Crimea, y las provincias prorrusas han declarado la guerra al resto de Ucrania; los irlandeses quieren romper con el Reino Unido; también quiere romper Cataluña con España; Checoslovaquia se ha partido en dos trozos; la región de Quebec dice que no quiere al resto del Canadá; donde estaba Yugoslavia ahora hay países diminutos; Alemania dijo que quería ser nacionalista; hindúes y musulmanes acabaron peleándose en la India; y hasta los partidos de fútbol enfrentan a muerte a una hinchada con la hinchada adversa. Todo rezuma el sabor amargo del nacionalismo.
            O agridulce. El nacionalismo es dulce a los oídos, como aquellos embriagadores cantos de sirena; pero luego se vuelve agrio y te duele en la misma garganta que antes gozaba. El nacionalismo tiene dos caras: una es sugestiva, hermosa, henchida de tentación; la otra es triste, amarga, desencantada y sin ilusión. Detrás de los cantos de sirena espera la muerte. Detrás de los cantos de Circe, acabarás convertido en cerdo. En el caballo de Troya tienes escondida tu perdición. El nacionalismo es una tentación que esconde un castigo. La cara y la cruz: el reverso de la medalla. El haz y el envés son dos imágenes distintas de la misma realidad: una es colorida y vistosa; la otra es mortecina y apagada, no tiene brillo.
            Y las cosas no surgen por generación espontánea. Las provincias prorrusas no se hicieron agresivas porque los rusos les dieran armas; antes, los extremistas ucranianos los habían querido ningunear. También en el Ulster los católicos unionistas habían abusado de los protestantes: y crearon en los católicos el deseo de liberarse; aunque la liberación, por propia inercia, acabó transformándose en venganza. El país vasco fue nacionalista en reacción violenta contra los abusos del franquismo; aunque antes Sabino Arana le diera ya su savia extremista y xenófoba. El primer tercio del siglo XXI Cataluña vio cómo crecía en su seno la simpleza y la demagogia; pero antes la habían despreciado los otros boicoteando la compra de su cava, que es nuestro champán. Alemania quiso quitarles Europa a los europeos; pero antes los europeos la habían asfixiado con un tratado injusto, castigando al país por culpa de su gobierno. O algo parecido.
            Si ahora, en lugar de mirar las causas, nos fijamos en las consecuencias, el panorama no puede ser menos desolador. El ejército de liberación sumió al Ulster en una espiral de violencia ciega; los vascos aplaudían a rabiar a unos gudaris (como ellos mismos los llamaban) que asesinaban a jóvenes maniatados de un tiro en la nuca, mataban a traición y disfrazaban las bombas en forma de juguetes que mataban a los niños; los alemanes asesinaron a millones de personas para recuperar, sobre lo que les habían quitado, lo que ellos llamaban su espacio vital, y los judíos, por las mismas razones, hacen ahora con los palestinos lo que los alemanes hicieron con ellos; serbios y croatas se lanzaron a una locura de limpiezas étnicas; los hutus eliminaban a los tutsis para que no les hicieran la competencia, y los hinchas de fútbol desatan la pelea para vengarse de una hinchada que poco antes se había vengado en ellos.  

 
            La raíz de todo es la propiedad. El sentimiento de propiedad que tenemos todos sobre la tierra en la que estamos. Los españoles se la quitaron a los vascos; a los catalanes. Los europeos se la quitaron a los alemanes; los serbios a los croatas; los croatas a los serbios; a los serbios, los musulmanes; los rusos a los ucranianos; los ucranianos a Crimea; los musulmanes a los godos. Pero ¿quién llegó primero? ¿Los godos? No: antes habían estado los hispanorromanos; y antes los celtas; los íberos primero. Pero aunque encontráramos en un país al que llegó antes que todos, ¿le da derecho eso a considerarlo de su propiedad? ¿América tenía que ser española porque colón llegó antes? ¿El primero que llegue a la luna será el que tenga todos los derechos sobre ella? ¿Qué mérito supone llegar antes? Radovan Karadzic, uno de los carniceros de los Balcanes, gustaba de enseñar las tierras verdes a los periodistas: “¿ve usted?”, decía; “estas tierras de Bosnia estaban llenas de pastores serbios antes de que llegaran los musulmanes”. Supongamos que sea así. ¿Sería suficiente mérito para echar a los que vinieron después y quedarse ellos solos? Pues entonces España debería ser invadida por los africanos; o por los nórdicos; porque antes de que vinieran los romanos había en la península ibérica íberos y celtas.
            La cuestión no es saber quién llegó antes. Tantos siglos han pasado que ya no importa. Los españoles de ahora son herederos de los musulmanes, de los judíos, de los romanos, de los vascones, de los godos, de los íberos y de los celtas; y hasta si me apuras un poco, de los fenicios; y de los griegos. Lanzarse a la aventura de saber quién llegó antes sería una empresa quimérica por imposible; los antepasados se han mezclado; mis vecinos tienen, uno nariz aguileña, otro el pelo rubio, otro el pelo negro, otro el pelo lacio, otro el pelo crispo, otro es larguirucho, otro bajito y hasta seguro, seguro, que alguno tiene rasgos neanderthaloides. ¿Quién llegó primero? ¿Qué sentido tiene esa pregunta? Las razas se han mezclado tanto que ahora somos herederos de todos los pueblos. Y por el principio de entropía, no es posible separar a cada lado los ingredientes que forjaron la raza actual; para ver quién se va y quién se queda; como tampoco es posible separar del agua tibia el agua fría y el agua caliente que se mezclaron para que fuera tibia. La tierra es de todos. Nadie tiene derecho a excluir a los otros para hacerla suya. La savia del nacionalismo se deshace por su base.
            Entonces ¿hay que aceptar que nuestro país es de todo el que venga? Tampoco hay que sacar las cosas de quicio. Un país es una inversión, un proyecto; que está hecho de muchas inversiones y de muchos proyectos. Es como el parchís: sólo pueden jugar cuatro, si vienen otros y quieren jugar con nosotros, ya no es posible; por lo menos hasta que hayamos terminado la partida: luego podremos, si todos quieren, hacer un torneo. Los cuatro que empezaron a jugar no tienen más derechos porque llegaron primero; los tienen porque no se puede desbaratar una partida para empezar otra; al fin y al cabo, los que llegaron después tampoco tienen más derechos que los que llegaron antes. Si un país es una red de proyectos interconectados de manera creativa, nadie tiene derecho a destruirlo para construir otro nuevo; lo que haya que construir, se construirá con lo que tenemos; no sobre las ruinas de lo que hemos destruido. Ningún Nerón tiene derecho a quemar Roma para construir otra más bella. Ninguna Europa se tiene que construir sobre las ruinas de los países que la integran. Ni tiene razón una región insignificante para apartarse de las andas que porta toda la cofradía, dejando a la imagen que se caiga; ningún ladrillo debería retirarse cundo hay riesgo de que se caiga el edificio: el Reino Unido se lo dijo a Escocia; España debería saber decírselo a Cataluña. Pero España, en vez de hablar, parece que vocea. Y Cataluña vocea también. Decía Aristóteles que los animales tienen voz, pero sólo los seres humanos tienen el don de la palabra; si en vez de hablar con razones nos estamos hablando a gritos, me parece que no nos comportamos como personas; sino como animales. 


             Hay una película con la que Buñuel nos proporciona una parábola interesante sobre el nacionalismo: Viridiana. Viridiana es una mujer llena de amor. Pero el amor debe ser razonable. No es lo mismo amar que querer; el que ama tiene un sentimiento, el que quiere tiene en el sentimiento una voluntad: un impulso de que el sentimiento construya sobre el mundo cosas sensatas, buenas. Viridiana deja pasar a los pobres para que coman; y le destrozan la casa. El amor no puede destruir, su naturaleza es constructiva. Todos los niños del mundo tienen el mismo derecho a vivir como viven mis hijos; pero si yo dejo que se instalen en mi casa, su pequeño espacio no podría cobijarlos a todos; y además de no haber encontrado ellos cobijo, mis hijos habrían perdido el que tenían. Yo no puedo alimentarlos a todos con mi pequeño sueldo: si ellos se meten en mi casa, no sólo no podrán comer en ella, sino que dejarán de comer mis hijos también; y lejos de haber resuelto el problema de mil pobres, habremos creado nuevos problemas más: como el de mi familia y mis hijos.
            ¿Entonces, qué hacemos? Poner puertas. Y en los países, poner fronteras. Mi casa es lo que se extiende de puertas adentro. De puertas adentro es mi  intimidad, mi cariño, mi sustento, mi familia. Eso no significa que yo no quiera a los que viven de puertas afuera: pero para ayudarlos a ellos yo no tengo que dejar de ayudar a los míos. Mi casa no es mi casa porque yo llegara primero; es mi casa porque en ella hay un proyecto: mi familia. Para ayudar a los necesitados a crear su propio proyecto no está permitido destruir esos proyectos que ya existen, como Nerón no tenía derecho a destruir Roma para construir otra nueva. Las fronteras no son barreras para la exclusión, sino barreras que protegen.
            ¿Entonces qué hacemos? Construir. Considerar la destrucción como un recurso abominable. Sólo se destruyen las casas que amenazan ruina, no las que sirven. Y entre las casas que sirven, solo se destruyen las que son incompatibles con los proyectos de todos; como una planta que, cuando crece mucho, hay que transplantarla en otra maceta, porque la que tenía se ha hecho pequeña y ya no pueden extenderse sus raíces. A los países pobres los solemos llamar, ya de manera impropia, el tercer mundo. Pues bien: no se construye la felicidad del tercer mundo a costa de destruir la felicidad del primero. Hay dos peligros en esa senda, dos piedras con las que tropezamos en el camino del amor: uno es la indiferencia: el otro es el nacionalismo.
            Indiferencia es no reaccionar ante el drama de los otros. No ponerse a actuar ante la desgracia ajena. Si nosotros ayudamos al tercer mundo conseguiremos dos cosas: primero, que vivan felices; segundo, que no vengan a invadirnos. Nadie quiere marcharse de su país: el que se marcha es porque en su país no vive. La generosidad consiste en ayudar a que los pobres se construyan sus propias casas; no en darles las nuestras para que se instalen; porque, como hemos visto, en nuestras casas no hay sitio para nadie y además nosotros nos quedamos sin ellas. Ayudar no es marcharse para que vengan ellos, sino hacer posible que ellos se construyan sus casas y que nosotros vivamos en las nuestras. Pero mantener esas fronteras no es nacionalismo; es construir nuestro hogar porque todos los seres necesitan su intimidad, el lugar donde se sienten a gusto, calentitos, protegidos: su madriguera.
            Nacionalismo es exclusión en el horizonte del odio. El nacionalista está más preocupado de vigilar sus fronteras que de preservar la calidad de vida dentro y fuera de ellas. Por eso el nacionalista no tiene corazón: ni con su prójimo, ni con los suyos. Al principio tiene un sentimiento de comunión colectiva que inyecta en sus poros vapores de beatitud, de felicidad, a veces cálida y soñadora, a veces embriagadora y útil. Pero luego se vacían esas filtraciones y el nacionalista se queda vacío, empieza odiando a los de fuera, y siempre, inevitablemente, acaba odiando a los de dentro; el peleón que echa a los de fuera ya no tiene con quien pelearse y se pelea con los de su casa y los hogares se parten, se pierden, se ignoran, se acaban disolviendo. Entonces sólo nos queda la frontera: y plantamos en ella una bandera, la agitamos buscando en la agitación las fuerzas que perdimos, la plenitud que teníamos, el ardor del instinto… pero ahora es un ardor guerrero; y lo mismo que antes no hemos sabido construir, ahora nos destruimos. 


            Ayudar a quienes pasan hambre es un gesto de generosidad (de caridad, decíamos antes; de solidaridad, decimos ahora). Pero ayudar no es dar, es enseñar. Dar un pez vale menos que enseñar a pescarlo. De modo que quien ayuda debiera procurar que el necesitado dependiera de sí mismo en lugar de depender de la ayuda; así, con la pobreza desaparecería también la dependencia. Miseria moral es acostumbrarse a vivir la vida de quien nos ayuda, en lugar de vivir la vida propia: ésa es la diferencia entre la limosna y el desarrollo; la limosna degrada al pobre al que hacemos depender de nuestra limosna: y vuelve todos los días a nosotros, para que les demos nuestras migajas a la puerta de la iglesia; aunque lo que le damos no sea lo que nos sobra. La verdadera ayuda es la escuela: la escuela y el pan; la escuela para aprender que el verdadero maestro es el que acaba logrando que no lo necesiten; la verdadera ayuda es la que consigue que al ser necesitado ya no le haga falta ayuda.
            Vivir es ser libre dentro de un hogar: el hogar nos da la seguridad que la libertad nos quita. Un país tiene que ser libre dentro de sus fronteras; si no hay frontera se disuelve su personalidad, su identidad, su proyecto: y deja de ser para pasar a confundirse con el entorno. Al entorno hay que adaptarse, pero no a costa de ser fagocitado por el entorno. Es el humanismo liberal. Desarrollar nuestra personalidad libremente, sin que la libertad atente contra la humanidad que tenemos dentro. Que es lo que hace el liberalismo económico. El humanismo es cosmopolita; la tierra es de todos, pero no como paisaje, porque dentro del paisaje todos tenemos nuestra madriguera. El humanismo defiende una tierra para todos y, dentro de la tierra, una casa para cada uno, un país para cada tierra. Lo contrario, por un lado, es el liberalismo, que te quita la casa para gozar de libertad; y por otro es el nacionalismo, que te quita la libertad para gozar de tu casa. El humanismo es liberal porque no puede levantarse contra la libertad, como hacen algunos “humanismos” (por ejemplo el que se dice marxista); y es humanismo porque le pone unos límites a la libertad: la dignidad de la persona; mi libertad termina donde empieza la de los demás; y viceversa.
            Hay mucha gente que es honesta y se siente al mismo tiempo nacionalista: es porque se confunde; confunde la defensa del hogar con el nacionalismo. El nacionalismo es un falso comunitarismo que tiene forma de tobogán: al principio sabes dónde quieres ir, pero cuando llegas abajo estás donde el tobogán te ha llevado; que no es muchas veces donde querías; también el marxismo, queriendo redimir a la humanidad, acabó esclavizándola. El nacionalismo, queriendo construir, acaba destruyendo, y la gente buena que se apunta a él no se da cuenta. Luego están los otros: los que quieren dominar, los que agitan las banderas. En épocas de crisis lo interesante es unir voluntades, no separarlas: de lo contrario nuestra casa se convierte en una cárcel; nuestra frontera en un muro de Berlín, en una alambrada de espinos, en una muralla de Gaza; de Cisjordania; y nuestra identidad queda reducida a una bandera; entonces nuestro país se convierte en hinchada, y la hinchada vive, en vez de aupar a los suyos, de hostigar al  visitante; y acaba destrozando a los suyos también, como aquel portero colombiano que murió a tiros, cuando llegaba a su país, por no haber sabido parar un gol que le metieron. 





sábado, 3 de enero de 2015

¡Aristóteles era un crack!






¡ARISTÓTELES ERA UN CRACK!


              Los griegos inventaron un concepto muy importante en el gobierno de sus vidas: era la virtud. La palabra que tenían para nombrarla era “arete”: la arete no era una capacidad que nos hubiera dado la naturaleza, sino una habilidad que nosotros lográbamos con nuestro esfuerzo; por ejemplo, hay gente que tiene habilidad para la música, o para la danza (se dice de ellos que tienen el ritmo en la piel): pero si no la desarrollan a base de esfuerzo, nunca serán buenos músicos ni buenos bailarines. De quien toca bien el piano decimos que es un virtuoso; eso es lo que significa la palabra virtud: un esfuerzo por mejorar, por ser cada día más hábil con ayuda del trabajo, con mucho ensayo, mucho entrenamiento, mucha repetición. El virtuoso no llega nunca a ser perfecto, pero siempre está acercándose a la perfección. Como el horizonte, la perfección no se alcanza nunca, pero nos sirve de guía. Un joven con facilidad para el fútbol será un buen futbolista sólo si entrena con disciplina, entregado a su esfuerzo, en vez de limitarse a pasárselo bien cuando juega a la pelota; en vez de disfrutar con lo fácil, sin proponerse retos que le hagan aprender. A un buen futbolista nosotros no le llamamos un virtuoso, esa palabra no está de moda; lo llamamos crack; ser un crack es ser un as, un experto, un genio de la pelota. Ese hacer las cosas cada vez mejor es lo que los griegos llamaban virtud.
            Pero entonces, un ladrón que domina el arte de robar sin que le pillen ¿es también un virtuoso? La respuesta es sí: un virtuoso de robo, un ladrón experimentado, un profesional. Y entonces nos viene a la mente una objeción: ser virtuoso no siempre es bueno, ¿verdad? Pues no. Hay cosas que sería mejor no aprender nunca. Joan Manuel Serrat tiene una canción en la que le dice a una chica: “me gusta todo de ti, pero tú no”. En efecto, uno puede ser un buen futbolista, pero no una buena persona. La capacidad de ser bueno es lo que hay que desarrollar para tener la virtud ética. El problema no es ser bueno en algo; el problema es ser bueno a secas. El que no es bueno en algo es un torpe; el que no es bueno, sin más, no es torpe: es malvado.
            ¿Qué capacidades hay que desarrollar para ser buenos? Para eso hay que saber lo que somos, qué es lo más noble que tenemos, qué es lo que vale la pena cultivar. Aristóteles dice que somos animales racionales: lo que nos distingue del resto de los animales es la razón; por lo tanto no hay que desarrollar la parte animal que hay en nosotros, no hay que alimentar a esa bestia salvaje que tenemos dentro; hay que desarrollar nuestro espíritu: nuestra capacidad de pensar. Pero mucha gente piensa en la manera de hacerse experta en el arte del robo. Entonces ¿qué es esa virtud que nos hace racionales? ¿Qué es eso que nos aparta de la maldad? Aristóteles decía que esa virtud debía tener varias características:
1.      Búsqueda de la perfección.
2.      Conviene hacer muchas veces lo contrario de lo que nos apetece.
3.      En el término medio está la virtud.
4.      la virtud son los hábitos buenos.
5.      Pero consiste, también, en el acto voluntario.
            Mañana tengo examen. ¿Hoy qué hago? ¿Me quedo estudiando en casa o salgo a pasear? Aristóteles preguntaría: “¿qué te apetece?” Salir a pasear. “Pues entonces quédate estudiando”. O viceversa. Si te apetece quedarte en casa a lo mejor es porque ya has estudiado demasiado; entonces quizá te convenga pasear un poco, tomar un poco de aire, descansar.


            Para entenderlo mejor Aristóteles dice que lo bueno es el término medio entre dos extremos. Uno de los ejemplos que utiliza es el del valor: si tengo tan poco que no me atrevo  a nada seré un parado, un pusilánime, un cobarde; pero si peco por exceso tampoco seré valiente, seré un temerario: como esos chicos que, en las Historias del Kronen, apostaban su virilidad a ver quién era capaz de durar más tiempo colgado del puente, sobre la autopista llena de coches que pasaban; arriesgar la vida inútilmente (tontamente, diríamos más bien) no sólo no sirve para nada, sino que es una muestra de estupidez. El verdadero valor, pues, es el que está entre la temeridad y la cobardía, entre el exceso y el defecto; de igual modo la templanza estaría entre la anorexia y la gula, y la castidad se situaría entre la lujuria y la abstinencia; lo mismo cabe decir del beber como del comer. De tal modo que a cada virtud no le corresponde un vicio, sino dos: uno por exceso y otro por defecto. La virtud del buen beber está entre la abstinencia y la borrachera. No se trata de ser abstemio; se trata de beber bien.
            También podríamos preguntarnos: si esto fuera así, ¿no sería preferible sacar un 5 en el examen en lugar de un 0, que es el defecto, o de un 10, que está pecando por exceso? La respuesta  es no; no hay que confundir la moderación con la mediocridad; y el término medio nos ayuda a ser moderados, no a ser mediocres. También podríamos decir que el beso de amor no se debe dar muy soso ni muy fogoso: ese beso o es fogoso o no es beso. Hay cosas que no se deben dejar a medio camino; hay que hacerlas hasta el final.
            Claro. Hemos dicho con Aristóteles, siguiendo la tradición griega, que la virtud es la búsqueda de la perfección: lo virtuoso, los excelente, lo óptimo, lo bueno, es sacarse un 10, no un 5; 8 ya es notable (se empieza a notar) y 10 es sobresaliente (destaca sobre la masa de los 5 y de los 8). Pero ¡ojo! Tenemos que acercarnos a la perfección sin perder el equilibrio, y en el equilibrio está la salud. Si yo, que tardo media hora en hacer una carrera, quiero tardar algún minuto menos, tengo dos opciones: o fuerzo mi naturaleza por encima de mis límites (y nos puede dar un paro cardiaco) o empiezo a doparme (y mis límites naturales también me pasarán factura). Lo ideal es sacar el máximo rendimiento de mis facultades dentro de mis límites; si para sacar un 10 tengo que encerrarme en casa sin expansión, sin amigos, sin hacer ejercicio físico, entonces es mejor que me quede con un 8; pero aquellos que puedan sacar un 10 sin menoscabo de su salud, si eligen quedarse en el 8, serán unos mediocres; habrán conseguido sacar vicio de la virtud.
            La virtud es un hábito, sí. Y el hábito se obtiene por repetición de los mismos actos. Si yo me acostumbro a levantarme pronto y lavarme y desayunar en condiciones, también puedo acostumbrarme a levantarme tarde, no lavarme y salir de casa sin desayunar: sí, pero el primer hábito favorece el equilibrio, te permite estar en compañía de la gente (sin que les moleste el sobaco ni te huela el aliento); es, entonces, un hábito saludable, una cuestión de higiene, un hábito bueno. Entrenarse en el deporte, ensayar en la danza, la música o el teatro, es lo mismo que adquirir hábitos en la vida corriente: eso se hace repitiendo siempre los actos saludables, y  requiere esfuerzo; el esfuerzo es la costumbre de hacer lo bueno aunque nos cueste, rechazando lo malo aunque sea fácil; el hábito de esforzarse nos ayuda a forjar nuestro carácter, en eso consiste la disciplina. Disciplina no es obedecer las órdenes que te dan, sino ser tú capaz de darte tus propias órdenes; o sea, no necesitar que te mande nadie, ser, como decía William Hemley, ser tú mismo el capitán de tu alma, ser tu propio dueño: señor de ti mismo. Ya lo decía Unamuno: la disciplina es cosa del discípulo, no del maestro; no se trata de obedecer a los demás, sino de obedecerte a ti mismo. Para eso tienes que haber sido capaz de forjar tu propio carácter. 


            Aquí desembocamos en el acto voluntario. Un acto es voluntario cuando se hace en cuatro etapas: representación de los fines, deliberación, decisión y ejecución; veámoslas una por una.
            Lo primero que tenemos que hacer es saber lo que queremos. La palabra “querer” es ambigua, porque tiene varios significados. Por un lado significa capricho: “no quiero” significa “no me apetece”, “no me da la gana”, e incluso lo decimos como si fuéramos el rey: “no me da la real gana”. El capricho es la sensación de tener mucho poder cuando en realidad somos impotentes. De creer que somos nosotros quienes decidimos cuando es nuestra barriga la que decide. El anhelo de placer nos tiraniza, dejarse llevar por los deseos es ser esclavo de la barriga, pero como el más caprichoso es el que tiene mucho poder y poco control, creemos que dejar que manden nuestros instintos es hacernos reyes del universo, y nos enorgullecemos de ello; y entonces decimos que manda la barriga, pero en su parte baja: “no me sale de los cojones”; y nos creemos muy machos y muy gallitos. Fernando Savater, siguiendo una idea de San Agustín, dice que eso no es voluntad. Voluntad es dejar que mande la cabeza, pero cuando manda el vientre es ausencia de voluntad: “noluntad”, diríamos en latín.
            Representarse los fines es saber lo que queremos: voluntad, no noluntad, que es el capricho. Cuando obedecemos órdenes tampoco hacemos lo que queremos, sino lo que quieren otros. Otras veces hacemos lo que tenemos costumbre de hacer. Una costumbre, para ser buena, tiene que haber sido elegida libremente, no por capricho. Si he cogido la costumbre de emborracharme todos los sábados puede ser porque me he dejado llevar por la costumbre de los otros, y quiero hacer igual que ellos (soy esclavo de la moda); o porque los otros me darán de lado si no hago como ellos (presión de grupo: el grupo manda en mí); o porque tengo debilidad por la bebida (y pienso con el vientre en vez de pensar con la cabeza). Para Aristóteles, cualquier cosa que hagamos será buena si la hemos pensado con la cabeza. El vientre suele equivocarse, la razón no. Aunque Daniel Goleman corrige a Aristóteles insistiendo en que la inteligencia debe hacer caso de la voz de las emociones. Y define la inteligencia emocional precisamente con una frase de Aristóteles:
            “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”[1].
            Diremos, entonces, que para saber lo que tenemos que hacer las fuerzas del vientre no deben tiranizar a las de la cabeza; pero eso no quiere decir que la cabeza deba tiranizar al vientre, porque entonces nos convertiremos en unas máquinas; la cabeza tiene la última palabra, sí, pero siempre después de haber escuchado al vientre; sobre todo al corazón.
            Ya sabemos lo que queremos hacer: ahora se trata de ver como lo hacemos. Deliberar es reflexionar sobre los medios que vamos a emplear para conseguir nuestros fines. He decidido que quiero aprobar: ¿cómo? Una forma de hacerlo es estudiar; otra es copiar haciendo chuletas. Reflexionemos sobre los pros y los contras: si estudio se me quedará en la memoria lo aprendido, y el próximo examen (que supone el conocimiento de lo aprendido en éste) me resultará más fácil; por el contrario, si hago chuletas cada nuevo conocimiento me resultará más difícil que el anterior, se me acumularán las dificultades, se hará una bola de nieve y cada vez me sentiré menos seguro y más frustrado. Me conviene estudiar; la opción de las chuletas no es buena.
 


            Los Estados Unidos querían ganar la guerra del pacífico. ¿Cómo? Tenían dos opciones. Seguir con una guerra convencional, y según sus cálculos moriría cerca de un millón de personas; o lanzar la bomba atómica y sólo morirían cien mil; optó por lo segundo. Cuando un equipo de fútbol quiere ganar la liga y la champions, a veces puede elegir perder un partido (en liga) para ganar otro de la champions que es más importante. La deliberación es un juego de medios y fines en donde la reflexión decide lo que es mejor en cada caso.
            Ya hemos elegido. Y hemos deliberado. Ahora toca decidirse. La decisión es la piedra de toque del acto voluntario. Mucha gente sabe lo que le pasa y lo que le conviene hacer, y sabe cómo hacerlo, pero no se decide: no se atreve. ¡Tantas vueltas les damos a las cosas cuando no nos atrevemos a actuar! Hay quien recurre a sus trucos para obligarse a  decidir: un estudiante sabe que debe estudiar tantas asignaturas, pero duda de sí mismo; entonces, para obligarse, se matricula en todas ellas y se gasta un dineral; piensa que para no perder el dinero no va a tener más remedio que estudiar. ¿Lo conseguirá?
            Eso dependerá del último paso: la ejecución. Ser decisivo, ser resolutivo, es la forma que toma la fuerza de voluntad cuando hemos dado un paso adelante; pero cuando tenemos que sacar adelante lo que hemos decidido esa fuerza se llama empeño, constancia, tenacidad. Hay personas muy decididas pero poco constantes; y al revés, otros trabajan con ahínco con la fuerza de las hormigas pero necesitan que otros decidan por ellos. Lo ideal es que decida el mismo que ejecuta: en eso consiste la virtud ética, la fuerza de carácter. En el gobierno de nuestras vidas el que manda debe ser el mismo que obedece. Y debe ser también el mismo que piensa. Podremos escuchar las opiniones de los demás, pero nadie debe pensar por nosotros. La liberación de la mujer no consiste solamente en que la mujer acceda al trabajo (eso se ha conseguido en los años sesenta donde para trabajar tuvo que ponerse pantalón y cortarse el pelo: fue la moda “à lo garçon”); consiste, sobre todo, en que acceda a los centros de poder, a la toma de decisiones; y ésa es una cuestión que sigue estando pendiente.
            Todo eso lo encontramos en Aristóteles. Aristóteles está de rabiosa actualidad, como vemos. Él nos  enseñó que la virtud consiste en hacer bien las cosas. Y que lo que mejor debemos hacer es trabajar para ser buenas personas: desarrollar nuestra personalidad, forjar nuestro carácter. El carácter entre los griegos era la inscripción, el rostro que había grabado en las monedas. Forjar nuestro carácter es elegir el personaje que queremos ser, la moneda que queremos manejar; grabarlo en nuestras vidas, para que no se borre. Ese personaje no lo tendríamos que elegir por capricho, ni porque lo han elegido nuestros amigos, ni porque está de moda; deberíamos elegirlo voluntariamente, buscando perfeccionar lo más noble que hay en nosotros, luchando contra la barriga, contra lo superfluo, contra lo fácil, tomando siempre la decisión de adquirir los hábitos buenos. No se trata de ser como Ronaldo, como Beckham, o como esa modelo que muestra en la pasarla su esqueleto de figura anoréxica. Nuestra personalidad no debe ser un rostro valleinclanesco, un espejo deformante, un esperpento. ¿Por qué no elegir ser como Aristóteles? O como Gandhi; o como Malala, o como Satyarthi. Hacer de nuestra vida una obra de arte, no una mala copia de un mal cuadro. ¿Eso nos decía Aristóteles? ¿Eso nos decía Grecia hace más de dos mil años? ¡Qué cosa! ¡Y yo que creía que los que vestían con toga eran unos carrozas! ¡Aristóteles es un crack! 



[1] Aristóteles, Ética a Nicómaco, citado por Daniel Goleman en Inteligencia emocional (1995), Barcelona, Kairós, 2000; p. 9.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Rugby.






            Salir fuera para entrar en ti.


RUGBY

 
            Estaba aterido. El aire se clavaba como agujas. Y el granizo, como púas, le pinchaba toda la piel con su peso helado. Estaba en el campo y tenía el pantalón corto, las mangas cortas, la ropa escasa. Su camiseta de rugby era un fino velo apenas tupido por la acolchada coraza, y en las piernas le protegía la armadura de una espinillera. Sus botas, desnudas, abrazaban el pie sobre la piel de lana de unas medias, y sus suelas resbalaban a pesar de los tacos que horadaban la tierra como estacas.
            El campo estaba encharcado. La tierra era un lodazal. En el termómetro del coche vería después que estaban a cuatro bajo cero. Y había tramos donde el agua les cubría los tobillos. El granizo no paraba de golpear, y era una pedrea de cuerpos redondos que se clavaban como cuchillos. El aire azotaba las mejillas. Su piel aterida, roja de proyectiles, era un campo de batalla donde dirimían sus asuntos los elementos. Luego se le quedaría un pómulo marcado, como un golpe que sólo dolía en frío, seguramente de los muchos codazos que le habían dado durante el partido.
            El partido duró dos horas. Desde el principio, por el aire de los polos, su mano estaba tan entumecida que apenas la podía girar. Los movimientos del frío eran congelados, brazos y manos inmovilizados por el aire, los movimientos del frío eran falta de movimiento. No podía mover los dedos, apenas podía cerrar la palma y el puño cortado se clavaba en el aire porque en el tiempo de juego  no paraban de correr.
            Al correr, el aire se convertía en viento que quemaba la piel. Era una helada cuajada de granizo, y el hielo, como piedras, era un jardín sembrado de proyectiles. Si estaba parado, era el frío de estar vestido sin mangas y con pantalones cortos. Si corría, la propia carrera era una fábrica de viento, y el viento corría por sus brazos, por su cara, por sus piernas; por su frente, sus rodillas, sus orejas. El suelo empapado y la lluvia que sucedió al granizo fueron castigo que azotaba el cuerpo como un diluvio. Duró dos horas. Descontando el tiempo del descanso, que no llegó a ser en los vestuarios un tiempo demasiado cálido.
            Llovió toda la tarde. Por la noche nevó. El tercer tiempo fue, en el bar, una lluvia de cervezas calentadas en la boca con chorizo; fue el chorizo frito, los macarrones con tomate, los callos; aquella tosca calefacción reanimó los vericuetos interiores sembrando los húmedos terrones del estómago. Y fueron tapas, cortezas y cacahuetes. Después fue salir de nuevo al frío para llegar al autobús, pero al autobús no le funcionaba la batería. Así estuvieron parados durante más de media hora.
            Luego llegaron a Segovia. En casa era calor de verdad, adosado a la pared de los radiadores. Allí terminó de cenar y en el hambre supo lo mucho que había corrido. Ignoraba cuánto les habían hecho adelgazar aquellos rigores. Ya en la cama, le animó un extraño resplandor que había en la calle y se levantó a mirar. Cuando corrió el visillo era todo lágrimas blancas que llenaban el cielo y el suelo, una cortina que se extendía mientras bajaban, peinando el espacio, hasta engrosar el algodón que crecía sobre el suelo. En pocos minutos la carretera se había cubierto de nieve. Y los techos de los coches, el tejado de las casas, las chimeneas y los árboles se llenaban de terciopelo blanco. Era todo algodón de contornos dulces, lentos, como una legión de copos que anunciaba la navidad. Lejos, sobre las casas, las paredes se llenaban del frío que no helaba. Por algunos balcones, subiendo por las cuerdas, se divisaba el manto rojo de papá Noel. Gateando por los ladrillos y buscando en las barandas, enfilando entre chimeneas el espacio de juguetes donde los niños soñaban. Unos zapatitos asomarían por las ventanas. Un paisaje de invierno, unas sábanas blancas, unas casas sin frío, huellas de trineo; hilo de humo entre las nubes, humo de chimenea, los tejados blancos; entre las tejas, un cálido paisaje; y miles de chimeneas sembradas en el espacio donde crecían los sueños. Estaba llegando la navidad.

            Ahora te vas. Al país del rugby, al país de plata, a la Argentina. En tus años de formación no puede faltar salirte fuera para entrar en ti. Granará en tus venas la espiga dorada (el tesón te mueve, la ilusión te anima); crecerá la savia, la libertad necesaria, la pasión de vida: tu entrega será esfuerzo, mirarán tus ojos y verás con el corazón, y entonces te convertirás en el que eres; volverás vestido de rugby y serás tu sueño, transformado en ti mismo.
            Que la fuerza te acompañe. Y que los aires te sean propicios. 





sábado, 20 de diciembre de 2014

Navidad.




NAVIDAD

 
            Era el 22 de diciembre. A media mañana se habían apagado los cánticos y habían llegado los autobuses. Todos los chicos habían salido para sus pueblos y el pueblo se quedaba solo. Solo... Sólo de chicos. Por las calles deambulaban gentes surgidas del fondo de las casas: gentes despaciosas, gentes relajadas, gentes sonrientes; gentes con la bolsa de la compra, gente en las tiendas, en correos y en los bares, gentes suspendidas en el tiempo, gentes; gentes que hablaban con la gente, gentes deambulando en el mercado, gentes. Algunas luces oscilaban solitarias amparando el pleno día. Un sol de invierno lucía, repartiendo sus gélidos rayos, sobre las casas que bostezaban. Los tejados rojos, negros y marrones, se encendían con la alegría de la luz, y la hierba mojada por la escarcha, en el campo, en los jardines descansaba cubierta de rocío: pero nadie cantaba.
            Entonces se entornaron sus ojos. A las sombras que bañaban el umbral de los sueños sucedió una imagen luminosa. Las calles, bañadas en luz, bostezaban también en el umbral de la mañana. Era un tiempo pasado, bañado por la nostalgia, lejos de la vieja Castilla, allá, en el sur. Los niños andaban por la calle enfundados en sus bufandas, y había mujeres que iban a la compra, y los hombres estaban en la mina, y las calles relucían. Había belenes en la tienda y todavía no existían los árboles de Noel. Allá, en la esquina, había tres rapazuelos que cantaban. Uno llevaba una zambomba y otro una carraca; el otro, con su pandereta, le ponía con su sonajero a la música un plateresco cascabeleo ideal. Se paraban en las puertas y cantaban:
                                   Dame el aguinaldo,
                                   carita de rosa,
                                   que no tienes cara
de ser tan roñosa.
            Y como la puerta se hiciese la remolona para abrir, entonaban la sonata destinada a conseguir el aplauso definitivo:
                                   La campana gorda
                                   de la catedral
                                   se te caerá encima
                                   si no me lo das.
            Entonces se abría la puerta y salía una mujer enfundada en su delantal, con la escoba en la mano o con el trapo de limpiar, o con una bayeta mojada, o, simplemente, sin nada. Entonces se quedaban frente a ella con sus caritas angelicales, de pillos, y le cantaban del belén, o de la nochebuena que se iban a emborrachar, o del pavo que habían comido. Y la mujer les daba unos trozos de turrón, o unos mazapanes, o, si no tenía nada, unas pesetas. Si el aguinaldo lo pedían unos jóvenes, podía darles hasta una copa de coñac.
            Las calles se llenaban de bufandas, y de gorros (alguna boina), mientras los burros que pasaban dejaban boñigas o alguna oveja con su pastor sembraba el suelo de virutas. El sol luminoso de invierno resbalaba por los charcos helados, y los chicos, que iban a clase en sus pasamontañas, pellizcaban las orejas de los que sólo iban con la bufanda. Se entretenían pisando el hielo con fuerza hasta romperlo con sus talones, y les divertía ver que el agua salpicaba, en pequeños chorritos, el trozo de charco que habían horadado con sus zapatos.
            La calle era un desfile de gorros y bufandas, zambombas, panderetas y carracas; cánticos y luces, villancicos envueltos en luces, bombillas de colores por las calles, y turrones; almendras, mazapanes, peladillas. Alegría en aquellos rostros infantiles, hijos de mineros, cuyos padres volvían a casa con la cara más negra que el carbón.
            Entreabrió los ojos y se encontró en Baba. Allí no cantaba nadie pero todos compraban. Se habían olvidado de los villancicos, pero iban a la discoteca. Gritaban, bromeaban, bailaban, reían, pero no cantaban. El turrón blanco y duro se había convertido en una verborrea de múltiples turrones (de coco, de huevo, de fruta, de arroz). Todo era más abundante, más caro, más fácil; pero todo era menos alegre porque no había canciones; ni luces, ni aguinaldos, ni ilusión. No había ilusiones y no había bufandas: sólo tacos, chistes y diversión. Lo único que lucía en las navidades de ahora era el sol del invierno, que iluminaba el rocío dándoles brillo a las cosas vanas; supliendo con sus rayos las cuatro escuálidas bombillas que relucían sin cantar. Los belenes se habían escondido tras el árbol de Noel.
            La víspera había comido con el resto de profesores en un restaurante del pueblo. Había sido una comida deslucida. Las risas habían cubierto la atomización de la gente, la falta de compañerismo, la ausencia de comunión. Hoy, 22 de diciembre, subía en el coche a media mañana camino de Segovia. Ni siquiera el campanilleo monocorde de la lotería había sido para él: nunca salía premiado el número del instituto. Marchaba para casa con alegría (pero con nostalgia), pensando en su esposa y en su hija, que eran las luces chispeantes que iluminaban la alegría de su navidad. Su hermosa familia que le guardaba sus besos, que le rodeaba el cuello como las cálidas bufandas de invierno, diciéndole cosas que a él le sonaban a villancico. Le daban un trozo de turrón y parecía que les había pedido el aguinaldo: con su pandereta, con su zambomba, con su carraca; con sus ojos alegres iluminados y enamorados como el sol.
            Aquellos días alegres, nostálgicos, cantarines, abrían las vacaciones que le llenarían de recuerdos la navidad.
  

sábado, 13 de diciembre de 2014

Entre el deseo y la acción está el maestro.





ENTRE EL DESEO Y LA ACCIÓN ESTÁ EL MAESTRO


1.

            Un animal sólo siente: no piensa. Sus decisiones serán impulsivas, y por lo tanto premeditadas. Sólo tendrá un conocimiento sensorial de las cosas.
            Un robot sólo piensa: no siente. Sus decisiones siempre serán premeditadas, pero insensibles; diremos que pensará las cosas con frialdad. No tendrá conocimiento sensorial de nada, conocerá sólo conceptos.
            Un ser humano siente y piensa. Puede tomar decisiones razonadas y vitales; movidas por el impulso afectivo pero diferidas, temperadas y mediadas por el análisis. Tiene conocimiento sensorial y conceptual a la vez.
            -Eso es mentira. Los animales sí piensan. Lo único que no pueden hacer es razonar: es decir, pensar con conceptos. Al pensamiento animal lo guía una razón implícita, pero el animal no piensa con razones, sino con causas. La razón animal es una manta que envuelve su mente, no una actividad que procede de su conciencia; es un recipiente que lo contiene todo, hasta las piedras que no piensan; la existencia de las piedras se ajusta a un esquema racional, a una estructura que las envuelve y penetra; pero la razón permanece en ellos, prisionera, incapaz de filtrarse por sus poros porque las piedras no tienen cerebro que pueda apropiarse de ella; y los animales, que lo tienen, no poseen una corteza cerebral que les permita apoderarse de la razón que los constituye; gobernar con la razón que los gobierna.
            La mañana se presentaba fría. El cielo nublado estaba envuelto en un azul penetrado por el gris; como si el gris fuese la razón de la naturaleza envolviendo el color de la existencia, impregnándolo como se impregna en las paredes el humo del tabaco; absorbiéndolo hasta la médula, saturándolo. Era un color gélido y las nubes se estiraban, con sus repliegues, como si el cielo estuviera cubierto por una manta de colores fríos, desplegada en el azul, encogida por los grises. Un hálito de seriedad emanaba del espacio que parecía insensible; y despertaba en los corazones, por sensibilidad, la única compañía de la nostalgia.
            Juan sintió que miraba por la ventana como si estuviese en clase. Ante sí estaban unos alumnos que no tenía. Las sillas vacías parecían llenas de piernas, y las mesas de papeles, de bolígrafos. Las caras miraban en el silencio y sus oídos escuchaban distraídos. Estaba dormitando.
            -El conocer y el decidir son dos círculos concéntricos. –Juan los dibujó. En el encerado imaginario, que flotaba en su inconsciencia como una holografía gris, dibujó, después, otros dos círculos concéntricos; uno abrazaba el conocimiento, y era el pensar (y recordar); otro abrazaba el pensamiento, y era el sentir; y el sentir era abrazado por las decisiones, por la capacidad de elegir-. El pensamiento analiza y recuerda con Sócrates; el sentimiento tiembla con san Agustín; ambos territorios conforman la conciencia; por eso se confunden. El decidirse lo envuelve todo con Nietzsche, y le gustaría ser irracional; Nietzsche arrancaría las razones del pensamiento. Le gustaría que las nubes sólo tuvieran colores azules; les quitaría el gris.
            Su mente soñadora se paseó por la maraña neblinosa que lo disolvía todo. O lo envolvía, filtrándose entre los bordes de los objetos, sin penetrar en ellos, sin espíritu capaz de traspasar nada. La niebla era un manto sin forma que acariciaba incapaz de penetrar.
            -El análisis contiene frialdad; hay que pensar con la cabeza fría.
            Ciencia.
            -El sentimiento está lleno de calor; hay que sentir las cosas en caliente.
            Ética. Estética.
            -No: la ética es capaz de pensar.
            Mientras siente.
            -El análisis está en la cabeza de Platón.  Neocórtex.
            Razón. Prudencia.
            -Los ideales están en su corazón. Cerebro emocional. Hipotálamo.
            Soñar. Desear. Sentir.
            Lo posible. Lo imposible.
            -El corazón palpita.
            Pero es por las cápsulas suprarrenales. Excitación. Adrenalina.
            -Pero es porque el corazón siente.
            La adrenalina viene porque se lo manda el corazón; no al revés.
            -Acaso.
            Tal vez.
            -Pero quizá palpite el corazón al mismo tiempo que la adrenalina.
            No. Palpita porque se lo mandan las cápsulas suprarrenales. Viene después.
            -Sí, los latidos son provocados por la adrenalina. Pero la adrenalina es empujada por el sentimiento.
            ¿Y qué es sentir? El temblor de los órganos.
            -Quiá. Los órganos tiemblan al mismo tiempo que el sentimiento. Son dos realidades paralelas. Dos relojes sincronizados.
            Leibniz. La armonía preestablecida. El mejor de los mundos posibles.
            -Tal vez.
 


2.

            La base de todo es el conocer. La base de todo es el amor. Vivir.
            Estar en el mundo es conocer. La sensación. La sensación que se agarra a la experiencia. Como amar.
            Sobre esa base (que es el suelo que pisamos) vamos comprendiendo para elegir. O elegimos después. Sin buscarlo. Nos encontramos eligiendo, a veces sin pretenderlo. La realidad nos llama.
            Las decisiones que tomamos (como un montón de elecciones que se suceden) se van acumulando y pasan: como las hojas del calendario; y van pasando como un humus, formando el suelo fértil, oxigenado, que nos recibirá. Sobre ese suelo crece el respeto. O su ausencia. La ausencia crece como un cúmulo de flores parásitas. De arbustos y de espinos. Y nos hiere pero sin flores. A diferencia del rosal que tiene flores. En sus espinas.
            Otras veces sentimos y nuestros sentimientos van conformando las decisiones. Desde el respeto. Y hasta el respeto. Como un círculo sin fin.
            ¡Y cuántas veces, porque somos humanos, comprendemos y sentimos en el acto mismo de conocer! Cultivamos el respeto. O su falta. Porque estamos en el mundo y se cosen nuestros hilos. La vida, como una trama, se anda mientras se cuecen sus ingredientes. Como el caldo que alimenta a nuestro sino. Coser. Tejiendo los hilos, como una parca. Elaborar, preparar, cocerse nuestra comida. El alimento, la sustancia de nuestro espíritu, de nuestro cuerpo. Cocer. Cocer tejiendo. Cocerse.


3. El método AIDA y el método COCERSE.

            -Recordad que, cuando os hablé, en su momento, del método “cocer”, os puse como ejemplo el modelo AIDA: es una de las técnicas que se han empleado en publicidad; estas cuatro iniciales indican que un buen anuncio debe: primero, llamar la atención; segundo, suscitar el interés; tercero, despertar el deseo; y cuarto, conseguir la adquisición. Adquirir el producto es comprarlo, que es lo que quiere el vendedor. La atención y el interés por el producto deben despertar el deseo. Entre ellos está la inteligencia; pero la inteligencia sólo nos muestra una parte de la realidad: la que le conviene al vendedor; es la tentación; y el vendedor es para el cliente un Calipso, un Circe, una sirena; su empeño es cegar nuestra mente para que no veamos qué hay detrás de la tentación. Para que actuemos movidos por un deseo ciego. Después de haber comprado vendrá nuestra perdición, nos habremos entregado a la dulce esclavitud del consumo, encerrados en la isla de Calipso; nos habremos convertido en esclavos, perdiendo la alegría de vivir, en el territorio de Circe; o nos habremos arruinado, destruyendo nuestra economía, como si hubiéramos entrado en la isla de las sirenas. Todos estos efectos pueden ser tremendos, como cuando compramos una casa que nos acabarán quitando porque no podremos pagar la hipoteca; o limitados, como cuando nos quedamos sin dinero para comer porque ese mes nos hemos gastado en esa compara una parte de nuestro dinero.
            Juan respiró antes de proseguir.
            -Los vendedores son calipsos, circes o sirenas disfrazados; y al vendernos sus productos atacan nuestra economía. Para defendernos de ese ataque tenemos que ver las dos caras de la realidad: la que nos presentan ellos y la que se esconde detrás de esa apariencia; en una palabra, tendremos que luchar contra la ceguera moral; despertar la conciencia; eso lo conseguiremos siguiendo los pasos del método “cocer”; porque después de conocer viene la crítica; mejor aún, nuestro conocimiento debe ser crítica a la vez; será un conocimiento crítico: con lo que veremos el daño detrás de la tentación, el perjuicio escondido detrás del beneficio aparente; y será también un conocimiento sentido, con lo que se unifican los métodos “cocer” y “coser”.
            Los muchachos escuchaban impacientes. Claro, no todos; Marta, Diana, Felipe, Aurelio, Estrella, Olga, Alán, Carlos iban a lo suyo.
            -Cuando hemos descubierto, detrás de las palabras del vendedor, lo que esconde su silencio, tendremos que decidirnos; elegiremos entre comprar y no comprar; y todo desde el respeto, que es un sentimiento que el vendedor nos ha querido borrar. A la hora de decidir se pone a prueba nuestra fuerza moral. Si somos capaces de resistir la tentación, a pesar de que sabemos que no nos conviene comprarlo; o si el deseo es más fuerte que nuestra voluntad, en cuyo caso sucumbiremos a los cantos de sirenas. Hay gente que no ha podido resistirse al deseo de comprar un coche, aun a sabiendas de que no tenía dinero suficiente para pagarlo, hipotecando con ello su vida y la de su familia.
            Jimena fue abriendo los ojos poco a poco, y sus labios se habían ido separando.
            -Como os he dicho, hay que evitar la ceguera y la debilidad; que se combaten con la conciencia y con la fuerza moral. El método AIDA busca cegar al comprador y debilitarlo; el método “cocerse” quiere darle la fuerza con la luz.
            -¿”Cocerse”? ¿Qué método es ése? –preguntó cristal.
            -“Co” de conocer, “c” de comprender, “r” de respetar; “s” de sentir y “e” de elegir. Fijaos en un par de detalles: lo primero, que la “e” está también después de la “c”; lo que significa que a veces elegimos después de comprender con la inteligencia, y otras necesitamos reforzar el conocimiento con el corazón (por eso están juntas las sílabas “ce” y “se”); y lo segundo, que la “r” está antes de la “s” y después de la “e”: lo que quiere decir que el respeto, que es el resultado de una elección, es también un requisito previo antes de elegir.
            Era un poco enrevesado; pero Juan lo explicó con ayuda de la pizarra. De todas formas, lo volvería a explicar otro día. Ahora le interesaba que los alumnos cogieran la idea; por lo menos los que no hablaban. Siempre había querido hablar para quienes no estaban motivados para escuchar, pero a veces el hilo de la conversación se centraba en el discurso más que en el oyente; no lo podía evitar.
            -Todo está –remachó Juan- en no actuar de manera irreflexiva; cuando actuamos por impulso nuestras decisiones no son voluntarias.
            -Son caprichosas.
            Era Carlos. Estaba escuchando. ¡Milagro!



sábado, 6 de diciembre de 2014

El Conocimiento Moral






EL CONOCIMIENTO MORAL

  
            La razón es la capacidad de concebir y juzgar, y en último extremo concebir y juzgar es tomar decisiones. Concebir es formar conceptos, y la razón lo hace por análisis y síntesis, en los distintos procesos de observación, inducción, deducción y analogía. Juzgar es formar proposiciones, y los procedimientos son los mismos que para la formación de conceptos.
            La razón puede ser inteligente e intuitiva. Como inteligencia, desarrolla todas sus facultades de manera consciente, y como intuición, piensa sin tener conciencia de que piensa; ni de lo que piensa. El pensamiento de la razón puede ser lógico o analógico. Llamamos lógica al estudio del análisis y la síntesis aplicado a la deducción y a la inducción; el resto es analogía. Analogía y lógica son, pues, dos mundos racionales. Si a las proposiciones analógicas les añadimos expresiones como “probablemente”, “quizá”, “es verosímil” o parecidas se vuelven lógicas; y podrán ser objeto de estudio a través de sistemas lógicos no aléticos (epistémicos, por ejemplo).
            Hay una estrecha relación entre lógica y analogía. Si jugamos con la forma de las palabras, “analogía” es la doble negación  (an-a-) de la lógica (-logía) en griego; y por tanto vendría a decir que es lógica sin serlo, que es a la vez lógica e ilógica. Este carácter híbrido de la analogía es propio del pensamiento imaginativo, que produce objetos que siempre tienen su lógica, pero sin que esa lógica corresponda necesariamente a nuestro mundo; es una lógica esencial más que existencial.
            La analogía se presta, pues, a pensamientos inconscientes, de tipo intuitivo, aunque también puede ser dinamizada por la conciencia; por ejemplo en combinatorias conceptuales dirigidas de manera prácticamente matemática; o en el desarrollo de técnicas para pensar al modo del pensamiento lateral de Edward de Bono: pensamiento divergente.
            Tener conciencia es darse cuenta de las cosas: y podemos darnos cuenta de lo que son las cosas (es la racionalidad teórica) o de lo que las cosas deben ser (y es la racionalidad práctica). La teoría busca la necesidad que las cosas llevan implícita en sí mismas; pero la praxis busca la necesidad que está implícita en nosotros, en nuestra conciencia: el deber. No es lo mismo la necesidad que el deber.
            ¿Cómo decidimos una acción? ¿Cómo nos inclinamos a obrar? La praxis, que es el uso práctico de la razón, se desencadena de varias maneras.
            Como acto reflejo. Conocer es lo mismo que actuar. Si aprieto el intro de un ordenador, la recepción de esa información por parte del ordenador equivale a ponerse en acción. ¿Y qué acción produce? La acción de realizar lo que contiene la información que le hemos introducido. Tal información es, pues, una orden. Si escribo: “suma”, el ordenador suma. Si escribo: “clasifica por orden alfabético”, el ordenador clasifica.
            En realidad hay dos momentos en la introducción de una orden: el contenido de la orden (por ejemplo, yo escribo: “4+3”) y la obligación de hacerlo (apretando el intro). El primer momento es una transmisión de información. Es conocimiento. El segundo es el desencadenamiento de una acción orientada, guiada, dirigida por el conocimiento recibido (“hazlo”).
            Pero hay que corregir inmediatamente lo que hemos dicho. “4+3” no es un conocimiento, es una pregunta: ¿cuánto son 4 y 3? El verdadero conocimiento surge cuando a esta pregunta le damos una respuesta; cuando apretamos el intro: 4+3=7. Conocer es contestar preguntas. O sea no sólo saberlas contestar, sino sobre todo saberlas hacer; muchos alumnos saben resolver problemas de matemáticas, pero no todos saben plantearlos: el que conoce las cosas es el que sabe contestar a las preguntas, pero el que las conoce de verdad es el que ha sabido preguntar, el que sabe buscar problemas: y encontrarlos.
            Si fuéramos ordenadores no podríamos hacer las cosas por nosotros mismos; necesitaríamos que las mandara el usuario. Nuestras decisiones, entonces, no serían autónomas. Es lo que hace el amo con su perro, los estímulos con los seres irracionales, los maestros con los discípulos a quienes han lavado el cerebro. Hacer inmediatamente lo que nos mandan, sin pensar en la conveniencia de hacerlo, es un acto automático. Como retirar la mano cuando la toca el fuego. O como dar un cabezazo en un arrebato (como hizo Zidane con Matterazzi). 


            Hay varias clases de actos automáticos: los actos reflejos (apartarme del rosal cuando me pincho) y los actos reflejados (que pasan por el cerebro sin que el cerebro active su capacidad de pensar: como cuando admitimos como propias las decisiones ajenas, por ejemplo la obediencia ciega). El caso del ordenador que obedece apretando el intro es un acto reflejado.
            El acto autónomo es otra forma de desencadenarse la acción. El acto autónomo es, por lo pronto, un acto consciente: un hacer que sabe lo que hace. Por ejemplo, cuando me voy a jugar en las horas de estudio. Este acto es consciente porque sé lo que estoy haciendo. Me doy cuenta de ello. Suele desencadenarlo un estímulo reflejo, es decir, un estímulo que despierta en mí un deseo innato: el deseo de gozar, y en este caso de gozar jugando. Puedo ser consciente o no de ese deseo, pero sí soy consciente de que he decidido jugar en vez de estudiar. A esto lo llamaremos autonomía hedónica; autonomía lúdica.
            Hay un segundo tipo de acto conciente: un hacer que sabe lo que tiene que hacer. Por ejemplo cuando me aguanto las ganas de jugar en horas de estudio. Entre el estímulo reflejo (la tentación de ver que mis amigos juegan en la calle) y la decisión de resistir, se ha interpuesto el pensamiento. Aquí no es el deseo el que decide, sino la razón; la razón no nos dice que ella valga más que el deseo, sino que un deseo vale más que otro; y entre el deseo de jugar y el de aprobar, doy más importancia al segundo; pero el segundo es incompatible con el primero: de modo que debo abstenerme de jugar; eso es lo que me dice la razón. Por eso a esta forma de conciencia podemos llamarla autonomía racional; muchos coinciden en admitir que ésta es la libertad verdadera.
            Ahora bien ¿cómo juzga la razón cuál es el mejor de los deseos? ¿Por su duración? ¿Por su intensidad? ¿O por su nobleza? Si admitimos, con Stuart Mill, que es mejor la vida humana que la del cerdo, ¿en qué consiste esa superioridad?
            Podemos responder que es mejor disfrutar mucho que disfrutar poco. El ser humano tiene capacidad para disfrutar de muchas más cosas que un cerdo: por eso su vida es más completa. Al cerdo le echan de comer, a las personas nos dan de comer. Una persona es capaz de sentir admiración, un cerdo no. Por eso el cerdo conocerá la comida, los sonidos y la sexualidad, pero no la gastronomía, la música y el erotismo; es decir el arte. Esta es una interesante observación que nos hace Fernando Savater.
            Ahora bien, unos sentimientos son más complejos que otros; y más completos. El amor es más fino que el placer de los sentidos, el placer de los sentidos se contiene en el de los sentimientos, pero no al revés: el amor contiene erotismo, pero el erotismo puro no contiene amor. Cuando no podemos disfrutar de dos placeres al mismo tiempo es mejor elegir el más completo: si por una tentación erótica de una noche voy a perder el amor de una vida es preferible resistir la tentación. 


            También es preferible un placer abstracto a un placer concreto. Un placer concreto es un camino que te lleva. Un placer abstracto es un horizonte que te guía por ese camino, y te garantiza que no correrás peligro de salirte de él. Si, por andar en bicicleta, pedaleas mirando al suelo, te caerás en seguida; si lo haces mirando al frente, es más difícil que te caigas. El bien en general es preferible a una cosa buena; porque, guiado por el bien, tu instinto podrá encontrar en el mundo muchas cosas buenas; y vestirá de bondad todas esas cosas que no lo parecen. Pero si has elegido sólo el dinero, perderás la capacidad de encontrar cosas buenas por el mundo aunque el dinero te dé la posibilidad de disfrutar de todas ellas. No se puede vender la ilusión para comprar dinero. Y la bondad es esa atmósfera que pone ilusión en tu vida.
            Hay, pues, dos tipos de jerarquía en las motivaciones: la jerarquía de los placeres, que nos abre los ojos para disfrutar de las cosas materiales, sensoriales, individuales y concretas; y la jerarquía de los valores, que nos da ojos para gozar de un ideal, cuando este ideal no nos cierra el camino de los goces sensoriales y concretos. La llamada del cuerpo debe saberse compaginar con la del espíritu.
            Hace falta un saber que sabe lo que hace; pero cabalga sobre un hacer que sabe lo que tiene que hacer. ¿Qué es el deber? Saber que un ideal o un placer no te quita la posibilidad de disfrutar de otro mejor; y no saber también que los mejores ideales no deben ser tiranos que esclavicen a los que no son tan buenos. Debe haber un equilibrio entre lo superior y lo inferior, porque lo superior se derrumba también cuando se caen los pisos inferiores. No puede haber amor puro cuando estamos reprimiendo la sexualidad.
            El placer automático hace, sin pensar, lo que le dicen. El placer autónomo lo piensa primero. ¿Qué es pensar? Pensar es hacer uso de la razón, y la razón se pone en marcha cuando conoce. ¿Qué es conocer? Una cosa es saber lo que se hace, y otra lo que se tiene que hacer; no es lo mismo tener conciencia que tener conciencia moral.
            El estudiante que juega en horas de estudio sabe que le apetece jugar. ¿Lo sabe? Si saber es darse cuenta de ello, es posible que no lo sepa; muchas veces nos pasan cosas y no somos conscientes de que nos pasan. En este sentido saber es lo mismo que tener conciencia.
            Ese mismo estudiante siente deseos de jugar; siente que le apetece; vive con ganas de jugar y por eso vive el juego. ¿Es lo mismo sentir que saber? ¿Saber que vivir? Podríamos contestar que sí, siempre que fuera consciente: siento deseos de jugar y me doy cuenta de ello, entonces sé que quiero jugar. Vivo la tentación del juego y me doy cuenta de ello. Entonces lo sé. Desde este punto de vista podemos decir que sentir, vivir y pensar son formas de conocimiento cuando vienen a la conciencia; aunque a veces ocurre que sé cosas que no sé; que no sé que las sé, por lo menos.
            Vayamos ahora con el estudiante que se abstiene de jugar, aunque le apetece. Ese estudiante sabe que desea jugar, sabe que está viviendo una tentación, pero sabe también que tiene que resistirla si quiere disfrutar del placer del aprobado; porque el aprobado, aparte de permitirle avanzar en el sentimiento de lo que es bueno, le permitirá jugar todo lo que quiera cuando lleguen las vacaciones.
            El que resiste las tentaciones nocivas sabe lo que tiene que hacer; conoce lo que le conviene; sabe lo que es bueno. Podríamos decir que en su caso obrar bien es lo mismo que conocer el bien: en eso conoce su deber, y él lo sabe; es muy consciente de ello.
            El que no resiste las tentaciones nocivas ¿por qué lo hace? Puede que no sepa que esas tentaciones son malas: en ese caso se lo enseñamos y, una vez que lo aprenda, será imposible que obre mal. Pero puede ser también que no tenga capacidad de resistencia y entonces, aunque sabe lo que le conviene, no tiene fuerzas para buscarlo. Es como saber que te tienen que cortar el brazo para evitar la gangrena y a pesar de ello (supongamos que estamos en el siglo XVIII y no hay anestesia), no me decido porque me paraliza el miedo ante el dolor. Para obrar bien, aquí, no basta con saber lo que tengo que hacer; me hace falta sacar fuerzas de flaqueza, es preciso que tenga fuerza de voluntad.
            Y puede suceder también que conozca mi deber sin llegar a creérmelo del todo. Sé que el tabaco es malo, pero faltan tantos años para que se note su efecto, que en la práctica me comporto como si nunca me fuera a ocurrir. Y el conocer casos de fumadores longevos (como Russell o y Churchill) que no han muerto por el tabaco, extiende sobre mí un manto de escepticismo que me hace pensar que quizá a mí no me ocurra nada; y quizá también me pase lo mismo que a ellos; y que quizá los médicos sean unos exagerados. Sucede, también, que estos pensamientos me vienen cuando mi voluntad flaquea y siento que me fallan las fuerzas a causa del síndrome de abstinencia; que dejar el tabaco no es fácil y yo ignoro en la práctica mis conocimientos, y entonces conocer lo bueno y lo malo no es suficiente para que decida apartarme del mal.
            Y es que conocer no es sólo sentir en el momento. Ni pensar a largo plazo en consecuencias que no siento. Sino sentir los dolores futuros como una presencia que tiene capacidad persuasiva para hacerme cambiar ahora. Por eso cuando veo la agonía de un amigo por enfermedades producidas por el tabaco me veo sufriendo en su propio sufrimiento, me identifico con su estado, siento y vivo lo que todavía no me sucede y la fuerza de sugestión es esa experiencia arranca de dentro de mí las fuerzas que me faltaban para empezar a cambiar mi comportamiento. El estudiante de Salamanca se mofaba de todo sin ningún escrúpulo; pero un día Espronceda le hizo presenciar su propio entierro y eso removió las íntimas fibras de su voluntad. Y entonces le dieron ganas de ser bueno.