sábado, 20 de diciembre de 2014

Navidad.




NAVIDAD

 
            Era el 22 de diciembre. A media mañana se habían apagado los cánticos y habían llegado los autobuses. Todos los chicos habían salido para sus pueblos y el pueblo se quedaba solo. Solo... Sólo de chicos. Por las calles deambulaban gentes surgidas del fondo de las casas: gentes despaciosas, gentes relajadas, gentes sonrientes; gentes con la bolsa de la compra, gente en las tiendas, en correos y en los bares, gentes suspendidas en el tiempo, gentes; gentes que hablaban con la gente, gentes deambulando en el mercado, gentes. Algunas luces oscilaban solitarias amparando el pleno día. Un sol de invierno lucía, repartiendo sus gélidos rayos, sobre las casas que bostezaban. Los tejados rojos, negros y marrones, se encendían con la alegría de la luz, y la hierba mojada por la escarcha, en el campo, en los jardines descansaba cubierta de rocío: pero nadie cantaba.
            Entonces se entornaron sus ojos. A las sombras que bañaban el umbral de los sueños sucedió una imagen luminosa. Las calles, bañadas en luz, bostezaban también en el umbral de la mañana. Era un tiempo pasado, bañado por la nostalgia, lejos de la vieja Castilla, allá, en el sur. Los niños andaban por la calle enfundados en sus bufandas, y había mujeres que iban a la compra, y los hombres estaban en la mina, y las calles relucían. Había belenes en la tienda y todavía no existían los árboles de Noel. Allá, en la esquina, había tres rapazuelos que cantaban. Uno llevaba una zambomba y otro una carraca; el otro, con su pandereta, le ponía con su sonajero a la música un plateresco cascabeleo ideal. Se paraban en las puertas y cantaban:
                                   Dame el aguinaldo,
                                   carita de rosa,
                                   que no tienes cara
de ser tan roñosa.
            Y como la puerta se hiciese la remolona para abrir, entonaban la sonata destinada a conseguir el aplauso definitivo:
                                   La campana gorda
                                   de la catedral
                                   se te caerá encima
                                   si no me lo das.
            Entonces se abría la puerta y salía una mujer enfundada en su delantal, con la escoba en la mano o con el trapo de limpiar, o con una bayeta mojada, o, simplemente, sin nada. Entonces se quedaban frente a ella con sus caritas angelicales, de pillos, y le cantaban del belén, o de la nochebuena que se iban a emborrachar, o del pavo que habían comido. Y la mujer les daba unos trozos de turrón, o unos mazapanes, o, si no tenía nada, unas pesetas. Si el aguinaldo lo pedían unos jóvenes, podía darles hasta una copa de coñac.
            Las calles se llenaban de bufandas, y de gorros (alguna boina), mientras los burros que pasaban dejaban boñigas o alguna oveja con su pastor sembraba el suelo de virutas. El sol luminoso de invierno resbalaba por los charcos helados, y los chicos, que iban a clase en sus pasamontañas, pellizcaban las orejas de los que sólo iban con la bufanda. Se entretenían pisando el hielo con fuerza hasta romperlo con sus talones, y les divertía ver que el agua salpicaba, en pequeños chorritos, el trozo de charco que habían horadado con sus zapatos.
            La calle era un desfile de gorros y bufandas, zambombas, panderetas y carracas; cánticos y luces, villancicos envueltos en luces, bombillas de colores por las calles, y turrones; almendras, mazapanes, peladillas. Alegría en aquellos rostros infantiles, hijos de mineros, cuyos padres volvían a casa con la cara más negra que el carbón.
            Entreabrió los ojos y se encontró en Baba. Allí no cantaba nadie pero todos compraban. Se habían olvidado de los villancicos, pero iban a la discoteca. Gritaban, bromeaban, bailaban, reían, pero no cantaban. El turrón blanco y duro se había convertido en una verborrea de múltiples turrones (de coco, de huevo, de fruta, de arroz). Todo era más abundante, más caro, más fácil; pero todo era menos alegre porque no había canciones; ni luces, ni aguinaldos, ni ilusión. No había ilusiones y no había bufandas: sólo tacos, chistes y diversión. Lo único que lucía en las navidades de ahora era el sol del invierno, que iluminaba el rocío dándoles brillo a las cosas vanas; supliendo con sus rayos las cuatro escuálidas bombillas que relucían sin cantar. Los belenes se habían escondido tras el árbol de Noel.
            La víspera había comido con el resto de profesores en un restaurante del pueblo. Había sido una comida deslucida. Las risas habían cubierto la atomización de la gente, la falta de compañerismo, la ausencia de comunión. Hoy, 22 de diciembre, subía en el coche a media mañana camino de Segovia. Ni siquiera el campanilleo monocorde de la lotería había sido para él: nunca salía premiado el número del instituto. Marchaba para casa con alegría (pero con nostalgia), pensando en su esposa y en su hija, que eran las luces chispeantes que iluminaban la alegría de su navidad. Su hermosa familia que le guardaba sus besos, que le rodeaba el cuello como las cálidas bufandas de invierno, diciéndole cosas que a él le sonaban a villancico. Le daban un trozo de turrón y parecía que les había pedido el aguinaldo: con su pandereta, con su zambomba, con su carraca; con sus ojos alegres iluminados y enamorados como el sol.
            Aquellos días alegres, nostálgicos, cantarines, abrían las vacaciones que le llenarían de recuerdos la navidad.
  

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