viernes, 2 de octubre de 2020

LA CONQUISTA DE AMÉRICA

 

 

 

LA CONQUISTA DE AMÉRICA

  


            Peter era un joven alegre de rostro espigado; vivía por las tierras de Alabama. Aquel día paseaba tranquilamente junto a unos niños que jugaban despreocupados y allí, junto a los pies del más pequeño, se agitaba una víbora dispuesta a picarlo. Bob le dio un empujón y lo tiró al suelo. Después clavó el talón en la cabeza de la víbora y cuando buscó al niño con la mirada, queriéndolo tranquilizar, vio que se había levantado y corría, asustado, hacia sus padres; minutos después Bob yacía en el suelo vapuleado, pateado, con la cara amoratada y lleno de sangre. Tenía los labios hinchados pero era fácil ver que, debajo de los bultos de los golpes, tenía los bultos de su raza; y eran sus labios gruesos y el pelo rizado y la nariz chata; porque Peter era oscuro como la noche y en esa oscuridad brillaban sus ojos, y los dientes eran blancos como fogonazos. Todos habían visto cómo empujaba al niño; pero nadie vio la culebra de colmillos largos dispuesta a inyectarle su veneno para matarlo.

 

1. Los indios.

 

            Peter era descendiente de los esclavos negros que, en los Estados del sur, fueron vendidos para trabajar en las plantaciones de tabaco. Los trajeron de África, donde los padres de sus padres llevaban una vida libre antes de ser hacinados en los barcos. Así se construyó América. América fue un continente vacío que se llenó de asiáticos y polinesios cruzando por un estrecho helado. Allí se vistieron con pieles de animales, telas de colores, se adornaron con plumas y vivieron en tiendas junto a los ríos, y en las praderas, y en las montañas. Allí había ciervos, castores, nutrias, pumas, bisontes, osos y jaguares. El coyote. Y comían su carne y comían maíz y patatas y fumaban la pipa de la paz porque habían descubierto el tabaco. El coyote. El coyote clavaba su aullido en las entrañas de la noche y era un sonido lúgubre y melancólico, que se perdía en el espacio mientras planeaba sobre ellos, dormitando, el vuelo de las águilas.

            Así era América en los tiempos lejanos. Los montes Apalaches. Las montañas Rocosas. Las lejanas praderas. El cañón del Colorado y los hermosos valles. Los indios cheyenes; pueblos, seminolas, apaches y arapahos. Las coronas de plumas que adornaban a sus viejos hasta los pies, Jerónimo, Nube Roja, Caballo Loco, Mano Amarilla, Hoja Mellada, Toro Sentado: los grandes jefes de la gesta trágica; héroes altivos, la lucha de los pieles rojas con el hombre blanco. Pieles rojas porque se teñían de rojo, con tintes que sacaban de la tierra y del jugo de las uvas. Vivían en tiendas cónicas que hacían con piel de bisonte y las decoraban con figuras de astros y animales; y dentro estaba el hogar, que ardía sobre unas piedras y sobre él colgaba el maíz, la patata, la carne: y una calavera de vaca ornaba las paredes con sus cuernos mayestáticos y sus ojos vacíos. Escudos hechos de piel, como las camas, como el calzado, como el vestido; como las piraguas. 


            Les gustaba cazar caballos y domarlos. Y tenían tambores y flautas, y vasos, y ánforas y cestos, y arcos de madera y hermosos carcajs hechos de piel como los escudos de piel de bisonte;  el temible tomahawk, y el lazo. Se pintaban la cara para comunicarse entre ellos y había un lenguaje de plumas y se hacían señales de humo y tenían también el lenguaje de las manos. Mocasines. Hermosos mocasines de piel cosida adaptados al pie, y el tótem, los troncos labrados con figuras de animales y tocados con alas; la figura histriónica del hechicero, la caza del ciervo, la lucha con el oso, pescando entre los ríos, la caza del bisonte: voluntarios para el tormento; porque bailando hasta agotarse y en el sufrimiento extremo los jóvenes creían que ahuyentaban a los espíritus malignos. Manitú. Los muertos envueltos en pieles, abandonados sobre unas estacas mientras las mujeres tejen y la danza del bisonte, al son de los tambores (graves, lúgubres como el llanto del coyote), llenaba de música el corazón austero de los indios americanos.

            Pero un día vinieron gentes extrañas. Ponce de León, Jacques Cartier, Giovanni de Verrazano. Vinieron casacas azules y casacas rojas, los ingleses y franceses en altas canoas pobladas de cortinajes sin remos, y ojos que disparaban fuego: extraños barcos. Y el hombre blanco se peleaba y los indios perseguidos aprovecharon entonces y peleaban los ingleses con los franceses, los americanos contra los ingleses, los pieles rojas entre sí, pieles rojas contra rostros pálidos. Y vino George Washington y los ingleses se marcharon. Pero América se llenó de inmigrantes que venían en otros barcos, pioneros, caravanas, los pieles rojas los atacaban porque los obligaban a huir retrocediendo hacia el oeste, perseguidos por los colonos. Y se compraron fusiles y tuvieron que matar para no huir, la revuelta de Tecumseh: Pájaro Negro atacaba los fuertes pero fue la fiebre del oro y se metió el ferrocarril, la gente sin escrúpulos poblaba los ríos, vinieron los barcos de vapor con sus chimeneas altas, invadieron la Florida, que era ya lo último que les quedaba: y el general Jackson lo tuvo bien fácil; fue la derrota de los seminolas y la viruela los derrotó también, los indios sioux sufrieron también de sus estragos.

            Todos los hemos visto en las películas. Los indios asaltaban las diligencias, asaltaban las caravanas y América se llenó de fuertes: cercas de troncos con adarves y banderas ondeando al viento y soldados que combatían a los indios pero en tiempos de paz no eran fuertes, sino mercados: indios y blancos llevaban sus mercancías, alfombras, víveres, pieles y vasijas, y así crecieron, sobre la estela de Fort Duquesne, Fort Laramie y otras fortalezas. Era el tiempo en que la caballería patrullaba, unas veces para defender a los indios, que los atacaban los bandoleros blancos, y otras para exterminarlos. Y los indios, desconcertados, atacaban las haciendas indefensas porque ya no distinguían entre los blancos buenos y los blancos malos, ahora eran los mismos los buenos y los malos. Y vinieron las gestas más crueles que marcaron el fin de esta epopeya. La matanza de la familia de Jerónimo, su venganza; pero el sur empezó a llenarse de reservas y junto a los comanches los kiowas, y con los apaches se desvaneció la resistencia india en el sur. Derrotaron a los sioux. Dirigidos por Toro Sentado. La batalla de Little Big Horne, el general Custer, el séptimo de caballería, la gran victoria de los indios. Hasta que murieron los grandes jefes: Jerónimo, Nube Roja, Mano Amarilla, Toro Sentado. 


            Sí, Toro Sentado. Toro Sentado fue el gran jefe amado por su pueblo, respetado por todos y temido por los blancos. Su espíritu inspiró, convirtiéndose en palabra, la danza de los espectros. El siglo XIX tocaba a su fin. Los indios vivían en reservas, confinados en lugares pobres y apartados, resignados a vivir en paz, pero también sin sueños; sin pena pero sin gloria... Las reservas parecían lugares donde vivía el cuerpo del indio pero no su alma; y amputado de su espíritu, de sus ganas de correr, añorando las amplias praderas, los verdes valles, las altas montañas. Lugares donde se vive sin ilusión, donde el tiempo corre porque tiene que correr, sin futuro, como una carrera sin meta, proyectados desde el pasado, pero el pasado también te lo están borrando. Te emborrachan, te hacen perder el horizonte, la visión de conjunto, el sentido de la perspectiva, así acabaron los indios. Y el espíritu de Toro Sentado les inspiró la danza de los espectros. Que era como la muerte a la que invocaban para poder salvar su alma. Iluminados por el fuego, que encendía sus corazones con el resplandor de las hogueras, daba fogonazos en su alma y los jóvenes se volvían a sentir guerreros, y prendió la insurrección porque volvieron los antepasados. Se les prohibió aquella danza guerrera y acabó la guerra: que, cuando las mentes se ciegan, si te prohíben el ansia de guerra vas a la guerra porque te lo han prohibido y si no te lo prohíben da igual: porque de todas formas lo que quieres es guerra. Todo ofende a la lógica cuando lo aplastan a uno y lo único que queda es violencia contra la violencia de ser aplastado.

            En aquella insurrección postrera murió el gran jefe Toro Sentado. Que se llamaba así porque perseguía a caballo a los bisontes saltando a horcajadas para clavarles el cuchillo en la cruz, hombre contra bestia en el centro de la manada. El hombre blanco no lo hacía igual. Rodeaba las manadas a caballo y disparaban con sus rifles hasta acabar con la manada entera. Dos formas distintas de luchar, dos estilos. El combate singular del hombre contra la bestia y el exterminio de las bestias con su máquina de destrucción, sin enfrentarse a ellas, por el hombre. Pelear con la naturaleza o destruirla, ése era el dilema: el hombre blanco destruyó lo que no le hacía falta y los pieles rojas respetaron lo que, por ser sustento, nunca podrían destruir: porque les hacía falta.

 


2. Los negros.  

              Los volcanes tiraron de la tierra hacia arriba. Las grietas tiraron de la tierra hacia abajo. La tierra se rajó como una hoja de papel y en aquel valle se hundieron las cosas, y África se marchó de África, expulsada por una fractura que flotaba en el océano: la falla del Rift, que empezaba en Mozambique y subía por los grandes lagos, pasando por el Mar Rojo hasta el Jordán. La tierra se rompió y en aquel barco de tierra estuvo la cuna de la humanidad. Y por eso el ser humano nació al ser expulsado. Ya nadie se acuerda del erectus, que se desparramó por el mundo hasta que se hizo sabio.

            La tierra se rompió para expulsarnos. Nuestro destino es ser expulsados de la selva a la sabana, del África hacia Asia, y no nacimos en el Edén sino en el desierto; nuestro destino es viajar, vagar eternamente como un holandés errante, condenados a poblar la tierra en un buque fantasma. Y volvimos al África para ser expulsados del mundo libre, yorubas y mandingas, que vivíamos tranquilamente en las frondosas selvas y nos hacinaron en barcos para llevarnos, como salvajes, a un nuevo mundo: seguramente para civilizarnos. Todo es migrar, todo es viajar, todo es arrancarnos las raíces que nos sujetaban a la tierra. Perder, en el viaje, una parte de nosotros mismos. O perderlo todo tal vez. Homo viator.

            Nacimos cuando fuimos expulsados del paraíso pero no nos expulsaron por pecar, sino al revés: primero nos expulsaron y nacimos después. Y no nos expulsó Dios, qué va: nos expulsó la tierra; la tierra, que no quiso acogernos sino después de haber destrozado nuestro paraíso. En aquel tiempo hubo un cambio climático. Y fueron los australopitecos, fueron los parántropos, fueron, después de monos, los seres humanos. Y se extendieron por Asia, por Europa, fueron al continente que se llama como el océano y de allí saltaron a América: un mundo nuevo, un mundo hueco. Nos arrancaron de nuestra tierra para hacernos esclavos. Primero nos obligaron a cargar el marfil, kilómetros y kilómetros colmillo al hombro, la carga del hombre negro, la carga pesada. Luego nos llevaron a las minas y sudábamos gotas de vida para extraer el oro, para meternos en el vientre de la tierra, para arrancarle los diamantes. Y fueron luego barcos enormes donde cada milímetro era medido para que ahorráramos espacio. Dormíamos como chinches cuando vino a buscarnos el hombre blanco. 


            Yo estaba tranquilo, yoruba en Dahomey, mandinga en el Volta, pescador en Senegal, caminando por el Congo. Yo le arrancaba los frutos a la tierra y junto al mismo árbol que me había dado su jugo, saboreando la fruta, pensaba en la negrita de manos negras, negras como la noche, y en el brillo de sus ojos, y en su vientre dulce y en sus pechos. Yo pensaba en esa niña cuando salieron unos monstruos del mar: monstruos de dos patas, me golpearon con sus palos, con sus armas de fuego,  con sus cuchillos, ya muy cerca de la aldea. Me cargaron de cadenas y cuando pude ver mi aldea, estaba rodeada de monstruos y de allí nos sacaron a todos y nos metieron en chozas y a algunos los ataban entre dos estacas, brazos en alto, y los rajaban a latigazos: así se rajó la tierra para sacarnos de África, para privarnos de la selva, de la vegetación frondosa y espesa, de la fruta jugosa, del paraíso. Luego llegaron los barcos y nos metieron hacinados, aprovechando siempre el espacio hasta los milímetros. Tres meses viajando así, meses a merced de las olas, surcando un mar enorme, el océano Atlántico. Vi morir a la gente como conejos; centenares de negros como yo morían agotados, hambrientos y sedientos, pensando en nuestra casa, muriéndonos de pena. Y luego nos vendían. Trabajábamos en las plantaciones de azúcar, de algodón o de tabaco. Seis años no más podíamos vivir, no llegábamos a viejo; no llegábamos a viejo, no, nuestro jugo se secaba muy pronto, moríamos agotados; o abrasados por el sol, o cosidos a latigazos, carcomidos por la fiebre, destrozados por la pena, padres separados de sus hijos, hombres de sus mujeres, amigos de sus amigos, raíces arrancadas al suelo donde habían crecido, raíces de África. ¡Y cuántas veces nos levantamos contra los amos, presas de desesperación! ¡Cuántas rebeliones ahogadas en sangre, salpicadas en el látigo, deseando morir en la horca por no morir apaleados!

            Hijos de una tierra rota nacidos de una emigración, fuimos expulsados del paraíso y empujados a la sabana. Estamos marcados a fuego y nuestro destino es viajar: lo tenemos escrito en la frente, lo tenemos escrito en la sangre. En ese viaje trágico unos han conseguido mandar y nos mandan; nos obligan a cargar colmillos de marfil, a andar por la fuerza adonde nos mandan, la cerviz cansada, bultos enormes en nuestras espaldas, fardos que sudan bajo el sol con la amenaza del látigo: ésa es la carga del hombre negro. Y el blanco presume de sacrificio, del sacrificio de ayudar al negro que no se quiere civilizar porque es salvaje; de hacerlo cautivo para que se deje enseñar y aprenda de su savia generosa, lo mismo que el niño aprende cuando lo obligamos a ir a la escuela si no quiere: por eso el hombre blanco obliga al negro; por eso manda a sus hijos al exilio para regar a los salvajes con su generosidad como se riega un árbol: dolorosos, resignados, sacrificados para salvar al negro indolente que no quiere sacrificarse: ésa es la carga que imaginó Rudyard Kipling; el fardo pesado que tiene que portear, el duro yugo con el que tiene que andar, la carga del hombre blanco.


3. La guerra.

             Una cortina de fuego bajó del cielo. La cólera de Dios se destiló en gotas incandescentes que quemaron las ciudades, arrasando sus casas, sus calles, sus templos, sus fiestas, sus comercios, sus bibliotecas. El fuego calcinó el placer, la alegría, la curiosidad confundida con la soberbia, el estudio que se tomó por idolatría, el goce del espíritu aniquiló al goce del cuerpo, la risa que parecía ofender a Dios, todo lo que nos hacía felices fue destruido pues la felicidad no podía estar al marcen de Dios; y Dios, en su espíritu, nunca hubiera perseguido el cuerpo sin alma si no es porque el alma se había convertido antes en enemiga del cuerpo, empeñada en vivir a través de la muerte en vida que nos da el aburrimiento; lo que hizo caer fuego fue el cuerpo de Dios, con el que los templos habían vestido al espíritu para convertirlo en despotismo; y fue ese espíritu mundano el que hizo caer fuego, cuando la cólera le resultaba extraña al espíritu verdadero de dios.

            Una cortina de fuego subió al cielo. Brotó de la tierra, de las bocas de los cañones que se estrellaron en los muros, los despedazaron, los devastaron, y ardió todo lo que podía arder en la cólera de los hombres que copiaron a Dios: después de haberse copiado a sí mismos en su cólera; la que arrasó Sodoma; la que hundió la civilización para crearla de nuevo, como el niño patea un castillo de arena para volverlo a hacer  mientras juega en la playa. El bombardeo de Fort Sumter fue el punto de arranque de la guerra de Secesión.

            Peter contemplaba el fuego con el resplandor regando sus ojos abiertos, todavía incrédulos y alucinados. Desde que salvó al niño de la mordedura de la víbora habían pasado muchas cosas. La paliza que le dieron. Las que les dieron a muchos negros en Alabama. El látigo descendía despiadado sobre sus espaldas. Escapó como lo hizo Sejourner, que nació esclava. Los esclavos huían al norte y cuando Lincoln proclamó su emancipación, se alistaron como voluntarios. Más de cien mil negros fueron a combatir en el ejército de la Unión, la que luchó por sus libertades; contra el ejército confederado que se empeñaba en  mantenerlos esclavos en Virginia, en Georgia, en Florida, en Alabama. Peter conoció la guerra y vio morir a los suyos y a los otros y en su cabeza hay escenas terribles de cabezas sin alma, cuerpos sin brazos, soldados despedazados a cañonazos, jóvenes dolientes, gente que había perdido su juventud en la batalla. Y ahora, mientras contemplaba las llamas, no podía comprender lo que estaba pasando; admiraba, sí, el formidable espíritu de guerra que se había desatado en las filas del Sur, intrépido David que atacaba con brío al Goliath del Norte; pero no se le metía en la cabeza que la fe del entusiasmo no procediera de la defensa de su libertad amenazada, sino del empeño criminal por tener esclavos a los negros. ¡Cómo puede uno arriesgar su vida y entregarla con generosidad, sacrificándose por la causa, para conservar el derecho despótico de esclavizar y explotar y abusar y matar y atormentar a la gente a latigazos! 



            No lo comprendía. En su mente cabía el sacrificio generoso de vivir libre y ayudar, pero no se le metía en la cabeza que el vivir a costa de otro pudiera engendrar sacrificios generosos. Y ahora Atlanta estaba en llamas. El viejo mundo se desmoronaba ante sus ojos pero él no era capaz de ver, entre las cenizas, cómo sería el mundo nuevo. Sabía, sí, que sería un mundo libre, pero no sabía a qué sabía la libertad; no la había probado nunca; ni sabía a qué huele ni cómo hay que mirarla; ni cómo es su música, ni cómo sería su piel cuando la tocara. Él había crecido con las canciones de los esclavos, pero ¿cómo serían ahora sus canciones? No tendrían el sabor del látigo y por eso las imaginaba bellas, pero temía que el mundo libre disolviera, entre las ciudades de la Unión, el sabor de ser mandinga. Sabía lo que perdía y eso le gustaba; pero no sabía lo que ganaba y eso lo temía, sí.

            Entre las llamas de Atlanta adivinaba otras llamas; las que quemaron las plantaciones del Sur, con las teas del ejército del norte, el general Grant a la cabeza; todavía tenía en el cerebro el olor de los campos, el resplandor que lo cegaba, el sabor del polvo del aire que se le metía en los labios, y el crepitar de las llamas que todavía le ardía en las orejas. Los territorios del sur, que engendraron al ejército confederado, donde era todo una mancha blanca que había puesto banderas rojas con cruces azules en forma de aspa; el ala de sus sombreros parecía proyectar sus ojos más allá del horizonte, muy lejos de donde estaban; en cambio los ejércitos del norte tenían unas gorras con visera que les tapaban los ojos impidiéndoles ver, quizá, más allá de sus narices. Pero la realidad era el revés que sus uniformes; los que miraban al futuro eran las gentes del norte y los del sur, cuando miraban, tenían la vista corta. El norte eran las ciudades y la industria, y las vías del ferrocarril, y la máquina de vapor y los barcos; pero el sur no tenía más que campos que tenía que cultivar y para eso necesitaba esclavos; no es que el norte fuera bueno y el sur fuera malo, sino que la gente mala del norte, para prosperar, no necesitaba a los esclavos; mientras que la gente buena del sur tenía la bondad cegada por la maldad de la esclavitud, que le tapaba los ojos, se los tapaba.

            Peter asistía al final de la contienda entre las llamas de Atlanta. Si el norte había creído que podía sofocar la rebelión con unos cuantos soldados, cuando el sur hablaba de invadir Washington todos comprendieron que la guerra iba para largo. Y una serpiente asfixió a los Estados del sur apretándolos con su abrazo (trenes, armas, fuertes y barcos), para bloquear el comercio, para aislarlos: y funcionó; la operación Anaconda estranguló al sur mientras las operaciones militares pasaban por encima del heroísmo de los confederados; pronto se rendiría el general Lee; los soldados de la Unión, de los Estados libres, que defendían, con el progreso, la libertad de los esclavos, también habían sido heroicos; pero no era lo mismo el heroísmo de los creyentes que el heroísmo de los fanáticos; y entre los dos había habido, tampoco hay que olvidarlo, gentes pacíficas y temerosas, y hasta gentes malvadas y cobardes.

            La guerra de Secesión llegaba a su fin. Lo veían los grandes estrategas, que miraban las cosas como quien mira desde lo alto de una colina y lo ven todo; nosotros, los que luchamos, sólo vemos la parte donde estamos y por eso donde miramos vemos ilusiones falsas; a veces creemos que las cosas van bien cuando van mal, y es porque somos un foco de esplendor en medio de un desierto quemado; y, cegados por el resplandor de nuestro valle, no vemos la inmensidad del desierto que avanza sobre nosotros y avanzará, inexorablemente, hasta ahogarnos. Eso le pasaba a Peter mientras contemplaba las llamas. No podía hacerse una idea de lo que estaba ocurriendo pero las voces, la atmósfera, los rumores, coincidían: se estaba acabando la guerra; el Sur estaba derrotado.

            El corazón del sur estaba en Atlanta y él estaba entre las ruinas, entre ruedas arrancadas a los carros, cañones arrancados a las ruedas, soldados muertos por todas partes: la capital de Georgia, Atlanta, estaba en las llamas. El cielo era rojo y amarillo y por encima del resplandor el humo era negro. Las casas de madera crepitaban como crepita la leña en las hogueras. Las ventanas parecían ojos blancos y miraban como fogonazos mientras las paredes se desmoronaban sobre pavesas. En medio del incendio penetraba el ejército vencedor. La infantería con los fusiles en alto, las bayonetas, espectros borrosos en la nube de fuego, y al frente, como un símil de la victoria, los oficiales a caballo. Nada más estallar la guerra la nación india se había rebelado aprovechando la debilidad de los rostros pálidos; pero no pudieron las lanzas derrotar a los fusiles y a los primeros carros blindados; y al final tuvieron que enterrar de nuevo el hacha de guerra; cuando el invencible Nube Roja conoció la derrota y sus  bravos guerreros tuvieron que agachar la cerviz, pues la historia se resolvía entre el norte y el sur y no entre los pieles rojas y los rostros pálidos.

 


4. La broma.

             La noche envolvía las formas y las disolvía en una oscuridad sin principio ni fin; y era un pozo sin sombras, porque para que haya sombras siempre es necesaria la luz. Peter se acercaba a su pueblo. Sus ojos intentaban ver algo cuando apareció un resplandor a lo lejos. Fue una luz débil, y aumentaba en intensidad al mismo tiempo que de tamaño: Peter se estremeció; se tiró al suelo esperando no ser visto y su corazón empezó a latir con la fuerza de un martillo; demasiado sabía lo que significaba aquella cruz; sus brazos ardientes le prestaban a la noche el resplandor de los fantasmas; y unos hombres blancos clavaron una cabeza (hacía un ruido terrible) sobre una estaca que colocaron a su vez, a la entrada del pueblo, cavando con pico y pala; después se marcharon. Desde entonces se verían en el sur cosas terribles y extrañas. Negros vivos ardiendo. Negros castrados. Postales tenebrosas con los cadáveres exangües. Pronto sabría Peter lo que le esperaba: la guerra de las armas había terminado, pero en la cabeza de la gente seguía habiendo guerra.

            Ahora entendía Peter el episodio de la víbora. Él volvía al sur, pero el sur no volvía a él. Ahora había una ley que los hacía iguales a todos, pero los hechos chocaban contra sus derechos como choca la roca contra la espuma del mar; y los hechos se confabulaban para que  todo siguiera como siempre. Recordó lo que aquel viejo le había dicho sobre los indios; sobre los negros.

Los indios no querían marcharse

y los echaron.

Los negros no querían venir

y los trajeron.

            Y ahora que les habían arrancado sus raíces y que sólo eran yorubas y mandingas en el recuerdo de su raza, y que en la tierra de los mandingas y los yorubas no había sitio para ellos, los querían echar. Dile que es libre a un árbol que acabas de arrancar del suelo y no tiene tierra para crecer. Díselo. Yo soy un negro traído a la fuerza y ahora que donde nací no tengo casa, me quieren echar a la fuerza también. Son cosas del clan. 


            El clan. Hay que remontarse a 1964. Acababa de terminar la guerra y seis oficiales confederados volvían a sus casas, donde les esperaba el aburrimiento; el aburrimiento pesa en las mentes ociosas como pesa en los estómagos el vacio del hambre; sólo que donde tienen el vacío quienes se aburren siempre es en la cabeza. Comidos y bien vestidos. Sin nada que hacer. Sin ganas de pensar. Había que divertirse, para la broma tenían ganas, para eso sí les apetecía pensar; y pensaron. Se reunieron en el despacho del juez, que era el padre del oficial Jones, Calvin Jones.

            -Tenemos que crear un club, no sé, algo con lo que poder divertirnos.

            -¡Una sociedad secreta! –dijo el coronel Lester-. ¿Por qué no creamos una sociedad secreta?

            Claro; y lo primero es ponerle un nombre.

            -Una sociedad, un círculo, una banda. ¿Por qué no lo llamamos kuklos, que es como se dice en griego?

            Richard Reed sabía algo de griego. Y el capitán Kennedy era escocés.

            -En Escocia lo llamamos clan –miró a sus amigos-: todos nosotros tenemos antepasados en Escocia y en Irlanda, ¿por qué no lo llamamos así?

            Le respondió el capitán Crowe:

            -¡Pero es lo mismo! ¡Kuklos significa lo mismo que clan! ¡El clan es la tribu!

            -Más o menos –le replicó McCord-. No exactamente.

            -¿Y qué? ¿No es una broma? ¿Entonces por qué nos preocupamos por el significado de las palabras? ¿No es mejor fijarse en cómo suenan?

            -Y en cómo se escriben –replicó el capitán Kennedy-. ¿Y si escribiéramos “clan” con k?

            -No está mal –accedió McCord saboreando las palabras-. Kuklos klan. Impactante, ¿no?

            -¡Sí! –gritaron todos al unísono. Ya repetían con placer esas palabras cuando se le ocurrió otra treta a uno de los amigos.

            -Podríamos partir en dos la palabra “kuklos”.

            -Ku klos. Ku Klos Klan.

            -Hm… tiene ritmo; y fuerza. Parecen tres golpes de tambor.

            -Pero si le ponemos una X tendrá más impacto.

            -Klox.

            -¿Y la U? ¿Por qué no le ponemos una U? Suena mejor.

            -Klux.

            -Ku Klux Klan.

            Los seis amigos repitieron las tres palabras, se regodearon con ellas hasta la saciedad y les acabaron gustando; acababan de crear una sociedad secreta; la broma no hacía más que empezar.

            Y se separaron aquel día más contentos que unas castañuelas. Pero luego pensaron que necesitaban un uniforme y se volvieron a reunir. Les pareció que podrían ponerse sábanas blancas. ¡Ah!, y con capuchas. Capuchas, sí, mirad: mirad esta almohada; si yo le saco la funda, le hago dos agujeros y me la pongo en la cabeza… Así… Así… ¿Qué os parece?

            -¡Un fantasma!

            -¡Huy, qué miedo!

            -¡Qué divertido!

            ¡Qué divertido era montar a caballo vestidos con sábanas y una capucha en la cabeza! Por la noche. Lo hicieron para celebrar el nacimiento del club. Pasearon por el campo y al pasar junto a una cabaña vieron que los negros huían aterrados. Los oficiales aburridos se partieron de risa. Eso sí que era divertido. Los negros eran ignorantes, supersticiosos, y creían en espíritus y fantasmas. ¡Los habían tomado por soldados muertos! ¡Soldados que, levantándose de los campos de batalla, regresaban a sus casas! Oye, ¿y por qué no transformamos la diversión en escarmiento? Vamos a darles una lección a esos negros de mierda. 


            Y se inventaron el truco del vaso de agua. Volvieron a la noche siguiente a pasear por la misma cabaña. La familia, aterrada, quiso encerrarse en ella y entonces los caballeros blancos les dijeron, con una voz ululante que temblaba bajo sus capuchas:

            -¡Agua, por favor! ¿Me dais agua? No he vuelto a beber desde que caí muerto en la batalla de Siloh.

            La batalla de Siloh había ocurrido en 1862. Y estaban en 1865. Los negros, aterrados, ponían los ojos en blanco; y resaltaban más sobre la piel negra. Ahora ya no eran esclavos de sus amos pero lo eran del terror; el terror les daba latigazos en sus cabezas; y el padre de familia volvió a su casa a buscar un vaso y otro y otro… y el fantasma bebía y bebía sin parar y cuando ya se había bebido cinco litros todavía le dijo con ansia:

            -¡Más, más, quiero más! ¡Dame más agua, por favor!

            Luego de quince litros se giraron como espectros y, cuando ya la cabaña quedaba lejos, estallaron en carcajadas. El fantasma que había bebido agua se sacó el tubo que tenía junto a la boca y la bolsa conectada al tubo que, escondida bajo la sábana, contenía los quince litros que acababa de beberse.

            Cada noche era una juerga. Se inventaron un gigante que medía tres metros, con uno de los amigos subido a hombros de otro y la cabeza enorme de un monstruo… una cabeza de quita y pon. Y como en el sur los podían reconocer por sus caballos, para pasar desapercibidos les pusieron, también a los caballos, a modo de gualdrapas, les pusieron sábanas blancas; y capuchas con agujeros; se inventaron palabras misteriosas y se comunicaron con silbidos; todo lo decían en clave. La atmósfera enigmática que se había creado en torno a ellos los hizo aparecer como caballeros para los blancos, y como fantasmas para los negros. Una cruz cuyos brazos ardían y espantaban, con su resplandor nocturno, a los atemorizados negros que creyeron en los fantasmas de sus fantasías.

            Y la broma se convirtió en arma para luchar. El Ku Klux Klan, como nuevo Don Quijote, tal como si fueran caballeros andantes, se propuso defender al indefenso; y el enemigo era el negro brutal y violento, el prescrito que abusaba de las viudas y los huérfanos de los soldados confederados: que eran precisamente quienes abusaban de los negros. El mito se construyó sobre una mentira: y el bueno, que era el malo, castigaba al malo, que era el bueno. Sobre ese mito se construyó el nacimiento de una nación. Así lo pintaría después el cine. Así lo ensalzaría David Griffith: el nacimiento verdadero de una falsa épica; el castigo de la víctima, identificada con el verdugo, a manos de los verdugos, que se creían las víctimas. Así fue como el Klan se opuso a la reconstrucción del país. Porque la reconstrucción que impuso el norte se asentaba sobre el fin de la esclavitud, así como lo pusieron en la decimotercera enmienda. Le ofrecieron el mando al general Lee, “el alma del ejército sudista”, pero lo rechazó porque el Sur no estaba en condiciones de iniciar otra guerra; tenía que actuar en la sombra, y entonces el clan se convertía en el “imperio invisible”, y aquella sería una guerra silenciosa.

            Rescatar al oprimido: y lo harían los granjeros pobres y resentidos. Luchar por la constitución: y lo harían los enemigos de aquella constitución que proclamaba la igualdad de los negros. Ayudar a respetar las leyes: y lo harían sádicos, violadores, destiladores ilegales de whisky, ladrones comunes. Socorrer al que sufre: y lo harían los blancos que causaban el sufrimiento de los negros. Bajo las sábanas del clan había oscuridades en el alma, crímenes, resentimiento, fanatismos, y hasta los negros liberados a veces volvían sus armas contra los otros negros. En medio de este magma donde todo estaba revuelto había, cómo no, jóvenes aburridos. Como los que inventaron el Klan. Que fue un juego que después se alimentó del odio que tenían dentro del odio que crecía hasta derramarse, llegando a las manos, de lo más oscuro que tenían en su corazón: y en su cabeza.

 


5. Peter.

             Luego el Klan enfocó su rabia hacia los extranjeros. Ellos, que descendían de los europeos que habían llegado para expulsar a los indios, no querían que llegaran nuevos europeos. Desde Irlanda, Gran Bretaña, Alemania o Escandinavia embarcaban por millones todos los días buscando la tierra prometida; y los Estados Unidos, que habían ganado y comprado tierras a los reyes desde Méjico hasta Alaska, ahora tenían que repoblarlas; empezó entonces la conquista del oeste. La fiebre del oro llevó a California a miles de chinos. Su silueta triste, con una pértiga al hombro de la que colgaban sus pertenencias, se pintó en el suelo de América en el mismo momento en que se levantaban ciudades en torno a los ríos; miles de aventureros cribaban sus aguas en busca de pepitas: a algunos les sonreía la suerte, otros se volvían a su tierra con las manos vacías; los yacimientos esquilmados se vaciaban de gente y las nuevas ciudades, que habían surgido de la nada mientras buscaban oro, desaparecieron en la nada una vez que se agotaban los yacimientos. Ejércitos de pioneros exploraban las tierras al oeste del Mississipi. Nevada, Texas, Arizona, Nuevo Méjico. Los miembros del klan (o de los clanes, qué más da) se volvieron violentos a medida que sus primeros fundadores, gente acaudalada de la vieja aristocracia del sur, vieron cómo las clases populares se incorporaban al Klan. Cabalgatas nocturnas, amenazas, venganzas, extendieron el terror en medio de las cruces ardientes; llegaron los linchamientos; porque querían una América blanca, anglosajona y protestante, y para ello había que echar a los negros, los católicos, los judíos y hasta los latinos; se llenaron de odio y sangre las blancas sábanas y las fantasmagóricas capuchas.

            Peter nació en una plantación de Alabama. Creció entre esclavos y desde muy niño supo que su destino era trabajar; trabajar gratis porque al esclavo no le pertenecía ni la tierra ni sus frutos, ni el aire que respiraba ni su comida ni sus pensamientos, no le pertenecían, por no pertenecer, ni siquiera los sudores que sudaba; ni la mujer ni sus hijos, ni mucho menos su propio cuerpo, que pertenecía al amo al que pertenecían también su pasado y su destino; su pasado era un barco donde trajeron a sus ancestros: antes del barco no había nada; y su destino era la plantación donde estaba trabajando: más allá de ella para el esclavo nada había. Su presente era la sed, el hambre, la insolación con sus delirios, y sus mareos; la cadena y el látigo, y el capataz, que adornaba el campo como una figura atávica, amenazadora y triste.

            Y un día no pudo soportar el agotamiento. Cansancio era soportar sin queja posible las jornadas interminables. El restallar del látigo cuando tenía que parar porque le fallaban las fuerzas. Pero sobre todo era ver, como una estaca que se le clavaba en lo profundo, la agonía de sus padres. La agonía de verlos envejecer cuando todavía eran jóvenes, y morir cuando tenían que vivir, y estar pletóricos y desfallecer cuando tenían que estar sanos. Su padre murió de unas fiebres que se lo llevaron sin que llegara el médico. Y su madre murió después contaminada, acaso, de las fiebres del marido mientras lo curaba. Cuando Peter se quedó solo ya no había lazo que lo retuviera ni capataces que lo azotaran ni látigos que lo amordazaran: rompió sus cadenas y una noche, al amparo de las sombras, burló barracones, campos y cercas y se fue el norte: allí había oído decir que se habían alzado en armas para liberar a los esclavos. 


            Anduvo días sin parar, días y noches. Alimentándose de plantas y raíces, algún bicho cogido, alguna gallina robada, hasta llegar a un lugar donde vivían los indios cheyenes. Quiso entrar en sus casas y los indios lo cuidaron; y cuando comió y bebió se le fue el cansancio y les contó sus historias mientras ellos le contaban las suyas; supo de Hoja Mellada y Mano Amarilla, y de las guerras que habían tenido luchando con el hombre blanco. Supo también de otros indios que habían conocido a su paso por el norte; dos pieles rojas que, ayudados por Manitú, habían cruzado las praderas buscando a Jerónimo y Toro Sentado; pero el revólver y el rifle habían podido más que  el arco y la flecha, más que el cuchillo con el que cortaban el cuero cabelludo, más que el hacha al que ellos llamaban tomahawk; y tuvieron que acabar fumando la pipa de la paz: que en su caso no era otra cosa más que rendirse.

            Se despidió de ellos. Y antes de llegar al norte lo encontró una patrulla de soldados que le preguntaron de dónde era. Con malas artes se lo arrancaron y lo devolvieron a su hacienda y lo castigaron. Y mientras lo azotaban se acordaba de sus padres, y soñaba con una negra de piel morena y ojos dulces, y vagamente se acordaba de las selvas de África que había oído contar pero nunca había visto. Y volvió a trabajar. Volvió a conocer las bofetadas del sol, el calvario de la plantación, las jornadas interminables. Otra vez le mordió la insolación. Lo dejaron solo como a un perro mientras sus hermanos trabajaban; y vino el techo que se le caía encima, las paredes que daban vueltas, que lo envolvían con sus lenguas, sus troncos ardientes atados con sogas y sus hierbas peladas, todo le daba vueltas con su pesadez, esa pesadez soñada más que física, esa pesadez horrible propia de la fiebre. El mundo perdió sus formas y su sentido y se llenó de sensaciones; simples sensaciones que no significaban nada; formas disueltas en la niebla de la fiebre como un aire hecho grumos, como el cielo en estado coloide, y colores, calores y una serpiente que te apretaba la frente: la serpiente del delirio. Por las noches volvían sus compañeros y lo aliviaban con paños. Estuvo así varios días hasta que ya la fiebre se hizo soportable. Y entonces empezó a soñar. Entonces la pesadilla de los sentidos empezó a convertirse en el sentido de los sueños.

            Vio muchas cosas. Y oyó muchas otras. Oyó el aullido del coyote, que surcaba el aire como un lamento; y le respondió el eco lastimero de una voz, una voz que cantaba, el alma del negro, el soul. Vio a los indios cheyenes poblando la naturaleza. Vio a Jerónimo, vio a los indios sioux. Estaba en las praderas, vio manadas de bisontes, campamentos llenos de tippies, las hermosas tiendas llenas de colores; y se vio a sí mismo abriendo los brazos, piernas abiertas, para dejar que lo llenase el sentimiento de libertad: detrás estaban las praderas y los bisontes; vio a Toro Sentado corriendo junto a la manada y, colocándose al lado de uno, saltó sobre él sentándose sobre su lomo y clavándole el cuchillo sobre la cerviz; luego estaba con los indios en el campamento, las indias estaban tejiendo, la carne se asaba en la lumbre y mientras comían, con la piel del bisonte, una mujer hacía mocasines y se los ponía a su niño pequeño, que reía y saltaba de alegría; otra hizo unos pantalones con hermosos flecos de cuero y se los puso al valiente Toro Sentado; y otro indio sacaba las plumas del águila que había cazado y se las ponía a su corona. Luego vino otra manada y corrían junto a ella rostros pálidos que disparaban como locos, y un disparo, y otro y otro, hasta que fueron cayendo uno a uno y murieron, al final todos los bisontes. Y nadie se hacía ropa con sus pieles ni comía con su carne, exterminio, masacre, hecatombe era la caza del rostro pálido; huella de perdición, tierra hollada pero no habitada, animales extinguidos, y solares esquilmados. 


            Peter se agitaba y había gotas en su frente. Estaba viendo la invasión de la naturaleza. Cómo de vivir en ella se había pasado a hacerla inhabitable, todo por servirse de ella, por servirse más de lo necesario. Vio entonces la persecución de los inmigrantes, y mientras a los indios los perseguían los de ahora a los negros los perseguían los de antes; y a los indios autóctonos expulsados por los blancos sucedieron los negros autóctonos expulsados de África por aquellos americanos que habían sido expulsados de Europa antes de ser americanos. Y vio un indio que le dijo: yo he sido condenado a vivir en la reserva, que es como una tierra de la que no puedo salir, y entonces él le dijo: yo he sido condenado a vivir en la plantación, que es como una reserva de la que no puedo salir y en la que, además, me han hecho esclavo; es como si una anaconda hubiese apretado nuestro poblado metiendo sus tiendas en territorios cada vez más pequeños donde hay menos futuro y menos aire, como el pecho de la víctima es apretado por la serpiente reduciendo el espacio y dejándole cada vez más con menos aire hasta quedarse sin futuro: hasta que muere.

            Y estaban en cautividad. Vio de pronto un trozo inmenso de tierra: el continente africano. La tierra se rajó desde las profundidades allá, por el lago Tanganika, la partió la falla del Rift, fue hace treinta millones de años; y a un lado quedaron las selvas frondosas que crecieron hacia poniente y al otro, donde nace el sol, la tierra se hizo seca y se pobló de sabana: y allí fue donde nació la humanidad, lejos de la vegetación, lejos del paraíso, en una tierra desértica a la que fue expulsada antes de nacer; es como si Dios hubiera elegido un desierto para ponernos en él: no un edén, no un paraíso, como dice la biblia. Y fueron los australopitecos, fue el homo erectus, la humanidad se hizo hábil primero y luego se hizo sabia; es como si sólo pudiéramos pensar después de haber trabajado; o como si el trabajo fuese el caldo donde crece la sopa del saber, nos hicimos neandertales, nos hicimos sapiens. Aquel trozo de África que creció al este del Rift es comparable a un barco que flota en el resto de África, como si África se partiera en dos mitades: una es un barco, un buque errante, una balsa que flota llevándose a la humanidad; y la otra un mar de tierra, una arcadia africana, y así fue cómo África se marchó de África metida en un barco de tierra que transportaba a la humanidad entera; y la humanidad se extendió por Asia, pitecántropos, neandertales, denisovanos, y al hacerse sabia se salió de Europa para probar las tierras de los yorubas, de los mandingas, de los gigantes delgados, de los pigmeos, del Kalahari. Y entonces, cuando por fin llegaron al Edén, vinieron otros barcos que se los volvieron a llevar de África y eran los barcos de los hombres blancos. Un barco de tierra los echó del paraíso, pero eran libres; y otro los volvió a echar, mas para hacerlos esclavos. El viaje hacia el este fueron los horizontes amplios, y el viaje hacia el oeste fue estrechar el horizonte, como si fuera el abrazo de una anaconda, para limitarlo. Peter en su delirio veía barcos y mares, y tierras vírgenes y anacondas, y vio cómo un trozo de África partía a la deriva flotando en el mar, partiéndose en la falla del Rift; igual que la península ibérica, partida en los Pirineos, se perdió flotando en el mar, en la fábula que Saramago había construido, por el océano Atlántico.

            Todo eso lo veía Peter. Y en su cabeza se mezclaban historias reales y cuentos fantásticos. Animales de fábula y bestias auténticas. El mundo que tenemos cerca y los horizontes lejanos. Los indios no querían marcharse y los echaron. Los negros no querían venir y los trajeron. Y ahora que son libres los quieren echar: porque no los quieren en esta tierra si no son esclavos. Por eso tienen que conquistar América: América es tierra de libertad, de aventura, de tierras recónditas e inmensas, América es un mundo nuevo, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego. Los negros son raíces de África arrancadas al suelo; luego perdieron la libertad; y ahora son libertad sin raíces que tiene que volver a conquistar ese suelo. América es ese suelo. No la tierra de los yorubas ni los mandingas ni de los ingas (ni de los incas). Todos somos de fuera y todos somos de dentro. Si rascamos un blanco aparecerá debajo un indio; o un negro; “quien no tiene de inga tiene de mandinga”, dicen en Perú; porque todos hemos nacido fuera de nuestra tierra, todos flotamos en un barco de África, saliendo del paraíso. 


            Barcos, tierras, selvas, mares, desiertos se mezclaban en la cabeza de Peter, enfermo. Blancos y asiáticos, indios y negros. Y de pronto le vino la lógica y se abrió el sentido; como los pétalos se abren adornando la corola, entonces se abrieron sus ojos; y estuvo cuerdo, se tocó la frente, todavía estaba sudando pero le vino la lucidez y quiso escapar de nuevo. Quiso ser americano y libre al mismo tiempo y lo guiaba la luz del norte, un faro que había nacido en América para guiar a los barcos que se habían perdido. Debajo del traje estaba la naturaleza, bajo el uniforme estaba la realidad, las ropas escondían la verdadera esencia de América: pues bajo la esclavitud estaba la libertad y había que partir a su conquista. Peter huyó de Alabama, se fue allí donde los negros cuentan y volvió al sur vestido de uniforme: pero fue el uniforme del norte para luchar contra el del sur; el uniforme verdadero de América debajo de la América de mentira. El norte de vista de águila tenía una gorra que le limitaba la visión y el sur, que estaba ciego, vestía un sombrero de amplios horizontes: como si la realidad estuviese atrapada bajo el uniforme y el uniforme la apretaba como un corsé, para no dejarla salir, como una anaconda. Pero la gorra del norte te obligaba a alzar los ojos levantando el mentón, pera ver lejos; y las alas del sombrero les metían pereza a los ojos del sur, que no se querían alzar, mirando al suelo. Y el norte buscaba lo bueno en lo que parece malo mientras que el sur, limitado en su mirar, creía ver cosas malas donde había cosas buenas, solamente porque latían. La carga del hombre negro era el peso de la esclavitud: Kipling se equivocaba; porque la carga del hombre blanco no pesaba de generosidad, sino de egoísmo; el espíritu civilizador sólo era una mentira y detrás de ella no había más que soberbia, vanidad, dominación y codicia.

            He aquí el sueño de África. Y su pesadilla. He aquí el sueño del indio. Y su despertar. El gigante está dormido. Peter quería hacer hojas con la hierba y se acordaba de Walt Whitman, quería bogar libre por el Mississipi, quería ser el negro de Harlem y se acordaba de Lorca. Le parecía todo un delirio en medio de una borrachera, y entonces se acordaba de Poe. ¿Por qué el indio de Twain tenía que ser malo? ¿Por qué? ¿Por qué eran malos los negros ce Griffith? Debajo de una América falsa tiene que haber una América profunda. Lo viejo latiendo en lo nuevo, viejo y nuevo de verdad, no lo viejo y lo nuevo falsos, que dejan de latir y se congelan. Fin de la guerra. Peter recuerda aquel guisado que comió con los negros libres en su nueva tierra de Alabama: primero fue la carne, luego las patatas, después las judías verdes, luego rectifica la sal, los condimentos. América fue como el guiso que se estaba comiendo. Primero fueron los indios, luego el rostro pálido, después vinieron los negros, los irlandeses y los chinos, y los nuevos europeos vinieron; ninguno por sí solo pintó nada en América, como la carne y las patatas, por sí solas, no hacen un buen guiso; lo interesante es juntarlos todos; fusionarlos, envolverlos, ponerlo todo en común, hacer de todos uno. Así era América para él. Ésa era su Ítaca, su Sefarad, su hermosa tierra prometida.

            La cara de Peter todavía era joven. Pero en su mirada, siempre alegre, ya había sufrimiento. Todo él era bondad, pero había conocido negros malos y blancos buenos, todo estaba mezclado y no como se mezcla en el guiso, sino en la despensa: amontonado; y en su rostro luminoso ya se oscurecía todo lo tenebroso que hay en el mundo. Todavía podía reír: y reía, pues se alegraba porque ahora sabía que era libre de conocer a la hermosa negra que había de poner luz en su noche, sal en su guiso. Peter era libre. Y aquel día paseaba por las calles de Alabama y vio jugar a un niño y vio una víbora junto a su pie y lo empujó para salvarlo y luego la pisó con el calcañar porque quería aplastar el veneno, evitar la picadura. Y como suele aparecer lo falso tapando lo auténtico allí también pareció que empujaba al niño para pegarle, no para matar a la víbora. Los blancos airados descargaron su cólera contra él. ¡Un negro, lo había agredido un negro! Cargaron su odio en cada una de sus patadas, de sus puñetazos, le rompieron los dientes y las costillas y le molieron los huesos y le partieron el labio. La nariz rota, los pómulos, los ojos los tenía amoratados.

            Pero después de descargar su ira vieron la víbora en el suelo. Miraron al niño, que estaba fresco, un poco asustado quizá, pero tranquilo. Y al mirar el cuerpo de Peter sintieron vergüenza y no se atrevieron a moverse. Entre ellos salió una mujer. Una mujer sabia, ya vieja; se veía que era sabia por su frente tranquila y su mirada triste. Sus ojos pacíficos no mostraban ni una gota de rencor, era estupor tranquilo porque bien sabía que la gente, cuando odia, sólo odia porque sufre; y que la urgencia de salvar a la víctima no debe privarnos nunca del cuidado de salvar al verdugo: que es una víctima de sí mismo; esclavo de su afán de esclavitud, ignorante de que un esclavo puede ser libre aunque lo esclavicen. Aquella mujer se acercó a Peter. Su piel negra estaba teñida de rojo y en las heridas comprendió que tendría que quitarle la camisa para curarlo: se la quitó. Le sacó las mangas y le dio la vuelta, y los ojos espantados se vistieron de blanco porque todo lo que veían era negro. Algunos de los presentes temblaron también. Porque su espalda, desde el cuello hasta la cintura, estaba cubierta de culebras, duras como cuerdas, como si en la piel se hubieran clavado miles de alambres rígidos que se retorcían, como arabescos, como relieves en la decoración de un vaso, líneas cruzadas, trenzas, nervios, esparto que algún día tuvo que sangrar, con fiebres espantosas y dolores horribles. Eran, en la claridad desnuda de una piel negra, emergiendo desde la camisa, las mordeduras feroces de un látigo. Y el pasado silbaba como los látigos del tiempo. Porque el tiempo se llenó de cicatrices.

 


 

 

viernes, 25 de septiembre de 2020

 

 

LA NATURALEZA HUMANA

 


-He pensado que al nacer todos somos como los coches. Venimos al mundo con las mismas capacidades, pero unos las tienen más limitadas y otros menos; igual que los coches tienen más o menos caballos dependiendo del modelo que sean. La naturaleza nos ha hecho iguales porque todos somos coches, pero no todos somos de la misma marca; y aun siendo de la misma marca, no todos somos del mismo modelo, de fábrica.

Luis se hallaba sumido en una meditación profunda.

-Sigue.

-También hay coches potentes que han perdido fuerza con el tiempo. Con la edad. A nosotros nos pasa lo mismo, cuando envejecemos perdemos facultades.

-Hm… Habría una psicología de la esencia, que se ocupa de cómo podemos ser al nacer; y una psicología de la existencia, que se ocuparía de la evolución de nuestras facultades por el mundo, de cómo se pueden desarrollar o atrofiar dependiendo de la educación que reciban; y de cómo se pueden deteriorar o potenciar con el paso de los años.

-A la primera pertenecerían todas las tipologías de la personalidad; todas las caracterologías; y la relación entre determinismo y libertad.

-Así es. Libertad es lo que yo puedo hacer con lo que la naturaleza me ha dado. No es realizar deseos que no correspondan a mis posibilidades.

-Y a la segunda pertenecerían todas las psicologías de la edad, de las experiencias ambientales, del desarrollo; que también plantearían una libertad condicionada.

-Libertad sería, aquí, lo que dice Sartre: lo que yo puedo hacer con lo que han hecho de mí.

Luis gemía alargando una m con la boca cerrada.

-Hmm… Claro.

-Pero –dijo Luis, corrigiéndose de repente- es muy peligroso embarcarse en una psicología de la esencia. Podríamos acabar clasificándonos en seres superiores y seres inferiores, desembocando en darwinismos excluyentes e incurriendo en el racismo.

-Ya. Eso puede ser pero que muy, muy peligroso.

-La única opción sería admitir que hay inteligencias múltiples, sensibilidades múltiples, múltiples formas de ser; unas no son superiores a otras, sino que desarrollan, a niveles equivalentes, distintos modos de existir. Las pérdidas de grado, como de casta o naturaleza (Juan se acordaba de Calipso y de Circe) no se deberían a la naturaleza misma, sino al tipo de educación que hayamos recibido: no haría lo mismo de nosotros una educación socrática que una educación de Heathcliff.

-Sí, desde luego. Aunque también la naturaleza podría traer piezas falladas. Un síndrome de Down, por ejemplo.

Juan se hallaba sumido en una profunda perplejidad. Su cabeza lo obligaba a admitir todas esas posibilidades, pero su corazón (Luis) se rebelaba contra ellas.

 

 

            La naturaleza humana era una fábrica de coches. Pero también un juego de cartas. Todos estábamos hechos de lo mismo (espadas, copas, oros, bastos), pero no robábamos del mazo las mismas cartas. Todos robábamos tres, o siete, según el juego que fuera; pero unos tenían más copas, otros más oro y menos espadas, y aun teniendo varias cartas del mismo palo, unos tenían el 7 y otros tenían el as. Sí, todos estábamos hechos de lo mismo; pero no teníamos de todo en las mismas proporciones. Todo está en todo: eso mismo dijo Anaxágoras; nosotros estamos hechos de tres semillas, tres palos: la inteligencia, los afectos y la voluntad; con ellos construimos los pensamientos; la voluntad está hecha de libertad; la inteligencia y los afectos, de condiciones (como los nucleones están hechos de quarks). Nacemos cuando la naturaleza nos da siete cartas, por lo que algunos palos pueden estar repetidos; y las cartas que nos tocan de cada palo pueden ser más afortunadas o serlo menos; ésa es la dotación con que venimos a la vida.

            -Somos como un arpa –dijo Luis-. No somos notas, pero las podemos producir porque estamos hechos de cuerdas. Hay, decía Bécquer, mucha nota dormida en tus cuerdas: “como el pájaro duerme en las ramas”; esperando al maestro, al músico, la mano “que sabe arrancarlas”. Para tocar hace falta un músico, un buen maestro; pero sin arpa no habría música: nosotros somos el arpa.

            -El maestro no nos enseñaría sentimientos si nosotros no fuéramos capaces de sentirlos.

            -Ni nos enseñaría cosas si no fuéramos capaces de aprenderlas.

            -De reconocerlas en nosotros.

            -Ni nos podría enseñar pensamientos si no fuéramos capaces de pensarlos.

            -Ni, por último, podría enseñarnos a manejar la voluntad si nosotros no tuviéramos, en nuestra propia fuerza de voluntad, un instrumento.

            -Eso es mayéutica: sacar de ti lo que tienes dentro.

            -Sacar a la luz los tesoros que guardas. Y dejar dentro, enterrados, los desechos, las basuras, lo que más puede estorbarnos.

            Dijo entonces Luis descubriendo una luz en sus ideas:

            -¡Sócrates se había equivocado! Creía que sólo podíamos fabricar pensamientos, como el esclavo de Menon que dibuja, en la cera prefigurada del espacio abstracto, la relación de la diagonal del cuadrado con respecto a su superficie; Sócrates saca afuera su capacidad de pensar, y lo hace tendiéndole puentes por donde encontrar caminos.

            -¿Y en qué se equivocó Sócrates?

            -En que se olvidaba de que también podíamos fabricar conocimientos. La información que le da el maestro, como cualquier otra información que nos viene del entorno, dibuja, en la cera prefigurada de nuestra mente, formas compatibles con ellas y con ella; la figura es similar a lo prefigurado, y por eso la podemos asimilar; aprender cosas es, verdaderamente, digerir la realidad: asimilar el mundo exterior para convertirlo en nuestro propio nutriente. Si sacar cosas es desarrollar nuestra inteligencia, asimilarlas es también desarrollar nuestra memoria; también podemos sacar estos recuerdos desarrollando nuevamente nuestra inteligencia, y nuestra imaginación.

            -Y todo eso es mayéutica.

            -Claro; pulsar nuestras fibras sensibles para sacar las notas que duermen en ellas.

            A Juan le picó la curiosidad.

            -Desarrollar tus capacidades es aprender: ejercitar la inteligencia, la memoria, la fantasía.

            -Claro. Para despertar una cuerda dormida y arrancarle notas hace falta pulsarla; estimularla, hacerla vibrar, introducirle datos. Unas veces introduces un problema que excita su curiosidad, sus ganas de resolverlo; otras introduces una solución que, excitando también su curiosidad, le dan ganas de seguir preguntando.

            -¿Y qué consigues con eso?

            -¿Con qué?

            -Con excitar las facultades que tienes.

            -Ser feliz.

            -¿Cómo?

            -Uno es feliz ejercitando sus propias capacidades. Como si fueran moldes para fabricar cosas. Y cuantas mejores cosas fabricamos, más felices somos fabricándolas.

            -Eso decía Aristóteles.

            -Exactamente. No basta con tener buenas facultades, además hay que emplearlas bien. Y así, haciendo las cosas que se nos dan mejor, somos más felices. Aristóteles llamaba virtud a la costumbre de hacer bien las cosas. Y cuanto mejor las hacemos mejor nos sentimos. La virtud, el esfuerzo por el trabajo bien hecho, está conectado con la felicidad; una actividad plena refuerza nuestra plenitud; el bien hacer incrementa nuestro bienestar y una persona plena, y realizada, desarrolla plenamente todas las potencias de su ser. 



 

viernes, 18 de septiembre de 2020

LA VENTANA DE CRISTAL (2): DE LA IGNORANCIA

 

 

 

 

LA VENTANA DE CRISTAL  

 2. De la ignorancia.

 


            Las masas de ignorantes salen a la calle a manifestarse contra los médicos, contra los físicos, contra la ciencia. Saben que no hay cambio climático aunque lo digan los físicos. Saben que no existe el coronavirus aunque lo digan los médicos. Saben que las vacunas son malas a pesar de las evidencias. Insisten en que todo lo que vemos y oímos son espejismos y falsedades.

            Un médico es un científico y el científico sabe que es ignorante; pero estos ignorantes no saben que lo son y por lo tanto nunca podrán hacer ciencia; hoy los ignorantes dictan lo que debemos saber y creer y son como sacerdotes que imponen doctrina, como teólogos que fijan los dogmas. Me miro en ellos y no me reconozco: esas gentes no pueden ser nunca espejos que me ayuden a conocerme.

            Los pueblos entran en crisis cuando la élite no sabe mandar y la masa no quiere obedecer: ésa es una idea que le debemos a Ortega y Gasset. Masa es el fondo de los cuadros donde no destaca nada y las élites son como figuras destacadas. Un médico es la élite de la salud pero en la construcción de un edificio un médico sería masa; mientras que un albañil, que poco sabe de medicina, en la construcción sería élite y allí debería mandar más que un médico. Es masa quien no sabe ni poco ni nada y élite quien entiende mucho de algo y un poco de todo; pero es muy difícil encontrar en la vida a gente que no sepa nada de nada. 

 


 

 

 

viernes, 11 de septiembre de 2020

LAS CUERDAS DE SU GUITARRA




LAS CUERDAS DE SU GUITARRA


            Sentí un aire que me cruzaba el pecho. Un aire que no soplaba, indefinible y extraño, era, más que aire, la sensación de una presencia; una presencia inmaterial, aire que no sacudía, sensación que no sentía, soplo que no tenía cuerpo: era, ingrávida y sutil, la sensación de una nostalgia. La sentí cuando me acercaba a la verja. Cuando vi a los viejos plantados en la acera de enfrente, esperando sin esperar, más bien sintiendo pasar el tiempo, con la mascarilla puesta. Rodrigo estaba junto a mí, me daba calor en el alma y me producía tranquilidad, con él me sentía acompañado. Me acerqué a la verja y vi que había dos o tres personas, como si estuvieran en la cárcel, hablando con otras dos o tres que estaban al otro lado. Toqué el timbre. Y mientras esperaba se juntaron en mí ecos de recuerdos que no tenían forma.
            Me habían llamado a casa. Podía ir a recoger la ropa de mamá. La idea de recibir objetos que yo no imaginaba separados de la persona que los llevaba me resultó extraña. Y fue cuando me sentí flotar sobre la realidad, como si estuviera en un lugar en el que no estaba, viviendo en una nube en donde la vida estaba suspendida: fue un suspiro; apenas un momento y luego volví al mundo real; sí, mamá no estaba; mi presencia en aquel lugar sólo tenía sentido para visitarla, pero ahora que yo estaba allí y ella no estaba, ¿para qué estaba entonces? Una iglesia sin altar, un jardín sin flores, un árbol sin hojas, eso era todo aquello; en primavera ya crecían las hojas en los enormes castaños, aquellos gigantes que surcaban el cielo, pero era como si sus ramas estuviesen desnudas; unas ramas robustas y nudosas, como manos abiertas con sus dedos retorcidos: yo no los vi; no me fijé en los árboles y no vi si estaban desnudos o frondosos, pero sé que tenían hojas; lo supe porque me lo decía la lógica, aunque no lo vieran mis ojos, ni lo sintiera mi cara, insensible al aire, volcada en mi mundo interior: en ese mundo donde no hay aire que sopla y vive fuera de las sensaciones, con la sensación rara de no sentir, mis sentidos abiertos al mundo pero cerrados al exterior, no sé, una ausencia de la materia que yo sabía que estaba a mi alrededor pero estaba sin estar; como si los sentidos estuviesen dormidos y el espíritu no se hubiese despertado aún; una sensación extraña, ausente para lo que tenía fuera pero no sensible aún a lo que tenía dentro; esa sensación de estar suspendido, pero no en el aire, sino en un espacio sin aire, se esfumó cuando vino la chica, vestida de blanco, y me habló sin abrir la verja, deteniéndose a cierta distancia sobre mí, yo en la calle y ella al otro lado; en una silla de ruedas había una viejecita ausente, que yo había visto pasearse el alma mientras paseaba yo, en cuerpo y alma, con mi madre; una mujer a la que paseaban sus hijos y yo no sabía hasta qué punto podían hablar con ella, tan fuera estaba de la realidad; sus ojos veían sin mirar, porque quizá tuvieran las mientes volcadas hacia adentro y lo que veían afuera era lo mismo que sus oídos sentían, sensaciones sin forma, pinceladas deshilachadas como esos cuadros que parecen manchas de colores; de colores sin formas o con formas que para nosotros no tienen ningún significado.
            -Date la vuelta detrás de la esquina y espera a la puerta de la lavandería. 


            Le di las gracias y miré a Rodrigo. Rodrigo lo miraba todo como si estuviera en un lugar extraño. Había venido unas cuantas veces a ver a mi madre, conocía el patio, la verja, conocía el salón donde la visitábamos, conocía las otras estancias, la capilla, las sillas de ruedas; los lugares donde se apostaban los viejos a ver pasar el tiempo, silenciosos, mirando por los ventanales como quien mira pasar los aviones en el aeropuerto; veía pasar las cuidadoras, las  enfermeras, por la tarde no estaba la médica, a veces venía la fisio, que iba de mesa en mesa jugando con los viejos para sacarles las risas, contándoles bromas; Rodrigo sentía la capilla, fría, impersonal y austera, con el altar donde unos curas cantaban mientras otros pontificaban; y podría imaginar el salón donde había tocado para la abuela, dedicándole todas las canciones de su guitarra, pero no había micrófono y las cuerdas no se oían en condiciones, y los viejos miraban, unos ausentes, otros presentes, unos sonriendo y otros bendiciendo. Rodrigo fue feliz el día que tocó para su abuela, y su abuela reía, contenta, feliz, presumiendo de nieto, sin comprenderlo del todo pero encantada de que su nieto tocara para ella; Rodrigo recordaba a su abuela, siempre sonriente, excepto cuando el cuerpo le dolía y le jugaba una mala pasada y entonces protestaba y se volvía quejosa. Más allá estaba el comedor, Rodrigo se acordaba bien; y se imaginaba los miradores donde, sentados en los sillones, ante la enorme cristalera, habían pasado alguna tarde celebrando su cumpleaños; y veía en su mente las mesas de la biblioteca donde, con la televisión apagada, habían partido el pastel y habían tomado chocolate; todo bien caliente: se habían gastado bromas y habían roto el tiempo celebrando cosas que normalmente no se celebraban. Sí, Rodrigo lo recordaba todo, pero no recordaba dónde estaba la lavandería.
            Ante su puerta llevábamos un rato hasta que se abrió y apareció María José empujando una silla de ruedas: era la silla de mi madre; sobre ella había un par de bolsas y pude ver que eran los retratos, los pañuelos, las dos mantitas que mi madre quería tanto, las que ella había dado a Mari Jose y a Rodrigo cuando eran pequeños; y que era la que le gustaba que le pusiera en las piernas, para sacarla a pasear, los días de primavera y de otoño; cuando todavía hacía frío pero ya se podía salir al jardín, a la pradera, y perderse en las casas del pueblo, y a veces sentarse en un banco a contar muchas cosas o a cantar canciones, mientras las cigüeñas, con su tableteo, animaban los nidos que había en el tejado de la fábrica; la real fábrica de vidrio, que antaño fabricaba las arañas de palacio, entre las casas a dos aguas de La Granja. 


            Cogí la silla y al tocarla me invadió una sensación indefinible, como si estuviera tocando una realidad que no era mía, y era la nostalgia que la embargaba. Tenía que devolver la silla al centro de salud. Y conservaríamos los pañuelos que Mariano le había traído, del Perú y de Argentina, con los que a ella le gustaba presumir, llenos de colorido que eran la envidia de las mujeres. Y nosotros, y María José, con las mascarillas puestas, a distancia unos de otros, nos contábamos cómo estábamos pasando la pandemia. Que había viejos con muchas enfermedades que, milagrosamente, la habían superado. Que otros, que anunciaban firmeza, habían caído, como mi madre, de manera fulminante, en unas cuantas horas. Que habían pasado momentos muy duros, pero ahora empezaban a levantar cabeza como si todo lo gordo hubiera pasado. Que les habían hecho las pruebas y unos habían sufrido el virus y otros no lo tenían, y otros, en fin, habían sido asintomáticos. Y que se habían hecho los fuertes porque si ellas se hundían ¿quién iba a cuidar de los viejos? Los habían aislado para protegerlos, hacía dos meses que no los podíamos visitar para evitar que les pasáramos la infección, esperando y desesperando, en caso de que la tuviéramos. Y ahora temía el momento en que iba a terminar todo porque entonces sentiría que vendrían juntas todas las lágrimas que no habían llorado. Se me hizo un nudo en la garganta y me fui, sintiendo no poderle dar un beso y un abrazo. Rodrigo me miraba, o estaba observándolo todo, y fuimos a dejar las cosas en el coche y después fuimos a pasear para sentir la libertad que flotaba sobre los montes, allí por donde la epidemia había pasado. Y tuve en el recuerdo a aquella señora de Toledo que cantaba canciones de lagarteranas y cantaba también la fuente del avellano; y a aquel otro señor que gruñía, en su silla de ruedas, cuando alguien se ponía delante y no le dejaba ver la televisión; y parecía muy serio pero se le escapaban sonrisas, socarronas y cándidas, pero socarronas, cuando menos te lo esperabas; tuve en mi mente a la señora que ya había perdido el juicio, y que me apretaba las manos y me las besaba porque me confundía con su hijo, que también tenía barba; y aquella otra señora, cariñosa hasta la médula, que me sonreía y me quería, mucho lo sentía yo, y le gustaba que me acercase a ella y le hablase y entonces me contaba cosas y me enseñaba su lupa, que sus ojos estaban manchados por la mácula; todos habían muerto, y no quise pensar más, porque tantos viejos se habían hecho amigos míos que los tenía dentro de mí y me dolía el corazón cuando los recordaba. 


            Caminamos hacia la salida del pueblo. Dejamos atrás el campo de fútbol, la pradera, las casas de la ciudad, señalé con mi mano al cerro que había ante nosotros, pelado, terroso, con una antena puesta en la cima, donde habían volado los buitres sobre el cuerpo de una vaca, o de una oveja, ¿te acuerdas, Rodrigo, lo reconoces? No, decía él, y entonces yo le decía: el pico de la Atalaya. Entonces abría los ojos y se acordaba de cuando lo había subido con su hermano, y allí, a dos palmos de la cima, tuvieron que darse la vuelta porque él era niño y ya se había cansado.
            -¿Cuántos años tenías entonces?
            -No sé… ¿Ocho, quizá?
            -Puede que ocho.
            Le señalé un peñasco que se asomaba al pueblo por otro lado. Había una roca que parecía una  atalaya, un cuadrado que sobresalía, y yo le dije: ¿sabes lo que es eso? Él negó con la cabeza. Yo le dije que no estaba seguro, pero creía que era el diente del diablo; y le conté la historia de Tomás Segura, y de la cueva del monje, leyendas, todas ellas, que daban nombre a los lugares en los que Rodrigo había estado; y seguimos hablando de los Asientos, y del pinar de Valsaín, donde habíamos ido tantas veces, siendo él niño, y del cerro Matabueyes, el pico de la Gallega, la Boca del Asno; que venía del Montón de Trigo donde nacía el Eresma, y más allá, poblado de lagunas, estaba, entre neveros y riscos, el paraje de Peñalara.
            -Mira, Rodrigo, por aquí he traído a la abuela unas cuantas veces.
            Y le enseñaba un camino, silvestre y pedregoso, que baja por una cuesta hasta un puente bajo el que corría un riachuelo de aguas transparentes; y venía de algún lugar que se perdía, tierra arriba, junto al pico de la Atalaya.
            -¡Hala! ¿La has traído por aquí?
            Asentí con la cabeza.
            -Sudaba la gota gorda con la silla de ruedas. Cuando bajaba la tenía que frenar y cuando volvía a subir chorreaba literalmente de sudor; mira, ¿ves esta cuesta? Por aquí la traía.
            Rodrigo se hacía cruces.
            -¡Pues sí que has paseado con la abuela saliéndote del pueblo!
            -Sí. –Yo señalaba con la mano, a distancia de nosotros-. ¿Ves aquellas casas que hay a lo lejos? La llevaba detrás de ellas y salíamos al campo, allí, por el camino de las Calderas, y luego, volviendo por ese otro lado, regresábamos a la residencia; y cuando llegábamos ya era la hora de tomar el autobús. Otras veces la he llevado allí, hasta los jardines de palacio, y subir por esas cuestas me costaba sudar tinta.
            -¿Empujando la silla de ruedas?
            -Empujando la silla de ruedas.
            Rodrigo hizo un gesto de admiración.
            -La abuela no se puede quejar. ¡Por cuántos sitios la has traído, cuántos paseos habéis dado!
            -Sí –dije sonriendo, satisfecho de haber compartido tantos momentos con mi madre-. Y la fábrica de vidrios, y las cosas de la feria, y los bosques que se abren detrás de la residencia, y que nos llevan directamente al pantano.
            -¿Hasta allí habéis ido? 


            -Hasta allí. Bueno, la mayoría de los días los hemos pasado en la pradera, o allí, en la explanada de la fábrica, junto al estanque, en la fuerte del infante, paseando, sentados en aquellos bancos, o bien tomando un helado; y de vez en cuando la llevaba de excursión. He pasado muchas tardes con la abuela, hemos hablado mucho, hemos recordado canciones, también las hemos cantado. 


            -¿Hablabais de muchas cosas?
            -De cosas de su infancia, sí. De Segovia, del acueducto, de cuando iba a los pueblos en burra, de cuando cosía, de los tiempos del estraperlo, de la parada de caballos… En los últimos años se olvidaba de las cosas y no me podía contar ya las mismas cosas que en otro tiempo me había contado. Se le olvidaron los lugares, las personas, a mí me confundía con mi padre, y a mi padre con el suyo, y a la perra Chuli con Toni, que era el perro que habíamos tenido en Puertollano.
            Rodrigo escuchaba todo lo que le decía. Disfrutaba del sol de la tarde, pues aquél era un día entre lluvias, y luego, señalando encima del palacio, decía:
            -Esa mancha parda y negra ¿es el incendio del año pasado?
            Sí. Habían ardido los árboles que había encima de palacio. Muy cerca de las últimas casas del pueblo. Los vecinos, con las llamas prácticamente a la puerta, debieron estar asustados. El espectáculo debía ser dantesco.
            La tarde declinaba y el sol, en el ocaso, pintaba rayones azules y rojos en el cielo. Rodrigo quiso que fuéramos por el bosque, detrás de la residencia por donde había ido con la abuela al pantano.
            -Ahora no se puede –dije-. Está prohibido.
            -Sí –dijo él-, veo el letrero de refilón.
            -Pero no importa: te llevaré hasta el pantano y después, cuando lleguemos al camino, tomaremos la desviación y llegaremos nuevamente a la residencia; de ahí, luego, volveremos a casa.
            Y así lo hicimos. Rodrigo supo adónde iba ese camino que salía desde la carretera y por el que tantas veces se había peguntado. Y enfilamos luego, dejando el pantano atrás, por las tierras de Robledo, que se perdían por la Mujer Muerta, y luego llegaba la estepa, la tierra estéril, sin árboles, y el cielo tinto en sangre, y el espacio que nos separaba de la ciudad. Fue un hermoso día para mí. La nostalgia de mi madre se unió al placer de estar con mi hijo, la presencia de lo ausente en el calor de su abrazo se hizo presencia, y fui tremendamente feliz: como si hubiera transitado por el camino donde los vivos se juntan con los muertos; donde los tiempos que fueron se prolongan en los que son, y serán, y donde la semilla de aquellos que pasaron crece en los frutos de los que están pasando ahora: mi hijo, cuyo cariño remueve hasta el tuétano las cuerdas que hay al fondo de mis entrañas, las hace vibrar como un violín: que es mi hijo mayor y que tengo ganas de verlo; y en este hijo pequeño que ya se ha hecho grande vibran también, con la misma intensidad y el mismo brío, que no ceja en sus ganas de vivir, unas veces ensueño y otras pasión, saliendo de las otras cuerdas a las que Rodrigo hace hablar cuando las toca: las cuerdas de su guitarra. 




viernes, 4 de septiembre de 2020

LA REBELIÓN DE LA NATURALEZA



LA REBELIÓN DE LA NATURALEZA

1.

            La lectura de Jack London le había producido un auténtico shock. La llamada del bosque. La voz de la naturaleza. Esa naturaleza que es más profunda que nosotros mismos, “regresando hasta las entrañas del tiempo”[1]. Los instintos: “recuerdos de los antepasados convertidos en costumbres”[2]; adormecidos durante siglos; de repente se despertaban.
            Era la historia de un perro. Un perro que había vivido en casa del hombre, “marcado por generaciones de vida doméstica”[3]; pero no dejaba de ser “una criatura bravía, que llegaba de la naturaleza”[4]; debajo de la lealtad, que nace “junto al fuego y bajo techo”, estaba la astucia y la fiereza; debajo de “la influencia civilizadora” estaba “la fuerza de lo primitivo”; era “más viejo que los días que había vivido”[5]; “no era más que un perro”, pero tras él vivían las sombras de otros perros, “medio lobos y lobos salvajes”: ellos “le imponían sus costumbres, dirigían sus acciones”.
            Y de repente sintió la llamada, una auténtica vocación. “Del bosque le llegaba la llamada”[6], una llamada que no lograba comprender; eran “impulsos irresistibles”[7]. Fue un aullido prolongado… “y le resultó conocido y familiar: como un sonido ya escuchado”[8]; “murmullos del bosque, leyendo signos y sonidos igual que un hombre puede leer un libro; y vio al lobo gris”.
            “Lo llamaban estas sombras”… “Resonaba imperiosamente desde lo más profundo del bosque”[9]. Al fin respondió a la llamada; “los recuerdos de antaño acudían en tropel y lo conmovían como en otros tiempos lo habían conmovido de las realidades de los que en estos eran una sombra”[10]. Pero lo que más le inquietó fue que nosotros también estamos atados a “antiguos instintos”[11]; ellos también llaman a los seres humanos “a salir de las ruidosas ciudades y dirigirse a bosques y llanuras”; por debajo de la humanidad vive también la bestia.


2.

            Se acordó de lo que había enseñado años atrás en Fresneda. Educar era someter lo brutal a lo entrañable, aunque si reprimimos el sentir visceral para dedicarnos al sentir cordial algo en nosotros estará muriendo; es lo que le había pasado al perro de London. Sin embargo no aceptaba que por debajo de la humanidad palpitara la bestia; tenía que haber otros impulsos, otros sentimientos, otros instintos. Durante muchos días estuvo preocupado por este asunto; hasta que un día, hundido en el mundo de Herman Melville, la lectura de Moby Dick le dio la respuesta. 


            El ser humano tiene también su propio instinto. Podremos ser necios, sórdidos, truhanes, asesinos, podremos “ser detestables colectivamente”[12] cuando nos disolvemos en nacionalidades; pero el ser humano “en cuando ideal, es algo tan noble y resplandeciente, una criatura tan elevada y luminosa”, que orienta como un faro la esencia crucial de cada individuo; “esta enmascarada humanidad la sentimos en nuestro interior” y le confiere una dignidad que es igual en todos, por encima de los reyes y vestiduras; es, para Herman Melville, “esa democrática dignidad que, presente en todas las personas”, es la “sustancia y centro de la democracia”[13]; él achaca su origen a dios, pero la depositaria de dios es inevitablemente la naturaleza.
            Así pues, la humanidad, la dignidad, son la sustancia misma de la naturaleza humana. Con ella se nace y la sentimos en nosotros, aunque nos olvidemos de ella y tengamos que volver a aprenderla. Por eso piensa Melville que hasta “los más sórdidos marineros, los renegados y los malhechores”, tienen “altas cualidades, aunque sombrías”; por eso ve posible tener con ellos unas “trágicas indulgencias”; porque “incluso los más sombríos, los más degradados quizá, se elevan a veces por sí mismos a las exaltadas cumbres”; don Juan se salvó a pesar de su depravación, Fausto se salvó con su soberbia, y hasta el temido bandolero se salva por su humanidad en “El condenado por desconfiado”. A pesar de todos los errores siempre hay “un manto de humanidad sobre todos” los de nuestra especie. Podremos degradarnos al existir, pero hay un tesoro inagotable en nuestra esencia.


3.

            Aquello desató la imaginación de Juan. Y le dio sentido a todo lo que había dicho en Fresneda. Todos tenemos una doble naturaleza, un doble instinto. Como animales experimentamos un sentir visceral, y como humanos, ese instinto se llena de cordialidad; el sentir visceral brota del deseo y nos lleva a hacer lo que nos apetece, y el sentir cordial brota de la conciencia moral y nos induce a hacer lo que sentimos que está bien; el primero es la fuerza de lo primitivo, de London; el segundo es el sentimiento de humanidad, de Melville. Ambos son instintos: recuerdos de los antepasados convertidos en costumbres. Lo primitivo es míster Hyde en estado puro; lo segundo es el doctor Jekyll, mezcla de primitivismo y humanidad. Pero lo primitivo no es malo si no se rebela contra la humanidad que contiene (aunque Stevenson se confundiese con la supuesta maldad de mister Hyde). Por eso la ética, que es el control de la parte visceral por la parte entrañable, no debe alimentar al corazón a costa de las tripas: ni viceversa; por eso estaba Nietzsche tan acertado cuando lanzaba sus críticas contra esa inmoralidad de la moral; que ésa y no otra cosa es la humanidad cuando se brutaliza. El espíritu animal es amor a la prole, si me apuras a la tribu; el espíritu humano es amor a todas las tribus sin distinciones ni barreras.
            Es bueno que el instinto viva libre, tanto si es animal como si es humano. Porque si se le encadena pierde su naturalidad, y una naturaleza encadenada ya no es naturaleza. La educación, fruto y fuente de la cultura, tiene que respetar las sanas fuerzas naturales; el deporte sirve para hacernos mejores, no para reprimir nuestro impulso (por ejemplo sexual); de lo contrario la educación no desarrollará nuestras fuerzas sino que las desvirtuará. Se produce entonces la rebelión de la naturaleza. Que es, aparte de una desnaturalización de nuestras fuerzas, un hundimiento en la enfermedad. 






[1] Jack London, La llamada de lo salvaje, Madrid, el país, 2004; p. 50.
[2] Ibídem, p. 60.
[3] Ibídem, p. 88.
[4] Ibídem, p. 38.
[5] Ibídem, p. 89.
[6] Ibídem, p. 106.
[7] Ibídem, p. 105.
[8] Ibídem, p. 106.
[9] Ibídem, p. 89.
[10] Ibídem, pp. 107-108.
[11] Ibídem, p. 50.
[12] Herman Melville, Moby Dick (I). Madrid, El País, 2004; p. 167.
[13] Ibídem, p. 168.