sábado, 18 de junio de 2016

Despedida



              Se acaba el curso. Los jóvenes bachilleres serán universitarios. En su despedida se abrazan la alegría y la inquietud, aunque el sabor placentero de bogar los libera del miedo: no tienen tiempo para mirar porque sus bríos están libres; ni tiempo para esperar porque la vida los arrastra. Hoy será su gala y cenarán: detrás espera el futuro, la ilusión de la aventura acecha, largando amarras con el último examen.

 
  
DESPEDIDA

            Algo se mueve en el alma cuando un alumno se va. Es como una metamorfosis. Como toda metamorfosis, también es un viaje interior, un periplo donde van madurando vuestras potencias y vais creciendo por dentro, poco a poco. Como todo viaje, es el descubrimiento de cosas maravillosas que ni sospechabais siquiera; la revelación de vuestros secretos ocultos, la epifanía de vuestro ser. Unos venís por la noche; otros viajáis de día. A unos se os ha hecho tarde y buscáis recuperar el tiempo; a otros os sobra el tiempo y venís a estudiar por la mañana; y hay quien no puede venir  y se asoma al saber, oteando los títulos, desde la distancia.
            Hoy os vais. Me habéis pedido que os deje, a modo de despedida, unas cuantas palabras. Lo primero que se me ocurre es que con vosotros he sido feliz. Hay quien se ha preocupado por aprobar y eso me ha alegrado mucho; pero quienes os preocupabais por aprender me habéis alegrado mucho más; juntos hemos atravesado muchos caminos, hemos abierto sendas a golpe de preguntas; por primera vez en mucho tiempo me he sentido algo más que profesor de filosofía; algo más que un servidor de los programas académicos; a mi oficio de enseñar he unido el de aprender, y con vuestras preguntas he aprendido mucho. No eran clases normales esas que estábamos compartiendo, no; los discursos se hacían mayéutica y tengo que daros las gracias: porque gracias a vosotros he sido más ignorante y vosotros más sabios; habéis sido el rayo de luz que me ha hecho más filósofo y menos maestro; y ese soplo ha llenado de savia la ardua tarea de enseñar, la habéis transfigurado.
            Con vosotros se van algunos compañeros. Para ellos se acaba este viaje y ellos también van a empezar un viaje nuevo: haced verdad que la jubilación es un goce en la libertad y una ventura en la llegada a puerto. Para vosotros, nuestro abrazo. Nuestra gratitud, nuestro respeto. Y los enormes deseos de felicidad que os inyectamos vibrando con alegría, remando al viento.
            Ahora os vais. Cenaremos juntos esta noche y Dionysos os arropará con sus brazos trémulos. Bailaréis mucho y dormiréis poco. Y mañana, cuando despertéis, descubriréis que ya no sois de aquí pero tampoco sois de allá todavía; y se me antoja que será como si estuvierais embarcando para viajar, esperando en tierra de nadie: yo estaré en el puerto, con vosotros, pero vosotros zarparéis y yo me quedaré en tierra. Se me antoja que viajaréis como Ulises, como Colón, buscando la tierra prometida, buscando la persona que queréis ser, saliendo de Ítaca, buscando América. Sólo tenéis que despertar.
Y ahora os vais. Os toca surcar los mares del saber que os llevan, como una odisea apasionante, lejos de vuestro hogar, lejos de casa. Dejáis esta laguna de libros y buscáis otros mares exóticos, otros océanos de sal, otras lagunas más grandes; y como el cielo se os hace pequeño, buscáis espacios más amplios, romper el horizonte, abrir las puertas del mundo, entrar por donde se abren los caminos sin saber siempre adónde iréis, pero seguros de que queréis marcharos; vuestra casa se ha vuelto pequeña. Ahora queréis casas más grandes y dejáis, como Ulises huyendo de Calipso, esa isla que se ha vuelto prisión, donde os cuidaban con mimo pero os sentíais atrapados; porque buscáis un mar sin islas donde ondee, como el viento, la libertad; donde podáis gozar del placer de estar perdidos; porque queréis perderos en el espacio donde se hace camino al andar, porque estáis cansados ya de andar por los mismos caminos y queréis dejar huella, pero en esos caminos están las huellas de vuestra infancia.
Y pasaréis por la isla de Circe donde la aventura de estudiar se quedará atrapada y os engañarán con sus cantos y os convertirán en cerdos: no los escuchéis; vuestro rumbo es saber, vuestro destino es experiencia: experiencia que os abrirá las puertas del conocimiento; no las confundáis con un diploma, no dejéis que os convierta en cerdos el demonio de la comodidad, de las chuletas, que atracará en el puerto de los títulos lejos del puerto del saber, y entonces descubriréis que habéis dejado de ser lo que queríais, porque habréis renunciado a lo mejor por la pereza. 

 

Oiréis cantos de sirena y navegaréis muy cerca de esos cantos. Y habréis de tener la fuerza necesaria para no dejaros llevar por ellos, porque son sugestivos y mágicos y enigmáticos y maravillosos; y os arrastrarán como un imán con sus campos de fuerza, que se cerrarán como remolinos hacia un agujero del que no podréis salir: pozo tenebroso donde mora la muerte y es la negrura sin fondo a la que os lleva el placer (la fiesta, el alcohol, la inconsciencia, la ceguera, las drogas): no os acerquéis al remolino; no merodeéis por las aguas cuyo movimiento atrae sin remisión, atrapados en el imán del que ya no es posible salir, y se alimenta de vuestras fuerzas.
Vendrán caminos tortuosos. Desfiladeros flanqueados por un monstruo a cada lado, Caribdis succionando las aguas para llevaros hasta sí, y al otro lado los dientes inclementes de Escila. Estaréis atrapados entre dos fuegos, entre Guatemala y Guatepeor, sin saber por dónde tirar porque, tiréis por donde tiréis, tendréis la sensación de estar en un callejón sin salida; entre Escila y Caribdis. Pero al final, como Ulises, sabréis salir por donde no se salía y llegaréis al puerto donde os esperaba el tesoro que buscabais. Dos armas poderosas tendréis para salir de allí: el corazón, que señala la meta, y la cabeza, que os marca el rumbo.
            No perderéis de vista el camino. No olvidaréis nunca que si habéis salido de casa es para completar el ciclo de vuestra formación, no para perderos en casa ajena. Como en el país de los feacios, llegaréis a islas donde seréis acogidos con devoción, donde os cuidarán con mimo, donde os recibirán con los brazos abiertos. Pero no será el lugar donde se completa vuestra formación, no será el mundo de Sefarad, no será el puerto que buscabais. Os tocará la lotería y llegará la prosperidad y os desviaréis de vuestra ruta; y procrear por fin en el destino que os buscaba. Pero si volvéis a casa ricos de oro y pobres de espíritu, vestidos de lujo pero desnudos de saber, habrá sido inútil el largo viaje que emprendéis ahora; y coronarán vuestra frente los laureles del éxito, sí, pero en vuestra frente estará el fracaso; pues el dinero lleva a la pereza y la pereza a la angustia, y la angustia lleva a la pobreza porque la pobreza es, como decía Quevedo, una sombra de libertad sembrada en la pereza.
            Habrá días que no haya viento y las velas de vuestras naves no os podrán llevar. Quizá os den los dioses un poco de viento metido en un saco para que lo administréis: no lo derrochéis inconscientemente; no abráis de golpe el saco de los vientos porque se desatará una tormenta que os llevará al naufragio; tras el naufragio, si todavía os quedan naves, ya no tendréis viento que las empuje; y os quedaréis inmóviles, perdidos en el océano, sabiendo adónde ir pero sin fuerza para llevaros, lejos de casa y del destino que habíais querido construir, en el país de la libertad. Si es aliada de la pereza, la libertad es pobreza. Pero si se alía con la impotencia os llevará directamente a la frustración. Al fracaso. No perdáis las alas que os hacen volar. Ni la ilusión que os dice siempre por dónde encontrar el rumbo. La ilusión: siete dosis de corazón y cuatro de inteligencia.
            Os encontraréis por el mundo con brutos que os quieran frenar, como Polifemo; y como Ulises, vosotros los derrotaréis con la astucia, que la cultura es arma poderosa contra la ignorancia; habéis salido de casa para buscar cultura, no para encontrar supersticiones ni coartadas, ni tribulaciones falsas ni embrutecimiento: Polifemo, además de bruto, tenía la vista corta pues el único ojo que tenía le permitía ver imágenes, pero no entenderlas. Perforar el espacio, desplegar posibilidades, abrir horizontes.
            Así también habéis venido a estudiar para abrir horizontes. Ahora os vais un poco más allá, porque los horizontes que habéis abierto son más amplios y ya no cabéis aquí, vuestras posibilidades se han hecho grandes, vuestra casa ahora es pequeña: las personas que os quieren, por amor, os dejan salir y vosotros tenéis la ilusión, y también el valor, de marcharos, también por amor a ellas; pero por amor, por encima de todo, a vosotros mismos. Como la crisálida debe romperse porque ya la mariposa no cabe en ella, así también vuestra casa os abre sus puertas porque os habéis hecho tan grandes que no cabéis en ella. Vuestro destino ahora es viajar. Tendréis que buscar mundo porque buscando mundo os buscáis a vosotros mismos. Y cuando os hayáis encontrado vuestro viaje habrá terminado. Volveréis, entonces, a la tierra que os vio nacer. Para marcharos de nuevo o para quedaros en ella, eso ya lo decidiréis vosotros: pero aquí estarán vuestras raíces. Habréis encontrado vuestro destino y será el ser que hayáis desplegado, saliendo de lo que fuisteis para llegar a lo que seréis, y convertiros, por fin, en lo que siempre habéis sido; en el espíritu de la lámpara que, como lámpara, dormía dentro de vosotros como un genio.
            Una cosa tenéis que saber: que no seáis vuestros propios enemigos como el caballo de Troya, que tenía el enemigo dentro. Muchos peligros habréis sorteado. Muchos retos habréis vencido. Pero el espíritu de lo que seréis no es un virus que os carcome. No dejéis que se os instalen fuerzas extrañas. No os dejéis vencer por enemigos interiores (como el placer, la ignorancia, el orgullo, la temeridad, y la pereza); si no tenéis enemigos dentro, no podrán con vosotros ni los cíclopes, ni los monstruos, ni los cantos de sirena. Dos armas tenéis que podrán con todo: el corazón, que fija el rumbo, y la cabeza, que construye el camino. Ningún placer será tu enemigo si lo busca el corazón y lo guía la inteligencia. Navegad por el mar provistos de estas dos armas. Zarpad en busca de vuestro destino, que es Sefarad, la patria que os espera al final del trayecto: Ítaca, que habréis de reconquistar con vuestras fuerzas, no con la fuerza de los padres; aunque vuestros padres os ayuden en el intento.
            Habéis cargado las provisiones y ahora el barco se hace a la mar. Detrás de vosotros está el puerto. Delante, el océano. En el mástil está el vigía oteando el horizonte, buscando tierra; pero ahora no hay tierra a la vista, ahora tenéis el mar. Y pasaréis por tormentas, por bonanzas, por desfiladeros de islas; estarán los feacios, las sirenas, los cíclopes y lestrigones; os esperará el estrecho flanqueado por Escila y Caribdis. Oiréis entretanto muchos cantos de sirena. No temáis nada si no tenéis dentro ningún caballo de Troya. Ningún temor os amenazará si os guían el corazón de la vela y la inteligencia de la quilla. Estáis bien armados: como don Quijote; habéis velado armas antes de partir. Ahora zarpáis y el horizonte es inmenso. El mar sin límites: la libertad. Que los dioses os sean propicios ahora que salís de vuestra laguna. Porque algún día volveréis a ella.

            Segovia, 3 de junio de 2016. 

 

sábado, 11 de junio de 2016

La muerte de las galllinas





LA MUERTE DE LAS GALLINAS

 

            La gallina yacía en el suelo patas arriba. Sobre ella, el banco salobre de madera cuajado de excrementos. Un huevo bailaba bajo el peso de su propia inercia. La gallina había muerto. Su cresta rígida se hinchaba con el color granate de la sangre. Sus ojos, desencajados, se abrían lívidos al mundo con la ceguera de la muerte. Como salpicaduras caóticas, las manchas verdes, blancas, se cruzaban sobre la madera recia donde había puesto los huevos. Y nada brillaría en sus ojos de cuanto gravitaba alrededor. La gallina había muerto. Sus ojos, incrédulos, se abrían desmesurados al mundo sin creer lo que estaban viendo. Sus ojos no veían nada. La vida los había abandonado. ¡Cuánto dolor, cuánto sufrimiento larvado en la granja de las gallinas! La gallina había muerto. Las tablas oscuras, las sombras siniestras, los ángulos imposibles; las aristas agudas de las sombras, redondeadas en la penumbra, por la luz artificial de las bombillas.
            Sus ojos se salían de las órbitas. Sus legañas, cuajadas de sueño, pugnaban por vencer y cerrarse. Pero no podían. La luz las bañaba, con resplandores de guerra, como una ducha insomne bañada en los insultos. Le vencía el sueño. Y cuando sus ojos se cerraban, disparando con centellas, los abrían despiadadas las luces asesinas de la noche. Un grito desgarraba el alba con la fuerza de un martillo. Un ruido que chirriaba, miles de ruidos abominables, una intensidad escalofriante. El ruido se metía en sus tímpanos, escalaba sus entrañas y le hundía sus piolets en el cerebro. Horribles, pavorosos alaridos estallaban en concierto de terribles decibelios. Y la luz. La luz que se le clavaba en los ojos, aunque los cerrara, la luz: la claridad que le martilleaba por el sueño.
            La gallina había muerto. ¿Había sido de estrés o de infarto? ¿De claridad o de horror? Había muerto de agotamiento. Allí estaban las agobiantes tablas donde las gallinas ponían los huevos. Allí los barrotes justos, las paredes estrechas, la infinitésima distancia donde vivía la gallina desde que ponía. Y la luz que encendía las ventanas. La blanca luz del día. La luz amarilla de la noche. De lejos, la granja parecía un barracón con ventanitas; sería un avión si sus ventanas fuesen redondas, aquellas pequeñas ventanas cuadradas. El lógobre barracón de las gallinas.
            Sobre sus catres, los presos dormían temiendo que se abriese la puerta. Auschwitz, Mauthausen, ¿Treblinka quizá? Era el crudo invierno, las temibles nevadas. Era el frío hostil que aguijoneaba las orejas, sacudía los huesos, se clavaba en las manos. Eran los aguijones de millones de abejas que perforaban la noche, en el infierno de hielo, en la torre invernal. Los alemanes espiaban en lo alto de los miradores. Desde lejos, si lo estuviésemos viendo desde fuera, parecería el barracón de presos la  nave de las gallinas. Una larga casa llena de ventanas cuadradas sobre los camastros de los prisioneros.
            La gallina se había muerto. Su cresta no se erguiría sobre sus ojos jamás: sólo era signo de muerte en su esquelética rigidez. La gallina yacía patas arriba sobre un suelo de excrementos. La rodeaba un guirigay sin sinfonía, un caos de voces huecas, un estridente cacarear. La gallina había muerto. Los huevos que ponían, los gritos de gallinas cluecas, el alboroto de los cuerpos, el batir de las alas que chocaban por los lados, la prisión infecta de aquellos cubículos miserables, todo concurría en una vida sin sentido, sin alegría, una vida triste y desazonada, un universo de desesperación: convertidas en máquinas de poner. Esas horribles tinieblas de la vida, ¡qué ironía!, bañadas por los haces artificiales de una luz que no cesa, unas luces que prolongan la luz del día, unas luces que quitan el sueño, agotándolas despiadadamente, unas luces que matan, cansadas de no dormir.
            El preso está inmóvil, paralizado por la rotura de su sueño, abierto a la luz que mata, monstruoso, insomne, palpitante, en desesperación. El preso no puede dormir. Cada vez que cierran los ojos sus carceleros le sobresaltan, lo fusilan de kilowatios, mientras enchufan a todo volumen la radio que martillea. El hombre amordazado. El preso insomne. La gallina agotada en los estertores de su propio sueño, incapaz de dormir después de tantas interrupciones,  con la cara sucia, el calor de la luz, el sudor del cuerpo, el horror de decibelios, los ojos abiertos, los párpados hundidos, la frente arrugada, como un fantasma, la barba sin afeitar.
            Se abre puerta y gritan a los presos. El kappo los quiere a todos en formación. En el sopor de la noche, acurrucados unos contra otros, temblando de frío (el frío que penetra por las rajas, entre las tablas de las paredes que juntan mal), los presos salen del barracón. Salen desnudos, son las órdenes. Y en el patio, agrupados por centenares en formación, esperan las órdenes del kappo. Hace un frío que pela. Los cuerpos ateridos tiritan en una sinfonía de horror. Silba el aire de la estepa. Y la nieve, helada en el cielo antes de caer, atraviesa como miríadas de estrellas miles de poros y se quedan despiadadamente clavadas en la piel. Una hora. Dos horas. El kappo espera. Cuando por fin da la orden de regresar, los miembros entumecidos ya no sienten frío. Sólo un dolor espantoso que se clava en la médula, y los presos, de nuevo en los barracones, se aprietan en busca de calor. El dolor gratuito. El alimento del sadismo. La práctica del terror. Las largas horas de formación a la intemperie no servían para nada. Solo estaban hechas para inflar el sufrimiento. Sólo eran para hacerles sufrir.
            Yo he visto las fotos del calvario de esos presos. Y he visto el insomnio del triste preso (en una película de Costa Gavras), ansioso por dormir. Pero no había visto el sufrimiento de las gallinas. Jesús, el alguacil, me lo explicó todo. Y así supe que cuando vemos una granja no es una escena bucólica, idílica y tierna, ni las gallinas son los pollitos que acurrucamos en nuestras manos con ilusión; por el contrario, las granjas son máquinas de matar. Y las gallinas, negadas por el ser humano en sus elementales derechos, no son pollitos que han crecido. No son más que máquinas de poner; y a nadie le importa el sufrimiento de las gallinas. Como los campos de Mauthausen o Treblinka, como el prisionero de Costa Gavras, son pobres criatura inmovilizadas, iluminadas día y noche para impedirles el sueño: y los huevos que ponen los vende el granjero, en todas las tiendas y mercados, allí donde hay hombres y mujeres, allí donde hay niños, y compra  los huevos para comer; y los niños, mientras los comen, sueñan en el color de los pollitos (amarillos, dulces, de terciopelo); y no saben que la granja es un campo de concentración.

 



sábado, 4 de junio de 2016

La sabiduría




LA SABIDURÍA 

 

1. Superficie y profundidad.
      Generalmente llamamos conocimiento a la captación no sentida del mundo: al sentir del mundo en nosotros lo llamaos afección. Es como si al conocer tomáramos distancia con las cosas y las sintiéramos pegadas a nosotros.
      Hemos visto que sentir las cosas desde lejos (lo que hacen la vista o el oído) es captarlas en su superficie; y la cercanía (el contacto inmediato con ellas) nos da su profundidad. El problema es que la cercanía (el roce de la brisa, el golpe del vendaval, una bofetada, una caricia) nos hace sentir, las más de las veces sin conocer; y cuando nuestros afectos no llegan a la conciencia no los sopesamos, no los medimos, no los controlamos. Sentir en profundidad es hundirse en el inconsciente.
      Recapitulemos. Los órganos sensoriales de la conciencia son sobre todo la vista y el oído. El gusto, y sobre todo el tacto, pueden aparecer a la conciencia, pero las más de las veces captan las cosas sin darse cuenta. El olfato está a medio camino. El sentido viscerotónico está bajo la piel (en las vísceras), por eso se despierta con el tacto (aunque también pueden activarlo los otros sentidos). El placer y el dolor surgen cuando el estímulo se acerca mucho al órgano que lo recibe (una caricia, un masaje, un pellizco, un destello que nos hiere en los ojos, un sonido con demasiados decibelios). La sensación que conoce recibe el estímulo desde lejos; la que siente lo recibe desde cerca.
      Hay una tercera forma de conocer que nos lleva a la razón poética. Es la que no pone la razón en el conocer, sino en el sentir. El sentir se organiza progresivamente desde la piel (que es sensación pura) hasta el corazón (que es sentimiento complejo). La razón conecta las sensaciones entre sí, utilizando a unas como huellas de las otras; para hacerlo necesita que las sensaciones estén en pasado, nunca en presente (podemos pensar en el fuego cuando nos ha dejado de doler, nunca mientras nos quemamos); el presente nos lleva al sentir, y la ausencia (lo que ya no es presencia, excepto cuando la sentimos con necesidad), al conocimiento. También el futuro, como proyección del pasado (ensueños o anticipaciones) puede ensamblarse, en la razón, con el pasado y con el presente.
      Dos operaciones son propias de la razón: una es la conexión de las sensaciones (ya sean afectos o informaciones), y otra la desconexión de las sensaciones con lo inmediato; la primera es la lógica; la segunda la abstracción; y así, pensar es conectar experiencias sensoriales, fabricar abstracciones y conectarlas; conectarlas también con las sensaciones: ése es el pensar de la conciencia; también está el pensar inconsciente, que ya hemos relacionado con las intuiciones; y con el instinto. 

 

2. La justicia.
            Pensamos en lo que ocurre y lo comprendemos a la luz de las cosas que ocurrieron; así entenderemos también las que ocurrirán. Pero también podemos pensar, dentro de las que nos gustan, en las que preferimos: para eso las comparamos; concluimos que son, para nosotros, unas mejores que otras. Las preferencias se establecen calculando su influencia en nuestra sensibilidad; el cálculo de las influencias se hace prediciendo el futuro a fuerza de sopesar el pasado; el pasado es nuestra experiencia. Pero también buscamos las influencias que preferimos no ya en nuestro futuro inmediato, sino en el futuro a largo plazo; y en otros lugares distintos del lugar en el que estoy; y en otras personas distintas de mí. Ese pensar que va más allá de las consecuencias inmediatas de mis actos es, para decirlo de manera kantiana, un pensar trascendental; un pensar descentrado, que no toma mi yo y mi circunstancia como centro del mundo en el que pienso y desde el que pienso, sino cualquier yo en cualquier circunstancia: ésa es la universalidad moral, que busca el bien mucho más allá del placer egoísta e inmediato.
            Cuando aplico la razón al cálculo de lo que prefiero y me conviene, estaremos hablando de prudencia. La justicia es mucho más. La justicia es lo que conviene a todos y me conviene a mí (aunque en apariencia no me convenga), sin dañar las conveniencias universales (es decir, no circunstanciales) de mis semejantes; mis semejantes son todos los seres que sienten igual que yo, no sólo los que razonan y piensan.
            Para pensar, por tanto, previamente hay que sentir: no al revés, como diría Descartes. Soñar es pensar (inconscientemente), en el futuro y el pasado, desde las sensaciones y los afectos; planificar, sopesar, calcular, es pensar desde la conciencia; y si pensamos en abstracto estaríamos haciendo ciencia. Lo primero es poesía; lo segundo, cálculo; y lo tercero, explicación. En la poesía fluye el deleite; en el cálculo, la prudencia; y en la ciencia, la claridad (estamos tentados de decir: clarividencia). Pero el científico también debe ser prudente y deleitarse en su contemplación. Y hay otra virtud en la que se manifiesta la razón, ya lo hemos visto, que es cuando se asoma al mundo de nuestras preferencias: era la justicia. La justicia es la medida de las cosas sin violar su naturaleza: es justo que un sueño sea dulce y un arrebato violento (lo que no quiere decir que los arrebatos tengan derecho a destruir las cosas dulces). 

 

3. La sabiduría.
            Los impulsos primitivos de nuestro ser, metafóricamente, están en las tripas (para decirlo con mayor propiedad: en el hipotálamo, en la amígdala). Si los reprimimos, destruiremos la fuerza de la vida.
            Luego están los impulsos más elaborados: estos (metafóricamente) proceden del corazón, y no deben ser destruidos por las tripas; pero tampoco tienen derecho a destruirlas; el amor, por muy sutil que sea, es también sexualidad; porque las tripas son las puertas del espíritu. El espíritu es cuerpo o de lo contrario no es nada. Lo más profundo se sumerge en nosotros en lo más primitivo; que, como el mundo cuántico, es de una complejidad enorme y no se reduce a componentes sencillos de la física a escala humana.
            La razón, en sus múltiples caras de prudencia, claridad y justicia, debe respetar los impulsos de la vida, fuente de goce y deleite; porque no está para decirle a la vida lo que debe hacer, sino para escuchar las voces con que la vida le habla, y obligarla a aceptar las consecuencias de sus propios impulsos. La razón debe obligarnos a hacer cosas que no nos apetecen en nuestro tiempo, siempre que sean apetitos de nuestra naturaleza: para que la naturaleza no se pierda a sí misma en sus contradicciones.
            La razón volcada en las tripas es la templanza: que no busca la mesura a costa de reprimir las pasiones, sino la medida que debe tener cada pasión para no destruirse a sí misma; y eso no es prudencia (que es razón limitada por las circunstancias), sino justicia (que es razón ajustada a la naturaleza, y limitada, por consiguiente, sólo por ella).
            El exceso es lujuria, en el sentido en que todo lujo es limitación de la naturaleza con estímulos que superan, y envenenan, la fuerza del instinto; un poco de arsénico es necesario para la vida: demasiado arsénico es mortal. Pero el lenguaje ordinario se ha acostumbrado a reducir la lujuria a la sexualidad envenenada, desnaturalizada por el artificio; en realidad todo el exceso (en el erotismo, en el desear, en el comer) es lujuria; aunque nosotros hablemos, respectivamente, de lujuria,  de avaricia y de gula.
            La sabiduría es el arte de vivir. Vivir es gozar de los impulsos que nos ha dado la naturaleza: viscerales y cordiales. Y para que sea posible ese goce la razón debe servir a la naturaleza, ajustando nuestros actos a nuestra esencia, no a nuestra existencia; potenciando nuestros deseos, poderosos y sublimes, hasta el límite de nuestro ser, no del momento; pues respetar lo que somos no tiene nada que ver con estirar la cuerda hasta que se rompa; pero sí tiene que ver con provocar, en el éxtasis y el ensueño, el estallido de nuestras fuerzas.
            Inteligencia pegada a la vida. Que surge de ella. Y que la sirve. Pues la fortaleza empuja a los sentidos a trabajar para la cabeza. Desarrollemos un poco más lo que acabamos de decir. 

 

4. Justicia, lujuria y templanza.
      Por templanza entendemos el equilibrio; por lujuria, el exceso (tanto en la abundancia como en la escasez; a la escasez la llamamos defecto; a la abundancia, exceso, aunque habría que llamarla más bien hartazgo, si habláramos con propiedad). De una lectura superficial de Aristóteles se desprende que el hartazgo, o saciedad, sería algo así como rebosar de comida; lo mismo que la plenitud: no es así.
      Estar harto es haber comido más de la cuenta. Estar plenos y realizados es haber hecho todo lo que debíamos hacer y, por eso, nuestro ser se llena de satisfacción; no es lo mismo llenarse de satisfacción que de comida; llenarse de comida es comer demasiado; llenarse de satisfacción es hacer lo justo; estar satisfecho no es lo mismo que estar harto.
      ¿De qué nos llenamos cuando estamos satisfechos? ¿Cuando rebosamos plenitud? De satisfacción: que viene de “satis” (“suficiente”) y “facción” (“hacer”); estamos satisfechos cuando hemos hecho lo suficiente, sin quedarnos cortos ni pasarnos; entonces rebosa nuestro ser como una fuerza que nos llena y se sale por los poros. El ser (vale decir: las endorfinas) es un fluido que nos llena sin hinchar, que rebosa sin atascar; como la felicidad que, cuanto más se da, más se tiene. Llamaremos ser al ajuste perfecto entre lo que se tiene que hacer y lo que se hace; entre la conducta y el deber.
      La lujuria es el lujo: tener más de la cuenta. Pero la templanza no es tener menos de lo que se necesita, es tener lo justo para no sentir ni hambre por la carencia ni agobio por el exceso; la virtud es ajuste moral entre la vida y el deber, como hemos visto, y ajuste es justicia; se trata de estar alejado de los dos tipos de sufrimiento, el de la abundancia y el de la escasez: lo justo es lo que necesita, a veces el cuerpo, a veces el alma, y eso no tiene que ver con que la mitad de cero y diez es cinco; la satisfacción puede surgir de un cuatro o de un siete, según los casos. Satisfacción, y por lo tanto plenitud (felicidad), es lo que sentimos cuando nuestra naturaleza recibe la medida justa de lo que necesita; no una medida que marque alguien desde fuera. Si yo doy comida cuantificándola del 1 al 10, el 5 no tiene por qué ser la cantidad exacta de lo que mi cuerpo necesita; porque entonces diríamos que la temperatura ideal es de 50 grados, que está a medio camino entre el cero y el 100; o cero grados, como dice el chiste, que por estar entre el +100 y el -100 no nos daría ni frío ni calor.
      El problema es saber cuál es la medida justa de nuestra naturaleza; y, como no lo sabemos, la calzan con escalas que no le van bien como el príncipe quería calzar en todos los pies de las jóvenes el zapato de cenicienta.
      La plenitud, entendida como hartazgo, es enfermedad: la saciedad del exceso, la lujuria. Pero entendida como satisfacción es templanza; en la templanza estriba no sólo la salud, sino la felicidad.
Todos los vicios conocidos son exceso o defecto: la gula es un exceso de comida; la lujuria es un exceso de lujo; la avaricia es un exceso de deseo; la ira es un exceso de fuerza; la pereza es una falta de ganas. Pero vicio también es dirigir un deseo fuera de su lugar: la envidia es desear lo que pertenece a otro, y la soberbia, ocupar tú solo el lugar que debemos ocupar entre todos; lugar entendido como una valoración excesiva de sus capacidades y de tus éxitos. El miedo es ignorancia unida a una infravaloración de nuestras posibilidades, y la cobardía es una derrota: claudicación ante las amenazas que nos dan miedo (valorar, en suma, tu acción muy por debajo de tu éxito). 

 

5. Empatía y prudencia: la sabiduría.
            Pero     la templanza y la lujuria, que acabamos de  definir como medida axiológica del placer, en la vida diaria se suelen referir a un placer cada una: la templanza, al placer del comer y del beber; la lujuria, al del erotismo. Necesitamos una palabra que se refiera a todos los placeres a la vez y no parece que ésta sea la prudencia: prudencia es la medida axiológica de las consecuencias del placer y del dolor, pero lo que queremos medir ahora es el placer, no sus consecuencias.
            ¿Podríamos llamarlo sabiduría? ¿Qué es la sabiduría? Podríamos definirla como la medida acertada de los placeres; un acierto axiológico, es decir deseable. ¿Cuál podría ser la vara de medir? La empatía, el criterio de no hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros. Veámoslo con ejemplos.
            No me gustaría que me mataran: por lo tanto no debo matar. No me gustaría que me robaran: por lo tanto no debo robar. No me gustaría que me mintieran: por lo tanto no debo mentir. No  me gustaría que me quitaran la libertad: por no tanto no debo encarcelar, ni encadenar, ni vender, ni comprar, ni secuestrar a nadie. Sería lo contrario de la ley del talión: si el talión nos condena a hacernos lo que hemos hecho a otros, la sabiduría nos condena (u obliga) a no hacer lo que no queremos que nos hagan; el talión se refiere al daño, entendido como mal; la sabiduría, al beneficio, que entendemos como bien.
            Pero no sólo son los demás el espejo en el que nos miramos; también lo somos nosotros mismos. En la empatía comparamos nuestro futuro con el futuro ajeno; o incluso más que futuro sería el actuar intemporal, sería juzgar nuestros deseos como si estuviesen fuera del tiempo; mejor aún, como si buscáramos lo que nos apetecería no sólo hoy, sino en cualquier época y en cualquier momento.
            Nosotros somos, también, el espejo en el que nos miramos; en él vemos lo que nos podría ocurrir, y lo valoramos axiológicamente: ¿nos gustaría que nos ocurriera?
            ¿Te gustaría estudiar? No: pues no estudies. ¿Te gustaría trabajar? No: pues no trabajes. Ahora bien, si tomamos esas decisiones podremos disfrutar del momento presente, no del futuro (que sucederá inexorablemente): al no estudiar le sigue el fracaso, al éxtasis de la droga le sucede la resaca, a la pereza le sucede la pobreza. Pero acabamos de decir que nuestro instinto natural no busca sólo los placeres del momento presente, sino también los placeres futuros que se derivan de éstos: y al placer de no estudiar le sucede la tristeza de suspender, al placer de drogarse le sucede el sufrimiento de la adicción, y al placer de la pereza le sucede el dolor de no tener sustento y la insatisfacción, o frustración, de no haber hecho lo que sentía, y por lo tanto sabía, que debía hacer. Hay placeres que terminan en fracaso y placeres coronados por el éxito. Éxito y fracaso se entienden, primero, como consecución de nuestros objetivos, y segundo, como satisfacción en el obrar. Si consigo lo que quiero, materializo mis intenciones; pero si lo logro haciendo lo que no quiero (aunque, de momento, me apetezca), en el fondo no soy feliz. Hay veces en que siento cuál es mi deber; otras veces no lo siento.
            Llamaremos prudencia a la medida axiológica de las consecuencias de nuestros actos. Para ser sabio hay que ser prudente, pero no basta con ser prudente para ser sabio; si, cuando me hago una chuleta, me las apaño para que no me pillen, habré actuado con prudencia, pero no con sabiduría; porque no es justo que apruebe quien no sabe.
            Hemos visto también que la felicidad de la obra debe ser compatible con la felicidad en el obrar: eso quiere decir que el fin no justifica los medios. Si consigo robar mucho dinero sabiéndome infeliz en el robo, el éxito en el objetivo no me garantiza el éxito de mi conciencia (y estamos hablando de mi conciencia moral); no se puede ser verdaderamente feliz si logras tus intenciones a costa de malograr tus sentimientos (y estamos hablando de sentimientos morales); la satisfacción externa te deja muy mermado si se obtiene a costa de una insatisfacción interior; el éxito en tus proyectos, aunque de momento no lo empañe tu fracaso como persona, es una bomba de relojería que acabará estallando; es como construir tu vida sobre bases endebles; como si estuvieras apostando al fracaso, y lo hicieras a través de una cadena de éxitos aparentes sin cimientos que lo sujeten: cualquier sacudida del suelo te traerá la ruina el día más inesperado.
            La sabiduría consta de intuición e inteligencia, pero la base de todo es el instinto. Sabemos que la intuición es la conclusión de un razonamiento inconsciente. La inteligencia es la razón que aflora a la conciencia. Y el instinto es un sentimiento innato que busca su objeto: no porque lo atraiga ningún objeto exterior sino porque busca ese objeto sin saber si existe. Hay instintos básicos como el comer, dormir o resguardarse; instintos superiores como el amor o la estima; e instintos morales, que son los más elevados. Ningún instinto moral debe ir contra los instintos básicos o intermedios; por ejemplo, no se puede impartir justicia reprimiendo los gritos del hambre, la sed o la sexualidad. Pero ningún instinto básico debe reprimir tampoco los instintos morales; prosperar y enriquecerse, por ejemplo, a costa de quitarles a los demás lo que tienen. 

 

            El gran problema es conseguir identificar los instintos morales. Tal joven cree que es éticamente correcto beber y emborracharse porque le han enseñado en casa que eso es normal y deseable. Muchos han crecido creyendo que fumar es de hombres, y que el trabajo de la mujer está en casa, y en los tiempos pasados se consideraba el pillaje y el saqueo como un derecho de guerra. Es decir que tomamos por instintos morales lo que no son más que reflejos sociales: o porque nos los han enseñado en casa, o porque nos los reconoce la sociedad en la que vivimos; y se considera justo lo que es normal, en el sentido de habitual: lo que hace todo el mundo y nadie se escandaliza por ello. Hume lo llamó falacia naturalista.
            El criterio para distinguir los instintos, o impulsos, o sentimientos morales, de los sentimientos aprendidos, debería ser la empatía, a la que también podríamos llamar espejo axiológico: no hacer a los demás lo que no me gustaría que me hicieran a mí (yo como espejo de los otros); no hacerme hoy lo que no me gustaría sufrir mañana (yo como espejo de mí mismo.
            La empatía debe ir de la mano de la trascendentalidad; que consiste en desear no sólo lo que me apetecería ahora, sino también lo que me podría apetecer siempre; y sabiendo que un acto se prolonga a lo largo del tiempo en sus consecuencias; no se trataría, por tanto, de buscar el principio de una acción, sino la acción en su presencia sucesiva. Nietzsche habló de buscar todo aquello de lo que nos pudiera apetecer su eterno retorno, aquello que nos gustaría que se repitiera siempre. Si el placer de hoy me hace mañana desgraciado, no debo perseguirlo, aunque ahora, de momento, me apetezca.
            ¿Debo adueñarme de lo que no es mío? Ahora, de momento, me apetece. Pero no me gustaría que me lo hicieran a mí (empatía). Ni querría tampoco vivir siempre robando. El ladrón se cansa un día de robar porque robar es vivir al acecho, y quiere vivir como un ciudadano honrado; eso sí, con el producto de su robo. En este cansancio interviene al principio la prudencia; pero luego, a la larga, interviene también la sabiduría, el deseo de estar en paz consigo mismo: la necesidad de reconciliarte con tu conciencia moral.
            Porque la inteligencia, que surge de la vida, está pegada a ella y ambas están conectadas como vasos comunicantes; la fortaleza empuja a los sentidos a trabajar para la cabeza: que la sirve. Y el amor es el sentido y siempre debe ser fuerte: pues nadie ama para destruirse ni para destruir, sino para vivir plenamente.