sábado, 24 de enero de 2015

Más allá de Darwin.




MÁS ALLÁ DE DARWIN 


            Avanzar con dificultad. Las últimas generaciones han sido difíciles para los parántropos. Desde que desapareció la selva comen raíces duras, apenas ramas y no tienen tregua; la sabana se ha ido regando con sus cadáveres, agónicos, exhaustos, que se pelan al viento y dejan al descubierto sus crestas sagitales: como los australopitecos. Los australopitecos peinan la tierra y van devorando los restos de la selva. Poca cosa. Una hembra pasea su hambre con la dura cadencia de su barriga hinchada: ese hijo no nacerá; un niño sufre agarrado al brazo de su padre. Muchas lunas hace que desaparecieron los árboles. El frío se los llevó a la nada. El cambio climático los sorprendió con su brutalidad. Vivían entre las ramas, saltando con sus cuatro manos, regodeándose en sus carreras, entre comida abundante, dominando el espacio. Ahora no tienen apenas donde hincar el diente.

            La vida es lucha de la esencia con la existencia; aunque la esencia es, todo hay que decirlo, la parte más profunda de la existencia. La existencia es adaptación, supervivencia, pero la esencia es desarrollo y plenitud: vida; vida verdadera.

            La esencia es lo que somos. Un perro es un mamífero que ladra, la sal común es cloruro sódico, la fuerza es masa por aceleración; la esencia de las cosas es su naturaleza, su consistencia. ¿Su autenticidad? ¿Qué son las nubes? ¿En qué consisten? ¿Cuál es su naturaleza? Ésa es su esencia: aquello de lo que están hechas, su forma y composición, su consistencia natural.

            La existencia es donde estamos. Por ejemplo, yo estoy en el mundo; don Quijote brotó de la mente de Cervantes. Yo tengo una existencia material, pero la existencia de don Quijote es mental. Cada mundo tiene sus leyes. La existencia de don Quijote en el mundo del pensamiento no es la misma que la que tengo yo en el mundo de la materia.

            Diremos, entonces, que la esencia de las cosas es su consistencia (puesto que ser algo es consistir en ese algo). ¿Qué es una estrella? ¿En qué consiste? ¿Cuál es su naturaleza? Pues bien, la esencia de las cosas está en lucha con su existencia. La esencia de algo es su naturaleza. Su existencia es la naturaleza del mundo donde está. La naturaleza de las cosas está en lucha con el mundo donde viven: eso es lo que dijo Darwin. Lucha por la vida, por la existencia; que no es verdaderamente lucha por vivir, sino por sobrevivir.

            Parece que la evolución natural hace que cada especie acabe siendo lo que necesita para existir. Un dinosaurio no tiene plumas; pero si las necesita en el medio donde vive, le acabarán saliendo; así surgieron los pájaros. La necesidad crea el órgano, o más bien la función; modifica los órganos que tiene para que puedan desarrollar funciones nuevas; y así, las extremidades de los mamíferos se vuelven aletas cuando se transforman en ballenas.

            La necesidad cambia las funciones de los órganos; si hay una flor con un cáliz profundo, aparecerá un insecto con un pico largo para que pueda libar su néctar: esto lo vio Darwin. Para que se realice una función hacen falta dos estructuras complementarias: el cáliz y el pico, en este caso. La naturaleza hace que las estructuras se vayan complementando a lo largo de la evolución. Y lo hace, como vio Darwin, por selección natural. La naturaleza no busca tener determinadas formas, sino que se transforma al azar hasta que una de esas transformaciones, casualmente, coincide con lo que necesitaba: al estar adaptada al medio, con esta necesidad satisfecha, puede sobrevivir.


             Los seres de la naturaleza son de dos clases: agobiados y agoniatras.

            Los agobiados (de agon, lucha, y bios, vida) luchan por sobrevivir; su esencia es su adaptación, porque no pueden ser más de lo que el mundo les deja ser; como una cebolla, su ser está hecho de capas superpuestas, y cada capa es una naturaleza distinta, una esencia; los seres agobiados no sobreviven si no se amoldan a los límites del mundo, y deben aplazar para más tarde la emergencia de su naturaleza: porque la existencia es el trampolín de la esencia; plegarse a lo que hay, ser forzados sin ser devorados, es, por una extraña paradoja, el primer paso para dominar; dominamos a la existencia después de haber quedado atrapados en ella; después de que ella nos haya sojuzgado, maniatado; perdemos la libertad de acción hasta un punto de inflexión en que la propia evolución hace que volvamos a recuperarla. El ser agobiado lucha por vencer los peligros que lo agobian: de ahí su nombre.

            Entonces se transforman en agoniatras. Llegados a ese punto los seres vivos, como un pollo dentro del cascarón, pueden romper la envoltura de la existencia y sacar poco a poco lo que tienen dentro. Los agoniatras se derraman por el mundo, materializan sus posibilidades, modelan el mundo a su imagen, se desarrollan: ahora su esencia es la parte más profunda de su existencia. Tener éxito es, para el ser agobiado, simplemente resistir; sobrevivir; para el agoniatra es realizarse con los planos y materiales que tiene dentro: desarrollarse. Uno sobrevive adaptándose, pero vive desarrollándose. No hay seres en el mundo que luchen por el mero placer de luchar: se lucha por tener éxito, por conseguir lo que uno se propone, por hacer realidades con sus deseos.

            Para que haya vida hacen falta dos cosas: el instinto (Schopenhauer) y la ocasión (Darwin); el disimulo aparece entre ellos no sólo como una forma intermedia, sino como un instrumento de ambos. Veámoslas una por una.

            (1) La esencia es adaptación. (Lucha).

            El mundo de los agobiados es el de la existencia, el de estar en el mundo: vivir es adaptarse, y la adaptación conjuga el azar que crea ocasiones con la necesidad (que crea funciones nuevas con los viejos órganos); el motor del ser es la existencia. Para los agobiados, ser es lo mismo que existir, y nadie puede desarrollar lo que tiene dentro si no le deja el mundo que lo selecciona para la vida o para la muerte; la vida es lucha; es el mundo de Darwin.

            (2) La esencia es lo más profundo de la existencia. (Erotismo).

            El mundo de los agoniatras es el de la esencia, el del ser, aunque sea en contra del mundo: vivir es consistir, sacar a la luz lo que tenemos dentro, desarrollarse; el desarrollo es evolución de nuestra existencia impulsada por las ganas de ser, no por la resignación a la existencia que tenemos; aquí el motor de la existencia es el ser. Si en el mundo del agobio la vida es lucha, en el de la agoniatría es erotismo: deseo. Frente a la adaptación, cuyos motores eran la ocasión y la necesidad, el motor es aquí la voluntad en el sentido de Schopenhauer: en los seres inferiores es un instinto atávico, una fuerza vital, pulsión de vida más que de supervivencia; y en los seres superiores es la conciencia. La fuerza vital es finalidad, y frente a la finalidad consciente se levanta la finalidad instintiva, que es el deseo; el deseo es juego (diversión, placer), pero también necesidad: las mismas necesidades que en el mundo del agobio buscaban satisfacerse con las funciones que les eran propias, en el mundo de la agoniatría se satisfacen obteniendo placer; comer, por ejemplo, sirve para quitar el hambre (necesidad vital), pero también para sentir placer (fuerza vital).
           
            (3) La esencia falsa vive en una existencia verdadera. (Disimulación).
           
            O al revés. Es el mundo de los nicófagos, de la existencia aparente en el ser falso: ser no es existir, se es lo contrario de lo que se muestra, se supone que lo que parece (lo aparente, la existencia) es lo que es (la esencia); nada es lo que parece, aunque lo creamos. Hay tres formas de nicofagia:

            a) El mimetismo: propio de la historia, la existencia patética, el drama. Son los animales que se camuflan para subsistir, ya sea engañando a sus presas (para comérselas) o a sus depredadores (para escaparse de ellos).

            b) La impostura: propia de la vida ética. Es el engaño de quien pretende haber superado el estado de vida agobiada sin haber llegado a la agoniatría, y disimula la frustración de no ser esforzándose en parecerlo: para que otros lo crean; porque si lo creen, le dispensarán los honores que necesita su vanidad, disfrutando por adelantado de una satisfacción antes de haberla merecido; movido por la voluntad de placer, que hace trabajar a la conciencia como un instinto atávico.

            Para el agoniatra el mayor placer es el mérito, y la satisfacción de la propia obra bien hecha; para el nicófago, el placer más importante es el aplauso del público; hay nicófagos que son también auténticos agoniatras, como Cristiano Ronaldo.

            c) La simulación: propia de la ética y la historia, pero también del juego, del arte, de la mística. Es ver por anticipado lo que se quiere desarrollar, como un boceto, un proyecto. Es la actividad propia del desarrollo, liberado de las necesidades de su adaptación; propia, por lo tanto, de la finalidad liberada del azar: del erotismo.


            Si contamos el tiempo en millones de años en lugar de contarlo por generaciones, la naturaleza se abre paso. La necesidad vital busca una estructura lógica para satisfacerse, y acaba encontrándola: pero tiene que esperar a que surja la ocasión. En esa lucha desesperada, las víctimas necesitan (necesidad vital) protegerse de sus depredadores; y lo pueden hacer (necesidad lógica) envolviéndose en esqueletos mineralizados; pero esto no puede hacerse en cualquier momento: hay que esperar a que llegue la ocasión; y la ocasión llega (inevitablemente, aunque por casualidad) cuando aumenta la cantidad de oxígeno en la atmósfera y cambia la composición química de los océanos: que, al llenarse de calcio, forman sales con el oxígeno disuelto en el agua y hacen  posible la formación de los esqueletos. Si preguntamos luego por qué disminuyó la escasez de oxígeno que había en la atmósfera primitiva, la respuesta es sorprendente: por la actividad fotosintética de las cianobacterias; que permitieron la aparición de esqueletos solamente por azar, pero desde una estructura lógica, ineluctable y necesaria: que el oxígeno, el calcio, los halógenos y el agua son los ingredientes de las sales, y eso produjo, curiosamente, la ocasión que las presas llevaban millones de años esperando en su lucha contra los depredadores.

            La teoría darwiniana explica muy bien la adaptación, pero no explica el desarrollo; da cuenta del azar, la ocasión y la necesidad, pero no del erotismo que impregna la sustancia de la vida, que introduce la finalidad entre las fuerzas evolutivas; porque la evolución (su propio nombre lo sugiere) es adaptación, pero sobre todo desarrollo. La lucha desesperada también fue lucha erótica, y previamente había sido pseudoerotismo; porque el ser pasó de confundirse con el existir a ser una envoltura que contiene a la existencia. De cómo los seres agobiados se convirtieron en agoniatras y fueron capaces de saltar desde un mundo patético a un mundo ético, estas dos tesis darán cuenta de ello.

            (1) Primera tesis: Darwin es necesario, pero no suficiente.

            Necesario. La naturaleza es lucha por la vida y supervivencia del más adaptado; la selección natural es, así, lucha por la existencia.

            Insuficiente. La esencia es la parte más profunda de la existencia. Yace en el fondo de ella, no viene desde fuera. La esencia, como parte de la existencia, es proyecto, meta, ideal de perfección; en el punto de partida está, como proyecto (y por tanto como esperanza), el punto de llegada; pero el ideal de perfección sólo aparece en la medida que el entorno lo permite, dado que unas veces el entorno es terreno bien abonado, y otras obstáculo contra el que luchar.

            La vida es lucha por existir, pero también por consistir; instinto de conservación, pero también de plenitud; lucha, pero sobre todo erotismo: esencia en lucha con la existencia. Detrás de la visión trágica de la vida (que emana de Darwin) palpita una visión optimista de la vida, pues que la evolución sería una búsqueda cada vez más atinada de la felicidad.

El ideal está preformado en el germen, pero sólo se va manifestando en la medida en que el mundo lo permite. Y es que la epigénesis, en la evolución, no crea formas: selecciona las que ya están formadas.


(2) Segunda tesis: la historia es el progreso hacia los orígenes.

Dentro del individuo hay un fondo esencial, que es su naturaleza, y un fondo existencial que es su historia.

La vida es una semilla de la naturaleza que hay que plantar en la historia; crecerá si el terreno le da los nutrientes necesarios. En la naturaleza humana están los instintos de la especie, y entre ellos están los sentimientos éticos. La historia es una lucha por plantar la esencia en el mundo.

La esencia de la humanidad está en las profundidades de su fondo ontológico, que contiene los derechos humanos. Así pues, los derechos humanos no son una conquista y una invención de la historia, sino una aparición de la naturaleza que  estaba ya ahí, pero oculta tras las necesidades del existir, que no los dejaban exteriorizarse.

La historia es la epifanía de los derechos humanos. La revolución francesa sólo es un capítulo de esa epifanía.

            El instinto de Schopenhauer anda en busca de la ocasión. Las necesidades que laten en él se encuentran con las necesidades del mundo, y este encuentro es como una fecundación que engendra todas las formas; el mismo instinto que en un lugar da origen a los reptiles en otro alumbra a los mamíferos; el mismo reptil que aquí se arrastra por la tierra allí se trueca pterodáctilo surcando los aires, y más allá topándose con el agua se vuelve plesiosaurio; el mismo instinto que en una atmósfera sin oxígeno a duras penas puede protegerse, en otra con cianobacterias engendrará caparazones calcáreos y protecciones acorazadas. El mundo como voluntad y representación, que diría Schopenhauer. La esencia es como una cebolla que contiene todas las formas; sólo afloran a la existencia las que son compatibles con el medio, las que resultan del encuentro del instinto con la selección natural. Por eso la vida es una migración en busca de paisajes; paisajes que saquen a la luz las potencias más fecundas, las formas más delicadas: las más perfectas. Vencerá la selección natural y habrá que adaptarse, pero otras veces vencerá el instinto y se desarrollará aun a costa de la naturaleza. La vida se abre camino contra todo pronóstico. El ideal acabará plantado en la realidad porque echa raíces en ella, y sus raíces serán más fuertes: su realidad será mayor si tiene raíces profundas.  

            Cuando, hace dos millones de años, se produjo en África un cambio climático, desaparecieron los árboles y la selva fue sustituida por la sabana. Los prehomínidos tuvieron que bajar a tierra firme y no necesitaron ya sus cuatro manos: las extremidades traseras se convirtieron en pies y las delanteras, que ya no les servían para saltar entre las ramas, las utilizaron para manejar objetos. Esto sucedió al tiempo que, faltos de alimentos vegetales, empezaron a comer carne. Los nutrientes cárnicos están más elaborados que los vegetales, y el organismo no necesita ya tanto intestino para digerirlos; la energía sobrante fue empleada para alimentar el cerebro, que poco a poco aumentó de tamaño: es la hipótesis del órgano costoso; el cerebro y el intestino son los dos órganos que más energía requieren, y si el intestino libera una parte de la que utilizaba, es el cerebro el que la aprovecha. Fue así como, de una manera casual, su tamaño fue en aumento al tiempo que la mano quedaba libre para actuar conjuntamente con él. El resultado fue un desarrollo espectacular de la inteligencia. 


            El homínido inteligente era capaz de visualizar las herramientas antes de fabricarlas. Y las herramientas fabricadas, forzando nuevos retos, facilitaron el desarrollo del cerebro. Fue así como la naturaleza impulsó la cultura y ésta, a su vez, prolongó el desarrollo de la naturaleza. Pero la cultura es lamarckiana: lo que aprendemos lo transmitimos a nuestra descendencia. Y la naturaleza es darwiniana: no se transmite lo que se aprende. Por una extraña paradoja, la emergencia de la inteligencia hizo que en el proceso de la evolución acabaran colaborando dos mecanismos incompatibles, el de Darwin y el de Lamarck; curiosamente.

            Además, los mamíferos empezaron orientándose en el mundo gracias al olfato; de hecho, una parte muy importante de su cerebro corresponde al bulbo olfatorio. Después se desarrolló la vista, y la vida en los árboles obligó a dominar la visión en tres dimensiones para controlar el espacio y evitar las caídas. Pues bien, la inteligencia no habría podido surgir en un mundo percibido por el olfato; se desarrolló más bien cuando la vista dio paso al oído y aparecieron en el cerebro las áreas de Broca y Wernicke, responsables del lenguaje articulado; y cuando se elevó la laringe facilitando la fonación.

El mundo es la emergencia biológica de la razón, y no se puede reducir la razón a deducción. La razón es capacidad de encontrar significados, orientándose entre signos, y se manifiesta en la inteligencia (donde es consciente de sí misma) y en la intuición (donde no lo es). La actividad intelectual es, por tanto, una de sus manifestaciones, pero no la única. La razón es unidad de lógica y experiencia: la lógica aporta coherencia; la experiencia, como conjunto de objetos coherentes que asaltan nuestra percepción,  aporta verosimilitud y realismo, y reposa sobre la costumbre.

            Anthropos, en griego, es el ser humano. El estudio del ser humano es una antropología. La trama de la esencia en el existir es, evidentemente, el tronco metafísico que subyace a toda antropología.






sábado, 17 de enero de 2015

Palabras para ti...para ti





PALABRAS PARA TI… Y PARA TI


            Somos como los coches que avanzan por la carretera: una fuerza en el depósito de gasolina, una chispa en la llave de contacto, una meta; para conducir, hay un cuadro de mandos; y un buen asiento para estar a gusto.
           

  1. Eres un motor.

Eres una naturaleza que anda y piensa: tu naturaleza consiste en moverse, sólo se están quietos los que no tienen ilusión, los que no tienen vida, y tu vida es el motor de tu existencia: pero no basta con tenerlo, además tienes que usarlo.
             

  1. Eres una fuerza.

La gasolina es la fuerza con la que anda el motor. Tu fuerza es la ilusión, siempre que tengas ilusiones tendrás energía.
Una persona sin ilusión es como un coche sin gasolina: no anda.


  1. Eres una meta.

La ilusión debe ir unida al sueño. Tu sueño es tu meta, tu horizonte, el sitio adonde quieres ir. 
            Hay quien vive con ilusiones vacías y se emociona, pero no sabe por qué.
            Hay quien tiene sueños que no le emocionan, sueños inertes, historias sin fuerza, metas sin interés.
            Y hay quien se propone metas interesantes: sabe adónde quiere ir y tiene fuerzas para andar. Afortunadamente, entre esos estás tú.
            Una persona sin metas en la vida es como un coche que puede andar y no sabe adónde.


  1. Eres una chispa.

Pero por muchos sueños y muchas ilusiones que tengas, si no tienes valor para echarte a andar no arrancarás nunca. El valor es la chispa de la vida. La chispa que enciende el motor, la que enciende la gasolina, la que arranca el coche: tienes un sueño que te emociona y tú tienes la llave, la llave de contacto.  
Quienes sueñan y no se atreven no podrán cumplir nunca sus sueños; no tienen proyectos. Un sueño es un ideal que debe convertirse en objetivo si quieres realizarlo. Hay que prender la chispa que lo ponga en marcha.
Una persona sin chispa es como un coche sin llave de contacto: puede andar, pero no anda.
Es la voluntad, la fuerza de carácter, el atrevimiento.
Pero no la temeridad; no hay que atreverse con las cosas insensatas.


  1. Eres un camino.

Un camino es un mapa. Por mucho que sepas adónde ir, si no sabes por dónde se va estarás perdido. Los sueños te dan la fuerza, tu llave es tu voluntad, en eso consiste ser valiente; pero los mapas te muestran el camino y en eso consiste ser sensato.
            Hay que soñar y decidirse; hay que ser romántico.
            Pero también hay que leer mapas; hay que ser realista.
            El mapa es un camino virtual. El mundo es un camino real. Tienes que cuidar el mundo si quieres caminar por él. No se ensucian las calles por donde se pasa, las mesas donde se come, los váteres que se usan. ¿Te gustaría parar en un área de servicio y que las mesas estuvieran cubiertas de basura? ¿No? Pues tampoco dejes la mesa sin recoger, porque cuando vuelvas a casa te gustará encontrarla limpia. Ni dejes la cama sin hacer, porque una cama revuelta te deprime por el día y te incomoda por la noche. Salir de casa dejando la casa limpia nos cuesta, pero volver a casa y encontrarla en orden nos gusta.
            Lo mismo que has sido valiente para realizar tus sueños, tienes que tener fuerza para limpiar el camino. Lo mismo que eres tenaz para cumplir tus objetivos, también tienes que serlo para cuidar tu casa. No hay que ser desordenado. Ni sucio.
            El piloto usa el coche para llegar a la meta, pero también lo cuida, le mira los filtros, la presión de las ruedas, el aceite, el motor, lo engrasa y le echa gasolina.
            Tú usas tu casa para convertir tus sueños en realidad, pero tienes que cuidarla primero para dormir bien y tener buenos sueños. Tu casa es el coche que te lleva: si la cuidas, vivirás feliz; si te olvidas de ella, algo se descolocará en tu equilibrio; aunque a ti no te lo parezca.
            El mundo es tu casa, tu descanso, tu camino. Para cambiar el mundo tienes que cuidarlo bien: acuérdate de esto.

            Y si prestas atención a todas estas cosas serás feliz. Muy feliz, hijo mío.


EPILOGO

1

            Hay gente que se pasa la vida cuidando de su casa y se olvida de soñar.
            Hay gente que se pasa la vida soñando y se olvida de limpiar.
            Tú, que tienes sueños, ilusiones y chispa, debes tener cuidado; cuidar el coche, cuidar el camino, cuidar tu casa. Entonces serás feliz.
            Muy felices, hijos míos.


2

Somos un motor, tenemos gasolina y tenemos una meta, un camino y una llave. Cada meta crea su propio camino; no se puede ir en coche por el mar ni andar por carretera si vas en barco. El lugar adonde vas es el lugar por donde pasas. Tú quieres ser el que ya eres, y para convertirte en ti mismo no hace falta cambiar de lugar: sólo tienes que realizarte. 
Somos el sueño que queremos ser.
Pues entonces seamos lo que queremos. ¡Andando!





sábado, 10 de enero de 2015

Nacionalismo.






NACIONALISMO


            Se ha separado la península de Crimea, y las provincias prorrusas han declarado la guerra al resto de Ucrania; los irlandeses quieren romper con el Reino Unido; también quiere romper Cataluña con España; Checoslovaquia se ha partido en dos trozos; la región de Quebec dice que no quiere al resto del Canadá; donde estaba Yugoslavia ahora hay países diminutos; Alemania dijo que quería ser nacionalista; hindúes y musulmanes acabaron peleándose en la India; y hasta los partidos de fútbol enfrentan a muerte a una hinchada con la hinchada adversa. Todo rezuma el sabor amargo del nacionalismo.
            O agridulce. El nacionalismo es dulce a los oídos, como aquellos embriagadores cantos de sirena; pero luego se vuelve agrio y te duele en la misma garganta que antes gozaba. El nacionalismo tiene dos caras: una es sugestiva, hermosa, henchida de tentación; la otra es triste, amarga, desencantada y sin ilusión. Detrás de los cantos de sirena espera la muerte. Detrás de los cantos de Circe, acabarás convertido en cerdo. En el caballo de Troya tienes escondida tu perdición. El nacionalismo es una tentación que esconde un castigo. La cara y la cruz: el reverso de la medalla. El haz y el envés son dos imágenes distintas de la misma realidad: una es colorida y vistosa; la otra es mortecina y apagada, no tiene brillo.
            Y las cosas no surgen por generación espontánea. Las provincias prorrusas no se hicieron agresivas porque los rusos les dieran armas; antes, los extremistas ucranianos los habían querido ningunear. También en el Ulster los católicos unionistas habían abusado de los protestantes: y crearon en los católicos el deseo de liberarse; aunque la liberación, por propia inercia, acabó transformándose en venganza. El país vasco fue nacionalista en reacción violenta contra los abusos del franquismo; aunque antes Sabino Arana le diera ya su savia extremista y xenófoba. El primer tercio del siglo XXI Cataluña vio cómo crecía en su seno la simpleza y la demagogia; pero antes la habían despreciado los otros boicoteando la compra de su cava, que es nuestro champán. Alemania quiso quitarles Europa a los europeos; pero antes los europeos la habían asfixiado con un tratado injusto, castigando al país por culpa de su gobierno. O algo parecido.
            Si ahora, en lugar de mirar las causas, nos fijamos en las consecuencias, el panorama no puede ser menos desolador. El ejército de liberación sumió al Ulster en una espiral de violencia ciega; los vascos aplaudían a rabiar a unos gudaris (como ellos mismos los llamaban) que asesinaban a jóvenes maniatados de un tiro en la nuca, mataban a traición y disfrazaban las bombas en forma de juguetes que mataban a los niños; los alemanes asesinaron a millones de personas para recuperar, sobre lo que les habían quitado, lo que ellos llamaban su espacio vital, y los judíos, por las mismas razones, hacen ahora con los palestinos lo que los alemanes hicieron con ellos; serbios y croatas se lanzaron a una locura de limpiezas étnicas; los hutus eliminaban a los tutsis para que no les hicieran la competencia, y los hinchas de fútbol desatan la pelea para vengarse de una hinchada que poco antes se había vengado en ellos.  

 
            La raíz de todo es la propiedad. El sentimiento de propiedad que tenemos todos sobre la tierra en la que estamos. Los españoles se la quitaron a los vascos; a los catalanes. Los europeos se la quitaron a los alemanes; los serbios a los croatas; los croatas a los serbios; a los serbios, los musulmanes; los rusos a los ucranianos; los ucranianos a Crimea; los musulmanes a los godos. Pero ¿quién llegó primero? ¿Los godos? No: antes habían estado los hispanorromanos; y antes los celtas; los íberos primero. Pero aunque encontráramos en un país al que llegó antes que todos, ¿le da derecho eso a considerarlo de su propiedad? ¿América tenía que ser española porque colón llegó antes? ¿El primero que llegue a la luna será el que tenga todos los derechos sobre ella? ¿Qué mérito supone llegar antes? Radovan Karadzic, uno de los carniceros de los Balcanes, gustaba de enseñar las tierras verdes a los periodistas: “¿ve usted?”, decía; “estas tierras de Bosnia estaban llenas de pastores serbios antes de que llegaran los musulmanes”. Supongamos que sea así. ¿Sería suficiente mérito para echar a los que vinieron después y quedarse ellos solos? Pues entonces España debería ser invadida por los africanos; o por los nórdicos; porque antes de que vinieran los romanos había en la península ibérica íberos y celtas.
            La cuestión no es saber quién llegó antes. Tantos siglos han pasado que ya no importa. Los españoles de ahora son herederos de los musulmanes, de los judíos, de los romanos, de los vascones, de los godos, de los íberos y de los celtas; y hasta si me apuras un poco, de los fenicios; y de los griegos. Lanzarse a la aventura de saber quién llegó antes sería una empresa quimérica por imposible; los antepasados se han mezclado; mis vecinos tienen, uno nariz aguileña, otro el pelo rubio, otro el pelo negro, otro el pelo lacio, otro el pelo crispo, otro es larguirucho, otro bajito y hasta seguro, seguro, que alguno tiene rasgos neanderthaloides. ¿Quién llegó primero? ¿Qué sentido tiene esa pregunta? Las razas se han mezclado tanto que ahora somos herederos de todos los pueblos. Y por el principio de entropía, no es posible separar a cada lado los ingredientes que forjaron la raza actual; para ver quién se va y quién se queda; como tampoco es posible separar del agua tibia el agua fría y el agua caliente que se mezclaron para que fuera tibia. La tierra es de todos. Nadie tiene derecho a excluir a los otros para hacerla suya. La savia del nacionalismo se deshace por su base.
            Entonces ¿hay que aceptar que nuestro país es de todo el que venga? Tampoco hay que sacar las cosas de quicio. Un país es una inversión, un proyecto; que está hecho de muchas inversiones y de muchos proyectos. Es como el parchís: sólo pueden jugar cuatro, si vienen otros y quieren jugar con nosotros, ya no es posible; por lo menos hasta que hayamos terminado la partida: luego podremos, si todos quieren, hacer un torneo. Los cuatro que empezaron a jugar no tienen más derechos porque llegaron primero; los tienen porque no se puede desbaratar una partida para empezar otra; al fin y al cabo, los que llegaron después tampoco tienen más derechos que los que llegaron antes. Si un país es una red de proyectos interconectados de manera creativa, nadie tiene derecho a destruirlo para construir otro nuevo; lo que haya que construir, se construirá con lo que tenemos; no sobre las ruinas de lo que hemos destruido. Ningún Nerón tiene derecho a quemar Roma para construir otra más bella. Ninguna Europa se tiene que construir sobre las ruinas de los países que la integran. Ni tiene razón una región insignificante para apartarse de las andas que porta toda la cofradía, dejando a la imagen que se caiga; ningún ladrillo debería retirarse cundo hay riesgo de que se caiga el edificio: el Reino Unido se lo dijo a Escocia; España debería saber decírselo a Cataluña. Pero España, en vez de hablar, parece que vocea. Y Cataluña vocea también. Decía Aristóteles que los animales tienen voz, pero sólo los seres humanos tienen el don de la palabra; si en vez de hablar con razones nos estamos hablando a gritos, me parece que no nos comportamos como personas; sino como animales. 


             Hay una película con la que Buñuel nos proporciona una parábola interesante sobre el nacionalismo: Viridiana. Viridiana es una mujer llena de amor. Pero el amor debe ser razonable. No es lo mismo amar que querer; el que ama tiene un sentimiento, el que quiere tiene en el sentimiento una voluntad: un impulso de que el sentimiento construya sobre el mundo cosas sensatas, buenas. Viridiana deja pasar a los pobres para que coman; y le destrozan la casa. El amor no puede destruir, su naturaleza es constructiva. Todos los niños del mundo tienen el mismo derecho a vivir como viven mis hijos; pero si yo dejo que se instalen en mi casa, su pequeño espacio no podría cobijarlos a todos; y además de no haber encontrado ellos cobijo, mis hijos habrían perdido el que tenían. Yo no puedo alimentarlos a todos con mi pequeño sueldo: si ellos se meten en mi casa, no sólo no podrán comer en ella, sino que dejarán de comer mis hijos también; y lejos de haber resuelto el problema de mil pobres, habremos creado nuevos problemas más: como el de mi familia y mis hijos.
            ¿Entonces, qué hacemos? Poner puertas. Y en los países, poner fronteras. Mi casa es lo que se extiende de puertas adentro. De puertas adentro es mi  intimidad, mi cariño, mi sustento, mi familia. Eso no significa que yo no quiera a los que viven de puertas afuera: pero para ayudarlos a ellos yo no tengo que dejar de ayudar a los míos. Mi casa no es mi casa porque yo llegara primero; es mi casa porque en ella hay un proyecto: mi familia. Para ayudar a los necesitados a crear su propio proyecto no está permitido destruir esos proyectos que ya existen, como Nerón no tenía derecho a destruir Roma para construir otra nueva. Las fronteras no son barreras para la exclusión, sino barreras que protegen.
            ¿Entonces qué hacemos? Construir. Considerar la destrucción como un recurso abominable. Sólo se destruyen las casas que amenazan ruina, no las que sirven. Y entre las casas que sirven, solo se destruyen las que son incompatibles con los proyectos de todos; como una planta que, cuando crece mucho, hay que transplantarla en otra maceta, porque la que tenía se ha hecho pequeña y ya no pueden extenderse sus raíces. A los países pobres los solemos llamar, ya de manera impropia, el tercer mundo. Pues bien: no se construye la felicidad del tercer mundo a costa de destruir la felicidad del primero. Hay dos peligros en esa senda, dos piedras con las que tropezamos en el camino del amor: uno es la indiferencia: el otro es el nacionalismo.
            Indiferencia es no reaccionar ante el drama de los otros. No ponerse a actuar ante la desgracia ajena. Si nosotros ayudamos al tercer mundo conseguiremos dos cosas: primero, que vivan felices; segundo, que no vengan a invadirnos. Nadie quiere marcharse de su país: el que se marcha es porque en su país no vive. La generosidad consiste en ayudar a que los pobres se construyan sus propias casas; no en darles las nuestras para que se instalen; porque, como hemos visto, en nuestras casas no hay sitio para nadie y además nosotros nos quedamos sin ellas. Ayudar no es marcharse para que vengan ellos, sino hacer posible que ellos se construyan sus casas y que nosotros vivamos en las nuestras. Pero mantener esas fronteras no es nacionalismo; es construir nuestro hogar porque todos los seres necesitan su intimidad, el lugar donde se sienten a gusto, calentitos, protegidos: su madriguera.
            Nacionalismo es exclusión en el horizonte del odio. El nacionalista está más preocupado de vigilar sus fronteras que de preservar la calidad de vida dentro y fuera de ellas. Por eso el nacionalista no tiene corazón: ni con su prójimo, ni con los suyos. Al principio tiene un sentimiento de comunión colectiva que inyecta en sus poros vapores de beatitud, de felicidad, a veces cálida y soñadora, a veces embriagadora y útil. Pero luego se vacían esas filtraciones y el nacionalista se queda vacío, empieza odiando a los de fuera, y siempre, inevitablemente, acaba odiando a los de dentro; el peleón que echa a los de fuera ya no tiene con quien pelearse y se pelea con los de su casa y los hogares se parten, se pierden, se ignoran, se acaban disolviendo. Entonces sólo nos queda la frontera: y plantamos en ella una bandera, la agitamos buscando en la agitación las fuerzas que perdimos, la plenitud que teníamos, el ardor del instinto… pero ahora es un ardor guerrero; y lo mismo que antes no hemos sabido construir, ahora nos destruimos. 


            Ayudar a quienes pasan hambre es un gesto de generosidad (de caridad, decíamos antes; de solidaridad, decimos ahora). Pero ayudar no es dar, es enseñar. Dar un pez vale menos que enseñar a pescarlo. De modo que quien ayuda debiera procurar que el necesitado dependiera de sí mismo en lugar de depender de la ayuda; así, con la pobreza desaparecería también la dependencia. Miseria moral es acostumbrarse a vivir la vida de quien nos ayuda, en lugar de vivir la vida propia: ésa es la diferencia entre la limosna y el desarrollo; la limosna degrada al pobre al que hacemos depender de nuestra limosna: y vuelve todos los días a nosotros, para que les demos nuestras migajas a la puerta de la iglesia; aunque lo que le damos no sea lo que nos sobra. La verdadera ayuda es la escuela: la escuela y el pan; la escuela para aprender que el verdadero maestro es el que acaba logrando que no lo necesiten; la verdadera ayuda es la que consigue que al ser necesitado ya no le haga falta ayuda.
            Vivir es ser libre dentro de un hogar: el hogar nos da la seguridad que la libertad nos quita. Un país tiene que ser libre dentro de sus fronteras; si no hay frontera se disuelve su personalidad, su identidad, su proyecto: y deja de ser para pasar a confundirse con el entorno. Al entorno hay que adaptarse, pero no a costa de ser fagocitado por el entorno. Es el humanismo liberal. Desarrollar nuestra personalidad libremente, sin que la libertad atente contra la humanidad que tenemos dentro. Que es lo que hace el liberalismo económico. El humanismo es cosmopolita; la tierra es de todos, pero no como paisaje, porque dentro del paisaje todos tenemos nuestra madriguera. El humanismo defiende una tierra para todos y, dentro de la tierra, una casa para cada uno, un país para cada tierra. Lo contrario, por un lado, es el liberalismo, que te quita la casa para gozar de libertad; y por otro es el nacionalismo, que te quita la libertad para gozar de tu casa. El humanismo es liberal porque no puede levantarse contra la libertad, como hacen algunos “humanismos” (por ejemplo el que se dice marxista); y es humanismo porque le pone unos límites a la libertad: la dignidad de la persona; mi libertad termina donde empieza la de los demás; y viceversa.
            Hay mucha gente que es honesta y se siente al mismo tiempo nacionalista: es porque se confunde; confunde la defensa del hogar con el nacionalismo. El nacionalismo es un falso comunitarismo que tiene forma de tobogán: al principio sabes dónde quieres ir, pero cuando llegas abajo estás donde el tobogán te ha llevado; que no es muchas veces donde querías; también el marxismo, queriendo redimir a la humanidad, acabó esclavizándola. El nacionalismo, queriendo construir, acaba destruyendo, y la gente buena que se apunta a él no se da cuenta. Luego están los otros: los que quieren dominar, los que agitan las banderas. En épocas de crisis lo interesante es unir voluntades, no separarlas: de lo contrario nuestra casa se convierte en una cárcel; nuestra frontera en un muro de Berlín, en una alambrada de espinos, en una muralla de Gaza; de Cisjordania; y nuestra identidad queda reducida a una bandera; entonces nuestro país se convierte en hinchada, y la hinchada vive, en vez de aupar a los suyos, de hostigar al  visitante; y acaba destrozando a los suyos también, como aquel portero colombiano que murió a tiros, cuando llegaba a su país, por no haber sabido parar un gol que le metieron. 





sábado, 3 de enero de 2015

¡Aristóteles era un crack!






¡ARISTÓTELES ERA UN CRACK!


              Los griegos inventaron un concepto muy importante en el gobierno de sus vidas: era la virtud. La palabra que tenían para nombrarla era “arete”: la arete no era una capacidad que nos hubiera dado la naturaleza, sino una habilidad que nosotros lográbamos con nuestro esfuerzo; por ejemplo, hay gente que tiene habilidad para la música, o para la danza (se dice de ellos que tienen el ritmo en la piel): pero si no la desarrollan a base de esfuerzo, nunca serán buenos músicos ni buenos bailarines. De quien toca bien el piano decimos que es un virtuoso; eso es lo que significa la palabra virtud: un esfuerzo por mejorar, por ser cada día más hábil con ayuda del trabajo, con mucho ensayo, mucho entrenamiento, mucha repetición. El virtuoso no llega nunca a ser perfecto, pero siempre está acercándose a la perfección. Como el horizonte, la perfección no se alcanza nunca, pero nos sirve de guía. Un joven con facilidad para el fútbol será un buen futbolista sólo si entrena con disciplina, entregado a su esfuerzo, en vez de limitarse a pasárselo bien cuando juega a la pelota; en vez de disfrutar con lo fácil, sin proponerse retos que le hagan aprender. A un buen futbolista nosotros no le llamamos un virtuoso, esa palabra no está de moda; lo llamamos crack; ser un crack es ser un as, un experto, un genio de la pelota. Ese hacer las cosas cada vez mejor es lo que los griegos llamaban virtud.
            Pero entonces, un ladrón que domina el arte de robar sin que le pillen ¿es también un virtuoso? La respuesta es sí: un virtuoso de robo, un ladrón experimentado, un profesional. Y entonces nos viene a la mente una objeción: ser virtuoso no siempre es bueno, ¿verdad? Pues no. Hay cosas que sería mejor no aprender nunca. Joan Manuel Serrat tiene una canción en la que le dice a una chica: “me gusta todo de ti, pero tú no”. En efecto, uno puede ser un buen futbolista, pero no una buena persona. La capacidad de ser bueno es lo que hay que desarrollar para tener la virtud ética. El problema no es ser bueno en algo; el problema es ser bueno a secas. El que no es bueno en algo es un torpe; el que no es bueno, sin más, no es torpe: es malvado.
            ¿Qué capacidades hay que desarrollar para ser buenos? Para eso hay que saber lo que somos, qué es lo más noble que tenemos, qué es lo que vale la pena cultivar. Aristóteles dice que somos animales racionales: lo que nos distingue del resto de los animales es la razón; por lo tanto no hay que desarrollar la parte animal que hay en nosotros, no hay que alimentar a esa bestia salvaje que tenemos dentro; hay que desarrollar nuestro espíritu: nuestra capacidad de pensar. Pero mucha gente piensa en la manera de hacerse experta en el arte del robo. Entonces ¿qué es esa virtud que nos hace racionales? ¿Qué es eso que nos aparta de la maldad? Aristóteles decía que esa virtud debía tener varias características:
1.      Búsqueda de la perfección.
2.      Conviene hacer muchas veces lo contrario de lo que nos apetece.
3.      En el término medio está la virtud.
4.      la virtud son los hábitos buenos.
5.      Pero consiste, también, en el acto voluntario.
            Mañana tengo examen. ¿Hoy qué hago? ¿Me quedo estudiando en casa o salgo a pasear? Aristóteles preguntaría: “¿qué te apetece?” Salir a pasear. “Pues entonces quédate estudiando”. O viceversa. Si te apetece quedarte en casa a lo mejor es porque ya has estudiado demasiado; entonces quizá te convenga pasear un poco, tomar un poco de aire, descansar.


            Para entenderlo mejor Aristóteles dice que lo bueno es el término medio entre dos extremos. Uno de los ejemplos que utiliza es el del valor: si tengo tan poco que no me atrevo  a nada seré un parado, un pusilánime, un cobarde; pero si peco por exceso tampoco seré valiente, seré un temerario: como esos chicos que, en las Historias del Kronen, apostaban su virilidad a ver quién era capaz de durar más tiempo colgado del puente, sobre la autopista llena de coches que pasaban; arriesgar la vida inútilmente (tontamente, diríamos más bien) no sólo no sirve para nada, sino que es una muestra de estupidez. El verdadero valor, pues, es el que está entre la temeridad y la cobardía, entre el exceso y el defecto; de igual modo la templanza estaría entre la anorexia y la gula, y la castidad se situaría entre la lujuria y la abstinencia; lo mismo cabe decir del beber como del comer. De tal modo que a cada virtud no le corresponde un vicio, sino dos: uno por exceso y otro por defecto. La virtud del buen beber está entre la abstinencia y la borrachera. No se trata de ser abstemio; se trata de beber bien.
            También podríamos preguntarnos: si esto fuera así, ¿no sería preferible sacar un 5 en el examen en lugar de un 0, que es el defecto, o de un 10, que está pecando por exceso? La respuesta  es no; no hay que confundir la moderación con la mediocridad; y el término medio nos ayuda a ser moderados, no a ser mediocres. También podríamos decir que el beso de amor no se debe dar muy soso ni muy fogoso: ese beso o es fogoso o no es beso. Hay cosas que no se deben dejar a medio camino; hay que hacerlas hasta el final.
            Claro. Hemos dicho con Aristóteles, siguiendo la tradición griega, que la virtud es la búsqueda de la perfección: lo virtuoso, los excelente, lo óptimo, lo bueno, es sacarse un 10, no un 5; 8 ya es notable (se empieza a notar) y 10 es sobresaliente (destaca sobre la masa de los 5 y de los 8). Pero ¡ojo! Tenemos que acercarnos a la perfección sin perder el equilibrio, y en el equilibrio está la salud. Si yo, que tardo media hora en hacer una carrera, quiero tardar algún minuto menos, tengo dos opciones: o fuerzo mi naturaleza por encima de mis límites (y nos puede dar un paro cardiaco) o empiezo a doparme (y mis límites naturales también me pasarán factura). Lo ideal es sacar el máximo rendimiento de mis facultades dentro de mis límites; si para sacar un 10 tengo que encerrarme en casa sin expansión, sin amigos, sin hacer ejercicio físico, entonces es mejor que me quede con un 8; pero aquellos que puedan sacar un 10 sin menoscabo de su salud, si eligen quedarse en el 8, serán unos mediocres; habrán conseguido sacar vicio de la virtud.
            La virtud es un hábito, sí. Y el hábito se obtiene por repetición de los mismos actos. Si yo me acostumbro a levantarme pronto y lavarme y desayunar en condiciones, también puedo acostumbrarme a levantarme tarde, no lavarme y salir de casa sin desayunar: sí, pero el primer hábito favorece el equilibrio, te permite estar en compañía de la gente (sin que les moleste el sobaco ni te huela el aliento); es, entonces, un hábito saludable, una cuestión de higiene, un hábito bueno. Entrenarse en el deporte, ensayar en la danza, la música o el teatro, es lo mismo que adquirir hábitos en la vida corriente: eso se hace repitiendo siempre los actos saludables, y  requiere esfuerzo; el esfuerzo es la costumbre de hacer lo bueno aunque nos cueste, rechazando lo malo aunque sea fácil; el hábito de esforzarse nos ayuda a forjar nuestro carácter, en eso consiste la disciplina. Disciplina no es obedecer las órdenes que te dan, sino ser tú capaz de darte tus propias órdenes; o sea, no necesitar que te mande nadie, ser, como decía William Hemley, ser tú mismo el capitán de tu alma, ser tu propio dueño: señor de ti mismo. Ya lo decía Unamuno: la disciplina es cosa del discípulo, no del maestro; no se trata de obedecer a los demás, sino de obedecerte a ti mismo. Para eso tienes que haber sido capaz de forjar tu propio carácter. 


            Aquí desembocamos en el acto voluntario. Un acto es voluntario cuando se hace en cuatro etapas: representación de los fines, deliberación, decisión y ejecución; veámoslas una por una.
            Lo primero que tenemos que hacer es saber lo que queremos. La palabra “querer” es ambigua, porque tiene varios significados. Por un lado significa capricho: “no quiero” significa “no me apetece”, “no me da la gana”, e incluso lo decimos como si fuéramos el rey: “no me da la real gana”. El capricho es la sensación de tener mucho poder cuando en realidad somos impotentes. De creer que somos nosotros quienes decidimos cuando es nuestra barriga la que decide. El anhelo de placer nos tiraniza, dejarse llevar por los deseos es ser esclavo de la barriga, pero como el más caprichoso es el que tiene mucho poder y poco control, creemos que dejar que manden nuestros instintos es hacernos reyes del universo, y nos enorgullecemos de ello; y entonces decimos que manda la barriga, pero en su parte baja: “no me sale de los cojones”; y nos creemos muy machos y muy gallitos. Fernando Savater, siguiendo una idea de San Agustín, dice que eso no es voluntad. Voluntad es dejar que mande la cabeza, pero cuando manda el vientre es ausencia de voluntad: “noluntad”, diríamos en latín.
            Representarse los fines es saber lo que queremos: voluntad, no noluntad, que es el capricho. Cuando obedecemos órdenes tampoco hacemos lo que queremos, sino lo que quieren otros. Otras veces hacemos lo que tenemos costumbre de hacer. Una costumbre, para ser buena, tiene que haber sido elegida libremente, no por capricho. Si he cogido la costumbre de emborracharme todos los sábados puede ser porque me he dejado llevar por la costumbre de los otros, y quiero hacer igual que ellos (soy esclavo de la moda); o porque los otros me darán de lado si no hago como ellos (presión de grupo: el grupo manda en mí); o porque tengo debilidad por la bebida (y pienso con el vientre en vez de pensar con la cabeza). Para Aristóteles, cualquier cosa que hagamos será buena si la hemos pensado con la cabeza. El vientre suele equivocarse, la razón no. Aunque Daniel Goleman corrige a Aristóteles insistiendo en que la inteligencia debe hacer caso de la voz de las emociones. Y define la inteligencia emocional precisamente con una frase de Aristóteles:
            “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”[1].
            Diremos, entonces, que para saber lo que tenemos que hacer las fuerzas del vientre no deben tiranizar a las de la cabeza; pero eso no quiere decir que la cabeza deba tiranizar al vientre, porque entonces nos convertiremos en unas máquinas; la cabeza tiene la última palabra, sí, pero siempre después de haber escuchado al vientre; sobre todo al corazón.
            Ya sabemos lo que queremos hacer: ahora se trata de ver como lo hacemos. Deliberar es reflexionar sobre los medios que vamos a emplear para conseguir nuestros fines. He decidido que quiero aprobar: ¿cómo? Una forma de hacerlo es estudiar; otra es copiar haciendo chuletas. Reflexionemos sobre los pros y los contras: si estudio se me quedará en la memoria lo aprendido, y el próximo examen (que supone el conocimiento de lo aprendido en éste) me resultará más fácil; por el contrario, si hago chuletas cada nuevo conocimiento me resultará más difícil que el anterior, se me acumularán las dificultades, se hará una bola de nieve y cada vez me sentiré menos seguro y más frustrado. Me conviene estudiar; la opción de las chuletas no es buena.
 


            Los Estados Unidos querían ganar la guerra del pacífico. ¿Cómo? Tenían dos opciones. Seguir con una guerra convencional, y según sus cálculos moriría cerca de un millón de personas; o lanzar la bomba atómica y sólo morirían cien mil; optó por lo segundo. Cuando un equipo de fútbol quiere ganar la liga y la champions, a veces puede elegir perder un partido (en liga) para ganar otro de la champions que es más importante. La deliberación es un juego de medios y fines en donde la reflexión decide lo que es mejor en cada caso.
            Ya hemos elegido. Y hemos deliberado. Ahora toca decidirse. La decisión es la piedra de toque del acto voluntario. Mucha gente sabe lo que le pasa y lo que le conviene hacer, y sabe cómo hacerlo, pero no se decide: no se atreve. ¡Tantas vueltas les damos a las cosas cuando no nos atrevemos a actuar! Hay quien recurre a sus trucos para obligarse a  decidir: un estudiante sabe que debe estudiar tantas asignaturas, pero duda de sí mismo; entonces, para obligarse, se matricula en todas ellas y se gasta un dineral; piensa que para no perder el dinero no va a tener más remedio que estudiar. ¿Lo conseguirá?
            Eso dependerá del último paso: la ejecución. Ser decisivo, ser resolutivo, es la forma que toma la fuerza de voluntad cuando hemos dado un paso adelante; pero cuando tenemos que sacar adelante lo que hemos decidido esa fuerza se llama empeño, constancia, tenacidad. Hay personas muy decididas pero poco constantes; y al revés, otros trabajan con ahínco con la fuerza de las hormigas pero necesitan que otros decidan por ellos. Lo ideal es que decida el mismo que ejecuta: en eso consiste la virtud ética, la fuerza de carácter. En el gobierno de nuestras vidas el que manda debe ser el mismo que obedece. Y debe ser también el mismo que piensa. Podremos escuchar las opiniones de los demás, pero nadie debe pensar por nosotros. La liberación de la mujer no consiste solamente en que la mujer acceda al trabajo (eso se ha conseguido en los años sesenta donde para trabajar tuvo que ponerse pantalón y cortarse el pelo: fue la moda “à lo garçon”); consiste, sobre todo, en que acceda a los centros de poder, a la toma de decisiones; y ésa es una cuestión que sigue estando pendiente.
            Todo eso lo encontramos en Aristóteles. Aristóteles está de rabiosa actualidad, como vemos. Él nos  enseñó que la virtud consiste en hacer bien las cosas. Y que lo que mejor debemos hacer es trabajar para ser buenas personas: desarrollar nuestra personalidad, forjar nuestro carácter. El carácter entre los griegos era la inscripción, el rostro que había grabado en las monedas. Forjar nuestro carácter es elegir el personaje que queremos ser, la moneda que queremos manejar; grabarlo en nuestras vidas, para que no se borre. Ese personaje no lo tendríamos que elegir por capricho, ni porque lo han elegido nuestros amigos, ni porque está de moda; deberíamos elegirlo voluntariamente, buscando perfeccionar lo más noble que hay en nosotros, luchando contra la barriga, contra lo superfluo, contra lo fácil, tomando siempre la decisión de adquirir los hábitos buenos. No se trata de ser como Ronaldo, como Beckham, o como esa modelo que muestra en la pasarla su esqueleto de figura anoréxica. Nuestra personalidad no debe ser un rostro valleinclanesco, un espejo deformante, un esperpento. ¿Por qué no elegir ser como Aristóteles? O como Gandhi; o como Malala, o como Satyarthi. Hacer de nuestra vida una obra de arte, no una mala copia de un mal cuadro. ¿Eso nos decía Aristóteles? ¿Eso nos decía Grecia hace más de dos mil años? ¡Qué cosa! ¡Y yo que creía que los que vestían con toga eran unos carrozas! ¡Aristóteles es un crack! 



[1] Aristóteles, Ética a Nicómaco, citado por Daniel Goleman en Inteligencia emocional (1995), Barcelona, Kairós, 2000; p. 9.