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sábado, 31 de octubre de 2015

De la razón a la vida (1)





DE LA RAZÓN A LA VIDA (1)

 
             El mundo es la emergencia cronológica de la razón. La razón no es sólo la estructura de las formas, sino también la energía que las impulsa.
          Las formas dinámicas se mueven atraídas por sus complementarias, como si cada una funcionara como un signo que solamente llama a las formas afines; como si todo lo que hay en el mundo estuviera en una perpetua búsqueda de su media naranja. Por ejemplo, cada anticuerpo actúa sólo sobre un antígeno (sobre el virus que está preparado para identificar, no sobre los otros). Y cada enzima se activa sólo con un tipo de sustancia: la que se ha especializado en atacar (por ejemplo, la fosfatasa sobre el fosfato).
            La razón es dinámica, y la energía es un producto de la razón; también lo es el mundo de la materia inerte, el reino mineral; y el de la conciencia. Sus formas son, por orden de complejidad, la causalidad, la teleonomía, la teleología y la autoconciencia.


La muñeca rusa.

     Las mariposas pasan por la fase de huevo antes de convertirse en larvas, y por la de larvas antes de transformarse en crisálidas; cada estadio de su metamorfosis es como un envoltorio al que hay que acceder para llegar al otro; y como no se puede llegar a las habitaciones sin pasar antes por el vestíbulo, así tampoco puede el huevo convertirse en crisálida sin pasar por la fase de larva; no se pueden saltar fases, no se pueden quemar etapas; el jugador de ajedrez no puede sacar al alfil si no ha roto primero la barrera de los peones; solo el caballo puede saltarla.
Todas las posibilidades envueltas unas en otras formarían una especie de huevo; un huevo que contiene numerosas capas: ésa es su estructura concéntrica. Cada ser tiene su futuro codificado en su propio huevo de posibilidades, que contiene las posibilidades propias de su naturaleza; las de un reptil, por ejemplo, no son las mismas que las de una araña y por eso el devenir de cada especie es distinto; el genoma de una araña (el huevo de sus posibilidades) impide que la araña se convierta en reptil, en mamífero o en mosca; sólo puede convertirse en araña. 


El huevo cósmico.

¿Podría haber un huevo que contuviera todos los huevos? ¿Un genoma en el que estuviera codificado todo el devenir de la tierra, del sistema solar, del universo entero? Ese huevo de huevo sería el huevo cósmico. Existiría antes de que se formaran todos los seres del mundo, antes de que surgiera el universo.
Pero los proyectos también forman parte de la realidad. Hay realidades germinales y realidades nacidas, aunque llamamos realización a la transformación de las primeras en las segundas; en lenguaje cotidiano llamamos, por abuso de lenguaje, realidad solamente a las realidades nacidas, como si negáramos la condición de realidad a las realidades germinales o virtuales (es decir, a las realidades no nacidas).
Llamaremos ontotaxia a la inmanencia. La trascendencia es ontosemia.


Causalidad.

            La causalidad es tendencia; fuerza insensible. Una piedra tiende a caer porque la atrae la fuerza de gravedad. La causalidad es inercia. Los individuos movidos por causas naturales están programados por la naturaleza para reaccionar sin sentir; para dejarse mover por fuerzas exteriores a ellas.


Teleonomía.

            La teleonomía es reflejo, fuerza sensible. La raíz de una planta se mueve hacia la tierra porque se siente atraída hacia ella, y este geotropismo no es causalidad pura, porque va acompañada de sensibilidad; y la sensibilidad es deseo; podríamos decir que la planta siente la atracción de la tierra a diferencia de la piedra, que no siente la fuerza de gravedad que la hace caer.

            Los seres programados por la naturaleza son de tres clases: los inertes (que, como hemos visto, son los minerales); los inconscientes o teleonómicos (que se mueven por reflejos y abarcan desde los vegetales hasta los animales inferiores, como los celentéreos); y los seres conscientes o teleológicos (que son el resto de los animales).
            Los seres inertes están programados para ser pasivos; los inconscientes están programados para encontrar; y los conscientes están programados para buscar, o lo que es lo mismo, para programar: son los animales teleológicos.
            Programados para programar: ésa es la naturaleza de los animales. El mundo animal se escinde, pues, en tres grandes grupos: los teleonómicos o inconscientes; los conscientes o teleológicos de primera clase; y los autoconscientes o teleológicos de segunda clase. O lo que es lo mismo, los instintivos, los inteligentes y los racionales; la forma más racional del instinto es la intuición, por lo que los racionales son también intuitivos.


Adaptación.

             El agricultor necesita saber cuándo es la época de la siembra, de la siega, de la trilla; para ello se construye un calendario.
            Tal animal necesita acceder al pistilo para chupar el néctar; pero el pistilo es estrecho y profundo y necesita un pico largo y estrecho (si es pájaro) o una lengua larga que se pueda enrollar (si es insecto); entonces a la especie, al correr del tiempo, le van saliendo esos órganos que necesita. Cuando en algún sitio aparece una necesidad, tarde o temprano aparece una forma de satisfacerla; cada problema tiene su solución, cada pregunta tiene su respuesta.
 Donde hay una necesidad siempre acaba apareciendo un órgano para realizarla. Toda necesidad satisface su función creando un órgano, una estructura que lo materialice, y eso ocurre siempre: ya lo dijo Lamarck. En términos económicos, una necesidad puede ser comparada con una oferta y un órgano con una demanda; hay constelaciones de ofertas y demandas, pero sólo acaban funcionando las que se complementan, las demandas que corresponden a necesidades, y viceversa.
Llamamos existencias nacidas a las esencias que pueden relacionarse con el mundo exterior. Una esencia es un conjunto de funciones (es decir, una forma de actuar); una función es una esencia elemental. Pues bien, toda función necesita de una ocasión propicia para desarrollarse. Esa ocasión es el medio en el que cada naturaleza se desenvuelve.
         Llamamos adaptación a los movimientos de los seres naturales para permanecer en la existencia; es la búsqueda de una estructura para una función que se ha hecho necesaria; la atracción adaptativa hace que, si un individuo necesita ver, pronto le saldrán ojos; si un animal busca la vida de los árboles, a sus patas les saldrán manos; es lo que podríamos llamar atracción lamarckiana, y Jacques Monod lo llamaría, simplemente, teleonomía.
           En el mundo causal las naturalezas permanecen inalterables: un oxígeno sigue siendo un oxígeno aunque deje se ser ion y esté integrado en una molécula; y un carbono sigue siendo carbono cuando está en el grafito y cuando está en el diamante.
            Eso es lo que sucede en el mundo de la causalidad. Pero en el de la adaptación unas esencias se transforman en otras aunque estén hechas de los mismos elementos; así, el eohippus se transformó en mesohippus y el mesohippus se convirtió en caballo.
            La atracción química se rige por reglas invariables; el acoplamiento entre átomos viene a ser automático. Pero la atracción adaptativa aparece cuando a medida que pasa el tiempo las reglas van cambiando (sin que cambien las reglas fijas que gobiernan el intercambio entre los átomos). Cada aparición de un nivel nuevo de complejidad es la emergencia de formas materiales cada vez más organizadas; formas que estaban ocultas en cada uno de los átomos como negativos complejos envueltos en otros negativos más simples; negativos, representaciones, reflejos, espectros o fantasmas.
La teleonomía es el mundo vegetal donde la causalidad eficiente de la anataxia es sutituida por una causalidad final.


Teleología.

           Pensemos en una rosa. Antes de ser flor era capullo. El capullo contenía todas sus hojas plegadas unas sobre otras, apretadas en un botón; al abrirse el capullo se despliegan sus pétalos, se abren al mundo, y aparece la flor; la flor es una capullo que se va llenando de aire, abriendo espacios vacíos para que se puedan abrir las hojas. Primero se abren los sépalos, que estaban apretados sobre los pétalos; luego los pétalos, que estaban abrazados, pegados, a los órganos reproductores; y luego los órganos reproductores.
            La vida y la existencia está hecha de pétalos que se superponen; de láminas que se solapan; y que forman, según estén cerradas o abiertas, existencias enrolladas o desenrolladas; realidades nacidas o germinales.
            La realización de los individuos es el despliegue de sus envoltorios. La atracción causal contiene a la atracción teleonómica que, a su vez, está envolviendo a la atracción teleológica. ¿Qué es la atracción teleológica? Es la intención del individuo. La teleonomía era una potencia programada; ahora el individuo programa sus acciones, es dueño de sus actos; es la teleología.
Los animales no sólo se encuentran, como les pasaba a las plantas, sino que se buscan; si el instinto (decía Bergson) es la capacidad de encontrar sin necesidad de buscar (como la araña, que sabe hacer su tela sin que nadie se lo enseñe), la inteligencia nos permite buscar lo que necesitamos aunque muchas veces no demos con ello: eso es la teleología (que Jacques Monod distinguía de la teleonomía); un saber programar nuestros deseos, que va más allá del hecho de estar programados. El macho no solamente necesita a la hembra: la busca.
            Y por último están esos seres que se dan cuenta no solamente de lo que buscan en el mundo, sino que también se dan cuenta de sí mismos: son los seres autoconscientes; la fuerza que los mueve no sólo es la inteligencia, sino que va más allá: es la inteligencia abstracta, la capacidad de captar los géneros más allá de los individuos, es la razón. La razón humana es capaz de buscar los intereses de los individuos sin violar los intereses de la especie y, por encima de todo, los de la naturaleza entera.
            Los animales comparten con los vegetales el envoltorio de la teleonomía; pero lo tienen rodeando a otro envoltorio que no contienen los vegetales: la teleología.
            En síntesis: un animal, en tanto que está hecho de materia, está programado causalmente; en tanto que fuerza vegetativa, está programado teleonómicamente; pero en tanto que fuerza animal, más que estar programado, programa. Causalidad, reflejo e intención son esas tres fuerzas superpuestas. La intención está envuelta en el reflejo, al cual envuelve a la causalidad, a la cual envuelve a su vez a la necesidad lógica.


Desarrollo.

Adaptarnos a la vida es dejar de ser nosotros para plegarnos al mundo. El mundo nos impone sus condiciones y nosotros las aceptamos; aun a costa de perder nuestra identidad.
Si no me adapto al mundo no puedo desarrollarme en él, pero si no hago más que adaptarme tampoco me desarrollo: viviré como quiere el mundo que viva, no como yo quiero; y no me desarrollaré en el mundo, sino que el mundo se desarrollará en mí y a costa mía. Si la circunstancia que ser mejorada, yo no tengo por qué aceptarla con sus imperfecciones; tengo que aceptarla, sí, pero como algo mejorable; para corregirla en lo que sea posible; para que se adapte a mis necesidades, para poder desarrollarme en toda la riqueza de mi naturaleza, para llegar a ser todo lo que puedo ser.
La trascendencia va más allá de la circunstancia. La acepta y en esa aceptación somos inmanencia (ontotaxia); pero también la superamos obligando a la realidad a plegarse al ideal (sin renunciar a ella), y en esa rebeldía también somos trascendencia (ontosemia). Desarrollarnos es así hacer que nazca nuestra semilla, hacer realidad nuestras posibilidades, llegar a ser todo lo que podemos ser. No conformarnos con ser brutos cuando podemos desarrollar nuestra inteligencia. Para ello tenemos que dar dos pasos; el primero es adaptarnos a la realidad, y sólo entonces podemos pasar al segundo: hacer que la realidad se adapte a nosotros.
Llamamos desarrollo a los movimientos de la naturaleza por realizar su esencia; por sacarla a la luz.  
           

Autoconciencia.

Por la autoconciencia me adueño de mi propia vida. Es el mundo de los animales superiores que no sólo viven, sino que se dan cuenta de que viven. Lucha por existir, en ella caben los lances psicológicos, sociales, políticos, religiosos, militares: dramas y alegrías, tragedias y tristezas.
            El yo se despliega en el mundo vivido a través del mundo observado, pero él también forma parte del mundo observado. Con él se inaugura el mundo del conocimiento (noosfera). La vida de experiencias susceptibles de ordenarse en épocas, eras, lapsos más o menos dilatados (historia) constituye la erótica de los tiempos; si el tiempo vivido supone un obstáculo al erotismo, estamos ante una patética: tragedia (si es erótica del tiempo negado) y mística (si es erótica del tiempo infinito).


Trascendencia.

            Pero también está la lucha por ser. Vivo en el mundo pero el mundo no me gusta como es; entonces me aíslo y sueño cómo me gustaría que fuera; pienso en otros mundos diferentes del mío, imagino gentes y países del futuro, o del pasado, y me recreo en ellos; voy lejos del mundo, más allá del que me ha tocado vivir, trascendiéndolo, cambiándolo, recreándolo, sustituyéndolo; no me preocupa la supervivencia porque no hay peligros que me amenacen, y me rodea un ambiente sin violencia, relajado y seguro. Como diría María Zambrano, estoy ensimismado. Creo mundos nuevos y los recreo a mi gusto. Quiero que sean como a mí me gustan. Para que le den sentido a mi ser, para que me den satisfacciones, para que me llenen.

Conclusión.

            El árbol tiende hacia la luz, pero además la siente; el perro tiende a comer, pero además lo siente (siente hambre), y además busca la comida (porque es inteligente). Es como un edificio que tiene su base; el edificio de los instintos y de la inteligencia se levanta sobre la causalidad porque la causalidad, tendencia o inercia, es la base, es el cimiento que la sujeta. Todos los seres, inertes o vivos, tienen su base en la inercia, que es como el trampolín desde el que se catapultan hacia la vida.
            A la unión causal la llamamos contacto; y a su estructura causal, valencia; la diferencia entre la valencia y el contacto es que en la primera hay cercanía. Podríamos definir la lejanía como un contacto latente. 
La fuerza que une a los dos elementos de una estructura es como una atracción entre ellos; una especie de simpatía, un erotismo (si entendemos por erotismo la fuerza que impulsa a un ser a unirse a otro). Un imán sería erotismo igual que el amor, sólo que el amor contendría otros elementos que no tiene el imán, y que le darían más densidad al contacto. Lo mismo cabe decir de la amistad, y de la piedad, y de la admiración.
            La ontosemia es una erótica que contiene atracciones, como las piedras, pero también intenciones; intención es lo que les falta a las piedras, a los líquidos, a los gases, y en general a todo el mundo mineral. 



sábado, 24 de enero de 2015

Más allá de Darwin.




MÁS ALLÁ DE DARWIN 


            Avanzar con dificultad. Las últimas generaciones han sido difíciles para los parántropos. Desde que desapareció la selva comen raíces duras, apenas ramas y no tienen tregua; la sabana se ha ido regando con sus cadáveres, agónicos, exhaustos, que se pelan al viento y dejan al descubierto sus crestas sagitales: como los australopitecos. Los australopitecos peinan la tierra y van devorando los restos de la selva. Poca cosa. Una hembra pasea su hambre con la dura cadencia de su barriga hinchada: ese hijo no nacerá; un niño sufre agarrado al brazo de su padre. Muchas lunas hace que desaparecieron los árboles. El frío se los llevó a la nada. El cambio climático los sorprendió con su brutalidad. Vivían entre las ramas, saltando con sus cuatro manos, regodeándose en sus carreras, entre comida abundante, dominando el espacio. Ahora no tienen apenas donde hincar el diente.

            La vida es lucha de la esencia con la existencia; aunque la esencia es, todo hay que decirlo, la parte más profunda de la existencia. La existencia es adaptación, supervivencia, pero la esencia es desarrollo y plenitud: vida; vida verdadera.

            La esencia es lo que somos. Un perro es un mamífero que ladra, la sal común es cloruro sódico, la fuerza es masa por aceleración; la esencia de las cosas es su naturaleza, su consistencia. ¿Su autenticidad? ¿Qué son las nubes? ¿En qué consisten? ¿Cuál es su naturaleza? Ésa es su esencia: aquello de lo que están hechas, su forma y composición, su consistencia natural.

            La existencia es donde estamos. Por ejemplo, yo estoy en el mundo; don Quijote brotó de la mente de Cervantes. Yo tengo una existencia material, pero la existencia de don Quijote es mental. Cada mundo tiene sus leyes. La existencia de don Quijote en el mundo del pensamiento no es la misma que la que tengo yo en el mundo de la materia.

            Diremos, entonces, que la esencia de las cosas es su consistencia (puesto que ser algo es consistir en ese algo). ¿Qué es una estrella? ¿En qué consiste? ¿Cuál es su naturaleza? Pues bien, la esencia de las cosas está en lucha con su existencia. La esencia de algo es su naturaleza. Su existencia es la naturaleza del mundo donde está. La naturaleza de las cosas está en lucha con el mundo donde viven: eso es lo que dijo Darwin. Lucha por la vida, por la existencia; que no es verdaderamente lucha por vivir, sino por sobrevivir.

            Parece que la evolución natural hace que cada especie acabe siendo lo que necesita para existir. Un dinosaurio no tiene plumas; pero si las necesita en el medio donde vive, le acabarán saliendo; así surgieron los pájaros. La necesidad crea el órgano, o más bien la función; modifica los órganos que tiene para que puedan desarrollar funciones nuevas; y así, las extremidades de los mamíferos se vuelven aletas cuando se transforman en ballenas.

            La necesidad cambia las funciones de los órganos; si hay una flor con un cáliz profundo, aparecerá un insecto con un pico largo para que pueda libar su néctar: esto lo vio Darwin. Para que se realice una función hacen falta dos estructuras complementarias: el cáliz y el pico, en este caso. La naturaleza hace que las estructuras se vayan complementando a lo largo de la evolución. Y lo hace, como vio Darwin, por selección natural. La naturaleza no busca tener determinadas formas, sino que se transforma al azar hasta que una de esas transformaciones, casualmente, coincide con lo que necesitaba: al estar adaptada al medio, con esta necesidad satisfecha, puede sobrevivir.


             Los seres de la naturaleza son de dos clases: agobiados y agoniatras.

            Los agobiados (de agon, lucha, y bios, vida) luchan por sobrevivir; su esencia es su adaptación, porque no pueden ser más de lo que el mundo les deja ser; como una cebolla, su ser está hecho de capas superpuestas, y cada capa es una naturaleza distinta, una esencia; los seres agobiados no sobreviven si no se amoldan a los límites del mundo, y deben aplazar para más tarde la emergencia de su naturaleza: porque la existencia es el trampolín de la esencia; plegarse a lo que hay, ser forzados sin ser devorados, es, por una extraña paradoja, el primer paso para dominar; dominamos a la existencia después de haber quedado atrapados en ella; después de que ella nos haya sojuzgado, maniatado; perdemos la libertad de acción hasta un punto de inflexión en que la propia evolución hace que volvamos a recuperarla. El ser agobiado lucha por vencer los peligros que lo agobian: de ahí su nombre.

            Entonces se transforman en agoniatras. Llegados a ese punto los seres vivos, como un pollo dentro del cascarón, pueden romper la envoltura de la existencia y sacar poco a poco lo que tienen dentro. Los agoniatras se derraman por el mundo, materializan sus posibilidades, modelan el mundo a su imagen, se desarrollan: ahora su esencia es la parte más profunda de su existencia. Tener éxito es, para el ser agobiado, simplemente resistir; sobrevivir; para el agoniatra es realizarse con los planos y materiales que tiene dentro: desarrollarse. Uno sobrevive adaptándose, pero vive desarrollándose. No hay seres en el mundo que luchen por el mero placer de luchar: se lucha por tener éxito, por conseguir lo que uno se propone, por hacer realidades con sus deseos.

            Para que haya vida hacen falta dos cosas: el instinto (Schopenhauer) y la ocasión (Darwin); el disimulo aparece entre ellos no sólo como una forma intermedia, sino como un instrumento de ambos. Veámoslas una por una.

            (1) La esencia es adaptación. (Lucha).

            El mundo de los agobiados es el de la existencia, el de estar en el mundo: vivir es adaptarse, y la adaptación conjuga el azar que crea ocasiones con la necesidad (que crea funciones nuevas con los viejos órganos); el motor del ser es la existencia. Para los agobiados, ser es lo mismo que existir, y nadie puede desarrollar lo que tiene dentro si no le deja el mundo que lo selecciona para la vida o para la muerte; la vida es lucha; es el mundo de Darwin.

            (2) La esencia es lo más profundo de la existencia. (Erotismo).

            El mundo de los agoniatras es el de la esencia, el del ser, aunque sea en contra del mundo: vivir es consistir, sacar a la luz lo que tenemos dentro, desarrollarse; el desarrollo es evolución de nuestra existencia impulsada por las ganas de ser, no por la resignación a la existencia que tenemos; aquí el motor de la existencia es el ser. Si en el mundo del agobio la vida es lucha, en el de la agoniatría es erotismo: deseo. Frente a la adaptación, cuyos motores eran la ocasión y la necesidad, el motor es aquí la voluntad en el sentido de Schopenhauer: en los seres inferiores es un instinto atávico, una fuerza vital, pulsión de vida más que de supervivencia; y en los seres superiores es la conciencia. La fuerza vital es finalidad, y frente a la finalidad consciente se levanta la finalidad instintiva, que es el deseo; el deseo es juego (diversión, placer), pero también necesidad: las mismas necesidades que en el mundo del agobio buscaban satisfacerse con las funciones que les eran propias, en el mundo de la agoniatría se satisfacen obteniendo placer; comer, por ejemplo, sirve para quitar el hambre (necesidad vital), pero también para sentir placer (fuerza vital).
           
            (3) La esencia falsa vive en una existencia verdadera. (Disimulación).
           
            O al revés. Es el mundo de los nicófagos, de la existencia aparente en el ser falso: ser no es existir, se es lo contrario de lo que se muestra, se supone que lo que parece (lo aparente, la existencia) es lo que es (la esencia); nada es lo que parece, aunque lo creamos. Hay tres formas de nicofagia:

            a) El mimetismo: propio de la historia, la existencia patética, el drama. Son los animales que se camuflan para subsistir, ya sea engañando a sus presas (para comérselas) o a sus depredadores (para escaparse de ellos).

            b) La impostura: propia de la vida ética. Es el engaño de quien pretende haber superado el estado de vida agobiada sin haber llegado a la agoniatría, y disimula la frustración de no ser esforzándose en parecerlo: para que otros lo crean; porque si lo creen, le dispensarán los honores que necesita su vanidad, disfrutando por adelantado de una satisfacción antes de haberla merecido; movido por la voluntad de placer, que hace trabajar a la conciencia como un instinto atávico.

            Para el agoniatra el mayor placer es el mérito, y la satisfacción de la propia obra bien hecha; para el nicófago, el placer más importante es el aplauso del público; hay nicófagos que son también auténticos agoniatras, como Cristiano Ronaldo.

            c) La simulación: propia de la ética y la historia, pero también del juego, del arte, de la mística. Es ver por anticipado lo que se quiere desarrollar, como un boceto, un proyecto. Es la actividad propia del desarrollo, liberado de las necesidades de su adaptación; propia, por lo tanto, de la finalidad liberada del azar: del erotismo.


            Si contamos el tiempo en millones de años en lugar de contarlo por generaciones, la naturaleza se abre paso. La necesidad vital busca una estructura lógica para satisfacerse, y acaba encontrándola: pero tiene que esperar a que surja la ocasión. En esa lucha desesperada, las víctimas necesitan (necesidad vital) protegerse de sus depredadores; y lo pueden hacer (necesidad lógica) envolviéndose en esqueletos mineralizados; pero esto no puede hacerse en cualquier momento: hay que esperar a que llegue la ocasión; y la ocasión llega (inevitablemente, aunque por casualidad) cuando aumenta la cantidad de oxígeno en la atmósfera y cambia la composición química de los océanos: que, al llenarse de calcio, forman sales con el oxígeno disuelto en el agua y hacen  posible la formación de los esqueletos. Si preguntamos luego por qué disminuyó la escasez de oxígeno que había en la atmósfera primitiva, la respuesta es sorprendente: por la actividad fotosintética de las cianobacterias; que permitieron la aparición de esqueletos solamente por azar, pero desde una estructura lógica, ineluctable y necesaria: que el oxígeno, el calcio, los halógenos y el agua son los ingredientes de las sales, y eso produjo, curiosamente, la ocasión que las presas llevaban millones de años esperando en su lucha contra los depredadores.

            La teoría darwiniana explica muy bien la adaptación, pero no explica el desarrollo; da cuenta del azar, la ocasión y la necesidad, pero no del erotismo que impregna la sustancia de la vida, que introduce la finalidad entre las fuerzas evolutivas; porque la evolución (su propio nombre lo sugiere) es adaptación, pero sobre todo desarrollo. La lucha desesperada también fue lucha erótica, y previamente había sido pseudoerotismo; porque el ser pasó de confundirse con el existir a ser una envoltura que contiene a la existencia. De cómo los seres agobiados se convirtieron en agoniatras y fueron capaces de saltar desde un mundo patético a un mundo ético, estas dos tesis darán cuenta de ello.

            (1) Primera tesis: Darwin es necesario, pero no suficiente.

            Necesario. La naturaleza es lucha por la vida y supervivencia del más adaptado; la selección natural es, así, lucha por la existencia.

            Insuficiente. La esencia es la parte más profunda de la existencia. Yace en el fondo de ella, no viene desde fuera. La esencia, como parte de la existencia, es proyecto, meta, ideal de perfección; en el punto de partida está, como proyecto (y por tanto como esperanza), el punto de llegada; pero el ideal de perfección sólo aparece en la medida que el entorno lo permite, dado que unas veces el entorno es terreno bien abonado, y otras obstáculo contra el que luchar.

            La vida es lucha por existir, pero también por consistir; instinto de conservación, pero también de plenitud; lucha, pero sobre todo erotismo: esencia en lucha con la existencia. Detrás de la visión trágica de la vida (que emana de Darwin) palpita una visión optimista de la vida, pues que la evolución sería una búsqueda cada vez más atinada de la felicidad.

El ideal está preformado en el germen, pero sólo se va manifestando en la medida en que el mundo lo permite. Y es que la epigénesis, en la evolución, no crea formas: selecciona las que ya están formadas.


(2) Segunda tesis: la historia es el progreso hacia los orígenes.

Dentro del individuo hay un fondo esencial, que es su naturaleza, y un fondo existencial que es su historia.

La vida es una semilla de la naturaleza que hay que plantar en la historia; crecerá si el terreno le da los nutrientes necesarios. En la naturaleza humana están los instintos de la especie, y entre ellos están los sentimientos éticos. La historia es una lucha por plantar la esencia en el mundo.

La esencia de la humanidad está en las profundidades de su fondo ontológico, que contiene los derechos humanos. Así pues, los derechos humanos no son una conquista y una invención de la historia, sino una aparición de la naturaleza que  estaba ya ahí, pero oculta tras las necesidades del existir, que no los dejaban exteriorizarse.

La historia es la epifanía de los derechos humanos. La revolución francesa sólo es un capítulo de esa epifanía.

            El instinto de Schopenhauer anda en busca de la ocasión. Las necesidades que laten en él se encuentran con las necesidades del mundo, y este encuentro es como una fecundación que engendra todas las formas; el mismo instinto que en un lugar da origen a los reptiles en otro alumbra a los mamíferos; el mismo reptil que aquí se arrastra por la tierra allí se trueca pterodáctilo surcando los aires, y más allá topándose con el agua se vuelve plesiosaurio; el mismo instinto que en una atmósfera sin oxígeno a duras penas puede protegerse, en otra con cianobacterias engendrará caparazones calcáreos y protecciones acorazadas. El mundo como voluntad y representación, que diría Schopenhauer. La esencia es como una cebolla que contiene todas las formas; sólo afloran a la existencia las que son compatibles con el medio, las que resultan del encuentro del instinto con la selección natural. Por eso la vida es una migración en busca de paisajes; paisajes que saquen a la luz las potencias más fecundas, las formas más delicadas: las más perfectas. Vencerá la selección natural y habrá que adaptarse, pero otras veces vencerá el instinto y se desarrollará aun a costa de la naturaleza. La vida se abre camino contra todo pronóstico. El ideal acabará plantado en la realidad porque echa raíces en ella, y sus raíces serán más fuertes: su realidad será mayor si tiene raíces profundas.  

            Cuando, hace dos millones de años, se produjo en África un cambio climático, desaparecieron los árboles y la selva fue sustituida por la sabana. Los prehomínidos tuvieron que bajar a tierra firme y no necesitaron ya sus cuatro manos: las extremidades traseras se convirtieron en pies y las delanteras, que ya no les servían para saltar entre las ramas, las utilizaron para manejar objetos. Esto sucedió al tiempo que, faltos de alimentos vegetales, empezaron a comer carne. Los nutrientes cárnicos están más elaborados que los vegetales, y el organismo no necesita ya tanto intestino para digerirlos; la energía sobrante fue empleada para alimentar el cerebro, que poco a poco aumentó de tamaño: es la hipótesis del órgano costoso; el cerebro y el intestino son los dos órganos que más energía requieren, y si el intestino libera una parte de la que utilizaba, es el cerebro el que la aprovecha. Fue así como, de una manera casual, su tamaño fue en aumento al tiempo que la mano quedaba libre para actuar conjuntamente con él. El resultado fue un desarrollo espectacular de la inteligencia. 


            El homínido inteligente era capaz de visualizar las herramientas antes de fabricarlas. Y las herramientas fabricadas, forzando nuevos retos, facilitaron el desarrollo del cerebro. Fue así como la naturaleza impulsó la cultura y ésta, a su vez, prolongó el desarrollo de la naturaleza. Pero la cultura es lamarckiana: lo que aprendemos lo transmitimos a nuestra descendencia. Y la naturaleza es darwiniana: no se transmite lo que se aprende. Por una extraña paradoja, la emergencia de la inteligencia hizo que en el proceso de la evolución acabaran colaborando dos mecanismos incompatibles, el de Darwin y el de Lamarck; curiosamente.

            Además, los mamíferos empezaron orientándose en el mundo gracias al olfato; de hecho, una parte muy importante de su cerebro corresponde al bulbo olfatorio. Después se desarrolló la vista, y la vida en los árboles obligó a dominar la visión en tres dimensiones para controlar el espacio y evitar las caídas. Pues bien, la inteligencia no habría podido surgir en un mundo percibido por el olfato; se desarrolló más bien cuando la vista dio paso al oído y aparecieron en el cerebro las áreas de Broca y Wernicke, responsables del lenguaje articulado; y cuando se elevó la laringe facilitando la fonación.

El mundo es la emergencia biológica de la razón, y no se puede reducir la razón a deducción. La razón es capacidad de encontrar significados, orientándose entre signos, y se manifiesta en la inteligencia (donde es consciente de sí misma) y en la intuición (donde no lo es). La actividad intelectual es, por tanto, una de sus manifestaciones, pero no la única. La razón es unidad de lógica y experiencia: la lógica aporta coherencia; la experiencia, como conjunto de objetos coherentes que asaltan nuestra percepción,  aporta verosimilitud y realismo, y reposa sobre la costumbre.

            Anthropos, en griego, es el ser humano. El estudio del ser humano es una antropología. La trama de la esencia en el existir es, evidentemente, el tronco metafísico que subyace a toda antropología.