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viernes, 26 de junio de 2020

RESPUESTA A LA CARTA DE UNA PROFESORA





RESPUESTA A LA CARTA DE UNA PROFESORA   
  

            Ha llegado a mis manos el libelo de una profesora que se presenta como ardiente defensora del idioma. Está escrito en forma de carta (“carta de una profesora”), pero es una carta sin destinatario; la envía una mano anónima que alaba todo lo que dice, y al presentarla como “profesora de un instituto público” destaca su “acertadísima y lapidaria frase final”. Concluye diciéndole al lector: “pásalo por ahí”, y al expresar su deseo de que “con suerte termine (…) hasta en los ministerios” nos hace pensar dos cosas: que se dirige a un destinatario anónimo que es el público de internet, y que la maestra y el remitente son la misma persona porque la “lapidaria” frase final, que se supone escrita por la maestra, la escribe, en realidad, la persona que envía la carta; el emisor es el mismo que el remitente, contrariamente a lo que se decía en un principio, y esta incoherencia comunicativa nos hace pensar, ya antes de leerla, que la carta tiene truco.
            Empieza después de un largo preámbulo en el que ensalza, de manera beligerante con la educación actual, la educación que recibió (cualquier tiempo pasado fue mejor): la cual primaba el esfuerzo sobre la propaganda (comparando términos que no son comparables por no ser contrarios entre sí), la educación con las editoriales (que transforman los libros en cuadernos) y la lengua con la educación física (menospreciando esta última de manera implícita); pero no compara la “corrección” (que nombra) con la creatividad (que no menciona), dando a entender que lo interesante es obedecer las reglas y no ser libres, formándonos no para ser escritores sino escribanos  y comunicadores, no autores sino amanuenses. Los valores que pregona la profesora tienen que ver con la sumisión frente a la libertad, pues lo que importa es la corrección, el respeto a la norma, reduciendo la lengua a gramática y olvidándose no ya de la pragmática, sino de la etimología; la literatura queda en una lista de autores en la que la mera exposición de los nombres predispone a la reverencia, no a la crítica; al culto, no a la cultura; y si la lengua se queda en gramática (eso sí, reducida a morfosintaxis), la literatura no llega a producción y sólo es consumo.
            Luego viene el verdadero tema de esta carta, que es la crítica del lenguaje inclusivo. Y lo hace presentándolo, más o menos implícitamente, como una consecuencia de nuestro sistema educativo; de tal manera que si el primero era bueno (la autora dijo que estudió “bajo unos planes educativos buenos”), al oponerse a los actuales (con expresiones descalificadoras como “no como ahora”, “mire usted”, “por encima de”, “pero, sobre todo”), da a entender que el que tenemos es malo; y si la educación actual es mala (puesto que aquélla era buena), y si consigue demostrar, además, que una de sus consecuencias (el lenguaje inclusivo) es mala, habrá demostrado, por fin, que lo bueno era lo que defendía la educación anterior: es decir el lenguaje sexista; todo está en convertir el lenguaje inclusivo en ideología para demostrar (sin concluir, simplemente por contraste) que el otro no tenía ideología, sino sólo gramática; a eso vamos.
            Empieza enseñándonos que el castellano ha heredado del latín los participios activos (de “atacar”, “atacante”); sin embargo, en la escuela sólo nos han enseñado los pasivos (“atacado”). Un participio es una forma no personal del verbo que funciona como adjetivo. Ahora bien, los adjetivos tienen género y por lo tanto pueden ser masculinos o femeninos: ¿por qué el participio pasivo tiene género (“cantado”, “cantada”) y el activo (“cantante”) no lo tiene? La profesora defiende a capa y espada la necesidad de no ponerle género al participio activo (cantanto, cantanta) y se olvida de recordar que al pasivo sí que se lo ponemos. La pregunta no es saber qué forma de hablar se nos ha impuesto a lo largo de la historia, sino por qué se nos ha impuesto esa forma y si las formas lingüísticas que han sido excluidas merecen ser relegadas al olvido. Cuando los imperios conquistaban pueblos les imponían su idioma (a nosotros nos impusieron el latín), pero el idioma impuesto sólo es norma por la fuerza, no por la razón, y Alicia, en el relato de Lewis Carrol, ya nos lo dejaba bien claro: lo que importa no es saber quién tiene razón sino quién manda aquí; en francés el complemento directo concuerda con el sujeto, pero en español no: ¿cuál es la forma correcta, si las dos lenguas derivan del latín? Alguna de las dos se la habrá saltado. 


Lo que llamamos corrección gramatical no es más que sumisión a unos usos impuestos por el vencedor; y un pueblo que admite el femenino para el participio pasivo pero no lo admite para el activo es un pueblo que le impone a la mujer pasividad y obediencia, mientras que al hombre le atribuye acciones y capacidad de decidir: lo que indica que el latín era el modo de expresión de una visión sexista de la vida, que es la que tenían los romanos. Si las cosas hubieran sucedido de otro modo tal vez hoy diríamos “presidenta” sin que esa palabra nos chirriara al oído. ¿Cuál sería el lenguaje de las amazonas, si las amazonas hubieran existido, tal y como nos lo cuenta Platón en uno de sus diálogos? Reclamar corrección lingüística es reclamar una ideología que nos ha sido transmitida desde el pasado: pero como suelen las ideologías camuflarse siempre, no se  presentan nunca como ideología, sino, en este caso, como gramática; y en nuestro inconsciente colectivo lo ideológico desprestigia, pero la gramática ennoblece. Obsérvese que nuestra profesora escribe “ideología” con minúscula y reserva la mayúscula para la “Gramática”; al hacerlo viola, sin inmutarse, las leyes más elementales de nuestra propia gramática: las que prohíben escribir con mayúscula la primera letra de toda palabra que, sin ser nombre propio, no viene después de un punto ni es la primera palabra de un texto; la mayúscula no tiene entonces valor gramatical sino laudatorio, valorativo… ideológico. La Gramática es el dios al que la profesora le gusta adorar; su ideología.
            Hay que observar que nuestro idioma sí tiene expresiones inclusivas, pero nuestra profesora las desprecia; al decir que “al que preside se le llama ‘presidente’” da a entender que sólo pueden ser presidentes los hombres; de lo contrario no habría dicho “al que preside” sino “a quien preside”, sin prefigurar de antemano cuál debería ser el sexo de quien manda.
            Además, en latín las palabras se presentan con su nominativo y su genitivo (ens, entis; jus, juris; Jupiter, Jovis; virtus, virtutis); ¿a qué se debe que tengamos que construir palabras a partir del uno o del otro? Decimos “jurídico” (como el genitivo, acusativo más bien), pero decimos “virtuoso” (que se parece más al nominativo que al genitivo), al revés que si hubiéramos dicho “virtutoso” (que habría sido tal vez más correcto aunque suene mal al oído); y hay palabras distintas de un mismo vocablo que se forman a la vez sobre el nominativo y el genitivo-acusativo, como “jupiterino” y “jovial”. Como vemos, la gramática posee espacio para la creación de palabras; mantenerse en una ortodoxia estricta con el martillo de la “corrección” nos obliga a usar la lengua como espacio de obediencia, no como espacio de creación.
            De manera análoga ¿quién, en el pasado, decidió qué palabras podían o no podían ser femeninas? Unas porque sólo admiten el masculino (“sargento” está bien, pero no “sargenta”); y otras porque la forma que debía ser inclusiva (“dirigente” incluiría tanto a “dirigento” como a “dirigenta”, que no existen) se ha identificado con el masculino en nuestro inconsciente colectivo (¿quién no piensa en un hombre cuando oye las palabras “dirigente” y “presidente”?); sobre todo porque el artículo que la precede ha sido hasta ahora el masculino, que ha convertido en no inclusivas las palabras inclusivas; al mismo tiempo ha acostumbrado a nuestro oído a captar como masculina la terminación “-ente” (que corresponde, en realidad, a los nombres epicenos); un nombre epiceno es aquel que, aunque se escriba en un género, se refiere a los dos: como “agente”, “amante” o “atleta”; el mérito de nuestra época ha sido convertir en ambiguos los nombres epicenos, pues lo mismo que decimos “el mar” o “la mar” también hemos aprendido a decir “el amante” y la amante”, o “el artista” y “la artista”; este uso, en verdad, no es epiceno (porque admite los dos artículos), pero tampoco ambiguo (porque no denota cambio de sexo cuando le cambiamos el género); esta forma es una creación de nuestra época, acorde con las leyes de la gramática, a la que podríamos llamar “inclusiva”; y así, junto a los nombres masculinos, femeninos, ambiguos y epicenos, propongo desde estas líneas que se admitan también los nombres inclusivos. 


            Otra cosa es saber lo que es una lengua. Una lengua es un instrumento que usamos para comunicarnos, de tal manera que podemos nombrar seres ausentes y no solamente los que están presentes (como les sucede a los animales). Y sucede que, si en toda comunicación tenemos, como mínimo, un emisor, un receptor, un canal, una referencia, un código y un mensaje, el código (la lengua) tendrá que cambiar para adaptarse a los cambios del emisor, el receptor, el canal, la referencia o el mensaje. A veces hay referencias que todavía no tienen palabra para designarlas: como le ha pasado al euskera que, en el proceso de sistematización de su léxico y su gramática, se encontró con realidades para las que la lengua (que era una lengua antigua) no tenía palabras, como la televisión: y tuvo que inventarlas o tomarlas prestadas; nosotros también hemos tenido que inventar palabras para designar realidades nuevas, como ordenador, astronauta, móvil e internet; y lo mismo que los seres vivos han evolucionado siempre para adaptarse a su medio, también la lengua es un ser vivo que intenta adaptarse a su entorno; entre el nonato y el nacido, médicos, académicos y juristas necesitan crear el neologismo “nasciturus”.
            También la lengua se adapta a los cambios que se producen en los emisores; así, cada país conquistador o conquistado le trasvasa al otro sus propias palabras: ha sucedido con “cacahuete”, “patata”, “chocolate”, “rock and roll”, “palafrenero” o “aljama”; ni que decir tiene que si el movimiento inclusivo tiene mucha fuerza la lengua acabará admitiendo cuantos vocablos requiera la inclusión, obligando a que términos como “presidenta”, que no existían antes, empiecen a existir; porque la cuestión no es saber, como decía Alicia, si la norma tiene razón (que seguramente no la tiene), sino si tiene poder suficiente para seguir mandando; porque no se puede mandar si no hay alguien que obedezca a la voz de mando.
            En el canal de comunicación pasa también cuando decimos “aló” al ponernos al teléfono. No digo ya las transformaciones que experimenta el idioma provocadas por el mensaje, donde la función emotiva se convierte en poética: así, Unamuno tuvo que inventarse, por ejemplo, la palabra “nivola”, y los novelistas, dramaturgos y poetas se inventan a veces términos cuando quieren nombrar sentimientos y vivencias que todavía no tienen palabra, como “serendipia” (que la ha acabado aceptando la Real Academia de la Lengua).
            Y si la lengua es una realidad viva tenemos que retratarla en su dinamismo, no de manera estática; la pragmática, que ajusta las estructuras al uso creando nuevos juegos de lenguaje (léase a Wittgenstein), debe actuar sobre la gramática (que estudia las palabras olvidándose de los hablantes); y la etimología es la parte de la lingüística que se ocupa de la historia de las palabras (porque las palabras que usamos hoy, lo siento por la profesora que las adora hasta el delirio, también pasarán a la historia). Lo que hay que hacer no es una foto fija, sino una película de nuestra lengua. Y como todas las lenguas son seres vivos, está claro que han cambiado, cambian y seguirán cambiando; y cambian porque quieren los escritores, lo quiere el pueblo y lo quiere hasta la Real Academia de la Lengua. Vamos  a ver lo que pasa con todos ellos.


(1)   El pueblo.  
            El pueblo usa palabras y construcciones que no admite todavía la Real Academia de la Lengua. Recordemos que el lema de la Academia es “limpia, fija y da esplendor”. Limpia las palabras como hace el barrendero cuando limpia la calle: quitando lo que ensucia, las mismas hojas que antes adornaban los árboles y que ahora, cuando se han secado, se han convertido en un estorbo. Pero también fija las normas del uso, es decir que a veces cambia las normas viejas por otras nuevas; de modo que la función de la Real Academia es cambiarlas siempre que sea necesario (no, como hace nuestra profesora, defenderlas a capa y espada, que en esto se muestra más papista que el papa). Los malos usos de ayer son los buenos usos del mañana.
Tomemos a título de ejemplo el caso de las preposiciones: es sabido que hay preposiciones que pueden ir juntas, como cuando decimos que tal persona fue buena “para con” sus padres; pero las preposiciones “a” y “por” no pueden ir juntas jamás porque su uso es considerado vulgar y poco apropiado; así, no diremos nunca que vamos  “a por” agua sino “por” agua; ésa es la norma establecida por la Real Academia de la Lengua. Ahora bien, la Real Academia no puede ir contra el uso de los hablantes porque si el pueblo emplea esa construcción contra viento y marea, prohíbanle lo que le prohíban, las autoridades no tienen más remedio que aceptarla: y eso es lo que ha ocurrido; esa construcción lingüística ha dejado de ser incorrecta y ahora forma parte de las formas perfectamente admitidas en el diccionario; porque la lengua es un pulso entre la norma y el uso y cuando una norma es contraria al uso, si ese uso persiste, la norma no tiene más remedio que aceptarlo. A nuestra profesora se le ha parado el reloj porque defiende el diccionario de hace cincuenta años; no se da cuenta o no quiere darse cuenta de que en la última edición las normas han evolucionado.
También podríamos recordar que en la Edad Media, incluso durante el Renacimiento, la regla de la B y la V no estaba clara; cada uno hacía lo que quería (no hay más que remitirse a los textos de la época), y podemos encontrar lugares en los que un mismo autor escribía la misma palabra indistintamente con B o con V. Nebrija estableció en el siglo XV las normas de la gramática castellana y puso las que puso; podría haber puesto otras. Recordemos también que el latín evolucionó al castellano porque muchos de sus hablantes lo hablaron mal; o más bien porque lo hablaron de forma diferente a como se hablaba antes, buscando recursos expresivos que se fueron imponiendo sobre los del pasado bien porque fueran mejores, o bien porque fueran, en contra de la norma, más adaptados a las intenciones comunicativas, más apropiados. Así pues, los hablantes no respetaron las reglas y a esta falta de respeto la llamamos evolución; por ella llegamos al latín vulgar, y desde éste, a su vez, al castellano. Porque el pueblo simplificó las reglas del pasado y las hizo más prácticas. Antes se decía “comprehensión” y ahora se dice “comprensión”; antes se decía “substancia” y ahora decimos “sustancia”; antes se decía “psicología” y ahora se puede decir “sicología”, y antes, por limitarnos a algunos ejemplos, se decía “transtorno” y ahora ya admitimos “trastorno”; en el mismo ordenador en que escribo estas líneas me sale la palabra “transtorno” subrayada en rojo indicándome que es un problema de ortografía: y no me sale con la palabra “trastorno”, que es correcta ahora, aunque fuera incorrecta en el pasado.


            (2) Los escritores.  
            Pero no sólo el pueblo cambia las cosas: también lo hacen los escritores, y las innovaciones que proponen unas veces prosperan y otras no. Por ejemplo, durante el Renacimiento los escritores trajeron de Italia cultismos que convivieron con los vulgarismos castellanos; “óptimo” en lugar de “buenísimo” (porque ya nadie dice “bonísimo”, que es lo que quería la Real Academia que dijéramos); también Gabriel García Márquez propuso una reforma de la ortografía que no ha tenido éxito (y es que hay que dejar obrar al tiempo cuando los cambios son drásticos, no se pueden cambiar las cosas de golpe y porrazo); Juan Ramón Jiménez escribía siempre con j el sonido gutural fuerte (jota, jefe, pájinas, etc.), y tampoco ha prosperado; pero ha prosperado el neologismo que propuso Unamuno, introduciendo “nivola” como una forma distinta de “novela”. Las novedades introducidas por los escritores hay que considerarlas como tanteos, y unas veces son admitidas por el uso y hasta por la Academia y otras no. También las hipótesis científicas se descartan unas veces y otras son corroboradas. Y entre nuevas las formas evolutivas, la naturaleza selecciona unas y descarta otras (condenándolas a la extinción), dependiendo de que estén adaptadas a su medio o sean inadaptadas.

            (3) La Real Academia de la Lengua.  
            La Real Academia acaba de hacer una reforma de la acentuación que ya no respeta las reglas que ella misma nos había impuesto antes (que son las que nos obligaron a aprender cuando éramos pequeños); ya no hace falta distinguir el adjetivo del pronombre poniéndole tilde a este último, a menos que lo pida la comprensión del texto; tampoco hay que poner acento diacrítico a la palabra “solo” para distinguir el adjetivo del adverbio, a menos que la comprensión lo requiera. Los viejos dinosaurios como esta profesora y yo nos vemos obligados a escribir mal porque a nuestra edad ya no vamos a aprender reglas nuevas; y estamos, en lo que a la lengua se refiere, inadaptados.
            De modo que el idioma cambia y si un día a la Real Academia le da por incluir el término “presidenta”, ¿quién se lo podría a impedir? Pero la maestra que ha escrito este libelo (que no deja de ser un manifiesto y, como todo manifiesto, proclamación de una ideología), lamenta con ironía “haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto”, y los llama “ignorantes”; bueno, les da a elegir entre la ignorancia y la ideología, pues según ella “la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones los hace más ignorantes”. No deja de ser paradójico que llame ignorantes a quienes quieren que el idioma se adapte a la realidad y no se lo llame a sí misma, que pretende que sea la realidad la que se adapte al idioma (precisamente antes les había reprochado a las estadísticas que, en lugar de ser una foto de la realidad, pretendan que la realidad sea una foto de las estadísticas). Al fin y al cabo no dejan de ser dos ideologías, una realista y otra conservadora: realista la que reclama que las palabras se ajusten a la realidad cambiante; conservadora la que exige que las palabras se impongan sobre la realidad, para que no cambie; la lengua se convierte así en una cadena que encorseta y constriñe al mundo para ahogar la vida, para ahogar los cambios; el respeto por la gramática se instala en nosotros convirtiendo la lengua en obediencia y la gramática en cadena; y es una visión de la lengua anterior a Peirce, a Searl y a Austin, pues antes de ellos la lingüística era morfosintaxis y semántica y ahora también es pragmática; quizá no sea ocioso recordar (porque nuestra maestra, la que nos tacha de ignorantes, parece ignorarlo) que la morfosintaxis estudia la relación de los signos entre sí, la semántica, la de los signos con sus significados, y la pragmática, la de los signos con sus usuarios. 


            Lo que está en juego es saber si el lenguaje inclusivo procede (ya lo ha dicho la profesora) de la ignorancia o de la ideología. Ella excluye para sí misma la primera, pues presume de no ser “víctima de la Ley Nacional de Educación” (sic), y aclara, por si no lo hubiéramos entendido bien, que ha “tenido la suerte de estudiar bajo unos planes educativos buenos” que no tenían nada que ver con “la propaganda política”; se supone que el término “propaganda”, asociado al adjetivo “política”, significa “ideología”, y toda ideología es un cuerpo doctrinario que se acepta con corazón y sin crítica; se habla, por ejemplo, de que el catecismo es la doctrina de la Iglesia católica y de que enseñar doctrina es adoctrinar. Ojo, no estoy diciendo que sea malo enseñar contenidos axiológicos o valorativos, sino que hay que enseñarlos desde la fortaleza del corazón auxiliado por la inteligencia, la cual florece en forma de crítica.
            Tengo a mano la enciclopedia Álvarez con la que ha estudiado esta profesora que presume de no haber sido adoctrinada en ninguna ideología; y encuentro que la quinta parte de sus páginas es historia sagrada, evangelios, lecciones conmemorativas y enseñanzas políticas; la reto a que compare si las páginas de formación ética que se imparten hoy son la quinta parte del conjunto de todos los libros de las otras materias. Creo que en materia de asepsia ideológica esta profesora no tiene muchas lecciones que darnos.
            A menos que profesemos una especie de platonismo a la manera de Rousseau, pretendiendo que las cosas son perfectas hasta que la sociedad viene a pervertirlas con sus leyes; como si antes de la primera ley de educación hubiera habido un sistema educativo ideal que luego han venido a estropear todos los demás (y, a diferencia de los políticos de antaño, lo hubieran ensuciado todos los políticos posteriores); como si la primera ley de educación no la hubiera puesto ningún político; o como si hubiera sido una suerte de naturaleza primigenia, inocente y pura, anterior a todas las leyes, que ha sido estropeada luego por las leyes.  
            Pero nunca ha existido ese pasado educativo ideal. El primer maestro que hubo en la historia (o quién sabe, quizá en la prehistoria) fue puesto por alguien que le dio fuerza de ley. Y si las leyes educativas convierten en víctimas a los aprendices, entonces todos los aprendices estamos condenados a ser víctimas porque las leyes educativas son anteriores a las instituciones educativas. De modo que si la autora no ha sido víctima de la “Ley Nacional de Educación”, lo ha sido de una ley anterior: ¿qué ley es ésa, que se supone que es mejor que todas las posteriores? Porque no puede mantener la pretensión utópica de que a ella la educaron antes de que existiera la educación (es decir antes de que existieran los sistemas educativos).
            O sea que lo que pretende decir subrepticiamente es que las leyes anteriores a la democracia española fueron mejores que las que vinieron después. Eso habría que demostrarlo. Para ello habría que hacer un recorrido por la educación infantil, primaria y secundaria: vayamos por partes.
            Los planes educativos bajo los cuales estudió nuestra profesora corresponden, desde la educación secundaria, a la ley Villar Palasí de 1970 (cuando ella tenía diez años). Esta ley pretendía desarrollar una inteligencia activa donde antes primaban los aprendizajes memorísticos (por lo visto éste era el modelo ideal de nuestra profesora); yo, que he crecido bajo el paraguas aquel, sigo sin entender por qué la primera guerra mundial la desencadenó un serbio, cuando Serbia ocupaba un papel irrelevante, por no decir inexistente, en la Europa que nos enseñaban en historia; y aprendí las tablas de multiplicar, pero nunca me explicaron su significado: lo aprendí cuando fui maestro; cuando tuve que prepararme para enseñar. 


            La ley Villar Palasí promovió una enseñanza tecnocrática, de corte conductista, cuando España tenía que adaptarse a la psicología de Skinner; el aprendizaje tenía que ser ahora de tipo proceso-producto, y el profesor un técnico competente que diseñara buenos programas con objetivos claros y medibles; medibles; ya me dirán cómo se pueden medir las humanidades. ¡Ah, ya sé! Vaciándolas de creatividad y reduciéndolas a obediencia. La lengua no es un vehículo con el que se puede crear, sino una gramática que se puede medir (se puede contar el número de faltas que contiene un texto, pero no el número de unidades creativas que hay en él; sin destruir su carácter creativo, por supuesto). Pero nuestra profesora presume de haber estudiado “en Bachillerato (…) Historia de España, Latín, Literatura y Filosofía”: lo mismo que estudian hoy mis alumnos, mire usted. Pero la historia de aquel entonces ¿era algo más que una lista de nombres y fechas? ¿Medibles a la manera de Skinner? El latín ¿era algo más que declinaciones, conjugaciones y reglas? ¿No era también aprender cultura y traducir? ¿Cuál era el peso de Julio César y Cicerón frente a aquellos corsés gramaticales? La filosofía ¿era algo más que una trabazón de conceptos y nombres unidos lógicamente pero inconexos para el estudiante? Nuestra maestra presume de haber leído entonces  “El Quijote”: ¿de verdad? Yo estudié cinco años antes que ella y, si la antigüedad de los planes educativos es criterio de calidad, debí haberme leído el Quijote mucho mejor que ella; pero a nosotros no nos pedían que leyéramos las más de mil páginas que tiene el mamotreto; leíamos lo que decía el libro de texto, si acaso algún fragmento, y para de contar; sólo más tarde me he sumido en ese mamotreto infumable para descubrir en él maravillas que ni por asomo sospeché cuando estudiaba el bachillerato. Lo mismo podemos decir del Lazarillo. En cuanto a Manrique, leíamos sus coplas al completo porque eran cortas; y de Lope, Garcilaso, Góngora y Espronceda leíamos versos (yo me leí las obras completas de Espronceda porque me gustaban, no porque fueran obligatorias). Sin embargo hoy los bachilleres leen el Quijote, la Odisea, el Lazarillo, la Celestina y muchas cosas más, y las leen por entero; en ediciones adaptadas, por supuesto, pero, salvo el Quijote (al que se han quitado bastantes fragmentos), el resto de las obras se leen completas; y luego te las preguntan en clase. Pero eso no es todo: hoy también leen los chicos el Diario de Ana Frank, la República de Platón, el Compendio de Hume, y además ven películas y les mandan buscar en internet y les siguen mandando hacer composiciones escritas y exposiciones orales, muchas de ellas con power point. De modo que en materia de calidad de enseñanza el pasado no tiene muchas lecciones que darle al presente. Tal vez el problema no sean los planes de estudio, sino la cuestión sociológica la que lo tiñe todo; pero es que hoy estudian muchos chicos y antes estudiaban sólo unos cuantos, mire usted.
            Pero vamos a la educación primaria; la que ella estudió bajo unos planes anteriores a los de la ley Villar Palasí. “En primaria estudiábamos Lengua, Matemáticas, Ciencias, no teníamos Educación Física”: claro, porque los niños eran almas sin cuerpo (y eso no es ideología). El alma, el espíritu, se estudiaba igual que ahora, pero el cuerpo no importaba nada (los romanos, siguiendo en esto la línea de los griegos, estaban más avanzados que nosotros, pues perseguían una “mens sana (in) corpore sano”). Eso sí, “en 6º de Primaria, si en un examen tenías una falta de ortografía del tipo ‘b en vez de v’ o cinco faltas de acentos, te bajaban y bien bajada la nota”; eso era lo que importaba; no que supieras oxigenar tus músculos, alcanzar la alegría mediante el deporte, medirse las fuerzas unos con otros, conocer el baile, educar la sensibilidad a través del cuerpo, eso no, no importaba. Ahora lo hacen todos los niños de primaria. Y eso no les quita de estudiar lengua, matemáticas y ciencias, que también se estudian, y bien; por lo menos igual de bien que lo estudió nuestra profesora.


            ¿Y la educación infantil? ¿Qué podemos decir de ella? Pues que para nuestra profesora vale menos el español que el alemán, porque habla con orgullo del “jardín” (así se llamaba lo que hoy es ‘educación infantil’, mire usted”); como si la palabra “infantil” no formara parte de nuestro vocabulario; y como si fuera más noble copiarles el “jardín” de su “kindergarten” a los alemanes. A los niños nosotros también les llamábamos “parvulines”, una palabra que procede del latín, del que nosotros también procedemos. Pues bien, nuestra profesora presume de aquella cartilla que enseñaba las letras convirtiéndolas en sílabas; mientras que hoy se estudian convertidas en sonidos (fonemas antes que grafemas), y no sílabas; y se enseña, tanto fonética como gramaticalmente, a unir las letras entre sí, lo que no se hacía antes; le recomiendo que les eche un vistazo a los libritos de Micho, que vienen, además, con canciones incorporadas. ¡Ah!, y los párvulos de hoy no tienen Educación Física pero tienen algo mucho mejor: psicomotricidad. Oh, perdón, es una palabra moderna, debe ser muy malo porque se nombra con un neologismo: lo bueno debe ser antiguo. En cuanto al provecho que sacan las editoriales de los libros que no se llaman Semillitas, eso es cosa del negocio, no de los sistemas educativos; aunque sí les podemos reprochar (en esto sí le voy a dar la razón a nuestra profesora) haber roto la frontera que separaba a los cuadernos de los libros, porque los libros han quedado convertidos en material fungible.
            Todo este excursus acerca de los sistemas educativos fue motivado, recordémoslo, por la acusación de ignorantes que les lanzaba nuestra profesora a los “políticos”, “periodistas” y “hombres” en general que firman manifiestos defendiendo el lenguaje inclusivo. Acabo de demostrar que tales hombres (y mujeres, no las olvidemos a ellas) han sido formados en un sistema educativo más potente que el que conoció nuestra profesora: no son, por lo tanto, unos ignorantes. Entonces están deformados por la ideología: también he mostrado que el peso ideológico de la educación anterior era muy superior al que tiene la de ahora. Lo que nuestra profesora planteaba como una alternativa (o ignorancia o ideología) no funciona: no se trata, pues, de una alternativa, puesto que entre la ignorancia y la ideología hay otras cosas: lo mismo que entre el blanco y el negro también hay muchos colores.
            Descalificar como “ignorantos” e “ignorantas” a quienes no piensan igual que la profesora es un acto de desprecio. Ya hemos visto que hasta las lenguas muertas tienen vida y que donde hay vida hay historia, ¿qué no decir, entonces, de las lenguas vivas? Todas las lenguas (y la nuestra no es una excepción) tienen amplios márgenes para manifestar ese cambio. Y no hay que ignorar que los significados de las palabras se escinden en denotativos (que suelen ser referenciales y afloran a la conciencia) y connotativos (que son, por el contrario, emotivos e inconscientes, y muchas veces irracionales): esto pasa con todas las palabras, con todas las reglas, y la cuestión del género no es una excepción; aunque muchas palabras masculinas denoten inclusión y se refieran a ambos géneros, connotan, sin embargo, exclusión y universos mentales masculinos. Cuando decimos que el hombre primitivo vivía de la caza ¿alguien se imagina a una mujer cazando? Cuando los filósofos hablan del “sitio del hombre en el cosmos”, ¿no pensamos más bien con mente masculina? Lo peor es que hay legislaciones que contienen saltos semánticos, pues palabras como “hombre” y “ciudadano” se toman unas veces en su sentido genérico y otras veces están referidas al varón. Por todo ello se hace necesaria una reforma del vocabulario y de la gramática; hay usos y normas que deben cambiar en el presente, igual que hubo otras normas y otros usos que cambiaron también en el pasado. 


            Porque nuestra profesora está poniendo la gramática por encima de la política y a los políticos y diputados, por ignorantes y demagogos, por debajo de los maestros. Que no son ignorantes lo he demostrado ya, y en cuanto a demagogia, la que algunos puedan tener (si es que la tienen todos), queda muy por debajo de la que tiene la profesora: cuya soberbia la lleva a pretender que, si nos pasamos su escrito de unos a otros, tal vez termine “haciendo bien hasta en los ministerios”; como si la gramática, que refleja siempre a la sociedad que la produjo, pudiera rebelarse contra quien la creó lo mismo que Lucifer se rebeló un día contra Dios. Para salvaguardar su modestia y no parecer orgullosa, la profesora se ha disimulado detrás de un emisor imaginario que en realidad es ella misma. Según este emisor, la frase final es “acertadísima y lapidaria”. Que es lapidaria no da lugar a dudas, pues decir que “no es lo mismo ser ‘un cargo público’ que ser ‘una carga pública’” crea un efecto teatral que tiene mucho gancho (eso está bien), pero sobre todo lleno de connotaciones (y eso ya no está tan bien: pues presupone que reclamar igualdad lingüística entre los sexos es una carga para los demás, y eso es una falacia). Nuestra profesora podría haber mencionado aquello de que ser maestro es más que ministro, porque “magisterio” viene de “magis”, que significa “más”, y “ministro” viene de “minus”, que significa “menos”: expresión que denota lo que se dice pero connota lo que se quiere decir (y eso es un sofisma que prescinde del contexto).
            Por eso mismo podemos decir que la frase con la que concluye la profesora es lapidaria, sí, teatral y contundente: pero no acertada, porque dice una falsedad. Puestos a quedar bien yo también podría despedirme con otra frase lapidaria (como que he dejado la gramática de Madrid por la pragmática de Zaragoza, porque más vale maña que fuerza); pero lo haría sin violentar la lógica con los consabidos juegos de palabras. Podría emplear una dilogía, un palíndrome, un anagrama, un calambur. Que argumentaciones como la de la profesora me hacen sentir bien, como decía Frida Kahlo: bien hundido, pero bien. Aunque prefiero concluir comparando el medio ambiente con la gramática y decir que no lo quiero medio, sino completo, que para tenerlo a medias ya me basta la profesora. Y no digo más.
  






viernes, 1 de diciembre de 2017

MARX (2): Y DESPUÉS VINO EL VERBO



MARX (2):
Y DESPUÉS VINO EL VERBO


2. La superestructura.

            Los chicos abrían unos ojos como platos porque en Marx habían encontrado explicaciones sencillas, pero convincentes; era una experiencia cotidiana, pero los embarcaba en una aventura de conocimientos.
            -¿Sabéis? –prosiguió Juan Luis, aprovechando aquel momento de éxtasis, y de entrega; de admiración por las cosas del saber-. Las relaciones de producción son como un motor organizador de las fuerzas productivas; y pueden organizarse de varias formas. Pero hay otra cosa más; por encima de ellas está el poder de las leyes, y de la política. Y lo que pasa en política no es más que el reflejo de lo que pasa en economía; como si la política fuese un espejo.
            -Esto ya no lo entiendo –interrumpió Sofía.
            -Lo explicaré con un ejemplo. A ver, vamos a centrarnos en los Reyes Católicos. Vosotros sabéis que Isabel la Católica guerreó contra su hermana, Juana la Beltraneja; uno puede pensar que si hubiera ganado Juana, quizá no habría entrado en España la monarquía autoritaria. ¿No pensáis que podría haber sido así?
            -Quizá –dijo Perico.
            -En realidad, no –le corrigió Juan Luis-. La monarquía absoluta era una necesidad de su tiempo, fuera quien fuera el rey o la reina a quien le tocara gobernar.
            -No entiendo –se sinceró Perico de nuevo.
            -Todo empieza con la actividad económica. Los comerciantes recorrían la península de norte a sur, y en cada pueblo les cobraban peaje. Además, cada pueblo tenía su propia moneda; y su propio sistema de pesas y medidas. La única manera de poner orden en ese caos era centralizar el poder: y lo hizo la monarquía absoluta; el reforzamiento autoritario del poder era entonces una necesidad histórica. Por lo tanto, aunque hubiese gobernado Juana la Beltraneja habríamos tenido en España una monarquía autoritaria: como la de Isabel la Católica.
            Los alumnos iban de sorpresa en sorpresa. No estaban acostumbrados a estudiar así la historia, buscando las causas profundas de todo.
            -Por lo tanto –prosiguió Juan Luis-, lo que pasa en política es un reflejo de lo que está ocurriendo en economía; y no al revés. La sociedad es un edificio cuyos cimientos son la economía; arriba, sobre ellos, está el edificio propiamente dicho, que tiene más de comodidad y decorado. El derecho, las leyes, no son sino la plasmación escrita de las relaciones de propiedad existentes. Y la política es sólo el reflejo disfrazado de la economía; detrás del líder está el empresario. Como en un espejo, el trabajador se ve reflejado en la izquierda; el empresario en la derecha. Aunque hay veces en que uno ve reflejos de sí mismo en el espacio del adversario, como les pasa a los obreros que votan a la derecha. Esa incapacidad política de reconocer nuestros intereses recibe el nombre de alineación. Uno está alienado, o loco, cuando se cree alguien que no es; muchos locos creen que son Napoleón. Del mismo modo hay obreros que se creen de derechas cuando su propia naturaleza los está orientando hacia la izquierda. También hay espejos, cóncavos o convexos, que deforman nuestra realidad en lugar de reflejarla.
            Juan Luis atacó el último tramo de su exposición.


            -El último espejo que nos devuelve imágenes de la realidad es la ideología. La imagen de la ideología nos refleja siempre una realidad deformada. Al contrario que la ciencia, que era siempre un fiel reflejo de la realidad, más fiel cuanto más reales y eficaces son sus consecuencias. La ciencia, si produce aplicaciones técnicas, es un espejo muy exacto de la realidad. La ideología la deforma.
            Pedro, inquieto, escuchaba sin estar convencido. Por un lado le parecía coherente lo que les decía Juan Luis; pero, por otro, era todo demasiado nuevo para aceptarlo así, sin más. En su mente había conflicto. Ya había oído a los pedagogos decir que aprender es pelearse con los conocimientos nuevos; uno se pelea desde el trampolín de los viejos conocimientos.
            -Volvamos a considerarlo todo desde el principio –recapituló Juan Luis-. Todas las fuerzas que convergen en un proyecto (trabajo, energía, materia) son ordenadas por la técnica; que es hija de la ciencia, como espejo ajustado de la realidad. Los conocimientos técnicos controlan las fuerzas que gobiernan los hechos; y estas fuerzas, a su vez, se coordinan para producir hechos nuevos: son más conocimientos técnicos. La ciencia, a la manera de Aristóteles, procura que el conocimiento coincida con la realidad: tal es la teoría de la adecuación, o correspondencia. Y William James llevaba más lejos esa exigencia pidiendo que no sólo las ideas correspondan a las cosas, sino que también correspondan a las acciones: de esta manera nuestras ideas nos conducirán al éxito; es el pragmatismo. Las ideas no sólo son reflejos de la realidad, sino guías para la acción. En Marx encontramos algo parecido. La ciencia, como conjunto de ideas que coinciden con las cosas del mundo, produce también acciones eficaces sobre el mundo. En Marx no hablamos de pragmatismo, como en William James, sino de filosofía de la praxis; porque no se contenta sólo con la técnica físico-matemática, sino que está creando una ciencia y una técnica de la sociedad; una ciencia que no se limite a describir la sociedad (eso lo hace la sociología), sino que además intenta cambiarla (socialismo). Y no se duerme soñando en cómo podría ser una sociedad mejor; quiere crearla; quiere llegar a ella, desde las ruinas de esta sociedad vieja. Su socialismo no puede ser utópico, sino científico. La praxis política no debe limitarse a ser un sueño alejado de la realidad, sin conexiones con ella; porque tal sueño no puede ser sino deformación del mundo: tal es la ideología. Como un espejo deformante, la ideología nos da gato por liebre; nos vende como reales ideas erróneas, fantasías equivocadas, falsificaciones.
            -¿Y las matemáticas? –interrumpió Pedro-. Las ideas matemáticas ¿son o no son ideas ajustadas a la realidad? Voy a poner un ejemplo: los infinitésimos son puntos en los que una línea es a la vez recta y curva. ¿No es absurdo? ¿No es algo verdaderamente alejado de la realidad? ¿Son las ideas matemáticas espejos fieles del mundo? ¿No son ideas deformantes?
            -En una palabra, ¿son las matemáticas ideología?
            Silencio.
            -¿O son ciencia?
            Más silencio.
            Y Pedro dijo:
            -Exactamente.


3. Ideología y política.

            Entonces Juan continuó:
            -Lo que está en juego aquí es qué sea en realidad el método científico. Marx no se lo planteó así. Marx pensaba en la dialéctica hegeliana y en la teoría de la correspondencia. Es verdad que las cosas que pensaba Pitágoras de los números son pura ideología en sentido marxista; o las ideas fantasiosas de Platón, de Kepler, y las especulaciones cabalísticas. Todo eso es fantasía, ensueño, desvarío. Las matemáticas que hacen ciencia son las que producen ecuaciones que se ajustan a los hechos. Pero no me hables entonces de matemáticas infinitas, de física cuántica, de relatividad, de supercuerdas. Diríamos que cuando los pensamientos son demasiado generales, demasiado amplios, demasiado abstractos, no pueden ser comparados con el mundo; no se los puede hacer corresponder con los hechos, no se concretan en acciones, escapan al control experimental. No se puede decir que sean ideología porque no deforman la realidad; simplemente no pueden ser comparados con ella; pero por eso mismo tampoco son ciencia. Creo que Marx no se planteó estas cuestiones en serio, y simplemente las tiró a la basura como verborrea metafísica; como pensamientos estériles, como una pérdida de tiempo.
            Juan Luis prosiguió mirando primero a Pedro, después al resto de la clase.
            -De modo que, simplificando, nuestra conciencia es como un espejo abierto sobre el mundo; por arriba es un espejo deformante, y por abajo refleja los hechos; las cosas. La ideología mistifica las cosas, pero la ciencia reproduce la realidad como es. Veamos lo que pasa con la política. Os he dicho que la técnica ordena las fuerzas productivas bajo la égida de la autoridad; que no es más que capacidad de mando. Pero, por encima, la propiedad dirige el mando hacia las metas que ella elige; porque la propiedad es poder; voluntad que domina a los otros, dominación, apropiación de la libertad de los demás. Pero el techo de la dominación es otro espejo. Al otro lado del espejo los agentes sociales y económicos se disfrazan con ropajes políticos. Un partido político es la ilusión (creada o creída) de que uno no está defendiendo sus intereses, sino los intereses de todos. La política es un teatro que funciona como reserva de combustible; si uno odia a su padre pero sus escrúpulos le impiden reconocerlo, se crea unos adversarios políticos y vuelca su odio sobre ellos para tener la ilusión de creer que lucha por su padre: y lo único que hace, sin reconocerlo, es estar luchando contra él; desviando su odio hacia otra gente para evitar reconocerse en esos impulsos como parricida.
            Juan Luis se tomó un respiro.
            -La política es un disfraz. Un uniforme de camuflaje con el que proseguimos nuestras batallas económicas, sin reconocerlo. El derecho, por su parte, es el reconocimiento público de las relaciones de propiedad. Si el código civil reconoce el derecho a la propiedad privada, los tribunales me ampararán cuando los revolucionarios quieran quitarme mi fábrica; porque me pertenece, y las leyes me lo reconocen. Por eso los revolucionarios lo primero que hacen es cambiar las leyes; cambian las reglas del juego. Las leyes, que mandan lo que hay que hacer, pueden perfectamente no ser obedecidas (a diferencia delo que pasa con las ciencias naturales); por eso hace falta un poder que imponga su cumplimiento; ése es el poder político. El poder se fragua en el parlamento, se filtra en los ministerios, y se vierte en la expresión pura de la fuerza: que son la policía y el ejército. La realidad vivida es social y económica. Arriba, disfrazada, se vierte en una representación, en un teatro, en una película: es el mundo del derecho y la política; y arriba hay otros cortinajes tras de los cuales la acción política queda convertida en ideas; es el debate ideológico, la lucha de ideas, teorías y doctrinas, la lucha de idearios y religiones, el credo de la política. Bajo ella, la lucha política no parece la del obrero contra el burgués, aunque lo sea; parece lucha de un credo contra otro, como si todos los credos fueran generosos; como si no hubiera intereses bajo la política.

                                        
4. El marxismo visto a través de un ejemplo. 

             Y en este punto Juan Luis se atrevió a poner otro ejemplo:
            -Estáis preparando el viaje de estudios. ¿Cuáles son vuestras fuerzas productivas?
            Después de pensárselo un poco, Pedro contestó:
            -Los polvorones que vendemos para sacar dinero. Y el dinero que manejamos. Y es, también, nuestro propio trabajo.
            -Muy bien, Pedro. ¿Y consideras que vuestra actividad sería más bien de tipo político? ¿O económico?
            -¿Perdón?
            -Vosotros os organizáis para abrir y cerrar el bar, para asegurar el suministro, para vender los bocadillos durante el recreo, para limpiar y barrer el suelo. Tenéis una hoja en la que figuran cada día de la semana las responsabilidades de cada uno. Hay un responsable de gestionar el dinero, otro que se encarga de que llegue la mercancía, otro de ordenar el almacén... ¿Sois políticos organizados y es ése vuestro gobierno?
            -¡No, no es eso! –interrumpió Iván-. Aquí no hay partidos que luchan, ni hay debate ideológico... Esto no es más que actividad económica. Sólo nos reunimos para ganar dinero.
            Alejandra observó con perspicacia, movida por la curiosidad:
            -¿Quieres decir que quien maneja el dinero se parece más al contable de una empresa que al tesorero de un partido?
            Y Juan Luis, que entendió que la pregunta iba por él, contestó en seguida:
            -Sí. Es exactamente lo que he querido decir. –Meditó, paseando su mirada por el vacío, durante unos breves segundos-. Pienso que... No sé. Cuando vosotros os reunisteis, en asamblea, para decidir a qué país iríais de viaje, quizá formasteis algo así como un parlamento; quizá fuera eso un acto político... O no. Era la deliberación previa a la toma de decisiones; quizás fuera más bien un acto social. Porque vuestras reuniones iniciales para formar equipos de trabajo se parecían más a la organización de una empresa; a la microeconomía.
            Y luego preguntó, casi a bocajarro:
            -¿De qué nos sirve todo esto si queremos estudiar a San Anselmo? ¿Qué interés tiene? Marx nos pone en guardia contra el vicio que tenemos los filósofos de discutir las ideas del teólogo sin preocuparnos por mirar de dónde han salido. Marx nos recuerda que la filosofía es, ante todo, historia de la filosofía. Las ideas de San Anselmo tienen algo de ideología y poco de ciencia; el argumento ontológico se mueve en ese terreno vago donde las palabras no enmascaran la realidad, pero se enredan. San Anselmo perdía el tiempo en esas cosas porque tenía asegurado el sustento. Seguro que en el monasterio de Canterbury había una huerta, ganado para tomar leche y carne, telas para fabricarse los hábitos, herrería para las ollas, puertas y celosías, y todo lo necesario para vivir; si no hubiera tenido todo eso, seguro que no habría tenido tiempo de fabricar su famoso argumento. Pensad en la ciencia desinteresada de los griegos: era un mito; sólo la buscaban quienes no tenían problemas para subsistir, las clases acomodadas, los ricos, sobre todo los nobles; para un campesino pobre no había tiempo libre para dedicárselo al ocio: al ocio de pensar.


5. El papel de la filosofía.

            Y ya entrado en materia, Juan Luis se lanzó en su explicación por la recta final.
            -Pensad en Aristóteles. Defendió la esclavitud porque era la base de la economía de Atenas; esa parte de su filosofía política emana de las fuerzas productivas atenienses. ¿Y por qué defendió la idea de una ciencia desinteresada, sin preocuparse por sus aplicaciones técnicas? Porque la técnica no era una fuerza productiva; el trabajo de las máquinas lo hacían los esclavos. Estas ideas de Aristóteles no son ciencia; son ideología.
            Y proseguía desarrollando con entusiasmo el hilo de su pensamiento:
            -Otras afirmaciones suyas sí eran científicas, aunque muchas no fueran correctas (era por la falta de medios para poderlas contrastar): como que la vida no la da la mujer, sino el hombre; la mujer sólo la recoge en su seno ya toda hecha. La división entre mundo sublunar y supralunar, la concepción del pensamiento que se piensa a sí mismo, la teoría no parabólica de la caída de los cuerpos, la idea de la virtud como término medio...: son ideas probablemente más científicas que ideológicas. Otras, como el hilemorfismo, la teoría de la potencia y el acto, el alma corruptible, su concepción del arte poética y la lógica del silogismo, tendrían mezcla de ideología, ciencia empírica y filosofía especulativa. Pero aunque Aristóteles hiciera ciencia, su ciencia no era una fuerza productiva; era más bien una forma de conciencia, en el mismo nivel que el pensar ideológico, pero en todo caso no era ideología. En todas estas cosas yo interpreto a mi manera el pensamiento de Marx, pero creo que él estaría de acuerdo conmigo. Lo que nos proporciona es un método para estudiar la sociedad; y, por lo tanto, también un método para hacer historia de la filosofía.
            No supo si todas estas cosas las dijo en una clase o si su mente enlazaba dos clases en una. En el cielo, por la ventana, las nubes formaban estratos. Había uno más pesado, triste y oscuro, que ocupaba la parte baja del cielo; en él creía ver la base económica de la sociedad. Por encima, otros estratos más tenues parecían sobrevolar la realidad material y dura; pero eran una realidad tenue y delicada, superestructura de fantasías, realidad ideológica: era lo real maravilloso, pero realidad al fin y al cabo. Y como una fina capa de niebla, flotando en el conjunto, la interpretación de Juan Luis lo borraba todo porque a lo mejor sus palabras no eran exactamente reflejo exacto de las palabras de Marx. Sopló una leve brisa. El aire fresco aliviaba la mañana, voló una hoja y cruzaba un pájaro; en el horizonte se escribía, con rasgos nerviosos, la faz del filósofo pensando que ya era hora de comer; porque pensar requiere, aunque no lo parezca, llenar el estómago de tanto en tanto. Preguntádselo a don Quijote. No vaya a ser que creamos que esas cosas sólo las pensaba Sancho.


6. Epílogo. 

            Pensó en un equipo de fútbol. ¿Quién manda en el equipo? Por un lado está el entrenador, que es el jefe técnico; el presidente, por su parte, es el jefe económico. Pero al entrenador lo contrata el presidente; luego está claro que la economía prevalece sobre la técnica. Al mismo tiempo, el presidente hace las veces de ideólogo. Recuérdese lo que es la ideología: una visión deformada de la realidad; todos saben que cuando el adversario va a meternos un gol hay que pararlo con una falta táctica, pero la ideología pregona siempre los valores de la deportividad. Está claro; una cosa es lo que decimos y otra cosa lo que hacemos.
            El líder sería quizá un jefe ideológico; que sería el ideólogo si es autor de la teoría, o el guardián de las esencias si es el transmisor de la ideología del fundador: un auténtico jefe del culto; el sacerdote, el filósofo, el guía. Pero un equipo de fútbol no tiene jefe político. Porque no tiene una escena en la que los intereses del equipo puedan disfrazarse de acción desinteresada.
            Un partido político tiene un ideólogo, pero también un estratega u organizador; y él mueve la economía del partido, cuyo jefe económico suele coincidir con el jefe técnico; o sea, el estratega. Por debajo están los jefes económicos cuyas empresas resultarán beneficiadas por la acción política del partido; empresas que financian (por ejemplo con donativos) la acción del partido que defiende sus intereses.
            Cuando un partido conquista el poder, su estratega o su ideólogo se convierten en jefe político; de su poder depende a su vez el jefe militar. Ya veíamos en Platón que el rey, entendido como técnico social (el filósofo), tenía bajo su mando a los jefes del ejército. Cuando una organización, que sirve a un jefe técnico y se identifica con una ideología, tiene ejército y no tiene escenario político donde camuflarse, es una organización mafiosa; sus fines son sólo económicos y no tiene deseos de sublimarlos.
            Tales eran las reflexiones que le habían venido a la mente después de sus lecturas de Marx. Los equipos deportivos y las organizaciones mafiosas tienen siempre una ideología, pero no un partido que haga pasar la defensa de sus intereses por defensa del interés general; no así un grupo guerrillero, que sí lo tiene (aunque sea en ciernes).
            Dedujo que la autoridad del profesor es un liderazgo técnico (a los profesores incompetentes no se los respeta); pero la autoridad es mayor cuando la competencia se refuerza con el cariño (y eso lo podríamos llamar liderazgo ideológico): ésa era la especie de carisma que tenían él y Liberto sobre los alumnos. En otras palabras, si al profesor capacitado se le respeta, al profesor que educa se le quiere; y el cariño ha de ser también respeto, porque un buen educador también debe ser especialista en un saber; no basta con ser especialista en enseñar. En cuanto al director y al jefe de estudios, sólo se les respeta si saben mandar; y mandar no es aquí enseñar, ni educar, sino solamente lo que decía Ortega: obligar convenciendo; convencer ofreciendo un proyecto sugestivo de vida en común.
            Radón carecía por completo de liderazgo. Era un vago, y nadie se sentía arrastrado por las bondades de su ejemplo. Quizá fuera competente en el conocimiento del latín, pero no lo era en la técnica de su enseñanza; por eso muchos de sus alumnos suspendían. En cuanto a su habilidad para la empatía, mejor no hablar de ella. ¿Qué clase de autoridad podría tener sobre los chicos? Y se le llenaba la boca de reforzar la autoridad del profesorado, de dignificar la función docente. Pero esas cosas no se hacen por decreto; no al margen del trabajo cotidiano. Esas cosas se las gana uno a pulso con su trabajo de cada día. No es honrado pedir respeto cuando uno no sabe hacerse respetar; todavía menos cuando a los alumnos no se los respeta.
            El inspector, como hilo que viene del gobierno y, en última instancia, de los ciudadanos que pagan sus impuestos, representa en el instituto al poder económico. Pero Radón no sabía reclamar cosas y defender los intereses del instituto. Como gestor, Radón era tan sólo correa de transmisión de las órdenes que venían de arriba. No sabía influir en ellas. Nada hacía por cambiarlas. Y así, su actividad se limitaba a dejar las cosas como estaban y a cobrar a fin de mes. Eso le convenía a la dirección provincial de Segovia. Y a la junta de Castilla y León, que estaba en Valladolid.
            La rebelión de las masas sobreviene cuando aquellos que no saben mandar se han atrevido a usurpar el mando. Y no saben ni siquiera obedecer. Radón era un claro ejemplo de rebelión de las masas.