sábado, 18 de abril de 2015

Poesía







SOBRE MIS VERSOS



           Yo soy el alma cristalina
que quiso tocar las nubes,
soñar la nada, volar al viento,
vivir dormido y soñar despierto.
            Y reto a las estrellas
colgando ancladas en sus brazos 
y al cielo, que andaba entre las nubes,
nublando lunas, soñando encierros.
            Crucé el cielo despeñado
sobre el abismo intenso de las aguas
y el iris, que ardía en sus pupilas,
se hundió en la bruma
en sus olas blancas.
            El cielo me arrojó sus chispas
profundas de tormenta. Mares
de silencio sufrió mi vida.
Y aquí sobre mi mesa, solo,
donde tengo ahora el pensamiento,
agonicé un día de otoño,
la frente muerta, sobre mis versos.




PIENSO

             Oigo. Me encuentro solo.
Quieto, guardo la resaca
de querer pensarlo todo.
No hay nadie. Mi destino
se pierde en la existencia
difusa de los destinos.
Y leo y pienso, y quiero
una respuesta a la duda:
pero nunca la consigo.
Entre las letras del libro
pierdo esencias que no encuentro,
y se esfuma y lo diviso.
Pienso. Pero oculto el lobo
de la psiquis que me come,
quedo sin él. Pienso sólo.




AUSENCIA


             Tierras milenarias...
Trabajo triste y cansado.
Cuando en la ventana
se filtran los pobres rayos,
un hálito indescriptible
debía herirme en lo hondo.
Pero no me hiere. Firme
se filtra en mis venas tan sólo
el vago cansancio.
Cuando pienso en las murallas
de la tierra lacia
y pelada de las almas castellanas,
nada pienso y nada miro.
Nada recuerdo ni añoro.
Ni siento a veces la ausencia
de los pobres cerros rotos. 



ETERNIDAD

 
Yo quiero azotes de fríos y tempestades,
ventiscas eternas. Aludes condenados
a los fríos de la muerte. La furia del viento.
Vientos huracanados
que parten en mil pedazos el firmamento.
Fragor de luchas y batallas. Los nevados
montes herir sus rocas, inmensas soledades,
sobre los condenados.
Un clamor de muerte que inunda el cielo. Males
sin fin, sin muerte. Mil gemidos incrustados
en el sudor terrorífico del tormento
inacabable. ¡Huid!
Clamor herido al viento, sudor fró que eterno
vaga de frente en frente. Mitos condenados
al terrible vagar del eterno retorno.
¡Oh destinos malditos!
Ventisca universal del hielos cortantes,
hervidero sublime de maldades, hado
de la esencia. ¡Apiádate del sino cruento
de este eterno caminante!


sábado, 11 de abril de 2015

Los seriales radiofónicos








LOS SERIALES RADIOFÓNICOS

 
            Cuando hablamos del siglo XX nos parece una leyenda: tan lejos ya, y ya tan lejano; lejos como si hubiera pasado el tiempo (son apenas quince años); lejano como si nos resultara extraño (tan ajeno nos parece, tan remoto). En los años sesenta las mujeres llevaban delantal. Llamaban a la vecina para pedirle un huevo, sal, una pizca de harina, un diente de ajo. Todas se conocían en el pueblo. Por las noches, con las tardes sofocantes, sacaban las sillas a la puerta para charlar, cuando llegaba la fresca. Los niños jugaban en la calle. Un día la vecina de enfrente se compró una tele: entonces los mocosos del vecindario se metieron en su casa para ver los programas, y daban los intocables, bonanza, el fugitivo, el túnel del tiempo: aquellas series, hoy entrañables, que les gustaban tanto. Pero las mujeres no veían series: escuchaban seriales.
            Los seriales de la radio. Por las tardes, cuando volvían los chicos del colegio, les daban pan y chocolate; y se iban a la calle a jugar con los vecinos mientras ellas oían la radio. Eran capítulos cortos, media hora, ¿cuarto de hora, quizá? Entre capítulo y capítulo daban anuncios. Las mujeres, a las series, las llamaban novelas. Estaban escritas por Guillermo Sautier Csaseca, los diálogos los decían Pedro Pablo Ayuso, Juana Ginzo, Matilde Vilariño, Marisol  Ayuso… Matilde Vilariño ha muerto hoy; lo ha dicho la tele; mi corazón se ha ido de repente al corazón de los seriales.
            Eran series lacrimosas. Había buenos y malos, casi con tanta fuerza como había buenas y malas. Si intentara recordar lo que era la música de las palabras, sentiría que las buenas no hacían nada: sólo les pasaban cosas; ellas eran el decorado y sobre ellas los protagonistas hacían y deshacían a su antojo. Ser bueno era sufrir el destino mientras el destino era elaborado por los malos; maquinado, urdido como una telaraña. Y los niños, que no entendíamos nada, nos criamos con el telón de fondo de aquella música de la radio: sentir y llorar era bueno, reír y gozar era ser malo. Aquella esencia indefinible fue penetrando en nosotros como una niebla espesa; sin cuerpo, porque se te escapaba entre los dedos, pero se nos metía su presencia hasta el tuétano; como una inyección de penicilina.
            “¡Qué hijo tan bueno tengo!”, decían las vecinas; porque era obediente. “Mi hijo es un diablo”, porque desobedecía a sus padres. Y eso que nos decían las madres era el reflejo puro y exacto de los seriales. Ellas también aprendían a ser buenas: obedientes. Las que se divertían ya sabían que eran malas. Cuando todo el barrio tuvo la tele todavía se juntaban en las casas. Se juntaban para ver las corridas, comiendo pipas, con una raja de sandía: El Cordobés; el salto de la rana; el pasodoble. Por la noche les gustaba ver la música, y ponían el programa de Joaquín Prat y Laura Valenzuela, las galas del sábado: pero la novela seguía siendo la reina indiscutible de la tarde.
            La casa de la discordia. La intrusa. El coche número trece. Yo no llegué a oír Ama Rosa (todo el mundo hablaba de ella); de hecho yo apenas oía las novelas: eran música de fondo, yo jugaba con los chicos en la calle, en el patio. Oías a los hombres decir: “mi mujer se ha quedado en casa, oyendo la radio”. Y a todos oías decir: “la novela; cosas de mujeres”. Las mujeres se alimentaban del sufrimiento de los personajes; mientras tanto, a los hombres los alimentaba el fútbol; la agonía en el deporte no consiste en sufrir calladamente, sino en pelear hasta el último aliento por la victoria. En los seriales radiofónicos la victoria no contaba: contaba el sufrimiento, las pasiones de los personajes; eso sí, al final siempre ganaban los buenos, pero a las mujeres no les importaba tanto: el final se diluía rápidamente en la trayectoria de resignación, dolor y lágrimas; y les importaba un sentimiento que había ido calando en su piel: que era el destino; que las cosas pasan sin que tengas que moverlas, el mundo no es un carro que tú tiras, sino un carro que te lleva; las cosas suceden aunque no las quieras, tú sólo tienes que mirar al cielo, resignada, esperando al sol que pasa; que al final el sol saldrá, pero saldrá solo: no hace falta que tú hagas nada. 

 
             Ha muerto Matilde Vilariño. Y mi corazón se ha puesto a volar hacia atrás, en el tiempo. La física siempre marcha hacia adelante, lo dice la termodinámica, pero los recuerdos van para atrás al revés que la línea del tiempo. He recordado los años sesenta, los seriales, el pan con chocolate, aquellas tardes de verano; y por las noches al fresco, jugando sin cansarnos, hablando. Por las noches ya no se oía la cigarra. Y me invade un aroma indescriptible, un ansia de volver, un estremecimiento sin cuerpo como si el espíritu temblara. Las tardes en el balcón, combatiendo el aburrimiento, esperando a que acabe la siesta, con el capitán Trueno y el Jabato. Oigo una jota. Oigo un twist, una soleá, un fandango. Un flash se enciende en mi corazón como un fogonazo. Fandango: esa palabra viene del latín, se dice fatum: destino; como si fuera un fado, el fandango. Y entonces lo comprendo. España es el país de los fandangos. Del destino inexorable que sucederá hagas lo que hagas. De su hija la resignación, madre de la obediencia, abuela del dolor, bisabuela de las lágrimas. Esa tierra fértil estaba abonada para el dolor: plantaron el serial y crecieron muchas ramas. Era un árbol frondoso salido de un grano de mostaza. Por eso se extendieron las novelas de la tarde como la hiedra que crece, agarrándose a las paredes, avanzando de mata en mata. Y fue el país de las novelas, madre de los culebrones, hija de los pliegues de cordel, tataranieta de los cantares de ciego, descendiente del romance, sucesora de juglares truculentos, y del cantar desnaturalizado; como se desnaturaliza la nata. 
            El culebrón, su heredero, no está hecho para gozar, sino para vivir la vida de los personajes; que, sufriendo lo que ellos sufren, nos olvidamos de nuestro propio sufrimiento, el que duele. Los culebrones, como el serial, son remedos de vida y no vida auténtica; son escenas repetidas, sin originalidad elaborada; algunos creen que es arte pero no es arte: es un pasatiempo. El arte es creativo pero los seriales no crean nada, se recrean en visiones adulteradas; visiones estereotipadas de lo que presentan como vida cotidiana; y de falsos ideales; ideales que suspiran al margen de la realidad, y contra ella.
            Los años sesenta, la novela, los mocosos en la calle, el pan con chocolate, el bueno es obediente, el malo no hace caso. La mujer buena es bondadosa, resignada, parece que si no eres obediente no puedes ser buena. La gente sumisa es generosa, paciente y dócil, como si vivir sometida fuera lo mismo que ser buena. Porque al fin y al cabo es el destino. El destino, no nosotros, es el que manda. Hay muchas palabras de consuelo: amén; inchalá; así sea; ojalá llueva café en el campo.
            Pero no llueve. Miro el destino y sólo veo pan y chocolate. Y chiquillos jugando en la plazuela, y los hombres oyendo el partido de fútbol, y las mujeres planchando. Allí crecieron los seriales. Las tardes de consuelo para el aburrimiento, tardes de pasar la tarde. Era el país de la cigarra y del sol, del tiempo que se para en la siesta, del sopor, la canícula, el sur geográfico; el norte de África. Una tierra de resignación, en el eco de los rezos, de sufrir sin una lágrima, de la vida callada. La tierra del destino sin tragedia griega, donde las cosas pasan sin hacerse, pasan porque sí, pasan porque pasan; donde nadie puede hacer nada porque todo está hecho, porque sólo te queda su atmósfera, absorber la niebla, sentir el frío que te quema en los pulmones, llegar a la frente, congelarla. La tierra de las tardes largas, tierra de sopor, de bayeta, de lavar los platos, de planchar la ropa. La tierra del serial cuando canta la cigarra, cuando te has abandonado, la tierra del destino: era la tierra del fandango; la tierra de España.




sábado, 4 de abril de 2015

Acerca del cuerpo en Filosofía.




ACERCA DEL CUERPO EN FILOSOFÍA


Introducción.

            Podemos considerar con Platón que el alma tiene valor y el cuerpo no lo tiene. En este enfoque cualquier actividad que se centre en el cuidado del cuerpo es problemática. Por ejemplo, la belleza, la sexualidad, la salud, la medicina, la educación física; cuidar de algo que no tiene valor es darle valor, contradecir la opinión pública, ir a contracorriente. El cuidado del cuerpo se puede entender desde la piel hacia afuera o desde la piel hacia adentro: lo primero es pecaminoso; lo segundo se tolera. En el primer grupo están la sexualidad y la educación física; en el segundo, la medicina.
            El cuerpo recibe el mundo y se mete en él. Lo primero lo hace mediante los sentidos; lo segundo, mediante los músculos. El trabajo muscular (“manual”) siempre se ha despreciado frente al trabajo intelectual; por eso el deporte es un arte menos noble que la medicina. En cuanto a los sentidos, el mundo judeocristiano ha privilegiado la vista y el oído; por eso la pintura, la escultura, la arquitectura, la literatura y la música son artes nobles; la gastronomía, la cosmética o el erotismo no lo son; la danza está a caballo entre el deporte y la música.


Un pequeño paseo por la historia de la filosofía.

            Vamos a repasar ahora algunas de las teorías que se han vertido sobre el cuerpo; o lo que es lo mismo, sobre el alma (si es que cuerpo y alma son dos realidades complementarias). Cada teoría constituye un horizonte desde el cual se explica lo que debe entenderse por alma.

1. Platón. El cuerpo es la cárcel del alma. Sus atributos son los sentidos y el movimiento, y ya sabemos que en la teoría de Platón los sentidos nos engañan sobre la realidad: un palo metido en un vaso de agua parece roto, las sombras chinescas anuncian animales que no existen, los objetos grandes vistos de lejos parecen pequeños, los potenciadores del sabor hacen que la comida parezca lo que no es; si nos centramos en las patologías, el panorama es desolador: el esquizofrénico oye voces que no existen, el daltónico ve los colores cambiados, se ha dicho que El Greco pintaba a su manera porque tenía un defecto en la visión. Más aún, como se apunta en la película de Amenábar Los otros, ¿no será que los otros somos nosotros? ¿No será que los colores son realmente como los ven los daltónicos?
Si nos ceñimos al movimiento, el panorama no es menos desolador. Parménides demostró que el movimiento no existe; si la experiencia sensorial (y por tanto corporal) nos muestra un mundo cambiante, será que lo que vemos, olemos u oímos es mentira. El cambio es una ficción: y los sentidos nos engañan.
La razón contradice a los sentidos. Los sentidos son el cuerpo. La razón es el alma. La razón no tiene cuerpo; por lo tanto no existe: sólo piensa. El cuerpo no sólo es engañoso, sino también nocivo, perverso; si alimentamos el cuerpo le quitamos la comida al alma; cuanto más comemos y bebemos, y disfrutamos de los placeres, y nos intoxicamos, más abandonada tenemos al alma; un estómago lleno tiene pocas ganas de pensar, se indigesta; lo mismo pasa cuando tenemos resaca. Para pensar hay que librarse de la pesadez del cuerpo, y como morir es quedarse el cuerpo sin su alma, pensar es aprender a morir. Si el cuerpo, con sus sentidos, nos da una visión distorsionada de las cosas, lo mejor es pensar sin el cuerpo; el modelo ideal de pensamiento son las matemáticas.
            Platón lo cree así. Un examen más detallado de la cuestión nos haría pensar, sin embargo, que por muy espiritual que sea el amor siempre tiene raíces corporales. Jaime Gil de Biedma dice que el amor es un asunto del alma, pero un cuerpo es el libro donde se escribe. También San Juan de la Cruz decía que la dolencia de amor no se cura sino con la presencia y la figura; pero ¿hay que apartarlos para ir de vuelo? ¿Es el cuerpo necesario para pensar? Entendámonos: la que piensa es la razón; pero tiene raíces corporales; la razón siempre piensa desde el cuerpo.
            Si nos empeñamos en seguir interpretando a Platón más allá de Platón, postularíamos la existencia de una sensibilidad corporal (los sentidos) y una sensibilidad espiritual (los sentimientos); entre medias habría una zona gradual, un continuo de espíritu con más o menos grado de corporeidad; en el extremo superior habría espíritu puro habitado por una razón pura y una sensibilidad pura; y en el extremo inferior, una sensibilidad corporal que no tiene por mediadores a los sentidos, sino que se expresa por esa sensación inherente al movimiento: no sería psicomotricidad, sería más bien sensomotricidad.
El tono anímico tendría entonces dos polos: en un extremo estaría la vitalidad pura del movimiento, una vitalidad sensomotriz; y en el otro tendríamos vitalidad intelectual, activada por sus propios sentimientos y pasiones. Pues bien: postularemos aquí que la pasión intelectual no  está desligada del cuerpo; tiene efectos en el ritmo cardiaco, en la secreción de adrenalina, en la actividad cerebral; y sus causas proceden de la misma fuente de la que surgen sus efectos. En la misma línea Maslow suponía que la trascendencia hunde sus raíces en las necesidades básicas; tendremos que afirmar que sólo se puede pensar desde el cuerpo, aunque le pese a Platón. 

                                                         
2. Descartes. El cuerpo es extensión, y por lo tanto ocupa un lugar en el espacio: nada más; no tiene fuerzas internas, luego es inerte. Frente a la inercia, el alma, que es pensamiento, es inextensa: no hay ningún lugar donde pueda estar. ¿Cómo el cuerpo, que siempre está en algún sitio, puede estar unido al alma, que no está en ninguna parte? Descartes supone que esta unión se da en la hipófisis; pero es una especulación gratuita, no tiene ninguna base.
Una versión reciente del cartesianismo la encontraríamos en Eccles. Según él, el cerebro contendría combinaciones y ramificaciones, a las que él llama dendronas; después, asociada a cada dendrona, habría una psicona, hipotética unidad de actividad mental; la psicona sería como el alma de la dendrona. La pregunta sigue abierta: ¿cómo pueden relacionarse las psiconas y las dendronas? ¿Cómo lo que ocupa un espacio puede tocar lo que no está en ningún sitio? Se extiende aquí un inmenso velo de misterio.

3. Leibniz. Si el alma es conciencia, cuando estamos dormidos ¿dejaríamos de tenerla? No: hay estados mentales de los que no somos conscientes. Y cuando estamos distraídos no nos quedaríamos sin alma momentáneamente.
Por otra parte, el cuerpo, que ineludiblemente tiene extensión (pues todo cuerpo ocupa un lugar en el espacio, no es inerte: dentro del cuerpo hay fuerzas, o más bien el cuerpo tiene sus propias fuerzas.

4. Freud. Se supone que la conciencia es el pensamiento; el inconsciente, el sentimiento; la censura, la voluntad. Pero lo que habría entre ellas no sería una frontera perfectamente delimitada, sino un continuo: ese continuo sería fundido encadenado, o por el contrario el fundido de uno estaría lejos del otro y entre ambos habría una tierra de nadie. Sea como sea, no existe el pensamiento puro; nadie puede pensar sin sentir. ¿Pero existe el sentimiento puro? La sensibilidad brota del cuerpo, entre el pensamiento y la sensibilidad hay una relación de conflicto, pues al sentimiento lo mueve el deseo, que no entiende de realidades, y al pensamiento lo guía la realidad, que no entiende de placeres. Luego la voluntad censura el placer no porque no se ajuste a la realidad, sino porque no se ajusta al ideal; un ideal que puede provenir de la mente (si la mente es capaz de sentir al margen de la sensación) o de la experiencia (si la que censura no es una norma de la voluntad, sino de la sociedad en la que vive).
Plantear u n conflicto entre la conciencia y el inconsciente (identificados como pensamiento y deseo) es negar que los pensamientos tengan sus raíces en el cuerpo; peor aún es cuando el conflicto se da entre el inconsciente y el deseo, la realidad y el ideal. Los ideales tienen sus raíces en los deseos, lo quiera o no lo quiera Freud; lo que llamamos deseo vive en el tiempo de quien desea, y el ideal vale para todos los tiempos, incluido el nuestro. Este continuo entre deseo e ideal plantea la necesidad de pensar desde el cuerpo; el conflicto que aparece en Freud entre el deseo y la voluntad nos habla, más bien, de pensar contra el cuerpo, porque la conciencia vive de espaldas a él; lo mismo pasa entre el deseo y la conciencia. El pensamiento de la conciencia se refiere a la realidad, mientras que el pensamiento de la voluntad se refiere al ideal; la realidad y el ideal son, a la par que el referente, los respectivos motores de la conciencia y la voluntad.


5. Aristóteles. Para Aristóteles el ser humano es un animal racional (o lingüístico, o político). Ser humano significa entonces controlar la parte animal por la parte pensante. Controlar: no anular.
            La realidad está conformada por materia y forma, que en los seres vivos son el cuerpo y el alma. El alma es el principio del movimiento, o, de una manera general, el principio de actividad. “Actividad” viene de acto, y la forma es acto, al revés que la materia, que es posibilidad o potencia. Un cuerpo sin alma es un cuerpo sin movimiento: un cadáver.
            Basándose en estos criterios distingue Aristóteles tres tipos de alma: vegetativa, cuya función es nutrirse (es lo que hacen los vegetales y, por extensión, el resto de los seres; un individuo que ha perdido la conciencia podría quedar reducido al estado vegetativo); sensitiva o motriz, propia de los animales; y la específica de los humanos, que es el alma racional. Un ser humano tiene las tres almas, y por tanto se alimenta, siente y piensa; puede sentir y alimentarse sin pensar (y cuando se encuentra en estado vegetativo ha perdido la conciencia), pero no puede pensar sin sentir y sin alimentarse: las raíces del pensamiento, por tanto, están en el cuerpo; lo mismo que en Maslow.

6. Hume. Todas nuestras ideas proceden de nuestras sensaciones; entonces, pensamos desde el cuerpo. Se ha dicho que para Aristóteles no hay nada en nuestra mente que no haya estado previamente en nuestros sentidos; la misma tesis vale para Hume. A las sensaciones Hume las llama impresiones, y se caracterizan porque son vivas y fuertes; las ideas, en tanto que impresiones atenuadas, son tenues, y toda idea es siempre copia de una impresión. Un pinchazo duele, el recuerdo de un pinchazo duele menos; y el concepto de pinchazo, no.
            Cuando una bola empuja a otra tiene que llegar antes de que la otra se vaya, tiene que chocar con ella y, siempre que esto sucede, la segunda bola se tiene que mover; pero yo no veo esa fuerza o energía que le comunica; no tengo, pues, derecho a afirmar la existencia de esa fuerza.
            Ése es el argumento de Hume. Criticar ese argumento es muy fácil. Si me dan un balonazo yo no veo la energía del balón, pero la siento en mi cara: siento el dolor, siento el impacto. La presión se siente por los receptores mecánicos que tenemos en la piel, el dolor también lo sentimos. La presión y el dolor son impresiones, puesto que los sentimos con los órganos de los sentidos. Su fiabilidad es la misma que la de los ojos: si Hume se fía de lo que ve, ¿cómo no se va a fiar de lo que toca? En esto hace gala del prejuicio platónico; el prejuicio de confundir el mundo sensible con el mundo visible, como si las otras sensaciones no tuvieran nada que decir sobre el mundo.
            También Hume afirma que la moral no es cosa de la razón, sino del sentimiento. Razonar sobre lo que hay que hacer nos podrá servir para descubrir lo que me conviene, no lo que es nuestra obligación; de modo que el deber no se deduce, ni siquiera lo descubre la inducción, sino que se siente. Yo ayudo a la gente porque siento que debo hacerlo: nada más. Cuando dudo sobre si dar limosna a un pobre lo que cuestiono no es el deber de ayudar al necesitado, sino la circunstancia de si ese mendigo es un pillo disfrazado de pobre o un pobre de verdad. La razón es un vehículo que nos lleva por el mundo, pero el sentimiento del bien es la luz que le muestra el camino: para Platón esa luz estaría fuera del coche, en el sol de ese mundo ideal; y para Hume estaría en los faros del propio coche; quizá pudiéramos postular que la ética de Platón nos permite circular de día, y la de Hume, por la noche.
             

7. Emergencia. Algunos autores (Bunge, Popper) conciben la mente como algo que emerge desde el cuerpo. Pero no puede emerger lo que no existe: si la mente es un producto del cuerpo es porque ya estaba en él, camuflada; el cuerpo es el mar y la mente un submarino; la mente aflora a la superficie cuando el cuerpo está preparado, lo mismo que el submarino sale a flote cuando tiene los mecanismos precisos adaptados a las propiedades del agua.


Sensibilidad y pensamiento.

            La sensación contiene un continuo que va de la más lejana (vista) a la más cercana (tacto), y cuyos estadios intermedios sucesivos son el oído, el olfato y el gusto. La tradición platónica ha privilegiado la vista y el oído como sentidos más nobles; al olfato, el gusto y el tacto los ha hecho despreciables, privándolos de valor. Las bellas artes y la música son, en la tradición platónica, actividades que vale la pena cultivar; no así la cosmética y los perfumes, la gastronomía y el erotismo: estos últimos procuran la satisfacción del cuerpo y como filosofar es aprender a morir, lo que debe hacer el alma es liberarse del cuerpo, que es su cárcel: comer poco, disfrutar poco y restringir el erotismo a las cosas del alma. El arte y la música son (con algunas reservas para el arte) actividades del alma, y por eso ellas sí merecen vivir.
            La educación física no es solamente física: también es educación. En tanto que física se ocupa del cuerpo; en tanto que educación se interesa por el alma. Un cuerpo desespiritualizado, reducido a sensación y movimiento, es un cuerpo sin educar. El cuerpo educado siente y piensa con su sensación y su movimiento; no es que piense con el cuerpo, como si el cuerpo y el espíritu fuesen dos chalets adosados; piensa desde el cuerpo, porque en el cuerpo están las raíces de donde arranca su pensamiento; y que lo alimentan. Cuando esas raíces alimentan el espíritu estamos hablando de educación física. Pero cuando son el espíritu y la mente (o la mente sentimental), las que son alimento del cuerpo, estamos hablando de espiritualidad; o si nos centramos exclusivamente en la mente, hablamos de ciencia; una de esas ciencias es la psicología.

Por su parte, la educación física podría ser concebida como un conocimiento a partir del cuerpo: somanoesis. Somanoética sería la ética arraigada en la vivencia del cuerpo, generadora de conocimiento: sus dos momentos serían la somítica (que cuenta las vivencias a través del lenguaje después de haberlas sentido de manera prelingüística) y la somética (que la convierte en reflexión educadora de la voluntad).

            Conocer el bien es sentirlo. Y se siente desde el corazón, pero algunos sienten también desde las tripas: aprender a conocer ambos puntos de vista (el cordial y el visceral) sería la verdadera educación moral; y eso no se hace desde el pensamiento, sino desde el cuerpo; si Platón hubiera sido consecuente habría comprendido que no se puede pensar sin el cuerpo; mucho menos contra él; se piensa sólo en diálogo del pensamiento con el cuerpo y, dentro de éste, abriendo también un diálogo entre su parte cordial y su parte visceral. 

            La moral es acción orientada. Y eso significa que a la acción le precede el conocimiento; cordial, no intelectual; la acción visceral se desencadena independientemente del conocimiento, y por eso es ciega. Lo cordial y lo visceral es afectividad, impresión, sensaciones. Toda sensación es impulso sobre el mundo, y el primer impulso es movimiento: expresión de sí mismo, no captación del otro; quizá por eso se atrevió a decir Goethe: “en el principio era la acción”; no la palabra, como en San Juan; la palabra viene después.
            Primero es somanoesis: conocimiento afectivo (que no es conocer intelectualmente asociándole el sentimiento, sino que es conocer por afectos; al conocer no se le asocia el sentimiento, sino que sentir es ya conocer); entre los afectos se incluye, por supuesto, el movimiento.
            Luego viene la verbalización de lo que sea sentido: somítica (“mythos”, en griego, quiere decir “palabra”); se habla de lo que se siente, pero siempre después de haberlo sentido; no es posible sentir una cosa y hablar en ese mismo momento sobre ella).
            Y a partir de ahí se reflexiona sobre lo contado, que es al mismo tiempo lo vivido; se reflexiona, pues, sobre la vivencia: somética (con arreglo a la etimología de “ethos”, esto tiene que ver con la formación del carácter). Tradicionalmente se habla de la vida moral y la reflexión ética; pues bien, la reflexión ética surge del sentimiento ético, no al revés; y el sentimiento se expresa en la vivencia, que tiene sus raíces en el cuerpo (“soma”); la vivencia, antes de ser verbalizada, se ha sentido, se ha experimentado (por eso es somítica). En otras palabras: la verbalización somética es razonamiento sobre la vivencia a partir de los sentimientos éticos; los cuales se han despertado después de la verbalización somítica, que consiste en describir e interpretar lo que se ha experimentado; verbalización de una vivencia previa surgida de la liberación de las ataduras del cuerpo; por eso este pensar se hace siempre desde el cuerpo; en el cuerpo tiene su raíz; a diferencia de otras tradiciones donde se reflexiona desde el alma y sobre ella ignorando siempre nuestra naturaleza somática.
Hay que liberar al cuerpo de sus ataduras; no al alma de la atadura del cuerpo; habría que librar, a lo sumo, al alma de las ataduras del cuerpo, y al cuerpo de las ataduras del alma.




Conclusión.

            Las líneas que preceden apuntan a que el pensamiento, si debe arrancar del cuerpo, no se sitúa en la órbita de Platón, sino en la de Hume. En “La naranja mecánica” se nos dice: “tu cuerpo aprende”; no se trata de eso, sino de que nosotros aprendamos con el cuerpo; y desde él; la espiritualidad puede arrancar de contextos tan corpóreos como el ejercicio físico; y la sexualidad. ¿Se puede conciliar a Platón con el empirismo? Éste es un programa de investigación que promete aventuras apasionantes. Porque el pensamiento, aunque le pese a Descartes, va más allá de la conciencia. Y el inconsciente no empieza con Freud: pensemos en Leibniz; buena parte de lo que creemos se cuece en la cocina de nuestro cuerpo.