sábado, 11 de abril de 2015

Los seriales radiofónicos








LOS SERIALES RADIOFÓNICOS

 
            Cuando hablamos del siglo XX nos parece una leyenda: tan lejos ya, y ya tan lejano; lejos como si hubiera pasado el tiempo (son apenas quince años); lejano como si nos resultara extraño (tan ajeno nos parece, tan remoto). En los años sesenta las mujeres llevaban delantal. Llamaban a la vecina para pedirle un huevo, sal, una pizca de harina, un diente de ajo. Todas se conocían en el pueblo. Por las noches, con las tardes sofocantes, sacaban las sillas a la puerta para charlar, cuando llegaba la fresca. Los niños jugaban en la calle. Un día la vecina de enfrente se compró una tele: entonces los mocosos del vecindario se metieron en su casa para ver los programas, y daban los intocables, bonanza, el fugitivo, el túnel del tiempo: aquellas series, hoy entrañables, que les gustaban tanto. Pero las mujeres no veían series: escuchaban seriales.
            Los seriales de la radio. Por las tardes, cuando volvían los chicos del colegio, les daban pan y chocolate; y se iban a la calle a jugar con los vecinos mientras ellas oían la radio. Eran capítulos cortos, media hora, ¿cuarto de hora, quizá? Entre capítulo y capítulo daban anuncios. Las mujeres, a las series, las llamaban novelas. Estaban escritas por Guillermo Sautier Csaseca, los diálogos los decían Pedro Pablo Ayuso, Juana Ginzo, Matilde Vilariño, Marisol  Ayuso… Matilde Vilariño ha muerto hoy; lo ha dicho la tele; mi corazón se ha ido de repente al corazón de los seriales.
            Eran series lacrimosas. Había buenos y malos, casi con tanta fuerza como había buenas y malas. Si intentara recordar lo que era la música de las palabras, sentiría que las buenas no hacían nada: sólo les pasaban cosas; ellas eran el decorado y sobre ellas los protagonistas hacían y deshacían a su antojo. Ser bueno era sufrir el destino mientras el destino era elaborado por los malos; maquinado, urdido como una telaraña. Y los niños, que no entendíamos nada, nos criamos con el telón de fondo de aquella música de la radio: sentir y llorar era bueno, reír y gozar era ser malo. Aquella esencia indefinible fue penetrando en nosotros como una niebla espesa; sin cuerpo, porque se te escapaba entre los dedos, pero se nos metía su presencia hasta el tuétano; como una inyección de penicilina.
            “¡Qué hijo tan bueno tengo!”, decían las vecinas; porque era obediente. “Mi hijo es un diablo”, porque desobedecía a sus padres. Y eso que nos decían las madres era el reflejo puro y exacto de los seriales. Ellas también aprendían a ser buenas: obedientes. Las que se divertían ya sabían que eran malas. Cuando todo el barrio tuvo la tele todavía se juntaban en las casas. Se juntaban para ver las corridas, comiendo pipas, con una raja de sandía: El Cordobés; el salto de la rana; el pasodoble. Por la noche les gustaba ver la música, y ponían el programa de Joaquín Prat y Laura Valenzuela, las galas del sábado: pero la novela seguía siendo la reina indiscutible de la tarde.
            La casa de la discordia. La intrusa. El coche número trece. Yo no llegué a oír Ama Rosa (todo el mundo hablaba de ella); de hecho yo apenas oía las novelas: eran música de fondo, yo jugaba con los chicos en la calle, en el patio. Oías a los hombres decir: “mi mujer se ha quedado en casa, oyendo la radio”. Y a todos oías decir: “la novela; cosas de mujeres”. Las mujeres se alimentaban del sufrimiento de los personajes; mientras tanto, a los hombres los alimentaba el fútbol; la agonía en el deporte no consiste en sufrir calladamente, sino en pelear hasta el último aliento por la victoria. En los seriales radiofónicos la victoria no contaba: contaba el sufrimiento, las pasiones de los personajes; eso sí, al final siempre ganaban los buenos, pero a las mujeres no les importaba tanto: el final se diluía rápidamente en la trayectoria de resignación, dolor y lágrimas; y les importaba un sentimiento que había ido calando en su piel: que era el destino; que las cosas pasan sin que tengas que moverlas, el mundo no es un carro que tú tiras, sino un carro que te lleva; las cosas suceden aunque no las quieras, tú sólo tienes que mirar al cielo, resignada, esperando al sol que pasa; que al final el sol saldrá, pero saldrá solo: no hace falta que tú hagas nada. 

 
             Ha muerto Matilde Vilariño. Y mi corazón se ha puesto a volar hacia atrás, en el tiempo. La física siempre marcha hacia adelante, lo dice la termodinámica, pero los recuerdos van para atrás al revés que la línea del tiempo. He recordado los años sesenta, los seriales, el pan con chocolate, aquellas tardes de verano; y por las noches al fresco, jugando sin cansarnos, hablando. Por las noches ya no se oía la cigarra. Y me invade un aroma indescriptible, un ansia de volver, un estremecimiento sin cuerpo como si el espíritu temblara. Las tardes en el balcón, combatiendo el aburrimiento, esperando a que acabe la siesta, con el capitán Trueno y el Jabato. Oigo una jota. Oigo un twist, una soleá, un fandango. Un flash se enciende en mi corazón como un fogonazo. Fandango: esa palabra viene del latín, se dice fatum: destino; como si fuera un fado, el fandango. Y entonces lo comprendo. España es el país de los fandangos. Del destino inexorable que sucederá hagas lo que hagas. De su hija la resignación, madre de la obediencia, abuela del dolor, bisabuela de las lágrimas. Esa tierra fértil estaba abonada para el dolor: plantaron el serial y crecieron muchas ramas. Era un árbol frondoso salido de un grano de mostaza. Por eso se extendieron las novelas de la tarde como la hiedra que crece, agarrándose a las paredes, avanzando de mata en mata. Y fue el país de las novelas, madre de los culebrones, hija de los pliegues de cordel, tataranieta de los cantares de ciego, descendiente del romance, sucesora de juglares truculentos, y del cantar desnaturalizado; como se desnaturaliza la nata. 
            El culebrón, su heredero, no está hecho para gozar, sino para vivir la vida de los personajes; que, sufriendo lo que ellos sufren, nos olvidamos de nuestro propio sufrimiento, el que duele. Los culebrones, como el serial, son remedos de vida y no vida auténtica; son escenas repetidas, sin originalidad elaborada; algunos creen que es arte pero no es arte: es un pasatiempo. El arte es creativo pero los seriales no crean nada, se recrean en visiones adulteradas; visiones estereotipadas de lo que presentan como vida cotidiana; y de falsos ideales; ideales que suspiran al margen de la realidad, y contra ella.
            Los años sesenta, la novela, los mocosos en la calle, el pan con chocolate, el bueno es obediente, el malo no hace caso. La mujer buena es bondadosa, resignada, parece que si no eres obediente no puedes ser buena. La gente sumisa es generosa, paciente y dócil, como si vivir sometida fuera lo mismo que ser buena. Porque al fin y al cabo es el destino. El destino, no nosotros, es el que manda. Hay muchas palabras de consuelo: amén; inchalá; así sea; ojalá llueva café en el campo.
            Pero no llueve. Miro el destino y sólo veo pan y chocolate. Y chiquillos jugando en la plazuela, y los hombres oyendo el partido de fútbol, y las mujeres planchando. Allí crecieron los seriales. Las tardes de consuelo para el aburrimiento, tardes de pasar la tarde. Era el país de la cigarra y del sol, del tiempo que se para en la siesta, del sopor, la canícula, el sur geográfico; el norte de África. Una tierra de resignación, en el eco de los rezos, de sufrir sin una lágrima, de la vida callada. La tierra del destino sin tragedia griega, donde las cosas pasan sin hacerse, pasan porque sí, pasan porque pasan; donde nadie puede hacer nada porque todo está hecho, porque sólo te queda su atmósfera, absorber la niebla, sentir el frío que te quema en los pulmones, llegar a la frente, congelarla. La tierra de las tardes largas, tierra de sopor, de bayeta, de lavar los platos, de planchar la ropa. La tierra del serial cuando canta la cigarra, cuando te has abandonado, la tierra del destino: era la tierra del fandango; la tierra de España.




4 comentarios:

  1. Me gusta mucho. Me has devuelto a Puertollano y a las tardes en que ayudábamos a mamá a deshacer las madejas para hacer ovillos de lana y otras cosas. He echado de menos algo y es que había una afición común a los hombres y las mujeres: los toros. Yo odiaba cuando llegaba a casa y no se podía hacer nada, ni hablar ni moverte porque estaban los toros y hasta que no acababan, la inanición se imponía en casa.
    bonito texto con el sonido de las cigarras y el calor sofocante de las tardes de verano. Acabo de recordar una noche de San Juan en la que todos los vecinos con hijos incluidos se reunieron en la plazoleta por la noche e hicieron una hoguera. Cuando sólo quedaban brasas, papá puso patatas para asarlas y no recuerdo si los demás vecinos hicieron lo mismo.

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    1. Tu comentario tiene un tono poético muy acorde con el espíritu del texto. Efectivamente, he tratado de hacer un retrato de la sociedad de aquella época, pero de hacerlo desde dentro, viviendo y reviviendo esas escenas que parecen extraídas de un remoto pasado. Si en un texto hay todo lo que el lector quiera poner (o más bien, pueda poner), está claro que la prolongación del texto es tu propio comentario; que evoca, de paso, vivencias compartidas que habían caído en olvido y que con tus palabras vuelven a despertar. Decididamente aquí no se habla de historia, sino de intrahistoria.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Por error se ha introducido una inexactitud en el texto: la actriz que acaba de morir es Matilde Conesa, no Matilde Vilariño.

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