sábado, 2 de agosto de 2014

Reflexiones sobre el poder (2): La pasión y el amor





REFLEXIONES SOBRE EL PODER (2):
LA PASIÓN Y EL AMOR
 

El mando, a diferencia de la violencia, obliga a la gente a hacer lo que quiere. La violencia nos impone lo que no queremos.

1.

            -En el fondo –reanudó sus reflexiones en voz alta- es posible librarse de las pasiones que nos ciegan. Pero esa liberación suele ser dolorosa. Las pasiones son velos que cubren no sólo las razones, sino, sobre todo, los sentimientos; los tapan, los adormecen, no les dejan expresarse. Una cosa es amar apasionadamente, siempre que el amor sea delicado, y otra el apasionamiento que convierte el amor en algo burdo, tosco, pobre y bruto. La pasión bruta nos ciega, pero a veces, si no las razones, el dolor, consiguen devolverle la vista. Mas ese dolor debe tener autoridad sobre nosotros; no puede ser un dolor violento. El comendador, en el momento de recibir el castigo, exclamaba:
                                               Me ha dejado la herida
                                               pedir perdón a un vasallo.
Pedir perdón. Para pedir perdón hay que ser consciente de nuestras culpas; y para darse cuenta de ellas tenemos que habernos quitado los velos que las ciegas pasiones nos habían echado encima, tapándonos los ojos: los ojos del alma, que era la que no podía ver.
            Y resumió acto seguido su punto de vista:
            -Por el placer y el dolor, el mundo se mete en nosotros dejándonos ciegos. Los ojos nos dejan ver el mundo. La razón vislumbra partes del mundo que los ojos no ven. Los sentimientos vuelven a ser placer y dolor cribados por las mallas de la razón, como el colador criba el té para limpiarlo de impurezas. Y las pasiones son sentimientos que han derribado la criba en la que fraguaban toda su delicadeza. Rebelándose contra la inteligencia, las pasiones son placer y dolor que quieren ser primarios, pero no pueden; y no pueden porque, por muy irracionales que sean, han crecido sobre el humus de la razón; aunque ese humus sean los despojos de la razón perdida.
            Se había metido en honduras que muy pocos de sus alumnos eran capaces de entender. De repente se dio cuente a intentó rectificar.
            -En fin, vamos a dejarlo en un ejemplo más simple para entendernos. La vida es ante todo placer y dolor. Vivir es sentir el pinchazo de una rama, gozar con la caricia de la hierba, experimentar el dolor de una aguja que se nos clava en el brazo, de una llama mordiéndonos el dedo... Sentir hambre, sentir sed, sentir frío. Darnos un manotazo donde nos ha picado un insecto, disfrutar del placer del aire meciéndose entre las ramas, el frescor del agua en los días de verano, el calor del fuego en las noches frías, el canto del pájaro...


2.

            -La pasión es una vuelta al primitivismo. Es como si una persona, atenazada entre sus redes, se convirtiera en esponja. No lo llega a ser del todo, porque su cerebro sigue siendo humano. Pero muchas de sus conexiones se han cerrado, o hacen cortocircuito, y su mente se vuelve ciega para cosas elementales que cualquier persona desapasionada podría ver.
             -¿Pero entonces quiere decir que las pasiones son malas?- se atrevió a decir Silvia. En su mirada había impaciencia, una curiosidad impaciente; como un deseo, no sólo intelectual, vital; un deseo de ver claridad en unas ideas que la estaban confundiendo.
            Juan conocía muy bien la sensibilidad tan fina que anidaba en la mente de Silvia. Supo rápidamente lo que la estaba preocupando. Se apresuró a tranquilizarla.
            -No, Silvia. No es todo completamente blanco ni completamente negro. Las pasiones son velos que no nos dejan pensar, que no nos dejan ver. Velos a veces finos como tules, casi transparentes. Otras veces son opacos, pero delgados también. Y muchas, muchas veces, son cortinas espesas que se interponen entre nosotros y el sol. Pero a veces llamamos pasiones a los sentimientos intensos. Cuando amamos mucho amamos apasionadamente; mas esa pasión no tiene por qué anular nuestro pensamiento, nuestra percepción del mundo, nuestra voluntad. Este segundo tipo de pasiones son, para entendernos, sentimientos fuertes y profundos; vivirlas y gozarlas es síntoma de salud. Pero nosotros estábamos hablando de otras pasiones que son auténticas enfermedades del alma; que ciegan nuestro entendimiento y nuestra voluntad, y nos cierran a la vivencia de los sentimientos más sublimes; que rebajan nuestro grado de sensibilidad, y nuestros afectos se vuelven más toscos, más primarios, más simples; burdos, que no sencillos; porque para sentir la sencillez de la vida nuestra mente debe vivir sensaciones muy elaboradas.
            Juan Luis echó mano a su cuaderno, que estaba sobre la mesa, y buscó unas citas para proseguir:
            -Mira, aquí tengo una frase que viene muy bien al caso. Es de Lope de Vega. Pertenece a Fuenteovejuna. En un momento de la obra dice Manrique (uno de los personajes):
                                               Pondré límite a su exceso,
                                               si el vivir en mí no cesa.
La pasión, Silvia, es un exceso. Una cosa es sentir mucho y otra, muy distinta, un sentir excesivo. Gustarle a uno mucho el cine es bonito; pero vivir obsesionado a todas horas con la misma película es una enfermedad. No es lo mismo vivir enamorado del cine que no vivir porque el cine no te deja. Ser un apasionado del cine es una cosa; no ser tú porque te ciega la pasión del cine es otra muy distinta. Distingamos, pues, entre dos formas de pasión: una es sentir mucho; la otra, sentir demasiado; yo pienso que los estoicos hablaban de esta última; pero al confundirlas, su pensamiento se ha vuelto racionalismo exagerado, tan apasionado como las pasiones que rechazaba: por eso el estoicismo quizá no sea auténtica sabiduría.
            Ahora el sol brillaba cálidamente sobre un hermoso azul celeste.
            -Si la salud es equilibrio, el exceso lo rompe: y es la enfermedad. El exceso es malo, y casi, casi, podríamos decir: el exceso es el mal. La maldad es la exageración de los sentimientos; es una verdadera patología. El problema es que todo lo malo nos atrae, precisamente por ser excesivo. El exceso es un imán con una fuerza de sugestión muy grande. Es tentador. Lo mismo que Ulises y las sirenas, dice una mujer en la comedia de Peribáñez:
                                                                                  Repara
                                               que son sirena los hombres,
                                               que para matarnos cantan.
Fijaos qué curioso: las cosas que nos hacen daño suelen ser atractivas. El mal se disfraza de bien. En la tradición cristiana el mal suele encarnarse en el diablo; y el diablo cambia de aspecto como el camaleón, es un lobo con piel de cordero, una sirena que, con sus cantos maravillosos, nos atrae para perdernos; si sucumbimos a ellos desembarcaremos en una isla donde seremos convertidos en cerdos; Pinocho, abandonado al placer fácil, al placer sin límite, a todos los excesos, es transformado en burro y condenado a trabajar: a trabajar para otros, olvidado de sí mismo; a trabajar sin tregua, esforzándose sin fin: a trabajar en exceso. Un placer excesivo nos lleva a un excesivo sufrimiento.
            Y entonces en su pensamiento se cerró el bucle:
            -Recordad que estábamos hablando del poder. Fecundado por la razón, el poder es la encarnación de la justicia: el buen gobierno. Pero si lo fecundan las pasiones (los vicios) no será sino un mal gobierno; un gobierno injusto. Un poder paralizado que actúa a la deriva, guiado por el mal que lo atrae con engaños; y el placer que el poder produce a la postre se convierte en hartazgo, desilusión, pesadez. Fijaos bien, el placer nos da vida, pero su exceso nos la quita.
            Juan leía la cita en sus papeles:
                                               -¿Tan dormido estáis, Llorente?
                                               -Pardiez, Bartol, que quisiera
                                               que en un año amaneciera
                                               cuatro veces solamente.
            Juan recordaba que en los tebeos de su infancia Bartolo era el as de los vagos. La pereza. Las pocas ganas de trabajar. Vivir dormido: vivir a ciegas. Querer que un año tuviese cuatro días para que el resto del año fuese de noche. Dormir, holgazanear, estar en la cama. Vivir poco porque estás durmiendo, empobrecer tu vida. Quitar de tu horizonte miles de experiencias porque prefieres estar tumbado; sin hacer nada. Y darte cuenta luego de que no has disfrutado porque para disfrutar hay que levantarse primero. La pereza, empobreciendo tu horizonte, empobrece el de los demás. El vago se hace arrastrado, porque de otra forma no se gana dinero sin trabajar; y al arrastrarse se vuelve un baboso, se vende al poderoso, se vuelve un payaso, se vuelve servil.



3.

            Hizo, al llegar aquí, una pausa didáctica. Quería enumerar varias cosas. Quería llamar la atención.
            -Otra causa de corrupción es el miedo. Escuchemos lo que se dice en Peribáñez -leyó la cita entre sus apuntes-:
                                               Yo, si viese algún ruido,
                                               cuéntame por desmayada.
                                               Tiemblo una espada envainada,
                                               desnuda, pierdo el sentido.
El miedo nos detiene para reflexionar, permitiéndonos actuar con prudencia. Pero cuando es excesivo nos paraliza. El miedo no se atreve a nada, en todo quiere tomar precauciones, y está dispuesto a venderse con tal de no sufrir daño. Obedecemos a quien nos amenaza. El miedo, convertido en cobardía por el exceso, nos vuelve serviles; y estamos otra vez con el gusano parásito que pudre la manzana del poder.
            Juan abreviaba intentando terminar. Sus palabras eran ahora una carrera contra el reloj.
            -Lo más triste de todo es que las pasiones que nos enferman el alma (como el miedo y la pereza) sólo sobreviven mediante el engaño. Y el engaño es el instrumento que utiliza el poder para perpetuarse. Volvamos a Lope de Vega y a Peribáñez. Al comendador le oímos decir:
                                               Que su villana aspereza
                                               no se ha de rendir por ruegos,
                                               por engaños ha de ser.
Y en otro lugar también leemos:
                                               Que en trigo de amor no hay fruto,
                                               si no se siembra dinero.
            Pero sonó el timbre. Sus palabras fueron interrumpidas por la desbandada general. Silvia y Cristal se sintieron contrariadas, pero también tuvieron que marcharse. Abajo esperaba el autobús.



4.

            -Recapitulemos. El mando y la violencia son las dos formas de poder que conocemos. El mando, a diferencia de la violencia, obliga a la gente a hacer lo que quiere. La violencia nos impone lo que no queremos: por lo tanto coarta nuestras fuerzas, reprime nuestros deseos, limita nuestra percepción. Tanto quien manda como quien obedece viven presos de una pasión, una enfermedad, un exceso: el vicio. El vicio mina nuestra salud y nos va destruyendo poco a poco. El miedo y la pobreza son dos de sus manifestaciones, y el engaño es su instrumento. Las pasiones rebajan nuestra alegría, nos ponen límites antinaturales, ponen sequedad en nuestra vida. Los sentimientos son destruidos por las pasiones. Un sentimiento tan sublime como el amor llega a quedar reducido a cenizas por el engaño. Y el interés. Si el trigo del amor sólo da frutos sembrando dinero, es que ese trigo está desnaturalizado; del amor sólo le queda la cáscara; el grano ya está seco; el amor, si es capaz de comprarse, es sólo un pálido reflejo de sí mismo, una espiga vana. Y si hay un amor tan fuerte que no se rinde por dinero sino por ruegos, por engaños ha de ser:
                                               Amor en ausencia larga
                                               hará el efecto que suele
                                               en piedra el curso del agua.
Ésa es la treta del comendador. El amor es piedra imposible de domeñar. Pero si dejamos pasar el tiempo, al cabo la piedra se rodará; el amor se limará con el tiempo; la resistencia que ofrece acabará puliendo sus asperezas. El amor es víctima del tiempo, aunque sea el amor verdadero; por muy apasionado que sea. Pero las pasiones desordenadas despojan al amor de su belleza y lo transforman en cardo hostil.
                                   Amor es guerra, y cuanto piensa, ardides.
Así piensa el indigno comendador de Ocaña. Su pasión por el poder limita su horizonte. La sed de mandar lo vuelve insensible. Y hasta el sentimiento que le conmueve crece sobre una falta de sensibilidad. Ciego al sentir de los otros, sólo vibra con lo que le afecta. Y por eso, a la vez que engaña a los demás, se engaña a sí mismo. Con la astucia y la treta no puede doblegar el amor de Casilda. No puede lograr que Casilda, para quererle a él, deje de amar a Peribáñez. Y no comprende por qué; la pasión le ha nublado el alma, le ha quitado las entendederas. Debe resignarse a contemplar el retrato que ha mandado pintar, ya que no puede contemplarla a ella.
                                               Pues con el vivo no puedo,
                                               viviré con el pintado.
Y así, la pasión sume su vida en un mundo de ficciones. Pero esas ficciones no son sueños que amplían su horizonte, sino fantasías castradoras que lo limitan. La razón, raptada por las pasiones, ha hecho de él un ciego incapaz de ver. Y el mundo que está ahí, aunque él no lo vea, lo arrastra con sus realidades, frente a las que sus ficciones no pueden nada. Instalado en un mundo de mentiras, sustentado en el engaño de los demás, es una roca que acabará siendo derribada por la realidad resuelta en olas. Las olas de la verdad son incontenibles. Y la mentira tiene las patas muy cortas.
            El cielo, sobre sus cabezas, estaba tan alegre como el día anterior. La mañana, de tonos blancos sobre el horizonte, transitaba por los grises hasta llegar a un azul radiante, limpio, cristalino, casi transparente. Arriba, en el cenit, aquel azul diáfano estaba tachonado de manchas largas y estrechas, como pinceladas de acuarela, surcando las aguas de aquel hermoso cuadro. Aquella luz alegre bañaba de alegría los rostros de la gente llenándolos de vida. Eran las diez de la mañana.
            -El dinero, los ruegos, la astucia. Dos caras certeras reviste la astucia: la ocasión; y el engaño. El dinero no puede nada, pues que el amor tiene otros intereses. Los ruegos, si despiertan la piedad (que es la pena), pueden llegar a debilitarlo, pero el amor es más fuerte. El engaño puede llegar a vencerlo. Y la ocasión también. Ya lo decía mi padre: quien quita la ocasión quita el peligro. Alejar a los enamorados durante largos años puede ser eficaz para debilitar el amor, pero no para desviar el amor sobre otros. El dinero, los ruegos y las tretas son ficciones utilizadas para hacer el mal. Al final, el malvado vive en un mundo de ficciones. Como no puede conseguir lo que busca, tiene que sustituirlo por su retrato, pálido reflejo de la realidad; y el comendador de Ocaña, resignado a tener que estar sin Casilda, manda pintarla en un cuadro para que le haga compañía. Al final vive en un mundo de ficciones. Un mundo de sombras donde la realidad palidece. Una existencia devaluada. Una caverna.
            Juan se detuvo un poco mientras sus ojos se perdían en el aire. Buscaban, sin duda, un hilo para pensar.
(Continuará)




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