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sábado, 5 de diciembre de 2015

Los Corazones Opacos






LOS CORAZONES OPACOS


            Una mujer abandonada por su marido. Sabe que su marido tiene devoción por sus hijos, y, para hacerle daño (cegada por el sentimiento de venganza), los mata. Luego dice que estaba enloquecida por las drogas y el alcohol; no sabía lo que hacía. Pero era culpable de haberse drogado cuando tenía a sus hijos en casa.
            Un hombre se cree perfecto y su hijo y su mujer no están a su altura. Su mujer entonces, cansada de tanta perfección, se separa. El hombre los mata al saberlo; mientras dormían. Luego se pega un tiro.
            Otro hombre se venga de su mujer matando a sus hijos de corta edad. Luego los quema para no dejar rastro. Muchas veces le había dicho a su mujer: “aquí soy yo el que trae dinero a casa y se folla cuando yo digo”.
            Veinte estudiantes son asesinados en Méjico a sangre fría. Por dinero. Mercenarios, sicarios, soldados de fortuna, asesinos a sueldo. Capaces de matar para ganarse la vida.
            Un mendigo mata a otro que se había metido en su territorio. Quería defender su espacio vital, no quería competencia. Como los animales.
            Un comando entra en una universidad de Kenia y mata a los que no son musulmanes. A sangre fría. El comando sabe que serán abatidos por las fuerzas de seguridad, pero no les importa: desprecian la vida.
            Otras turbas destrozan estatuas y edificios milenarios con la saña del poseso. Odian la cultura.
            Otros especulan sin piedad para ganar millones en robos legales. Unos lo llaman visión de futuro. En sus fábricas hacen lo mismo y lo llaman ingeniería contable. Saben que por culpa de ellos miles de personas perderán sus empleos. Se quedarán en la ruina. Y hasta se suicidarán. Saben que tienen la culpa pero no les importa, al diablo con ellos; que se pudran. Si no fueran tontos no serían pobres.
            Otros desalmados estrellan aviones contra las torres gemelas. Los muertos superan el millar. Y ellos, contentos. Mueren por Alá. Alá los premiará con el paraíso.
            Un piloto estrella su avión en pleno vuelo. Al suicidarse está matando también a ciento cincuenta personas. Ciento cincuenta pasajeros. Hace tiempo que estaba depresivo. ¿Por qué mata a todos los demás? ¿Por qué no se suicida él solo? Quizá siente que los otros son de su propiedad, que puede hacer lo que quiera con ellos.
            Otros disparan contra una niña por querer ir a la escuela. Otros matan a unos periodistas por crear viñetas cómicas. Otros matan a los turistas que quieren visitar un museo. A todos los une un denominador común: no les importa morir; pero todas sus víctimas tienen el mismo denominador: todas quieren vivir.
            Los senderistas de Ayacucho mataban indiscriminadamente y colgaban a los perros. Los etarras ponían coches-bomba para matar policías y militares que a veces, por ir con sus mujeres y sus hijos, morían con ellos; sus verdugos todavía les echaban la culpa por haberse atrevido a viajar con sus familias. Otro terrorista le pegó un tiro a Yoyes por haber dejado la organización; se lo pegó delante de su hijo. Y tantas personas lloraron por culpa de ellos. 

 

            Los islamistas radicales lo llamaban venganza (gritaban como energúmenos que querían vengar a Mahoma). Los chechenos que mataban niños rusos  asaltando sus escuelas también querían que los rusos sufrieran; como ellos mismos habían sufrido cada vez que mataban a sus niños. Los etarras lo llamaban “socializar el sufrimiento”. (Todos lo hemos llamado siempre ley del Talión). Ojo por ojo y diente por diente. Y aunque lo disfracen con palabras la realidad sigue siendo la misma: una realidad descarnada, despiadada, insensible y cruda.
            Unos matan porque no tienen compasión; no tienen, como dicen los neurólogos, neuronas-espejo; no saben ponerse en lugar del otro, no tienen empatía; no sienten las cosas que sienten los demás, son insensibles. Los sicarios: niños pobres que se han criado en la calle, sin padres que los quieran, los cuiden y los mimen; niños que no tienen ninguna experiencia de la familia; y que, como no han recibido amor, tampoco saben darlo; porque no lo sienten. Si además sienten odio por el maltrato recibido, no tendrán ningún escrúpulo en matar cuando les paguen por ello. Son los corazones opacos: los que no sienten; sólo saben sentir con las tripas.
            En las numerosas guerras de Afganistán se quedaron huérfanos muchos niños. Malvivían en el abandono. Sobrevivían. Muchos eran recogidos en las escuelas coránicas, las madrasas. Y aunque comieran pan y agua y durmieran en el suelo, tenían algo que comer y un techo donde dormir. Estos niños se criaron sin amor. El amor es un espejo donde se reflejan los demás, y por eso comprendemos su sufrimiento. Pero quien no recibe amor no tiene espejo donde mirarse cuando mira a los otros, como cualquier órgano que se atrofia cuando deja de cumplir su función: se convirtieron también en corazones opacos. Si sus maestros les enseñaron el odio, ellos, que aprendieron a matar, no pudieron sentir el dolor ajeno. Muchos de los asesinos de hoy fueron un día niños de las calles. Mendigos, pícaros, pirañas, gaminos. Muchos terroristas islámicos, muchos yihadistas convencidos, creen con las tripas lo que no entienden con el corazón: porque se les ha dormido; y a falta de querer entrañablemente sólo pueden querer con visceralidad. No sienten el dolor de un piloto abrasado en una jaula; es más, desearían hacerle sufrir más y que sus familias sufrieran; con el sufrimiento que nadie ha sentido por ellos nunca. Y son corazones opacos. Quieren venganzas. Buscan el talión. O para decirlo con palabras civilizadas, socializan el sufrimiento. Muchos clérigos implacables un día fueron niños de la calle: niños sin familia, niños maltratados; lo fue Saddam Husein, que se acabó convirtiendo en un tirano sin escrúpulos. 

 

            Entre los corazones opacos hay algunos que sienten que los otros son de su propiedad. La mujer que mató a sus hijos para atormentar a su marido. El hombre que quemó a sus dos hijos. El inversor que arruinó a miles de pobres diablos como objetos de su lucro. El narcotraficante que extiende su territorio a costa de crear drogadictos, abocándolos a callejones sin salida. Algunos palestinos que disfrutan matando judíos. Y tantos judíos que quisieran exterminar a los palestinos. Los que querían matar a  Malala. Todos tienen algo en común: que dividen el mundo en dos partes, y la parte que no es la suya debe ser exterminada. Y hay dos mantos que se extienden como un velo sobre la opacidad de los corazones: el de la propiedad humana y el del territorio. Sentir que los míos me pertenecen. Es mi propiedad privada.
            Y sobre la defensa del territorio, que cubre la propiedad de los otros, que se extiende sobre el odio, que mana de los corazones opacos, se extiende ahora un manto nuevo: el desprecio a la propia vida. Lo sentía el piloto que mató con él a todos los pasajeros, el que se estrelló contra las torres gemelas, el que mató a los estudiantes en Kenia, el que disparó contra los periodistas, contra los turistas, todos los hombres y mujeres-bomba, todos, todos ellos, seguramente, tienen en común el amor a la vida: a la vida, no a la supervivencia; desesperados, nihilistas, corazones sin amor, corazones vacíos, seres descarnados, seres sin rumbo, holandeses errantes, barcos a la deriva: todos sobreviven sin ilusión, y ponen, como pueden, una pincelada de ilusión a su vida: la encuentran en un dios que les ordena morir para ser felices; en la otra vida; pero tienen que morir matando; y se  inmolan para darle sentido a una vida que se muere sin sentido.
            Freud tenía una palabra para ello: sublimación. Convertimos nuestras miserias en creaciones; creaciones sublimes. La cultura nos calza como un disfraz que oculta el fondo descarnado de nuestra naturaleza; y así, escribimos vibrantes poemas, pintamos maravillosos cuadros, componemos sinfonías estremecedoras inspiradas en nuestra amada cuando, en el fondo, lo único que queremos es copular con ella. Aquel hombre mandó construir para su amada el Taj Mahal. Y estos hombres y mujeres en busca de corazón le encuentran sentido a la vida sintiendo que mueren y matan por dios; por el cielo. Sólo hay una pequeña diferencia: Freud pensaba que la cultura asfixiaba a la naturaleza reprimiendo sus instintos, y ellos piensan que la cultura tiene que ser asfixiada por el culto: que es otra forma de instinto. El mundo al revés.  
La naturaleza se ha rebelado contra la cultura. Una sexualidad reprimida pensaba Freud que era capaz de crear hermosas obras de arte, y hoy quieren matar el arte para que aflore la visceralidad reprimida. Hoy piensan algunos que la represión del arte y la cultura debe hacer brillar una religiosidad terrible, inflexible y colérica; y severa; de una frialdad espantosa, de una austeridad espartana, de una insensibilidad estoica; curtida en el vacío de los corazones sin espejo, sentimientos descorazonados. Dios brilla sobre el mundo con su mirada implacable como un pantocrátor. Y exige, como un minotauro, un inexorable tributo: la destrucción de la cultura.
Muchos excesos han cometido las religiones. La inquisición de los católicos. La hoguera protestante. La diáspora de los judíos. El martirio de los árabes. Pero muchos creyentes han vivido la religión con una pasión amorosa y creadora, sin necesidad de matar a nadie. En el cristianismo. Con el budismo. Entre los árabes. Y muchos ateos, como Unamuno, han amado a dios como no lo han amado muchos creyentes. Sin destrozar el mundo. Sin odiar al otro. Sin matar a nadie. Uno de esos ateos ha dicho de los cultos, tanto políticos como religiosos, cosas entrañables. Se llama Miró Quesada.
Hay gente que lucha contra la gente: para defender una teoría; y gente que ama a la gente: a pesar de todas la teorías. Las ideologías políticas y las religiones son teorías ancladas en el sentir: unas están en el corazón y son entrañables; otras están en las tripas y son despiadadas. Quizá lo único cierto sea que no hay que matar a nadie en defensa de una religión, porque todas las religiones lo prohíben. En el principio era el verbo: la palabra. Cuando Jesús se va de este mundo todavía nos deja una recomendación: “guardaos de los falsos profetas”. ¿Y quién nos va a ayudar a distinguir lo verdadero de lo falso? La razón. El cultivo de la razón es, por mandato divino, lo que el creyente debe vivir con su culto. El culto nunca debe matar a la cultura, pues la cultura echa sus raíces en el corazón y no en las tripas. Con este mandato el propio dios nos prohíbe socializar el sufrimiento, y nos manda sembrar corazón donde antes hubo odio. Lo demás es sólo sombra que proyectan los corazones rotos. No hemos venido al mundo para vivir en las sombras. Lo dijo Tolkien: no hemos venido a vivir con el señor de los anillos. 




           
           

sábado, 2 de agosto de 2014

Reflexiones sobre el poder (2): La pasión y el amor





REFLEXIONES SOBRE EL PODER (2):
LA PASIÓN Y EL AMOR
 

El mando, a diferencia de la violencia, obliga a la gente a hacer lo que quiere. La violencia nos impone lo que no queremos.

1.

            -En el fondo –reanudó sus reflexiones en voz alta- es posible librarse de las pasiones que nos ciegan. Pero esa liberación suele ser dolorosa. Las pasiones son velos que cubren no sólo las razones, sino, sobre todo, los sentimientos; los tapan, los adormecen, no les dejan expresarse. Una cosa es amar apasionadamente, siempre que el amor sea delicado, y otra el apasionamiento que convierte el amor en algo burdo, tosco, pobre y bruto. La pasión bruta nos ciega, pero a veces, si no las razones, el dolor, consiguen devolverle la vista. Mas ese dolor debe tener autoridad sobre nosotros; no puede ser un dolor violento. El comendador, en el momento de recibir el castigo, exclamaba:
                                               Me ha dejado la herida
                                               pedir perdón a un vasallo.
Pedir perdón. Para pedir perdón hay que ser consciente de nuestras culpas; y para darse cuenta de ellas tenemos que habernos quitado los velos que las ciegas pasiones nos habían echado encima, tapándonos los ojos: los ojos del alma, que era la que no podía ver.
            Y resumió acto seguido su punto de vista:
            -Por el placer y el dolor, el mundo se mete en nosotros dejándonos ciegos. Los ojos nos dejan ver el mundo. La razón vislumbra partes del mundo que los ojos no ven. Los sentimientos vuelven a ser placer y dolor cribados por las mallas de la razón, como el colador criba el té para limpiarlo de impurezas. Y las pasiones son sentimientos que han derribado la criba en la que fraguaban toda su delicadeza. Rebelándose contra la inteligencia, las pasiones son placer y dolor que quieren ser primarios, pero no pueden; y no pueden porque, por muy irracionales que sean, han crecido sobre el humus de la razón; aunque ese humus sean los despojos de la razón perdida.
            Se había metido en honduras que muy pocos de sus alumnos eran capaces de entender. De repente se dio cuente a intentó rectificar.
            -En fin, vamos a dejarlo en un ejemplo más simple para entendernos. La vida es ante todo placer y dolor. Vivir es sentir el pinchazo de una rama, gozar con la caricia de la hierba, experimentar el dolor de una aguja que se nos clava en el brazo, de una llama mordiéndonos el dedo... Sentir hambre, sentir sed, sentir frío. Darnos un manotazo donde nos ha picado un insecto, disfrutar del placer del aire meciéndose entre las ramas, el frescor del agua en los días de verano, el calor del fuego en las noches frías, el canto del pájaro...


2.

            -La pasión es una vuelta al primitivismo. Es como si una persona, atenazada entre sus redes, se convirtiera en esponja. No lo llega a ser del todo, porque su cerebro sigue siendo humano. Pero muchas de sus conexiones se han cerrado, o hacen cortocircuito, y su mente se vuelve ciega para cosas elementales que cualquier persona desapasionada podría ver.
             -¿Pero entonces quiere decir que las pasiones son malas?- se atrevió a decir Silvia. En su mirada había impaciencia, una curiosidad impaciente; como un deseo, no sólo intelectual, vital; un deseo de ver claridad en unas ideas que la estaban confundiendo.
            Juan conocía muy bien la sensibilidad tan fina que anidaba en la mente de Silvia. Supo rápidamente lo que la estaba preocupando. Se apresuró a tranquilizarla.
            -No, Silvia. No es todo completamente blanco ni completamente negro. Las pasiones son velos que no nos dejan pensar, que no nos dejan ver. Velos a veces finos como tules, casi transparentes. Otras veces son opacos, pero delgados también. Y muchas, muchas veces, son cortinas espesas que se interponen entre nosotros y el sol. Pero a veces llamamos pasiones a los sentimientos intensos. Cuando amamos mucho amamos apasionadamente; mas esa pasión no tiene por qué anular nuestro pensamiento, nuestra percepción del mundo, nuestra voluntad. Este segundo tipo de pasiones son, para entendernos, sentimientos fuertes y profundos; vivirlas y gozarlas es síntoma de salud. Pero nosotros estábamos hablando de otras pasiones que son auténticas enfermedades del alma; que ciegan nuestro entendimiento y nuestra voluntad, y nos cierran a la vivencia de los sentimientos más sublimes; que rebajan nuestro grado de sensibilidad, y nuestros afectos se vuelven más toscos, más primarios, más simples; burdos, que no sencillos; porque para sentir la sencillez de la vida nuestra mente debe vivir sensaciones muy elaboradas.
            Juan Luis echó mano a su cuaderno, que estaba sobre la mesa, y buscó unas citas para proseguir:
            -Mira, aquí tengo una frase que viene muy bien al caso. Es de Lope de Vega. Pertenece a Fuenteovejuna. En un momento de la obra dice Manrique (uno de los personajes):
                                               Pondré límite a su exceso,
                                               si el vivir en mí no cesa.
La pasión, Silvia, es un exceso. Una cosa es sentir mucho y otra, muy distinta, un sentir excesivo. Gustarle a uno mucho el cine es bonito; pero vivir obsesionado a todas horas con la misma película es una enfermedad. No es lo mismo vivir enamorado del cine que no vivir porque el cine no te deja. Ser un apasionado del cine es una cosa; no ser tú porque te ciega la pasión del cine es otra muy distinta. Distingamos, pues, entre dos formas de pasión: una es sentir mucho; la otra, sentir demasiado; yo pienso que los estoicos hablaban de esta última; pero al confundirlas, su pensamiento se ha vuelto racionalismo exagerado, tan apasionado como las pasiones que rechazaba: por eso el estoicismo quizá no sea auténtica sabiduría.
            Ahora el sol brillaba cálidamente sobre un hermoso azul celeste.
            -Si la salud es equilibrio, el exceso lo rompe: y es la enfermedad. El exceso es malo, y casi, casi, podríamos decir: el exceso es el mal. La maldad es la exageración de los sentimientos; es una verdadera patología. El problema es que todo lo malo nos atrae, precisamente por ser excesivo. El exceso es un imán con una fuerza de sugestión muy grande. Es tentador. Lo mismo que Ulises y las sirenas, dice una mujer en la comedia de Peribáñez:
                                                                                  Repara
                                               que son sirena los hombres,
                                               que para matarnos cantan.
Fijaos qué curioso: las cosas que nos hacen daño suelen ser atractivas. El mal se disfraza de bien. En la tradición cristiana el mal suele encarnarse en el diablo; y el diablo cambia de aspecto como el camaleón, es un lobo con piel de cordero, una sirena que, con sus cantos maravillosos, nos atrae para perdernos; si sucumbimos a ellos desembarcaremos en una isla donde seremos convertidos en cerdos; Pinocho, abandonado al placer fácil, al placer sin límite, a todos los excesos, es transformado en burro y condenado a trabajar: a trabajar para otros, olvidado de sí mismo; a trabajar sin tregua, esforzándose sin fin: a trabajar en exceso. Un placer excesivo nos lleva a un excesivo sufrimiento.
            Y entonces en su pensamiento se cerró el bucle:
            -Recordad que estábamos hablando del poder. Fecundado por la razón, el poder es la encarnación de la justicia: el buen gobierno. Pero si lo fecundan las pasiones (los vicios) no será sino un mal gobierno; un gobierno injusto. Un poder paralizado que actúa a la deriva, guiado por el mal que lo atrae con engaños; y el placer que el poder produce a la postre se convierte en hartazgo, desilusión, pesadez. Fijaos bien, el placer nos da vida, pero su exceso nos la quita.
            Juan leía la cita en sus papeles:
                                               -¿Tan dormido estáis, Llorente?
                                               -Pardiez, Bartol, que quisiera
                                               que en un año amaneciera
                                               cuatro veces solamente.
            Juan recordaba que en los tebeos de su infancia Bartolo era el as de los vagos. La pereza. Las pocas ganas de trabajar. Vivir dormido: vivir a ciegas. Querer que un año tuviese cuatro días para que el resto del año fuese de noche. Dormir, holgazanear, estar en la cama. Vivir poco porque estás durmiendo, empobrecer tu vida. Quitar de tu horizonte miles de experiencias porque prefieres estar tumbado; sin hacer nada. Y darte cuenta luego de que no has disfrutado porque para disfrutar hay que levantarse primero. La pereza, empobreciendo tu horizonte, empobrece el de los demás. El vago se hace arrastrado, porque de otra forma no se gana dinero sin trabajar; y al arrastrarse se vuelve un baboso, se vende al poderoso, se vuelve un payaso, se vuelve servil.



3.

            Hizo, al llegar aquí, una pausa didáctica. Quería enumerar varias cosas. Quería llamar la atención.
            -Otra causa de corrupción es el miedo. Escuchemos lo que se dice en Peribáñez -leyó la cita entre sus apuntes-:
                                               Yo, si viese algún ruido,
                                               cuéntame por desmayada.
                                               Tiemblo una espada envainada,
                                               desnuda, pierdo el sentido.
El miedo nos detiene para reflexionar, permitiéndonos actuar con prudencia. Pero cuando es excesivo nos paraliza. El miedo no se atreve a nada, en todo quiere tomar precauciones, y está dispuesto a venderse con tal de no sufrir daño. Obedecemos a quien nos amenaza. El miedo, convertido en cobardía por el exceso, nos vuelve serviles; y estamos otra vez con el gusano parásito que pudre la manzana del poder.
            Juan abreviaba intentando terminar. Sus palabras eran ahora una carrera contra el reloj.
            -Lo más triste de todo es que las pasiones que nos enferman el alma (como el miedo y la pereza) sólo sobreviven mediante el engaño. Y el engaño es el instrumento que utiliza el poder para perpetuarse. Volvamos a Lope de Vega y a Peribáñez. Al comendador le oímos decir:
                                               Que su villana aspereza
                                               no se ha de rendir por ruegos,
                                               por engaños ha de ser.
Y en otro lugar también leemos:
                                               Que en trigo de amor no hay fruto,
                                               si no se siembra dinero.
            Pero sonó el timbre. Sus palabras fueron interrumpidas por la desbandada general. Silvia y Cristal se sintieron contrariadas, pero también tuvieron que marcharse. Abajo esperaba el autobús.



4.

            -Recapitulemos. El mando y la violencia son las dos formas de poder que conocemos. El mando, a diferencia de la violencia, obliga a la gente a hacer lo que quiere. La violencia nos impone lo que no queremos: por lo tanto coarta nuestras fuerzas, reprime nuestros deseos, limita nuestra percepción. Tanto quien manda como quien obedece viven presos de una pasión, una enfermedad, un exceso: el vicio. El vicio mina nuestra salud y nos va destruyendo poco a poco. El miedo y la pobreza son dos de sus manifestaciones, y el engaño es su instrumento. Las pasiones rebajan nuestra alegría, nos ponen límites antinaturales, ponen sequedad en nuestra vida. Los sentimientos son destruidos por las pasiones. Un sentimiento tan sublime como el amor llega a quedar reducido a cenizas por el engaño. Y el interés. Si el trigo del amor sólo da frutos sembrando dinero, es que ese trigo está desnaturalizado; del amor sólo le queda la cáscara; el grano ya está seco; el amor, si es capaz de comprarse, es sólo un pálido reflejo de sí mismo, una espiga vana. Y si hay un amor tan fuerte que no se rinde por dinero sino por ruegos, por engaños ha de ser:
                                               Amor en ausencia larga
                                               hará el efecto que suele
                                               en piedra el curso del agua.
Ésa es la treta del comendador. El amor es piedra imposible de domeñar. Pero si dejamos pasar el tiempo, al cabo la piedra se rodará; el amor se limará con el tiempo; la resistencia que ofrece acabará puliendo sus asperezas. El amor es víctima del tiempo, aunque sea el amor verdadero; por muy apasionado que sea. Pero las pasiones desordenadas despojan al amor de su belleza y lo transforman en cardo hostil.
                                   Amor es guerra, y cuanto piensa, ardides.
Así piensa el indigno comendador de Ocaña. Su pasión por el poder limita su horizonte. La sed de mandar lo vuelve insensible. Y hasta el sentimiento que le conmueve crece sobre una falta de sensibilidad. Ciego al sentir de los otros, sólo vibra con lo que le afecta. Y por eso, a la vez que engaña a los demás, se engaña a sí mismo. Con la astucia y la treta no puede doblegar el amor de Casilda. No puede lograr que Casilda, para quererle a él, deje de amar a Peribáñez. Y no comprende por qué; la pasión le ha nublado el alma, le ha quitado las entendederas. Debe resignarse a contemplar el retrato que ha mandado pintar, ya que no puede contemplarla a ella.
                                               Pues con el vivo no puedo,
                                               viviré con el pintado.
Y así, la pasión sume su vida en un mundo de ficciones. Pero esas ficciones no son sueños que amplían su horizonte, sino fantasías castradoras que lo limitan. La razón, raptada por las pasiones, ha hecho de él un ciego incapaz de ver. Y el mundo que está ahí, aunque él no lo vea, lo arrastra con sus realidades, frente a las que sus ficciones no pueden nada. Instalado en un mundo de mentiras, sustentado en el engaño de los demás, es una roca que acabará siendo derribada por la realidad resuelta en olas. Las olas de la verdad son incontenibles. Y la mentira tiene las patas muy cortas.
            El cielo, sobre sus cabezas, estaba tan alegre como el día anterior. La mañana, de tonos blancos sobre el horizonte, transitaba por los grises hasta llegar a un azul radiante, limpio, cristalino, casi transparente. Arriba, en el cenit, aquel azul diáfano estaba tachonado de manchas largas y estrechas, como pinceladas de acuarela, surcando las aguas de aquel hermoso cuadro. Aquella luz alegre bañaba de alegría los rostros de la gente llenándolos de vida. Eran las diez de la mañana.
            -El dinero, los ruegos, la astucia. Dos caras certeras reviste la astucia: la ocasión; y el engaño. El dinero no puede nada, pues que el amor tiene otros intereses. Los ruegos, si despiertan la piedad (que es la pena), pueden llegar a debilitarlo, pero el amor es más fuerte. El engaño puede llegar a vencerlo. Y la ocasión también. Ya lo decía mi padre: quien quita la ocasión quita el peligro. Alejar a los enamorados durante largos años puede ser eficaz para debilitar el amor, pero no para desviar el amor sobre otros. El dinero, los ruegos y las tretas son ficciones utilizadas para hacer el mal. Al final, el malvado vive en un mundo de ficciones. Como no puede conseguir lo que busca, tiene que sustituirlo por su retrato, pálido reflejo de la realidad; y el comendador de Ocaña, resignado a tener que estar sin Casilda, manda pintarla en un cuadro para que le haga compañía. Al final vive en un mundo de ficciones. Un mundo de sombras donde la realidad palidece. Una existencia devaluada. Una caverna.
            Juan se detuvo un poco mientras sus ojos se perdían en el aire. Buscaban, sin duda, un hilo para pensar.
(Continuará)