Mostrando entradas con la etiqueta método científico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta método científico. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de septiembre de 2014

La razón científica.






LA RAZÓN CIENTÍFICA


            La razón es una facultad compleja; lo que llamamos razón es, pues, un conjunto de facultades más simples que se ordenan de cierta manera. Según este orden, la actividad racional pasa por tres momentos sucesivos: el planteamiento del problema (lo llamaremos momento vital); la búsqueda de la solución (momento creador o poiético); y el robustecimiento de la solución (o momento crítico, que puede conducir a destruir el edificio o a darle solidez). No hay, pues, una razón vital, una razón creadora y una razón crítica; son tres momentos de la misma actividad; y tres etapas también del método hipotético-deductivo.
            El método de las ciencias empíricas es el hipotético-deductivo[1]. Consta de cuatro pasos, que son: observación de la realidad, formulación de hipótesis, deducción de sus consecuencias y contrastación: abreviadamente, observación (O), hipótesis (H), predicción (C) y experimento o prueba (ω). Vamos a examinarlas una por una.
            Observación. Normalmente empieza con una experiencia espontánea que nos plantea un problema, ante todo vital, luego teórico y por último técnico; la pregunta teórica atraviesa por un momento analítico (empírico primero, luego abstracto) y otro de síntesis descriptiva (un resumen o esquema que deja al descubierto alguna pregunta). Al final nos planteamos una pregunta técnica en torno a cómo resolver el problema.
            Explicación. Si el momento anterior intentaba averiguar qué ocurre y cómo, ahora se trata de descubrir por qué las cosas ocurren así. La explicación pasa por tres momentos: inducción, creación, y experiencia; la creación, más que la inducción, nos da la hipótesis; la experiencia descubre, asociadas a la hipótesis, consecuencias predictivas.
            Prueba. Es el momento crítico de la investigación, que tiene dos facetas: el control lógico (que trata de comprobar la coherencia de las predicciones con las observaciones y teorías admitidas anteriormente) y el control empírico (que trata de asegurarse de que las explicaciones encontradas corresponden a los hechos).
            Toda observación contiene ya elementos críticos, y hasta poiéticos o explicativos; pero, al igual que los nervios están repartidos por todo el cuerpo aunque se concentran especialmente en la cabeza, la crítica atraviesa toda la investigación aunque se concentre sobre todo en el experimento. Hay que destacar también que la síntesis descriptiva no debe confundirse con la síntesis explicativa. En el primer paso, “síntesis” quiere decir unión de todas las partes en un todo coherente; en el segundo, producción de algo nuevo (en cuyo caso sucede que el todo es algo más que la suma de las partes). También la inducción puede servir para reforzar el resumen (descripción) o para darle sentido; se trata en este último caso de inducción explicativa.
            El momento vital de la razón corresponde a la observación científica; el momento creador, a la explicación (conformada por la hipótesis y sus consecuencias); y el momento crítico, la fase de prueba (que abarca el control, a la vez lógico y empírico), y es la crítica en definitiva. Vamos a examinar en detalle todos estos pasos.  
            


1. MOMENTO VITAL.

Momento vital de la razón. Es la etapa inicial en la que se plantean los problemas (y todo problema es vital). Sus fases sucesivas son:

a)      Experiencia espontánea. Es la percepción no dirigida de la realidad, receptividad ante los estímulos del mundo. Cuando Humphrey Davy respiró accidentalmente protóxido de nitrógeno[2], empezó a encontrarse en estado eufórico. En la segunda mitad del siglo XX se encontraron receptores morfínicos en animales que no estaban en contacto con la droga, y esto sorprendió: ¿para qué servían?[3] Otra feliz casualidad se produjo cuando Fleming observó la desaparición de estafilococos contaminados accidentalmente por un moho verde[4]. En todos estos casos se producen descubrimientos casuales de fenómenos que no se esperaban cuando se investigaban otros; lo sorprendente, la casualidad, forma parte de la vida.

b)      Percepción del problema. Es la captación de un desajuste entre la realidad percibida y nuestras necesidades y deseos. Algunas veces uno busca el remedio para los males que padece y, en esta aventura vital, encuentra soluciones. Por ejemplo, el reflejo nervioso innato de evitar el dolor se manifiesta en la búsqueda de sustancias anestésicas[5]; por eso todos los pueblos las buscaron: los mesopotámicos conocían el cáñamo indio, la mandrágora y la adormidera; los griegos conocían el opio; los romanos mezclaban polvo de mármol y vinagre; en los campos de batalla  se administraba alcohol con pólvora (lo llamaban pólvora negra); todos conocían sus efectos, pero ninguno sabía por qué.

c)      Pregunta vital. Si la experiencia espontánea contiene a veces problemas no percibidos, el problema percibido (y sentido) no es de entrada un problema pensado. Pensar el problema es ya plantear una pregunta, y las preguntas vitales acaban siendo técnicas; pero para resolver un problema técnico hay que pasar antes por la pregunta teórica. Una pregunta vital es la que busca solución a algún problema de nuestra experiencia cotidiana, a algún drama que se ha incrustado en nuestras vivencias. En los casos anteriores la pregunta es: ¿cómo evitar el dolor cuando hay que pasar por la cirugía? Hay otras. Por ejemplo Schliemann, arrastrado por su pasión por Homero, un día se preguntó: ¿cómo podría hacer para encontrar los restos de Troya?[6] La admiración que sentía lo impulsó a desarrollar un verdadero programa de investigación arqueológica.

d)      Pregunta teórica. Es la consecuencia inevitable de una pregunta vital. Si la pregunta vital era: ¿cómo encontrar los restos de Troya?, la pregunta teórica sería: ¿será verdad lo que nos dice Homero? Heródoto, Tucídides, Estrabón, ¿hablan de geografía e historia antes de contar leyendas? ¿Hay alguna base científica en la literatura? Cuando Fleming descubrió casualmente la muerte de estafilococos por el moho, se preguntó primero: ¿produce el moho, al entrar en contacto con el estafilococo, un fluido bactericida?[7] Como el hongo se llamaba penicillium, Fleming lo llamó penicilina. Galileo, que vio los anillos de Saturno, no supo identificarlos[8]. La pregunta era: ¿qué son? Para buscar una respuesta había que examinar primero lo que estaba viendo. En resumen: que la pregunta teórica surge unas veces de las preocupaciones en que nos sume una pregunta vital, y otras, del desarrollo de un programa de investigación. 


Hay dos formas de analizar teóricamente la experiencia: el análisis penetrante y el análisis inductivo.

i)                    Análisis penetrante. Consiste en abrir la superficie de la apariencia para ver lo que hay dentro. Galileo, al enfocar sobre Saturno su telescopio de 32 diámetros de aumento, vio dos protuberancias en sus lados; no comprendió lo que estaba viendo, y supuso que eran compañeros que giraban con Saturno[9]; pero en 1613 los volvió a enfocar y comprobó sorprendido que estos compañeros habían desaparecido; nunca entendió lo que pasaba. Más tarde, en 1655, con un telescopio más potente, Huygens concluyó que se trataba de un anillo. También Schliemann, después de estudiar a los clásicos, llegó a la conclusión de que Troya estaba al pie de la colina Hissarlik, frente a los Dardanelos; que el río Escamandro era el actual Menderes; y que su afluente Simois hoy se llama Dumbrek Su[10]. A medida que avanzamos en el análisis empírico o en la síntesis descriptiva van surgiendo, normalmente, más preguntas; la pregunta teórica unas veces precede al análisis (y le prepara el camino) y otras le sucede, y surge como consecuencia del mismo. Sigamos con nuestros ejemplos.

ii)                  Análisis inductivo. Empieza por una síntesis-resumen y acaba analizando, por síntesis inductiva, los distintos casos en que los mismos factores se han presentado juntos, para concluir si la simple conjunción de ambos se puede convertir en presencia de uno condicionada a la presencia del otro. Cuando el análisis ha permitido la recopilación de suficientes datos es el momento de ordenarlos en una agrupación articulada: la síntesis descriptiva. Es lo que hizo Schliemann identificando y situando los lugares mencionados. Y, como resultado del análisis de los textos de Pausanias, se dirigió a Micenas donde encontró un tesoro fabuloso, también hizo una síntesis que daba sentido a los datos articulándolos uno a la luz de los otros. Como podemos imaginar, todo resumen es ya al mismo tiempo una hipótesis, una suposición, una conjetura; con lo cual, al articular unos datos dispersos, toda síntesis va más allá de los datos, se vuelve creativa. Y si en un yacimiento arqueológico como el de Micenas se descubre una cantidad extraordinaria de vasos y de huesos, inmediatamente surge una pregunta: ¿y esto qué es?

·        Síntesis-resumen. La realidad se pliega sobre sí y se hace presente merced a la superficie que la envuelve, como si fuera una etiqueta que anuncia parcialmente lo que tiene dentro.

·        Síntesis inductiva. Creación que añade algo a objetos que funcionan como etiquetas. Hay dos formas de síntesis creadora: la inducción (que actúa sobre objetos plegados) y la poiesis (que lo hace sobre objetos abiertos).

e)      Pregunta técnica. Es la búsqueda de la solución, y por lo tanto creación de una situación nueva que resuelva el problema planteado. Volvamos al ejemplo de la anestesia. Davy había descubierto los efectos euforizantes del protóxido de nitrógeno. Picado por la curiosidad, organiza sesiones “hilarantes” y descubre, espontáneamente, un efecto secundario asociado a la exposición prolongada a tales gases: se trata de una insensibilización a los golpes. Inmediatamente surge la pregunta: ¿puedo utilizar este gas para insensibilizar a los pacientes antes de una intervención quirúrgica?[11] Aparece así la técnica del protóxido de nitrógeno como forma de anestesia. También Galileo, para resolver algunos problemas, se planteó preguntas técnicas. Una fue: ¿cómo medir el tiempo que tarda un objeto desde la torre de Pisa? (No había relojes, por supuesto). Una solución fue tomarse el pulso y utilizarlo como cronómetro. Otra posibilidad fue contar el número de gotas de agua que caían en el mismo recipiente. Cuando el mismo Galileo quiso medir la velocidad de la caída de los cuerpos, el problema fue: ¿cómo controlar la caída? Se le ocurrió una solución ingeniosa: como plano inclinado utilizaría una tabla de madera; para evitar que la bola se saliese por los lados, practicó un surco en el centro de la tabla; y para ver si caía siempre con la misma velocidad dividió la tabla en tramos iguales identificándolos con marcas laterales[12].
 


2. MOMENTO POIÉTICO.

Llamamos poiesis a la mirada interior  que provocamos abriendo la envoltura que les hemos puesto a los objetos. Se escinde en dos momentos:

a)      Análisis penetrante. Examen de objetos (tanto perceptos como conceptos) desplegados, que muestran algo de su interior. La inducción consiste en comprobar si dos fenómenos se producen siempre juntos; es como si envolviéramos los datos que queremos estudiar, para aislarlos, y dejar al descubierto los dos que queremos estudiar. Equivale a envolver el objeto que estudiamos, ocultarlo; como cuando el cirujano tapa el cuerpo del paciente y deja descubierta sólo la parte que quiere operar. Hemos visto que el análisis penetrante consiste en abrir la superficie de la apariencia para ver lo que hay dentro: como cuando abrimos una naranja. La inducción es una forma de síntesis: tapamos todo lo que tenemos delante y sólo dirigimos nuestra mirada a los dos aspectos cuya correlación queremos estudiar; y la estudiamos en términos estadísticos. Por ejemplo, el consumo de energía eléctrica ha aumentado mucho en invierno y ha disminuido durante el verano; compruebo el gasto de años anteriores para ver si siempre ha sido así, es decir, si la relación entre temperatura y consumo ha seguido siempre una proporcionalidad inversa. De igual modo, por inducción, Pasteur descubrió que los cristales de ácido tártrico, que presentaban una hemiedría (o disimetría), van asociados a una estructura molecular también disimétrica[13]; y demostraría después que los ácidos orgánicos son dextrógiros, mientras que los inorgánicos son levógiros.

b)      Síntesis explicativa. Es la poiesis propiamente dicha. Explica los fenómenos descubriendo otros que los complementan y dan razón de ellos. A veces, por ejemplo, los elementos que se muestran siempre juntos aparecen a nuestros ojos de manera evidente; otras sólo se muestra uno, y el otro lo tenemos que inventar; o descubrir: y entonces la síntesis no se hace mediante inducciones, ya sean éstas evidentes o intuitivas, sino por creaciones: descubrimientos ingeniosos e imaginativos; ésta es la verdadera poiesis. Para explicar cómo actuaban las drogas en el cerebro se supuso que había receptores cerebrales especializados en los compuestos morfínicos[14]. Algunos suponen que el consumo de drogas puede deberse al estrés (una hipótesis que no se ha podido comprobar). Lowell supuso que las irregularidades en las órbitas de Neptuno y Urano se debían a la influencia gravitatoria de un planeta que nadie había visto antes: pero que se descubrió después[15]; Leverrier y Adams también dedujeron matemáticamente la existencia de Neptuno y Urano, antes de descubrirlos de verdad. En Saturno Huygens identificó los anillos que vio Galileo sin poderlos identificar; y lo hizo porque vio, en su telescopio más potente, que esa masa que rodeaba al planeta no estaba en contacto con su superficie en ningún punto[16]. Para explicar la existencia de los anillos se supuso que, por encima de un determinado límite (el límite de Roche), un satélite está demasiado cerca de su planeta y estalla en pedazos que, bajo sus efectos gravitatorios, formarían un anillo.


 3. MOMENTO CRÍTICO.

Si la poiesis crea articulaciones posibles, la crítica las somete a prueba. La crítica pasa por tres fases:

a)      Inducción de hábitos. Se descubren, por asociación de ideas, consecuencias de la hipótesis con propiedades predictivas.  La hipótesis es así una poiesis inicial, y la asociación una poiesis derivada.  Se trata de una síntesis porque se asocian de manera significativa dos aspectos de la realidad; y esa síntesis también puede ser inductiva, creadora o empírica, esta última provocada por descubrimiento o por hábito. La fuerza del hábito: yo ya sé que si como cebolla me olerá el aliento; que si conduzco bajo los efectos del alcohol me disminuyen los reflejos; que no se puede estudiar en condiciones en una biblioteca donde hay demasiado calor. Descubrimiento: la técnica del protóxido de nitrógeno conlleva lesiones orgánicas (lo que no se sabía antes[17]); si los satélites explotan por encima del límite de Roche, entonces si la luna descendiera a menos de 18.000 kilómetros de la tierra estallaría en pedazos; y, en unos cien millones de años, el satélite Tritón explotará para formar un anillo sobre Saturno[18]. En estos dos últimos casos ya no se trata de deducir consecuencias de una hipótesis por la fuerza de la costumbre, ni por descubrimiento; estas consecuencias se predicen por cálculo. También Pasteur, cuando descubre que los cristales de ácido tártrico y de tartrato y paratartrato son disimétricos, también concluye que deberían polarizar la luz en sentidos contrarios.

b)      Control empírico. Comprueba si las poiesis generadas corresponden a fenómenos de la realidad que se está estudiando. Volvamos a la hipótesis que supone en el cerebro la existencia de receptores morfínicos: su verificación constituiría el control empírico; pues bien, esa hipótesis conduce a dos consecuencias: la primera, que las sustancias morfínicas se fijan en zonas específicas del cerebro; y la segunda, que la estructura del receptor está perfectamente adaptada a la de la molécula; la primera se confirmó al descubrirse que los receptores morfínicos se hallan en el sistema límbico (el llamado cerebro emocional); y la segunda, al descubrirse sustancias imitadores de la morfina (morfomiméticas) que acabaron llamándose endorfinas[19]. El control empírico (la contrastación de las hipótesis) asegura la validez de las ideas formadas por observación empírica, haciendo surgir de ellas predicciones que también se confirman observándolas empíricamente; la ciencia ya no razonará a partir de axiomas (como hacían los antiguos), sino de hipótesis sacadas de la realidad y que vuelven a ella[20]. Ya hemos visto que el descubrimiento de Plutón fue facilitado por el programa de investigación de Lowell; a su muerte Tombaugh lo concluyó observando en varias placas fotográficas un cuerpo celeste que se movía según las previsiones de Lowell; resultó ser un planeta[21]. Otro ejemplo más: tras sugerir que los cristales izquierdos y derechos del ácido paratártrico debían polarizar la luz de manera opuesta, Pasteur lo comprobó experimentalmente[22]. Y uno más: después de concluir que en Micenas debía haber un tesoro, Schliemann lo encontró.

c)      Control lógico. Consiste en comprobar si las poiesis son consistentes con los axiomas del sistema. Unas veces se comprueba la coherencia del sistema antes de contrastarlo con los hechos; otras, después. Recordemos el descubrimiento de Tombaugh: Lewell había observado irregularidades en las órbitas de Neptuno y Urano, las había explicado por influencia gravitatoria de un planeta oculto y con esos datos había iniciado un programa de investigación que condujo al descubrimiento del planeta cuya existencia se postulaba. Ahora bien, Bower, otro investigador norteamericano, descubrió que los datos eran falsos: la masa de Plutón era pequeña, y las anomalías orbitales se habían sobreestimado; y sin embargo el descubrimiento se hizo; lo que indica que, a veces, se producen descubrimientos verdaderos con datos equivocados[23].

A veces un descubrimiento, como confirmación de una hipótesis, resulta sorprendente y, de manera inesperada y lógica, conduce a otro descubrimiento[24]. Por ejemplo: se descubre, por un lado, que los receptores cerebrales de los compuestos morfínicos se encuentran en el sistema límbico; y paralelamente se descubren también receptores morfínicos en animales que no están en contacto con la droga: ¿qué función desempeñan, por ejemplo, en el cerebro del cerdo? ¿Para qué sirven? Estos descubrimientos conjugados conducen, ya lo hemos visto, al descubrimiento de las endorfinas, y éste, a su vez, a la regulación del dolor, la obesidad, el tono muscular y la conducta.
Una investigación intenta dar respuesta, o no, a alguna pregunta vital. Pero las preguntas vitales, sazonadas de respuestas no científicas en el entorno del investigador, pueden producir retrocesos en el avance de la ciencia: es el caso de las ideologías. La técnica del protóxido de nitrógeno como anestésico choca con el rechazo de quienes consideran que el dolor es inevitable y el esfuerzo por suprimirlo, impío[25]. Las ligas de la moral se alzaron contra la anestesia para el parto hasta que la reina Victoria quiso, en Inglaterra, someterse a ella; la razón esgrimida fueron las palabras del libro primero de la biblia: “parirás con dolor”; hasta que las técnicas de parto sin dolor cuestionaron abiertamente el concepto bíblico del parto.
Resumiendo. Sobre la ciencia planea, por encima de las preguntas teóricas y técnicas, el fantasma de las preguntas vitales; las vivencias que impregnan fuertemente nuestras experiencias; deshacerse de ellas parece, por más que sea empeño de la ciencia, una pasión inútil. Probablemente la ciencia desinteresada no existe.



[1] Consultar, en este mismo blog, el texto titulado “El pis de los angelitos”.
[2] Messadié, Gerald (1989). Grandes descubrimientos de la ciencia. Madrid, Alianza Editorial, 1000, biblioteca Newton; p. 43.
[3] Ibídem, p. 79.
[4] Ibídem, p. 178.
[5] Ibídem, p. 43.
[6] Ibídem, p. 231.
[7] Ibídem, p. 178.
[8] Ibídem, p. 47.
[9] Ibídem, p. 47.
[10] Ibídem, p. 232.
[11] Ibídem, p. 43.
[12] Asimov, Isaac (1969). Grandes ideas de la ciencia. Madrid, Alianza Editorial, 1999; pp. 32-33.
[13] Messadié, ibídem, p. 185.
[14] Ibídem, p. 79.
[15] Ibídem, p. 184.
[16] Ibídem, p. 47.
[17] Ibídem, p. 43.
[18] Ibídem, p. 47.
[19] Ibídem, p. 79.
[20] Asimov, ibídem, p. 34.
[21] Messadié, ibídem, p. 184.
[22] Ibídem, p. 185.
[23] Ibídem, p. 184.
[24] Ibídem, p. 79.
[25] Ibídem, p. 43.

sábado, 17 de mayo de 2014

El pis de los angelitos



EL PIS DE LOS ANGELITOS


              -Ahora –dijo Juan- voy a dar una explicación posible; la lluvia es el pis de los angelitos.
            Se rieron todos. Juan los provocó.
            -¿Pensáis que no es una explicación científica?
            -¡Noooo! –dijeron Mario, y Estrella, y Laura, y Manuel, y Jonathan, y todos los demás. Y no paraban de reír.
            -Me parece que sois un saco de prejuicios –terció Juan-. ¿Qué es una explicación científica?
            Claro, no lo sabían. La sonrisa se les congeló en los labios.
            -Una explicación científica es algo que se puede contrastar. Y vosotros creéis que es toda idea que no contiene las palabras “ángeles”, “espíritus”, “poderes”, y cosas así.
            Evidentemente, era lo que todos creían. Pero no se atrevieron a asentir porque no sabían por dónde les iba a salir Juan.
            -¿No pensáis que la enfermedad es un espíritu que se mete en el organismo sano, volviéndolo enfermo? Como los endemoniados de la Biblia.
            Ahí ya recuperaron la sonrisa. Estaban seguros de tener razón, y de que su razón era irrefutable. Lo negaron.
            -Y sin embargo, es verdad –aseguró Juan.
            Un murmullo de desaprobación general se levantó de la clase. Juan sabía que tendría que buscar argumentos demasiado contundentes para poder vencer. Pero no le costó nada.
            -Así lo afirmaban los iatroquímicos en el siglo XVII. Y en el siglo XIX lo confirmó Pasteur. Sólo que Pasteur, en vez de llamarlos espíritus, los llamó microbios.
            Era gracioso ver cómo la clase se quedaba congelada cada vez que Juan daba un golpe de efecto.
            -Vuestros prejuicios no os dejan ver la realidad. Os dejáis cuadricular por las palabras. Creéis que admitir la existencia de espíritus es superstición, mientras que la de los microbios no lo es. Y no sabéis mirar la realidad detrás de las apariencias. Lo que importa es la idea, no las palabras. La idea es que la enfermedad está causada por la intromisión de un ser extraño en nuestro cuerpo; cómo lo llamemos es secundario. Podemos llamarlos espíritu o microbio, da igual. Es sólo cuestión de palabras. Vuestro rechazo a admitir ciertas palabras en el lenguaje científico os incapacita para comprender el avance de la ciencia.
            Sólo Sara se atrevió a decir:
            -Lo que dices es verdad, Juan. Pero debes reconocer que nosotros no estamos acostumbrados a ver las cosas de esa manera.
            -Claro. Y para eso estoy yo: para agitar las conciencias. (Eso no lo digo yo, lo decía Unamuno). La misión del profesor es combatir las supersticiones; y una superstición engañosa es desterrar ideas que se expresan con palabras que consideramos supersticiosas, sólo porque nos fijamos en ellas y no en sus significados. Cuando un científico descubre una realidad nueva no tiene palabras para nombrarla; unas veces se inventa una palabra nueva, y nos parece científica (todos los neologismos nos lo parecen); pero otras veces recurren a palabras ya existentes, y las utilizan dándoles un significado distinto; pero si esas palabras ya estaban teñidas de sentido religioso, tenderemos a rechazarlas; porque nos fijamos en el significado antiguo, no en el nuevo. Estoy de acuerdo en que los sabios son torpes muchas veces, al usar términos ambiguos para nombrar realidades científicas. Pero hay que tener en cuenta también que el avance de la ciencia está unido a una controversia religiosa. Las palabras les podían servir de camuflaje.
            Álvaro reconoció que tenía razón. Pero ellos no estaban entrenados en estas lides para superar una batalla dialéctica.
            -Volvamos a nuestro ejemplo –continuó Juan-. Una idea científica no es la que no contiene términos religiosos, sino la que se puede contrastar. Que la lluvia es el pis de los angelitos será una idea científica si se puede contrastar; aunque contenga la palabra “angelitos”. ¿Cómo la contrastaremos? 


            Se dirigió a los alumnos en busca de respuesta. Después, ante la falta de respuesta, cambió aquella pregunta silenciosa por una pregunta con palabras. En lugar de limitarse a levantar ligeramente el mentón arqueando las cejas, ahora dijo:
            -¿A quién se le ocurre un experimento para comprobar si nuestra hipótesis es verdadera?
            El primero que habló fue Mario.
            -Bastaría con subir en avión hasta las nubes y buscar angelitos mientras llueve.
            -Mm... No está mal. Y si no los encontramos será que la hipótesis no era correcta.
            -Claro –dijo Mario.
            Pero Álvaro criticó esta conclusión.
            -Podría ser que los ángeles fueran invisibles. O que no fueran perceptibles con nuestros habituales métodos de observación.
            -Sí, Álvaro, pero inventar uno nuevo sería quizá más difícil que resolver el problema de la naturaleza de la lluvia. La ciencia no avanza planteando problemas difíciles para resolver problemas sencillos.
            Así estuvieron un momento. Ante la falta de alternativas Juan propuso, por fin, la suya.
            -He aquí un posible experimento: recogemos gotas de lluvia y las analizamos en el laboratorio. Si encontramos amoniaco es que la lluvia es orín. Todavía quedaría por saber si el autor del orín es un ángel o cualquier otro ser desconocido, pero eso es secundario; lo mismo nos da llamarle ángel que microbio, o partícula, u organismo. Da igual. No nos vamos a dejar asustar ni engañar por las palabras.
            Álvaro hizo una objeción interesante.
            -Podría ser que el orín de los ángeles no contuviera amoniaco. Quizá los ángeles, como son más puros que nosotros, tengan una composición distinta. –Y aclaró acto seguido: -suponiendo que tengan cuerpo.
            -Por supuesto. Pero eso no nos hace avanzar, antes al contrario: nos paraliza. Suponemos que la composición de los orines celestiales es distinta, y eso nos abre todas las posibilidades del mundo; nos abre muchos caminos y no sabemos cuál tomar. Necesitamos una hipótesis que nos oriente hacia uno de ellos. Porque no podemos investigar a ciegas. El científico tantea el mundo con sus hipótesis, y las hipótesis lo van guiando; lo que no hace es dar palos al azar a ver si sale algo.
            -Sí, supongo –dijo Álvaro-. ¿Cómo procederíamos?
            -Verás: si después de haber analizado la lluvia encontramos amoniaco, es que es el pis de... de alguien; por ejemplo, los angelitos.
            -No necesariamente. El amoniaco puede proceder de las emisiones de alguna fábrica, que las haya vertido en forma de gas o en forma líquida.
            -Cierto: de modo que hay que descartar esas posibilidades hasta que sólo queden los ángeles como única explicación plausible.
            -Pero eso no es posible, Juan. Siempre que descartemos una posibilidad será posible imaginar otra. Nunca acabaríamos de idear explicaciones plausibles. 


            -Así es: el número de hipótesis puede ser infinito; por eso una idea nunca está probada de manera definitiva; cada prueba que le hagamos pasar la corroborará más y más, y cuantas más pruebas supere será más plausible, pero nunca será segura a cien por cien; siempre nos quedará la posibilidad de que un día alguien diseñe un experimento que la refute.
            -¿Entonces, las leyes científicas no son seguras?
            -No. Sólo lo son las creencias religiosas, pero la seguridad que dan no es racional, sino afectiva. Y la ciencia no puede avanzar con el corazón: avanza con la cabeza.
            -Pero si yo tengo una canica blanca en una caja y saco todas las canicas menos una y ninguna de las que he sacado es blanca, entonces tengo la seguridad de que la única canica que queda es la blanca; aunque no la haya visto.
            -Sí, porque la caja de canicas contiene un número finito de elementos; la seguridad desaparece en cuanto trabajamos con conjuntos infinitos: como en el estudio de la lluvia; el número de hipótesis que pueden explicar su naturaleza es potencialmente infinito.
            -Es verdad...
            -Cuando lees un prospecto farmacéutico siempre hay un apartado que dice “efectos adversos”: fijaos que nunca se dice que no los haya; suele decir casi siempre: “hasta ahora no se han descrito”; lo que no quiere decir que no los haya; tú puedes ser el primero en experimentarlos.
            Álvaro escuchaba pensativo. Mientras tanto Estrella, que también estaba concentrada, hizo una pregunta.
            -Perdona, pero me cuesta admitir que la ciencia no sea segura.
            -¿Ves? Ése es otro prejuicio. Creéis en la infalibilidad de la ciencia como antaño se creía en la del papa. Si Newton no hubiera sido infalible no habría sido corregido por Einstein.
            -Quizá...
            -Cuantas más canicas negras saco de mi caja mayor es la probabilidad de que la próxima vez saque la blanca; pero puede que la próxima vez salga otra negra; que una cosa sea más probable no quiere decir que sea segura.
            -Sí... –Álvaro vacilaba.
            -Las hipótesis científicas son explicaciones que podemos comprobar; pero su comprobación nunca es definitiva porque el fenómeno observado en el experimento puede ser explicado por hipótesis alternativas. Cada experimento es como un asalto, y la hipótesis es una muralla que se protege con toda suerte de defensas, incluso con hipótesis auxiliares; cuantos más asaltos resista más fortalecida saldrá, pero nunca sabremos si al siguiente asalto empezará a desmoronarse. Las explicaciones científicas siempre son provisionales; aunque una explicación que ha resistido numerosas pruebas nos puede dar una seguridad moral, si no científica.
            -¿Entonces la gente de ciencia nunca puede decir taxativamente: esto es así?
            -No. La gente de ciencia es muy cauta. Dirá que es muy probable que esto sea así, o que hay evidencias de que difícilmente será de otro modo... pero será prudente a la hora de comunicar sus resultados. Cuando un científico es dogmático se vuelve doctrinario, y entonces habla de la ciencia como si fuera una religión, seguro de que no puede fallar, y él es el sacerdote del laboratorio.
            Los alumnos sonrieron. Entonces Juan puso una canción de Violeta Parra. En su estribillo hablaba de “Valentina”. La melodía tenía brío, y su voz refutaba la existencia de dios con mucha garra. Juan estaba convencido de que se trataba de Valentina Tereshkova: la primera mujer astronauta. Ella, que surcó los cielos, podría decirnos si había visto a dios.
            -Pero no lo había visto. Dios no estaba en el cielo y aquélla era la prueba definitiva.
            -No estoy de acuerdo –gruñó Estrella-. Acabas de decirnos que una idea no está nunca totalmente comprobada cuando se la compara con los hechos. Y ahora nos dices que la demostración de que dios no está en el cielo es un hecho definitivo. ¿En qué quedamos?
            Sara metió baza y argumentó lo siguiente:
            -Valentina Tereshkova viajó en una nave espacial. Surcó el cosmos. Pero no vio todo el cielo. Sólo la parte del cielo que está más próxima a la tierra. ¡Quién sabe si dios no estaba en las regiones más profundas del espacio!
            -En efecto –respondió Juan-. Y por muy lejos que navegue, nunca se podrá llegar al final del cielo. El cosmos no tiene fin. Aunque nos pasáramos cien años viajando y aunque tuviéramos combustible para tanto tiempo, nos moriríamos antes de haber surcado el espacio mucho menos de un año luz. Y si no podemos llegar al centro del cielo, mucho menos podremos contar en el cosmódromo lo que hemos visto: hacer llegar allí nuestra voz requeriría casi tanto tiempo como el que habríamos tardado en llegar. De modo que el concepto de cielo es muy vago, potencialmente infinito e impracticable a escala humana. La naturaleza del cielo no es observable, y mucho menos la presencia de dios en él. Dios y el cielo no son conceptos empíricos; la existencia de dios, como hipótesis, no es una idea científica, sino una creencia religiosa.
            -¿Entonces, la idea de que la lluvia es el pis de los angelitos tampoco es científica? –preguntó Manuel.
            -Me temo que no –contestó Juan-. Mientras no definamos con exactitud la composición de su orina no la podremos contrastar. Si admitimos que los orines de los ángeles tienen la misma composición que los nuestros, la idea será contrastable: luego será científica; si se descarta como resultado del experimento será una hipótesis fallida, pero hipótesis al fin y al cabo.
            -Perdona, Juan –dijo Estrella-. Me parece que no está clara la diferencia entre lo que es científico y lo que no lo es.
            -Me temo que no –concedió Juan-. Es científico lo que admite contrastaciones sucesivas, y la existencia de dios no las admite. Tomemos el ejemplo de una vacuna: si se ha administrado con éxito a un millón de pacientes su grado de corroboración será elevado; pero bastaría con un solo caso en que no funcionase para que pudiéramos cuestionarla. Como se dice en la literatura científica: viendo un millón de cuervos negros no se comprueba que todos los cuervos son negros; pero basta con que uno solo sea blanco para que esta afirmación quede descartada. En otras palabras: el éxito nunca es definitivo, pero el fracaso sí.
            -¡Qué cosas! –dijo Álvaro mirando unos cuervos por la ventana.