Mostrando entradas con la etiqueta hembrismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hembrismo. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de noviembre de 2019

VOCABULARIO EMERGENTE: MUJER



VOCABULARIO EMERGENTE


Mujer.

Machismo, feminismo, hembrismo, patriarcado, homosexualidad, bisexualidad, transexualidad, sexo, género… Palabras que necesitan ser definidas para saber lo que significan. Pero cuando no se definen y su significado flota en la vaguedad, se crea una confusión que convierte las palabras en verborrea y el verbo en signo sin significado; se ha creado una mitología del feminismo; una escolástica feminista que controlan seguramente algunos apóstoles que lo predican, pero no, desde luego, algunos de sus discípulos; sobre todo los que tienen trece años.
He salido de una clase de primero de secundaria y los alumnos han llevado la conversación al terreno de la homosexualidad; se trataba de una clase de ética. Después de exponer que una anatomía masculina podía tener fisiología femenina (dependiendo de sus hormonas), se ha planteado que hay quien tiene órganos masculinos pero tendencias femeninas, y a eso lo llamamos homosexualidad; y que la homosexualidad se tiene, pero no se elige; y que, por lo tanto, puede haber distintas orientaciones sexuales sin que eso signifique que uno pueda elegir libremente su sexo; la moda de la homosexualidad, o de la bisexualidad, nada tiene que ver con la naturaleza homosexual; y que ese tipo de modas son éticamente cuestionables, no así las realidades naturales (tal vez también sociales, pero independientes de nuestra voluntad) que corresponden a ese hecho.
Eso determina confusiones propias de una auténtica diarrea mental. Al decir que una mujer es un ser humano provisto de genitales femeninos, una chica pide la palabra y corrige: “no, es mujer quien se siente mujer”; y yo, entonces, le digo que eso no vale, porque no se puede meter lo definido en la definición si no queremos caer en un círculo vicioso; de lo contrario acabaríamos diciendo que sentirse mujer es ser mujer, sin que en ningún momento digamos claramente cuál es el significado de la palabra “mujer”.
Esa postura la adoptaron varios de los chicos y chicas que estaban en clase. Otra chica me preguntó si yo no estaba confundiendo homosexualidad con transexualidad, a lo que contesté que no: transexual es quien se cambia de sexo. “No”, me replicó, “se puede ser transexual sin cambiarse de sexo”, y entonces no tuve más remedio que rendirme: “explícamelo tú”, dije, “en este punto reconozco mi ignorancia; tú pareces tener más conocimientos que yo”. Pero cuando volvió con aquello de que era mujer quien se sentía mujer y que eso no era homosexualidad, sino transexualidad, se me pinchó el globo. Otra chica dijo que en la forma de comportarse hay hombres que manifiestan ser mujeres, y yo le pregunté si no estaba confundiendo el género con el sexo; por ejemplo, ser niño y jugar con muñecas no lo convierte a uno en niña. Lo rechazó de plano, pero no supo explicar la diferencia que hay entre orientación sexual y estereotipo, mezclando cuestiones biológicas y sociales a tontas y a locas.


Luego miré en el diccionario y descubrí que una persona que se siente mujer teniendo un fenotipo masculino es transexual, aunque no se cambie de sexo. Comprobé, también, que la real academia entendía por homosexualidad la “inclinación erótica hacia individuos del mismo sexo”. Hay que suponer que quien se siente transexual tiene tendencias homosexuales, porque sentirse de otro sexo presupone sentirse atraído por el propio sexo. Eso no nos aclara, sin embargo, lo que es una mujer; sentirse mujer no es lo mismo que serlo, a menos que tenga un fenotipo femenino; como tampoco es Napoleón quien se siente Napoleón por mucho que lo afirmen algunas mentes alienadas.
Para zanjar la cuestión propongo buscar la palabra en el diccionario; y aparece que, según la real academia de la lengua, la palabra “mujer” significa “persona adulta de sexo femenino”; queda claro entonces que toda persona que tenga sexo masculino no es mujer. Entonces habla un chico y nos dice: “para mí es mujer todo el que se siente mujer”. Hay que recordar entonces que el diccionario recoge lo que millones de personas se han puesto de acuerdo en que significan las palabras; él se pone al margen de la sociedad diciendo que entiende que ser mujer es otra cosa; le digo que tiene todo el derecho del mundo a cambiar el significado de las palabras, pero con la condición de que me diga lo que es una mujer sin caer en un círculo vicioso.
La conversación la interrumpe, y menos mal, el sonido del timbre, porque estaba girando en círculo sin salir del atolladero al que nos habían conducido las trampas de las palabras. Trampas puestas por quienes quieren crear un vocabulario que refleje ideologías y no realidades; y, sí, seguro que habrá unos cuantos que manejen más o menos bien esa terminología, pero al margen de ese posible núcleo de nitidez hay un halo de confusión en el que se mueven montones de personas estirando los significados como chicles. Lo que hay detrás de ellos es dogmatismo, imposición, no libertad de pensamiento (que es sometimiento a la realidad); hablar al margen de la realidad es someterse a una ideología, cuando la única sumisión posible es la que les debemos a los hechos.
Si estamos de acuerdo en que la mujer arrastra una postración social de siglos y hasta milenios; si estamos de acuerdo en que sus derechos deben ser reivindicados; si coincidimos en que no se debe castigar la realidad cuando no coincide con ideologías dominantes; y si, además, admitimos que una de las fuentes de dominación es el propio lenguaje, entonces una de las mejores armas de liberación es el lenguaje. Pero si, frente a la ortodoxia de un signo, encontramos otra ortodoxia de signo contrario (empeñada en forzar las palabras para violentar la voluntad de quienes buscan claridad y no nuevas tinieblas), entonces el machismo reaccionará, sin ser derrotado, frente a las ingenuas caricaturas del feminismo. Una mujer es una mujer, dígalo Agamenón o su porquero.




viernes, 29 de marzo de 2019

8 DE MARZO




8 DE MARZO


 He vuelto a mi casa montado en el autobús. A mitad de camino nos interpela el vozarrón del conductor: ¿alguien va a parar en la plaza de toros? “¡Sí!”, dicen algunos. “Es porque hay atasco en la carretera por causa de la manifestación. La manifestación de las mujeres, pensé; ¿cómo no se me ocurrió?
Media humanidad está atacando a la otra media; donde más se nota esa agresión es en el mundo islámico, pero no, no se trata de creyentes contra infieles, se trata del hombre contra la mujer. La mujer no puede ir por la calle sola, no puede conducir un coche, se le limita la entrada a la escuela, apenas puede ir a la universidad; su cuerpo debe taparse hasta para el médico, tampoco puede tener un rostro, ni pelo, el pañuelo está pensado para anular su identidad; hay lugares donde la mujer se muere de hambre si no tiene hombres en casa que la alimenten, los hijos o el marido, y si ellos han muerto en la guerra ella no tiene derecho a trabajar; su máscara, más que pañuelo, es una cárcel ambulante, fueron cosas que ocurrieron en Afganistán. No se trata de creyentes contra infieles, es una guerra del hombre contra la mujer.
Algo de eso tenemos en España, aunque en menor escala; y en Turquía, en Alemania, y en Brasil. Y ocurre en Francia y en Italia y en Gran Bretaña y en Portugal. Y en tantos lugares del mundo…  Celos. Menosprecio. Maltrato. Vigilancia. Asesinatos. Anulación de la personalidad. La ministra de la familia reclama que la mujer no salga de la casa, que su casa se convierta en una prisión. Hay voces que se levantan en España contra la ley que protege a las mujeres de la violencia de género. Voces que impusieron en las escuelas que se prohibiera la educación sexual; si no es por acción, por omisión, pero que no se hable de estas cosas, que hablar es inducir, según la lógica de estas mentes, a hacer todo aquello de lo que se habla, como si hablar de la delincuencia fuese animar a los jóvenes a delinquir.
Y viene esta marea humana: nadie se la esperaba, nadie la vio venir. Miles de mujeres saliendo a la calle reclamando sus derechos, decenas de miles clamando por lo que parece obvio (un lugar en la sociedad), centenares de miles gritando ya basta, millones pidiéndole al mundo que nadie dé marcha atrás. El chófer del autobús no tiene por qué ser hombre, en las cajas del mercado no tiene por qué haber mujeres, las enfermeras también son enfermeros, el médico ya puede ser una mujer. Las mujeres ya pueden firmar contratos, ahora pueden salir solas a la calle, también pueden ir al fútbol, pueden, si quieren, ir solas al bar. Se acabó el preso número trece, donde Méjico le cantaba al asesinato de las mujeres si era para lavar el honor, se acabó el “por qué los domingos por el fútbol me abandona”, la mujer ya no tiene que esperar, como Penélope, y al fútbol ya pueden ir ellos y ellas. El policía del barrio ahora puede ser una mujer, y la jueza y la arquitecta, y el ingeniero, el maestro, el diputado, el director: todos pueden ser mujeres y ahora esas palabras se pueden poner en femenino, aunque haya gente que no le guste el diccionario cuando habla en femenino. ¡Tantas cosas han cambiado! Y ahora en Alemania, en España, en Italia, no solamente en el mundo islámico, en todas partes se oyen voces que anuncian que el hombre está en guerra contra la mujer. 


Millones están gritando hoy en las calles. En Madrid, en Segovia, en Sevilla, en Barcelona, en todas partes se oyen voces clamando por la igualdad. Las mujeres piden que se las valore, que los hombres no les peguen y maltraten, que no las toquen por la calle como si ellas fueran objetos y la calle un escaparate, como si los hombres fueran clientes de la tienda que quieren probar la mercancía; gritan al mundo que son dueñas de su cuerpo, y que si su homosexualidad se adueña de ellas tienen derecho, como los hombres, a la homosexualidad. Millones de voces quieren cambiar las conciencias, incluir el respeto en la vida como una parte inalienable de la dignidad.
Piden que se persiga la violencia, que no se criminalice la homosexualidad, que no se obligue a los niños a jugar con camiones y a las niñas con muñecas, que las niñas no tengan que ir de rosa y los niños de azul (como quería en Brasil la nueva ministra de Bolsonaro), y que se ayude a las mujeres dependientes, pero también a los hombres. Piden que en los colegios se siga luchando contra los abusos, contra el acoso, que se deje de usar el lenguaje como un arma contra ellas, que no desaparezca ni se diluya en los libros, y menos en los libros de las escuelas, lo mucho que ha hecho por la cultura la mujer. Piden, en fin, que haya por fin una verdadera educación sexual, que la información no se confunda con el adoctrinamiento, que el silencio no se convierta en doctrina que enseña sin hablar; y que, en fin, se mantenga la vigilancia contra los estereotipos, y que se supere la falacia naturalista para que no se confunda nunca la naturaleza con lo que pide la sociedad.
Pero, ay, también se pide (por lo menos en algunos pasquines) que se erradiquen el clasismo, la homofobia, la transfobia, el racismo, el desprecio a las mujeres migrantes y el racismo institucional; y la destrucción ambiental y la economía depredadora, y el patriarcado y el capitalismo, a ver, ¿quién da más? Entendámonos: nadie tiene por qué abogar por el clasismo, el capitalismo y la destrucción ambiental, pero ésta era una huelga de las mujeres y no de los ecologistas ni del anticapitalismo, esas ideas se pueden defender en otros foros, pero mezclarlos con la huelga de las mujeres es como echarle chocolate al cocido, es como diluir la importancia de las mujeres entre otras cosas que también son importantes, pero si mezclamos las churras con las merinas acabaremos olvidando que esto va por los derechos de las mujeres, y que eso, ni las otras cosas, era hoy el objetivo principal.  
También hay quien grita contra el racismo institucional, y ahí sí que no podemos estar de acuerdo; bien está combatir en la sociedad las tendencias racistas, pero decir que las promueve el propio Estado les quita a quienes lo dicen el menor atisbo de seriedad; por lo menos en España. Hoy.
Tampoco se entiende que se pidan garantías para la sanidad, la educación, los servicios sociales, la ayuda a la dependencia y el acceso a la vivienda social; lo primero porque ya lo tenemos en España y sería como pedirle a tu padre que te comprara el cuche que ya tienes, y lo segundo porque no son problemas de las mujeres, sino de ambos sexos; y habíamos quedado en que esto era una manifestación de las mujeres, y la mejor forma de ocultar a las mujeres es mezclarlas otra vez con otros asuntos, diluirlas con el resto de los problemas de la sociedad. 


También es contradictorio declarar una huelga general y excluir de ella a todos los antimachistas que defienden el capitalismo; porque es como dar una bofetada a quienes están contigo pero no comparten tus ideas, a quienes se baten por los derechos de las mujeres pero defienden el liberalismo; en tales casos a mí siempre me han dicho que hay que hablar de lo que nos une, no de lo que nos separa; el tema de este día era la mujer, no el capitalismo; si se mezclan las dos cosas la mujer se nos diluye, irremediablemente, entre otros temas que valoramos más que a ella, y parece que al hacerlo queremos que la mujer siga siendo invisible y nadie le haga caso.
Y por último yo lo llamaría una huelga de las mujeres, no una huelga feminista; no se trata de luchar por las organizaciones que dicen luchar por la mujer, sino por la mujer en sí misma; llamarla feminista es volverla sectaria y partidista y pretender que sólo saben hacerlo quienes guardan las esencias de los derechos de la mujer. Hay muchas personas (hombres y mujeres, ojo, que también las mujeres son machistas) que no se identifican como feministas y se sientan, sin embargo, motivadas por el combate contra las diferencias de género, sobre todo cuando son armas con que nos oprime la sociedad. Además, no hay un feminismo sino varios, y hablar del feminismo en singular sería violentar el lenguaje más allá de lo tolerable. Así que jergas y anatemas como patriarcado y hembrismo, y otros semejantes, que queden para la ortodoxia de quienes defiendan sus propias escolásticas, y no se pretendan imponer a quienes utilizan otras palabras para designar esa misma realidad.
Pero hoy ha habido una marea humana en toda España, en toda Europa, en todo el mundo. La mujer avanza imparable hacia la consolidación de los derechos que ha conquistado, y hacia la conquista de los derechos que aún le quedan por conquistar; y las tentaciones disgregadoras no pueden nada contra ese espíritu de inclusión, de unidad contra la injusticia, que ha conquistado con gran sorpresa para todos este 8 de marzo. A partir de hoy sentimos, aunque haya diferencias, que hay un nuevo protagonista llamando a las puertas de la historia; si no lo paramos nadie lo parará; bienvenida sea, con todos sus derechos, la presencia nueva de esta vieja protagonista: ojalá acabe de una vez por todas esta guerra de hace miles de años que ha emprendido el hombre contra la mujer.
  



viernes, 2 de junio de 2017

CARTA DE UN VIEJO PROFESOR




CARTA DE UN VIEJO PROFESOR


            Me dirijo a ti, lector: no sé quién eres. Me hubiera gustado escribirle a todo el mundo, pero siento que no me van a comprender: los hombres que me rodean son machistas o ignorantes, y no tengo cerca a ningún hombre libre que quiera escucharme; las mujeres que me rodean son feministas o sumisas, y ninguna de ellas entenderá tampoco lo que les digo; sólo tú lo entiendes, Ingrid: tú me quieres igual que te quiero yo a ti (quizá en el fondo escribo sólo para ti); porque entre los hombres, como entre las mujeres, unos son cristianos de la vieja escuela y no hay quien los saque de la costilla de Adán; otros son musulmanes y sus oídos carecen de órganos cerebrales para hablar de la mujer; otros son ateos, y están demasiado ocupados en atacar a dios como para ocuparse de las personas; otros son cirenaicos y creen defender la libertad de la mujer cuando en realidad no buscan mujeres libres, sino liberadas; y, a falta de poder escribir a todo el mundo, me veo obligado a escribir a todo el mundo que me comprende: o sea, a nadie; salvo a ti. De modo que no me queda más remedio que escribirme a mí mismo: yo sí me puedo comprender, pero no me puedo dar ánimos; necesito una mano amiga que no sea yo; necesito una palmadita de alguien, no me basta con que mi propio cerebro, en un acto de libertad, concluya que tengo razón.
            Siempre he querido ser feliz sin meterme con nadie; y no se puede encontrar felicidad más que haciendo felices a quienes nos rodean: de modo que he pretendido llevar una vida sencilla, con mucha ambición, sí, pero sin pretensiones; teniendo amigos y entregándome a ellos hasta donde uno se puede entregar; y queriendo a mi familia, a mis padres, a mis tíos y a mis primos, y a mis abuelos; y queriendo a mi mujer y a mis hijos, a mis vecinos, a todos los amigos pasados y presentes que viven, o que murieron; y entre éstos todavía hablo con aquellos que me dejaron en las bibliotecas algo interesante que leer. He sufrido por el dolor ajeno, por quienes tienen hambre, por quienes han sido abandonados, por quienes no son libres, y hasta por quienes viven prisioneros del dinero y las pasiones que les quitan la vida. He creído en la educación y por eso soy maestro; pero sólo he visto maestros de título que no lo son de vocación, enemigos de sus alumnos, recelosos con sus padres, amargados por el mundo; y estoy alejado de esos pocos maestros que quieren a los chicos y los quieren sacar de la ignorancia: pero estos últimos, por desgracia, no se han cruzado mucho en mi camino; de modo que apenas tengo a quien escribir.
            Hace algún tiempo me pidieron en clase que habláramos de las mujeres. Hicimos un debate. Eran adolescentes, y como todos los adolescentes, exaltados, pero buenos; impetuosos, pero razonables; hablaban, pero escuchaban; eso fue lo que creí. No fue así, sin embargo. Descubrí que sus cerebros habían sido deformados por los prejuicios. Contaminados por las modas. Infectados por la propaganda. Y en lugar de hablar ellos, hablaba el partido o el sindicato o la asociación a la que se habían afiliado. No hablaban para buscar la verdad, sino para imponerme sus verdades; ni para descubrir cosas nuevas entre las palabras, sino para esconder y borrar todo lo que en el verbo no se ajustaba a sus esquemas; para redimir al mundo, sin preguntar si el mundo quería que lo redimieran. Porque, según ellos, la gente no dice lo que piensa, sino lo que piensa la sociedad que los ha  criado; y, como un virus, sus pensamientos son agentes infecciosos que no hay que escuchar, y hay que silenciarlos; no comprenderlos, sino extirparlos, con el bisturí si es necesario; si no basta la vacuna. 


            De modo que empecé a hablar creyendo que me querían escuchar cuando sólo se escuchaban a sí mismos. Aquel día había nevado. Unas pisadas madrugadores habían escrito sobre la nieve unas letras gigantescas: “la revolución será feminista o no será”. Yo las miraba por la ventana y se me ocurrió decir que aquello me hacía gracia: inmediatamente unos cuantos ojos se clavaron sobre mí con la saña del inquisidor. Les dije que no conocía el significado de la palabra “revolución”; y también mostré mis reservas sobre lo que entendemos por feminismo. Revoluciones habíamos conocido algunas, casi todas comunistas; el marxismo, el anarquismo, el polpotismo, y ninguna me parecía satisfactoria; suponía yo, cuando hablaban de revolución, que se referían a otra cosa; en seguida descubrí que no. En cuanto al feminismo…
            “El feminismo no tiene nada que ver con el machismo”, repetían algunas chicas la nueva consigna; por lo visto machismo es pregonar la superioridad del hombre sobre la mujer, pero feminismo no es querer que la mujer sea superior al hombre, sino que ambos sean iguales. Un chico dijo que no, y las nuevas defensoras de la nueva ortodoxia saltaron a degüello: “eso no es feminismo, es hembrismo”; y el chico se calló. Se me ocurrió sugerir que el feminismo en abstracto no existía, y que en la realidad se daban varios feminismos distintos unos de otros; en algunos de ellos se había llegado a denigrar la figura del varón. “Eso no es feminismo: es androfobia”, dijo otra; y me callé. Y mientras ellas hablaban, mi mente, en silencio, estaba buscando qué era lo que fallaba. De repente lo encontré. Se habían inventado una terminología que cuadriculaba la realidad; y todas las impurezas que salpicaban la palabra “feminismo” las cercaban minuciosamente, las cazaban, las metían en una palabra nueva, la tiraban al basurero y así mantenían la palabra “feminismo” limpia y radiante; intangible, impoluta.
            Así se habían creado su propia escolástica. Con sus palabras, sus definiciones, sus axiomas y toda la parafernalia; a partir de ellos, que eran intangibles, creaban la doctrina que iban a calzar sobre la realidad, aunque fuese un zapato demasiado pequeño y la realidad tuviera unos pies grandes que sufrían dentro: no importaba; la realidad tenía que entrar en la ortodoxia, meterse dentro de esos dogmas y callarse cuando hablaban ellos. Y si alguien se siente incómodo con el exhibicionismo homosexual, ya es homófobo. Si alguien no quiere excitarse viendo chicas semidesnudas hasta el occipucio, es un violador en potencia. Y si una chica sueña y se desvive por ser madre, es que está totalmente alienada; tienes, sí, derecho a vivir tu maternidad, eso no te lo va a cuestionar el feminismo; pero sospechará de ti si la vives con demasiada vehemencia.
            Ahora bien, cuando uno se inventa un vocabulario tiene que procurar que el significado de las palabras  corresponda a la realidad que representan. ¿Existe el feminismo tal y como lo definen esas feministas? ¿Existe un hembrismo que no se solape en nada con algún tipo de feminismo? ¿El feminismo y la androfobia son realmente conjuntos disyuntos? Esas mismas feministas suelen llevarse bien con algunos revolucionarios que pregonan su fe en una educación… para el pueblo. Quieren una educación gratuita, y unos cuantos de quienes lo gritan en la calle la tienen ya y la desprecian, haciendo novillos. Quieren una educación de calidad, y la tienen delante quienes, sin escuchar al profesor, esconden el móvil debajo del pupitre para conocer los emparejamientos de la champions. Quieren una educación pública, sin advertir que a la enseñanza privada no van sólo las clases pudientes, sino también, de entre los humildes, aquellos que se avergüenzan de su humildad y quieren huir de ella. Y quieren, en fin, una educación feminista, sin darse cuenta de que no son lo mismo los derechos de la mujer que el partido político o el movimiento social que se atribuye el protagonismo en esa lucha; siempre he querido distinguir entre la fruta y el frutero, porque la patria que necesita salvación no debe confundirse con el salvapatrias. 


            Luego está eso de que quieren una educación “para el pueblo”. ¿Y qué es eso del pueblo? ¿Lo sabe alguien? ¿El pueblo que votó al frente popular es el mismo que el que votó a Hitler? ¿El que optó por Salvador Allende es el mismo que opta por Donald Trump? ¿O hay que decir que el que vota a la derecha no lo es? Supongamos que así sea: ¿cómo se comprende, entonces, que buena parte del electorado comunista de ayer haya acabado votando hoy en Francia por el frente nacional? ¿Es que han pasado de ser pueblo a no serlo? ¿Qué quiere decir, en boca de los nacionalistas catalanes, que el deseo de independencia es un clamor del pueblo? El pueblo es una abstracción. De lo que en realidad queremos hablar es de la gente. Cuando la gente hace lo que queremos le ponemos, como una corona, la palabra “pueblo” y la convertimos en rey, en soberano: porque nos viene bien la soberanía popular. Pero cuando hace lo que no queremos, entonces le quitamos la corona y la degradamos de gente a chusma; a vulgo, a canalla, a populacho. En una vieja canción francesa la gente se enorgullecía de ser de la canalla cuando sus opresores la trataban así peyorativamente; y lo hacían invirtiendo los valores.
            Una educación para el pueblo. ¿Eso qué es? Supongo que lo que están pidiendo es una educación para todos, pero ésa la tenemos ya. A menos que quieran pedir una educación con los dogmas del partido del pueblo, en cuyo caso confundiremos al frutero con la fruta. Sin olvidar que las huelgas de estudiantes sirven para que los alumnos no tengan clase y puedan ir a la manifestación; en la realidad tenemos bastantes alumnos en huelga y muy pocos manifestándose: ¿cómo se come eso? Los abanderados del pueblo tendrán que tener en cuenta esa realidad, y no las fabulaciones de la propaganda, si quieren evitar que la gente identifique huelga de estudiantes con vacaciones anticipadas.
            Un día me pusieron un cortometraje para que lo viera. Me querían enseñar, sin duda, cosas que yo desconocía sobre la mujer: y supe que no la dejaban salir de casa, que se tenía que callar cuando hablaban los hombres, que si se vestía con elegancia era una provocadora, que no podía ir más que con su novio, que no podía hablar con nadie (y menos con un chico), porque en seguida la acosaba, la controlaba, la maltrataba con sus celos. Acabó el corto: cinco minutos apenas; y se quedaron todas calladas para ver cómo reaccionaba yo; cómo me habían apabullado con sus verdades. Yo no dije nada. Al cabo de un rato se atrevió una de aquellas chicas a preguntar: ¿qué te  parece? Yo no quise ofender, pero tuve que decir lo que pensaba. Que de qué país estaban hablando. Y de qué época. Parece que hablaban de España. Entonces tuve que decir que sería de la España de hace cuarenta años, pero desde luego no la de ahora. Que yo sepa, hoy no prohíben a las chicas que salgan de casa; no las mandan callar cuando habla un hombre; y ya no visten con elegancia, sino con descaro, subiéndose el pantalón o la falda hasta la mismísima ingle, recortándolo por detrás hasta enseñar las nalgas, dejando el vientre al aire y mostrando los rincones más ocultos de los pechos en escotes imposibles. La España que ellas pintaban, desde luego, no es la del siglo XXI: es la del siglo XX. Eso sí, hay control, acoso, celos y violencia de género: pero eso, claro, supongo que no me lo querrían enseñar, porque no creo que me creyeran tan tonto que no lo supiera. 


            Si mostráis esos cortos parecerá que en vez de reportajes hacéis propaganda. Con el tono listillo de la mujer que está inventando la pólvora. Si queréis convencer a los hombres tendréis que hablarles de otro modo, no enfrentaros a ellos. “Pues sí”, me dijeron; “las cosas siguen siendo así”. Me eché las manos a la cabeza. “Llevo treinta años en la educación”, les dije. “He enseñado a vuestros padres, a vuestras  madres, les he hablado de la igualdad de derechos, de los derechos del consumidor, de la educación sexual, de la educación para la paz. ¿Y me decís ahora que vuestras madres os enseñan  ahora las mismas cosas que les enseñaron a ellas vuestras abuelas? No me lo creo. Pero si eso fuera verdad, entonces habrían fallado treinta años de educación”. Se quedaron mudas.
            No habéis hablado del machismo en el lenguaje. En filosofía hablábamos del lugar del hombre en el mundo, hasta que descubrí que ese masculino singular que se empleaba para los dos géneros en realidad estaba escondiendo a la mujer, la estaba escamoteando; nunca antes se me había ocurrido pensarlo, pero desde que me lo hicieron ver no he vuelto a hablar de esa manera; no creo que me hayáis oído hablar en clase de los hombres, sino de las personas: si acaso del ser humano. También les recordé cómo humillamos a las mujeres con el lenguaje: si una película nos gusta decimos que está “de cojones”, pero si nos aburre decimos que es un coñazo. Les dije que, para mí, el verdadero combate por la mujer es la paridad en la toma de decisiones, la igualdad de salarios, no esos absurdos prejuicios decimonónicos. Les conté que la liberación de la mujer cuando yo era joven pasó por el cambio de la falda al pantalón, porque la falda era incómoda para trabajar en las fábricas; por cortarse las tupidas cabelleras de la feminidad y dejarse crecer el pelo “à lo garçon”, porque trabajar con el pelo corto es la mejor garantía de que no nos lo vamos a enredar en las máquinas. Les conté que las mujeres de mi época empezaron a sacarse el carnet de conducir, luchando contra la presión social (“ya sabes, una mujer al volante, peligro en la carretera”): eran otros tiempos.
            Les hablé, también, de cuando mis alumnas querían ser enfermeras, hace más de veinte años, y yo les decía: “¿y por qué no médicas?” Hoy hay tantas médicas como médicos y en los hospitales hay enfermeras y enfermeros. En los supermercados no sólo hay cajeras, también hay cajeros. Y si antes las mujeres casi sólo podían ser maestras (las llamaban “señoritas”), hoy también son juezas, alcaldesas, diputadas, ministras; y si todavía no hemos tenido presidentas de gobierno, nada impide que las podamos tener. Las universidades están llenas de mujeres, y que nadie me diga que estudiar es un privilegio masculino; lo fue en tiempos de Madame Curie, de Mary Hanning: ya no.
            Entonces una mujer me dijo que por qué no aparecen las mujeres en la historia de la cultura. Le di una respuesta obvia: porque habían sido sistemáticamente silenciadas y reprimidas; las pocas que se habían impuesto lo habían hecho con nombre masculino: Fernán Caballero era Cecilia Bohl de Faber; George Sand era Aurora Dupin; conocíamos a Madame de Sévigné. Poco a poco hemos oído hablar de Clara Campoamor, Emilia Pardo Bazán, Federica Montseny, Dolores Ibárruri, Rosalía de Castro, Anfonsina Storni, María Zambrano… Pocas, muy pocas. Pero no descubriremos la pólvora si nos limitamos a quejarnos de que la mujer fuera silenciada en el pasado; lo que tenemos que hacer es seguir trabajando para que hable con voz propia en la actualidad, y en ese terreno se han hecho progresos notables; pero mal servicio le hacemos a la mujer si nos empeñamos en defenderla con cuatro clichés anacrónicos; denunciando situaciones que se dieron una vez, pero ya no se dan. ¿Quién puede negar que se han hecho unos avances legislativos formidables? Lo que pasa es que la sociedad avanza mucho menos que los políticos. Las leyes van mucho más rápido que las costumbres. Y los mismos que defienden a la mujer ahora quieren cargarse a los políticos. No deja de ser irónico. 


            Las chicas de mi época siempre tenían que juntar las piernas, y eso era más incómodo que abrirlas como hacían los chicos: pero cuando se generalizó el pantalón desapareció el problema. ¿Alguien en su sano juicio podría reivindicar que las chicas  abrieran las piernas usando falda? Si alguien contesta que sí, es que no tiene sentido común, no ya decoro. Pero hoy, cuando voy por la calle, oigo continuamente decir a las jovencitas: “¡esto es la polla!” Un lenguaje machista que, hoy por hoy, viene a ser transmitido en parte por las propias mujeres. Como antaño eran las amas de casa un potente vector de machismo. ¡Que no se te ocurriera estar en la cocina, lavar un plato, freír un huevo! Eso era coto privado de ellas. Eso sí, siempre se estaban quejando de lo mucho que trabajaban mientras los hombres estaban en el bar con los amigotes. La mujer ha venido a sufrir, y con eso se tenían ganada la mitad del cielo. La otra cara del machismo la ponían los hombres, con las órdenes, las palizas, el menosprecio; los hombres tenían descanso dominical en el trabajo (las mujeres no); tenían vacaciones pagadas (la mujer trabajaba de criada cuando los otros estaban de vacaciones); los hombres se jubilaban y cobraran la pensión, pero ¿cuándo se jubilaban las mujeres? Cuando el cuerpo ya no les daba de sí. Cuando la vejez se transformaba en senilidad.
            Todas esas cosas han cambiado. Y mucho. Siguen quedando rémoras, claro que sí. Todavía hay cosas que cambiar, por supuesto. La violencia de género es una lacra y hay que seguir luchando contra ella, ¿alguien lo duda? Pero ¿cómo? ¿Alguien tiene una idea de cómo se podría erradicar de las costumbres? El objetivo está claro, pero no hemos encontrado el método. Construir una escolástica feminista plagada de dogmas que le dan la espalda a la realidad no es el camino. Hay que empezar a reconocer que ya no estamos en las cavernas. Hace cuarenta años, un grupo musical se hizo famoso cantando que debían estar los chicos con las chicas; porque hasta entonces todavía se veían a escondidas, y en las clases aún estaban separados por sexos; y si ya entonces se decía que “la edad de piedra ya pasó”, ¿vamos a pretender ahora que todavía vivimos en la edad de piedra? ¿Ignorando los incontables progresos que se han hecho en materia de derechos de la mujer? Claro que todavía faltan cosas por hacer, nadie niega que tengamos que seguir avanzando. Pero no podemos ponerlo todo patas arriba como si los jóvenes estuvieran descubriendo la pólvora mientras que los que un día fuimos jóvenes resulta que ahora somos unos pardillos.
            Aquel día, en clase, tomó la palabra una chica inteligente y buena. Y se quejaba. “Nuestros padres”, decía, “nos dicen que no volvamos solas a casa, y a los chicos no”. Lo que no sabía es que hace cuarenta años ni siquiera las dejaban salir con los chicos; ni siquiera para volver a casa. Yo me esforzaba en mostrarle lo obvio, lo que no puede ver una mente que ha sido cegada por la propaganda: que a las chicas las pueden violar de noche y a los chicos, que yo sepa, no; y que es una preocupación lógica que tienen los padres y que también deberían tener ellas; reconocerles a las chicas los mismos derechos que a los chicos no es incompatible con reconocer también que, de hecho, los peligros que acechan a las chicas no son los mismos que los que acechan a los chicos. Si yo fuera chica, seguramente, agradecería que, en situación de incertidumbre, me acompañaran mis amigos a casa. Yo no lo vería como un agravio, sino como un buen gesto. Agravio es que todavía haya gente que piense en abusar de una chica cuando es de noche y nadie ve nada, y eso es lo que hay que combatir; no que los chicos acompañen a las chicas para defenderlas. Repito, yo no lo vería como un agravio, sino como una señal de amistad. De todas formas en España hay muchos sitios donde las mujeres pueden volver de noche solas a casa, y Segovia es uno de ellos. Pero eso no impide que a veces tengamos que tomar precauciones. 


            Se me ocurrió pensar un día (cosas que tiene uno) que el feminismo había ganado la guerra. Digo la guerra, no la lucha (se puede luchar con ideas, pero la guerra se gana con las balas). Al fin y al cabo, ellas mismas han escrito con letras grandes debajo de los puentes: “mujeres en guerra”. En el pueblo empezó a entrar gente armada, y entonces cambiaron las cosas. Llegaron a casa de mi vecina: la encontraron cuidando a su hermanita (sus padres habían salido) y le preguntaron si tenía hermanos; como ella dijera que sí, lo esperaron allí mismo; y cuando volvió su hermano lo sacaron a la plaza, le dieron unos latigazos y lo expusieron al escarnio público. “A partir de ahora no se obligará a las chicas  cuidar de nadie; ni a hacer la comida, ni a cuidar la casa; no tendrán que coser, pero podrán leer y estudiar, y se prohibirán los piropos, y en la fábrica se las tratará igual que a los hombres”. Mi vecina se llamaba Alicia. Les quiso decir que en el pueblo había habido abusos, pero en casa nadie abusaba de nadie. En la fábrica agradecía que no la obligaran a cargar los palets pesados que cargaban los hombres. Les contó que su madre hacía la comida y se ocupaba de la casa porque ahora estaba en paro, pero cuando había sido al revés era su padre el que se había encargado de la casa y la comida; de todas formas, cuando estaban los dos en casa colaboraban el uno con el otro, y en vacaciones todos hacían de todo, no solamente su madre.
            Les dijo, también, que los hombres las miraban por la calle, las perseguían y acosaban, mirándoles las tetas y el culo, sacándoles la lengua con ojos lascivos y diciéndoles barbaridades y groserías. Pero que a ella le gustaban los piropos si se los decía su novio, no si se los soltaban por la calle sin ton ni son. Un piropo delicado en el momento adecuado para nada se podía confundir con las vulgaridades barriobajeras; le agradaban, la animaban, esos elogios la hacían sentirse guapa, inteligente, interesante y hasta más fuerte y segura; y la mayoría de los chicos, cuando veían en su mirada que no estaba por la labor, se callaban y pasaban de largo, o la saludaban con simpatía, pero nunca la habían dejado de respetar.
            Les contó también que muchas veces su hermano había cuidado de su hermanita. Pero hoy, hoy precisamente hoy, ella se sentía mal y él se había ofrecido a traerle unas compresas. Y que por la noche, cada vez que vuelve a casa, les pide a sus amigos que la acompañen porque se aburre si no tiene con quien hablar; y nunca se le ocurriría ofenderse ni sentirse disminuida. Y que le gusta la lectura pero también le encanta coser, ¿por qué le van a impedir que cosa? ¿Por qué? Bien está que castiguen a quienes obligan a las mujeres a hacer unas tareas mientras les prohíben otras, pero no veo por qué me van a quitar de coser si a mí me gusta. Ya sé que a muchas mujeres las obligan, pero a mí no; yo no vivo atrapada en mi casa.  


            Volví a la realidad. Mis ojos todavía estaban ausentes, y yo, absorto en mis ensimismamientos, todavía imaginaba utopías. Un mundo ideal donde la gente vive sin esquemas ni estereotipos, sin ideas preconcebidas, sin prejuicios que les cuadriculen la mente. Sin el condicionamiento que obligaba a las chicas a hacer labores de chicas y a los chicos labores de chicos. Sin imposiciones. Sin insultos. Sin desprecios. Mi mente había recreado un mundo en el que la mujer no era propiedad del hombre, y en el que amar, ante todo, significaba respeto. Un mundo en el que las chicas no necesitaban que las acompañaran, y no se dejaban engañar, no les daban a los chicos sus claves de internet, no se fotografiaban ligeras de ropa en las redes sociales y sabían siempre hablar, porque tenían tanta cultura como los chicos. Un mundo donde los chicos no se sentían inferiores por tener menos músculo en el cuerpo que conocimiento en la cabeza; donde no estuviera mal visto que los hombres llorasen, ni que las mujeres mandasen, y donde el destino de la gente estuviera escrito en su talento y no en su sexo. Un mundo donde un chico no se encontrara en la biblioteca con una chica medio en cueros que lo desconcentrara de los libros; y donde las chicas comprendieran que no provocar con la ropa no significara ser reprimidas en su cuerpo. Un mundo donde no se acusara a nadie de homófobo por pedirles a los homosexuales que sean discretos, igual que les pedimos que sean discretos a los heterosexuales; que la delicadeza de la discreción nada tiene que ver con la obligación de ocultarse. Un mundo donde no se obligara a nadie a vivir según los estereotipos de su sexo. Y donde los hombres no se sintieran perdedores porque las mujeres fueran ganadoras, donde nadie la emprendiera a palos con nadie por hacer bien las cosas, porque el hombre no tendría que hacerlas mal (si le hubieran enseñado que ser aplicado y respetuoso no tiene nada que ver con no sentirse hombre y masculino). Un mundo donde nadie tuviera que llorar como mujer lo que no hubiera sabido defender como hombre, porque ni el destino de la mujer es llorar ni el del hombre defenderse. Un mundo, en fin, donde todos fuéramos iguales en derechos por muy distintos que fuéramos en nuestros gustos, en nuestro cuerpo, y en nuestros sentimientos. Y donde el cuerpo de la mujer no fuera un objeto ni erótico ni reivindicativo, pues tan vulgar y degradante es mostrar los pechos en una fiesta de machos salidos como en una manifestación en defensa del feminismo. El cuerpo no es nuestra propiedad, no es un objeto con el que tenemos derecho a hacer lo que queramos, y al que no le guste, que se aguante; el cuerpo es una parte importante del alma; el cuerpo nos identifica.
            Yo sólo soy un profesor empeñado en enseñar a la gente a ser buena. Antaño fui maestro de los niños: hoy enseño a los jóvenes, a los adultos. Mi única pasión es aprender; y he aprendido muchas cosas de mis alumnos. Pero ahora algunos de ellos, cuando apenas han abierto los ojos, han empezado a ver mundo; y creen saberlo todo cuando casi no han empezado a viajar. Estoy triste. Necesito el diálogo y la palabra como el agua de mayo, pero ellos no quieren dialogar; hablan, pero no escuchan; y el placer que he tenido aprendiendo con ellos se desvanece cuando ellos se empeñan en enseñarme lo que no saben: porque a mí me interesan sus ideas, no sus prejuicios; su mente, no la mente que los coloniza; lo que piensan ellos, no lo que piensa la sociedad; lo que sale de su cabeza, no lo que meten en ella; me apasiona su mundo, no el teatro donde representan su farsa; aprendo, y no me canso de aprender, pero no me interesan para nada sus disfraces; me engañan; me hacen perder el tiempo; y me aburren.
            Y en esta noche oscura donde casi no se puede ver, te encuentro a ti; miro tus ojos limpios, transparentes y nítidos; veo en tu frente inmaculada latir el corazón que vibra; siento el temblor del ser en tus manos que tiemblan sobre las mías: y entonces se esfuma la nada; veo brotar la luz, otra vez, como en un fundido encadenado; vuelvo a creer en la humanidad, después de haber dudado del mundo; me reconcilio con la vida, porque tú me escuchas; revivo gracias a ti, Ingrid; y entonces respiro.