viernes, 29 de abril de 2016

La vida imperfecta.




LA VIDA IMPERFECTA

 

            Acaba de presentarse en Segovia un libro de Fernando Travesí. Se llama La vida imperfecta. Es una novela. Una novela que muy bien podría ser calificada de drama psicológico: psicológico porque, como una tupida maraña, se anudan las complicadas relaciones entre las personas atándolas a sus miserias; y drama porque, a pesar de ser una novela, tiene una hechura casi teatral: de hecho el autor es premio nacional de teatro (premio Calderón de la Barca). La presentación tuvo lugar en la librería Diagonal y corrió a cargo de Maite García Zapata, que es abogada, como Fernando, y que fue compañera suya en Madrid, cuando los dos iniciaron sus correrías por el mundo del teatro, hace ya algunos años.
            Maite García Zapata desgranó esos comienzos, cuando ambos eran jóvenes estudiantes y, a pesar de que estudiaban derecho, no se conocieron en la facultad, sino en el teatro; en aquel grupo de actores en el que Fernando Travesí descubrió su vena literaria. Siempre llevaba encima papel y lápiz porque siempre estaba tomando apuntes; observando a todas horas  lo que veía en la calle, recogiendo experiencias: experiencias que luego analizaba, juntaba, escogía y acababa incorporando a la urdimbre de los textos que escribía: primero fue el teatro; ahora, una novela. La vida imperfecta ha recibido, en Colombia, el premio de novela corta del Fondo de Cultura Económica.
            Novela corta. Tiene 205 páginas. En uno de sus pasajes habla del protagonista: “vivía manejando crisis”, dice; “enseñando a los demás a hacerlo y sus conocimientos le alcanzaban, incluso, para manejar las suyas” (p. 60). Fernando también ha manejado crisis. Vivió muchos años ayudando a resolver conflictos, desde Bosnia a África, desde América a Asia (recalando, ocasionalmente, en España). Actualmente vive en Nueva York. Confesó que, después de tantos años de vivir en condiciones precarias, ahora disfruta en Nueva York del placer de una vida “más normal”, sin tantas situaciones límite, adobada con el confort de lo cotidiano; sin sobresaltos.
            Las preguntas de Maite García le hacían desgranar su corta vida de poco más de cuarenta años; y como San Agustín en sus Confesiones, no se trataba de detenerse en los detalles, sino en la esencia. Gustaba de repetir una idea que siempre le ha martilleado la cabeza: “la muerte de un hombre es una tragedia; la muerte de un millón es un dato”; quizá por ello (confiesa) ha renunciado a contar las cosas en grande y prefiere contarlas “en micro”; uno supone que, lo mismo que la macroeconomía esconde las palpitaciones profundas de la gente, la macrohistoria también escamotea la esencia que se esconde en los detalles. Una cita de su novela nos ayudará a entenderlo mejor: es “como si su mente estuviera obsesionada con la idea de que para encontrar las verdades ocultas había que mirar, precisamente, entre los miles de pliegues superpuestos que dan forma y consistencia a las pequeñas cosas” (p. 73). Un adolescente que ha desaparecido; una noche de martirio mientras lo buscan sus padres: ése es el argumento; y por él sobrevuela la historia en grande; las miles de historias que él ha vivido en países en guerra, los interminables dramas de tantas familias deambulando a ciegas mientras buscaban a sus hijos, desaparecidos en los conflictos; la mayoría, desgraciadamente, nunca aparecieron.
            Así que no es una novela autobiográfica, pero en ella palpitan sus vivencias. Voy a abrir un pequeño paréntesis antes de proseguir con el relato de la presentación. Algunas citas. Se trata de “entender lo inexplicable” (p. 76), porque “en realidad, es absurdo pretender que conocemos a nadie” (p. 64); porque “donde la razón termina existe un mundo en el que se camina sin un rumbo claro” (p. 32), “y como no entendía, no podía dejar de llorar” (p. 50); y porque “no hay conflicto en que no muera un inocente” (p. 50), en lugar de decir, simplemente, “me siento culpable” (p. 64), preferimos buscar la culpa en los demás: “todo esto es por tu culpa” (p. 65); y nos liberamos cargando el peso de las cosas sobre otras espaldas: Lorenzo “ya había considerado a su exmujer responsable de la situación y la había juzgado y condenado sin posibilidad de apelación” (p. 37). 
 
            
          Eso fue lo que destacó Fernando Travesí en la presentación del libro: los personajes van descubriendo sus conflictos y hasta Lorenzo, que es psiquiatra, es incapaz de aplicar su ciencia al conocimiento de su familia más próxima, y menos de su propio hijo; donde faltan razones vienen las emociones; la novela es un deslizamiento progresivo hacia las pasiones, que son como una tela de araña en la que estamos atrapados sin poder ver, y en donde no sabemos si las pasiones más fuertes son las arañas que nos están devorando. “Vivimos (…) mirando hacia el futuro sin saber qué esperar pero esperando algo. Deseando lo que aún no tenemos o añorando lo que perdimos” (p. 53). Llegados a este punto, casi recordamos a Calígula cuando le hacía decir Camus: “los hombres mueren y no son felices; y eso es absurdo”. La única redención posible es la solidaridad. Curioso paralelismo con Fernando Travesí, que también ha hecho de la solidaridad el eje fundamental de las razones de su vida.
            Hábilmente supo Maite García hacer las preguntas adecuadas en un ambiente distendido; hasta tal punto que casi creíamos encontrarnos, más que en una librería, en un bar; pero en los bares no escucha nadie y aquella librería era todo oídos. Para suprimir cualquier eco profesoral y académico los dos oradores hablaban sentados delante de la mesa, no detrás; porque no hablaban desde sus títulos, sino desde sus vivencias;  buscando, como personas del mundo del teatro, el contacto con el público, sabiendo (de eso eran conscientes) que contaban algo de sus vidas, pero que sus vidas, al revés de lo que se dice en el texto, no eran rutinarias ni aburridas, sino que tenían mucho que contar. Los detalles huían del chisme y buscaban la esencia. Dos cosas quedaron claras a lo largo de la presentación: la primera es la calidad de la novela (Fernando Travesí acaba de entrar en la literatura por la puerta grande); y la segunda es la modestia del autor (muy alejado del divismo al uso en estos lares, pero consciente, de eso estamos seguros, de la calidad de lo que hace: lo de Fernando Travesí es sencillez, no falsa modestia). Por eso confesaba, antes de irse a Nueva York (al día siguiente de la presentación del libro), que esta novela, y su presentación en Madrid y Segovia, le estaban dando grandes satisfacciones.
            Muchas cosas se habrían podido seguir hablando si el tiempo hubiera sido elástico. Su conversación daba para mucho. Recordaré, antes de terminar, un par de ellas. La primera es que, según su propia confesión, él escribe sin una planificación previa: afirmación que a uno le hubiera gustado matizar más, porque no tener esquemas escritos no significa no tener un guión en la cabeza; un proyecto que, como él mismo dijo, se va alimentando de los apuntes que, como un águila sobrevolándolo todo, no para de tomar notas a pie de calle. La segunda afirmación es que esta novela es un entrecruce de perspectivas, una mirada poliédrica: él mismo empleaba esta metáfora que también emplearon, tiempo atrás, otros escritores: por ejemplo Camilo José Cela. Una mirada poliédrica, pues; donde la realidad tiene muchas caras, pero donde también, como si ese poliedro fuera el ojo de un insecto, las mismas cosas fuesen vistas de manera distinta por distintas personas; uno se quedó con las ganas (porque no lo permitía el tiempo) de preguntar si en este perspectivismo tuvo algo que ver la lectura del Vargas Llosa de La fiesta del chivo.
            Bienvenido a la república de las letras. Ojalá llegue pronto la próxima obra de Fernando Travesi (que él, de un modo un tanto literario, acaso rodeado de tintes escénicos, dejó momentáneamente flotar en el misterio; con la maestría de un buen cuentista, él, que aunque no lo supiera, sabía ya que iba escribir más historias). Porque la vida es imperfecta. La gente, como dice una de las protagonistas, “trabaja sin parar buscando una perfección que no existe y viviendo obsesionada con que amigos y enemigos reconozcan su talento” (p. 22). También lo hacemos por instinto de supervivencia. Porque cuando buscamos un trabajo siempre nos piden un curriculum; y en ese curriculum debemos decir, aunque nadie se lo crea, que el curso de nuestra formación ha sido siempre un camino perfecto.

Fernando Travesí. La vida imperfecta. Sevilla, Ediciones de la Isla de Siltolá, 2015.

 




1 comentario:

  1. Gracias por esta crónica tan bonita de la presentación,que encuentro, casi por casualidad, unos años después! De todos modos, el agradecimiento no caduca. Un saludo cordial.

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